simple carretón tirado por una bestia cualquiera, para continuar su
viaje. La movilización acaparaba lo mejor, y los demás medios de
transporte habían desaparecido con la fuga de los medrosos. Había que
hacer á pie una marcha de quince kilómetros. El viejo no vaciló:
¡adelante! Y empezó á caminar por una carretera blanca, recta,
polvorienta, entre tierras llanas é iguales que se sucedían hasta el
infinito. Algunos grupos de árboles, algunos setos verdes y las
techumbres de varias granjas alteraban la monotonía del paisaje. Los
campos estaban cubiertos de rastrojos de la cosecha reciente. Los
pajares abullonaban el suelo con sus conos amarillentos, que empezaban á
obscurecerse tomando un tono de oro oxidado. En las vallas aleteaban los
pájaros sacudiendo el rocío del amanecer.
Los primeros rayos del sol anunciaron un día caluroso. En torno de los
pajares vió Desnoyers una agitación de personas que se levantaban,
sacudiendo sus ropas y despertando á otras todavía dormidas. Eran
fugitivos que habían acampado en las inmediaciones de la estación,
esperando un tren que les llevase lejos, sin saber con certeza adónde
deseaban ir. Unos procedían de lejanos departamentos: habían oído el
cañón, habían visto aproximarse la guerra, y llevaban varios días de
marcha á la ventura. Otros, al sentir el contagio de este pánico, habían
huído igualmente, temiendo conocer los mismos horrores... Vió madres con
sus pequeños en los brazos; ancianos doloridos que sólo podían avanzar
con una mano en el bastón y otra en el brazo de alguno de su familia;
viejas arrugadas é inmóviles como momias, que dormían y viajaban
tendidas en una carretilla. Al despertar el sol á este tropel miserable
se buscaban unos á otros con paso torpe, entumecidos aún por la noche,
reconstituyendo los mismos grupos del día anterior. Muchos avanzaban
hacia la estación con la esperanza de un tren que nunca llegaba á
formarse, creyendo ser más dichosos en el día que acababa de nacer.
Algunos seguían su camino á lo largo de los rieles, pensando que la
suerte les sería más propicia en otro lugar.
Don Marcelo anduvo toda la mañana. La cinta blanca y rectilínea del
camino estaba moteada de grupos que venían hacia él, semejantes en
lontananza á un rosario de hormigas. No vió un solo caminante que
siguiese su misma dirección. Todos huían hacia el Sur; y al encontrar á
este señor de la ciudad, que marchaba bien calzado, con bastón de paseo
y sombrero de paja, hacían un gesto de extrañeza. Le creían tal vez un
funcionario, un personaje, alguien del gobierno, al verle avanzar solo
hacia el país que abandonaban á impulsos del terror.
A mediodía pudo encontrar un pedazo de pan, un poco de queso y una
botella de vino blanco en una taberna inmediata al camino. El dueño
estaba en la guerra, la mujer gemía en la cama. La madre, una vieja algo
sorda, rodeada de sus nietos, seguía desde la puerta este desfile de
fugitivos que duraba tres días. «¿Por qué huyen, señor?--dijo al
caminante--. La guerra sólo interesa á los soldados. Nosotros, gentes
del campo, no hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»
Cuatro horas después, al bajar una de las pendientes que forman el valle
del Marne, vió á lo lejos los tejados de Villeblanche en torno de su
iglesia, y emergiendo de una arboleda las caperuzas de pizarra que
remataban los torreones de su castillo.
Las calles del pueblo estaban desiertas. Sólo en los alrededores de la
plaza vió sentadas algunas mujeres, como en las tardes plácidas de otros
veranos. La mitad del vecindario había huído; la otra mitad permanecía
en sus hogares, por rutina sedentaria, engañándose con un ciego
optimismo. Si llegaban los prusianos, ¿qué podían hacerles?...
Obedecerían sus órdenes sin intentar ninguna resistencia, y á un pueblo
que obedece no es posible castigarlo... Todo era preferible antes que
perder unas viviendas levantadas por sus antepasados y de las que nunca
habían salido.
En la plaza vió, formando un grupo, al alcalde y los principales
habitantes. Todos ellos, así como las mujeres, miraron con asombro al
dueño del castillo. Era la más inesperada de las apariciones. Cuando
tantos huían hacia París, este parisién venía á juntarse con ellos,
participando de su suerte. Una sonrisa de afecto, una mirada de
simpatía, parecieron atravesar su áspera corteza de rústicos
desconfiados. Hacía mucho tiempo que Desnoyers vivía en malas relaciones
con el pueblo entero. Sostenía ásperamente sus derechos, sin admitir
tolerancias en asuntos de propiedad. Habló muchas veces de procesar al
alcalde y enviar á la cárcel á la mitad del vecindario, y sus enemigos
le contestaban invadiendo traidoramente sus tierras, matando su caza,
abrumándolo con reclamaciones judiciales y pleitos incoherentes... Su
odio al municipio le había aproximado al cura, por vivir éste en franca
hostilidad contra el alcalde. Pero sus relaciones con la Iglesia fueron
tan infructuosas como sus luchas con el Estado. El cura era un bonachón,
al que encontraba cierto parecido físico con Renán, y que únicamente se
preocupaba de sacarle limosnas para los pobres, llevando su atrevimiento
bondadoso hasta excusar á los merodeadores de su propiedad.
¡Cuán lejanas le parecían ahora las luchas sostenidas hasta un mes
antes!... El millonario experimentó una gran sorpresa al ver cómo el
sacerdote, saliendo de su casa para entrar en la iglesia, saludaba al
pasar al alcalde con una sonrisa amistosa.
Después de largos años de mutismo hostil se habían encontrado en la
tarde del 1.º de Agosto al pie de la torre de la iglesia. La campana
sonaba á rebato para anunciar la movilización á los hombres que estaban
en los campos. Y los dos enemigos, instintivamente, se habían estrechado
la mano. ¡Todos franceses! Esta unanimidad afectuosa salía también al
encuentro del odiado señor del castillo. Tuvo que saludar á un lado y á
otro, apretando manos duras. Las gentes prorrumpían á sus espaldas en
cariñosas rectificaciones. «Un hombre bueno, sin más defecto que la
violencia de su carácter...» Y el señor Desnoyers conoció por unos
minutos el grato ambiente de la popularidad.
Al verse en el castillo dió por bien empleada la fatiga de la marcha,
que hacía temblar sus piernas. Nunca le había parecido tan grande y
majestuoso su parque como en este atardecer de verano; nunca tan blancos
los cisnes que se deslizaban, dobles por el reflejo, sobre las aguas
muertas; nunca tan señorial el edificio, cuya imagen repetía invertida
el verde espejo de los fosos. Sintió necesidad de ver inmediatamente los
establos con sus animales vacunos; luego echó una ojeada á las cuadras
vacías. La movilización se había llevado sus mejores caballos de labor.
Igualmente había desaparecido su personal. El encargado de los trabajos
y varios mozos estaban en el ejército. En todo el castillo sólo quedaba
el conserje, un hombre de más de cincuenta años, enfermo del pecho, con
su familia, compuesta de su mujer y una hija. Los tres cuidaban de
llenar los pesebres de las vacas, ordeñando de tarde en tarde sus ubres
olvidadas.
En el interior del edificio volvió á congratularse de la resolución que
le había arrastrado hasta allí. ¡Cómo abandonar tales riquezas!...
Contempló los cuadros, las vitrinas, los muebles, los cortinajes, todo
bañado en oro por el resplandor moribundo del día, y sintió el orgullo
de la posesión. Este orgullo le infundió un valor absurdo, inverosímil,
como si fuese un ser gigantesco procedente de otro planeta y toda la
humanidad que le rodeaba un simple hormiguero que podía borrar con los
pies. ¡Que viniesen los enemigos! Se consideraba con fuerzas para
defenderse de todos ellos... Luego, al arrancarle la razón de su delirio
heroico, intentó tranquilizarse con un optimismo falto igualmente de
solidez. No vendrían. El no sabía por qué, pero le anunciaba el corazón
que los enemigos no llegarían hasta allí.
La mañana siguiente la pasó recorriendo los prados artificiales que
había formado detrás del parque, lamentando el abandono en que estaban
por la marcha de sus hombres, intentando abrir las compuertas para dar
un riego al pasto, que empezaba á secarse. Las viñas alineaban sus masas
de pámpanos á lo largo de los alambrados que las servían de sostén. Los
racimos repletos, próximos á la madurez, asomaban entre las hojas sus
triángulos granulados. ¡Ay, quién recogería esta riqueza!...
Por la tarde notó un movimiento extraordinario en el pueblo. Georgette,
la hija del conserje, trajo la noticia de que empezaban á pasar por la
calle principal automóviles enormes, muchos automóviles, y soldados
franceses, muchos soldados. Al poco rato se inició el desfile por una
carretera inmediata al castillo, que conducía al puente sobre el Marne.
Eran camiones cerrados ó abiertos que aún conservaban sus antiguos
rótulos comerciales bajo la capa de polvo endurecido y las salpicaduras
de barro. Muchos de ellos ostentaban títulos de empresas de París; otros
el nombre social de establecimientos de provincias. Y juntos con estos
vehículos industriales requisados por la movilización pasaron otros
procedentes del servicio público, que causaban en Desnoyers el mismo
efecto que unos rostros amigos entrevistos en una muchedumbre
desconocida. Eran ómnibus de París que aún mantenían en su parte alta
los nombres indicadores de sus antiguos trayectos: _Madeleine-Bastille,
Passy-Bourse, etc._ Tal vez había viajado él muchas veces en estos
mismos vehículos, despintados, aviejados por veinte días de actividad
intensa, con las planchas abolladas, los hierros torcidos, sonando á
desvencijamiento y perforados como cribas.
Unos carruajes ostentaban redondeles blancos con el centro cortado por
la cruz roja; otros tenían como marca letras y cifras que sólo podían
entender los iniciados en los secretos de la administración militar. Y
en todos estos vehículos, que únicamente conservaban nuevos y vigorosos
sus motores, vió soldados, muchos soldados, pero todos heridos, con la
cabeza y las piernas entrapajadas, rostros pálidos que una barba crecida
hacía aún más trágicos, ojos de fiebre que miraban fijamente, bocas
dilatadas como si se hubiese solidificado en ellas el gemido del dolor.
Médicos y enfermeros ocupaban varios carruajes de este convoy. Algunos
pelotones de jinetes lo escoltaban. Y entre la lenta marcha de monturas
y automóviles pasaban grupos de soldados á pie, con el capote
desabrochado ó pendiente de las espaldas lo mismo que una capa; heridos
que podían caminar y bromeaban y cantaban, unos con un brazo fajado
sobre el pecho, otros con la cabeza vendada, transparentándose á través
de la tela el rezumamiento interior de la sangre.
El millonario quiso hacer algo por ellos; pero apenas intentó distribuir
unas botellas de vino, unos panes, lo primero que encontró á mano, se
interpuso un médico, apostrofándole como si cometiese un delito. Sus
regalos podían resultar fatales. Y tuvo que permanecer al borde del
camino, impotente y triste, siguiendo con ojos sombríos el convoy
doloroso... Al cerrar la noche ya no fueron vehículos cargados de
hombres enfermos los que desfilaban. Vió centenares de camiones, unos
cerrados herméticamente, con la prudencia que imponen las materias
explosivas; otros con fardos y cajas que esparcían un olor mohoso de
víveres. Luego avanzaron grandes manadas de bueyes, que se arremolinaban
en las angosturas del camino, siguiendo adelante bajo el palo y los
gritos de los pastores con kepis.
Pasó la noche desvelado por sus pensamientos. Era la retirada de que
hablaban las gentes en París, pero que muchos no querían creer; la
retirada llegando hasta allí y continuando su retroceso indefinido, pues
nadie sabía cual iba á ser su límite. El optimismo le sugirió una
esperanza inverosímil. Tal vez esta retirada comprendía únicamente los
hospitales, los almacenes, todo lo que se estaciona á espaldas de un
ejército. Las tropas querían estar libres de impedimenta, para moverse
con más agilidad, y la enviaban lejos por ferrocarriles y carreteras.
Así debía ser. Y en los ruidos que persistieron durante toda la noche
sólo quiso adivinar el paso de vehículos llenos de heridos, de
municiones, de víveres, iguales á los que habían desfilado por la tarde.
Cerca del amanecer, el cansancio le hizo dormirse, y despertó bien
entrado el día. Su primera mirada fué para el camino. Lo vió lleno de
hombres y de caballos que tiraban de objetos rodantes. Pero los hombres
llevaban fusiles y formaban batallones, regimientos. Las bestias
arrastraban piezas de artillería. Era un ejército... era la retirada.
Desnoyers corrió al borde del camino para convencerse mejor de la
verdad.
¡Ay! Eran regimientos como los que él había visto partir de las
estaciones de París... pero con aspecto muy distinto. Los capotes azules
se habían convertido en vestiduras andrajosas y amarillentas; los
pantalones rojos blanqueaban con un color de ladrillo mal cocido; los
zapatos eran bolas de barro. Los rostros tenían una expresión feroz, con
regueros de polvo y sudor en todas sus grietas y oquedades, con barbas
recién crecidas, agudas como púas, con un gesto de cansancio que
revelaba el deseo de hacer alto, de quedarse allí mismo para siempre,
matando ó muriendo, pero sin dar un paso más. Caminaban... caminaban...
caminaban. Algunas marchas habían durado treinta horas. El enemigo iba
sobre sus huellas, y la orden era de andar y no combatir, librándose por
ligereza de pies de los movimientos envolventes intentados por el
invasor. Los jefes adivinaban el estado de ánimo de sus hombres. Podían
exigir el sacrificio de su vida, ¡pero ordenarles que marchasen día y
noche, siempre huyendo del enemigo, cuando no se consideraban
derrotados, cuando sentían gruñir en su interior la cólera feroz, madre
del heroísmo!... Las miradas de desesperación buscaban al oficial
inmediato, á los jefes, al mismo coronel. ¡No podían más! Una marcha
enorme, anonadadora, en tan pocos días, ¿y para qué?... Los superiores,
que sabían lo mismo que ellos, parecían contestar con los ojos, como si
poseyesen un secreto: «¡Animo! Otro esfuerzo... Esto va á terminar muy
pronto.»
Las bestias, vigorosas, pero desprovistas de imaginación, resistían
menos que los hombres. Su aspecto era deplorable. ¿Cómo podían ser los
mismos caballos fuertes y de pelo lustroso que él había visto en los
desfiles de París á principios del mes anterior? Una campaña de veinte
días los había envejecido y agotado. Su mirada opaca parecía implorar
piedad. Estaban flacos, con una delgadez que hacía sobresalir las
aristas de su osamenta y aumentaba el abultamiento de sus ojos. Los
arneses, al moverse, descubrían su piel con los pelos arrancados y
sangrientas desolladuras. Avanzaban con un tirón supremo, concentrando
sus últimas fuerzas, como si la razón de los hombres obrase sobre sus
obscuros instintos. Algunos no podían más y se desplomaban de pronto,
abandonando á sus compañeros de fatiga. Desnoyers presenció cómo los
artilleros los despojaban rápidamente de sus arneses, volteándolos hasta
sacarlos del camino para que no estorbasen la circulación. Allí
quedaban, mostrando su esquelética desnudez, disimulada hasta entonces
por los correajes, con las patas rígidas y los ojos vidriosos y fijos,
como si espiasen el revoloteo de las primeras moscas atraídas por su
triste carroña.
Los cañones pintados de gris, las cureñas, los armones, todo lo había
visto don Marcelo limpio y brillante, con ese frote amoroso que el
hombre ha dedicado á las armas desde épocas remotas, más tenaz que el de
la mujer con los objetos del hogar. Ahora todo parecía sucio, con la
pátina del uso sin medida, con el desgaste de un inevitable abandono:
las ruedas estaban deformadas exteriormente por el barro, el metal
obscurecido por los vapores de la explosión, la pintura gris manchada
por el musgo de la humedad.
En los espacios libres de este desfile, en los paréntesis abiertos entre
una batería y un regimiento, corrían pelotones de paisanos: grupos
miserables que la invasión echaba por delante; poblaciones enteras que
se habían disgregado siguiendo al ejército en su retirada. El avance de
una nueva unidad los hacía salir del camino, continuando su marcha á
través de los campos. Luego, al menor claro en la masa de tropas,
volvían á deslizarse por la superficie blanca é igual de la carretera.
Eran madres que empujaban carretones con pirámides de muebles y
chiquillos; enfermos que casi se arrastraban; octogenarios llevados en
hombros por sus nietos; abuelos que sostenían niños en sus brazos;
ancianas con pequeños agarrados á sus faldas como una nidada silenciosa.
Nadie se opuso ahora á la liberalidad del dueño del castillo. Toda su
bodega pareció desbordarse hacia la carretera. Rodaban los toneles de la
última cosecha, y los soldados llenaban en el chorro rojo el cazo de
metal pendiente de su cintura. Luego, el vino embotellado iba saliendo á
luz por orden de fechas, perdiéndose instantáneamente en este río de
hombres que pasaba y pasaba. Desnoyers contempló con orgullo los efectos
de su munificencia. La sonrisa reaparecía en los rostros fieros; la
broma francesa saltaba de fila en fila; al alejarse los grupos iniciaban
una canción.
Luego se vió en la plaza del pueblo entre varios oficiales que daban un
corto descanso á sus caballos antes de reincorporarse á la columna. Con
la frente contraída y los ojos sombríos, hablaban de esta retirada
inexplicable para ellos. Días antes, en Guisa, habían infligido una
derrota á sus perseguidores. Y sin embargo, continuaban retrocediendo,
obedientes á una orden terminante y severa. «No
comprendemos...--decían--. No comprendemos.» La marea ordenada y
metódica arrastraba á estos hombres que deseaban batirse y tenían que
retirarse. Todos sufrían la misma duda cruel: «No comprendemos.» Y su
duda hacía aún más dolorosa la marcha incesante, una marcha que duraba
día y noche con sólo breves descansos, alarmados los jefes de cuerpo á
todas horas por el temor de verse cortados y separados del resto del
ejército. «Un esfuerzo más, hijos míos. ¡Animo! Pronto descansaremos.»
Las columnas, en su retirada, cubrían centenares de kilómetros.
Desnoyers sólo veía una de ellas. Otras y otras efectuaban idéntico
retroceso á la misma hora, abarcando una mitad de la anchura de Francia.
Todas iban hacia atrás con igual obediencia desalentada, y sus hombres
repetían indudablemente lo mismo que los oficiales: «No comprendemos...
No comprendemos.»
Don Marcelo experimentó de pronto la tristeza y la desorientación de
estos militares. Tampoco él comprendía. Vió lo inmediato, lo que todos
podían ver: el territorio invadido sin que los alemanes encontrasen una
resistencia tenaz; departamentos enteros, ciudades, pueblos,
muchedumbres quedando en poder del enemigo á espaldas de un ejército que
retrocedía incesantemente. Su entusiasmo cayó de golpe como un globo que
se deshincha. Reapareció su antiguo pesimismo. Las tropas mostraban
energía y disciplina; pero ¿de qué podía servir esto si se retiraban
casi sin combatir, imposibilitadas, por una orden severa, de defender el
terreno? «Lo mismo que en el 70», pensó. Exteriormente había más orden,
pero el resultado iba á ser el mismo.
Como un eco que respondiese negativamente á su tristeza, oyó la voz de
un soldado hablando con un campesino:
--Nos retiramos, pero es para saltar con más fuerza sobre los _boches_.
El abuelo Joffre se los meterá en el bolsillo á la hora y en el sitio
que escoja.
Se reanimó Desnoyers al oir el nombre del general. Tal vez este soldado,
que mantenía intacta su fe á través de las marchas interminables y
desmoralizantes, presentía la verdad mejor que los oficiales razonadores
y estudiosos.
El resto del día lo pasó haciendo regalos á los últimos grupos de la
columna. Su bodega se iba vaciando. Por orden de fechas continuaban
esparciéndose los miles de botellas almacenadas en los subterráneos del
castillo. Al cerrar la noche fueron botellas cubiertas por el polvo de
muchos años lo que entregó á los hombres que le parecían débiles. Así
como la columna desfilaba iba ofreciendo un aspecto más triste de
cansancio y desgaste. Pasaban los rezagados, arrastrando con desaliento
los pies en carne viva dentro de sus zapatos. Algunos se habían librado
de este encierro torturante y marchaban descalzos, con los pesados
borceguíes pendientes de un hombro, dejando en el suelo manchas de
sangre. Pero todos, abrumados por una fatiga mortal, conservaban sus
armas y sus equipos, pensando en el enemigo que estaba cerca.
La liberalidad de Desnoyers produjo estupefacción en muchos de ellos.
Estaban acostumbrados á atravesar el suelo patrio teniendo que luchar
con el egoísmo del cultivador. Nadie ofrecía nada. El miedo al peligro
hacía que los habitantes de los campos escondiesen sus víveres,
negándose á facilitar el menor socorro á los compatriotas que se batían
por ellos.
El millonario durmió mal esta segunda noche en su cama aparatosa de
columnas y penachos que había pertenecido á Enrique IV, según
declaración de los vendedores. Ya no era continuo el tránsito de tropas.
De tarde en tarde pasaba un batallón suelto, una batería, un grupo de
jinetes, las últimas fuerzas de la retaguardia que habían tomado
posición en las cercanías del pueblo para cubrir el movimiento de
retroceso. El profundo silencio que seguía á estos desfiles ruidosos
despertó en su ánimo una sensación de duda é inquietud. ¿Qué hacía allí
cuando la muchedumbre en armas se retiraba? ¿No era una locura
quedarse?... Pero inmediatamente galopaban por su memoria todas las
riquezas conservadas en el castillo. ¡Si él pudiese llevárselas!... Era
imposible, por falta de medios y de tiempo. Además, su tenacidad
consideraba esta huída como algo vergonzoso. «Hay que terminar lo que se
empieza», repitió mentalmente. El había hecho el viaje para guardar lo
suyo, y no debía huír al iniciarse el peligro...
Cuando en la mañana siguiente bajó al pueblo, apenas vió soldados. Sólo
un escuadrón de dragones estaba en las afueras para cubrir los últimos
restos de la retirada. Los jinetes corrían en pelotones por los bosques,
empujando á los rezagados y haciendo frente á las avanzadas enemigas.
Desnoyers fué basta la salida de la población. Los dragones habían
obstruido la calle con una barricada de carros y muebles. Pie á tierra y
carabina en mano, vigilaban detrás de este obstáculo la faja blanca del
camino que se elevaba solitario entre dos colinas cubiertas de árboles.
De tarde en tarde sonaban disparos sueltos, como chasquidos de tralla.
«Los nuestros», decían los dragones. Eran los últimos destacamentos que
tiroteaban á las avanzadas de hulanos. La caballería tenía la misión de
mantener á retaguardia el contacto con el enemigo, de oponerle una
continua resistencia, repeliendo á los destacamentos alemanes que
intentaban filtrarse á lo largo de las columnas.