infantería. No marchaban; más bien parecían arrastrarse, con una firme
voluntad de avanzar, pero traicionados en sus deseos por las piernas
anquilosadas, por los pies en sangre. Se habían sentado un momento al
borde del camino, agonizantes de cansancio, para respirar sin el peso de
la mochila, para sacar sus pies del encierro de los zapatos, para
limpiarse el sudor, y al querer reanudar la marcha les era imposible
levantarse. Su cuerpo parecía de piedra. La fatiga los sumía en un
estado semejante á la catalepsia. Veían pasar como un desfile fantástico
todo el resto del ejército: batallones y más batallones, baterías,
tropeles de caballos. Luego, el silencio, la noche, un sueño sobre el
polvo y las piedras, sacudido por terribles pesadillas. Al amanecer eran
despertados por los pelotones de jinetes que exploraban el terreno
recogiendo los residuos de la retirada. ¡Ay! ¡imposible moverse! Los
dragones, revólver en mano, tenían que apelar á la amenaza para
reanimarlos. Sólo la certeza de que el enemigo estaba cerca y podía
hacerles prisioneros les infundía un vigor momentáneo. Y se levantaban
tambaleantes, arrastrando las piernas, apoyándose en el fusil como si
fuese un bastón.
Muchos de estos hombres eran jóvenes que habían envejecido en una hora y
caminaban como valetudinarios. ¡Infelices! No irían muy lejos. Su
voluntad era seguir, incorporarse á la columna; pero al entrar en el
pueblo examinaban las casas con ojos suplicantes, deseando entrar en
ellas, sintiendo un ansia de descanso inmediato que les hacía olvidar la
proximidad del enemigo.
Villeblanche estaba más solitario que antes de la llegada de las tropas.
En la noche anterior, una parte de sus habitantes había huído,
contagiada por el pavor de la muchedumbre que seguía la retirada del
ejército. El alcalde y el cura se quedaban. Reconciliado con el dueño
del castillo por su inesperada presencia y admirado de sus
liberalidades, el funcionario municipal se acercó á él para darle una
noticia. Los ingenieros estaban minando el puente sobre el Mame. Sólo
esperaban para hacerlo saltar á que se retirasen los dragones. Si quería
marcharse, aún era tiempo.
Otra vez dudó Desnoyers. Era una locura permanecer allí. Pero una ojeada
á la arboleda, sobre cuyo ramaje asomaban los torreones del castillo,
finalizó sus dudas. No, no... «Hay que terminar lo que se empieza.»
Se presentaban los últimos grupos de dragones saliendo á la carretera
por diversos puntos del bosque. Llevaban sus caballos al paso, como si
les doliese este retroceso. Volvían la vista atrás, con la carabina en
una mano, prontos á hacer alto y disparar. Los otros que ocupaban la
barricada estaban ya sobre sus monturas. Se rehizo el escuadrón,
sonaron las voces de los oficiales, y un trote vivo con acompañamiento
de choques metálicos se fué alejando á espaldas de don Marcelo.
Quedó éste junto á la barricada, en una soledad de intenso silencio,
como si el mundo se hubiese despoblado repentinamente. Dos perros
abandonados por la fuga de sus amos rondaban y oliscaban en torno de él,
implorando su protección. No podían encontrar el rastro deseado en
aquella tierra pisoteada y desfigurada por el tránsito de miles de
hombres. Un gato famélico espiaba á los pájaros que empezaban á invadir
este lugar. Con tímidos revuelos picoteaban los residuos alimenticios
expelidos por los caballos de los dragones. Una gallina sin dueño
apareció igualmente para disputar su festín á la granujería alada,
oculta hasta entonces en árboles y aleros. El silencio hacía renacer el
murmullo de la hojarasca, el zumbido de los insectos, la respiración
veraniega del suelo ardiente de sol, todos los ruidos de la Naturaleza,
que parecía haberse contraído temerosamente bajo el peso de los hombres
en armas.
No se daba cuenta exacta Desnoyers del paso del tiempo. Creyó todo lo
anterior un mal ensueño. La calma que le rodeaba hizo inverosímil cuanto
había presenciado.
De pronto vió moverse algo en el último término del camino, en lo más
alto de la cuesta, allí donde la cinta blanca tocaba el azul del
horizonte. Eran dos hombres á caballo, dos soldaditos de plomo que
parecían escapados de una caja de juguetes. Había traído con él unos
gemelos, que le servían para sorprender las incursiones en sus
propiedades, y miró. Los dos jinetes, vestidos de gris verdoso, llevaban
lanzas, y su casco estaba rematado por un plato horizontal... ¡Ellos! No
podía dudar: tenía ante su vista los primeros hulanos.
Permanecieron inmóviles algún tiempo, como si explorasen el horizonte.
Luego, de las masas obscuras de vegetación que abullonaban los lados del
camino fueron saliendo otros y otros, hasta formar un grupo. Los
soldaditos de plomo ya no marcaban su silueta sobre el azul del
horizonte. La blancura de la carretera les servía ahora de fondo,
subiendo por encima de sus cabezas. Avanzaban con lentitud, como una
tropa que teme emboscadas y examina lo que la rodea.
La conveniencia de retirarse cuanto antes hizo que don Marcelo dejase de
mirar. Era peligroso que le sorprendiesen en aquel sitio. Pero al bajar
sus gemelos, algo extraordinario pasó por el campo de visión de las
lentes. A corta distancia, como si fuese á tocarlos con la mano, vió
muchos hombres que marchaban al amparo de los árboles por los dos lados
de la carretera. Su sorpresa aún fué mayor al convencerse de que eran
franceses, pues todos llevaban kepis. ¿De dónde salían?... Los volvió á
examinar sin el auxilio de los gemelos, cerca ya de la barricada. Eran
rezagados, en estado lamentable, que ofrecían una pintoresca variedad de
uniformes: soldados de línea, zuavos, dragones sin caballo. Y revueltos
con ellos, guardias forestales y gendarmes pertenecientes á pueblos qué
habían recibido con retraso la noticia de la retirada. En conjunto, unos
cincuenta. Los había enteros y vigorosos; otros se sostenían con un
esfuerzo sobrehumano. Todos conservaban sus armas.
Llegaron hasta la barricada, mirando continuamente atrás para vigilar,
al amparo de los árboles, el lento avance de los hulanos. Al frente de
ésta tropa heterogénea iba un oficial de gendarmería, viejo y obeso, con
el revólver en la diestra, el bigote erizado por la emoción y un brillo
homicida en los ojos azules velados por la pesadez de sus párpados. Se
deslizaron al otro lado de la barrera de carros sin fijarse en este
paisano curioso. Iban á continuar su avance á través del pueblo, cuando
sonó una detonación enorme, conmoviendo el horizonte delante de ellos,
haciendo temblar las casas.
--¿Qué es eso?--preguntó el oficial mirando por primera vez á Desnoyers.
Este dió una explicación: era el puente, que acababa de ser destruído.
Un juramento del jefe acogió la noticia. Pero su tropa confusa, agrupada
al azar del encuentro, permaneció indiferente, como si hubiese perdido
todo contacto con la realidad.
--Lo mismo es morir aquí que en otra parte--continuó el oficial.
Muchos de los fugitivos agradecieron con una pronta obediencia esta
decisión, que los libertaba del suplicio de caminar. Casi se alegraron
de la voladura que les cortaba el paso. Fueron colocándose
instintivamente en los lugares más cubiertos de la barricada. Otros se
introdujeron en unas casas abandonadas, cuyas puertas habían violentado
los dragones para utilizar el piso superior. Todos parecían satisfechos
de poder descansar aunque fuese combatiendo. El oficial iba de un grupo
á otro comunicando sus órdenes. No debían hacer fuego hasta que él diese
la voz.
Don Marcelo presenció tales preparativos con la inmovilidad de la
sorpresa. Había sido tan rápida é inaudita la aparición de los
rezagados, que aún se imaginaba estar soñando. No podía haber peligro en
esta situación irreal: todo era mentira. Y continuó en su sitio sin
entender al teniente, que le ordenaba la fuga con rudas palabras.
¡Paisano testarudo!...
El eco de la explosión había poblado la carretera de jinetes. Salían de
todas partes, uniéndose al primitivo grupo. Los hulanos galopaban con la
certeza de que el pueblo estaba abandonado.
--¡Fuego!...
Desnoyers quedó envuelto en una nube de crujidos, como si se tronchase
la madera de todos los árboles que tenía ante sus ojos.
El escuadrón impetuoso se detuvo de golpe. Varios hombres rodaron por el
suelo. Unos se levantaban para saltar fuera del camino, encorvándose,
con el propósito de hacerse menos visibles. Otros permanecían tendidos
de espaldas ó de bruces, con los brazos por delante. Los caballos sin
jinete emprendieron un galope loco á través de los campos, con las
riendas á la rastra, espoleados por los estribos sueltos.
Y después del rudo vaivén que le hicieron sufrir la sorpresa y la
muerte, se dispersó, desapareciendo casi instantáneamente, absorbido por
la arboleda.
IV
Junto á la gruta sagrada
Argensola tuvo una nueva ocupación más emocionante que la de señalar en
el mapa el emplazamiento de los ejércitos.
--Me dedico ahora á seguir al _taube_--decía á sus amigos--. Se presenta
de cuatro á cinco, con la puntualidad de una persona correcta que acude
á tomar el té.
Todas las tardes, á la hora mencionada, un aeroplano alemán volaba sobre
París, arrojando bombas. Esta intimidación no producía terror: la gente
aceptaba la visita como un espectáculo extraordinario é interesante. En
vano los aviadores dejaban caer sobre la ciudad banderas alemanas con
irónicos mensajes dando cuenta de los descalabros del ejército en
retirada y de los fracasos de la ofensiva rusa. ¡Mentiras, todo
mentiras! En vano lanzaban bombas, destrozando buhardillas y matando ó
hiriendo viejos, mujeres y pequeños. «¡Ah, bandidos!» La muchedumbre
amenazaba con el puño al mosquito maligno, apenas visible á dos mil
metros de altura, y después de este desahogo lo seguía con los ojos de
calle en calle ó se inmovilizaba en las plazas para contemplar sus
evoluciones.
Un espectador de los más puntuales era Argensola. A las cuatro estaba en
la plaza de la Concordia, con la cara en alto y los ojos bien abiertos,
al lado de otras gentes unidas á él por cordiales relaciones de
compañerismo. Eran como los abonados á un mismo teatro, que en fuerza de
verse acaban por ser amigos. «¿Vendrá?... ¿No vendrá hoy?» Las mujeres
parecían las más vehementes. Algunas se presentaban arreboladas y
jadeantes por el apresuramiento, temiendo haber llegado tarde al
espectáculo... Un inmenso grito: «¡Ya viene!... ¡Allí está!» Miles de
manos señalaban un punto vago en el horizonte. Se prolongaban los
rostros con gemelos y catalejos; los vendedores populares ofrecían toda
clase de artículos ópticos... Y durante una hora se desarrollaba el
espectáculo apasionante de la cacería aérea, ruidosa é inútil.
El insecto intentaba aproximarse á la torre Eiffel, y de la base de ésta
surgían estampidos, al mismo tiempo que sus diversas plataformas
escupían el rasgueo feroz de las ametralladoras. Al virar sobre la
ciudad sonaban descargas de fusilería en los tejados y en el fondo de
las calles. Todos tiraban: los vecinos que tenían un arma en su casa,
los soldados de guardia, los militares ingleses y belgas de paso en
París. Sabían que sus disparos eran inútiles, pero tiraban por el gusto
de hostilizar al enemigo aunque sólo fuese con la intención, esperando
que la casualidad, en uno de sus caprichos, realizase un milagro. Pero
el único milagro era que no se matasen los tiradores unos á otros con
este fuego precipitado é infructuoso. Aun así, algunos transeuntes caían
heridos por balas de ignorada procedencia.
Argensola iba de calle en calle siguiendo el revuelo del pájaro enemigo,
queriendo adivinar dónde caían sus proyectiles, deseando ser de los
primeros que llegasen frente á la casa bombardeada, enardecido por las
descargas que contestaban desde abajo. ¡No disponer él de una carabina
como los ingleses vestidos de kaki ó aquellos belgas con gorra de
cuartel y una borla sobre la frente!... Al fin, el _taube_, cansado de
hacer evoluciones, desaparecía. «Hasta mañana--pensaba el español--. El
de mañana tal vez sea más interesante.»
Las horas libres entre las observaciones geográficas y las
contemplaciones aéreas las empleaba en rondar cerca de las
estaciones--especialmente la del muelle de Orsay--, viendo la
muchedumbre de viajeros que escapaba de París. La visión repentina de la
verdad--después de las ilusiones que había creado el gobierno con sus
partes optimistas--, la certeza de que los alemanes estaban próximos,
cuando una semana antes se los imaginaban muchos en plena derrota, los
_taubes_ volando sobre París, la misteriosa amenaza de los zeppelines,
enloquecían á una parte del vecindario. Las estaciones, custodiadas
militarmente, sólo admitían á los que habían adquirido un billete con
anticipación. Algunos esperaban días enteros á que les llegase el turno
de salida. Los más impacientes emprendían la marcha á pie, deseando
verse cuanto antes fuera de la ciudad. Negreaban los caminos con las
muchedumbres que avanzaban por ellos, todas en una misma dirección. Iban
hacia el Sur en automóvil, en coche de caballos, en carretas de
hortelano, á pie.
Esta fuga la contempló Argensola con serenidad. El era de los que se
quedaban. Había admirado á muchos hombres porque presenciaron el sitio
de París en 1870. Ahora su buena suerte le proporcionaba el ser testigo
de un drama histórico tal vez más interesante. ¡Lo que podría contar en
lo futuro!... Pero le molestaba la distracción é indiferencia de su
auditorio presente. Volvía al estudio satisfecho de las noticias de que
era portador, febril por comunicarlas á Descoyers, y éste le escuchaba
como si no le oyese. La noche en que le hizo saber que el gobierno, las
Cámaras, el cuerpo diplomático y hasta los artistas de la Comedia
Francesa estaban saliendo á aquellas horas en trenes especiales para
Burdeos, su compañero le contestó con un gesto de indiferencia.
Otras eran sus preocupaciones. Por la mañana había recibido una carta de
Margarita: dos simples líneas trazadas con precipitación. Se marchaba:
salía inmediatamente acompañando á su madre. ¡Adiós!... Y nada más. El
pánico hacía olvidar muchos afectos, cortaba largas relaciones, pero
ella era superior por su carácter á estas incoherencias de la ansiedad
por huir. Julio vió algo inquietante en su laconismo. ¿Por qué no
indicaba el lugar adonde se dirigía?...
Por la tarde tuvo un atrevimiento que siempre le había prohibido ella.
Entró en la casa que habitaba Margarita, hablando largamente con la
portera para adquirir noticias. La buena mujer pudo dar expansión de
este modo á su locuacidad, bruscamente cortada por la fuga de los
inquilinos y su servidumbre. La señora del piso principal--la madre de
Margarita--había sido la última en abandonar la casa, á pesar de que
estaba enferma desde la partida de su hijo. Habían salido el día
anterior, sin decir adónde iban. Lo único que sabía era que habían
tomado el tren en la estación de Orsay. Huían hacia el Sur, como todos
los ricos.
Y amplió sus revelaciones con la vaga noticia de que la hija se mostraba
muy impresionada por los informes que había recibido del frente de la
guerra. Alguien de la familia estaba herido. Tal vez era el hermano,
pero la portera lo ignoraba. Con tantas novedades, sorpresas é
impresiones, resultaba difícil enterarse de las cosas. Ella también
tenía su hombre en el ejército y le preocupaban los asuntos propios.
«¿Dónde estará?--- se preguntó Julio durante el día--. ¿Por qué desea
que ignore su paradero?...»
Cuando en la noche le hizo saber su camarada el viaje de los gobernantes
con todo el misterio de una noticia que aún no era pública, se limitó á
contestar, después de reflexivo mutismo:
--Hacen bien... Yo saldré igualmente mañana si puedo.
¿Para qué permanecer en París? Su familia estaba ausente. Su
padre--según las averiguaciones de Argensola--también se había ido, sin
decir adónde. Con la misteriosa fuga de Margarita él quedaba solo, en
una soledad que le inspiraba remordimientos.
Aquella tarde, al pasear por los bulevares, había tropezado con un amigo
algo entrado en años, un consocio del Círculo de esgrima frecuentado por
él. Era el primero que encontraba desde el principio de la guerra, y
juntos pasaron revista á todos los compañeros incorporados al ejército.
Las preguntas de Desnoyers eran contestadas por el viejo. ¿Fulano?...
había sido herido en Lorena y estaba en un hospital del Sur. ¿Otro
amigo?... muerto en los Vosgos. ¿Otro?... desaparecido en Charleroi. Y
así continuaba el desfile heroico y fúnebre. Los más vivían aún,
realizando proezas. Otros socios de origen extranjero, jóvenes polacos,
ingleses residentes en París, americanos de las repúblicas del Sur,
acababan de inscribirse como voluntarios. El Círculo debía
enorgullecerse de esta juventud que se ejercitaba en las armas durante
la paz: todos estaban en el frente exponiendo su existencia... Y
Desnoyers apartó su vista, como si temiese adivinar en los ojos de su
amigo una expresión irónica é interrogante. ¿Por qué no marchaba él,
como los otros, á defender la tierra en que vivía?...
--Mañana me iré--repitió Julio, ensombrecido por este recuerdo.
Pero se marchaba hacia el Sur, como todos los que huían de la guerra. En
la mañana siguiente, Argensola se encargó de conseguir un billete de
ferrocarril para Burdeos. El valor del dinero había aumentado
considerablemente. Cincuenta francos entregados á tiempo realizaron el
milagro de procurarle un pedazo de cartón numerado, cuya conquista
representaba, para muchos, días enteros de espera.
--Es para hoy mismo--dijo á su camarada--. Debes salir en el tren de
esta noche.
El equipaje no exigió grandes preparativos. Los trenes se negaban á
admitir otros bultos que los que llevaban á mano los viajeros. Argensola
no quiso aceptar la liberalidad de Julio, que pretendía partir con él
todo su dinero. Los héroes necesitan muy poco, y el pintor de almas se
sentía animado por una resolución heroica. La breve alocución de
Gallieni al encargarse de la defensa de París la hacía suya. Pensaba
mantenerse hasta el último esfuerzo, lo mismo que el duro general.
--¡Que vengan!--dijo con una expresión trágica--. ¡Me encontrarán en mi
sitio!...
Su sitio era el estudio. Quería ver las cosas de cerca para relatarlas á
las generaciones venideras. Se mantendría firme, con sus provisiones de
comestibles y vinos. Además, tenía el proyecto--así que su compañero
desapareciese--de llevar á vivir con él á ciertas amigas que vagaban en
busca de una comida problemática y sentían miedo en la soledad de sus
domicilios. El peligro aproxima á las buenas gentes y añade un nuevo
atractivo á los placeres de la comunidad. Las amorosas expansiones de
los prisioneros del Terror, cuando esperaban de un momento á otro ser
conducidos á la guillotina, revivieron en su memoria. ¡Apuremos de un
trago la vida, ya que hemos de morir!... El estudio de la _rue de la
Pompe_ iba á presenciar las mismas fiestas locas y desesperadas que un
barco encallado con provisiones abundantes.
Desnoyers salió de la estación de Orsay en un compartimiento de primera
clase. Alababa mentalmente el buen orden con que la autoridad lo había
arreglado todo. Cada viajero tenía su asiento. Pero en la estación de
Austerlitz una avalancha humana asaltó el tren. Las portezuelas se
abrieron como si fuesen á romperse; paquetes y niños entraron por las
ventanas lo mismo que proyectiles. La gente se empujó con la rudeza de
una muchedumbre que huye de un incendio. En el espacio reservado para
ocho personas se instalaron catorce; los pasillos se obstruyeron para
siempre con montones de maletas, que servían de asiento á nuevos
viajeros. Habían desaparecido las distancias sociales. La gente del
pueblo invadía con preferencia los vagones de lujo, creyendo encontrar
en ellos mayor espacio. Los que tenían billete de primera clase iban en
busca de los coches peores, con la vana esperanza de viajar
desahogadamente. En las vías laterales esperaban desde un día antes su
hora de salida largos trenes compuestos de vagones de ganado. Los
establos rodantes estaban repletos de personas sentadas en la madera del
suelo ó en sillas traídas de sus casas. Cada tren era un campamento que
deseaba ponerse en marcha, y mientras permanecía inmóvil, una capa de
papeles grasientos y cáscaras de frutas se iba formando á lo largo de
él.
Los asaltantes, al empujarse, se toleraban y perdonaban fraternalmente.
«En la guerra como en la guerra», decían como última excusa. Y cada uno
apretaba al vecino para arrebatarle unas pulgadas de asiento, para
introducir su escaso equipaje entre los bultos suspendidos sobre las
personas con los más inverosímiles equilibrios. Desnoyers fué perdiendo
poco á poco sus ventajas de primer ocupante. Le inspiraban lástima estas
pobres gentes que habían esperado el tren desde las cuatro de la
madrugada á las ocho de la noche. Las mujeres gemían de cansancio,
derechas en el corredor, mirando con envidia feroz á los que ocupaban un
asiento. Los niños lloraban con balidos de cabra hambrienta. Julio
acabó por ceder su lugar, repartiendo entre los menesterosos y los
imprevisores todos los comestibles de que le había proveído Argensola.
Los restoranes de las estaciones parecían saqueados. Durante las largas
esperas del tren, sólo se veían militares en los andenes: soldados que
corrían al escuchar la llamada de la trompeta para volver á ocupar su
sitio en los rosarios de vagones que subían y subían hacia París. En los
apartaderos, largos trenes de guerra esperaban que la vía quedase libre
para continuar su viaje. Los coraceros, llevando un chaleco amarillo
sobre el pecho de acero, estaban sentados, con las piernas colgantes, en
las puertas de los vagones-establos, de cuyo interior salían relinchos.
Sobre las plataformas se alineaban armones grises. Las esbeltas
gargantas de los 75 apuntaban á lo alto como telescopios.
Pasó la noche en el corredor, sentado en el borde de una maleta, viendo
cómo dormitaban otros con el embrutecimiento del cansancio y la emoción.
Fué una noche cruel é interminable de sacudidas, estrépitos y pausas
cortadas por ronquidos. En cada estación las trompetas sonaban
precipitadamente, como si el enemigo estuviese cerca. Los soldados
procedentes del Sur corrían á sus puestos, y una nueva corriente de
hombres se arrastraba por los rieles hacia París. Se mostraban alegres y
deseosos de llegar pronto á los lugares de la matanza. Muchos se
lamentaban creyendo presentarse con retraso. Julio, asomado á una
ventanilla, escuchó los diálogos y los gritos en estos andenes
impregnados de un olor picante de hombres y mulas. Todos mostraban una
confianza inquebrantable. «¡Los _boches_!... Muy numerosos, con grandes
cañones, con muchas ametralladoras... pero no había mas que cargar á la
bayoneta y huían como liebres.»
La fe de los que iban al encuentro de la muerte contrastaba con el
pánico y la duda de los que escapaban de París. Un señor viejo y
condecorado, tipo de funcionario en jubilación, hacía preguntas á
Desnoyers cuando el tren reanudaba su marcha. «¿Usted opina que llegarán
á Tours?» Antes de recibir contestación se adormecía. El sueño
embrutecedor avanzaba por el pasillo sus pies de plomo. Luego, el viejo
despertaba de pronto. «¿Usted cree que llegarán hasta Burdeos?...» Y su
deseo de no detenerse hasta alcanzar con su familia un refugio
absolutamente seguro le hacía acoger como oráculos las vagas respuestas.
Al amanecer vieron á los territoriales del país guardando las vías. Iban
armados con fusiles viejos; llevaban un kepis rojo como único distintivo
militar. Seguían pasando en dirección opuesta los trenes militares.
En la estación de Burdeos, la muchedumbre civil, pugnando por salir ó
por asaltar nuevos vagones, se confundía con las tropas. Sonaban
incesantemente las trompetas para reunir á los soldados. Muchos eran
hombres de color, tiradores indígenas con amplios calzones grises y un
gorro rojo sobre el rostro negro ó bronceado. Continuaba hacia el Norte
el férreo rodar de las masas armadas.
Desnoyers vió un tren de heridos procedentes de los combates de Flandes
y Lorena. Los uniformes de fatigada suciedad se refrescaban con la
blancura de los vendajes que sostenían los miembros doloridos ó
defendían las cabezas rotas. Todos parecían sonreir con sus bocas
lívidas y sus ojos febriles á las primeras tierras del Mediodía que
asomaban entre la bruma matinal, coronadas de sol, cubiertas de la regia
vestidura de sus pámpanos. Los hombres del Norte tendían sus manos á las
frutas que les ofrecían las mujeres, picoteando con deleite las dulces
uvas del país.