esta guerra sea la última.
Su afirmación no le pareció bastante clara, y siguió diciendo:
--Nos batiremos por el porvenir; moriremos para que nuestros nietos no
conozcan estas calamidades. Si triunfasen los enemigos triunfaría la
continuación de la guerra y la conquista como único medio de
engrandecerse. Primero se apoderarían de Europa, luego del resto del
mundo. Los despojados se sublevarían más adelante: ¡nuevas guerras!...
Nosotros no queremos conquistas. Deseamos recuperar Alsacia y Lorena
porque fueron nuestras y sus habitantes quieren volver con nosotros... Y
nada más. No imitaremos á los enemigos apropiándonos territorios y
poniendo en peligro la tranquilidad del mundo. Tuvimos bastante con
Napoleón: no hay que repetir la aventura. Vamos á batirnos por nuestra
seguridad y al mismo tiempo por la seguridad del mundo, por la vida de
los pueblos débiles. Si fuese una guerra de agresión, de vanidad, de
conquista, nos acordaríamos de nuestro antimilitarismo. Pero es de
defensa, y los gobernantes no tienen culpa de ello. Nos vemos atacados y
todos debemos marchar unidos.
El carpintero, que era anticlerical, mostraba una tolerancia generosa,
una amplitud de ideas que abarcaba á todos los hombres. El día anterior
había encontrado en la alcaldía de su distrito á un reservista que iba á
partir con él incorporándose al mismo regimiento. Una ojeada le había
bastado para reconocer que era un cura.
--Yo soy carpintero--le había dicho presentándose--. ¿Y usted,
compañero... trabaja en las iglesias?
Empleaba este eufemismo para que el sacerdote no pudiese sospechar en él
intenciones ofensivas. Los dos se habían estrechado la mano.
--Yo no estoy por la _calotte_--continuó, dirigiéndose á Desnoyers--.
Hace tiempo que me puse mal con Dios. Pero en todas partes hay buenas
personas, y las buenas personas deben entenderse en estos momentos. ¿No
lo cree así, patrón?
La guerra halagaba sus aficiones igualitarias. Antes de ella, al hablar
de la futura revolución sentía un maligno placer imaginándose que todos
los ricos, privados de su fortuna, tendrían que trabajar para subsistir.
Ahora le entusiasmaba que todos los franceses participasen de la misma
suerte, sin distinción de clases.
--Todos mochila á la espalda y comiendo rancho. Y hacía extensiva la
militar sobriedad á los que se quedaban á espaldas del ejército. La
guerra traería grandes escaseces: todos iban á conocer el pan ordinario.
--Y usted, patrón, que es viejo para ir á la guerra, tendrá que comer
como yo, con todos sus millones... Reconozca que esto es hermoso.
Desnoyers no se ofendía por la maliciosa satisfacción que inspiraban al
carpintero sus futuras privaciones. Estaba pensativo. Un hombre como
aquel, adversario de todo lo existente y que no tenía nada material que
defender, marchaba á la guerra, á la muerte, por un ideal generoso y
lejano, por evitar que la humanidad del porvenir conociese los horrores
actuales. Al hacer esto no vacilaba en sacrificar su antigua fe, todas
las creencias acariciadas hasta la víspera... ¡Y él, que era uno de los
privilegiados de la suerte, que poseía tantas cosas tentadoras
necesitadas de defensa, entregado á la duda y la crítica!...
Horas después volvió á encontrar al carpintero cerca del Arco de
Triunfo. Formaba grupo con varios trabajadores de igual aspecto que él,
y este grupo iba unido á otros y otros que eran como una representación
de todas las clases sociales: burgueses bien vestidos, señoritos finos y
anémicos, licenciados de raído chaqué, faz pálida y gruesos lentes,
curas jóvenes que sonreían con cierta malicia, como si se comprometiesen
en una calaverada. Al frente del rebaño humano iba un sargento y á
retaguardia varios soldados con el fusil al hombro. ¡Adelante los
reservistas!...
Y un bramido musical, una melopea grave, amenazante y monótona surgía de
esta masa de bocas redondas, brazos en péndulo y piernas que se abrían y
cerraban lo mismo que compases.
Roberto entonaba con energía el guerrero estribillo. Le temblaban los
ojos y los caídos bigotes de galo. A pesar de su traje de pana y su
bolsa de lienzo repleta, tenía el mismo aspecto grandioso y heroico de
las figuras de Rude en el Arco de Triunfo. La «asociada» y el niño
trotaban por la acera inmediata para acompañarle hasta la estación.
Apartaba los ojos de ellos para hablar con un compañero de fila,
afeitado y de aspecto grave: indudablemente el cura que había conocido
el día antes. Tal vez se tuteaban ya, con la fraternidad que inspira á
los hombres el contacto de la muerte.
Siguió el millonario con una mirada de respeto á su carpintero,
desmesuradamente agrandado al formar parte de esta avalancha humana. Y
en su respeto había algo de envidia: la envidia que surge de una
conciencia insegura.
Cuando don Marcelo pasaba malas noches, sufriendo pesadillas, un motivo
de terror, siempre el mismo, atormentaba su imaginación. Rara vez soñaba
en peligros mortales para él ó los suyos. La visión espantosa consistía
siempre en el hecho de que le presentaban al cobro documentos de crédito
suscritos con su firma, y él, Marcelo Desnoyers, el hombre fiel á sus
compromisos, con todo un pasado de probidad inmaculada, no podía
pagarlos. La posibilidad de esto le hacía temblar, y después de haber
despertado sentía aún su pecho oprimido por el terror. Para su
imaginación, ésta era la mayor deshonra que puede sufrir un hombre.
Al trastornarse su existencia con las agitaciones de la guerra,
reaparecían las mismas angustias. Completamente despierto, en pleno uso
de razón, sufría un suplicio igual al que experimentaba en sueños viendo
su nombre sin honra al pie de un documento incobrable.
Todo el pasado surgía ante sus ojos con extraordinaria claridad, como si
hasta entonces se hubiese mantenido borroso, en una confusión de
penumbra. La tierra amenazada de Francia era la suya. Quince siglos de
historia habían trabajado para él, para que encontrase al abrir los ojos
progresos y comodidades que no conocieron sus ascendientes. Muchas
generaciones de Desnoyers habían preparado su advenimiento á la vida
batallando con la tierra, defendiéndola de enemigos, dándole al nacer
una familia y un hogar libres... Y cuando le tocaba su turno para
continuar este esfuerzo, cuando le llegaba la vez en el rosario de
generaciones, ¡huía lo mismo que un deudor que elude el pago!... Había
contraído al venir al mundo compromisos con la tierra de sus padres, con
el grupo humano al que debía la existencia. Esta obligación era preciso
pagarla con sus brazos, con el sacrificio que rechaza al peligro... Y él
había eludido el reconocimiento de su firma, fugándose y traicionando á
sus ascendientes. ¡Ah, desgraciado! Nada importaba el éxito material de
su existencia, la riqueza adquirida en un país remoto. Hay faltas que no
se borran con millones. La intranquilidad de su conciencia era la
prueba. También lo eran la envidia y el respeto que le inspiraba aquel
pobre menestral marchando al encuentro de la muerte con otros seres
igualmente humildes, enardecidos todos por la satisfacción del deber
cumplido, del sacrificio aceptado.
El recuerdo de Madariaga surgía en su memoria.
«Donde nos hacemos ricos y formamos una familia, allí está nuestra
patria.»
No, no era cierta la afirmación del centauro. En tiempos normales, tal
vez. Lejos del país de origen y cuando no corre éste ningún peligro, se
le puede olvidar por algunos años. Pero él vivía ahora en Francia, y
Francia tenía que defenderse de enemigos que deseaban suprimirla. El
espectáculo de todos sus habitantes levantándose en masa representaba
para Desnoyers una tortura vergonzosa. Contemplaba á todas horas lo que
él debía haber hecho en su juventud y no quiso hacer.
Los veteranos del 70 iban por las calles exhibiendo en la solapa su
cinta verde y negra, recuerdo de las privaciones del sitio de París y de
las campañas heroicas é infaustas. La vista de estos hombres satisfechos
de su pasado le hacía palidecer. Nadie se acordaba del suyo; pero lo
conocía él, y era bastante. En vano su razón intentaba apaciguar esta
tempestad interior... Aquellos tiempos habían sido otros: no existía la
unanimidad de la hora presente; el Imperio era impopular: todo estaba
perdido... Pero el recuerdo de una frase célebre se fijaba en su memoria
como una obsesión: «¡Quedaba Francia!» Muchos pensaban lo mismo que él
en su juventud, y sin embargo no habían huído para eludir el servicio de
las armas; se habían quedado, intentando la última y desesperada
resistencia.
Inútiles sus razonamientos buscando excusas. Los grandes sentimientos
prescinden del raciocinio por inútil. Para hacer comprender los ideales
políticos y religiosos son indispensables explicaciones y
demostraciones: el sentimiento de la patria no necesita nada de esto. La
patria... es la patria. Y el obrero de las ciudades, incrédulo y burlón,
el labriego egoísta, el pastor solitario, todos se mueven al conjuro de
esta palabra, comprendiéndola instantáneamente, sin previas enseñanzas.
«Es preciso pagar--repetía mentalmente don Marcelo--. Debo pagar mi
deuda.»
Y experimentaba, como en los ensueños, la angustia del hombre probo y
desesperado que desea cumplir sus compromisos.
¡Pagar!... ¿Y cómo? Ya era tarde. Por un momento se le ocurrió la
heroica resolución de ofrecerse como voluntario, de marchar con la bolsa
al costado en uno de aquellos grupos de futuros combatientes, lo mismo
que su carpintero. Pero la inutilidad del sacrificio surgía en su
pensamiento. ¿De qué podía servir?... Parecía robusto, se mantenía
fuerte para su edad, pero estaba más allá de los sesenta años, y sólo
los jóvenes pueden ser buenos soldados. Batirse lo hace cualquiera. El
tenía ánimos sobrados para tomar un fusil. Pero el combate no es mas que
un accidente de la lucha. Lo pesado, lo anonadador, son las operaciones
y sacrificios que preceden al combate, las marchas interminables, los
rigores de la temperatura, las noches á cielo raso, remover la tierra,
abrir trincheras, cargar carros, sufrir hambre... No; era demasiado
tarde. Ni siquiera tenía un nombre ilustre para que su sacrificio
pudiese servir de ejemplo.
Instintivamente miraba atrás. No estaba solo en el mundo: tenía un hijo
que podía responder por la deuda del padre... Pero esta esperanza sólo
duraba un momento. Su hijo no era francés: pertenecía á otro pueblo; la
mitad de su sangre era de diversa procedencia. Además, ¿cómo podía
sentir las mismas preocupaciones que él? ¿Llegaría á entenderlas si su
padre se las exponía?... Era inútil esperar nada de este danzarín
gracioso buscado por las mujeres; de este bravo de frívolo coraje, que
exponía su vida en duelos para satisfacer un honor pueril.
¡La modestia del rudo señor Desnoyers después de estas reflexiones!...
Su familia sintió asombro al ver el encogimiento y la dulzura con que se
movía dentro de la casa. Los dos criados de gesto imponente habían ido á
incorporarse á sus regimientos, y la mayor sorpresa que les reservó la
declaración de guerra fué la bondad repentina del amo, la abundancia de
regalos á su despedida, el cuidado paternal con que vigilaba sus
preparativos de viaje. El temible don Marcelo los abrazó con los ojos
húmedos. Los dos tuvieron que esforzarse para que no les acompañase á la
estación.
Fuera de su casa se deslizaba con humildad, como si pidiese perdón
mudamente á las gentes que le rodeaban. Todos le parecían superiores á
él. Los tiempos eran de crisis económica: los ricos conocían
momentáneamente la pobreza y la inquietud; los Bancos habían suspendido
sus operaciones y sólo pagaban una exigua parte de sus depósitos. El
millonario se vió privado por unas semanas de su riqueza. Además,
sentía inquietud al apreciar el porvenir incierto. ¿Cuánto tiempo iba á
transcurrir antes de que le enviasen dinero de América? ¿No llegaría á
suprimir la guerra las fortunas lo mismo que las vidas?... Y sin
embargo, nunca Desnoyers apreció menos el dinero ni dispuso de él con
mayor generosidad.
Numerosos movilizados de aspecto popular que marchaban sueltos hacia las
estaciones encontraron á un señor que los detenía con timidez, se
llevaba una mano á un bolsillo y dejaba en su diestra el billete de
veinte francos, huyendo inmediatamente ante sus ojos asombrados. Las
obreras llorosas que volvían de decir adiós á sus hombres vieron al
mismo señor sonreir á los niños que marchaban junto á ellas, acariciar
sus mejillas y alejarse, abandonando en sus manos la pieza de cinco
francos.
Don Marcelo, que nunca había fumado, frecuentó los despachos de tabaco.
Salía de ellos con las manos y los bolsillos repletos, para abrumar con
una prodigalidad de paquetes al primer soldado que encontraba. A veces
el favorecido sonreía cortésmente, dando las gracias con palabras
reveladoras de un origen superior, y pasaba el regalo á otros compañeros
que vestían un capote tan grosero y mal cortado como el suyo. El
servicio obligatorio le hacía incurrir con frecuencia en estos errores.
Las manos rudas, al oprimir la suya con un apretón agradecido, le
dejaban satisfecho por unos minutos. ¡Ay, no poder hacer más!... El
gobierno, al movilizar los vehículos, le había tomado tres de sus
automóviles monumentales. Desnoyers se entristeció porque no se llevaban
su cuarto mastodonte. ¡Para lo que servía! Los pastores del rebaño
monstruoso, el _chauffeur_ y sus ayudantes, habían partido también para
incorporarse al ejército. Todos se marchaban. Finalmente, sólo quedarían
él y su hijo: dos inutilidades.
Rugió al enterarse de la entrada de los enemigos en Bélgica,
considerando este suceso la traición más inaudita de la Historia. Se
avergonzaba al recordar que en los primeros momentos había hecho
responsables de la guerra á los patriotas exaltados de su país... ¡Qué
perfidia, metódicamente preparada con largos años de anticipación! Los
relatos de saqueos, incendios y matanzas le hacían palidecer, rechinando
los dientes. A él, á Marcelo Desnoyers, le podía ocurrir lo mismo que á
los infelices belgas si los bárbaros invadían su país. Tenía una casa en
la ciudad, un castillo en el campo, una familia. Por una asociación de
ideas, las mujeres víctimas de la soldadesca le hacían pensar en su
Chichí y en la buena doña Luisa. Los edificios en llamas evocaban el
recuerdo de todos los muebles raros y costosos amontonados en sus dos
viviendas y que eran como los blasones de su elevación social. Los
ancianos fusilados, las madres de entrañas abiertas, los niños con las
manos cortadas, todos los sadismos de una guerra de terror, despertaban
la violencia de su carácter.
--¡Y esto puede ocurrir impunemente en nuestra época!...
Para convencerse de que el castigo estaba próximo, de que la venganza
marchaba al encuentro de los culpables, sentía la necesidad de
confundirse diariamente con el gentío aglomerado en tomo de la estación
del Este.
El grueso de las tropas operaba en las fronteras, pero no por esto
disminuía la animación en este lugar. Ya no se embarcaban batallones
enteros, pero día y noche los hombres de combate iban entrando en la
estación, sueltos ó por grupos. Eran reservistas sin uniformes que
marchaban á incorporarse á sus regimientos, oficiales que habían estado
ocupados hasta entonces en los trabajos de la movilización, pelotones en
armas destinados á llenar los grandes huecos abiertos por la muerte.
La muchedumbre, oprimida contra las verjas, saludaba á los que partían,
acompañándolos con los ojos mientras atravesaban el gran patio. Eran
anunciadas á gritos las últimas ediciones de los periódicos. La masa
obscura se moteaba de blanco, leyendo con avidez las hojas impresas. Una
buena noticia: «¡Viva Francia!...» Un despacho confuso que hacía
presentir un descalabro: «No importa. Hay que sostenerse de todos modos.
Los rusos avanzarán á sus espaldas.» Y mientras se desarrollaban los
diálogos inspirados por estas nuevas, y muchas jóvenes convertidas en
vendedoras iban entre los grupos ofreciendo banderitas y escarapelas
tricolores, continuaban pasando por el patio solitario, para desaparecer
detrás de las puertas de cristales, hombres y más hombres que iban á la
guerra.
Un subteniente de la reserva, con un saco al hombro, llegó acompañado de
su padre hasta la fila de policías que cerraba el paso á la muchedumbre.
Desnoyers encontró al oficial cierta semejanza con su hijo. El viejo
ostentaba en la solapa la cinta verde y negra de 1870: la condecoración
evocadora del remordimiento. Era alto, enjuto, y aún pretendía erguirse
más poniendo un gesto fosco. Deseaba mostrarse fiero, inhumano, para
ocultar su emoción.
--¡Adiós, muchacho! Pórtate bien.
--¡Adiós, padre!
No se dieron la mano: evitaban que sus miradas se encontrasen. El
oficial sonreía como un autómata. El padre volvió bruscamente la
espalda, y atravesando el gentío se metió en un café. Necesitaba el
rincón más obscuro, la banqueta más oculta, para disimular por unos
minutos su emoción.
Y el señor Desnoyers envidió este dolor.
Unos reservistas avanzaron cantando, precedidos de una bandera. Se
empujaban y bromeaban, adivinándose en su excitación largas detenciones
en todas las tabernas encontradas al paso. Uno de ellos, sin interrumpir
su canto, oprimía la diestra de una viejecita que marchaba á su lado
serena y con los ojos secos. La madre reunía sus fuerzas para acompañar
á su mocetón, con una falsa alegría, hasta el último momento.
Otros llegaban sueltos, despegados de sus compañeros, pero no por esto
iban solos. El fusil colgaba de uno de sus hombros, las espaldas estaban
abrumadas por la joroba de la mochila, las piernas rojas salían y se
ocultaban entre las alas vueltas del capote azul, la pipa humeaba bajo
la visera del kepis. Delante de uno de ellos caminaban cuatro niños,
alineados por orden de estatura. Volvían la cabeza para admirar al
padre, súbitamente engrandecido por los arreos militares. A su lado
marchaba la compañera, afable y sumisa, lo mismo que en las primeras
semanas de relaciones, sintiendo en su alma simple un reflorecimiento de
amor, una primavera extemporánea, nacida al contacto del peligro. El
hombre, obrero de París que tal vez cantaba un mes antes la
_Internacional_, pidiendo la desaparición de los ejércitos y la
fraternidad de todos los humanos, iba ahora en busca de la muerte. Su
mujer contenía los sollozos y le admiraba. El cariño y la conmiseración
le hacían insistir en sus recomendaciones. En la mochila había puesto
los mejores pañuelos, los pocos víveres que guardaba en casa, todo el
dinero. Su hombre no debía inquietarse por ella y los hijos. Saldrían
del mal paso como pudiesen. El gobierno y las buenas almas se
encargarían de su suerte.
El soldado bromeaba ante el talle algo deforme de su mujer, saludando al
ciudadano próximo á surgir, anunciándole un nacimiento en plena
victoria. Un beso á la compañera, un cariñoso repelón á la prole, y
luego se unió con los camaradas... Nada de lágrimas. ¡Valor!... ¡Viva
Francia!
Las recomendaciones de los que se marchaban eran oídas. Nadie lloraba.
Pero al desaparecer el último pantalón rojo, muchas manos se agarraron
convulsas á los hierros de la verja, muchos pañuelos fueron mordidos con
rechinamiento de dientes, muchas cabezas se ocultaron bajo el brazo con
estertor angustioso.
Y el señor Desnoyers envidió estas lágrimas.
La vieja, al perder en su arrugada mano el contacto de la diestra del
hijo, se volvió hacia donde creía que estaba el país hostil, agitando
los brazos con furor homicida:
--¡Ah, bandido!... ¡Bandido!
Volvía á ver con la imaginación el rostro tantas veces contemplado en
las páginas ilustradas de los periódicos: unos bigotes de insolente
alborotamiento; una boca con dentadura de lobo, que reía... reía como
debieron reir los hombres de la época de las cavernas.
Y el señor Desnoyers envidió esta cólera.
II
Vida nueva
Cuando Margarita pudo volver al estudio de la _rue de la Pompe_, Julio,
que vivía en perpetuo mal humor, viéndolo todo con sombríos colores, se
sintió animado por un optimismo repentino.
La guerra no iba á ser tan cruel como se la imaginaban todos al
principio. Diez días iban transcurridos, y empezaba á hacerse menos
visible el movimiento de tropas. Al disminuir el número de hombres en
las calles, la población femenina parecía haber aumentado. Las gentes se
quejaban de escasez de dinero; los Bancos seguían cerrados para el pago.
En cambio, la muchedumbre sentía una necesidad de gastos extraordinarios
para acaparar víveres. El recuerdo del 70, con las crueles escaseces del
sitio, atormentaba las imaginaciones. Había estallado una guerra con el
mismo enemigo, y á todos les parecía lógico la repetición de iguales
accidentes. Los almacenes de comestibles se veían asediados por las
mujeres, que hacían acopio de alimentos rancios á precios exorbitantes,
para guardarlos en sus casas. El hambre futura producía mayor espanto
que los peligros inmediatos.
Estas eran para Desnoyers todas las transformaciones que la guerra había
realizado en torno de él. Las gentes acabarían por acostumbrarse á la
nueva existencia. La humanidad posee una fuerza de adaptación que le
permite amoldarse á todo para continuar subsistiendo. El esperaba
continuar su vida como si nada hubiese ocurrido. Bastaba para esto que
Margarita siguiese fiel á su pasado. Juntos verían deslizarse los
acontecimientos con la cruel voluptuosidad del que contempla una
inundación, sin riesgo alguno, desde una altura inaccesible.
Esta calma de testigo egoísta de los sucesos se la había inspirado
Argensola.
--Seamos neutros--afirmaba el bohemio--. Neutralidad no significa
indiferencia. Gocemos del gran espectáculo, ya que en toda nuestra vida
volverá á ofrecerse otro semejante.
Lástima que la guerra les pillase con tan poco dinero... Argensola
odiaba á los Bancos más aún que á los Imperios centrales, distinguiendo
con una antipatía especial al establecimiento de crédito que demoraba el
pago del cheque de Julio. ¡Tan hermoso que habría sido presenciar los
acontecimientos con toda clase de comodidades, gracias á esta enorme
cantidad!... Para remediar las penurias domésticas volvía á impetrar el
auxilio de doña Luisa. La guerra había debilitado las precauciones de
don Marcelo, y la familia vivía ahora en un descuido generoso. La madre,
á imitación de otras dueñas de casa, hacía provisiones para meses y
meses, adquiriendo cuantos víveres podía encontrar. El se aprovechó de
esto, menudeando sus visitas á la casa de la avenida Víctor Hugo, para
descender por la escalera de servicio grandes paquetes que engrosaban
las provisiones del estudio.
Todas las alegrías de una buena ama de llaves las conoció al contemplar
los tesoros guardados en su cocina: grandes latas de carne en conserva,
pirámides de botes, sacos de legumbres secas. Tenía allí para el
mantenimiento de una larga familia. Además, la guerra le había servido
de pretexto para hacer nuevas visitas á la bodega de don Marcelo.
--Pueden venir--decía con gesto heroico al pasar revista á su almacén--.
Pueden venir cuando quieran. Estamos preparados para hacerles frente.
El cuidado y aumento de sus víveres y la averiguación de noticias eran
las dos funciones que ocupaban su existencia. Necesitaba adquirir diez,
doce, quince periódicos por día: unos porque eran reaccionarios, y á él
le entusiasmaba la novedad de ver unidos á todos los franceses; otros
porque, siendo radicales, debían estar mejor enterados de las noticias
recibidas por el gobierno. Aparecían á mediodía, á las tres, á las
cuatro, á las cinco de la tarde. Media hora de retraso en el nacimiento
de una hoja infundía grandes esperanzas en el público, que se imaginaba
encontrar noticias estupendas. Todos se arrebataban los últimos
suplementos; todos llevaban los bolsillos repletos de papel, esperando
con ansiedad nuevas publicaciones para adquirirlas. Y todas las hojas
decían aproximadamente lo mismo.