Vivió cuatro días en Burdeos, aturdido y desorientado por la agitación

de una ciudad de provincia convertida repentinamente en capital. Los

hoteles estaban llenos; muchos personajes se contentaban con una

habitación de doméstico. Los cafés no guardaban una silla libre; las

aceras parecían repeler esta concurrencia extraordinaria. El jefe del

Estado se instalaba en la Prefectura, los ministerios quedaban

establecidos en escuelas y museos; dos teatros eran habilitados para las

futuras reuniones del Senado y la Cámara popular. Julio encontró un

hotel sórdido y equívoco en el fondo de un callejón humedecido

constantemente por los transeúntes. Un amorcillo adornaba los cristales

de la puerta. En su cuarto, el espejo tenía grabados nombres de mujer,

frases intranscribibles, como recuerdo de los hospedajes de una hora...

Y todavía algunas damas de París, ocupadas en buscar un alojamiento,

envidiaban tanta fortuna.

Sus averiguaciones resultaron inútiles. Los amigos que encontró en la

muchedumbre fugitiva pensaban en su propia suerte. Únicamente sabían

hablar de los incidentes de su instalación; repetían las noticias oídas

á los ministros, con los que vivían familiarmente; mencionaban con aire

misterioso la gran batalla que había empezado á desarrollarse desde las

cercanías de París hasta Verdún. Una discípula de sus tiempos de gloria,

que guardaba la antigua elegancia en su uniforme de enfermera, le dió

vagos informes. «¿La pequeña _Madame_ Laurier?... Se acordaba de haber

oído á alguien que vivía cerca... Tal vez en Biarritz.» Julio no

necesitó más para reanudar su viaje. ¡A Biarritz!

La primera persona que encontró al llegar fué Chichí. Declaraba

inhabitable la población, por las familias de españoles ricos que

veraneaban en ella: «Son _boches_ en su mayoría. Yo me paso la

existencia peleando. Acabaré por vivir sola.» Luego encontró á su madre:

abrazos y lágrimas. Después vió á su tía Elena en un salón del hotel,

entusiasmada con el país y sus veraneantes. Podía hablar largamente con

muchos de ellos sobre la decadencia de Francia. Todos esperaban de un

momento á otro la noticia de la entrada del kaiser en la capital.

Hombres graves que no habían hecho nada en toda su vida criticaban los

defectos y descuidos de la República. Jóvenes cuya distinción

entusiasmaba á doña Elena prorrumpían en apóstrofes contra las

corrupciones de París, corrupciones que habían estudiado á fondo velando

hasta la salida del sol en las virtuosas escuelas de Montmartre. Todos

adoraban á Alemania, donde no habían estado nunca ó que conocían como

una sucesión de imágenes cinematográficas. Aplicaban á los sucesos un

criterio de plaza de Toros. Los alemanes eran los que pegaban más

fuerte. «Con ellos no se juega: son muy brutos.» Y parecían admirar la

brutalidad como el más respetable de los méritos. «¿Por qué no dirán eso

en su casa, al otro lado de la frontera?--protestaba Chichí--. ¿Por qué

vienen á la del vecino á burlarse de sus preocupaciones?... ¡Y tal vez

se creen gentes de buena educación!»

Julio no había ido á Biarritz para vivir con los suyos... El mismo día

de su llegada vió de lejos á la madre de Margarita. Estaba sola. Sus

averiguaciones le hicieron saber que la hija vivía en Pau. Era enfermera

y cuidaba á un herido de su familia. «El hermano... indudablemente, es

el hermano», pensó Julio. Y reanudó su viaje, dirigiéndose á Pau.

Sus visitas á los hospitales resultaron inútiles. Nadie conocía á

Margarita. Todos los días llegaba el tren con un nuevo cargamento de

carne destrozada, pero el hermano no estaba entre los heridos. Una

religiosa, creyendo que iba en busca de alguien de su familia, se apiadó

de él, ayudándole con sus indicaciones. Debía ir á Lourdes: eran allí

muy numerosos los heridos y las enfermeras laicas. Y Desnoyers hizo

inmediatamente el corto trayecto entre Pau y Lourdes.

Nunca había visitado la santa población cuyo nombre repetía su madre

frecuentemente. Para doña Luisa, la nación francesa era Lourdes. En las

discusiones con su hermana y otras damas extranjeras que pedían el

exterminio de Francia por su impiedad, la buena señora resumía su

opinión siempre con las mismas palabras: «Cuando la Virgen quiso

aparecerse en nuestros tiempos, escogió á Francia. No será tan malo este

país como dicen... Cuando yo vea que se aparece en Berlín, hablaremos

otra vez.»

Pero Desnoyers no estaba para recordar las ingenuas opiniones de su

madre. Apenas se hubo instalado en su hotel, junto al río, corrió á la

gran hospedería convertida en hospital. Los guardianes le dijeron que

hasta la tarde no podría hablar con el director. Para entretener su

impaciencia paseó por la calle que conduce á la basílica, toda de

barracones y tiendas con estampas y recuerdos piadosos, que hacen de

ella un largo bazar. Aquí y en los jardines inmediatos á la iglesia sólo

vió heridos convalecientes que guardaban en sus uniformes las huellas

del combate. Los capotes estaban sucios á pesar de los repetidos

cepillamientos. El barro, la sangre, la lluvia, habían dejado en ellos

manchas imborrables, dándoles una rigidez de cartón. Algunos heridos les

arrancaban las mangas, para evitar un roce cruel á sus brazos

destrozados. Otros ostentaban todavía en los pantalones las rasgaduras

de los cascos de obús.

Eran combatientes de todas armas y de diversas razas: infantes, jinetes,

artilleros; soldados de la metrópoli y de las colonias; campesinos

franceses y tiradores africanos; cabezas rubias, rostros de palidez

mahometana y caras negras de senegaleses, con ojos de fuego y belfos

azulados, unos mostrando el aire bonachón y la sedentaria obesidad del

burgués convertido repentinamente en guerrero; otros, enjutos,

nerviosos, de perfil agresivo, como hombres nacidos para la pelea y

ejercitados en campañas exóticas.

La ciudad visitada á impulsos de la esperanza por los enfermos del

catolicismo se veía invadida ahora por una muchedumbre no menos

dolorosa, pero vestida de carnavalescos colores. Todos, á pesar de su

desaliento físico, tenían cierto aire de desenfado y satisfacción.

Habían visto la muerte de muy cerca, escurriéndose entre sus garras

huesosas, y encontraban un nuevo sabor á la alegría de vivir. Con sus

capotes adornados de condecoraciones, sus teatrales alquiceles, sus

kepis y sus gorros africanos, esta muchedumbre heroica ofrecía sin

embargo un aspecto lamentable. Muy pocos conservaban en ella la noble

vertical, orgullo de la superioridad humana. Avanzaban encorvados,

cojeando, arrastrándose, apoyados en un garrote ó en un brazo amigo.

Otros se dejaban empujar tendidos en los carritos que habían servido

muchas veces para conducir los enfermos piadosos desde la estación á la

gruta de la Virgen. Algunos caminaban á ciegas, con los ojos vendados,

junto á un niño ó una enfermera. Los primeros choques en Bélgica y en el

Este, media docena de batallas, habían bastado para producir estas

ruinas físicas, en las que aparecía la belleza varonil con los más

horribles ultrajes... Estos organismos que se empeñaban tenazmente en

subsistir, paseando bajo el sol sus renacientes energías, sólo

representaban una exigua parte de la gran siega de la muerte. Detrás de

ellos quedaban miles y miles de camaradas gimiendo en los lechos de los

hospitales y que tal vez no se levantarían nunca. Millares y millares

estaban ocultos para siempre en las entrañas de una tierra mojada por su

baba agónica, tierra fatal que al recibir una lluvia de proyectiles

devolvía como cosecha matorrales de cruces.

La guerra se mostró á los ojos de Desnoyers con toda su cruel fealdad.

Había hablado de ella hasta entonces como hablamos de la muerte en plena

salud, sabiendo que existe y que es horrible, pero viéndola tan lejos...

¡tan lejos! que no infunde una verdadera emoción. Las explosiones de los

obuses acompañaban su brutalidad destructora con una burla feroz,

desfigurando grotescamente el cuerpo humano. Vió heridos que empezaban á

recobrar su fuerza vital y sólo eran esbozos de hombres, espantosas

caricaturas, andrajos humanos salvados de la tumba por las audacias de

la ciencia: troncos con cabeza que se arrastraban por el suelo sobre un

zócalo de ruedas, cráneos incompletos cuyo cerebro latía bajo una

cubierta artificial, seres sin brazos y sin piernas que descansaban en

el fondo de un carretoncillo como bocetos escultóricos ó piezas de

disección, caras sin nariz que mostraban, lo mismo que las calaveras, la

negra cavidad de sus fosas nasales. Y estos medio hombres hablaban,

fumaban, reían, satisfechos de ver el cielo, de sentir la caricia del

sol, de haber vuelto á la existencia, animados por la soberana voluntad

de vivir, que olvida confiada la miseria presente en espera de algo

mejor.

Fué tal su impresión, que olvidó por algún tiempo el motivo que le había

arrastrado hasta allí... ¡Si los que provocan la guerra desde los

gabinetes diplomáticos ó las mesas de un Estado Mayor pudiesen

contemplarla, no en los campos de batalla, con el entusiasmo que

perturba los sentidos, sino en frío, tal como se aprecia en hospitales y

cementerios por los restos que deja tras de su paso!... El joven vió en

su imaginación el globo terráqueo como un buque enorme que navegaba por

la inmensidad. Sus tripulantes, los pobres humanos, llevaban siglos y

siglos exterminándose sobre la cubierta. Ni siquiera sabían lo que

existía debajo de sus pies, en las profundidades de la nave. Ocupar la

mayor superficie á la luz del sol era el deseo de cada grupo. Hombres

tenidos por superiores empujaban estas masas al exterminio, para escalar

el último puente y empuñar el timón, dando al buque un rumbo

determinado. Y todos los que sentían estas ambiciones por el mando

absoluto sabían lo mismo... ¡nada! Ninguno de ellos podía decir con

certeza qué había más allá del horizonte visible, ni adonde se dirigía

la nave. La sorda hostilidad del misterio los rodeaba á todos; su vida

era frágil, necesitaba de incesantes cuidados para mantenerse; y á pesar

de esto, la tripulación, durante siglos y siglos, no había tenido un

instante de acuerdo, de obra común, de razón clara. Periódicamente, una

mitad de ella chocaba con la otra mitad; se mataban por esclavizarse en

la cubierta movediza, flotante sobre el abismo; pugnaban por echarse

unos á otros fuera del buque; la estela de la nave se cubría de

cadáveres. Y de la muchedumbre en completa demencia todavía surgían

lóbregos sofistas para declarar que este era el estado perfecto, que así

debían seguir todos eternamente, y que era un mal ensueño desear que los

tripulantes se mirasen como hermanos que siguen un destino común y ven

en torno de ellos las asechanzas de un misterio agresivo... ¡Ah, miseria

humana!

Julio se sintió alejado de sus reflexiones por la alegría pueril que

mostraban algunos convalecientes. Eran musulmanes, tiradores de Argelia

y de Marruecos. Estaban en Lourdes como podían estar en otra parte,

atentos únicamente á los obsequios de la gente civil, que los seguía con

patriótica ternura. Todos ellos miraban con indiferencia la basílica

habitada por la «señora blanca». Su única preocupación era pedir

cigarros y dulces.

Al verse agasajados por la raza dominadora de sus países, se

enorgullecían, atreviéndose á todo, como niños revoltosos. Su mayor

placer era que las damas les diesen la mano. ¡Bendita guerra que les

permitía acercarse y tocar á estas mujeres blancas, perfumadas y

sonrientes, tal como aparecen en los ensueños las hembras paradisíacas

reservadas á los bienaventurados! «Madama... Madama», suspiraban,

poblándose al mismo tiempo de llamaradas sus pupilas de tinta. Y no

contentos con la mano, sus garras obscuras se aventuraban á lo largo del

brazo, mientras las señoras reían de esta adoración trémula. Otros

avanzaban entre el gentío ofreciendo su diestra á todas las mujeres.

«Toquemos mano.» Y se alejaban satisfechos luego de recibir el apretón.

Vagó mucho tiempo Desnoyers por los alrededores de la basílica. Al

amparo de los árboles se formaban en hileras las carretillas ocupadas

por los heridos. Oficiales y soldados permanecían largas horas en la

sombra azul viendo cómo pasaban otros camaradas que podían valerse de

sus piernas. La santa gruta resplandecía con el llamear de centenares de

cirios. La muchedumbre devota, arrodillada al aire libre, fijaba sus

ojos suplicantes en las sagradas piedras, mientras su pensamiento

volaba, lejos, á los campos de batalla, con la confianza en la divinidad

que acompaña á toda inquietud. De la masa arrodillada surgían soldados

con vendajes en la cabeza, el kepis en una mano y los ojos lacrimosos.

Por la doble escalinata de la basílica subían y descendían mujeres

vestidas de blanco, con un temblor de tocas que les daba de lejos el

aspecto de palomas aleteantes. Eran enfermeras, damas de la Caridad

guiando los pasos de los heridos. Desnoyers creyó reconocer á Margarita

en cada una de ellas. Pero la desilusión que seguía á tales

descubrimientos le hizo dudar del éxito de su viaje. Tampoco estaba en

Lourdes. Nunca la encontraría en esta Francia agrandada desmesuradamente

por la guerra, que había convertido cada población en un hospital.

Por la tarde, sus averiguaciones no obtuvieron mejor éxito. Los

empleados escucharon sus preguntas con aire distraído: podía volver

luego. Estaban preocupados por el anuncio de un nuevo tren sanitario.

Continuaba la gran batalla cerca de París. Tenían que improvisar

alojamientos para la nueva remesa de carne destrozada.

Desnoyers volvió á los jardines cercanos á la gruta. Su paseo era para

entretener el tiempo. Pensaba regresar á Pau aquella noche: nada le

quedaba que hacer en Lourdes. ¿Adonde dirigiría luego sus

investigaciones?...

Sintió de pronto un estremecimiento á lo largo de su espalda: la misma

sensación indefinible que le avisaba la presencia de ella cuando se

reunían en un jardín de París. Margarita iba á presentarse de repente

como las otras veces, sin que él supiera ciertamente de dónde salía,

como si emergiese de la tierra ó descendiese de las nubes.

Después de pensar esto sonrió con amargura. ¡Mentiras del deseo!

¡Ilusiones!... Al volver la cabeza reconoció la falsedad de su

esperanza. Nadie seguía sus pasos: él era el único que marchaba por el

centro de la avenida. En un banco inmediato descansaba un oficial con

los ojos vendados. Junto á él, con la diáfana blancura de los ángeles

custodios, estaba una enfermera. ¡Pobre ciego!... Desnoyers iba á seguir

adelante; pero un movimiento rápido de la mujer vestida de blanco, un

deseo visible de pasar inadvertida, de ocultar la cara volviendo los

ojos hacia las plantas, atrajeron su atención. Tardó en reconocerla. Dos

rizos asomados al borde de la toca le hicieron adivinar la cabellera

oculta; los pies calzados de blanco fueron indicios para reconstituir el

cuerpo algo desfigurado por un uniforme sin coquetería. El rostro era

pálido, grave. Nada quedaba en él de los antiguos afeites, que le daban

una belleza pueril de muñeca. Sus ojos parecían reflejar lo existente

con nuevas formas en el fondo de unas aureolas obscuras de cansancio...

¡Margarita!

Se miraron largamente, como hipnotizados por la sorpresa. Ella mostró

inquietud al ver que Desnoyers adelantaba un paso. No... no. Sus ojos,

sus manos, todo su cuerpo, parecieron protestar, repelerle en su avance,

fijarlo en su inmovilidad. El miedo á que se aproximase la hizo marchar

hacia él. Dijo unas palabras al militar, que continuó en el banco

recibiendo sobre el vendaje de su rostro un rayo de sol que parecía no

sentir. Luego se levantó, yendo al encuentro de Julio, y siguió

adelante, indicándole con un gesto que se situase más lejos, donde el

herido no pudiera escucharles.

Detuvo su paso en un sendero lateral. Desde allí podía ver al ciego

confiado á su custodia. Quedaron inmóviles frente á frente. Desnoyers

quiso decir muchas cosas, ¡muchas! pero vaciló, no sabiendo cómo

revestir de palabras sus quejas, sus súplicas, sus halagos. Por encima

de esta avalancha de pensamientos emergió uno, fatal, dominante y

colérico.

--¿Quién es ese hombre?...

El acento rencoroso, la voz dura con que dijo estas palabras, le

sorprendieron, como si procediesen de otra boca.

La enfermera lo miró con sus ojos límpidos, agrandados, serenos, unos

ojos que parecían libres para siempre de las contracciones de la

sorpresa y del miedo. La respuesta se deslizó con la misma limpieza que

la mirada.

--Es Laurier... Es mi marido.

¡Laurier!... Los ojos de Julio examinaron con larga duda al militar

antes de convencerse. ¡Laurier este oficial ciego que permanecía inmóvil

en el banco como un símbolo de dolor heroico!... Estaba aviejado, con la

tez curtida y de un color de bronce surcada de grietas que convergían

como rayos en torno de todas las aberturas de su rostro. Los cabellos

empezaban á blanquear en las sienes y en la barba que cubría ahora sus

mejillas. Había vivido veinte años en un mes... Al mismo tiempo parecía

más joven, con una juventud que irradiaba vigorosa de su interior, con

la fuerza de un alma que ha sufrido las emociones más violentas y no

puede ya conocer el miedo, con la satisfacción firme y serena del deber

cumplido.

Contemplándole sintió al mismo tiempo admiración y celos. Se avergonzó

al darse cuenta de la aversión que le inspiraba este hombre en plena

desgracia y que no podía ver lo que le rodeaba. Su odio era una

cobardía; pero insistió en él, como si en su interior se hubiese

despertado otra alma, una segunda personalidad que le causaba espanto.

¡Cómo recordaba los ojos de Margarita al alejarse del herido por unos

instantes!... A él no lo había mirado así nunca. Conocía todas las

gradaciones amorosas de sus párpados, pero su mirada al herido era algo

diferente, algo que él no había visto hasta entonces.

Habló con la furia del enamorado que descubre una infidelidad.

--¡Y por eso te fuiste sin un aviso, sin una palabra!... Me abandonaste

para venir en busca de él... Di, ¿por qué has venido? ¿por qué has

venido?...

Ella no se inmutó ante su acento colérico y sus miradas hostiles.

--He venido porque aquí estaba mi deber.

Luego habló como una madre que aprovecha un paréntesis de sorpresa en el

niño irascible para aconsejarle cordura. Explicaba sus actos. Había

recibido la noticia de la herida de Laurier cuando ella y su madre se

preparaban á salir de París. No vaciló un instante: su obligación era

correr al lado de este hombre. Había reflexionado mucho en las últimas

semanas. La guerra le había hecho meditar sobre el valor de la vida. Sus

ojos contemplaban nuevos horizontes; nuestro destino no está en el

placer y las satisfacciones egoístas: nos debemos al dolor y al

sacrificio.

Deseaba trabajar por su patria, cargar con una parte del dolor común,

servir como las otras mujeres; y estando dispuesta á dar todos sus

cuidados á los desconocidos, ¿no era natural que prefiriese á este

hombre al que había causado tanto daño?... Vivía aún en su memoria el

momento en que le vió llegar á la estación completamente solo entre

tantos que tenían el consuelo de unos brazos amantes al partir en busca

de la muerte. Su lástima había sido aún más intensa al enterarse de su

infortunio. Un obús había estallado junto á él, matando á los que le

rodeaban. De sus varias heridas, la única grave era la del rostro. Había

perdido un ojo por completo; el otro lo mantenían los médicos sin

visión, esperando salvarlo. Pero ella dudaba; era casi seguro que

Laurier quedaría ciego.

La voz de Margarita temblaba al decir esto, como si fuese á llorar; pero

sus ojos permanecieron secos. No sentían la irresistible necesidad de

las lágrimas. El llanto era ahora algo superfluo, como otras muchas

cosas de los tiempos de paz. ¡Habían visto sus ojos tanto en pocos

días!...

--¡Cómo le amas!--exclamó Julio.

Ella le había tratado de usted hasta este momento, por miedo á ser oída

y por mantenerle á distancia, como si hablase con un amigo. Pero la

tristeza de su amante acabó con su frialdad.

--No; yo te quiero á ti... yo te querré siempre.

La sencillez con que dijo esto y su repentino tuteo infundieron

confianza á Desnoyers.

--¿Y el otro?--preguntó con ansiedad.

Al escuchar su respuesta creyó que algo acababa de pasar ante el sol,

velando momentáneamente su luz. Fué como una nube que se deslizaba sobre

la tierra y sobre su pensamiento esparciendo una sensación de frío.

--A él también le quiero.

Lo dijo mirándole como si implorase su perdón, con la sinceridad

dolorosa de un alma que ha reñido con la mentira y llora al adivinar los

daños que causa.

El sintió que su cólera dura se desmoronaba de golpe, lo mismo que una

montaña que se agrieta. «¡Ah, Margarita!» Su voz sonó trémula y humilde.

¿Podía terminar todo entre los dos con esta sencillez? ¿Eran acaso

mentiras sus antiguos juramentos?... Se habían buscado con afinidad

irresistible, para compenetrarse, para ser uno solo... y ahora,

súbitamente endurecidos por la indiferencia, ¿iban á chocar como dos

cuerpos hostiles que se repelen?... ¿Qué significaba este absurdo de

amarle á él como siempre y amar al mismo tiempo á su antiguo esposo?

Margarita bajó la cabeza, murmurando con desesperación:

--Tú eres un hombre, yo soy una mujer. No me entenderás por más que

hable. Los hombres no pueden alcanzar ciertos misterios nuestros... Una

mujer me comprendería mejor.

Desnoyers quiso conocer su infortunio con toda su crueldad. Podía hablar

ella sin miedo. Se sentía con fuerzas para sobrellevar los golpes...

¿Qué decía Laurier al verse cuidado y acariciado por Margarita?...

--Ignora quién soy... Me cree una enfermera igual á las otras, que se

apiada de él viéndole solo y ciego, sin parientes que le escriban y le

visiten... En ciertos momentos he llegado á sospechar si adivina la

verdad. Mi voz, el contacto de mis manos, le crispaban al principio con

un gesto de extrañeza. Le he dicho que soy una dama belga que ha perdido

á los suyos y está sola en el mundo. El me ha contado su vida anterior

ligeramente, como el que desea olvidar un pasado odioso... Ni una

palabra molesta para su antigua mujer. Hay noches en que sospecho que me

conoce, que se vale de su ceguera para prolongar la fingida ignorancia,

y esto me atormenta... Deseo que recobre la vista, que los médicos

salven uno de sus ojos, y al mismo tiempo siento miedo. ¿Qué dirá al

reconocerme?... Pero no: mejor es que vea, y ocurra lo que ocurra. Tú no

puedes comprender estas preocupaciones, tú no sabes lo que yo sufro.

Calló un instante para reconcentrarse, apreciando una vez más las

inquietudes de su alma.

--¡Oh, la guerra!--siguió diciendo--. ¡Qué de cambios en nuestra vida!

Hace dos meses, mi situación me hubiese parecido extraordinaria,

inverosímil... Yo cuidando á mi marido, temiendo que me descubra y se

aleje de mí, deseando al mismo tiempo que me reconozca y me perdone...

Sólo hace una semana que vivo á su lado. Desfiguro mi voz cuanto puedo,

evito frases que le revelen quién soy... Pero esto no se puede

prolongar. Únicamente en las novelas resultan aceptables estas

situaciones.

La duda ensombrecía de pronto su resolución.

--Yo creo--continuó--que me ha reconocido desde el primer momento...

Calla y finge ignorancia porque me desprecia... porque jamás llegará á

perdonarme. ¡He sido tan mala!... ¡Le he hecho tanto daño!...

Se acordaba de los largos y reflexivos mutismos del herido después de

algunas palabras imprudentes. A los dos días de recibir sus cuidados

había tenido un movimiento de rebeldía, evitando el salir con ella á

paseo. Pero, falto de vista, comprendiendo la inutilidad de su

resistencia, había acabado por entregarse con una pasividad silenciosa.

--Que piense lo que quiera--concluyó Margarita animosamente--, que me

desprecie. Yo estoy aquí; donde debo estar. Necesito su perdón; y si no

me perdona lo mismo seguiré á su lado... Hay momentos en que deseo que

no recobre la vista. Así, me necesitaría siempre, podría pasar toda mí

existencia á su lado sacrificándome por él...

--¿Y yo?--dijo Desnoyers.

Margarita le miró con ojos asombrados, como si despertase. Era verdad;

¿y el otro?... Enardecida por su sacrificio, que representaba una

expiación, había olvidado al hombre que tenía delante.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 19 / 33 段