del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso
que la grandiosidad de la noche impone á los hombres. Sus ojos saltaban
de estrella á estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando
triángulos ó cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el
fulgor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual
de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.
El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego
sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una
máscara trágica asomando entre los telones de la noche.
--¡Qué pensarán allá arriba de los hombres!--murmuró--. ¿Estará enterada
alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la
misión divina del pueblo germánico?
Y siguió riendo.
Algo lejano é indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el
fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados.
Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro
varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo
adivinaban con el pensamiento que lo percibían con sus oídos. Varias
notas sueltas llegadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las
fluctuaciones de la brisa permitieron á Argensola reconstituir el canto
breve rematado por un aullido melódico; un verdadero canto de guerra:
_C'est l'Alsace et la Lorraine,_
_C'est l'Alsace qu'il nous faut._
_Oh, oh, oh, oh._
Un nuevo grupo de hombres iba á lo lejos, por el fondo de una calle, en
busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían ser de
los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto
en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional,
para que los que velaban detrás de las fachadas obscuras repeliesen toda
perplejidad sabiendo que no estaban solos.
--Lo mismo que en las óperas--dijo Julio siguiendo los últimos sonidos
del coro invisible, que se perdía... se perdía, devorado por la
distancia y la respiración nocturna.
Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la
niebla rojiza que flotaba sobre los tejados.
Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su
frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar, como un eco del
monólogo interior. De pronto saltó de la reflexión á la palabra, sin
preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus
razonamientos.
--...Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr
por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan
sus caballos malignos con la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes
de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar
sobre la silla.
--¿Qué jinetes son esos?--preguntó Argensola.
--Los que preceden á la Bestia.
Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las
palabras anteriores. Desnoyers volvió á repetirse mentalmente: «Está
borracho.» Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era
aquella?
El ruso le miró como si extrañase la pregunta. Creía haber hablado en
alta voz desde el principio de sus reflexiones.
--La del Apocalipsis.
Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fué de larga
duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador
de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y
obscuras ejercía influencia, á través de dos mil años, sobre este
revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París.
Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el
vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.
Tchernoff describió la bestia apocalíptica surgiendo de las
profundidades del mar. Era semejante á un leopardo, sus pies iguales á
los de un oso y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez
cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las
siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las
decía el evangelista, tal vez porque eran distintas, según las épocas,
modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición.
El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo:
blasfemias contra la humanidad, contra la justicia, contra todo lo que
hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al
derecho...» «El débil no debe existir...» «Sed duros para ser
grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al
mundo y que los hombres la rindiesen adoración.
--¿Pero los cuatro jinetes?--preguntó Desnoyers.
Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de
Juan.
Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en
presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de
jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda.
Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro
ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro. Cuatro animales
enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono
mayor. Sonaban las trompetas saludando la rotura del primer sello.
«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los
animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la
mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según
unos; la Peste, según otros. Podía ser ambas cosas á la vez. Ostentaba
una corona, y esto era bastante para Tchernoff.
«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del
sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza
una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su
galope furioso: los hombres iban á exterminarse.
Al abrirse el tercer sello, otro de los animales alados mugía como un
trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba
tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era
el Hambre.
El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello.
«¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo montaba se
llama la Muerte, y un poder le fué dado para hacer perecer á los hombres
por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes.»
Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las
cabezas de la humanidad aterrada.
Tchernoff describía los cuatro azotes de la tierra lo mismo que si los
viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un
traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente,
como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él
armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj
de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de
todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden á las gentes
pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en
el campo de batalla.
El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble
sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven,
pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de
ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del
galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.
Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre
el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los
flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza,
símbolo del alimento escaso, que iba á alcanzar el valor del oro.
Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los
costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las
aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la
risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una
hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.
Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán
sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus
cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes
aleteaban en espiral sobre la furiosa _razzia_, como una escolta
repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones
al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte.
Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en
todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la
desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los
aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta
oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al
pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido
infantil.
--Dios se ha dormido, olvidando al mundo--continuó el ruso--. Tardará
mucho en despertar, y mientras Él duerme, los cuatro jinetes feudatarios
de la Bestia correrán la tierra como únicos señores.
Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado á
otro con grandes pasos. Le parecía débil su descripción de las cuatro
calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma
corporal á estos terribles ensueños.
--Yo tengo un libro--murmuraba--, un libro precioso...
Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose á la escalera interior
para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo
viesen sus amigos. Argensola le acompañó. Poco después volvieron con el
volumen. Habían dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció
una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el
patio interior.
Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen
impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyó el título:
_Apocalipsis cum figuris_. Los grabados eran de Alberto Dúrero: una obra
de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres
quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca
carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba
con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando á
la humanidad loca de espanto.
Algo ocurrió de pronto que hizo salir á los tres hombres de su
contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran
estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por
los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo
grave acababa de ocurrir.
Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos que fué
interminable.
Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio:
persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos,
gritos de sorpresa y de terror.
Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes
de llegar á ellas, el ruso tuvo un presentimiento.
--Mi vecina... Debe ser mi vecina. Tal vez se ha matado.
Al asomarse vieron luces en el fondo; gentes que se agitaban en torno de
un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado
instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche
de nerviosidad, que mantenía á todos en dolorosa vigilia.
--Se ha matado--dijo una voz que parecía surgir de un pozo--. Es la
alemana, que se ha matado.
La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último
piso.
El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado
sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación: alguien
la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del
Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope
implacable, arrollador.
Las fuerzas ciegas del mal iban á correr libres por el mundo.
Empezaba el suplicio de la humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus
cuatro enemigos.
SEGUNDA PARTE
I
Las envidias de don Marcelo
El primer movimiento del viejo Desnoyers fué de asombro al convencerse
de que la guerra resultaba inevitable. La humanidad se había vuelto
loca. ¿Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de
comercio, tantas máquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de
la tierra y sus entrañas?... Las naciones se arruinarían para siempre.
Estaban acostumbradas á necesidades y gastos que no conocieron los
pueblos de hace un siglo. El capital era dueño del mundo, y la guerra
iba á matarlo; pero á su vez moriría ella á los pocos meses, falta de
dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indignó ante
los centenares de miles de millones que la loca aventura iba á invertir
en humo y matanzas.
Como su indignación necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo
responsables de la gran locura á sus mismos compatriotas. ¡Tanto hablar
de la _revancha_! ¡Preocuparse durante cuarenta y cuatro años de dos
provincias perdidas, cuando la nación era dueña de tierras enormes é
inútiles en otros continentes!... Iban á tocar los resultados de tanta
insensatez exasperada y ruidosa.
La guerra significaba para él un desastre á breve plazo. No tenía fe en
su país: la época de Francia había pasado. Ahora los triunfadores eran
los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania que él había
visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura
organización. El antiguo obrero sentía el instinto conservador y egoísta
de todos los que llegan á amasar millones. Despreciaba los ideales
políticos, pero por solidaridad de clase había aceptado en los últimos
años todas las declamaciones contra los escándalos del régimen. ¿Qué
podía hacer una República corrompida y desorganizada ante el Imperio más
sólido y fuerte de la tierra?...
«Vamos á la muerte--se decía á solas--. ¡Peor que en el 70!... Nos
tocará ver cosas horribles.»
El orden y el entusiasmo con que acudían los franceses al llamamiento de
la nación, convirtiéndose en soldados, produjeron en él una extrañeza
inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezó á creer en algo. La
gran masa de su país era buena: el pueblo valía como en otros tiempos.
Cuarenta y cuatro años de alarma y angustia habían hecho florecer las
antiguas virtudes. Pero ¿y los jefes? ¿Dónde estaban los jefes para
marchar á la victoria?...
Su pregunta la repetían muchos. El anonimato del régimen democrático y
de la paz mantenía al país en una ignorancia completa acerca de sus
futuros caudillos. Todos veían cómo se formaban hora por hora los
ejércitos; muy pocos conocían á los generales. Un nombre empezó á sonar
de boca en boca: «Joffre... Joffre.» Sus primeros retratos hicieron
agolparse á la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contempló atentamente:
«Tiene aspecto de buena persona.» Sus instintos de hombre de orden se
sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la
República. Experimentó de pronto una gran confianza, semejante á la que
le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. A este señor se
le podían confiar los intereses, sin miedo á que hiciese locuras.
La avalancha de entusiasmo y emociones acabó por arrastrar á Desnoyers.
Como todos los que le rodeaban, vivió minutos que eran horas y horas
que parecían años. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecía
resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz.
El viejo vivió en la calle, atraído por el espectáculo que ofrecía la
muchedumbre civil saludando á la otra muchedumbre uniformada que partía
para la guerra.
Por la noche presenció en los bulevares el paso de las manifestaciones.
La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros eléctricos. Los
cafés, desbordantes de público, lanzaban por las bocas inflamadas de sus
puertas y ventanas el rugido musical de las canciones patrióticas. De
pronto se abría el gentío en el centro de la calle entre aplausos y
vivas. Toda Europa pasaba por allí; toda Europa--menos los dos Imperios
enemigos--saludaba espontáneamente con sus aclamaciones á la Francia en
peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas
las tintas del iris, y detrás de ellas los rusos, de ojos claros y
místicos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando cánticos de
religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los
escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la
ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los hebreos sin patria, amigos
del país de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes
como un coro de tenores heroicos; los españoles y sudamericanos,
incansables en sus vítores. Eran estudiantes y obreros que
perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres, refugiados que
se habían acogido á la hospitalaria playa de París como náufragos de
guerras y revoluciones. Sus gritos no tenían significación oficial.
Todos estos hombres se movían con espontáneo impulso, deseosos de
manifestar su amor á la República. Y Desnoyers, conmovido por el
espectáculo, pensaba que Francia era todavía algo en el mundo, que aún
ejercía una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrías ó sus
desgracias interesaban á la humanidad.
«En Berlín y en Viena--se dijo--también gritarán de entusiasmo en este
momento... Pero los del país nada más. De seguro que ningún extranjero
se une ostensiblemente á sus manifestaciones.»
El pueblo de la Revolución legisladora de los Derechos del Hombre
recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezó á sentir cierto
remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecían su
sangre á Francia. Muchos se lamentaban de que el gobierno retardase
veinte días la admisión de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las
operaciones de la movilización. ¡Y él, que había nacido francés, dudaba
horas antes de su país!...
De día, la corriente popular le llevaba á la estación del Este. Una masa
humana se aglomeraba contra la verja, desbordándose en tentáculos por
las calles inmediatas. La estación, que iba adquiriendo la importancia
de un lugar histórico, parecía un túnel estrecho por el que intentaba
deslizarse todo un río, con grandes choques y rebullimientos contra sus
paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de
París hacia los campos de batalla de la frontera.
Desnoyers sólo había estado dos veces allí, á la ida y al regreso de su
viaje á Alemania. Otros emprendían ahora el mismo camino. Las
muchedumbres populares iban acudiendo de los extremos de la ciudad para
ver cómo desaparecían en el interior de la estación masas humanas de
contornos geométricos, uniformemente vestidas, con relámpagos de acero y
cadencioso acompañamiento de choques metálicos. Los medios puntos de
cristales, que brillaban al sol como bocas ígneas, tragaban y tragaban
gente. Por la noche continuaba el desfile á la luz de los focos
eléctricos. A través de las verjas pasaban miles y miles de corceles;
hombres con el pecho forrado de hierro y cabelleras pendientes del
casco, lo mismo que los paladines de remotos siglos; cajas enormes que
servían de jaula á los cóndores de la aeronáutica; rosarios de cañones
estrechos y largos, pintados de gris, protegidos por mamparas de acero,
más semejantes á instrumentos astronómicos que á bocas de muerte; masas
y masas de kepis rojos moviéndose con el ritmo de la marcha, y filas de
fusiles, unos negros y escuetos, formando lúgubres cañaverales, otros
rematados por bayonetas que parecían espigas luminosas. Y sobre estos
campos inquietos de mieses de acero, las banderas de los regimientos se
estremecían en el aire como pájaros de colores: el cuerpo blanco, un
ala azul, la otra roja, una corbata de oro en el cuello y en lo alto el
pico de bronce, el hierro de la lanza que apuntaba á las nubes.
De estas despedidas volvía don Marcelo á su casa vibrante y con los
nervios fatigados, como el que acaba de presenciar un espectáculo de
ruda emoción. A pesar de su carácter tenaz, que se resistía siempre á
reconocer el propio error, el viejo empezó á sentir vergüenza por sus
dudas anteriores. La nación vivía, Francia era un gran pueblo; las
apariencias le habían engañado como á otros muchos. Tal vez los más de
sus compatriotas fuesen de carácter ligero y olvidadizo, entregados con
exceso á los sensualismos de la vida; pero cuando llegaba la hora del
peligro, cumplían su deber simplemente, sin necesitar la dura imposición
que sufren los pueblos sometidos á férreas organizaciones.
En la mañana del cuarto día de movilización, al salir de su casa, en vez
de encaminarse al centro de la ciudad marchó con rumbo opuesto, hacia la
_rue de la Pompe_. Algunas palabras imprudentes de Chichí y las miradas
inquietas de su esposa y su cuñada le hicieron sospechar que Julio había
regresado de su viaje. Sintió necesidad de ver de lejos las ventanas del
estudio, como si esto pudiese proporcionarle noticias. Y para justificar
ante su propia conciencia una exploración que contrastaba con sus
propósitos de olvido, se acordó de que su carpintero habitaba en dicha
calle.
--Vamos á ver á Roberto. Hace una semana que me prometió venir.
Este Roberto era un mocetón que se había «emancipado de la tiranía
patronal», según sus propias palabras, trabajando solo en su casa. Una
pieza casi subterránea le servía de habitación y de taller. La
compañera, á la que llamaba «mi asociada», corría con el cuidado de su
persona y del hogar, mientras un niño iba creciendo agarrado á sus
faldas. Desnoyers consentía á Roberto sus declamaciones contra los
burgueses, porque se prestaba á todos sus caprichos de incesante
arreglador de muebles. En la lujosa vivienda de la avenida Víctor Hugo,
el carpintero cantaba la _Internacional_ mientras movía la sierra ó el
martillo. Esto y sus grandes atrevimientos de lenguaje lo perdonaba el
señor, teniendo en cuenta la baratura de su trabajo.
Al llegar al pequeño taller le vió con la gorra sobre una oreja, anchos
pantalones de pana á la mameluca, borceguíes claveteados y varias
banderitas y escarapelas tricolores en las solapas de la chaqueta.
--Llega tarde, patrón--dijo alegremente--. Va á cerrarse la fábrica. El
dueño ha sido movilizado y dentro de unas horas se incorporará á su
regimiento.
Y señalaba un papel manuscrito fijo en la puerta de su tugurio, á
semejanza de los carteles impresos que figuraban en todos los
establecimientos de París para indicar que patronos y dependientes
habían obedecido la orden de movilización.
Nunca se le había ocurrido á Desnoyers que su carpintero pudiera
convertirse en soldado. Era rebelde á toda imposición de autoridad.
Odiaba á los _flics_, los policías de París, con los que había cambiado
puñetazos y palos en todas las revueltas. El militarismo era su
preocupación. En los mítines contra la tiranía del cuartel había
figurado como uno de los manifestantes más ruidosos. ¿Y este
revolucionario iba á la guerra con la mejor voluntad, sin esfuerzo
alguno?...
Roberto habló con entusiasmo del regimiento, de la vida entre camaradas,
teniendo la muerte á cuatro pasos.
--Creo en mis ideas lo mismo que antes, patrón--continuó, como si
adivinase lo que pensaba el otro--; pero la guerra es la guerra, y
enseña muchas cosas; entre ellas, que la libertad debe ir acompañada de
orden y de mando. Es preciso que alguien dirija y que los demás sigan,
por voluntad, por consentimiento... pero que sigan. Cuando llega la
guerra se ven las cosas de distinto modo que cuando uno está en su casa
haciendo lo que quiere.
La noche que asesinaron á Jaurés rugió de cólera, anunciando que la
mañana siguiente sería de venganza. Había buscado á los compañeros de su
sección para enterarse de lo que proyectaban contra los burgueses. Pero
la guerra iba á estallar. Algo había en el aire que se oponía á la lucha
civil, que dejaba en momentáneo olvido los agravios particulares,
concentrando todas las almas en una aspiración común.
--Hace una semana--continuó--era antimilitarista. ¡Qué lejos me parece
eso! Como si hubiese transcurrido un año... Sigo pensando como antes:
amo la paz, odio la guerra; y como yo, todos los camaradas. Pero los
franceses no hemos provocado á nadie y nos amenazan, quieren
esclavizarnos... Seamos fieras, ya que nos obligan á serlo; y para
defendernos bien, que nadie salga de la fila, que todos obedezcan. La
disciplina no está reñida con la revolución. Acuérdese de los ejércitos
de la primera República: todos ciudadanos, lo mismo los generales que
los soldados; pero Hoche, Kleber y los otros eran rudos compadres que
sabían mandar é imponer la obediencia.
El carpintero tenía sus letras. Además de los periódicos y folletos de
«la idea» había leído en cuadernos sueltos á Michelet y otros artistas
de la historia.