Vió cómo iban llegando por la carretera los últimos rezagados de

infantería. No marchaban; más bien parecían arrastrarse, con una firme

voluntad de avanzar, pero traicionados en sus deseos por las piernas

anquilosadas, por los pies en sangre. Se habían sentado un momento al

borde del camino, agonizantes de cansancio, para respirar sin el peso de

la mochila, para sacar sus pies del encierro de los zapatos, para

limpiarse el sudor, y al querer reanudar la marcha les era imposible

levantarse. Su cuerpo parecía de piedra. La fatiga los sumía en un

estado semejante á la catalepsia. Veían pasar como un desfile fantástico

todo el resto del ejército: batallones y más batallones, baterías,

tropeles de caballos. Luego, el silencio, la noche, un sueño sobre el

polvo y las piedras, sacudido por terribles pesadillas. Al amanecer eran

despertados por los pelotones de jinetes que exploraban el terreno

recogiendo los residuos de la retirada. ¡Ay! ¡imposible moverse! Los

dragones, revólver en mano, tenían que apelar á la amenaza para

reanimarlos. Sólo la certeza de que el enemigo estaba cerca y podía

hacerles prisioneros les infundía un vigor momentáneo. Y se levantaban

tambaleantes, arrastrando las piernas, apoyándose en el fusil como si

fuese un bastón.

Muchos de estos hombres eran jóvenes que habían envejecido en una hora y

caminaban como valetudinarios. ¡Infelices! No irían muy lejos. Su

voluntad era seguir, incorporarse á la columna; pero al entrar en el

pueblo examinaban las casas con ojos suplicantes, deseando entrar en

ellas, sintiendo un ansia de descanso inmediato que les hacía olvidar la

proximidad del enemigo.

Villeblanche estaba más solitario que antes de la llegada de las tropas.

En la noche anterior, una parte de sus habitantes había huído,

contagiada por el pavor de la muchedumbre que seguía la retirada del

ejército. El alcalde y el cura se quedaban. Reconciliado con el dueño

del castillo por su inesperada presencia y admirado de sus

liberalidades, el funcionario municipal se acercó á él para darle una

noticia. Los ingenieros estaban minando el puente sobre el Mame. Sólo

esperaban para hacerlo saltar á que se retirasen los dragones. Si quería

marcharse, aún era tiempo.

Otra vez dudó Desnoyers. Era una locura permanecer allí. Pero una ojeada

á la arboleda, sobre cuyo ramaje asomaban los torreones del castillo,

finalizó sus dudas. No, no... «Hay que terminar lo que se empieza.»

Se presentaban los últimos grupos de dragones saliendo á la carretera

por diversos puntos del bosque. Llevaban sus caballos al paso, como si

les doliese este retroceso. Volvían la vista atrás, con la carabina en

una mano, prontos á hacer alto y disparar. Los otros que ocupaban la

barricada estaban ya sobre sus monturas. Se rehizo el escuadrón,

sonaron las voces de los oficiales, y un trote vivo con acompañamiento

de choques metálicos se fué alejando á espaldas de don Marcelo.

Quedó éste junto á la barricada, en una soledad de intenso silencio,

como si el mundo se hubiese despoblado repentinamente. Dos perros

abandonados por la fuga de sus amos rondaban y oliscaban en torno de él,

implorando su protección. No podían encontrar el rastro deseado en

aquella tierra pisoteada y desfigurada por el tránsito de miles de

hombres. Un gato famélico espiaba á los pájaros que empezaban á invadir

este lugar. Con tímidos revuelos picoteaban los residuos alimenticios

expelidos por los caballos de los dragones. Una gallina sin dueño

apareció igualmente para disputar su festín á la granujería alada,

oculta hasta entonces en árboles y aleros. El silencio hacía renacer el

murmullo de la hojarasca, el zumbido de los insectos, la respiración

veraniega del suelo ardiente de sol, todos los ruidos de la Naturaleza,

que parecía haberse contraído temerosamente bajo el peso de los hombres

en armas.

No se daba cuenta exacta Desnoyers del paso del tiempo. Creyó todo lo

anterior un mal ensueño. La calma que le rodeaba hizo inverosímil cuanto

había presenciado.

De pronto vió moverse algo en el último término del camino, en lo más

alto de la cuesta, allí donde la cinta blanca tocaba el azul del

horizonte. Eran dos hombres á caballo, dos soldaditos de plomo que

parecían escapados de una caja de juguetes. Había traído con él unos

gemelos, que le servían para sorprender las incursiones en sus

propiedades, y miró. Los dos jinetes, vestidos de gris verdoso, llevaban

lanzas, y su casco estaba rematado por un plato horizontal... ¡Ellos! No

podía dudar: tenía ante su vista los primeros hulanos.

Permanecieron inmóviles algún tiempo, como si explorasen el horizonte.

Luego, de las masas obscuras de vegetación que abullonaban los lados del

camino fueron saliendo otros y otros, hasta formar un grupo. Los

soldaditos de plomo ya no marcaban su silueta sobre el azul del

horizonte. La blancura de la carretera les servía ahora de fondo,

subiendo por encima de sus cabezas. Avanzaban con lentitud, como una

tropa que teme emboscadas y examina lo que la rodea.

La conveniencia de retirarse cuanto antes hizo que don Marcelo dejase de

mirar. Era peligroso que le sorprendiesen en aquel sitio. Pero al bajar

sus gemelos, algo extraordinario pasó por el campo de visión de las

lentes. A corta distancia, como si fuese á tocarlos con la mano, vió

muchos hombres que marchaban al amparo de los árboles por los dos lados

de la carretera. Su sorpresa aún fué mayor al convencerse de que eran

franceses, pues todos llevaban kepis. ¿De dónde salían?... Los volvió á

examinar sin el auxilio de los gemelos, cerca ya de la barricada. Eran

rezagados, en estado lamentable, que ofrecían una pintoresca variedad de

uniformes: soldados de línea, zuavos, dragones sin caballo. Y revueltos

con ellos, guardias forestales y gendarmes pertenecientes á pueblos qué

habían recibido con retraso la noticia de la retirada. En conjunto, unos

cincuenta. Los había enteros y vigorosos; otros se sostenían con un

esfuerzo sobrehumano. Todos conservaban sus armas.

Llegaron hasta la barricada, mirando continuamente atrás para vigilar,

al amparo de los árboles, el lento avance de los hulanos. Al frente de

ésta tropa heterogénea iba un oficial de gendarmería, viejo y obeso, con

el revólver en la diestra, el bigote erizado por la emoción y un brillo

homicida en los ojos azules velados por la pesadez de sus párpados. Se

deslizaron al otro lado de la barrera de carros sin fijarse en este

paisano curioso. Iban á continuar su avance á través del pueblo, cuando

sonó una detonación enorme, conmoviendo el horizonte delante de ellos,

haciendo temblar las casas.

--¿Qué es eso?--preguntó el oficial mirando por primera vez á Desnoyers.

Este dió una explicación: era el puente, que acababa de ser destruído.

Un juramento del jefe acogió la noticia. Pero su tropa confusa, agrupada

al azar del encuentro, permaneció indiferente, como si hubiese perdido

todo contacto con la realidad.

--Lo mismo es morir aquí que en otra parte--continuó el oficial.

Muchos de los fugitivos agradecieron con una pronta obediencia esta

decisión, que los libertaba del suplicio de caminar. Casi se alegraron

de la voladura que les cortaba el paso. Fueron colocándose

instintivamente en los lugares más cubiertos de la barricada. Otros se

introdujeron en unas casas abandonadas, cuyas puertas habían violentado

los dragones para utilizar el piso superior. Todos parecían satisfechos

de poder descansar aunque fuese combatiendo. El oficial iba de un grupo

á otro comunicando sus órdenes. No debían hacer fuego hasta que él diese

la voz.

Don Marcelo presenció tales preparativos con la inmovilidad de la

sorpresa. Había sido tan rápida é inaudita la aparición de los

rezagados, que aún se imaginaba estar soñando. No podía haber peligro en

esta situación irreal: todo era mentira. Y continuó en su sitio sin

entender al teniente, que le ordenaba la fuga con rudas palabras.

¡Paisano testarudo!...

El eco de la explosión había poblado la carretera de jinetes. Salían de

todas partes, uniéndose al primitivo grupo. Los hulanos galopaban con la

certeza de que el pueblo estaba abandonado.

--¡Fuego!...

Desnoyers quedó envuelto en una nube de crujidos, como si se tronchase

la madera de todos los árboles que tenía ante sus ojos.

El escuadrón impetuoso se detuvo de golpe. Varios hombres rodaron por el

suelo. Unos se levantaban para saltar fuera del camino, encorvándose,

con el propósito de hacerse menos visibles. Otros permanecían tendidos

de espaldas ó de bruces, con los brazos por delante. Los caballos sin

jinete emprendieron un galope loco á través de los campos, con las

riendas á la rastra, espoleados por los estribos sueltos.

Y después del rudo vaivén que le hicieron sufrir la sorpresa y la

muerte, se dispersó, desapareciendo casi instantáneamente, absorbido por

la arboleda.

IV

Junto á la gruta sagrada

Argensola tuvo una nueva ocupación más emocionante que la de señalar en

el mapa el emplazamiento de los ejércitos.

--Me dedico ahora á seguir al _taube_--decía á sus amigos--. Se presenta

de cuatro á cinco, con la puntualidad de una persona correcta que acude

á tomar el té.

Todas las tardes, á la hora mencionada, un aeroplano alemán volaba sobre

París, arrojando bombas. Esta intimidación no producía terror: la gente

aceptaba la visita como un espectáculo extraordinario é interesante. En

vano los aviadores dejaban caer sobre la ciudad banderas alemanas con

irónicos mensajes dando cuenta de los descalabros del ejército en

retirada y de los fracasos de la ofensiva rusa. ¡Mentiras, todo

mentiras! En vano lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando ó

hiriendo viejos, mujeres y pequeños. «¡Ah, bandidos!» La muchedumbre

amenazaba con el puño al mosquito maligno, apenas visible á dos mil

metros de altura, y después de este desahogo lo seguía con los ojos de

calle en calle ó se inmovilizaba en las plazas para contemplar sus

evoluciones.

Un espectador de los más puntuales era Argensola. A las cuatro estaba en

la plaza de la Concordia, con la cara en alto y los ojos bien abiertos,

al lado de otras gentes unidas á él por cordiales relaciones de

compañerismo. Eran como los abonados á un mismo teatro, que en fuerza de

verse acaban por ser amigos. «¿Vendrá?... ¿No vendrá hoy?» Las mujeres

parecían las más vehementes. Algunas se presentaban arreboladas y

jadeantes por el apresuramiento, temiendo haber llegado tarde al

espectáculo... Un inmenso grito: «¡Ya viene!... ¡Allí está!» Miles de

manos señalaban un punto vago en el horizonte. Se prolongaban los

rostros con gemelos y catalejos; los vendedores populares ofrecían toda

clase de artículos ópticos... Y durante una hora se desarrollaba el

espectáculo apasionante de la cacería aérea, ruidosa é inútil.

El insecto intentaba aproximarse á la torre Eiffel, y de la base de ésta

surgían estampidos, al mismo tiempo que sus diversas plataformas

escupían el rasgueo feroz de las ametralladoras. Al virar sobre la

ciudad sonaban descargas de fusilería en los tejados y en el fondo de

las calles. Todos tiraban: los vecinos que tenían un arma en su casa,

los soldados de guardia, los militares ingleses y belgas de paso en

París. Sabían que sus disparos eran inútiles, pero tiraban por el gusto

de hostilizar al enemigo aunque sólo fuese con la intención, esperando

que la casualidad, en uno de sus caprichos, realizase un milagro. Pero

el único milagro era que no se matasen los tiradores unos á otros con

este fuego precipitado é infructuoso. Aun así, algunos transeuntes caían

heridos por balas de ignorada procedencia.

Argensola iba de calle en calle siguiendo el revuelo del pájaro enemigo,

queriendo adivinar dónde caían sus proyectiles, deseando ser de los

primeros que llegasen frente á la casa bombardeada, enardecido por las

descargas que contestaban desde abajo. ¡No disponer él de una carabina

como los ingleses vestidos de kaki ó aquellos belgas con gorra de

cuartel y una borla sobre la frente!... Al fin, el _taube_, cansado de

hacer evoluciones, desaparecía. «Hasta mañana--pensaba el español--. El

de mañana tal vez sea más interesante.»

Las horas libres entre las observaciones geográficas y las

contemplaciones aéreas las empleaba en rondar cerca de las

estaciones--especialmente la del muelle de Orsay--, viendo la

muchedumbre de viajeros que escapaba de París. La visión repentina de la

verdad--después de las ilusiones que había creado el gobierno con sus

partes optimistas--, la certeza de que los alemanes estaban próximos,

cuando una semana antes se los imaginaban muchos en plena derrota, los

_taubes_ volando sobre París, la misteriosa amenaza de los zeppelines,

enloquecían á una parte del vecindario. Las estaciones, custodiadas

militarmente, sólo admitían á los que habían adquirido un billete con

anticipación. Algunos esperaban días enteros á que les llegase el turno

de salida. Los más impacientes emprendían la marcha á pie, deseando

verse cuanto antes fuera de la ciudad. Negreaban los caminos con las

muchedumbres que avanzaban por ellos, todas en una misma dirección. Iban

hacia el Sur en automóvil, en coche de caballos, en carretas de

hortelano, á pie.

Esta fuga la contempló Argensola con serenidad. El era de los que se

quedaban. Había admirado á muchos hombres porque presenciaron el sitio

de París en 1870. Ahora su buena suerte le proporcionaba el ser testigo

de un drama histórico tal vez más interesante. ¡Lo que podría contar en

lo futuro!... Pero le molestaba la distracción é indiferencia de su

auditorio presente. Volvía al estudio satisfecho de las noticias de que

era portador, febril por comunicarlas á Descoyers, y éste le escuchaba

como si no le oyese. La noche en que le hizo saber que el gobierno, las

Cámaras, el cuerpo diplomático y hasta los artistas de la Comedia

Francesa estaban saliendo á aquellas horas en trenes especiales para

Burdeos, su compañero le contestó con un gesto de indiferencia.

Otras eran sus preocupaciones. Por la mañana había recibido una carta de

Margarita: dos simples líneas trazadas con precipitación. Se marchaba:

salía inmediatamente acompañando á su madre. ¡Adiós!... Y nada más. El

pánico hacía olvidar muchos afectos, cortaba largas relaciones, pero

ella era superior por su carácter á estas incoherencias de la ansiedad

por huir. Julio vió algo inquietante en su laconismo. ¿Por qué no

indicaba el lugar adonde se dirigía?...

Por la tarde tuvo un atrevimiento que siempre le había prohibido ella.

Entró en la casa que habitaba Margarita, hablando largamente con la

portera para adquirir noticias. La buena mujer pudo dar expansión de

este modo á su locuacidad, bruscamente cortada por la fuga de los

inquilinos y su servidumbre. La señora del piso principal--la madre de

Margarita--había sido la última en abandonar la casa, á pesar de que

estaba enferma desde la partida de su hijo. Habían salido el día

anterior, sin decir adónde iban. Lo único que sabía era que habían

tomado el tren en la estación de Orsay. Huían hacia el Sur, como todos

los ricos.

Y amplió sus revelaciones con la vaga noticia de que la hija se mostraba

muy impresionada por los informes que había recibido del frente de la

guerra. Alguien de la familia estaba herido. Tal vez era el hermano,

pero la portera lo ignoraba. Con tantas novedades, sorpresas é

impresiones, resultaba difícil enterarse de las cosas. Ella también

tenía su hombre en el ejército y le preocupaban los asuntos propios.

«¿Dónde estará?--- se preguntó Julio durante el día--. ¿Por qué desea

que ignore su paradero?...»

Cuando en la noche le hizo saber su camarada el viaje de los gobernantes

con todo el misterio de una noticia que aún no era pública, se limitó á

contestar, después de reflexivo mutismo:

--Hacen bien... Yo saldré igualmente mañana si puedo.

¿Para qué permanecer en París? Su familia estaba ausente. Su

padre--según las averiguaciones de Argensola--también se había ido, sin

decir adónde. Con la misteriosa fuga de Margarita él quedaba solo, en

una soledad que le inspiraba remordimientos.

Aquella tarde, al pasear por los bulevares, había tropezado con un amigo

algo entrado en años, un consocio del Círculo de esgrima frecuentado por

él. Era el primero que encontraba desde el principio de la guerra, y

juntos pasaron revista á todos los compañeros incorporados al ejército.

Las preguntas de Desnoyers eran contestadas por el viejo. ¿Fulano?...

había sido herido en Lorena y estaba en un hospital del Sur. ¿Otro

amigo?... muerto en los Vosgos. ¿Otro?... desaparecido en Charleroi. Y

así continuaba el desfile heroico y fúnebre. Los más vivían aún,

realizando proezas. Otros socios de origen extranjero, jóvenes polacos,

ingleses residentes en París, americanos de las repúblicas del Sur,

acababan de inscribirse como voluntarios. El Círculo debía

enorgullecerse de esta juventud que se ejercitaba en las armas durante

la paz: todos estaban en el frente exponiendo su existencia... Y

Desnoyers apartó su vista, como si temiese adivinar en los ojos de su

amigo una expresión irónica é interrogante. ¿Por qué no marchaba él,

como los otros, á defender la tierra en que vivía?...

--Mañana me iré--repitió Julio, ensombrecido por este recuerdo.

Pero se marchaba hacia el Sur, como todos los que huían de la guerra. En

la mañana siguiente, Argensola se encargó de conseguir un billete de

ferrocarril para Burdeos. El valor del dinero había aumentado

considerablemente. Cincuenta francos entregados á tiempo realizaron el

milagro de procurarle un pedazo de cartón numerado, cuya conquista

representaba, para muchos, días enteros de espera.

--Es para hoy mismo--dijo á su camarada--. Debes salir en el tren de

esta noche.

El equipaje no exigió grandes preparativos. Los trenes se negaban á

admitir otros bultos que los que llevaban á mano los viajeros. Argensola

no quiso aceptar la liberalidad de Julio, que pretendía partir con él

todo su dinero. Los héroes necesitan muy poco, y el pintor de almas se

sentía animado por una resolución heroica. La breve alocución de

Gallieni al encargarse de la defensa de París la hacía suya. Pensaba

mantenerse hasta el último esfuerzo, lo mismo que el duro general.

--¡Que vengan!--dijo con una expresión trágica--. ¡Me encontrarán en mi

sitio!...

Su sitio era el estudio. Quería ver las cosas de cerca para relatarlas á

las generaciones venideras. Se mantendría firme, con sus provisiones de

comestibles y vinos. Además, tenía el proyecto--así que su compañero

desapareciese--de llevar á vivir con él á ciertas amigas que vagaban en

busca de una comida problemática y sentían miedo en la soledad de sus

domicilios. El peligro aproxima á las buenas gentes y añade un nuevo

atractivo á los placeres de la comunidad. Las amorosas expansiones de

los prisioneros del Terror, cuando esperaban de un momento á otro ser

conducidos á la guillotina, revivieron en su memoria. ¡Apuremos de un

trago la vida, ya que hemos de morir!... El estudio de la _rue de la

Pompe_ iba á presenciar las mismas fiestas locas y desesperadas que un

barco encallado con provisiones abundantes.

Desnoyers salió de la estación de Orsay en un compartimiento de primera

clase. Alababa mentalmente el buen orden con que la autoridad lo había

arreglado todo. Cada viajero tenía su asiento. Pero en la estación de

Austerlitz una avalancha humana asaltó el tren. Las portezuelas se

abrieron como si fuesen á romperse; paquetes y niños entraron por las

ventanas lo mismo que proyectiles. La gente se empujó con la rudeza de

una muchedumbre que huye de un incendio. En el espacio reservado para

ocho personas se instalaron catorce; los pasillos se obstruyeron para

siempre con montones de maletas, que servían de asiento á nuevos

viajeros. Habían desaparecido las distancias sociales. La gente del

pueblo invadía con preferencia los vagones de lujo, creyendo encontrar

en ellos mayor espacio. Los que tenían billete de primera clase iban en

busca de los coches peores, con la vana esperanza de viajar

desahogadamente. En las vías laterales esperaban desde un día antes su

hora de salida largos trenes compuestos de vagones de ganado. Los

establos rodantes estaban repletos de personas sentadas en la madera del

suelo ó en sillas traídas de sus casas. Cada tren era un campamento que

deseaba ponerse en marcha, y mientras permanecía inmóvil, una capa de

papeles grasientos y cáscaras de frutas se iba formando á lo largo de

él.

Los asaltantes, al empujarse, se toleraban y perdonaban fraternalmente.

«En la guerra como en la guerra», decían como última excusa. Y cada uno

apretaba al vecino para arrebatarle unas pulgadas de asiento, para

introducir su escaso equipaje entre los bultos suspendidos sobre las

personas con los más inverosímiles equilibrios. Desnoyers fué perdiendo

poco á poco sus ventajas de primer ocupante. Le inspiraban lástima estas

pobres gentes que habían esperado el tren desde las cuatro de la

madrugada á las ocho de la noche. Las mujeres gemían de cansancio,

derechas en el corredor, mirando con envidia feroz á los que ocupaban un

asiento. Los niños lloraban con balidos de cabra hambrienta. Julio

acabó por ceder su lugar, repartiendo entre los menesterosos y los

imprevisores todos los comestibles de que le había proveído Argensola.

Los restoranes de las estaciones parecían saqueados. Durante las largas

esperas del tren, sólo se veían militares en los andenes: soldados que

corrían al escuchar la llamada de la trompeta para volver á ocupar su

sitio en los rosarios de vagones que subían y subían hacia París. En los

apartaderos, largos trenes de guerra esperaban que la vía quedase libre

para continuar su viaje. Los coraceros, llevando un chaleco amarillo

sobre el pecho de acero, estaban sentados, con las piernas colgantes, en

las puertas de los vagones-establos, de cuyo interior salían relinchos.

Sobre las plataformas se alineaban armones grises. Las esbeltas

gargantas de los 75 apuntaban á lo alto como telescopios.

Pasó la noche en el corredor, sentado en el borde de una maleta, viendo

cómo dormitaban otros con el embrutecimiento del cansancio y la emoción.

Fué una noche cruel é interminable de sacudidas, estrépitos y pausas

cortadas por ronquidos. En cada estación las trompetas sonaban

precipitadamente, como si el enemigo estuviese cerca. Los soldados

procedentes del Sur corrían á sus puestos, y una nueva corriente de

hombres se arrastraba por los rieles hacia París. Se mostraban alegres y

deseosos de llegar pronto á los lugares de la matanza. Muchos se

lamentaban creyendo presentarse con retraso. Julio, asomado á una

ventanilla, escuchó los diálogos y los gritos en estos andenes

impregnados de un olor picante de hombres y mulas. Todos mostraban una

confianza inquebrantable. «¡Los _boches_!... Muy numerosos, con grandes

cañones, con muchas ametralladoras... pero no había mas que cargar á la

bayoneta y huían como liebres.»

La fe de los que iban al encuentro de la muerte contrastaba con el

pánico y la duda de los que escapaban de París. Un señor viejo y

condecorado, tipo de funcionario en jubilación, hacía preguntas á

Desnoyers cuando el tren reanudaba su marcha. «¿Usted opina que llegarán

á Tours?» Antes de recibir contestación se adormecía. El sueño

embrutecedor avanzaba por el pasillo sus pies de plomo. Luego, el viejo

despertaba de pronto. «¿Usted cree que llegarán hasta Burdeos?...» Y su

deseo de no detenerse hasta alcanzar con su familia un refugio

absolutamente seguro le hacía acoger como oráculos las vagas respuestas.

Al amanecer vieron á los territoriales del país guardando las vías. Iban

armados con fusiles viejos; llevaban un kepis rojo como único distintivo

militar. Seguían pasando en dirección opuesta los trenes militares.

En la estación de Burdeos, la muchedumbre civil, pugnando por salir ó

por asaltar nuevos vagones, se confundía con las tropas. Sonaban

incesantemente las trompetas para reunir á los soldados. Muchos eran

hombres de color, tiradores indígenas con amplios calzones grises y un

gorro rojo sobre el rostro negro ó bronceado. Continuaba hacia el Norte

el férreo rodar de las masas armadas.

Desnoyers vió un tren de heridos procedentes de los combates de Flandes

y Lorena. Los uniformes de fatigada suciedad se refrescaban con la

blancura de los vendajes que sostenían los miembros doloridos ó

defendían las cabezas rotas. Todos parecían sonreir con sus bocas

lívidas y sus ojos febriles á las primeras tierras del Mediodía que

asomaban entre la bruma matinal, coronadas de sol, cubiertas de la regia

vestidura de sus pámpanos. Los hombres del Norte tendían sus manos á las

frutas que les ofrecían las mujeres, picoteando con deleite las dulces

uvas del país.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 18 / 33 段