semejante al que se huele en un presidio ó un hospital pobre. Vió gentes
que parecían locas ó estúpidas por el dolor. No conocían exactamente el
lugar donde estaban; habían llegado hasta allí sin saber cómo. El
horroroso espectáculo de la invasión persistía en su memoria, ocupándola
por entero, no dejando lugar á las impresiones siguientes. Veían aún
cómo entraba la avalancha de los hombres con casco en sus tranquilos
pueblos: las casas cubiertas de llamas repentinamente, la soldadesca
haciendo fuego sobre los que huían, las mujeres agonizando destrozadas
bajo la aguda persistencia del ultraje carnal, los ancianos quemados
vivos, los niños deshechos á sablazos en sus cunas, todos los sadismos
de la bestia humana enardecida por el alcohol y la impunidad... Algunos
octogenarios contaban, llorando, cómo los soldados de un pueblo
civilizado cortaban los pechos á las mujeres para clavarlos en las
puertas, cómo paseaban á guisa de trofeo un recién nacido ensartado en
una bayoneta, cómo fusilaban á los ancianos en el mismo sillón donde los
tenía inmóviles su dolorosa vejez, torturándoles antes con burlescos
suplicios.
Habían huído sin saber adonde iban, perseguidos por el incendio y la
metralla, locos de terror, como escapaban las muchedumbres medioevales
ante el galopar de las hordas de hunos y mogoles. Y esta fuga había sido
á través de la Naturaleza en fiesta, en el más opulento de los meses,
cuando la tierra estaba erizada de espigas, cuando el cielo de Agosto
era más luminoso y los pájaros saludaban con su regocijo vocinglero la
opulencia de la cosecha.
Revivía la visión del inmenso crimen en aquel circo repleto de
muchedumbres errantes. Los niños gemían con un llanto igual al balido de
los corderos; los hombres miraban en torno con ojos de espanto; algunas
mujeres aullaban como locas. Las familias se habían disgregado en el
terror de la huída. Una madre de cinco pequeños sólo conservaba uno. Los
padres, al verse solos, pensaban con angustia en los desaparecidos.
¿Volverían á encontrarlos?... ¿Habrían muerto á aquellas horas?...
Don Marcelo regresó á su casa apretando los dientes, moviendo su bastón
de un modo alarmante. ¡Ah, bandidos!... Deseaba de pronto que su cuñada
cambiase de sexo; ¿por qué no era un hombre?... Aún le parecía mejor que
de repente pudiese tomar la forma de su marido von Hartrott. ¡Qué
entrevista tan interesante la de los dos cuñados!...
La guerra había despertado el sentimiento religioso en los hombres y
aumentado la devoción de las mujeres. Los templos estaban llenos. Doña
Luisa ya no limitaba sus excursiones á las iglesias del distrito. Con la
audacia que infunden las circunstancias extraordinarias, se lanzaba á
pie á través de París, yendo á la Magdalena, á Nuestra Señora ó al
lejano Sagrado Corazón, sobre la cumbre de Montmartre. Las fiestas
religiosas se animaban con el apasionamiento de las asambleas populares.
Los predicadores eran tribunos. El entusiasmo patriótico cortaba á veces
con aplausos los sermones. Todas las mañanas, la señora Desnoyers, al
abrir los periódicos, antes de buscar los telegramas de la guerra
perseguía otra noticia. «¿Adónde irá hoy Monseñor Amette?» Luego, bajo
las bóvedas del templo, unía su voz al coro devoto que imploraba una
intervención sobrenatural. «¡Señor, salva á la Francia!» La religiosidad
patriótica colocaba Santa Genoveva á la cabeza de los bienaventurados. Y
de todas estas fiestas volvía trémula de fe, esperando un milagro
semejante al que había realizado la santa de París ante las hordas
invasoras de Atila.
Doña Elena también visitaba las iglesias, pero las más cercanas á la
casa. Su cuñado la vió entrar una tarde en Saint-Honorée d'Eylau. El
templo estaba repleto de fieles; sobre el altar figuraban en haz las
banderas de Francia y las naciones aliadas. La muchedumbre implorante no
se componía únicamente de mujeres. Desnoyers vió hombres de su edad,
erguidos, graves, moviendo los labios, fijando en el altar una mirada
vidriosa que reflejaba como estrellas perdidas las llamas de los
cirios... Y volvió á sentir envidia... Eran padres que recordaban las
oraciones de su niñez pensando en los combates y en sus hijos. Don
Marcelo, que había considerado siempre con indiferencia á la religión,
reconoció de pronto la necesidad de la fe. Quiso orar como los otros,
con un rezo de intención vaga, indeterminada, comprendiendo en él á
todos los seres que luchaban y morían por una tierra que él no había
sabido defender.
Vió con escándalo cómo la esposa de Hartrott se arrodillaba entre estas
gentes, elevando luego los ojos para fijarlos en la cruz con una mirada
de angustiosa súplica. Pedía al cielo por su marido el alemán, que tal
vez á aquellas horas empleaba todas sus facultades de energúmeno en la
mejor organización del aplastamiento de los débiles; rezaba por sus
hijos, oficiales del rey de Prusia, que revólver en mano entraban en
pueblos y granjas, llevando ante ellos á la muchedumbre despavorida,
dejando á sus espaldas el incendio y la muerte. ¡Y estas oraciones iban
á confundirse con las de las madres que rogaban por la juventud
encargada de contener á los bárbaros, con los ruegos de aquellos hombres
graves y rígidos en su trágico dolor!...
Tuvo que contenerse para no gritar, y salió del templo. Su cuñada no
tenía derecho á arrodillarse entre aquellas gentes.
--Debían expulsarla--murmuró indignado--. Coloca á Dios en un compromiso
con sus oraciones absurdas.
Pero, á pesar de su cólera, tenía que sufrirla cerca de él, esforzándose
al mismo tiempo por evitar que trascendiese al exterior la segunda
nacionalidad que había adquirido con su matrimonio.
Representaba un gran tormento para don Marcelo contener sus palabras
cuando estaba en el comedor con la familia. Quería evitar la nerviosidad
de su cuñada, que prorrumpía en lágrimas y suspiros á la menor alusión
contra su héroe; temía igualmente las quejas de la esposa, pronta
siempre á defender á su hermana como si fuese una víctima... ¡Que un
hombre de su carácter se viese obligado en la propia casa á vigilar su
lengua y hablar con eufemismos!... La única satisfacción que podía
permitirse consistía en dar noticias de las operaciones militares. Los
franceses habían entrado en Bélgica. «Parece que los _boches_ han
recibido un buen golpe.» El menor choque de caballería, un simple
encuentro de avanzadas, lo glorificaba como un hecho decisivo. «También
en Lorena nos los llevamos por delante...» Pero de repente pareció
cegarse la fuente de optimismos. En el mundo no ocurría nada
extraordinario, á juzgar por los periódicos. Seguían publicando
historietas de la guerra para mantener el entusiasmo, pero ninguna
noticia cierta. El gobierno lanzaba comunicados de vaga y retórica
sonoridad. Desnoyers se alarmó: su instinto le avisaba el peligro. «Algo
hay que no marcha--pensaba--; debe haberse roto algún resorte.»
Esta falta de noticias coincidió con una repentina animación de doña
Elena. ¿Con quién hablaba aquella mujer? ¿Qué encuentros eran los suyos
cuando salía á la calle?... Sin perder su humildad de víctima, con la
mirada dolorosa y la boca algo torcida, hablaba y hablaba
traidoramente. ¡El tormento de don Marcelo al escuchar al enemigo
albergado en su casa!... Los franceses habían sido derrotados á un mismo
tiempo en Lorena y en Bélgica. Un cuerpo de ejército se había
desbandado: muchos prisioneros, muchos cañones perdidos. «¡Mentiras,
exageraciones de los alemanes!», gritaba Desnoyers. Y Chichí ahogaba con
sus carcajadas de muchacha insolente las noticias de la tía de Berlín,
«Yo no sé--continuaba ésta con maligna molestia--; tal vez no sea
cierto. Lo he oído decir.» Su cuñado se indignaba. ¿Dónde lo había oído
decir? ¿Quién le daba tales noticias?...
Y para desahogar su mal humor, prorrumpía en imprecaciones contra el
espionaje enemigo, contra la incuria de la policía, que toleraba la
permanencia de tantos alemanes ocultos en París. Pero de pronto tenía
que callarse, al pensar en su propia conducta. El también contribuía
involuntariamente á mantener y albergar al enemigo.
La caída del ministerio y la constitución de un gobierno de defensa
nacional le hicieron ver que algo grave estaba ocurriendo. Las alarmas y
lloros de doña Luisa aumentaron su nerviosidad. Ya no volvía la buena
señora entusiasmada y heroica de sus visitas á las iglesias. Las
conversaciones á solas con su hermana le infundían un terror que
pretendía comunicar luego al esposo. «Todo está perdido... Elena es la
única que sabe la verdad.»
Desnoyers fué en busca del senador Lacour. Conocía á todos los
ministros: nadie mejor enterado que él. «Sí, amigo mío--dijo el
personaje con tristeza--, dos grandes descalabros en Morhange y en
Charleroi, al Este y al Norte. Los enemigos van á invadir el suelo de
Francia... Pero nuestro ejército se mantiene intacto y se retira en buen
orden. Aún puede cambiar la fortuna. Una gran desgracia, pero no está
todo perdido.»
Los preparativos de defensa de París eran activados... algo tarde. Los
fuertes se armaban con nuevos cañones; desaparecían bajo los picos de la
demolición oficial las casuchas elevadas en la zona de tiro durante los
años de paz; los árboles de las avenidas exteriores caían cortados para
ensanchar el horizonte; barricadas de sacos de tierra y de troncos
obstruían las puertas de las antiguas murallas. Los curiosos recorrían
los alrededores para admirarlas trincheras recién abiertas y los
alambrados con púas. El Bosque de Bolonia se llenaba de rebaños. Junto á
montañas de alfalfa seca, toros y ovejas se agrupaban en las praderas de
fino césped. La seguridad del sustento preocupaba á una población que
mantenía vivo aún el recuerdo de las miserias sufridas en 1870. Cada
noche era más débil el alumbrado en las calles. El cielo, en cambio,
estaba rayado incesantemente por las mangas de luz de los reflectores.
El miedo á una agresión aérea venía á aumentar las inquietudes públicas.
Las gentes medrosas hablaban de los zeppelines, atribuyéndoles un poder
irresistible, con la exageración que acompaña á los peligros
misteriosos.
Doña Luisa aturdía con su pánico al marido. Este pasaba los días en una
alarma continua, teniendo que infundir ánimo á su mujer, temblorosa y
lloriqueante. «Van á llegar, Marcelo; me lo dice el corazón. Yo no puedo
vivir así. La niña... ¡la niña!» Aceptaba ciegamente todas las
afirmaciones de su hermana. Lo único que ponía en duda era la
caballerosidad y la disciplina de aquellas tropas en las que figuraban
sus sobrinos. Las noticias de las atrocidades cometidas en Bélgica con
las mujeres le merecían igual fe que los avances del enemigo anunciados
por Elena. «La niña, Marcelo... ¡la niña!» Y el caso era que la niña,
objeto de tales inquietudes, reía con la insolencia de su juventud
vigorosa, al escuchar á la madre: «Que vengan esos sinvergüenzas.
Tendría gusto en verles la cara.» Y contraía la diestra, como si
empuñase ya el cuchillo vengador.
El padre se cansó de esta situación. Le quedaba uno de sus
automóviles-monumentos, que podía guiar un _chauffeur_ extranjero. El
senador Lacour obtuvo los papeles necesarios para el viaje de la
familia, y Desnoyers dió órdenes á su esposa con un tono que no admitía
réplica. Debían irse á Biarritz ó á las estaciones veraniegas del Norte
de España. Casi todas las familias sudamericanas habían salido en la
misma dirección. Doña Luisa intentó oponerse: le era imposible partir
sin su esposo. En tantos años de matrimonio no se habían separado una
sola vez. Pero la hosca negativa de don Marcelo cortó sus protestas. Él
se quedaba. Entonces, la pobre señora corrió á la _rue de la Pompe_. ¡Su
hijo!... Julio apenas escuchó á la madre. ¡Ay, éste se quedaba también!
Y al fin, el imponente automóvil emprendió la marcha hacia el Sur,
llevando á doña Luisa, á su hermana, que aceptaba con gusto este
alejamiento de las admiradas tropas del emperador, y á Chichí, contenta
de que la guerra le proporcionase una excursión á las playas de moda
frecuentadas por sus amigas.
Don Marcelo se vió solo. Las doncellas cobrizas habían seguido en
ferrocarril la fuga de las señoras. Al principio se sintió desorientado
en esta soledad; le causaron extrañeza las comidas en el restorán, las
noches pasadas en unas habitaciones desiertas y enormes que guardaban
aún las huellas de su familia. Los otros pisos de la casa estaban
igualmente vacíos. Todos los habitantes eran extranjeros que habían
escapado discretamente, ó franceses sorprendidos por la guerra cuando
veraneaban en sus posesiones del campo.
El instinto le hizo ir en sus paseos hasta la _rue de la Pompe_, mirando
de lejos el ventanal del estudio. ¿Qué haría su hijo?... De seguro que
continuaba su vida alegre é inútil. Para hombres como él, nada existía
más allá de las frivolidades de su egoísmo.
Desnoyers estaba satisfecho de su resolución. Seguir á la familia le
parecía un delito. Bastante le martirizaba el recuerdo de su fuga á
América. «No, no vendrán--se dijo repetidas veces, con el optimismo del
entusiasmo--. Tengo el presentimiento de que no llegarán á París. ¡Y si
llegan...!» La ausencia de los suyos le proporcionaba el valor alegre y
desenfadado de la juventud. Por su edad y sus dolencias no era capaz de
hacer la guerra á campo raso, pero podía disparar un fusil, inmóvil en
una trinchera, sin miedo á la muerte. ¡Que vinieran!... Lo deseaba con
la vehemencia de un buen pagador ganoso de satisfacer cuanto antes una
deuda antigua.
Encontró en las calles de París muchos grupos de fugitivos. Eran del
Norte y el Este de Francia y habían escapado ante el avance de los
alemanes. De todos los relatos de esta muchedumbre dolorosa, que no
sabía adónde ir y no contaba con otro recurso que la piedad de las
gentes, lo más impresionante para él eran los atentados á la propiedad.
Fusilamientos y asesinatos le hacían cerrar los puños, prorrumpiendo en
deseos de venganza. Pero los robos autorizados por los jefes, los
saqueos en masa por orden superior, seguidos del incendio, le parecían
tan inauditos, que permanecía silencioso, como si la estupefacción
paralizase su pensamiento. ¡Y un pueblo con leyes podía hacer la guerra
de este modo, lo mismo que una tribu de indios que parte al combate para
robar!... Su adoración al derecho de propiedad se revolvía furiosa
contra estos sacrilegios.
Empezó á preocuparse de su castillo de Villeblanche. Todo lo que poseía
en París le pareció repentinamente de escasa importancia comparado con
lo que guardaba en la «mansión histórica». Sus mejores cuadros estaban
allá, adornando los salones sombríos; allá también los muebles
arrancados á los anticuarios tras una batalla de pujas, y las vitrinas
repletas, los tapices, las vajillas de plata.
Repasaba en su memoria todos los objetos, sin que uno solo escapase á
este inventario mental. Cosas que había olvidado resurgían ahora en su
recuerdo, y el miedo á perderlas parecía darle mayor brillo, agrandando
su tamaño, infundiéndolas nuevo valor. Todas las riquezas de
Villeblanche se concentraban en una adquisición, que era la más admirada
por Desnoyers, viendo en ella la gloria de su enorme fortuna, el mayor
alarde de lujo que podía permitirse un millonario.
«La bañadera de oro--pensó--. Tengo allá mi tina de oro.»
Este baño de precioso metal lo había adquirido en una subasta, juzgando
tal compra como el acto más culminante de su opulencia. No sabía con
certeza su origen: tal vez era un mueble de príncipes; tal vez debía la
existencia al capricho de una cocota ansiosa de ostentación. El y los
suyos habían formado una leyenda en torno de esta cavidad de oro
adornada con garras de león, delfines y bustos de náyades.
Indudablemente procedía de reyes. Chichí afirmaba con gravedad que era
el baño de María Antonieta. Y toda la familia, considerando modesto y
burgués el piso de la avenida Víctor Hugo para guardar esta joya, había
acordado depositarla en el castillo, respetada, inútil y solemne como
una pieza de museo... ¿Y esto se lo podían llevar los enemigos si
llegaban en su avance hasta el Marne, así como las demás riquezas
reunidas con tanta paciencia?... ¡Ah, no! Su alma de coleccionista era
capaz de los mayores heroísmos para evitarlo.
Cada día aportaba una ola nueva de malas noticias. Los periódicos decían
poco; el gobierno hablaba con un lenguaje obscuro, que sumía el ánimo en
perplejidades. Sin embargo, la verdad se abría paso misteriosamente,
empujada por el pesimismo de los alarmistas y por los manejos de los
espías enemigos que permanecían ocultos en París. Las gentes se
comunicaban las fatales nuevas al oído: «Ya han pasado la frontera...»
«Ya están en Lille...» Avanzaban á razón de cincuenta kilómetros por
día. El nombre de von Kluck empezaba á hacerse familiar. Ingleses y
franceses retrocedían ante el movimiento envolvente de los invasores.
Algunos esperaban un nuevo Sedán. Desnoyers seguía el avance del enemigo
yendo diariamente á la estación del Norte. Cada veinticuatro horas se
achicaba el radio de circulación de los viajeros. Los avisos anunciando
que no se expendían billetes para determinadas poblaciones del Norte
indicaban cómo iban cayendo éstas, una tras otra, en poder del invasor.
El empequeñecimiento del territorio nacional se efectuaba con una
regularidad metódica, á razón de cincuenta kilómetros diarios. Con el
reloj á la vista podía anunciarse á qué hora iban á saludar con sus
lanzas los primeros hulanos la aparición de la torre Eiffel en el
horizonte. Los trenes llegaban repletos, desbordando fuera de sus
vagones los racimos de gentes.
Y fué en estos momentos de general angustia cuando don Marcelo visitó á
su amigo el senador Lacour para asombrarle con la más inaudita de las
peticiones. Quería ir inmediatamente á su castillo. Cuando todos huían
hacia París, él necesitaba marchar en dirección contraria. El senador no
pudo creer lo que escuchaba.
--¡Está usted loco!--exclamó--. Hay que salir de París, pero con
dirección al Sur. A usted se lo digo solamente, y cállelo, porque es un
secreto. Nos vamos de un momento á otro; todos nos vamos: el presidente,
el gobierno, las Cámaras. Nos instalaremos en Burdeos, como en 1870. El
enemigo va á llegar: es asunto de días... de horas. Sabemos poco de lo
que ocurre, pero todas las noticias son malas. El ejército se mantiene
firme, aún está intacto, pero se retira... se retira, cediendo
terreno... Créame, lo mejor es marcharse de París. Gallieni lo
defenderá, pero la defensa va á ser dura y penosa... Aunque caiga París,
no por eso caerá Francia. Continuaremos la guerra si es necesario hasta
la frontera de España... Pero esto es triste, ¡muy triste!
Y ofreció á su amigo el llevarle con él en la retirada á Burdeos, que
muy pocos conocían en aquellos momentos. Desnoyers movió la cabeza. No;
deseaba ir al castillo de Villeblanche. Sus muebles... sus riquezas...
su parque.
--¡Pero va usted á caer prisionero!--protestó el senador--. ¡Tal vez lo
maten!
Un gesto de indiferencia fué la respuesta. Se consideraba con energías
para luchar contra todos los ejércitos de Alemania defendiendo su
propiedad. Lo importante era instalarse en ella, ¡y que se atreviese
alguien á tocar lo suyo!... El senador miró con asombro á este burgués
enfurecido por el sentimiento de la posesión. Se acordó de los
mercaderes árabes, humildes y pacíficos ordinariamente, que pelean y
mueren como fieras cuando los beduínos ladrones quieren apoderarse de
sus géneros. El momento no era para discusiones: cada cual debía pensar
en su propia suerte. El senador acabó por prestarse al deseo de su
amigo. Si tal era su gusto, podía cumplirlo. Y consiguió con su
influencia que saliese aquella misma noche en un tren militar que iba al
encuentro del ejército.
Este viaje puso en contacto á don Marcelo con el extraordinario
movimiento que la guerra había desarrollado en las vías férreas. Su tren
tardó catorce horas en salvar una distancia corrida en dos normalmente.
Se componía de vagones de carga llenos de víveres y cartuchos, con las
puertas cerradas y selladas. Un coche de tercera clase estaba ocupado
por la escolta del tren: un pelotón de territoriales. En uno de segunda
se instaló Desnoyers, con el teniente que mandaba este grupo y varios
oficiales que iban á incorporarse á sus regimientos después de terminar
las operaciones de movilización en las poblaciones que guarnecían antes
de la guerra. Los vagones de cola contenían sus caballos.
Se detuvo el tren muchas veces para dejar paso á otros que se le
adelantaban repletos de soldados ó volvían hacia París con muchedumbres
fugitivas. Estos últimos estaban compuestos de plataformas de carga, y
en ellas se apelotonaban mujeres, niños, ancianos, revueltos con fardos
de ropas, maletas y carretillas que les habían servido para llevar hasta
la estación todo lo que restaba de sus ajuares. Eran á modo de
campamentos rodantes que se inmovilizaban muchas horas y hasta días en
los apartaderos, dejando paso libre á los convoyes impulsados por las
necesidades apremiantes de la guerra. La muchedumbre, habituada á las
detenciones interminables, desbordaba fuera del tren, instalándose ante
la locomotora muerta ó esparciéndose por los campos inmediatos.
En las estaciones de alguna importancia, todas las vías estaban ocupadas
por rosarios de vagones. Las máquinas, á gran presión, silbaban,
impacientes de partir. Los grupos de soldados dudaban ante los diversos
trenes, equivocándose, descendiendo de unos coches para instalarse en
otros. Los empleados, calmosos y con aire de fatiga, iban de un lado á
otro guiando á los hombres, dando explicaciones, disponiendo la carga de
montañas de objetos. En el convoy que llevaba á Desnoyers los
territoriales dormitaban, acostumbrados á la monótona operación de dar
escolta. Los encargados de los caballos habían abierto las puertas
corredizas de los vagones, sentándose en el borde con las piernas
colgantes. El tren marchaba lentamente en la noche, á través de los
campos de sombra, deteniéndose ante los faros rojos para avisar su
presencia con largos silbidos. En algunas estaciones se presentaban
muchachas vestidas de blanco, con escarapelas y banderitas sobre el
pecho. Día y noche estaban allí, reemplazándose, para que no pasase un
tren sin recibir su visita. Ofrecían en cestas y bandejas sus obsequios
á los soldados: pan, chocolate, frutas. Muchos, por hartura, intentaban
resistirse, pero habían de ceder finalmente ante el gesto triste de las
jóvenes. Hasta Desnoyers se vió asaltado por estos obsequios del
entusiasmo patriótico.
Pasó gran parte de la noche hablando con sus compañeros de viaje. Los
oficiales sólo tenían vagos indicios de dónde podrían encontrar á sus
regimientos. Las operaciones de la guerra cambiaban diariamente su
situación. Pero fieles al deber, seguían adelante, con la esperanza de
llegar á tiempo para el combate decisivo. El jefe de la escolta llevaba
realizados algunos viajes y era el único que se daba cuenta exacta de la
retirada. Cada vez hacía el tren un trayecto menor. Todos parecían
desorientados. ¿Por qué la retirada?... El ejército había sufrido
reveses indudablemente, pero estaba entero, y según su opinión debía
buscar el desquite en los mismos lugares. La retirada dejaba libre el
avance del enemigo. ¿Hasta dónde iban á retroceder?... ¡Ellos que dos
semanas antes discutían en sus guarniciones el punto de Bélgica donde
recibirían los adversarios el golpe mortal y por qué lugares invadirían
á Alemania las tropas victoriosas!...
Su decepción no revelaba desaliento. Una esperanza indeterminada pero
firme emergía sobre sus vacilaciones: el generalísimo era el único que
poseía el secreto de los sucesos. Y Desnoyers aprobó, con el entusiasmo
ciego que le inspiraban las personas cuando depositaba en ellas su
confianza. ¡Joffre!... El caudillo serio y tranquilo lo arreglaría todo
finalmente. Nadie debía dudar de su fortuna: era de los hombres que
dicen siempre la última palabra.
Al amanecer abandonó el vagón. «Buena suerte.» Y estrechó las manos de
aquellos jóvenes animosos, que iban á morir tal vez en breve plazo. El
tren pudo seguir su camino inmediatamente al encontrar por casualidad la
vía libre, y don Marcelo se vió solo en una estación. En tiempo normal
salía de ella un ferrocarril secundario que pasaba por Villeblanche;
pero el servicio estaba suspendido por falta de personal. Los empleados
habían pasado á las grandes líneas, abarrotadas por los transportes de
guerra.