Aquel capitán vigoroso y de aire insolente, que podía fusilarle, era el
mismo pequeñín que había visto corretear en la estancia, el _Moltkecito_
imberbe del que reía su hija...
Mientras tanto, el militar explicaba su presencia allí. Pertenecía á
otra división. Eran muchas... ¡muchas! las que avanzaban formando un
muro extenso y profundo desde Verdún á París. Su general le había
enviado para mantener el contacto con la división inmediata, pero al
verse en las cercanías del castillo, había querido visitarlo. La familia
no es una simple palabra. El se acordaba de los días que había pasado en
Villeblanche, cuando la familia Hartrott fué á vivir por algún tiempo
con sus parientes de Francia. Los oficiales que ocupaban el edificio le
habían retenido para que almorzase en su compañía. Uno de ellos mencionó
casualmente al dueño de la propiedad, dando á entender que andaba cerca,
aunque nadie se fijaba en su persona. Una gran sorpresa para el capitán
von Hartrott. Y había hecho averiguaciones hasta dar con él, doliéndose
de verle refugiado en la habitación de sus porteros.
--Debe usted salir de ahí: usted es mi tío--dijo con orgullo--. Vuelva á
su casa, donde le corresponde estar. Mis camaradas tendrán mucho gusto
en conocerle; son hombres muy distinguidos.
Se lamentó luego de lo que el viejo hubiese podido sufrir. No sabía con
certeza en qué consistían tales sufrimientos, pero adivinaba que los
primeros instantes de la invasión habrían sido crueles para él.
--¡Qué quiere usted!--repitió varias veces--. Es la guerra.
Al mismo tiempo celebraba que hubiese permanecido en su propiedad.
Tenían la orden de castigar con predilección los bienes de los
fugitivos. Alemania deseaba que los habitantes permaneciesen en sus
viviendas, como si no ocurriese nada extraordinario. Desnoyers
protestó... ¡Pero si los invasores fusilaban á los inocentes y quemaban
sus casas!... El sobrino se opuso á que siguiese hablando. Palideció,
como si detrás de su epidermis se esparciese una ola de ceniza; le
brillaron los ojos, le temblaron las mejillas, lo mismo que al teniente
que se había posesionado del castillo.
--Se refiere usted al fusilamiento del alcalde y los otros... Me lo
acaban de contar los camaradas. Aún ha sido flojo el castigo; debían
haber arrasado el pueblo entero: debían haber matado hasta á los niños
y las mujeres. Hay que acabar con los franco-tiradores.
El viejo le miró con asombro. Su _Moltkecito_ era tan peligroso y feroz
como los otros... Pero el capitán cortó la conversación, repitiendo una
vez más la eterna y monstruosa excusa:
--Muy horrible, pero ¡qué quiere usted!... Así es la guerra.
Luego pidió noticias de su madre, alegrándose al saber que estaba en el
Sur. Le había inquietado mucho la idea de que permaneciese en París.
¡Con las revoluciones que habían ocurrido allá en los últimos
tiempos!... Desnoyers quedó dudando, como si hubiese oído mal. ¿Qué
revoluciones eran esas?... Pero el oficial había pasado sin más
explicación á hablar de los suyos, creyendo que Desnoyers sentiría
impaciencia por conocer la suerte de la parentela germánica.
Todos estaban en una situación magnífica. Su ilustre padre era
presidente de varias sociedades patrióticas--ya que sus años no le
permitían ir á la guerra--y organizaba además futuras empresas
industriales para explotar los países conquistados. Su hermano «el
sabio» daba conferencias acerca de los pueblos que debía anexionarse el
Imperio victorioso, tronando contra los malos patriotas que se mostraban
débiles y mezquinos en sus pretensiones. Los tres hermanos restantes
figuraban en el ejército: á uno de ellos lo habían condecorado en
Lorena. Las dos hermanas, algo tristes por la ausencia de sus
prometidos, tenientes de húsares, se entretenían en visitar los
hospitales y pedir á Dios que castigase á la traidora Inglaterra.
El capitán von Hartrott llevó lentamente á su tío hacia el castillo. Los
soldados grises y rígidos, que habían ignorado hasta entonces la
existencia de don Marcelo, le seguían con interés viéndole en amistosa
conversación con un oficial del Estado Mayor. Adivinó que estos hombres
iban á humanizarse para él, perdiendo su automatismo inexorable y
agresivo.
Al entrar en el edificio, algo se contrajo en su pecho con
estremecimientos de angustia. Vió por todas partes dolorosos vacíos que
le hicieron recordar los objetos que ocupaban antes el mismo espacio.
Manchas rectangulares de color más fuerte delataban en el empapelado el
emplazamiento de los muebles y cuadros desaparecidos. ¡Con qué prontitud
y buen método trabajaba aquel señor del brazal en la manga!... A la
tristeza que le produjo el despojo frío y ordenado vino á unirse su
indignación de hombre económico, viendo cortinas con desgarrones,
alfombras manchadas, objetos rotos de porcelana y cristal, todos los
vestigios de una ocupación ruda y sin escrúpulos.
El sobrino, adivinando lo que pensaba, repitió la eterna excusa: «¡Qué
hacer!... Es la guerra.»
Pero con _Moltkecito_ no tenía por qué guardar los miramientos del
miedo.
--Esto no es guerra--dijo con acento rencoroso--. Es una expedición de
bandidos... Tus camaradas son unos ladrones.
El capitán von Hartrott creció de pronto con violento estirón. Se separó
del viejo, mirándole fijamente, mientras hablaba en voz baja, algo
silbante por el temblor de la cólera. ¡Atención, tío! Afortunadamente,
se había expresado en español y no podían entenderle los que estaban
cerca de ellos. Si se permitía insistir en tales apreciaciones, corría
el peligro de recibir una bala como respuesta. Los oficiales del
emperador no se dejan insultar. Y todo en su persona demostraba la
facilidad con que podía olvidarse de su parentesco si recibía la orden
de proceder contra don Marcelo.
Calló éste, bajando la cabeza. ¡Qué iba á hacer!... El capitán reanudó
sus amabilidades, como si hubiese olvidado lo que acababa de decir.
Quería presentarle á sus camaradas. Su Excelencia el conde Meinbourg,
Mayor General, al enterarse de que era pariente de los Hartrott, le
dispensaba el honor de convidarle á su mesa.
Invitado en su propia vivienda, entró en el comedor, donde estaban
muchos hombres vestidos de color mostaza y con botas altas.
Instintivamente apreció con rápida ojeada el estado de la habitación.
Todo en buen orden, nada roto: paredes, cortinajes y muebles seguían
intactos. Pero al mirar al interior de los aparadores monumentales
experimentó otra vez una sensación dolorosa. Por todas partes la
obscuridad del roble. Habían desaparecido dos vajillas de plata y otra
de porcelana antigua, sin dejar como rastro la más insignificante de sus
piezas. Tuvo que responder con graves saludos á las presentaciones que
iba haciendo su sobrino, y estrechó la mano que le tendía el conde con
aristocrática dejadez. Los enemigos le consideraban con benevolencia y
cierta admiración al saber que era un millonario procedente de la tierra
lejana donde los hombres se enriquecen rápidamente.
Se vió de pronto sentado como un extraño ante su propia mesa, comiendo
en los mismos platos que empleaba su familia, servido por unos hombres
de cabeza esquilada al rape que llevaban sobre el uniforme un mandil á
rayas. Lo que comía era suyo, el vino procedía de su bodega, todo lo que
adornaba aquella habitación lo había comprado él, los árboles que
extendían su ramaje más allá de la ventana le pertenecían igualmente...
Y sin embargo, creyó hallarse en este sitio por primera vez, sufriendo
el malestar de la extrañeza y la desconfianza. Comió porque sentía
hambre, pero alimentos y vinos le parecían de otro planeta.
Iba examinando con asombro á estos enemigos que ocupaban los mismos
lugares de su esposa, de sus hijos, de los Lacour... Hablaban en alemán
entre ellos, pero los que conocían el francés se valían con frecuencia
de este idioma para que les entendiese el invitado. Los que sólo
chapurreaban unas palabras las repetían con acompañamiento de sonrisas
amables. Se notaba en todos ellos un deseo de agradar al dueño del
castillo.
--Va usted á almorzar con los bárbaros--dijo el conde al ofrecerle un
asiento á su lado--. ¿No tiene usted miedo de que le coman vivo?...
Los alemanes rieron con gran estrépito la gracia de Su Excelencia. Todos
hacían esfuerzos por demostrar con sus palabras y ademanes que era falsa
la barbarie que les atribuían los enemigos.
Don Marcelo les miró uno á uno. Las fatigas de la guerra, especialmente
la marcha acelerada de los últimos días, estaban visibles en sus
personas. Unos eran altos, delgados, con una esbeltez angulosa; otros,
cuadrados y fornidos, con el cuello corto y la cabeza hundida entre los
hombros. Estos últimos habían perdido sus adiposidades en un mes de
campaña, colgándoles la piel arrugada y flácida en varias partes del
rostro. Todos llevaban la cabeza rapada, lo mismo que los soldados. En
torno de la mesa brillaban dos filas de esferas craneales sonrosadas ó
morenas. Las orejas sobresalían grotescamente; las mandíbulas se
marcaban con el óseo relieve del enflaquecimiento. Algunos habían
conservado el mostacho enhiesto, á la moda del emperador; los más iban
afeitados ó con bigotes cortos en forma de cepillo.
Un brazalete de oro brillaba á continuación de una mano del conde puesta
sobre la mesa. Era el más viejo de todos y el único que conservaba sus
cabellos, de un rubio obscuro y canoso, peinados cuidadosamente y
brillantes de pomada. Próximo á los cincuenta años, mantenía un vigor
femenil, cultivado por los ejercicios violentos. Enjuto, huesudo y
fuerte, procuraba disimular su rudeza de hombre de pelea con una
negligencia suave y perezosa. Los oficiales le trataban con gran
respeto. Hartrott había hablado de él á su tío como de un gran artista,
músico y poeta. El emperador era su amigo: se conocían desde la
juventud. Antes de la guerra, ciertos escándalos de su vida privada le
habían alejado de la corte: vociferaciones de folicularios y de
socialistas. Pero el soberano le mantenía en secreto su afecto de
antiguo condiscípulo. Todos recordaban un baile suyo, _Los caprichos de
Schahrazada_, representado con gran lujo en Berlín por recomendación del
poderoso compañero. Había vivido algunos años en Oriente. En suma, un
gran señor y un artista de exquisita sensibilidad, al mismo tiempo que
un soldado.
El conde no podía admitir el silencio de Desnoyers. Era su comensal, y
creyó del caso hacerle hablar para que interviniese en la conversación.
Cuando don Marcelo explicó que sólo hacía tres días que había salido de
París, todos se animaron, queriendo saber noticias.
«¿Vió usted algunas de las sublevaciones?...» «¿Tuvo la tropa que matar
mucha gente?» «¿Cómo fué el asesinato de Poincaré?»
Le hicieron estas preguntas á la vez, y don Marcelo, desorientado por su
inverosimilitud, no supo qué contestar. Creyó haber caído en una reunión
de locos. Luego sospechó que se burlaban de él. ¿Sublevaciones?
¿Asesinato del Presidente?... Unos le miraban con lástima por su
ignorancia; otros con recelo, al ver que fingía no conocer unos sucesos
que se habían desarrollado junto á él. Su sobrino insistió.
--Los diarios de Alemania hablan mucho de eso. El pueblo de París se ha
sublevado hace quince días contra el gobierno, asaltando el Elíseo y
asesinando al Presidente. El ejército tuvo que emplear las
ametralladoras para imponer el orden... Todo el mundo lo sabe.
Pero Desnoyers insistía en no saberlo: nada había visto. Y como sus
palabras eran acogidas con un gesto de maliciosa duda, prefirió
callarse. Su Excelencia, espíritu superior, incapaz de incurrir en las
credulidades del vulgo, intervino para restablecer los hechos. Lo del
asesinato tal vez no era cierto: los periódicos alemanes podían exagerar
con la mejor buena fe. Precisamente pocas horas antes le había hecho
saber el Estado Mayor General la retirada del gobierno francés á
Burdeos. Pero lo de la sublevación del pueblo de París y su pelea con la
tropa era indiscutible. «El señor lo ha visto sin duda, pero no quiere
decirlo.» Desnoyers tuvo que contradecir al personaje, pero su negativa
ya no fué escuchada. ¡París! Este nombre había hecho brillar los ojos,
excitando la verbosidad de todos. Deseaban llegar cuanto antes á la
vista de la torre Eiffel, entrar victoriosos en la ciudad, para saciarse
de las privaciones y fatigas de un mes de campaña. Eran adoradores de la
gloria militar, consideraban la guerra necesaria para la vida, y sin
embargo se lamentaban de los sufrimientos que les proporcionaba. El
conde exhaló una queja de artista.
--¡Lo que me ha perjudicado la guerra!--dijo con languidez--. Este
invierno iban á estrenar en París un baile mío.
Todos protestaron de su tristeza: su obra sería impuesta después del
triunfo, y los franceses tendrían que aplaudirla.
--No es lo mismo--continuó el conde--. Confieso que amo á París...
¡Lástima que esas gentes no hayan querido nunca entenderse con
nosotros!...
Y se sumió en su melancolía de hombre no comprendido.
A uno de los oficiales que hablaba de las riquezas de París con ojos de
codicia, lo reconoció de pronto Desnoyers por el brazal que ostentaba en
una manga. Era el que había saqueado el castillo. Como si adivinase sus
pensamientos, el comisario se excusó.
--Es la guerra, señor...
¡Lo mismo que los otros!... La guerra había que pagarla con los bienes
de los vencidos. Era el nuevo sistema alemán; la vuelta saludable á la
guerra de los tiempos remotos: tributos impuestos á las ciudades y
saqueo aislado de las casas. De este modo se vencían las resistencias
del enemigo y la guerra terminaba antes. No debía entristecerse por el
despojo. Sus muebles y alhajas serían vendidos en Alemania. Podía hacer
una reclamación al gobierno francés para que le indemnizase después de
la derrota: sus parientes de Berlín apoyarían la demanda.
Desnoyers oyó con espanto tales consejos. ¡Qué mentalidad la de aquellos
hombres! ¿Estaban locos ó querían reirse de él?...
Al terminar el almuerzo, algunos oficiales se levantaron, requiriendo
sus sables para cumplir actos del servicio. El capitán von Hartrott
también se levantó: necesitaba volver al lado de su general; había
dedicado bastante tiempo á las expansiones de familia. El tío le
acompañó hasta el automóvil. _Moltkecito_ se excusaba una vez más de los
desperfectos y despojos sufridos por el castillo.
--Es la guerra... Debemos ser duros para que resulte breve. La verdadera
bondad consiste en ser crueles, porque así, el enemigo, aterrorizado, se
entrega más pronto y el mundo sufre menos.
Don Marcelo levantó los hombros ante el sofisma. Estaban en la puerta
del edificio. El capitán dió órdenes á un soldado, y éste volvió poco
después con un pedazo de tiza que servía para marcar las señales de
alojamiento. Von Hartrott deseaba proteger á su tío. Y empezó á trazar
una inscripción en la pared, junto á la puerta: _«Bitte, nicht plündern.
Es sind freundliche Leute...»_
Luego la tradujo, en vista de las repetidas preguntas del viejo.
--Quiere decir: «Se ruega no saquear. Los habitantes de esta casa son
gente amable... gente amiga.»
¡Ah, no!... Desnoyers repelió con vehemencia esta protección. El no
quería ser amable. Callaba porque no podía hacer otra cosa... ¡pero
amigo de los invasores de su país!...
El sobrino borró parte del letrero y sólo dejó el principio: _«Bitte,
nicht plündern.»_ «Se ruega no saquear.» Luego, en la entrada del parque
repitió la inscripción. Consideraba necesario este aviso; podía irse Su
Excelencia, podían instalarse en el castillo otros oficiales. Von
Hartrott había visto mucho, y su sonrisa daba á entender que nada
llegaría á sorprenderle, por enorme que fuese. Pero el viejo siguió
despreciando su protección y riéndose con tristeza del rótulo. ¿Qué más
podían saquear?... Ya se habían llevado lo mejor.
--Adiós, tío. Pronto nos veremos en París.
El capitán montó en su automóvil, luego de estrechar una mano fría y
blanda que parecía repelerle con su inercia.
Al volver hacia su casa vió á la sombra de un grupo de árboles una mesa
y sillas. Su Excelencia tomaba el café al aire libre, y le obligó á
sentarse á su lado. Sólo tres oficiales le acompañaban... Gran consumo
de licores procedentes de su bodega. Hablaban en alemán entre ellos, y
así permaneció don Marcelo cerca de una hora inmóvil, deseando marcharse
y no encontrando el momento oportuno para abandonar su asiento y
desaparecer.
Se adivinaba fuera del parque un gran movimiento de tropas. Pasaba otro
cuerpo de ejército con sordo rodar de marea. Las cortinas de árboles
ocultaban este desfile incesante que se dirigía hacia el Sur. Un
fenómeno inexplicable conmovió la luminosa calma de la tarde. Sonaba á
lo lejos un trueno continuo, como si rodase por el horizonte azul una
tormenta invisible.
El conde interrumpió su conversación en alemán para hablar á Desnoyers,
que parecía interesado por el estrépito.
--Es el cañón. Se ha entablado una batalla. Pronto entraremos en danza.
La posibilidad de tener que abandonar su alojamiento, el más cómodo que
había encontrado en toda su campaña, le puso de mal humor.
--¡La guerra!--continuó--. Una vida gloriosa, pero sucia y
embrutecedora. En todo un mes, hoy es el primer día que vivo como un
hombre.
Y como si le atrajesen las comodidades que habría de abandonar en breve,
se levantó, dirigiéndose al castillo. Dos alemanes se marcharon hacia el
pueblo, y Desnoyers quedó con el otro, ocupado en paladear
admirativamente sus licores. Era el jefe del batallón acantonado en
Villeblanche.
--¡Triste guerra, señor!--dijo en francés.
De todo el grupo de enemigos, éste era el único que había inspirado á
don Marcelo un sentimiento vago de atracción. «Aunque es un alemán,
parece buena persona», pensaba viéndole. Debía haber sido obeso en
tiempo de paz, pero ahora ofrecía el exterior suelto y lacio de un
organismo que acaba de sufrir una pérdida de volumen. Se adivinaba en él
una existencia anterior de tranquila y vulgar sensualidad, una dicha
burguesa que la guerra había cortado rudamente.
--¡Qué vida, señor!--siguió diciendo--. Que Dios castigue á los que han
provocado esta catástrofe.
Desnoyers casi estaba conmovido. Vió la Alemania que se había imaginado
muchas veces: una Alemania tranquila, dulce, de burgueses un poco torpes
y pesados, pero que compensaban su rudeza originaria con un
sentimentalismo inocente y poético. Este Blumhardt, al que sus
compañeros llamaban _Bataillon-Kommandeur_, era un buen padre de
familia. Se lo representó paseando con su mujer y sus hijos bajo los
tilos de una plaza de provincia, escuchando todos con religiosa unción
las melodías de una banda militar. Luego lo vió en la cervecería con sus
amigos, hablando de problemas metafísicos entre dos conversaciones de
negocios. Era el hombre de la vieja Alemania, un personaje de novela de
Goethe. Tal vez las glorias del Imperio habían modificado su existencia,
y en vez de ir á la cervecería frecuentaba el casino de los oficiales,
mientras su familia se mantenía aparte, aislada de los civiles, por el
orgullo de la casta militar; pero en el fondo era siempre el alemán
bueno, de costumbres patriarcales, pronto á derramar lágrimas ante una
escena de familia ó un fragmento de buena música.
El comandante Blumhardt se acordaba de los suyos, que vivían en Cassel.
--Ocho hijos, señor--dijo con un esfuerzo visible para contener su
emoción--. Los dos mayores se preparan para ser oficiales. El menor va á
la escuela desde este año... Es así.
Y señalaba con una mano la altura de sus botas. Temblaba nerviosamente
de risa y de pena al recordar á su pequeño. Luego hizo el elogio de su
esposa, excelente directora de hogar, madre que se sacrificaba con
modestia por sus hijos, por su esposo. ¡Ay, la dulce Augusta!... Veinte
años de matrimonio iban transcurridos, y la adoraba como el día en que
se vieron por primera vez. Guardaba en un bolsillo de su uniforme todas
las cartas que ella le había escrito desde el principio de la campaña.
--Véala, señor... Estos son mis hijos.
Sacó del pecho un medallón de plata con adornos de arte de Munich, y
tocando un resorte lo hizo abrirse en redondeles, como las hojas de un
libro, dejando ver los rostros de toda la familia: la _Frau Kommandeur_,
de una belleza austera y rígida, imitando el gesto y el peinado de la
emperatriz; luego las hijas, las _Fraulin Kommandeur_, vestidas de
blanco, los ojos en alto como si cantasen una romanza; y al final los
niños, con uniformes de escuelas del ejército ó de instituciones
particulares. ¡Y pensar que podía perder á estos seres queridos con sólo
que un pedazo de hierro le tocase!... ¡Y había de vivir lejos de ellos
ahora que era la buena estación, la época de los paseos en el campo!...
--¡Triste guerra!--volvió á repetir--. Que Dios castigue á los ingleses.
Con una solicitud que conmovió á don Marcelo, le hizo preguntas á su
vez acerca de su familia. Se apiadó al enterarse de lo escasa que era su
prole; sonrió un poco ante el entusiasmo con que el viejo hablaba de su
hija, saludando á _Fraulin_ Chichí como un diablillo gracioso; puso el
gesto compungido al saber que el hijo le había dado grandes disgustos
con su conducta.
¡Simpático comandante!... Era el primer hombre dulce y humano que
encontraba en el infierno de la invasión. «En todas partes hay buenas
personas», se dijo. Deseó que no se moviese del castillo. Si habían de
continuar allí los alemanes, mejor era tenerle á él que á otros.
Un ordenanza vino á llamar á don Marcelo de parte de Su Excelencia.
Encontró al conde en su propio dormitorio, luego de pasar por los
salones con los ojos cerrados para evitarse el dolor de una cólera
inútil. Las puertas estaban forzadas, los suelos sin alfombras, los
huecos sin cortinajes. Sólo los muebles rotos en los primeros momentos
ocupaban sus antiguos lugares. Los dormitorios habían sido saqueados con
más método, desapareciendo únicamente lo que no era de utilidad
inmediata. El haberse alojado en ellos el día antes el general con todo
su séquito les había librado de una destrucción caprichosa.
El conde lo recibió con la cortesía de un gran señor que desea atender á
sus invitados. No podía consentir que _Herr_ Desnoyers, pariente de un
von Hartrott--al que recordaba vagamente haber visto en la corte--,
viviese en la habitación de los porteros. Debía ocupar su dormitorio,
aquella cama solemne como un catafalco, con penachos y columnas, que
había tenido el honor de servir horas antes á un ilustre general del
Imperio.
--Yo prefiero dormir aquí. Esta otra habitación va mejor con mis gustos.
Había entrado en el dormitorio de la señora Desnoyers, admirando su
mueblaje Luis XV, de una autenticidad preciosa, con los oros apagados y
los paisajes de sus tapicerías obscurecidos por el tiempo. Era una de
las mejores compras de don Marcelo. El conde sonrió con un menosprecio
de artista al recordar al jefe de la Intendencia encargado del saqueo
oficial.
«¡Qué asno!... Pensar que esto lo ha dejado por viejo y feo...»
Luego miró de frente al dueño del castillo.
--Señor Desnoyers: creo no cometer ninguna incorrección, y hasta me
imagino que interpreto sus deseos, al manifestarle que estos muebles me
los llevo yo. Serán un recuerdo de nuestro conocimiento, un testimonio
de nuestra amistad que ahora empieza... Si esto queda aquí corre peligro
de ser destruído. Los guerreros no están obligados á ser artistas. Yo
guardaré estas preciosidades en Alemania, y usted podrá verlas cuando
quiera. Ahora todos vamos á ser unos... Mi amigo el emperador se
proclamará soberano de los franceses.
Desnoyers permaneció silencioso. ¿Qué podía contestar al gesto de ironía
cruel, á la mirada con que el gran señor iba subrayando sus palabras?...
--Cuando termine la guerra le enviaré un regalo de Berlín--añadió con
tono protector.
Tampoco contestó el viejo. Miraba en las paredes el vacío que habían
dejado varios cuadros pequeños. Eran de maestros famosos del siglo
XVIII. También debía haberlos despreciado el comisario por
insignificantes. Una ligera sonrisa del conde le reveló su verdadero
paradero.