entusiasta y crédula, capaz de admitir las cosas más inverosímiles. Esta
alma la adivinaba igualmente en todos los que vivían cerca de él. A
veces, su antiguo espíritu de crítica parecía encabritarse; pero la duda
era rechazada como algo deshonroso. Vivía en un mundo nuevo, y era
natural que ocurriesen cosas extraordinarias que no podían medirse ni
explicarse por el antiguo raciocinio. Y comentaba con alegría infantil
los relatos maravillosos de los periódicos: combates de un pelotón de
franceses ó de belgas con regimientos enteros de enemigos, poniéndolos
en desordenada fuga; el miedo de los alemanes á la bayoneta, que les
hacía correr como liebres apenas sonaba la carga; la ineficacia de la
artillería germánica, cuyos proyectiles estallaban mal.
Era para él ordinario y lógico que la pequeña Bélgica venciese á la
colosal Alemania: una repetición del encuentro de David y Goliat, con
todas las metáforas é imágenes que este choque desigual había inspirado
á través de los siglos. Como la mayor parte de la nación, tenía la
mentalidad de un lector de libro de caballerías que se siente defraudado
cuando el héroe, un hombre solo, no parte mil enemigos de un revés.
Buscaba con predilección los periódicos más exagerados, los que
publicaban más historias de encuentros sueltos, de acciones
individuales, que nadie sabía con certeza dónde habían ocurrido.
La intervención de Inglaterra en los mares le hizo imaginar un hambre
espantosa, fulminante, providencial, que martirizaba á los enemigos. A
los diez días de bloqueo marítimo creía de buena fe que en Alemania
vivía la gente como un grupo de náufragos sobre una balsa de tablones.
Esto le hizo menudear sus visitas á la cocina, admirando emocionado sus
paquetes de comestibles.
--¡Lo que darían en Berlín por mi tesoro!...
Nunca comió mejor Argensola. La consideración de las grandes carestías
sufridas por el adversario espoleaban su apetito, dándole una capacidad
monstruosa. El pan blanco, de corteza dorada y crujiente, le sumía en un
éxtasis religioso.
--¡Si el amigo Guillermo pillase esto!--decía á su compañero.
Mascaba y tragaba con avidez; alimentos y líquidos, al pasar por su
boca, adquirían un nuevo sabor raro y divino. El hambre ajena era para
él un excitante, una salsa de interminable deleite.
Francia le inspiraba entusiasmo, pero á Rusia le concedía mayor crédito.
¡Ah, los cosacos!... Hablaba de ellos como de íntimos amigos. Describía
los terribles jinetes de galope vertiginoso, impalpables como fantasmas,
y tan terribles en su cólera, que el adversario no podía mirarlos de
frente. En la portería de su casa y en varios establecimientos de la
calle le escuchaban con todo el respeto que merece un señor que, por ser
extranjero, puede hablar mejor que otros de las cosas extranjeras.
--Los cosacos ajustarán las cuentas á esos bandidos--terminaba diciendo
con absoluta seguridad--. Antes de un mes habrán entrado en Berlín.
Y su público, compuesto en gran parte de mujeres, esposas ó madres de
los que habían partido á la guerra, aprobaba modestamente, con el deseo
irresistible que todos sentimos de colocar nuestras esperanzas en algo
lejano y misterioso. Los franceses defenderían el país, reconquistando
además los territorios perdidos; pero eran los cosacos los que iban á
dar el golpe de gracia, aquellos cosacos de que hablaban todos y muy
pocos habían visto.
El único que los conocía de cerca era Tchernoff, y con gran escándalo de
Argensola escuchaba sus palabras sin mostrar entusiasmo. Los cosacos
eran para él un simple cuerpo del ejército ruso. Buenos soldados, pero
incapaces de realizar los milagros que todos les atribuían.
--¡Ese Tchernoff!--exclamaba Argensola--. Como odia al zar, encuentra
malo todo lo de su país. Es un revolucionario fanático... y yo soy
enemigo de todos los fanatismos.
Julio escuchaba con distracción las noticias de su compañero, los
artículos vibrantes recitados con tono declamatorio, los planes de
campaña que discurría ante un mapa enorme fijo en una pared del estudio
y erizado de banderitas que marcaban las situaciones de los ejércitos
beligerantes. Cada periódico obligaba al español á realizar una nueva
danza de alfileres en el mapa, seguida de comentarios de un optimismo á
prueba de bomba.
--Hemos entrado en Alsacia: ¡muy bien!... Parece que ahora abandonamos
Alsacia: ¡perfectamente! Adivino la causa. Es para volver á entrar por
un sitio mejor, pillando al enemigo por la espalda... Dicen que Lieja ha
caído. ¡Mentira!... Y si cae, no importa. Un incidente nada más. Quedan
los otros... ¡los otros! que avanzan por el lado oriental y van á entrar
en Berlín.
Las noticias del frente ruso eran las preferidas por él; pero quedaba en
suspenso cada vez que buscaba en la carta los nombres enrevesados de
aquellos lugares donde efectuaban sus hazañas los admirados cosacos.
Mientras tanto, Julio continuaba el curso de sus pensamientos.
¡Margarita!... Había vuelto al fin, y sin embargo parecía vivir cada vez
más alejada de él...
En los primeros días de la movilización rondó por las inmediaciones de
su casa, creyendo engañar su deseo con esta aproximación ilusoria.
Margarita le había escrito para recomendarle la calma. ¡Feliz él, que
por ser extranjero no sufriría las consecuencias de la guerra! Su
hermano, oficial de artillería de reserva, iba á partir de un momento á
otro. La madre, que vivía con este hijo soltero, había mostrado á última
hora una serenidad asombrosa, después de llorar mucho en los días
anteriores, cuando la guerra era todavía problemática. Ella misma
preparó el equipaje del soldado, para que la pequeña maleta contuviese
todo lo que es indispensable en la vida de campaña. Pero Margarita
adivinaba el suplicio interior de la pobre señora y su lucha para que
no se revelase exteriormente en la humedad de sus ojos, en la
nerviosidad de sus manos. Le era imposible abandonar á su madre un solo
momento... Luego había sido la despedida. «¡Adiós, hijo mío! Cumple tu
deber, pero sé prudente.» Ni una lágrima, ni un desfallecimiento. Toda
la familia se había opuesto á que le acompañase hasta el ferrocarril. Su
hermana iría con él. Y al regresar Margarita á la casa la había
encontrado en un sillón, rígida, con el gesto hosco, eludiendo nombrar á
su hijo, hablando de las amigas que también enviaban los suyos á la
guerra, como si únicamente ellas conociesen este tormento. «¡Pobre mamá!
Debo acompañarla, ahora más que nunca... Mañana, si puedo, iré á verte.»
Al fin volvió á la _rue de la Pompe_. Su primer cuidado fué explicar á
Julio la modestia de su traje _tailleur_, la ausencia de joyas en el
adorno de su persona. «La guerra, amigo mío. Ahora lo _chic_ es
amoldarse á las circunstancias, ser sobrios y modestos como soldados.
¡Quién sabe lo que nos espera!» La preocupación del vestido la
acompañaba en todos los momentos de su existencia.
Julio notó en ella una persistente distracción. Parecía que su espíritu
abandonaba el encierro de su cuerpo, vagando á enormes distancias. Sus
ojos le miraban, pero tal vez no le veían. Hablaba con voz lenta, como
si cada palabra la sometiese á previo examen, temiendo traicionar algún
secreto. Este alejamiento espiritual no impidió, sin embargo, la
aproximación física. Fueron uno del otro, con el irresistible choque de
las atracciones materiales. Ella se entregó voluntariamente, resbalando
por la suave cuesta de la costumbre; pero al recobrar la serenidad
mostró un vago remordimiento. «¿Estará bien lo que hacemos?... ¿No es
inoportuno continuar la misma existencia cuando tantas desgracias van á
caer sobre el mundo?» Julio repelió estos escrúpulos.
--¡Pero si vamos á casarnos tan pronto como podamos!... ¡Si somos lo
mismo que marido y mujer!
Ella contestó con un gesto de extrañeza y desaliento. ¡Casarse!... Diez
días antes no deseaba otra cosa. Ahora sólo de tarde en tarde surgía en
su memoria la posibilidad del matrimonio. ¡Para qué pensar en sucesos
remotos é inseguros! Otros más inmediatos ocupaban su ánimo.
La despedida de su hermano en la estación era una escena que se había
fijado en su memoria. Al ir al estudio se proponía no acordarse de ella,
presintiendo que podía molestar á su amante con este relato. Y bastó que
se jurase el silencio para sentir una necesidad irresistible de contarlo
todo.
No había sospechado jamás que amase tanto á su hermano. Su cariño
fraternal iba unido á un ligero sentimiento de celos porque mamá
prefería al hijo mayor. Además, él era quien había presentado á Laurier
en la casa: los dos tenían el diploma de ingenieros industriales y
marchaban unidos desde la escuela... Pero al verle Margarita próximo á
partir, había reconocido de pronto que este hermano, considerado siempre
en segundo término, ocupaba un lugar preferente en su cariño.
--¡Estaba tan guapo, tan interesante, con su uniforme de teniente!...
Parecía otro. Te confieso que yo iba con orgullo al lado de él, apoyada
en su brazo. Nos tomaban por casados. Al verme llorar, unas pobres
mujeres intentaron consolarme. «¡Valor, madama!... Su marido volverá.» Y
él reía con estas equivocaciones. Únicamente mostraba tristeza al
acordarse de nuestra madre.
Se habían separado en la puerta de la estación. Los centinelas no
dejaban ir más adelante. Ella le entregó su sable, que había querido
llevar hasta el último momento.
--Es hermoso ser hombre--dijo con entusiasmo--. Me gustaría vestir un
uniforme, ir á la guerra, servir para algo.
No quiso hablar más, como si de pronto se diese cuenta de la
inoportunidad de sus últimas palabras. Tal vez notó una crispación en el
rostro de Julio.
Pero estaba excitada por el recuerdo de aquella despedida, y después de
una larga pausa no pudo resistirse al deseo de seguir exteriorizando su
pensamiento.
En la entrada de la estación, mientras besaba por última vez á su
hermano, había tenido un encuentro, una gran sorpresa. El había llegado,
vestido igualmente de oficial de artillería, pero solo, teniendo que
confiar su maleta á un hombre de buena voluntad salido de la
muchedumbre.
Julio hizo un gesto de interrogación. ¿Quién era él? Lo sospechaba, pero
fingió ignorancia, como si temiese conocer la verdad.
--Laurier--contestó ella lacónicamente--. Mi antiguo marido.
El amante mostró una ironía cruel. Era un acto cobarde denigrar á este
hombre que había marchado á cumplir su deber. Reconoció su vileza, pero
un instinto maligno é irresistible le hizo insistir en sus burlas, para
rebajarlo ante Margarita. ¡Laurier militar!... Debía ofrecer un aspecto
ridículo vestido de uniforme.
--¡Laurier guerrero!--continuó con una voz sarcástica que le extrañaba,
como si procediese de otro--. ¡Pobre hombre!...
Ella dudó en su respuesta por no contrariar á Desnoyers. Pero la verdad
pudo más en su ánimo, y dijo con simplicidad:
--No... no tenía mal aspecto. Era otro. Tal vez el uniforme; tal vez su
tristeza al marchar solo, completamente solo, sin una mano que
estrechase la suya. Yo tardé en conocerle. Al ver á mi hermano se
aproximó; pero luego, viéndome á mí, siguió adelante... ¡Pobre! ¡Me da
lástima!
Su instinto femenil debió indicarle que hablaba demasiado, y cortó
bruscamente su charla. El mismo instinto le avisó igualmente por qué
razón el rostro de Julio se ensombrecía y su boca tomaba el pliegue de
una sonrisa amarga. Quiso consolarle, y añadió:
--Por suerte, tú eres extranjero y no irás á la guerra. ¡Qué horror si
te perdiese!...
Lo dijo con sinceridad... Momentos antes envidiaba á los hombres,
admirando la gallardía con que exponían su existencia, y ahora temblaba
ante la idea de que su amante pudiera ser uno de ellos.
Este no agradeció su egoísmo amoroso, que lo colocaba aparte de los
demás, como un ser delicado y frágil, apto únicamente para la adoración
femenil. Prefería inspirar la envidia que había sentido ella al ver á su
hermano cubierto de arreos belicosos. Le pareció que entre él y
Margarita acababa de interponerse algo que no se derrumbaría nunca, que
iría ensanchándose, repeliéndolos en dirección contraria... lejos... muy
lejos, hasta donde no pudieran reconocerse al cruzar sus miradas.
Siguió tocando este obstáculo en las entrevistas sucesivas. Margarita
extremaba sus palabras de cariño, mirándole con ojos húmedos. Sus manos
acariciadoras parecían de madre más que de amante; su ternura iba
acompañada de un desinterés y un pudor extraordinarios. Se quedaba
obstinadamente en el estudio, evitando el pasar á las otras
habitaciones.
--Aquí estamos bien... No quiero: es inútil. Tendría remordimientos...
¡Pensar en tales cosas en estos instantes!...
El ambiente estaba para ella saturado de amor; pero era un amor nuevo,
un amor al hombre que sufre, un deseo de abnegación, de sacrificio. Este
amor evocaba una imagen de blancas tocas, de manos trémulas curando la
carne desgarrada y sangrienta.
Cada intento de posesión provocaba en Margarita una protesta vehemente y
pudorosa, como si los dos se encontrasen por vez primera.
--Es imposible--decía--: pienso en mi hermano; pienso en tantos que
conozco y tal vez á estas horas habrán muerto.
Llegaban noticias de combates; empezaba á correr en abundancia la
sangre.
--No, no puedo--repetía ella.
Y cuando llegaba Julio á conseguir sus deseos, empleando la súplica ó la
apasionada violencia, oprimía entre los brazos un ser falto de voluntad,
que abandonaba una parte de su cuerpo insensible, mientras la cabeza
seguía independientemente su trabajo mental.
Una tarde, Margarita le anunció que en adelante se verían con menos
frecuencia. Tenía que asistir á sus clases: sólo le quedaban dos días
libres.
Desnoyers la escuchó estupefacto. ¿Sus clases?... ¿Qué estudios eran los
suyos?...
Ella pareció irritarse ante su gesto de burla... Sí; estaba estudiando;
hacía una semana que asistía á clase. Ahora las lecciones iban á ser más
continuas: se había organizado la enseñanza; los profesores eran más
numerosos.
--Quiero ser enfermera. Sufro mucho al considerar mi inutilidad... ¿De
qué he servido hasta ahora?...
Calló un momento, como si abarcase con la imaginación todo su pasado.
--A veces pienso--continuó--que la guerra, con todos sus horrores, tiene
algo de bueno. Sirve para que seamos útiles á nuestros semejantes.
Apreciemos la vida de un modo más serio; la desgracia nos hace
comprender que hemos venido al mundo para algo... Yo creo que hay que
amar la existencia no sólo por los goces que nos proporciona. Debe
encontrarse una gran satisfacción en el sacrificio, en dedicarnos á los
demás, y esta satisfacción, no sé por qué, tal vez por ser nueva, me
parece superior á las otras.
Julio la miró con sorpresa, imaginándose lo que podía existir dentro de
su cabecita adorada y frívola. ¿Qué se estaba formando más allá de su
frente contraída por el movimiento rugoso de las ideas y que hasta
entonces sólo había reflejado la ligera sombra de unos pensamientos
veloces y aleteantes como pájaros?...
Pero la Margarita de antes vivía aún. La vió reaparecer con un mohín
gracioso entre las preocupaciones que la guerra hacía crecer sobre las
almas como follajes sombríos.
--Hay que estudiar mucho para conseguir el diploma de enfermera. ¿Te has
fijado en el traje?... Es de lo más distinguido: el blanco va bien lo
mismo á las rubias que á las morenas. Luego la toca, que permite los
rizos sobre las orejas, el peinado de moda; y la capa azul sobre el
uniforme, que ofrece un bonito contraste... Una mujer elegante puede
realzar todo esto con joyas discretas y un calzado _chic_. Es una mezcla
de monja y de gran dama que no sienta mal.
Iba á estudiar con verdadera furia para ser útil á sus semejantes... y
vestir pronto el admirado uniforme.
¡Pobre Desnoyers!... La necesidad de verla y la falta de ocupación en
unas tardes interminables que hasta entonces habían tenido más grato
empleo le arrastraron á rondar por las cercanías de un palacio
eternamente desocupado, donde acababa de instalar el gobierno la escuela
de enfermeras. Al estar de plantón en una esquina, aguardando el
revoloteo de una falda y el trotecito en la acera de unos pies
femeniles, se imaginaba haber remontado el curso del tiempo y que aún
tenía diez y ocho años, lo mismo que cuando esperaba en los alrededores
de un taller de modisto célebre. Los grupos de mujeres que en horas
determinadas salían de aquel palacio hacían aún más verosímil esta
semejanza. Iban vestidas con rebuscada modestia: el aspecto de muchas de
ellas resultaba más humilde que el de las obreras de la moda. Pero eran
grandes damas. Algunas subían en automóviles cuyos _chauffeurs_ llevaban
uniforme de soldado por ser vehículos ministeriales.
Estas largas esperas le proporcionaron inesperados encuentros con las
alumnas elegantes que entraban y salían.
--¡Desnoyers!--exclamaban unas voces femeniles detrás de él--. ¿No es
Desnoyers?...
Y se veía obligado á cortar la duda saludando á unas señoras que lo
contemplaban como si fuese un aparecido. Eran amistades de una época
remota, de seis meses antes; damas que le habían admirado y perseguido,
confiándose á su sabiduría de maestro para atravesar los siete círculos
de la ciencia del tango. Le examinaban como si entre el último encuentro
y el minuto actual hubiese ocurrido un gran cataclismo transformador de
todas las leyes de la existencia, como si fuese el único y milagroso
superviviente de una humanidad totalmente desaparecida.
Todas acababan por hacer las mismas preguntas:
--¿No va usted á la guerra?... ¿Cómo es que no lleva uniforme?
Intentaba explicarse, pero á las primeras palabras le interrumpían:
--Es verdad... Usted es extranjero.
Lo decían con cierta envídia. Pensaban sin duda en los individuos amados
que arrostraban á aquellas horas las privaciones y riesgos de la
guerra... Pero su condición de extranjero creaba instantáneamente
cierto alejamiento espiritual, una extrañeza que Julio no había conocido
en los buenos tiempos, cuando las gentes se buscaban sin reparos de
origen, sin experimentar la retracción del peligro que aisla y concentra
á los grupos humanos.
Se despedían las damas con una sospecha maliciosa. ¿Qué hacía allí
esperando? ¿Alguna nueva aventura que le deparaba su buena suerte?... Y
la sonrisa de todas ellas tenía algo de grave: una sonrisa de personas
mayores que conocen el verdadero significado de la vida y sienten
conmiseración ante los ilusos que aún se entretienen con frivolidades.
A Julio le hacía daño esto, como si fuese una manifestación de lástima.
Se lo imaginaban ejerciendo la única función de que era capaz; él no
podía servir para otra cosa. En cambio, aquellas casquivanas, que aún
guardaban algo de su antiguo exterior, parecían animadas por el gran
sentimiento de la maternidad: una maternidad abstracta que abarcaba á
todos los hombres de su nación, un deseo de sacrificarse, de conocer de
cerca las privaciones de los humildes, de sufrir con el contacto de
todas las miserias de la carne enferma.
Este mismo ardor lo sentía Margarita al salir de sus lecciones. Avanzaba
de asombro en asombro, saludando como grandes maravillas científicas los
primeros rudimentos de la cirugía. Se admiraba á sí misma por la avidez
con que iba apoderándose de estos misterios, nunca sospechados hasta
entonces. En ciertos momentos creía con graciosa inmodestia haber
torcido la verdadera finalidad de su existencia.
--¡Quién sabe si nací para ser una gran doctora!--decía.
Su temor era que le faltase serenidad en el instante de llevar á la
práctica sus nuevos conocimientos. Verse ante las hediondeces de la
carne abierta, contemplar el chorreo de la sangre, resultaba horroroso
para ella, que había experimentado siempre una repugnancia invencible
ante las bajas necesidades de la vida ordinaria. Pero sus vacilaciones
eran cortas: una energía varonil la animaba de pronto. Los tiempos eran
de sacrificio. ¿No se arrancaban los hombres de todas las comodidades
de una existencia sensual para seguir la ruda carrera del soldado?...
Ella sería un soldado con faldas, mirando de frente el dolor, batallando
con él, hundiendo sus manos en la putrefacción de la materia
descompuesta, penetrando como una sonrisa de luz en los lugares donde
gemían los soldados esperando la llegada de la muerte.
Repetía con orgullo á Desnoyers todos los progresos que realizaba en la
escuela, los vendajes complicados que conseguía ajustar, unas veces
sobre los miembros de un maniquí, otras sobre la carne de un empleado
que se prestaba á fingir las actitudes de un falso herido. Ella, tan
delicada, incapaz en su casa del menor esfuerzo físico, aprendía los
procedimientos más hábiles para levantar del suelo un cuerpo humano
cargándolo en sus espaldas. ¡Quién sabe si alguna vez prestaría sus
servicios en los campos de batalla! Se mostraba dispuesta á los mayores
atrevimientos, con la audacia ignorante de las mujeres cuando las empuja
una ráfaga de heroísmo. Toda su admiración era para las _nurses_ del
ejército inglés, damas enjutas, de nervioso vigor, que aparecían
retratadas en los periódicos con pantalones, botas de montar y casco
blanco.
Julio la oía con asombro. ¿Pero aquella mujer era realmente
Margarita?... La guerra había borrado su graciosa frivolidad. Ya no
marchaba como un pájaro. Sus pies se asentaban en el suelo con firmeza
varonil, tranquila y segura de la nueva fuerza que se desarrollaba en su
interior. Cuando una caricia de él le recordaba su condición de mujer,
decía siempre lo mismo:
--¡Qué suerte que seas extranjero!... ¡Qué dicha verte libre de la
guerra!
En su ansia de sacrificio, quería ir á los campos de batalla, y
celebraba al mismo tiempo como una felicidad ver á su amante libre de
los deberes militares. Este ilogismo no era acogido por Julio con
gratitud; antes bien, le irritaba como una ofensa inconsciente.
«Cualquiera diría que me protege--pensaba--. Ella es el hombre, y se
alegra de que la débil compañera, que soy yo, se halle á cubierto del
peligro... ¡Qué situación tan grotesca!...»
Por fortuna, algunas tardes, al presentarse Margarita en el estudio,
volvía á ser la misma de los tiempos pasados, haciéndole olvidar
instantáneamente sus preocupaciones. Llegaba con la alegría del asueto
que siente el colegial ó el empleado en los días libres. Al pesar
obligaciones sobre ella, había conocido el valor del tiempo.
--Hoy no hay clase--gritaba al entrar.
Y arrojando su sombrero en un diván, iniciaba un paso de danza, huyendo
con infantiles encogimientos de los brazos de su amante.
A los pocos minutos recobraba su serenidad, el gesto grave que era
frecuente en ella desde el principio de las hostilidades. Hablaba de su
madre, siempre triste, esforzándose por ocultar su pena y animada por la
esperanza de una carta del hijo; hablaba de la guerra, comentando las
últimas acciones con arreglo al retórico optimismo de los partes
oficiales. Describía minuciosamente la primera bandera tomada al
enemigo, como si fuese un traje de elegancia inédita. Ella la había
visto en una ventana del Ministerio de la Guerra. Se enternecía al
repetir los relatos de unos fugitivos belgas llegados á su hospital.
Eran los únicos enfermos que había podido asistir hasta entonces. París
no recibía aún heridos de guerra; por orden del gobierno los enviaban
desde el frente á los hospitales del Sur.
Ya no oponía la resistencia de los primeros días á los deseos de Julio.
Su aprendizaje de enfermera le daba cierta pasividad. Parecía despreciar
las atracciones de la materia, despojándolas de la importancia
espiritual que les había atribuído hasta poco antes. Se entregaba sin
resistencia, sin deseo, con una sonrisa de tolerancia, satisfecha de
poder dar un poco de felicidad, de la que ella no participaba. Su
atención se había concentrado en otras preocupaciones.
Una tarde, estando en el dormitorio del estudio, sintió la necesidad de
comunicar ciertas noticias que desde el día anterior llenaban su
pensamiento. Saltó de la cama, buscando entre sus ropas en desorden el
bolso de mano, que contenía una carta. Quería leerla una vez más,
comunicar á alguien su contenido con el impulso irresistible que
arrastra á la confesión.