Dentro percibió un hedor de muchedumbre enferma, miserable y amontonada,

semejante al que se huele en un presidio ó un hospital pobre. Vió gentes

que parecían locas ó estúpidas por el dolor. No conocían exactamente el

lugar donde estaban; habían llegado hasta allí sin saber cómo. El

horroroso espectáculo de la invasión persistía en su memoria, ocupándola

por entero, no dejando lugar á las impresiones siguientes. Veían aún

cómo entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos

pueblos: las casas cubiertas de llamas repentinamente, la soldadesca

haciendo fuego sobre los que huían, las mujeres agonizando destrozadas

bajo la aguda persistencia del ultraje carnal, los ancianos quemados

vivos, los niños deshechos á sablazos en sus cunas, todos los sadismos

de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos

octogenarios contaban, llorando, cómo los soldados de un pueblo

civilizado cortaban los pechos á las mujeres para clavarlos en las

puertas, cómo paseaban á guisa de trofeo un recién nacido ensartado en

una bayoneta, cómo fusilaban á los ancianos en el mismo sillón donde los

tenía inmóviles su dolorosa vejez, torturándoles antes con burlescos

suplicios.

Habían huído sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la

metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medioevales

ante el galopar de las hordas de hunos y mogoles. Y esta fuga había sido

á través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses,

cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de Agosto

era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la

opulencia de la cosecha.

Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de

muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de

los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas

mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el

terror de la huída. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los

padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos.

¿Volverían á encontrarlos?... ¿Habrían muerto á aquellas horas?...

Don Marcelo regresó á su casa apretando los dientes, moviendo su bastón

de un modo alarmante. ¡Ah, bandidos!... Deseaba de pronto que su cuñada

cambiase de sexo; ¿por qué no era un hombre?... Aún le parecía mejor que

de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ¡Qué

entrevista tan interesante la de los dos cuñados!...

La guerra había despertado el sentimiento religioso en los hombres y

aumentado la devoción de las mujeres. Los templos estaban llenos. Doña

Luisa ya no limitaba sus excursiones á las iglesias del distrito. Con la

audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba á

pie á través de París, yendo á la Magdalena, á Nuestra Señora ó al

lejano Sagrado Corazón, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas

religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares.

Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriótico cortaba á veces

con aplausos los sermones. Todas las mañanas, la señora Desnoyers, al

abrir los periódicos, antes de buscar los telegramas de la guerra

perseguía otra noticia. «¿Adónde irá hoy Monseñor Amette?» Luego, bajo

las bóvedas del templo, unía su voz al coro devoto que imploraba una

intervención sobrenatural. «¡Señor, salva á la Francia!» La religiosidad

patriótica colocaba Santa Genoveva á la cabeza de los bienaventurados. Y

de todas estas fiestas volvía trémula de fe, esperando un milagro

semejante al que había realizado la santa de París ante las hordas

invasoras de Atila.

Doña Elena también visitaba las iglesias, pero las más cercanas á la

casa. Su cuñado la vió entrar una tarde en Saint-Honorée d'Eylau. El

templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las

banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no

se componía únicamente de mujeres. Desnoyers vió hombres de su edad,

erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada

vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los

cirios... Y volvió á sentir envidia... Eran padres que recordaban las

oraciones de su niñez pensando en los combates y en sus hijos. Don

Marcelo, que había considerado siempre con indiferencia á la religión,

reconoció de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros,

con un rezo de intención vaga, indeterminada, comprendiendo en él á

todos los seres que luchaban y morían por una tierra que él no había

sabido defender.

Vió con escándalo cómo la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas

gentes, elevando luego los ojos para fijarlos en la cruz con una mirada

de angustiosa súplica. Pedía al cielo por su marido el alemán, que tal

vez á aquellas horas empleaba todas sus facultades de energúmeno en la

mejor organización del aplastamiento de los débiles; rezaba por sus

hijos, oficiales del rey de Prusia, que revólver en mano entraban en

pueblos y granjas, llevando ante ellos á la muchedumbre despavorida,

dejando á sus espaldas el incendio y la muerte. ¡Y estas oraciones iban

á confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud

encargada de contener á los bárbaros, con los ruegos de aquellos hombres

graves y rígidos en su trágico dolor!...

Tuvo que contenerse para no gritar, y salió del templo. Su cuñada no

tenía derecho á arrodillarse entre aquellas gentes.

--Debían expulsarla--murmuró indignado--. Coloca á Dios en un compromiso

con sus oraciones absurdas.

Pero, á pesar de su cólera, tenía que sufrirla cerca de él, esforzándose

al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda

nacionalidad que había adquirido con su matrimonio.

Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras

cuando estaba en el comedor con la familia. Quería evitar la nerviosidad

de su cuñada, que prorrumpía en lágrimas y suspiros á la menor alusión

contra su héroe; temía igualmente las quejas de la esposa, pronta

siempre á defender á su hermana como si fuese una víctima... ¡Que un

hombre de su carácter se viese obligado en la propia casa á vigilar su

lengua y hablar con eufemismos!... La única satisfacción que podía

permitirse consistía en dar noticias de las operaciones militares. Los

franceses habían entrado en Bélgica. «Parece que los _boches_ han

recibido un buen golpe.» El menor choque de caballería, un simple

encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «También

en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente pareció

cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurría nada

extraordinario, á juzgar por los periódicos. Seguían publicando

historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna

noticia cierta. El gobierno lanzaba comunicados de vaga y retórica

sonoridad. Desnoyers se alarmó: su instinto le avisaba el peligro. «Algo

hay que no marcha--pensaba--; debe haberse roto algún resorte.»

Esta falta de noticias coincidió con una repentina animación de doña

Elena. ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Qué encuentros eran los suyos

cuando salía á la calle?... Sin perder su humildad de víctima, con la

mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba

traidoramente. ¡El tormento de don Marcelo al escuchar al enemigo

albergado en su casa!... Los franceses habían sido derrotados á un mismo

tiempo en Lorena y en Bélgica. Un cuerpo de ejército se había

desbandado: muchos prisioneros, muchos cañones perdidos. «¡Mentiras,

exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichí ahogaba con

sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tía de Berlín,

«Yo no sé--continuaba ésta con maligna molestia--; tal vez no sea

cierto. Lo he oído decir.» Su cuñado se indignaba. ¿Dónde lo había oído

decir? ¿Quién le daba tales noticias?...

Y para desahogar su mal humor, prorrumpía en imprecaciones contra el

espionaje enemigo, contra la incuria de la policía, que toleraba la

permanencia de tantos alemanes ocultos en París. Pero de pronto tenía

que callarse, al pensar en su propia conducta. El también contribuía

involuntariamente á mantener y albergar al enemigo.

La caída del ministerio y la constitución de un gobierno de defensa

nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y

lloros de doña Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvía la buena

señora entusiasmada y heroica de sus visitas á las iglesias. Las

conversaciones á solas con su hermana le infundían un terror que

pretendía comunicar luego al esposo. «Todo está perdido... Elena es la

única que sabe la verdad.»

Desnoyers fué en busca del senador Lacour. Conocía á todos los

ministros: nadie mejor enterado que él. «Sí, amigo mío--dijo el

personaje con tristeza--, dos grandes descalabros en Morhange y en

Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van á invadir el suelo de

Francia... Pero nuestro ejército se mantiene intacto y se retira en buen

orden. Aún puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, pero no está

todo perdido.»

Los preparativos de defensa de París eran activados... algo tarde. Los

fuertes se armaban con nuevos cañones; desaparecían bajo los picos de la

demolición oficial las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los

años de paz; los árboles de las avenidas exteriores caían cortados para

ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos

obstruían las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrían

los alrededores para admirarlas trincheras recién abiertas y los

alambrados con púas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebaños. Junto á

montañas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de

fino césped. La seguridad del sustento preocupaba á una población que

mantenía vivo aún el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada

noche era más débil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio,

estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores.

El miedo á una agresión aérea venía á aumentar las inquietudes públicas.

Las gentes medrosas hablaban de los zeppelines, atribuyéndoles un poder

irresistible, con la exageración que acompaña á los peligros

misteriosos.

Doña Luisa aturdía con su pánico al marido. Este pasaba los días en una

alarma continua, teniendo que infundir ánimo á su mujer, temblorosa y

lloriqueante. «Van á llegar, Marcelo; me lo dice el corazón. Yo no puedo

vivir así. La niña... ¡la niña!» Aceptaba ciegamente todas las

afirmaciones de su hermana. Lo único que ponía en duda era la

caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas en las que figuraban

sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Bélgica con

las mujeres le merecían igual fe que los avances del enemigo anunciados

por Elena. «La niña, Marcelo... ¡la niña!» Y el caso era que la niña,

objeto de tales inquietudes, reía con la insolencia de su juventud

vigorosa, al escuchar á la madre: «Que vengan esos sinvergüenzas.

Tendría gusto en verles la cara.» Y contraía la diestra, como si

empuñase ya el cuchillo vengador.

El padre se cansó de esta situación. Le quedaba uno de sus

automóviles-monumentos, que podía guiar un _chauffeur_ extranjero. El

senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la

familia, y Desnoyers dió órdenes á su esposa con un tono que no admitía

réplica. Debían irse á Biarritz ó á las estaciones veraniegas del Norte

de España. Casi todas las familias sudamericanas habían salido en la

misma dirección. Doña Luisa intentó oponerse: le era imposible partir

sin su esposo. En tantos años de matrimonio no se habían separado una

sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo cortó sus protestas. Él

se quedaba. Entonces, la pobre señora corrió á la _rue de la Pompe_. ¡Su

hijo!... Julio apenas escuchó á la madre. ¡Ay, éste se quedaba también!

Y al fin, el imponente automóvil emprendió la marcha hacia el Sur,

llevando á doña Luisa, á su hermana, que aceptaba con gusto este

alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y á Chichí, contenta

de que la guerra le proporcionase una excursión á las playas de moda

frecuentadas por sus amigas.

Don Marcelo se vió solo. Las doncellas cobrizas habían seguido en

ferrocarril la fuga de las señoras. Al principio se sintió desorientado

en esta soledad; le causaron extrañeza las comidas en el restorán, las

noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban

aún las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban

igualmente vacíos. Todos los habitantes eran extranjeros que habían

escapado discretamente, ó franceses sorprendidos por la guerra cuando

veraneaban en sus posesiones del campo.

El instinto le hizo ir en sus paseos hasta la _rue de la Pompe_, mirando

de lejos el ventanal del estudio. ¿Qué haría su hijo?... De seguro que

continuaba su vida alegre é inútil. Para hombres como él, nada existía

más allá de las frivolidades de su egoísmo.

Desnoyers estaba satisfecho de su resolución. Seguir á la familia le

parecía un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga á

América. «No, no vendrán--se dijo repetidas veces, con el optimismo del

entusiasmo--. Tengo el presentimiento de que no llegarán á París. ¡Y si

llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y

desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de

hacer la guerra á campo raso, pero podía disparar un fusil, inmóvil en

una trinchera, sin miedo á la muerte. ¡Que vinieran!... Lo deseaba con

la vehemencia de un buen pagador ganoso de satisfacer cuanto antes una

deuda antigua.

Encontró en las calles de París muchos grupos de fugitivos. Eran del

Norte y el Este de Francia y habían escapado ante el avance de los

alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no

sabía adónde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las

gentes, lo más impresionante para él eran los atentados á la propiedad.

Fusilamientos y asesinatos le hacían cerrar los puños, prorrumpiendo en

deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los

saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecían

tan inauditos, que permanecía silencioso, como si la estupefacción

paralizase su pensamiento. ¡Y un pueblo con leyes podía hacer la guerra

de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para

robar!... Su adoración al derecho de propiedad se revolvía furiosa

contra estos sacrilegios.

Empezó á preocuparse de su castillo de Villeblanche. Todo lo que poseía

en París le pareció repentinamente de escasa importancia comparado con

lo que guardaba en la «mansión histórica». Sus mejores cuadros estaban

allá, adornando los salones sombríos; allá también los muebles

arrancados á los anticuarios tras una batalla de pujas, y las vitrinas

repletas, los tapices, las vajillas de plata.

Repasaba en su memoria todos los objetos, sin que uno solo escapase á

este inventario mental. Cosas que había olvidado resurgían ahora en su

recuerdo, y el miedo á perderlas parecía darle mayor brillo, agrandando

su tamaño, infundiéndolas nuevo valor. Todas las riquezas de

Villeblanche se concentraban en una adquisición, que era la más admirada

por Desnoyers, viendo en ella la gloria de su enorme fortuna, el mayor

alarde de lujo que podía permitirse un millonario.

«La bañadera de oro--pensó--. Tengo allá mi tina de oro.»

Este baño de precioso metal lo había adquirido en una subasta, juzgando

tal compra como el acto más culminante de su opulencia. No sabía con

certeza su origen: tal vez era un mueble de príncipes; tal vez debía la

existencia al capricho de una cocota ansiosa de ostentación. El y los

suyos habían formado una leyenda en torno de esta cavidad de oro

adornada con garras de león, delfines y bustos de náyades.

Indudablemente procedía de reyes. Chichí afirmaba con gravedad que era

el baño de María Antonieta. Y toda la familia, considerando modesto y

burgués el piso de la avenida Víctor Hugo para guardar esta joya, había

acordado depositarla en el castillo, respetada, inútil y solemne como

una pieza de museo... ¿Y esto se lo podían llevar los enemigos si

llegaban en su avance hasta el Marne, así como las demás riquezas

reunidas con tanta paciencia?... ¡Ah, no! Su alma de coleccionista era

capaz de los mayores heroísmos para evitarlo.

Cada día aportaba una ola nueva de malas noticias. Los periódicos decían

poco; el gobierno hablaba con un lenguaje obscuro, que sumía el ánimo en

perplejidades. Sin embargo, la verdad se abría paso misteriosamente,

empujada por el pesimismo de los alarmistas y por los manejos de los

espías enemigos que permanecían ocultos en París. Las gentes se

comunicaban las fatales nuevas al oído: «Ya han pasado la frontera...»

«Ya están en Lille...» Avanzaban á razón de cincuenta kilómetros por

día. El nombre de von Kluck empezaba á hacerse familiar. Ingleses y

franceses retrocedían ante el movimiento envolvente de los invasores.

Algunos esperaban un nuevo Sedán. Desnoyers seguía el avance del enemigo

yendo diariamente á la estación del Norte. Cada veinticuatro horas se

achicaba el radio de circulación de los viajeros. Los avisos anunciando

que no se expendían billetes para determinadas poblaciones del Norte

indicaban cómo iban cayendo éstas, una tras otra, en poder del invasor.

El empequeñecimiento del territorio nacional se efectuaba con una

regularidad metódica, á razón de cincuenta kilómetros diarios. Con el

reloj á la vista podía anunciarse á qué hora iban á saludar con sus

lanzas los primeros hulanos la aparición de la torre Eiffel en el

horizonte. Los trenes llegaban repletos, desbordando fuera de sus

vagones los racimos de gentes.

Y fué en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visitó á

su amigo el senador Lacour para asombrarle con la más inaudita de las

peticiones. Quería ir inmediatamente á su castillo. Cuando todos huían

hacia París, él necesitaba marchar en dirección contraria. El senador no

pudo creer lo que escuchaba.

--¡Está usted loco!--exclamó--. Hay que salir de París, pero con

dirección al Sur. A usted se lo digo solamente, y cállelo, porque es un

secreto. Nos vamos de un momento á otro; todos nos vamos: el presidente,

el gobierno, las Cámaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en 1870. El

enemigo va á llegar: es asunto de días... de horas. Sabemos poco de lo

que ocurre, pero todas las noticias son malas. El ejército se mantiene

firme, aún está intacto, pero se retira... se retira, cediendo

terreno... Créame, lo mejor es marcharse de París. Gallieni lo

defenderá, pero la defensa va á ser dura y penosa... Aunque caiga París,

no por eso caerá Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta

la frontera de España... Pero esto es triste, ¡muy triste!

Y ofreció á su amigo el llevarle con él en la retirada á Burdeos, que

muy pocos conocían en aquellos momentos. Desnoyers movió la cabeza. No;

deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles... sus riquezas...

su parque.

--¡Pero va usted á caer prisionero!--protestó el senador--. ¡Tal vez lo

maten!

Un gesto de indiferencia fué la respuesta. Se consideraba con energías

para luchar contra todos los ejércitos de Alemania defendiendo su

propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ¡y que se atreviese

alguien á tocar lo suyo!... El senador miró con asombro á este burgués

enfurecido por el sentimiento de la posesión. Se acordó de los

mercaderes árabes, humildes y pacíficos ordinariamente, que pelean y

mueren como fieras cuando los beduínos ladrones quieren apoderarse de

sus géneros. El momento no era para discusiones: cada cual debía pensar

en su propia suerte. El senador acabó por prestarse al deseo de su

amigo. Si tal era su gusto, podía cumplirlo. Y consiguió con su

influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al

encuentro del ejército.

Este viaje puso en contacto á don Marcelo con el extraordinario

movimiento que la guerra había desarrollado en las vías férreas. Su tren

tardó catorce horas en salvar una distancia corrida en dos normalmente.

Se componía de vagones de carga llenos de víveres y cartuchos, con las

puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado

por la escolta del tren: un pelotón de territoriales. En uno de segunda

se instaló Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios

oficiales que iban á incorporarse á sus regimientos después de terminar

las operaciones de movilización en las poblaciones que guarnecían antes

de la guerra. Los vagones de cola contenían sus caballos.

Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso á otros que se le

adelantaban repletos de soldados ó volvían hacia París con muchedumbres

fugitivas. Estos últimos estaban compuestos de plataformas de carga, y

en ellas se apelotonaban mujeres, niños, ancianos, revueltos con fardos

de ropas, maletas y carretillas que les habían servido para llevar hasta

la estación todo lo que restaba de sus ajuares. Eran á modo de

campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta días en

los apartaderos, dejando paso libre á los convoyes impulsados por las

necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada á las

detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalándose ante

la locomotora muerta ó esparciéndose por los campos inmediatos.

En las estaciones de alguna importancia, todas las vías estaban ocupadas

por rosarios de vagones. Las máquinas, á gran presión, silbaban,

impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos

trenes, equivocándose, descendiendo de unos coches para instalarse en

otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado á

otro guiando á los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de

montañas de objetos. En el convoy que llevaba á Desnoyers los

territoriales dormitaban, acostumbrados á la monótona operación de dar

escolta. Los encargados de los caballos habían abierto las puertas

corredizas de los vagones, sentándose en el borde con las piernas

colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, á través de los

campos de sombra, deteniéndose ante los faros rojos para avisar su

presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban

muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el

pecho. Día y noche estaban allí, reemplazándose, para que no pasase un

tren sin recibir su visita. Ofrecían en cestas y bandejas sus obsequios

á los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban

resistirse, pero habían de ceder finalmente ante el gesto triste de las

jóvenes. Hasta Desnoyers se vió asaltado por estos obsequios del

entusiasmo patriótico.

Pasó gran parte de la noche hablando con sus compañeros de viaje. Los

oficiales sólo tenían vagos indicios de dónde podrían encontrar á sus

regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su

situación. Pero fieles al deber, seguían adelante, con la esperanza de

llegar á tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba

realizados algunos viajes y era el único que se daba cuenta exacta de la

retirada. Cada vez hacía el tren un trayecto menor. Todos parecían

desorientados. ¿Por qué la retirada?... El ejército había sufrido

reveses indudablemente, pero estaba entero, y según su opinión debía

buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el

avance del enemigo. ¿Hasta dónde iban á retroceder?... ¡Ellos que dos

semanas antes discutían en sus guarniciones el punto de Bélgica donde

recibirían los adversarios el golpe mortal y por qué lugares invadirían

á Alemania las tropas victoriosas!...

Su decepción no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero

firme emergía sobre sus vacilaciones: el generalísimo era el único que

poseía el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobó, con el entusiasmo

ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su

confianza. ¡Joffre!... El caudillo serio y tranquilo lo arreglaría todo

finalmente. Nadie debía dudar de su fortuna: era de los hombres que

dicen siempre la última palabra.

Al amanecer abandonó el vagón. «Buena suerte.» Y estrechó las manos de

aquellos jóvenes animosos, que iban á morir tal vez en breve plazo. El

tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la

vía libre, y don Marcelo se vió solo en una estación. En tiempo normal

salía de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche;

pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados

habían pasado á las grandes líneas, abarrotadas por los transportes de

guerra.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 16 / 33 段