de una ciudad de provincia convertida repentinamente en capital. Los
hoteles estaban llenos; muchos personajes se contentaban con una
habitación de doméstico. Los cafés no guardaban una silla libre; las
aceras parecían repeler esta concurrencia extraordinaria. El jefe del
Estado se instalaba en la Prefectura, los ministerios quedaban
establecidos en escuelas y museos; dos teatros eran habilitados para las
futuras reuniones del Senado y la Cámara popular. Julio encontró un
hotel sórdido y equívoco en el fondo de un callejón humedecido
constantemente por los transeúntes. Un amorcillo adornaba los cristales
de la puerta. En su cuarto, el espejo tenía grabados nombres de mujer,
frases intranscribibles, como recuerdo de los hospedajes de una hora...
Y todavía algunas damas de París, ocupadas en buscar un alojamiento,
envidiaban tanta fortuna.
Sus averiguaciones resultaron inútiles. Los amigos que encontró en la
muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Únicamente sabían
hablar de los incidentes de su instalación; repetían las noticias oídas
á los ministros, con los que vivían familiarmente; mencionaban con aire
misterioso la gran batalla que había empezado á desarrollarse desde las
cercanías de París hasta Verdún. Una discípula de sus tiempos de gloria,
que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dió
vagos informes. «¿La pequeña _Madame_ Laurier?... Se acordaba de haber
oído á alguien que vivía cerca... Tal vez en Biarritz.» Julio no
necesitó más para reanudar su viaje. ¡A Biarritz!
La primera persona que encontró al llegar fué Chichí. Declaraba
inhabitable la población, por las familias de españoles ricos que
veraneaban en ella: «Son _boches_ en su mayoría. Yo me paso la
existencia peleando. Acabaré por vivir sola.» Luego encontró á su madre:
abrazos y lágrimas. Después vió á su tía Elena en un salón del hotel,
entusiasmada con el país y sus veraneantes. Podía hablar largamente con
muchos de ellos sobre la decadencia de Francia. Todos esperaban de un
momento á otro la noticia de la entrada del kaiser en la capital.
Hombres graves que no habían hecho nada en toda su vida criticaban los
defectos y descuidos de la República. Jóvenes cuya distinción
entusiasmaba á doña Elena prorrumpían en apóstrofes contra las
corrupciones de París, corrupciones que habían estudiado á fondo velando
hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de Montmartre. Todos
adoraban á Alemania, donde no habían estado nunca ó que conocían como
una sucesión de imágenes cinematográficas. Aplicaban á los sucesos un
criterio de plaza de Toros. Los alemanes eran los que pegaban más
fuerte. «Con ellos no se juega: son muy brutos.» Y parecían admirar la
brutalidad como el más respetable de los méritos. «¿Por qué no dirán eso
en su casa, al otro lado de la frontera?--protestaba Chichí--. ¿Por qué
vienen á la del vecino á burlarse de sus preocupaciones?... ¡Y tal vez
se creen gentes de buena educación!»
Julio no había ido á Biarritz para vivir con los suyos... El mismo día
de su llegada vió de lejos á la madre de Margarita. Estaba sola. Sus
averiguaciones le hicieron saber que la hija vivía en Pau. Era enfermera
y cuidaba á un herido de su familia. «El hermano... indudablemente, es
el hermano», pensó Julio. Y reanudó su viaje, dirigiéndose á Pau.
Sus visitas á los hospitales resultaron inútiles. Nadie conocía á
Margarita. Todos los días llegaba el tren con un nuevo cargamento de
carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. Una
religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiadó
de él, ayudándole con sus indicaciones. Debía ir á Lourdes: eran allí
muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. Y Desnoyers hizo
inmediatamente el corto trayecto entre Pau y Lourdes.
Nunca había visitado la santa población cuyo nombre repetía su madre
frecuentemente. Para doña Luisa, la nación francesa era Lourdes. En las
discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedían el
exterminio de Francia por su impiedad, la buena señora resumía su
opinión siempre con las mismas palabras: «Cuando la Virgen quiso
aparecerse en nuestros tiempos, escogió á Francia. No será tan malo este
país como dicen... Cuando yo vea que se aparece en Berlín, hablaremos
otra vez.»
Pero Desnoyers no estaba para recordar las ingenuas opiniones de su
madre. Apenas se hubo instalado en su hotel, junto al río, corrió á la
gran hospedería convertida en hospital. Los guardianes le dijeron que
hasta la tarde no podría hablar con el director. Para entretener su
impaciencia paseó por la calle que conduce á la basílica, toda de
barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de
ella un largo bazar. Aquí y en los jardines inmediatos á la iglesia sólo
vió heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas
del combate. Los capotes estaban sucios á pesar de los repetidos
cepillamientos. El barro, la sangre, la lluvia, habían dejado en ellos
manchas imborrables, dándoles una rigidez de cartón. Algunos heridos les
arrancaban las mangas, para evitar un roce cruel á sus brazos
destrozados. Otros ostentaban todavía en los pantalones las rasgaduras
de los cascos de obús.
Eran combatientes de todas armas y de diversas razas: infantes, jinetes,
artilleros; soldados de la metrópoli y de las colonias; campesinos
franceses y tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez
mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos
azulados, unos mostrando el aire bonachón y la sedentaria obesidad del
burgués convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos,
nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y
ejercitados en campañas exóticas.
La ciudad visitada á impulsos de la esperanza por los enfermos del
catolicismo se veía invadida ahora por una muchedumbre no menos
dolorosa, pero vestida de carnavalescos colores. Todos, á pesar de su
desaliento físico, tenían cierto aire de desenfado y satisfacción.
Habían visto la muerte de muy cerca, escurriéndose entre sus garras
huesosas, y encontraban un nuevo sabor á la alegría de vivir. Con sus
capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus
kepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecía sin
embargo un aspecto lamentable. Muy pocos conservaban en ella la noble
vertical, orgullo de la superioridad humana. Avanzaban encorvados,
cojeando, arrastrándose, apoyados en un garrote ó en un brazo amigo.
Otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habían servido
muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estación á la
gruta de la Virgen. Algunos caminaban á ciegas, con los ojos vendados,
junto á un niño ó una enfermera. Los primeros choques en Bélgica y en el
Este, media docena de batallas, habían bastado para producir estas
ruinas físicas, en las que aparecía la belleza varonil con los más
horribles ultrajes... Estos organismos que se empeñaban tenazmente en
subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energías, sólo
representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. Detrás de
ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los
hospitales y que tal vez no se levantarían nunca. Millares y millares
estaban ocultos para siempre en las entrañas de una tierra mojada por su
baba agónica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles
devolvía como cosecha matorrales de cruces.
La guerra se mostró á los ojos de Desnoyers con toda su cruel fealdad.
Había hablado de ella hasta entonces como hablamos de la muerte en plena
salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viéndola tan lejos...
¡tan lejos! que no infunde una verdadera emoción. Las explosiones de los
obuses acompañaban su brutalidad destructora con una burla feroz,
desfigurando grotescamente el cuerpo humano. Vió heridos que empezaban á
recobrar su fuerza vital y sólo eran esbozos de hombres, espantosas
caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de
la ciencia: troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un
zócalo de ruedas, cráneos incompletos cuyo cerebro latía bajo una
cubierta artificial, seres sin brazos y sin piernas que descansaban en
el fondo de un carretoncillo como bocetos escultóricos ó piezas de
disección, caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la
negra cavidad de sus fosas nasales. Y estos medio hombres hablaban,
fumaban, reían, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del
sol, de haber vuelto á la existencia, animados por la soberana voluntad
de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo
mejor.
Fué tal su impresión, que olvidó por algún tiempo el motivo que le había
arrastrado hasta allí... ¡Si los que provocan la guerra desde los
gabinetes diplomáticos ó las mesas de un Estado Mayor pudiesen
contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que
perturba los sentidos, sino en frío, tal como se aprecia en hospitales y
cementerios por los restos que deja tras de su paso!... El joven vió en
su imaginación el globo terráqueo como un buque enorme que navegaba por
la inmensidad. Sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y
siglos exterminándose sobre la cubierta. Ni siquiera sabían lo que
existía debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. Ocupar la
mayor superficie á la luz del sol era el deseo de cada grupo. Hombres
tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio, para escalar
el último puente y empuñar el timón, dando al buque un rumbo
determinado. Y todos los que sentían estas ambiciones por el mando
absoluto sabían lo mismo... ¡nada! Ninguno de ellos podía decir con
certeza qué había más allá del horizonte visible, ni adonde se dirigía
la nave. La sorda hostilidad del misterio los rodeaba á todos; su vida
era frágil, necesitaba de incesantes cuidados para mantenerse; y á pesar
de esto, la tripulación, durante siglos y siglos, no había tenido un
instante de acuerdo, de obra común, de razón clara. Periódicamente, una
mitad de ella chocaba con la otra mitad; se mataban por esclavizarse en
la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse
unos á otros fuera del buque; la estela de la nave se cubría de
cadáveres. Y de la muchedumbre en completa demencia todavía surgían
lóbregos sofistas para declarar que este era el estado perfecto, que así
debían seguir todos eternamente, y que era un mal ensueño desear que los
tripulantes se mirasen como hermanos que siguen un destino común y ven
en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo... ¡Ah, miseria
humana!
Julio se sintió alejado de sus reflexiones por la alegría pueril que
mostraban algunos convalecientes. Eran musulmanes, tiradores de Argelia
y de Marruecos. Estaban en Lourdes como podían estar en otra parte,
atentos únicamente á los obsequios de la gente civil, que los seguía con
patriótica ternura. Todos ellos miraban con indiferencia la basílica
habitada por la «señora blanca». Su única preocupación era pedir
cigarros y dulces.
Al verse agasajados por la raza dominadora de sus países, se
enorgullecían, atreviéndose á todo, como niños revoltosos. Su mayor
placer era que las damas les diesen la mano. ¡Bendita guerra que les
permitía acercarse y tocar á estas mujeres blancas, perfumadas y
sonrientes, tal como aparecen en los ensueños las hembras paradisíacas
reservadas á los bienaventurados! «Madama... Madama», suspiraban,
poblándose al mismo tiempo de llamaradas sus pupilas de tinta. Y no
contentos con la mano, sus garras obscuras se aventuraban á lo largo del
brazo, mientras las señoras reían de esta adoración trémula. Otros
avanzaban entre el gentío ofreciendo su diestra á todas las mujeres.
«Toquemos mano.» Y se alejaban satisfechos luego de recibir el apretón.
Vagó mucho tiempo Desnoyers por los alrededores de la basílica. Al
amparo de los árboles se formaban en hileras las carretillas ocupadas
por los heridos. Oficiales y soldados permanecían largas horas en la
sombra azul viendo cómo pasaban otros camaradas que podían valerse de
sus piernas. La santa gruta resplandecía con el llamear de centenares de
cirios. La muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus
ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento
volaba, lejos, á los campos de batalla, con la confianza en la divinidad
que acompaña á toda inquietud. De la masa arrodillada surgían soldados
con vendajes en la cabeza, el kepis en una mano y los ojos lacrimosos.
Por la doble escalinata de la basílica subían y descendían mujeres
vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el
aspecto de palomas aleteantes. Eran enfermeras, damas de la Caridad
guiando los pasos de los heridos. Desnoyers creyó reconocer á Margarita
en cada una de ellas. Pero la desilusión que seguía á tales
descubrimientos le hizo dudar del éxito de su viaje. Tampoco estaba en
Lourdes. Nunca la encontraría en esta Francia agrandada desmesuradamente
por la guerra, que había convertido cada población en un hospital.
Por la tarde, sus averiguaciones no obtuvieron mejor éxito. Los
empleados escucharon sus preguntas con aire distraído: podía volver
luego. Estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario.
Continuaba la gran batalla cerca de París. Tenían que improvisar
alojamientos para la nueva remesa de carne destrozada.
Desnoyers volvió á los jardines cercanos á la gruta. Su paseo era para
entretener el tiempo. Pensaba regresar á Pau aquella noche: nada le
quedaba que hacer en Lourdes. ¿Adonde dirigiría luego sus
investigaciones?...
Sintió de pronto un estremecimiento á lo largo de su espalda: la misma
sensación indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se
reunían en un jardín de París. Margarita iba á presentarse de repente
como las otras veces, sin que él supiera ciertamente de dónde salía,
como si emergiese de la tierra ó descendiese de las nubes.
Después de pensar esto sonrió con amargura. ¡Mentiras del deseo!
¡Ilusiones!... Al volver la cabeza reconoció la falsedad de su
esperanza. Nadie seguía sus pasos: él era el único que marchaba por el
centro de la avenida. En un banco inmediato descansaba un oficial con
los ojos vendados. Junto á él, con la diáfana blancura de los ángeles
custodios, estaba una enfermera. ¡Pobre ciego!... Desnoyers iba á seguir
adelante; pero un movimiento rápido de la mujer vestida de blanco, un
deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los
ojos hacia las plantas, atrajeron su atención. Tardó en reconocerla. Dos
rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera
oculta; los pies calzados de blanco fueron indicios para reconstituir el
cuerpo algo desfigurado por un uniforme sin coquetería. El rostro era
pálido, grave. Nada quedaba en él de los antiguos afeites, que le daban
una belleza pueril de muñeca. Sus ojos parecían reflejar lo existente
con nuevas formas en el fondo de unas aureolas obscuras de cansancio...
¡Margarita!
Se miraron largamente, como hipnotizados por la sorpresa. Ella mostró
inquietud al ver que Desnoyers adelantaba un paso. No... no. Sus ojos,
sus manos, todo su cuerpo, parecieron protestar, repelerle en su avance,
fijarlo en su inmovilidad. El miedo á que se aproximase la hizo marchar
hacia él. Dijo unas palabras al militar, que continuó en el banco
recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecía no
sentir. Luego se levantó, yendo al encuentro de Julio, y siguió
adelante, indicándole con un gesto que se situase más lejos, donde el
herido no pudiera escucharles.
Detuvo su paso en un sendero lateral. Desde allí podía ver al ciego
confiado á su custodia. Quedaron inmóviles frente á frente. Desnoyers
quiso decir muchas cosas, ¡muchas! pero vaciló, no sabiendo cómo
revestir de palabras sus quejas, sus súplicas, sus halagos. Por encima
de esta avalancha de pensamientos emergió uno, fatal, dominante y
colérico.
--¿Quién es ese hombre?...
El acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras, le
sorprendieron, como si procediesen de otra boca.
La enfermera lo miró con sus ojos límpidos, agrandados, serenos, unos
ojos que parecían libres para siempre de las contracciones de la
sorpresa y del miedo. La respuesta se deslizó con la misma limpieza que
la mirada.
--Es Laurier... Es mi marido.
¡Laurier!... Los ojos de Julio examinaron con larga duda al militar
antes de convencerse. ¡Laurier este oficial ciego que permanecía inmóvil
en el banco como un símbolo de dolor heroico!... Estaba aviejado, con la
tez curtida y de un color de bronce surcada de grietas que convergían
como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. Los cabellos
empezaban á blanquear en las sienes y en la barba que cubría ahora sus
mejillas. Había vivido veinte años en un mes... Al mismo tiempo parecía
más joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con
la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones más violentas y no
puede ya conocer el miedo, con la satisfacción firme y serena del deber
cumplido.
Contemplándole sintió al mismo tiempo admiración y celos. Se avergonzó
al darse cuenta de la aversión que le inspiraba este hombre en plena
desgracia y que no podía ver lo que le rodeaba. Su odio era una
cobardía; pero insistió en él, como si en su interior se hubiese
despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto.
¡Cómo recordaba los ojos de Margarita al alejarse del herido por unos
instantes!... A él no lo había mirado así nunca. Conocía todas las
gradaciones amorosas de sus párpados, pero su mirada al herido era algo
diferente, algo que él no había visto hasta entonces.
Habló con la furia del enamorado que descubre una infidelidad.
--¡Y por eso te fuiste sin un aviso, sin una palabra!... Me abandonaste
para venir en busca de él... Di, ¿por qué has venido? ¿por qué has
venido?...
Ella no se inmutó ante su acento colérico y sus miradas hostiles.
--He venido porque aquí estaba mi deber.
Luego habló como una madre que aprovecha un paréntesis de sorpresa en el
niño irascible para aconsejarle cordura. Explicaba sus actos. Había
recibido la noticia de la herida de Laurier cuando ella y su madre se
preparaban á salir de París. No vaciló un instante: su obligación era
correr al lado de este hombre. Había reflexionado mucho en las últimas
semanas. La guerra le había hecho meditar sobre el valor de la vida. Sus
ojos contemplaban nuevos horizontes; nuestro destino no está en el
placer y las satisfacciones egoístas: nos debemos al dolor y al
sacrificio.
Deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor común,
servir como las otras mujeres; y estando dispuesta á dar todos sus
cuidados á los desconocidos, ¿no era natural que prefiriese á este
hombre al que había causado tanto daño?... Vivía aún en su memoria el
momento en que le vió llegar á la estación completamente solo entre
tantos que tenían el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca
de la muerte. Su lástima había sido aún más intensa al enterarse de su
infortunio. Un obús había estallado junto á él, matando á los que le
rodeaban. De sus varias heridas, la única grave era la del rostro. Había
perdido un ojo por completo; el otro lo mantenían los médicos sin
visión, esperando salvarlo. Pero ella dudaba; era casi seguro que
Laurier quedaría ciego.
La voz de Margarita temblaba al decir esto, como si fuese á llorar; pero
sus ojos permanecieron secos. No sentían la irresistible necesidad de
las lágrimas. El llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas
cosas de los tiempos de paz. ¡Habían visto sus ojos tanto en pocos
días!...
--¡Cómo le amas!--exclamó Julio.
Ella le había tratado de usted hasta este momento, por miedo á ser oída
y por mantenerle á distancia, como si hablase con un amigo. Pero la
tristeza de su amante acabó con su frialdad.
--No; yo te quiero á ti... yo te querré siempre.
La sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron
confianza á Desnoyers.
--¿Y el otro?--preguntó con ansiedad.
Al escuchar su respuesta creyó que algo acababa de pasar ante el sol,
velando momentáneamente su luz. Fué como una nube que se deslizaba sobre
la tierra y sobre su pensamiento esparciendo una sensación de frío.
--A él también le quiero.
Lo dijo mirándole como si implorase su perdón, con la sinceridad
dolorosa de un alma que ha reñido con la mentira y llora al adivinar los
daños que causa.
El sintió que su cólera dura se desmoronaba de golpe, lo mismo que una
montaña que se agrieta. «¡Ah, Margarita!» Su voz sonó trémula y humilde.
¿Podía terminar todo entre los dos con esta sencillez? ¿Eran acaso
mentiras sus antiguos juramentos?... Se habían buscado con afinidad
irresistible, para compenetrarse, para ser uno solo... y ahora,
súbitamente endurecidos por la indiferencia, ¿iban á chocar como dos
cuerpos hostiles que se repelen?... ¿Qué significaba este absurdo de
amarle á él como siempre y amar al mismo tiempo á su antiguo esposo?
Margarita bajó la cabeza, murmurando con desesperación:
--Tú eres un hombre, yo soy una mujer. No me entenderás por más que
hable. Los hombres no pueden alcanzar ciertos misterios nuestros... Una
mujer me comprendería mejor.
Desnoyers quiso conocer su infortunio con toda su crueldad. Podía hablar
ella sin miedo. Se sentía con fuerzas para sobrellevar los golpes...
¿Qué decía Laurier al verse cuidado y acariciado por Margarita?...
--Ignora quién soy... Me cree una enfermera igual á las otras, que se
apiada de él viéndole solo y ciego, sin parientes que le escriban y le
visiten... En ciertos momentos he llegado á sospechar si adivina la
verdad. Mi voz, el contacto de mis manos, le crispaban al principio con
un gesto de extrañeza. Le he dicho que soy una dama belga que ha perdido
á los suyos y está sola en el mundo. El me ha contado su vida anterior
ligeramente, como el que desea olvidar un pasado odioso... Ni una
palabra molesta para su antigua mujer. Hay noches en que sospecho que me
conoce, que se vale de su ceguera para prolongar la fingida ignorancia,
y esto me atormenta... Deseo que recobre la vista, que los médicos
salven uno de sus ojos, y al mismo tiempo siento miedo. ¿Qué dirá al
reconocerme?... Pero no: mejor es que vea, y ocurra lo que ocurra. Tú no
puedes comprender estas preocupaciones, tú no sabes lo que yo sufro.
Calló un instante para reconcentrarse, apreciando una vez más las
inquietudes de su alma.
--¡Oh, la guerra!--siguió diciendo--. ¡Qué de cambios en nuestra vida!
Hace dos meses, mi situación me hubiese parecido extraordinaria,
inverosímil... Yo cuidando á mi marido, temiendo que me descubra y se
aleje de mí, deseando al mismo tiempo que me reconozca y me perdone...
Sólo hace una semana que vivo á su lado. Desfiguro mi voz cuanto puedo,
evito frases que le revelen quién soy... Pero esto no se puede
prolongar. Únicamente en las novelas resultan aceptables estas
situaciones.
La duda ensombrecía de pronto su resolución.
--Yo creo--continuó--que me ha reconocido desde el primer momento...
Calla y finge ignorancia porque me desprecia... porque jamás llegará á
perdonarme. ¡He sido tan mala!... ¡Le he hecho tanto daño!...
Se acordaba de los largos y reflexivos mutismos del herido después de
algunas palabras imprudentes. A los dos días de recibir sus cuidados
había tenido un movimiento de rebeldía, evitando el salir con ella á
paseo. Pero, falto de vista, comprendiendo la inutilidad de su
resistencia, había acabado por entregarse con una pasividad silenciosa.
--Que piense lo que quiera--concluyó Margarita animosamente--, que me
desprecie. Yo estoy aquí; donde debo estar. Necesito su perdón; y si no
me perdona lo mismo seguiré á su lado... Hay momentos en que deseo que
no recobre la vista. Así, me necesitaría siempre, podría pasar toda mí
existencia á su lado sacrificándome por él...
--¿Y yo?--dijo Desnoyers.
Margarita le miró con ojos asombrados, como si despertase. Era verdad;
¿y el otro?... Enardecida por su sacrificio, que representaba una
expiación, había olvidado al hombre que tenía delante.