Era una carta que su hermano le había enviado desde los Vosgos. Hablaba

en ella de Laurier más que de su propia persona. Pertenecían á distinta

batería, pero figuraban en la misma división y habían tomado parte en

iguales combates. El oficial admiraba á su antiguo cuñado. ¡Quién habría

podido adivinar un héroe futuro en aquel ingeniero tranquilo y

silencioso!... Y sin embargo, era un verdadero héroe. Lo proclamaba el

hermano de Margarita, y con él todos los oficiales que le habían visto

cumplir su deber tranquilamente, arrostrando la muerte con la misma

frialdad que si estuviese en su fábrica, cerca de París.

Solicitaba el puesto arriesgado de observador, deslizándose lo más cerca

posible de los enemigos para vigilar la exactitud del tiro de la

artillería, rectificándolo con sus indicaciones telefónicas. Un obús

alemán había demolido la casa en cuyo techo estaba oculto. Laurier, al

salir indemne de entre los escombros, reajustó su teléfono y fué

tranquilamente á continuar el mismo trabajo en el ramaje de una arboleda

cercana. Su batería, descubierta en un combate desfavorable por los

aeroplanos enemigos, había recibido el fuego concentrado de la

artillería de enfrente. En pocos minutos rodó por el suelo todo el

personal: muerto el capitán y varios soldados, heridos los oficiales y

casi todos los sirvientes de las piezas. Sólo quedó como jefe Laurier

_el Impasible_--así lo apodaban sus camaradas--, y auxiliado por los

pocos artilleros que se mantenían de pie, siguió disparando, bajo una

lluvia de hierro y fuego, para cubrir la retirada de un batallón.

«Lo han citado dos veces en la orden del día--continuaba leyendo

Margarita--. Creo que no tardará en conseguir la cruz. Es todo un

valiente. ¡Quién lo hubiese creído hace unas semanas!...»

Ella no participaba de este asombro. Al vivir con Laurier había

entrevisto muchas veces la firmeza de su carácter, el arrojo disimulado

por su exterior apacible. Por algo la avisaba el instinto, haciéndole

temer la cólera del marido en los primeros tiempos de su infidelidad.

Recordaba el gesto de aquel hombre al sorprenderla una noche á la salida

de la casa de Julio. Era de los apasionados que matan. Y sin embargo,

no había intentado la menor violencia contra ella... El recuerdo de este

respeto despertaba en Margarita un sentimiento de gratitud. Tal vez la

había amado como ningún otro hombre.

Sus ojos, con un deseo irresistible de comparación, se fijaban en

Desnoyers, admirando su gentileza juvenil. La imagen de Laurier, pesada

y vulgar, acudía á su memoria como un consuelo. Era cierto que el

oficial entrevisto por ella en la estación al despedir á su hermano no

se parecía á su antiguo marido. Pero Margarita quiso olvidar al teniente

pálido y de aire triste que había pasado ante sus ojos, para acordarse

únicamente del industrial preocupado de las ganancias é incapaz de

comprender lo que ella llamaba «las delicadezas de una mujer _chic_».

Decididamente, Julio era más seductor. No se arrepentía de su pasado: no

quería arrepentirse.

Y su egoísmo amoroso le hizo repetir una vez más las mismas

exclamaciones:

--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué alegría verte libre de los

peligros de la guerra!

Julio sintió la irritación de siempre al oir esto. Le faltó poco para

cerrar con una mano la boca de su amante. ¿Quería burlarse de él?... Era

un insulto colocarlo aparte de los otros hombres.

Mientras tanto, ella, con el ilogismo de su aturdimiento, insistía en

hablar de Laurier, comentando sus hazañas.

--No le quiero, no le he querido nunca. No pongas la cara triste. ¿Cómo

puede compararse el pobre contigo?... Pero hay que reconocer que ofrece

cierto interés en su nueva existencia. Yo me alegro de sus hazañas como

si fuesen de un amigo viejo, de una visita de mi familia á la que no

hubiese visto en mucho tiempo... El pobre merecía mejor suerte: haber

encontrado una mujer que no fuese yo, una compañera al nivel de sus

aspiraciones... Te digo que me da lástima.

Y esta lástima era tan intensa, que humedecía sus ojos, despertando en

el amante la tortura de los celos.

De estas entrevistas salía Desnoyers malhumorado y sombrío.

--Sospecho que estamos en una situación falsa--dijo una mañana á

Argensola--; la vida va á sernos cada vez más penosa. Es difícil

permanecer tranquilo, siguiendo la misma existencia de antes, en medio

de un pueblo que se bate.

El compañero creía lo mismo. También consideraba insufrible su

existencia de extranjero joven en este París agitado por la guerra.

--Debe uno ir enseñando los papeles á cada instante para que la policía

se convenza de que no ha encontrado á un desertor. En un vagón del Metro

tuve que explicar la otra tarde que era español á unas muchachas que se

extrañaban de que no estuviese en el frente... Una de ellas, luego de

conocer mi nacionalidad, me preguntó con sencillez por qué no me ofrecía

como voluntario... Ahora han inventado una palabra: «emboscado». Estoy

harto de las miradas irónicas con que acogen mi juventud en todas

partes; me da rabia que me tomen por un francés «emboscado».

Una ráfaga de heroísmo sacudía al impresionable bohemio. Ya que todos

iban á la guerra, él quería hacer lo mismo. No sentía miedo á la muerte:

lo único que le aterraba era la servidumbre militar, el uniforme, la

obediencia mecánica á toque de trompeta, la supeditación ciega á los

jefes. Batirse no ofrecía para él dificultades, pero libremente ó

mandando á otros, pues su carácter se encabritaba ante todo lo que

significase disciplina. Los grupos extranjeros de París intentaban

organizar cada uno su legión de voluntarios, y él proyectaba igualmente

la suya: un batallón de españoles é hispanoamericanos, reservándose,

naturalmente, la presidencia del comité organizador y luego la

comandancia del cuerpo.

Había lanzado anuncios en los periódicos: lugar de inscripción, el

estudio de la _rue de la Pompe_. En diez días se habían presentado dos

voluntarios: un oficinista, resfriado en pleno verano, que exigía ser

oficial porque llevaba chaqué, y un tabernero español que á las primeras

palabras quiso despojar de su comandancia á Argensola con el fútil

pretexto de haber sido soldado en su juventud, mientras el otro sólo era

un pintor. Veinte batallones españoles se iniciaban al mismo tiempo con

igual éxito en distintos lugares de París. Cada entusiasta quería ser

jefe de los demás, con la soberbia individualista y la repugnancia á la

disciplina propias de la raza. Al fin, los futuros caudillos, faltos de

soldados, buscaban inscribirse como simples voluntarios... pero en un

regimiento francés.

--Yo espero á ver qué hacen los Garibaldi--dijo Argensola

modestamente--. Tal vez me vaya con ellos.

Este nombre glorioso le hacía tolerable la servidumbre guerrera. Pero

luego vacilaba: tendría de todos modos que obedecer á alguien en este

cuerpo de voluntarios, y él era rebelde á una obediencia que no fuese

precedida de largas discusiones... ¿Qué hacer?

--Ha cambiado la vida en medio mes--- continuó--. Parece que hayamos

caído en otro planeta: nuestras habilidades antiguas carecen de sentido.

Otros pasan á las primeras filas, los más humildes y obscuros, los que

ocupaban antes el último término. El hombre refinado y de complicaciones

espirituales se ha hundido, quién sabe por cuántos años... Ahora sube á

la superficie como triunfador el hombre simple, de ideas limitadas, pero

firmes, que sabe obedecer. Ya no estamos de moda.

Desnoyers asintió. Así era: ya no estaban de moda. El podía afirmarlo,

que había conocido la notoriedad y pasaba ahora como un desconocido

entre las mismas gentes que le admiraban meses antes.

--Tu reino ha terminado--dijo Argensola riendo--. De nada te sirve ser

buen mozo. Yo, con un uniforme y una cruz en el pecho, te vencería ahora

en una rivalidad amorosa. El oficial únicamente hace soñar en tiempos de

paz á las señoritas de provincias. Pero estamos en guerra, y toda mujer

tiene despierto el entusiasmo ancestral que sintieron sus remotas

abuelas por la bestia agresiva y fuerte... Las grandes damas que hace

meses complicaban sus deseos con sutilezas psicológicas, admiran ahora

al militar con la misma sencillez de la criada que busca al soldado de

línea. Sienten ante el uniforme el entusiasmo humilde y servil de las

hembras de animalidad inferior ante las crestas, melenas y plumajes de

sus machos peleadores. ¡Ojo, maestro!... Hay que seguir el nuevo curso

del tiempo ó resignarse á perecer obscuramente: el tango ha muerto.

Y Desnoyers pensó que, efectivamente, eran dos seres que estaban al

margen de la vida. Esta había dado un salto, cambiando de cauce. No

quedaba lugar en la nueva existencia para aquel pobre pintor de almas y

para él, héroe de una vida frívola, que había alcanzado de cinco á siete

de la tarde los triunfos más envidiados por los hombres.

III

La retirada

La guerra había extendido uno de sus tentáculos hasta la avenida Víctor

Hugo. Era una guerra sorda, en la que el enemigo, blando, informe,

gelatinoso, parecía escaparse de entre las manos para reanudar un poco

más allá sus hostilidades.

--Tengo á Alemania metida en casa--decía Marcelo Desnoyers.

Alemania era doña Elena, la esposa de von Hartrott. ¿Por qué no se la

había llevado su hijo, aquel profesor de inaguantable insuficiencia, que

él consideraba ahora como un espía?... ¿Por qué capricho sentimental

había querido permanecer al lado de su hermana, perdiendo la oportunidad

de regresar á Berlín antes de que se cerrasen las fronteras?...

La presencia de esta mujer era para él un motivo de remordimientos y

alarmas. Afortunadamente, los criados, el _chauffeur_, todos los de la

servidumbre masculina, estaban en el ejército. Las dos _chinas_

recibieron una orden con tono amenazante. Mucho cuidado al hablar con

las otras criadas francesas; ni la menor alusión á la nacionalidad del

marido de doña Elena y al domicilio de su familia. Doña Elena era

argentina... Pero á pesar del silencio de las doncellas, don Marcelo

temía alguna denuncia del patriotismo exaltado, que se dedicaba con

incansable fervor á la caza de espías, y que la hermana de su mujer se

viese confinada en un campo de concentración como sospechosa de tratos

con el enemigo.

La señora von Hartrott correspondía mal á estas inquietudes. En vez de

guardar un discreto silencio, introducía la discordia en la casa con sus

opiniones.

Durante los primeros días de la guerra se mantuvo encerrada en su

cuarto, reuniéndose con la familia solamente cuando la llamaban al

comedor. Con los labios fruncidos y la mirada perdida se sentaba á la

mesa, fingiendo no escuchar los desbordamientos verbales del entusiasmo

de don Marcelo. Este describía las salidas de tropas, las escenas

conmovedoras en calles y estaciones, comentando con un optimismo incapaz

de duda las primeras noticias de la guerra. Dos cosas consideraba por

encima de toda discusión. La bayoneta era el secreto del francés, y los

alemanes sentían un estremecimiento de pavor ante su brillo, escapando

irremediablemente. El cañón de 75 se había acreditado como una joya

única. Sólo sus disparos eran certeros. La artillería enemiga le

inspiraba lástima, pues si alguna vez daba en el blanco casualmente, sus

proyectiles no llegaban á estallar... Además, las tropas francesas

habían entrado victoriosas en Alsacia: ya eran suyas varias poblaciones.

--Ahora no es como en el 70--decía, blandiendo el tenedor ó agitando la

servilleta.--. Los vamos á llevar á patadas al otro lado del Rhin. ¡A

patadas!... ¡eso es!

Chichí asentía con entusiasmo, mientras doña Elena elevaba sus ojos como

si protestase silenciosamente ante alguien que estaba oculto en el

techo, poniéndolo por testigo de tantos errores y blasfemias.

Doña Luisa iba á buscarla después en el retiro de su habitación,

creyéndola necesitada de consuelo por vivir lejos de los suyos. «La

romántica» no mantenía su digno silencio ante esta hermana que siempre

había acatado su instrucción superior. Y la pobre señora quedaba

aturdida por el relato que le iba haciendo de las fuerzas enormes de

Alemania, con toda su autoridad de esposa de un gran patriota germánico

y madre de un profesor casi célebre. Los millones de hombres surgían á

raudales de su boca; luego desfilaban los cañones á millares, los

morteros monstruosos, enormes como torres. Y sobre estas inmensas

fuerzas de destrucción aparecía un hombre que valía por sí solo un

ejército, que lo sabía todo y lo podía todo, hermoso, inteligente é

infalible como un dios: el emperador.

--Los franceses ignoran lo que tienen enfrente--- continuaba doña

Elena--. Los van á aniquilar. Es asunto de un par de semanas. Antes que

termine Agosto, el emperador habrá entrado en París.

Impresionada la señora Desnoyers por estas profecías, no podía

ocultarlas á su familia. Chichí se indignaba contra la credulidad de la

madre y el germanismo de su tía. Un enardecimiento belicoso se había

apoderado del antiguo «peoncito». ¡Ay, si las mujeres pudiesen ir á la

guerra!... Se veía de jinete en un regimiento de dragones, cargando al

enemigo con otras amazonas tan arrogantes y hermosotas como ella. Luego,

la afición al patinaje predominaba sobre sus gustos de cabalgadora, y

quería ser cazador alpino, «diablo azul» de los que se deslizan sobre

largos patines, con la carabina en la espalda y el _alpenstock_ en la

diestra, por las nevadas pendientes de los Vosgos.

Pero el gobierno despreciaba á las mujeres, y ella no podía obtener otra

participación en la guerra que la de admirar el uniforme de su novio

René Lacour, convertido en soldado. El hijo del senador ofrecía un lindo

aspecto. Alto, rubio, de una delicadeza algo femenil que recordaba á la

difunta madre, René era un «soldadito de azúcar» en opinión de su novia.

Chichí experimentaba cierto orgullo al salir á la calle al lado de este

guerrero, encontrando que al uniforme había aumentado las gracias de su

persona. Pero una contrariedad fué nublando poco á poco su alegría. El

príncipe senatorial no era mas que soldado raso. Su ilustre padre, por

miedo á que la guerra cortase para siempre la dinastía de los Lacour,

preciosa para el Estado, lo había hecho agregar á los servicios

auxiliares del ejército. De este modo, Lacour (hijo) no saldría de

París. Pero en tal situación, era un soldado igual á los que amasan

panes ó remiendan capotes. Únicamente yendo al frente de la guerra, su

calidad de alumno de la Escuela Central podía, hacer de él un

subteniente agregado á la artillería de reserva.

--¡Qué felicidad que te quedes en París! ¡Cuánto me gusta que seas

simple soldado!...

Y al mismo tiempo que Chichí decía esto, pensaba con envidia en sus

amigas cuyos novios y hermanos eran oficiales. Ellas podían salir á la

calle escoltadas por un kepis galoneado que atraía las miradas de los

transeuntes y los saludos de los inferiores.

Cada vez que doña Luisa, aterrada por los vaticinios de su hermana,

pretendía comunicar su pavor á la hija, ésta se revolvía furiosa:

--¡Mentiras de la tía!... Como su marido es alemán, todo lo ve á gusto

de sus deseos. Papá sabe más; el padre de René está mejor enterado de

las cosas. Les vamos á largar la gran paliza. ¡Qué gusto que golpeen á

mi tío de Berlín y á todos mis primos, tan pretenciosos!...

--Cállate--gemía la madre--. No digas disparates. La guerra te ha vuelto

loca como á tu padre.

La buena señora se escandalizaba al escuchar la explosión de sus

salvajes deseos siempre que hacía memoria del emperador. En tiempo de

paz, Chichí había admirado algo á este personaje «Es guapo--decía--pero

con una sonrisa muy ordinaria.» Ahora todos sus odios los concentraba en

él. ¡Las mujeres que lloraban por su culpa á aquellas horas! ¡Las madres

sin hijos, las mujeres sin esposo, los pobres niños abandonados ante las

poblaciones en llamas!... ¡Ah, mal hombre!... Surgía en su diestra el

antiguo cuchillo de «peoncito», una daga con puño de plata y funda

cincelada, regalo del abuelo, que había exhumado de entre los recuerdos

de su infancia, olvidados en una maleta. El primer alemán que se

acercase á ella estaba condenado á muerte. Doña Luisa se aterraba

viéndola blandir el arma ante el espejo de su tocador. Ya no quería ser

soldado de caballería ni «diablo azul». Se contentaba con que la

dejasen en un espacio cerrado, frente al monstruo odioso. En cinco

minutos resolvería ella el conflicto mundial.

--¡Defiéndete, _boche_!--gritaba poniéndose en guardia, como lo había

visto hacer en su niñez á los peones de la estancia.

Y con una cuchillada de abajo á arriba echaba al aire las majestáticas

entrañas. Acto seguido resonaba en su cerebro una aclamación, el suspiro

gigantesco de millones de mujeres que se veían libres de la más

sangrienta de las pesadillas gracias á ella, que era Judith, Carlota

Corday, un resumen de todas las hembras heroicas que mataron por hacer

el bien. Su furia salvadora le hacía continuar puñal en mano la

imaginaria matanza. ¡Segundo golpe!: el príncipe heredero rodando por un

lado y su cabeza por otro. ¡Una lluvia de cuchilladas!: todos los

generales invencibles de que hablaba su tía huyendo con las tripas en

las manos, y á la cola de ellos, como lacayo adulador que recibía

igualmente su parte, el tío de Berlín... ¡Ay, si se le presentase

ocasión para realizar sus deseos!

--Estás loca--protestaba la madre--: loca de remate. ¿Cómo puede decir

eso una señorita?...

Doña Elena, al sorprender fragmentariamente estos delirios de su

sobrina, elevaba los ojos al cielo, absteniéndose en adelante de

comunicarle sus opiniones, que reservaba enteras para la madre.

La indignación de don Marcelo tomaba otra forma cuando su esposa le

repetía las noticias de su hermana. ¡Todo mentira!... La guerra marchaba

perfectamente. En la frontera del Este, los ejércitos franceses habían

avanzado por el interior de Alsacia y la Lorena anexionada.

--Pero ¿y Bélgica invadida?--preguntaba doña Luisa--. ¿Y los pobres

belgas?

Desnoyers contestaba indignado:

--Eso de Bélgica es una traición... Y una traición nada vale entre

personas decentes.

Lo decía de buena fe, como si la guerra fuese un duelo donde el traidor

quedaba descalificado y en la imposibilidad de continuar sus felonías.

Además, la heroica resistencia de Bélgica le infundía absurdas

ilusiones. Los belgas le parecían hombres sobrenaturales destinados á

las más estupendas hazañas... ¡Y él que no había concedido hasta

entonces atención alguna á este pueblo!... Por unos días vió en Lieja

una ciudad santa ante cuyos muros iba á estrellarse todo el poderío

germánico. Al caer Lieja, su fe inquebrantable encontró un nuevo

asidero. Quedaban muchas Liejas en el interior. Podían entrar más

adentro los alemanes: luego se vería cuántos lograban salir. La entrega

de Bruselas no le produjo inquietud. ¡Una ciudad abierta!... Su

rendición estaba prevista: así los belgas se defenderían mejor en

Amberes. El avance de los alemanes hacia la frontera francesa tampoco le

produjo alarma. En vano su cuñada, con una brevedad maligna, iba

mencionando en el comedor los progresos de la invasión, indicados

confusamente por los periódicos. Los alemanes estaban ya en la frontera.

--¿Y qué?--gritaba don Marcelo--. Pronto encontrarán á quien hablar.

Joffre les sale al paso. Nuestros ejércitos estaban en el Este, en el

sitio que les correspondía, en la verdadera frontera, en la puerta de la

casa. Pero éste es un amigo traidor y cobarde, que en vez de dar la cara

entra por la espalda, saltando las tapias del corral, lo mismo que los

ladrones... De nada le servirá su traición. Los franceses ya están en

Bélgica y ajustarán las cuentas á los alemanes. Los aplastaremos, para

que no perturben otra vez la paz del mundo. Y á ese maldito sujeto de

los bigotes tiesos lo expondremos en una jaula en la plaza de la

Concordia.

Chichí, animada por las afirmaciones paternales, se lanzaba á imaginar

una serie de tormentos y escarnios vengativos como complemento de tal

exposición.

Lo que más irritaba á la señora von Hartrott eran las alusiones al

emperador. En los primeros días de la guerra, su hermana la había

sorprendido llorando ante las caricaturas de los periódicos y ciertas

hojas vendidas en las calles.

--¡Un hombre tan excelente... tan caballero... tan buen padre de

familia! El no tiene la culpa de nada. Son los enemigos los que le han

provocado.

Y su veneración á los poderosos le hacía considerar las injurias contra

el admirado personaje con más vehemencia que si fuesen dirigidas á su

propia familia.

Una noche, estando en el comedor, abandonó su mutismo trágico. Varios

sarcasmos dirigidos por Desnoyers contra el héroe agolparon las lágrimas

en sus ojos. Este enternecimiento la sirvió para recordar á sus hijos,

que figuraban indudablemente en el ejército de invasión.

Su cuñado deseaba el exterminio de todos los enemigos. ¡Que no quedase

uno solo de aquellos bárbaros con casco puntiagudo que acababan de

incendiar á Lovaina y otras poblaciones, fusilando á paisanos

indefensos, mujeres, ancianos, niños!...

--Tú olvidas que soy madre--gimió la señora de Hartrott--. Olvidas que

entre esos cuyo exterminio pides están mis hijos.

Y rompió á llorar. Desnoyers vió de pronto el abismo que existía entre

él y aquella mujer alojada en su propia casa. Su indignación se

sobrepuso á las consideraciones de familia... Podía llorar por sus hijos

cuanto quisiera: estaba en su derecho. Pero estos hijos eran agresores y

hacían el mal voluntariamente. A él sólo le inspiraban interés las otras

madres que vivían tranquilamente en las risueñas poblaciones belgas y de

pronto habían visto fusilados sus hijos, atropelladas sus hijas,

ardiendo sus viviendas.

Doña Elena lloró más fuerte, como si esta descripción de horrores

significase un nuevo insulto para ella. ¡Todo mentira! El kaiser era un

hombre excelente, sus soldados unos caballeros, el ejército alemán un

ejemplo de civilización y de bondad. Su marido había pertenecido á este

ejército; sus hijos marchaban en sus filas. Y ella conocía á sus hijos:

unos jóvenes bien educados, incapaces de ninguna mala acción. Calumnias

de los belgas, que no podía escuchar tranquilamente... Y se arrojó con

dramático abandono en los brazos de su hermana.

El señor Desnoyers se sintió furioso contra el destino, que le obligaba

á convivir con esta mujer. ¡Qué cadena para la familia!... Y las

fronteras seguían cerradas, siendo imposible desprenderse de ella.

--Está bien--dijo--; no hablemos más de eso: no llegaríamos á

entendernos. Pertenecemos á dos mundos distintos. ¡Lástima que no puedas

irte con los tuyos!...

Se abstuvo en adelante de hablar de la guerra cuando su cuñada estaba

presente. Chichí era la única que conservaba su entusiasmo agresivo y

ruidoso. Al leer en los diarios noticias de fusilamientos, saqueos,

quemas de ciudades, éxodos dolorosos de gentes que veían convertido en

pavesas todo lo que alegraba su existencia, sentía otra vez la necesidad

de repetir sus puñaladas imaginarias. ¡Ay, si ella tuviese á mano uno de

aquellos bandidos! ¿Qué hacían los hombres de bien que no los

exterminaban á todos?...

A continuación veía á René con su uniforme flamante, dulce de maneras,

sonriente, como si todo lo que ocurría sólo significase para él un

cambio de vestimenta, y exclamaba con un acento enigmático:

--¡Qué suerte que no vayas al frente!... ¡Qué alegría que no corras

peligro!

El novio aceptaba estas palabras como una prueba de amoroso interés.

Un día, don Marcelo pudo apreciar sin salir de París los horrores de la

guerra. Tres mil fugitivos belgas estaban alojados provisionalmente en

un circo, antes de ser distribuídos en provincias. Desnoyers entró en

este local, que meses antes había visitado con su familia. Aún estaban

en el vestíbulo los anuncios de los regocijados espectáculos que había

presenciado.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 15 / 33 段