--¡Tú!--dijo tras de una larga pausa--; tú debes dejarme... La vida no

es como la habíamos concebido. Sin la guerra, tal vez hubiésemos

realizado nuestros ensueños, pero ¡ahora!... Fíjate bien. Yo llevo para

el resto de mi existencia una carga pesadísima y al mismo tiempo dulce,

pues cuanto más me abruma, más grata me parece. Nunca me separaré de ese

hombre al que he ofendido tanto, que se ve solo en el mundo y necesita

de protección como un niño. ¿Por qué vas tú á participar de mi suerte?

¿Cómo vivir en amores con una eterna enfermera, al lado de un hombre

bueno y ciego, al que ultrajaríamos continuamente con nuestra pasión?...

No; mejor es que te alejes. Sigue tu camino solo y desembarazado.

Déjame: tú encontrarás otras mujeres que te harán más dichoso que yo. Tú

eres de los destinados á encontrar una nueva felicidad á cada paso.

Insistió en sus elogios. Su voz era calmosa, pero en el fondo de ella

temblaba la emoción del último adiós á la alegría que se aleja para

siempre. El hombre amado sería de otras; ¡y ella misma lo entregaba!...

Pero la noble tristeza del sacrificio le infundió serenidad. Era una

renuncia más para expiar sus culpas.

Julio bajó los ojos, perplejo y vencido. Le aterraba la imagen del

porvenir esbozada por Margarita. El viviendo al lado de la enfermera,

aprovechándose de la ignorancia del ciego para inferirle todos los días

con sus amores un nuevo insulto, ¡ah, no! Era una villanía. Se acordaba

ahora con vergüenza de la malignidad con que había mirado poco antes á

esta hombre desgraciado y bueno. Se reconocía sin fuerzas para luchar

con él. Débil é impotente en aquel banco de jardín, era más grande y

respetable que Julio Desnoyers con toda su juventud y sus gallardías.

Había servido en su vida para algo; había hecho lo que él no osaba

hacer.

Esta convicción de su inferioridad le hizo gemir como un niño

abandonado:

--¡Qué será de mí!...

Margarita, considerando el amor que se iba para siempre, las esperanzas

desvanecidas, el porvenir iluminado por la satisfacción de un deber

cumplido, pero monótono y doloroso, murmuró igualmente:

--¿Y yo?... ¡Qué será de mí!...

Desnoyers pareció reanimarse, como si hubiese encontrado de pronto una

solución.

--Escucha, Margarita: yo leo en tu alma. Amas á ese hombre, y haces

bien. Es superior á mí, y las mujeres se sienten atraídas por toda

superioridad... Yo soy un cobarde. Sí, no protestes; soy un cobarde, con

toda mi juventud, con todas mis fuerzas. ¿Cómo no habías de sentirte

impresionada por la conducta de ese hombre?... Pero yo recuperaré lo

perdido... Este país es el tuyo, Margarita; yo me batiré por él. No

digas que no...

Y enardecido por su repentino entusiasmo, trazaba un plan de heroísmos.

Iba á hacerse soldado. Pronto oiría hablar de él. Su propósito era

quedar tendido en el campo al primer encuentro ó asombrar al mundo con

sus hazañas. De un modo ú otro resolvería su vergonzosa situación: el

olvido de la muerte ó la gloria.

--¡No!--exclamó ella interrumpiéndole con angustia--. Tú, no. Bastante

hay con el otro... ¡Qué horror! Tú también herido, mutilado para

siempre, tal vez muerto... No; vive. Prefiero que vivas, aunque seas de

otra. Que yo sepa que existes, que te vea alguna vez aunque me hayas

olvidado, aunque pases indiferente como si no me conocieses.

En su protesta gritaba el amor ardoroso, el amor irreflexivo y heroico,

que acepta todas las penas á cambio de que el ser preferido siga

existiendo.

Pero á continuación, para que Julio no sintiese el engaño de una falsa

esperanza, añadió:

--Vive; tú no debes morir; sería para mí un nuevo tormento... Pero vive

sin mí. Olvídame. Es inútil cuanto hablemos: mi destino está marcado

para siempre al lado del otro.

Desnoyers volvió á entregarse al desaliento, adivinando la ineficacia de

ruegos y protestas.

--¡Ah, cómo le amas!... ¡Cómo me engañaste!

Ella, como suprema explicación, volvió á repetir lo dicho al principio

de la entrevista. Amaba á Julio... y amaba á su marido. Eran amores

distintos. No quería decir cuál resultaba más ardiente, pero la

desgracia la impelía á escoger entre los dos, y aceptaba al más

doloroso, el de mayores sacrificios.

--Tú eres hombre y no podrás entenderme nunca... Una mujer me

comprendería.

Julio, al lanzar una mirada en torno de él, creyó que la tarde había

sufrido los efectos de un fenómeno celeste. El jardín seguía iluminado

por el sol, pero el verde de los árboles, el amarillo del suelo, el azul

del espacio, las espumas blancas del río, todo le pareció obscuro y

difuso, como si cayese una lluvia de ceniza.

--Entonces... ¿todo ha terminado entre nosotros?

Su voz temblorosa, suplicante, cargada de lágrimas, hizo que ella

volviese la cabeza para ocultar su emoción.

Luego, en el penoso silencio, las dos desesperaciones formularon la

misma pregunta, como si interrogasen á las sombras del futuro. «¿Qué

será de mí?», murmuró el hombre. Y como un eco, los labios de ella

repitieron: «¿Qué será de mí?»

Todo estaba dicho. Palabras irreparables se alzaban entre los dos como

un obstáculo que había de ensancharse por momentos, impeliéndoles en

opuestas direcciones. ¿Para qué prolongar la entrevista dolorosa?...

Margarita mostró la resolución pronta y enérgica de toda mujer cuando

desea cortar una escena: «¡Adiós!» Su rostro había tomado una palidez

amarillenta, sus pupilas estaban mortecinas, humosas, como los vidrios

de una linterna cuya luz se apaga. «¡Adiós!» Debía volver al lado de su

herido.

Se marchó sin mirarle, y Desnoyers, por instinto, caminó en dirección

opuesta. Cuando al serenarse quiso volver sobre sus pasos, vió cómo se

alejaba dando el brazo al ciego, sin volver la cabeza una sola vez.

Tuvo la convicción de que ya no la vería más, y una angustia de asfixia

oprimió su garganta. ¿Y con esta facilidad podían separarse eternamente

dos seres que días antes contemplaban el universo concretado en sus

personas?...

Su desesperación al quedar solo le hizo acusarse de torpeza. Ahora

acudían sus pensamientos en tropel, y cada uno de ellos le pareció

suficiente para convencer á Margarita. Indudablemente no había sabido

expresarse: necesitaba hablar con ella otra vez... Y decidió permanecer

en Lourdes.

Pasó una noche de tortura en el hotel, escuchando el rebullir del río

entre las piedras. El insomnio le tuvo entre sus mandíbulas feroces,

royéndolo con un suplicio interminable. Encendió la luz varias veces,

pero no pudo leer. Sus ojos miraron con estúpida fijeza los dibujos del

empapelado, las láminas piadosas de este cuarto que había servido de

albergue á los peregrinos ricos. Permaneció inmóvil y abstraído como los

orientales, que piensan en su carencia absoluta de pensamientos. Una

idea única danzaba en el vacío de su cráneo: «Y no la veré más... ¿es

esto posible?»

Se adormeció algunos instantes, para despertar con la sensación de un

estallido horroroso que le enviaba por los aires. Y siguió desvelado,

con sudores de angustia, hasta que en la sombra de la habitación se fué

destacando un cuadrado de luz láctea. El amanecer empezaba á reflejarse

en las cortinas de la ventana.

La caricia aterciopelada del día pudo al fin cerrar sus ojos. Al

despertar, bien entrada la mañana, corrió á los jardines de la gruta...

¡Las horas de espera temblorosa é inútil, creyendo reconocer á Margarita

en toda dama blanca que avanzaba guiando á un herido!

Por la tarde, después de un almuerzo cuyos platos desfilaron intactos,

volvió al jardín en busca de ella. Al reconocerla dando el brazo al

oficial ciego, experimentó una sensación de desaliento. Parecía más

alta, más delgada, con el rostro afilado, dos oquedades de sombra en las

mejillas, los ojos brillantes de fiebre, los párpados contraídos por el

cansancio. Adivinó una noche de suplicio, de pensamientos escasos y

tenaces, de estupefacción dolorosa igual á la suya en el cuarto del

hotel. Sintió de pronto todo el peso del insomnio y la inapetencia, toda

la emoción deprimente de las sensaciones crueles experimentadas en las

últimas horas. ¡Cuán desgraciados eran los dos!...

Ella avanzaba con precaución, mirando á un lado y á otro, como el que

presiente un peligro. Al descubrirle se apretó contra el ciego, lanzando

á su antiguo amante una mirada de súplica, de desesperación, implorando

misericordia... ¡Ay, esta mirada!

Sintió vergüenza; su personalidad parecía haberse desdoblado: se

contempló á si mismo con ojos de juez. ¿Qué hacía allí el llamado Julio

Desnoyers, hombre seductor é inútil, atormentando con su presencia á una

pobre mujer, queriendo desviarla de su noble arrepentimiento,

insistiendo en sus egoístas y pequeños deseos, cuando la humanidad

entera pensaba en otras cosas?... Su cobardía le irritó. Como el ladrón

que se aprovecha del sueño de su víctima, él rondaba en torno de un

hombre bueno y valeroso que no podía verle, que no podía defenderse,

para robarle el único afecto que tenía en el mundo y que milagrosamente

volvía hacia él. ¡Muy bien, señor Desnoyers!... ¡Ah, canalla!

Estos insultos exteriores le hicieron erguirse, altivo, cruel,

inexorable, contra aquel otro yo digno de su desprecio.

Ladeó la cabeza: no quiso encontrar los ojos suplicantes de Margarita;

tuvo miedo á su mudo reproche. Tampoco se atrevió á mirar al ciego, con

su uniforme rapado y heroico, con su rostro envejecido por el deber y la

gloria. Le temía como á un remordimiento.

Volvió la espalda al grupo: se alejó. ¡Adiós, amor! ¡Adiós,

felicidad!... Marchaba ahora con paso firme; un milagro acababa de

realizarse en su interior: había encontrado su camino.

¡A París!... Una ilusión nueva iba á poblar el inmenso vacío de su

existencia sin objeto.

V

La invasión

Huía don Marcelo para refugiarse en su castillo, cuando encontró al

alcalde de Villeblanche. El estrépito de la descarga le había hecho

correr hacia la barricada. Al enterarse de la aparición del grupo de

rezagados elevó los brazos desesperadamente. Estaban locos. Su

resistencia iba á ser fatal para el pueblo. Y siguió corriendo para

rogarles que desistiesen de ella.

Transcurrió mucho tiempo sin que se turbase la calma de la mañana.

Desnoyers había subido á lo más alto de uno de sus torreones y con los

anteojos exploraba el campo. No alcanzaba á distinguir la carretera;

sólo veía los grupos de árboles inmediatos. Adivinó con la imaginación

debajo de este ramaje una oculta actividad: masas de hombres que hacían

alto, tropas que se preparaban para el ataque. La inesperada defensa de

los fugitivos había perturbado la marcha de la invasión. Desnoyers pensó

en este puñado de locos y su testarudo jefe: ¿qué suerte iba á ser la

suya?...

Al fijar sus gemelos en las cercanías del pueblo vió las manchas rojas

de los kepis deslizándose como amapolas sobre el verde de unas praderas.

Eran ellos que se retiraban, convencidos de la inutilidad de su

resistencia. Tal vez les habían indicado un vado ó una barca olvidada

para salvar el Marne, y continuaban su retroceso hacia el río. De un

momento á otro, los alemanes iban á entrar en Villeblanche.

Transcurrió media hora de profundo silencio. El pueblo perfilaba sobre

un fondo de colinas su masa de tejados y la torre de la iglesia

rematada por la cruz y un gallo de hierro. Todo parecía tranquilo, como

en los mejores días de la paz. De pronto vió que el bosque vomitaba á lo

lejos algo ruidoso y sutil, una burbuja de vapor acompañada de sordo

estallido. Algo también pasó por el aire con estridente curva. A

continuación, un tejado del pueblo se abrió como un cráter, volando de

él maderos, fragmentos de pared, muebles rotos. Todo el interior de la

casa se escapaba en un chorro de humo, polvo y astillas.

Los invasores bombardeaban á Villeblanche antes de intentar el ataque,

como si temiesen encontrar en sus calles una empeñada resistencia.

Cayeron nuevos proyectiles. Algunos, pasando por encima de las casas,

venían á estallar entre el pueblo y el castillo. Los torreones de la

propiedad de Desnoyers empezaban á atraer la puntería de los artilleros.

Pensaba éste en la oportunidad de abandonar su peligroso observatorio,

cuando vió que algo blanco, semejante á un mantel ó una sábana, flotaba

en la torre de la iglesia. Los vecinos habían izado esta señal de paz

para evitarse el bombardeo. Todavía cayeron unos cuantos proyectiles;

luego se hizo el silencio.

Don Marcelo estaba ahora en su parque, viendo cómo el conserje enterraba

al pie de un árbol las armas de caza que existían en el castillo. Luego

se dirigió hacia la verja. Los enemigos iban á llegar y había que

recibirles. En esta espera inquietante, el arrepentimiento volvió á

atormentarle. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué se había quedado?... Pero su

carácter tenaz desechó inmediatamente las dudas del miedo. Estaba allí

porque tenía el deber de guardar lo suyo. Además, ya era tarde para

pensar en tales cosas.

Le pareció de pronto que el silencio matinal se cortaba con un sordo

rasgón de tela dura.

--Tiros, señor--- dijo el conserje--. Una descarga. Debe ser en la

plaza.

Minutos después vieron llegar á una mujer del pueblo, una vieja de

miembros enjutos y negruzcos, que jadeaba con la violencia de la

carrera, lanzando en torno miradas de locura. Huía sin saber adonde ir,

por la necesidad de escapar al peligro, de librarse de horribles

visiones. Desnoyers y los porteros escucharon su explicación

entrecortada por hipos de terror.

Los alemanes estaban en Villeblanche. Primeramente había entrado un

automóvil á toda velocidad, pasando de un extremo á otro del pueblo. Su

ametralladora disparaba á capricho contra las casas cerradas y las

puertas abiertas, tumbando á las gentes que se habían asomado. La vieja

abrió los brazos con un gesto de terror... Muertos... muchos muertos...

heridos... sangre. A continuación, otros vehículos blindados se habían

detenido en la plaza, y tras de ellos, grupos de jinetes, batallones á

pie, numerosos batallones, que llegaban por todas partes. Los hombres

con casco parecían furiosos: acusaban á los habitantes de haber hecho

fuego contra ellos. En la plaza habían golpeado al alcalde y á varios

vecinos que salían á su encuentro. El cura, inclinado sobre unos

agonizantes, también había sido atropellado... Todos presos. Los

alemanes habían de fusilarlos.

Las palabras de la vieja fueron cortadas por el ruido de algunos

automóviles que se aproximaban.

--Abre la verja--ordenó el dueño al conserje.

La verja quedó abierta, y ya no volvió á cerrarse nunca. Terminaba el

derecho de propiedad.

Se detuvo ante la entrada un automóvil enorme cubierto de polvo y lleno

de hombres. Detrás sonaron las bocinas de otros vehículos, que se

avisaban al detenerse con seco tirón de frenos. Desnoyers vió soldados

apeándose de un salto, todos vestidos de gris verdoso, con una funda del

mismo tono cubriendo el casco puntiagudo. Uno de ellos, que marchaba

delante, le puso su revólver en la frente.

--¿Dónde están los franco-tiradores?--preguntó.

Estaba pálido, con una palidez de cólera, de venganza y de miedo. Le

temblaban las mejillas á impulsos de la triple emoción. Don Marcelo se

explicó lentamente, contemplando á corta distancia de sus ojos el negro

redondel del tubo amenazador. No había visto franco-tiradores. El

castillo tenía por únicos habitantes el conserje con su familia, y él,

que era el dueño.

Miró el oficial al edificio y luego examinó á Desnoyers con visible

extrañeza, como si lo encontrase de aspecto demasiado humilde para ser

su propietario. Le había creído un simple empleado, y su respeto á las

jerarquías sociales hizo que bajase el revólver.

No por esto desistió de sus gestos imperiosos. Empujó á don Marcelo para

que le sirviese de guía; lo hizo marchar delante de él, mientras á sus

espaldas se agrupaban unos cuarenta soldados. Avanzaron en dos filas, al

amparo de los árboles que bordeaban la avenida central, con el fusil

pronto para disparar, mirando inquietamente á las ventanas del castillo,

como si esperasen recibir desde ellas una descarga cerrada. Desnoyers

marchó tranquilamente por el centro, y el oficial, que había imitado la

precaución de su gente, acabó por unirse á él cuando atravesaba el

puente levadizo.

Los hombres armados se esparcieron por las habitaciones en busca de

enemigos. Metían las bayonetas debajo de camas y divanes. Otros, con un

automatismo destructor, atravesaron los cortinajes y las ricas cubiertas

de los lechos. El dueño protestó: ¿para qué este destrozo inútil?...

Experimentaba una tortura insufrible al ver las botas enormes manchando

de barro las alfombras, al oir el choque de culatas y mochilas contra

los muebles frágiles, de los que caían objetos. ¡Pobre mansión

histórica!...

El oficial le miró con extrañeza, asombrado de que protestase por tan

fútiles motivos. Pero dió una orden en alemán, y sus hombres cesaron en

las rudas exploraciones. Luego, como una justificación de este respeto

extraordinario, añadió en francés:

--Creo que tendrá usted el honor de alojar al general de nuestro cuerpo

de ejército.

La certeza de que en el castillo no se ocultaban enemigos le hizo más

amable. Sin embargo, persistió en su cólera contra los franco-tiradores.

Un grupo de vecinos había hecho fuego sobre los hulanos cuando avanzaban

descuidados después de la retirada de los franceses.

Desnoyers creyó necesaria una protesta. No eran vecinos ni

franco-tiradores: eran soldados franceses. Tuvo buen cuidado de callar

su presencia en la barricada, pero afirmó que había distinguido los

uniformes desde un torreón de su castillo.

El oficial hizo un gesto de agresividad.

--¿Usted también?... ¿Usted, que parece un hombre razonable, repite

tales patrañas?

Y para cortar la discusión, dijo con arrogancia:

--Llevaban uniforme, si usted se empeña en afirmarlo, pero eran

franco-tiradores. El gobierno francés ha repartido armas y uniformes á

los campesinos para que nos asesinen. Lo mismo hizo el de Bélgica...

Pero conocemos sus astucias y sabremos castigarlas.

El pueblo iba á ser incendiado. Había que vengar los cuatro cadáveres

alemanes que estaban tendidos en las afueras de Villeblanche, cerca de

la barricada. El alcalde, el cura, los principales vecinos, todos

fusilados.

Visitaban en aquel momento el último piso. Desnoyers vió flotar por

encima del ramaje de su parque una bruma obscura cuyos contornos

enrojecía el sol. El extremo del campanario era lo único del pueblo que

se distinguía desde allí. En torno del gallo de hierro volteaban harapos

sutiles, semejantes á telarañas negras elevadas por el viento. Un olor

de madera vieja quemada llegó hasta el castillo.

Saludó el alemán este espectáculo con una sonrisa cruel. Luego, al

descender al parque, ordenó á Desnoyers que le siguiese. Su libertad y

su dignidad habían terminado. En adelante, iba á ser una cosa bajo el

dominio de estos hombres, que podrían disponer de él á su capricho. ¡Ay,

por qué se había quedado!... Obedeció, montando en un automóvil al lado

del oficial, que aún conservaba el revólver en la diestra. Sus hombres

se esparcían por el castillo y sus dependencias para evitar la fuga de

un enemigo imaginario. El conserje y su familia parecieron decirle

¡adiós! con los ojos. Tal vez le llevaban á la muerte...

Mas allá de las arboledas del castillo fué surgiendo un mundo nuevo. El

corto trayecto hasta Villeblanche representó para él un salto de

millones de leguas, la caída en un planeta rojo, donde hombres y cosas

tenían la pátina del humo y el resplandor del incendio. Vió el pueblo

bajo un dosel obscuro moteado de chispas y brillantes pavesas. El

campanario ardía como un blandón enorme; la techumbre de la iglesia

estallaba, dejando escapar chorros de llamas. Un hedor de quema se

esparcía en el ambiente. El fulgor del incendio parecía contraerse y

empalidecer ante la luz impasible del sol.

Corrían á través de los campos, con la velocidad de la desesperación,

mujeres y niños dando alaridos. Las bestias habían escapado de los

establos, empujadas por las llamas, para emprender una carrera loca. La

vaca y el caballejo de labor llevaban pendiente del pescuezo la cuerda

rota por el tirón del miedo. Sus flancos echaban humo y olían á pelo

quemado. Los cerdos, las ovejas, las gallinas, corrían igualmente,

confundidos con gatos y perros. Toda la animalidad doméstica retornaba á

la existencia salvaje, huyendo del hombre civilizado. Sonaban tiros y

carcajadas brutales. Los soldados, en las afueras del pueblo, insistían

regocijados en esta cacería de fugitivos. Sus fusiles apuntaban á las

bestias y herían á las personas.

Desnoyers vió hombres, muchos hombres, hombres por todas partes. Eran á

modo de hormigueros grises que desfilaban y desfilaban hacia el Sur,

saliendo de los bosques, llenando los caminos, atravesando los campos.

El verde de la vegetación se diluía bajo sus pasos; las cercas caían

rotas; el polvo se alzaba en espirales detrás del sordo rodar de los

cañones y el acompasado trote de millares de caballos. A los lados del

camino habían hecho alto varios batallones con su acompañamiento de

vehículos y bestias de tiro. Descansaban para reanudar su marcha.

Conocía á este ejército. Lo había visto en las paradas de Berlín, y

también le pareció cambiado, como el del día anterior. Quedaba en él muy

poco de la brillantez sombría é imponente, de la tiesura muda y

jactanciosa, que hacían llorar de admiración á sus cuñados. La guerra,

con sus realidades, había borrado todo lo que tenía de teatral el

formidable organismo de muerte. Los soldados se mostraban sucios y

cansados. Una respiración de carne blanca, atocinada y sudorosa,

revuelta con el hedor del cuero, flotaba sobre los regimientos. Todos

los hombres tenían cara de hambre. Llevaban días y días caminando

incesantemente sobre las huellas de un enemigo que siempre conseguía

librarse. En este avance forzado, los víveres de la Intendencia llegaban

tarde á los acantonamientos. Sólo podían contar con lo que guardaban en

sus mochilas. Desnoyers los vió alineados junto al camino devorando

pedazos de pan negro y embutidos mohosos. Algunos se esparcían por los

campos para desenterrar las remolachas y otros tubérculos, mascando su

dura pulpa entre crujidos de granos de tierra. Un alférez sacudía los

árboles frutales, empleando como percha la bandera de su regimiento. La

gloriosa enseña, adornada con recuerdos de 1870, le servía para alcanzar

ciruelas todavía verdes. Los que estaban sentados en el suelo

aprovechaban este descanso extrayendo sus pies hinchados y sudorosos de

las altas botas, que esparcían un vapor insufrible.

Los regimientos de infantería que Desnoyers había visto en Berlín

reflejando la luz en metales y correajes, los húsares lujosos y

terroríficos, los coraceros de albo uniforme semejantes á los paladines

del Santo Graal, los artilleros con el pecho regleteado de fajas

blancas, todos los militares que en los desfiles arrancaban suspiros de

admiración á los Hartrott, aparecían ahora unificados y confundidos por

la monotonía del color, todos de verde mostaza, como lagartos empolvados

que en su arrastre buscan confundirse con el suelo.

Se adivinaba la persistencia de la férrea disciplina. Una palabra dura

de los jefes, un golpe de silbato, y todos se agrupaban, desapareciendo

el hombre en el espesor de la masa de autómatas. Pero el peligro, el

cansancio, la certidumbre del triunfo, habían aproximado á soldados y

oficiales momentáneamente, borrando las diferencias de castas. Los jefes

salían un poco del aislamiento en que los mantenía su altivez y se

dignaban conversar con sus hombres para infundirles ánimo. Un esfuerzo

más, y envolverían á franceses é ingleses, repitiendo la hazaña de

Sedán, cuyo aniversario se celebraba en aquellos días. Iban á entrar en

París: era asunto de una semana. ¡París! Grandes tiendas llenas de

riquezas, restoranes célebres, mujeres, champañ, dinero... Y los

hombres, orgullosos de que sus conductores se dignasen hablar con ellos,

olvidaban la fatiga y el hambre, reanimandóse como las muchedumbres de

la Cruzada ante la imagen de Jerusalén. «_¡Nach París!_» El alegre grito

circulaba de la cabeza á la cola de las columnas en marcha, «¡A París!

¡A París!...»

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 20 / 33 段