en vinos. Al saquear las casas, rara vez encontraban víveres, pero
siempre una bodega. El alemán humilde, abrevado con cerveza y que
consideraba el vino como un privilegio de los ricos, podía desfondar los
toneles á culatazos, bañándose los pies en oleadas del precioso líquido.
Cada batallón dejaba como rastro de su paso una estela de botellas
vacías, un alto en un campo lo sembraba de cilindros de vidrio. Los
furgones de los regimientos, no pudiendo renovar sus repuestos de
víveres, cargaban vino en todos los pueblos. El soldado, falto de pan,
recibía alcohol... Y este regalo iba acompañado de buenos consejos de
los oficiales. La guerra es la guerra: nada de piedad con unos
adversarios que no la merecían. Los franceses fusilaban á los
prisioneros y sus mujeres sacaban los ojos á los heridos. Cada vivienda
equivalía á un antro de asechanzas. El alemán sencillo é inocente que
penetraba solo iba á una muerte segura. Las camas se hundían en
pavorosos subterráneos, los armarios eran puertas disimuladas, todo
rincón tenía oculto á un asesino. Había que castigar á esta nación
traidora que preparaba su suelo como un escenario de melodrama. Los
funcionarios municipales, los curas, los maestros de escuela, dirigían y
amparaban á los franco-tiradores.
Desnoyers se aterró al considerar la indiferencia con que marchaban
estos hombres en torno del pueblo incendiado. No veían el fuego y la
destrucción; todo carecía, de valor ante sus ojos: era el espectáculo
ordinario. Desde que atravesaron las fronteras de su país, pueblos en
ruinas, incendiados por las vanguardias, y pueblos en llamas nacientes,
provocadas por su propio paso, habían ido marcando las etapas de su
avance por el suelo belga y el francés.
Al entrar el automóvil en Villeblanche tuvo que moderar su marcha. Muros
calcinados se habían desplomado sobre la calle, vigas medio carbonizadas
obstruían el paso, obligando al vehículo á virar entre los escombros
humeantes. Los solares ardían como braseros entre casas que aún se
mantenían en pie, saqueadas, con las puertas rotas, pero libres del
incendio. Desnoyers vió en estos rectángulos llenos de tizones, sillas,
camas, máquinas de coser, cocinas de hierro, todos los muebles del
bienestar campesino, que se consumían ó retorcían. Creyó distinguir
igualmente un brazo emergiendo de los escombros y que empezaba á arder
como un cirio. No; no era posible... Un hedor de grasa caliente se unía
á la respiración de hollín de maderas y cascotes.
Cerró los ojos: no quería ver. Pensó por un momento que estaba soñando.
Era inverosímil que tales horrores hubiesen podido desarrollarse en poco
más de una hora. Creyó á la maldad humana impotente para cambiar en tan
corto espacio el aspecto de un pueblo.
Una brusca detención del carruaje le hizo mirar. Esta vez los cadáveres
estaban en medio de la calle: eran dos hombres y una mujer. Tal vez
habían caído bajo las balas de la ametralladora automóvil que atravesó
el pueblo precediendo á la invasión. Un poco más allá, vueltos de
espalda á los muertos, como si ignorasen su presencia, varios soldados
comían sentados en el suelo. El _chauffeur_ les gritó para que
desembarazasen el paso. Con los fusiles y los pies empujaron los
cadáveres, todavía calientes, que dejaban á cada volteo un rastro de
sangre. Apenas quedó abierto algo de espacio entre ellos y el muro, pasó
adelante el vehículo... Un crujido, un salto. Las ruedas de atrás habían
aplastado un obstáculo frágil.
Desnoyers continuaba en su asiento, encogido, estupefacto, cerrando los
ojos. El horror le hizo pensar en su propio destino. ¿Adónde le llevaba
aquel teniente?...
En la plaza vió la casa municipal que ardía; la iglesia no era mas que
un cascarón de piedra erizado de lenguas de fuego. Las casas de los
vecinos acomodados tenían las puertas y ventanas rotas á hachazos. En su
interior se agitaban los soldados, siguiendo un metódico vaivén.
Entraban con las manos vacías y surgían cargados de muebles y ropas.
Otros, desde los pisos superiores, arrojaban objetos, acompañando sus
envíos con bromas y carcajadas. De pronto tenían que salir huyendo. El
incendio estallaba instantáneamente, con la violencia y la rapidez de
una explosión. Seguía los pasos de un grupo de hombres que llevaban
cajones y cilindros de metal. Alguien que iba al frente designaba los
edificios, y al penetrar por sus rotas ventanas pastillas y chorros de
líquido, se producía la catástrofe de un modo fulminante.
Vió surgir de un edificio en llamas dos hombres que parecían dos
montones de harapos, llevados á rastras por varios alemanes. Sobre la
mancha azul de sus capotes distinguió unas caras pálidas, unos ojos
desmesuradamente abiertos por el martirio. Sus piernas arrastraban por
el suelo, asomando entre las tiras de los pantalones rojos destrozados.
Uno de ellos aún conservaba el kepis. Expelían sangre por diversas
partes de sus cuerpos: iban dejando atrás el blanco serpenteo de los
vendajes deshechos. Eran heridos franceses, rezagados que se habían
quedado en el pueblo, sin fuerzas para continuar la retirada. Tal vez
pertenecían al grupo que, al verse cortado, intentó una resistencia
loca.
Deseando restablecer la verdad, miró al oficial que tenía al lado y
quiso hablar. Pero éste le contuvo: «Franco-tiradores disfrazados, que
van á recibir su castigo.» Las bayonetas alemanas se hundieron en sus
cuerpos. Después, una culata cayó sobre la cabeza de uno de ellos... Y
los golpes se repitieron con sordo martilleo sobre las cápsulas óseas,
que crujían al romperse.
Otra vez pensó el viejo en su propia suerte. ¿Adonde le llevaba este
teniente á través de tantas visiones de horror?...
Llegaron á las afueras del pueblo, donde los dragones habían establecido
su barricada. Las carretas estaban aún allí, pero á un lado del camino.
Bajaron del automóvil. Vió un grupo de oficiales vestidos de gris, con
el casco enfundado, iguales en todo á los otros. El que le había
conducido hasta este sitio quedó inmóvil, rígido, con una mano en la
visera, hablando á un militar que estaba unos cuantos pasos al frente
del grupo. Miró á este hombre y él también le miró con unos ojillos
azules y duros que perforaban su rostro enjuto surcado de arrugas.
Debía ser el general. La mirada arrogante y escudriñadora le abarcó de
pies á cabeza. Don Marcelo tuvo el presentimiento de que su vida
dependía de este examen. Una mala idea que cruzase por su cerebro, un
capricho cruel de su imaginación, y estaba perdido. Movió los hombros el
general y dijo unas palabras con gesto desdeñoso. Luego montó en un
automóvil con dos de sus ayudantes, y el grupo se deshizo.
La cruel incertidumbre del viejo encontró interminables los momentos que
tardó el oficial en volver á su lado.
--Su Excelencia es muy bueno--dijo--. Podía fusilarle, pero le perdona.
¡Y aún dicen ustedes que somos unos salvajes!...
Con la inconsciencia de su menosprecio, explicó que lo había traído
hasta allí convencido de que le fusilarían. El general deseaba castigar
á los vecinos principales de Villeblanche, y él había considerado por su
propia iniciativa que el dueño del castillo debía ser uno de ellos.
--El deber militar, señor... Así lo exige la guerra.
Después de esta excusa reanudó los elogios á Su Excelencia. Iba á
alojarse en la propiedad de don Marcelo, y por esto le perdonaba la
vida. Debía darle las gracias... Luego volvieron á temblar de cólera sus
mejillas. Señalaba unos cuerpos tendidos junto al camino. Eran los
cadáveres de los cuatro hulanos, cubiertos con unos capotes y mostrando
por debajo de ellos las suelas enormes de sus botas.
--¡Un asesinato!--exclamó--. ¡Un crimen que van á pagar caro los
culpables!
Su indignación le hacía considerar como un hecho inaudito y monstruoso
la muerte de los cuatro soldados, como si en la guerra sólo debieran
caer los enemigos, manteniéndose incólume la vida de sus compatriotas.
Llegó un grupo de infantería mandado por un oficial. Al abrirse sus
filas vió Desnoyers entre los uniformes grises varios paisanos empujados
rudamente. Iban con las ropas desgarradas. Algunos tenían sangre en el
rostro y en las manos. Los fué reconociendo uno por uno mientras los
alineaban junto á una tapia, á veinte pasos del piquete: el alcalde, el
cura, el guardia forestal, algunos vecinos ricos cuyas casas había visto
arder.
Iban á fusilarlos... Para evitarle toda duda, el teniente continuó sus
explicaciones.
--He querido que vea usted esto. Conviene aprender. Así agradecerá mejor
las bondades de Su Excelencia.
Ninguno de los prisioneros hablaba. Habían agotado sus voces en una
protesta inútil. Toda su vida la concentraban en sus ojos, mirando en
torno con estupefacción... ¡Y era posible que los matasen friamente, sin
oir sus protestas, sin admitir las pruebas de su inocencia!
La certidumbre de la muerte dió de pronto á casi todos ellos una noble
serenidad. Inútil quejarse. Sólo un campesino rico, famoso en el pueblo
por su avaricia, lloriqueaba desesperado, repitiendo: «Yo no quiero
morir... yo no quiero morir.»
Trémulo y con los ojos cargados de lágrimas, Desnoyers se ocultó detrás
de su implacable acompañante. A todos los conocía, con todos había
batallado, arrepintiéndose ahora de sus antiguas querellas. El alcalde
tenía en la frente la mancha roja de una gran desolladura. Sobre su
pecho se agitaba un harapo tricolor: la banda municipal, que se había
puesto para recibir á los invasores y que éstos le habían arrancado. El
cura erguía su cuerpo pequeño y redondo, queriendo abarcar en una mirada
de resignación las víctimas, los verdugos, la tierra entera, el cielo.
Parecía más grueso. El negro ceñidor, roto por las violencias de los
soldados, dejaba libre su abdomen y flotante su sotana. Las melenas
plateadas chorreaban sangre, salpicando de gotas rojas el blanco
alzacuello.
Al verle avanzar por el campo de la ejecución con paso vacilante á causa
de su obesidad, una risotada salvaje cortó el trágico silencio. Los
grupos de soldados sin armas que habían acudido á presenciar el suplicio
saludaron con carcajadas al anciano. «¡A muerte el cura!...» El
fanatismo de las guerras religiosas vibraba en su burla. Casi todos
ellos eran católicos ó protestantes fervorosos; pero sólo creían en los
sacerdotes de su país. Fuera de Alemania, todo resultaba despreciable,
hasta la propia religión.
El alcalde y el sacerdote cambiaron de lugar en la fila, buscándose. Se
ofrecían mutuamente, el centro del grupo con una cortesía solemne.
--Aquí, señor alcalde; este es su sitio: á la cabeza de todos.
--No; después de usted, señor cura.
Discutían por última vez, pero en este momento supremo era para cederse
el paso, queriendo cada uno humillarse ante el otro.
Habían unido sus manos por instinto, mirando de frente al piquete de
ejecución, que bajaba sus fusiles en rígida fila horizontal. A sus
espaldas sonaron lamentos. «Adiós, hijos míos... Adiós, vida... Yo no
quiero morir... ¡no quiero morir!...»
Los dos hombres sintieron la necesidad de decir algo, de cerrar la
página de su existencia con una afirmación.
--¡Viva la República!--gritó el alcalde.
--¡Viva Francia!--dijo el cura.
Desnoyers creyó que ambos habían gritado lo mismo.
Se alzaron dos verticales sobre las cabezas: el brazo del sacerdote
trazó en el aire un signo, el sable del jefe del piquete relampagueó al
mismo tiempo lívidamente... Un trueno seco, rotundo, seguido de varias
explosiones tardías.
Sintió lástima don Marcelo por la pobre humanidad al ver las formas
grotescas que adopta en el momento de morir. Unos se desplomaron como
sacos medio vacíos; otros rebotaron en el suelo lo mismo que pelotas;
algunos dieron un salto de gimnasta, con los brazos en alto, cayendo de
espaldas ó de bruces, en una actitud de nadador. Vió cómo salían del
montón humano piernas contorsionadas por los estremecimientos de la
agonía... Unos soldados avanzaron con el mismo gesto de los cazadores
que van á cobrar sus piezas. De la palpitación de los miembros revueltos
se elevaron unas melenas blancas y una mano débil que se esforzaba por
repetir su signo. Varios tiros y culatazos en el lívido montón
chorreante de sangre... Y los últimos temblores de vida quedaron
borrados para siempre.
El oficial había encendido un cigarro.
--Cuando usted guste--dijo á Desnoyers con irónica cortesía.
Montaron en el automóvil para atravesar Villeblanche, regresando al
castillo. Los incendios cada vez más numerosos y los cadáveres tendidos
en las calles ya no impresionaron al viejo. ¡Había visto tanto! ¿Qué
podía alterar ya su sensibilidad?... Deseaba salir del pueblo cuanto
antes, en busca de la paz de los campos. Pero los campos habían
desaparecido bajo la invasión: por todas partes soldados, caballos,
cañones. Los grupos en descanso destruían con su contacto lo que les
rodeaba. Los batallones en marcha habían invadido todos los caminos,
rumorosos y automáticos como una máquina, precedidos por los pífanos y
los tambores, lanzando de vez en cuando, para animarse, su grito de
alegría: «_¡Nach París!_»
El castillo también estaba desfigurado por la invasión. Había aumentado
mucho el número de sus guardianes durante la ausencia del dueño. Vió
todo un regimiento de infantería acampado en el parque. Miles de hombres
se agitaban bajo los árboles preparando su comida en las cocinas
rodantes. Los arriates de su jardín, las plantas exóticas, las avenidas
cuidadosamente enarenadas y barridas, todo roto y ajado por la avalancha
de hombres, bestias y vehículos.
Un jefe ostentando en una manga el brazal distintivo de la
Administración militar daba órdenes como si fuese el propietario. Ni se
dignó fijar sus ojos en este civil que marchaba al lado de un teniente
con encogimiento de prisionero. Los establos estaban vacíos. Desnoyers
vió sus últimas vacas que salían conducidas á palos por los pastores con
casco. Los reproductores costosos eran degollados todos en el parque
como simples bestias de carnicería. En los gallineros y palomares no
quedaba una sola ave. Las cuadras estaban llenas de caballos enjutos que
se daban un hartazgo ante el pesebre repleto. El pasto almacenado se
esparcía pródigamente por las avenidas, perdiéndose en gran parte antes
de ser aprovechado. La caballada de varios escuadrones iba suelta por
los prados, destruyendo bajo su pateo los canales, los bordes de los
taludes, el alisamiento del suelo, todo un trabajo de largos meses. La
leña seca ardía en el parque con un llameo inútil. Por descuido ó por
maldad, alguien había aplicado el fuego á sus montones. Los árboles, con
la corteza reseca por los ardores del verano, crujían al ser lamidos por
las llamas.
El edificio estaba ocupado igualmente por una multitud de hombres que
obedecían á este jefe. Sus ventanas abiertas dejaban ver un continuo
tránsito por las habitaciones. Desnoyers oyó golpes que resonaron dentro
de su pecho. ¡Ay, su mansión histórica!... El general iba á instalarse
en ella, luego de haber examinado en la orilla del Marne los trabajos de
los pontoneros, que establecían varios pasos para las tropas. Su miedo
de propietario le hizo hablar. Temía que rompiesen las puertas de las
habitaciones cerradas; quiso ir en busca de las llaves para entregarlas.
El comisario no le escuchó: seguía ignorando su existencia. El teniente
repuso con una amabilidad cortante:
--No es necesario; no se moleste.
Y se fué para incorporarse á su regimiento. Pero antes de que Desnoyers
le perdiese de vista quiso el oficial darle un consejo. Quieto en su
castillo; fuera de él podían tomarle por un espía, y ya estaba enterado
de la prontitud con que solucionaban sus asuntos los soldados del
emperador.
No pudo permanecer en el jardín contemplando de lejos su vivienda. Los
alemanes que iban y venían se burlaban de él. Algunos marchaban á su
encuentro en línea recta, como si no le viesen, y tenía que apartarse
para no ser volteado por este avance mecánico y rígido.
Al fin se refugió en el pabellón del conserje. La mujer le veía con
asombro, caído en un asiento de su cocina, desalentado, la mirada en el
suelo, súbitamente envejecido al perder las energías que animaban su
robusta ancianidad.
--¡Ah, señor!... ¡Pobre señor!
De todos los atentados de la invasión, el más inaudito para la pobre
mujer era contemplar al dueño refugiado en su vivienda.
--¡Qué va á ser de nosotros!--gemía.
Su marido era llamado con frecuencia por los invasores. Los asistentes
de Su Excelencia, instalados en los sótanos del castillo, lo reclamaban
para inquirir el paradero de las cosas que no podían encontrar. De estos
viajes volvía humillado, con los ojos llenos de lágrimas. Tenía en la
frente la huella negra de un golpe; su chaqueta estaba desgarrada. Eran
rastros de un débil intento de oposición durante la ausencia del dueño
al iniciar los alemanes el despojo de establos y salones.
El millonario se sintió ligado por el infortunio á unas gentes
consideradas hasta entonces con indiferencia. Agradecía mucho la
fidelidad de este hombre enfermo y humilde. Le conmovió el interés de la
pobre mujer, que miraba el castillo como si fuese propio. La presencia
de la hija trajo á su memoria la imagen de Chichí. Había pasado junto á
ella sin fijarse en su transformación, viéndola lo mismo que cuando
acompañaba, con trote de gozquecillo, á la señorita Desnoyers en sus
excursiones por el parque y los alrededores. Ahora era una mujer, con la
delgadez del último crecimiento, apuntando las primeras gracias
femeniles en su cuerpo de catorce años. La madre no la dejaba salir del
pabellón, temiendo á la soldadesca, que lo invadía todo con su corriente
desbordada, filtrándose en los lugares abiertos, rompiendo los
obstáculos que estorbaban su paso.
Desnoyers abandonó su desesperado mutismo para confesar que sentía
hambre. Le avergonzaba esta exigencia material, pero las emociones del
día, la muerte vista de cerca, el peligro todavía amenazante,
despertaron en él un apetito nervioso. La consideración de que era un
miserable en medio de sus riquezas y no podía disponer de nada en su
dominio aumentó todavía más su necesidad.
--¡Pobre señor!--dijo otra vez la mujer.
Y contempló con asombro al millonario devorando un pedazo de pan y un
triángulo de queso, lo único que pudo encontrar en su vivienda. La
certeza de que no conseguiría otro alimento por más que buscase, hizo
que don Marcelo siguiese atormentado por su apetito. ¡Haber conquistado
una fortuna enorme, para sufrir hambre al final de su existencia!... La
mujer, como si adivinase sus pensamientos, gemía, elevando los ojos.
Desde las primeras horas de la mañana el mundo había cambiado su curso:
todas las cosas parecían al revés. ¡Ay, la guerra!...
En el resto de la tarde y una parte de la noche fué recibiendo el
propietario las noticias que le traía el conserje después de sus visitas
al castillo. El general y numerosos oficiales ocupaban las habitaciones.
No quedaba cerrada una sola puerta: todas estaban de par en par, á
culatazos y hachazos. Habían desaparecido muchas cosas; el portero no
sabía cómo, pero habían desaparecido, tal vez rotas, tal vez arrebatadas
por los que entraban y salían. El jefe del brazal iba de habitación en
habitación examinándolo todo, dictando en alemán á un soldado que
escribía. Mientras tanto, el general y los suyos estaban en el comedor.
Bebían abundantemente y consultaban mapas extendidos en el suelo. El
pobre hombre había tenido que bajar á las cuevas en busca de los mejores
vinos.
Al anochecer se marcó un movimiento de flujo en aquella marea humana que
cubría los campos hasta perderse de vista. Habían quedado establecidos
varios puentes sobre el Marne y la invasión reanudó su avance. Los
regimientos se ponían en marcha lanzando su grito de entusiasmo: _«¡Nach
Paris!»_ Los que se quedaban para continuar al día siguiente iban
instalándose en las casas arruinadas ó al aire libre. Desnoyers oyó
cánticos. Bajo el fulgor de las primeras estrellas los soldados se
agrupaban como orfeonistas, formando con sus voces un coral solemne y
dulce, de religiosa gravedad. Encima de los árboles flotaba una nube
roja que la sombra hacía más intensa. Era el reflejo del pueblo, que aún
llameaba. A lo lejos, otras hogueras de granjas y caseríos cortaban la
noche con sus parpadeos sangrientos.
El viejo acabó por dormirse en la cama de sus conserjes, con el sueño
pesado y embrutecedor del cansancio, sin sobresaltos ni pesadillas. Caía
y caía en un agujero lóbrego y sin término. Al despertar, se imaginó que
sólo había dormido unos minutos. El sol coloreaba de naranja las
cortinillas de la ventana. A través de su tejido vió unas ramas de árbol
y pájaros que saltaban piando entre las hojas. Sintió la misma alegría
de los frescos amaneceres del verano. ¡Hermosa mañana! Pero ¿qué
habitación era aquella?... Miró con extrañeza el lecho y cuanto le
rodeaba. De pronto la realidad asaltó su cerebro, paralizado dulcemente
por los primeros esplendores del día. Fué surgiendo de esta bruma mental
la larga escalera de su memoria, con un último peldaño negro y rojo: el
bloque de emociones que representaba el día anterior. ¡Y él había
dormido tranquilamente rodeado de enemigos, sometido á una fuerza
arbitraria que podía destruirle en uno de sus caprichos!...
Al entrar en la cocina, su conserje le dió noticias. Los alemanes se
iban. El regimiento acampado en el parque había salido al amanecer, y
tras de él, otros y otros. En el pueblo quedaba un batallón, ocupando
las pocas casas enteras y las ruinas de las incendiadas. El general
había partido también con su numeroso Estado Mayor. Sólo quedaba en el
castillo el jefe de una brigada, al que llamaban sus asistentes «el
conde», y varios oficiales.
Después de estas noticias se atrevió á salir del pabellón. Vió su jardín
destrozado, pero hermoso. Los árboles guardaban impasibles los ultrajes
sufridos en sus troncos. Los pájaros aleteaban con sorpresa y regocijo
al verse dueños otra vez del espacio abandonado por la inundación
humana.
Pronto se arrepintió Desnoyers de su salida. Cinco camiones estaban
formados junto á los fosos, ante el puente del castillo. Varios grupos
de soldados salían llevando á hombros muebles enormes, como peones que
efectúan una mudanza. Un objeto voluminoso envuelto en cortinas de seda,
que suplían á la lona de embalaje, era empujado por cuatro hombres hasta
uno de los automóviles. El propietario adivinó. ¡Su baño: la famosa tina
de oro!... Luego, con un brusco cambio de opinión, no sintió dolor por
esta pérdida. Odiaba ahora la ostentosa pieza, atribuyéndole una
influencia fatal. Por su culpa se veía él allí. Pero ¡ay!... ¡los otros
muebles amontonados en los camiones!... En este momento pudo abarcar
toda la extensión de su miseria y su impotencia. Le era imposible
defender su propiedad; no podía discutir con aquel jefe que saqueaba el
castillo tranquilamente, ignorando la presencia del dueño. «¡Ladrones!
¡ladrones!» Y volvió á meterse en el pabellón.
Pasó toda la mañana con el codo en una mesa y la mandíbula apoyada en la
mano, lo mismo que el día anterior, dejando que las horas se desgranasen
lentamente, no queriendo oir el sordo rodar de los vehículos que se
llevaban las muestras de su opulencia.
Cerca de mediodía le anunció el conserje que un oficial llegado una hora
antes en automóvil deseaba verle.
Al salir del pabellón encontró á un capitán igual á los otros, con el
casco puntiagudo y enfundado, el uniforme color de mostaza, botas de
cuero rojo, sable, revólver, gemelos y la carta geográfica en un estuche
pendiente del cinturón. Parecía joven; ostentaba en una manga el brazal
del Estado Mayor.
--¿Me conoce?... No he querido pasar por aquí sin verle.
Dijo esto en castellano, y Desnoyers experimentó una sorpresa más grande
que todas las que había sentido en sus largas horas de angustia á partir
de la mañana anterior.
--¿De veras que no me conoce?--prosiguió el alemán, siempre en
español--. Soy Otto... el capitán Otto von Hartrott.
El viejo descendió, ó más bien rodó por la escalera de su memoria, para
detenerse en un peldaño lejano. Vió la estancia, vió á sus cuñados que
tenían el segundo hijo. «Le pondré el nombre de Bismarck», decía Karl.
Luego, remontando muchos escalones, se veía en Berlín durante su visita
á los Hartrott. Hablaban con orgullo de Otto, casi tan sabio como el
hermano mayor, pero que aplicaba su talento á la guerra. Era teniente y
continuaba sus estudios para ingresar en el Estado Mayor. «¿Quién sabe
si llegará á ser otro Moltke?», decía el padre. Y la bulliciosa Chichí
lo bautizó con un apodo, aceptado por la familia. Otto fué en adelante
_Moltkecito_ para sus parientes de París.