Bebió dos copas Tchernoff, afirmando con chasquidos de lengua el mérito

del líquido. Los tres callaban, con el silencio admirativo y temeroso

que la grandiosidad de la noche impone á los hombres. Sus ojos saltaban

de estrella á estrella, agrupándolas en líneas ideales, formando

triángulos ó cuadriláteros de fantástica irregularidad. A veces el

fulgor parpadeante de un astro parecía enganchar al paso el rayo visual

de sus miradas, manteniéndolas en hipnótica fijeza.

El ruso, sin salir de su contemplación, se sirvió otra copa. Luego

sonrió con una ironía cruel. Su rostro barbudo tomó la expresión de una

máscara trágica asomando entre los telones de la noche.

--¡Qué pensarán allá arriba de los hombres!--murmuró--. ¿Estará enterada

alguna estrella de que existió Bismarck?... ¿Conocerán los astros la

misión divina del pueblo germánico?

Y siguió riendo.

Algo lejano é indeciso turbó el silencio de la noche deslizándose por el

fondo de una de las grietas que cortaban la inmensa planicie de tejados.

Los tres avanzaron la cabeza para escuchar mejor... Eran voces. Un coro

varonil entonaba un himno simple, monótono, grave. Más bien lo

adivinaban con el pensamiento que lo percibían con sus oídos. Varias

notas sueltas llegadas hasta ellos con mayor intensidad en una de las

fluctuaciones de la brisa permitieron á Argensola reconstituir el canto

breve rematado por un aullido melódico; un verdadero canto de guerra:

_C'est l'Alsace et la Lorraine,_

_C'est l'Alsace qu'il nous faut._

_Oh, oh, oh, oh._

Un nuevo grupo de hombres iba á lo lejos, por el fondo de una calle, en

busca de la estación de ferrocarril, puerta de la guerra. Debían ser de

los barrios exteriores, tal vez del campo, y al atravesar París envuelto

en silencio, sentían el deseo de cantar la gran aspiración nacional,

para que los que velaban detrás de las fachadas obscuras repeliesen toda

perplejidad sabiendo que no estaban solos.

--Lo mismo que en las óperas--dijo Julio siguiendo los últimos sonidos

del coro invisible, que se perdía... se perdía, devorado por la

distancia y la respiración nocturna.

Tchernoff siguió bebiendo, pero con aire distraído, fijos los ojos en la

niebla rojiza que flotaba sobre los tejados.

Adivinaban los dos amigos su labor mental en la contracción de su

frente, en los gruñidos sordos que dejaba escapar, como un eco del

monólogo interior. De pronto saltó de la reflexión á la palabra, sin

preparación alguna, continuando en voz alta el curso de sus

razonamientos.

--...Y cuando dentro de unas horas salga el sol, el mundo verá correr

por sus campos los cuatro jinetes enemigos de los hombres... Ya piafan

sus caballos malignos con la impaciencia de la carrera; ya sus jinetes

de desgracia se conciertan y cruzan las últimas palabras antes de saltar

sobre la silla.

--¿Qué jinetes son esos?--preguntó Argensola.

--Los que preceden á la Bestia.

Encontraron los dos amigos tan ininteligible esta contestación como las

palabras anteriores. Desnoyers volvió á repetirse mentalmente: «Está

borracho.» Pero su curiosidad le hizo insistir. ¿Y qué bestia era

aquella?

El ruso le miró como si extrañase la pregunta. Creía haber hablado en

alta voz desde el principio de sus reflexiones.

--La del Apocalipsis.

Se hizo un silencio; pero el laconismo del ruso no fué de larga

duración. Sintió la necesidad de expresar su entusiasmo por el soñador

de la roca marina de Patmos. El poeta de las visiones grandiosas y

obscuras ejercía influencia, á través de dos mil años, sobre este

revolucionario místico refugiado en el último piso de una casa de París.

Todo lo había presentido Juan. Sus delirios, ininteligibles para el

vulgo, encerraban el misterio de los grandes sucesos humanos.

Tchernoff describió la bestia apocalíptica surgiendo de las

profundidades del mar. Era semejante á un leopardo, sus pies iguales á

los de un oso y su boca un hocico de león. Tenía siete cabezas y diez

cuernos. De los cuernos pendían diez diademas, y en cada una de las

siete cabezas llevaba escrita una blasfemia. Estas blasfemias no las

decía el evangelista, tal vez porque eran distintas, según las épocas,

modificándose cada mil años, cuando la bestia hacía una nueva aparición.

El ruso leía las que flameaban ahora en las cabezas del monstruo:

blasfemias contra la humanidad, contra la justicia, contra todo lo que

hace tolerable y dulce la vida del hombre. «La fuerza es superior al

derecho...» «El débil no debe existir...» «Sed duros para ser

grandes...» Y la bestia, con toda su fealdad, pretendía gobernar al

mundo y que los hombres la rindiesen adoración.

--¿Pero los cuatro jinetes?--preguntó Desnoyers.

Los cuatro jinetes precedían la aparición del monstruo en el ensueño de

Juan.

Los siete sellos del libro del misterio eran rotos por el cordero en

presencia del gran trono donde estaba sentado alguien que parecía de

jaspe. El arco iris formaba en torno de su cabeza un dosel de esmeralda.

Veinticuatro tronos se extendían en semicírculo, y en ellos veinticuatro

ancianos con vestiduras blancas y coronas de oro. Cuatro animales

enormes cubiertos de ojos y con seis alas parecían guardar el trono

mayor. Sonaban las trompetas saludando la rotura del primer sello.

«¡Mira!», gritaba al poeta visionario con voz estentórea uno de los

animales... Y aparecía el primer jinete sobre un caballo blanco. En la

mano llevaba un arco y en la cabeza una corona: era la Conquista, según

unos; la Peste, según otros. Podía ser ambas cosas á la vez. Ostentaba

una corona, y esto era bastante para Tchernoff.

«¡Surge!», gritaba el segundo animal removiendo sus mil ojos. Y del

sello roto saltaba un caballo rojizo. Su jinete movía sobre la cabeza

una enorme espada. Era la Guerra. La tranquilidad huía del mundo ante su

galope furioso: los hombres iban á exterminarse.

Al abrirse el tercer sello, otro de los animales alados mugía como un

trueno: «¡Aparece!» Y Juan veía un caballo negro. El que lo montaba

tenía una balanza en la mano para pesar el sustento de los hombres. Era

el Hambre.

El cuarto animal saludaba con un bramido la rotura del cuarto sello.

«¡Salta!» Y aparecía un caballo de color pálido. «El que lo montaba se

llama la Muerte, y un poder le fué dado para hacer perecer á los hombres

por la espada, por el hambre, por la peste y por las bestias salvajes.»

Los cuatro jinetes emprendían una carrera loca, aplastante, sobre las

cabezas de la humanidad aterrada.

Tchernoff describía los cuatro azotes de la tierra lo mismo que si los

viese directamente. El jinete del caballo blanco iba vestido con un

traje ostentoso y bárbaro. Su rostro oriental se contraía odiosamente,

como si husmease las víctimas. Mientras su caballo seguía galopando, él

armaba el arco para disparar la peste. En su espalda saltaba el carcaj

de bronce lleno de flechas ponzoñosas que contenían los gérmenes de

todas las enfermedades, lo mismo las que sorprenden á las gentes

pacíficas en su retiro que las que envenenan las heridas del soldado en

el campo de batalla.

El segundo jinete, el del caballo rojo, manejaba el enorme mandoble

sobre sus cabellos, erizados por la violencia de la carrera. Era joven,

pero el fiero entrecejo y la boca contraída le daban una expresión de

ferocidad implacable. Sus vestiduras, arremolinadas por el impulso del

galope, dejaban al descubierto una musculatura atlética.

Viejo, calvo y horriblemente descarnado, el tercer jinete saltaba sobre

el cortante dorso del caballo negro. Sus piernas disecadas oprimían los

flancos de la magra bestia. Con una mano enjuta mostraba la balanza,

símbolo del alimento escaso, que iba á alcanzar el valor del oro.

Las rodillas del cuarto jinete, agudas como espuelas, picaban los

costados del caballo pálido. Su piel apergaminada dejaba visibles las

aristas y oquedades del esqueleto. Su faz de calavera se contraía con la

risa sardónica de la destrucción. Los brazos de caña hacían voltear una

hoz gigantesca. De sus hombros angulosos pendía un harapo de sudario.

Y la cabalgada furiosa de los cuatro jinetes pasaba como un huracán

sobre la inmensa muchedumbre de los humanos. El cielo tomaba sobre sus

cabezas una penumbra lívida de ocaso. Monstruos horribles y disformes

aleteaban en espiral sobre la furiosa _razzia_, como una escolta

repugnante. La pobre humanidad, loca de miedo, huía en todas direcciones

al escuchar el galope de la Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte.

Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se empujaban y caían al suelo en

todas las actitudes y gestos del pavor, del asombro, de la

desesperación. Y el caballo blanco, el rojo, el negro y el pálido los

aplastaban con indiferencia bajo sus herraduras implacables: el atleta

oía el crujido de sus costillajes rotos, el niño agonizaba agarrado al

pecho maternal, el viejo cerraba para siempre los párpados con un gemido

infantil.

--Dios se ha dormido, olvidando al mundo--continuó el ruso--. Tardará

mucho en despertar, y mientras Él duerme, los cuatro jinetes feudatarios

de la Bestia correrán la tierra como únicos señores.

Se exaltaba con sus palabras. Abandonando su asiento, iba de un lado á

otro con grandes pasos. Le parecía débil su descripción de las cuatro

calamidades vistas por el poeta sombrío. Un gran pintor había dado forma

corporal á estos terribles ensueños.

--Yo tengo un libro--murmuraba--, un libro precioso...

Y repentinamente huyó del estudio, dirigiéndose á la escalera interior

para entrar en sus habitaciones. Quería traer el libro para que lo

viesen sus amigos. Argensola le acompañó. Poco después volvieron con el

volumen. Habían dejado abiertas las puertas tras de ellos. Se estableció

una corriente de aire más fuerte entre los huecos de las fachadas y el

patio interior.

Tchernoff colocó bajo una lámpara su libro precioso. Era un volumen

impreso en 1511, con texto latino y grabados. Desnoyers leyó el título:

_Apocalipsis cum figuris_. Los grabados eran de Alberto Dúrero: una obra

de juventud, cuando el maestro sólo tenía veintisiete años. Los tres

quedaron en extática admiración ante la lámina que representaba la loca

carrera de los jinetes apocalípticos. El cuádruple azote se precipitaba

con un impulso arrollador sobre sus monturas fantásticas, aplastando á

la humanidad loca de espanto.

Algo ocurrió de pronto que hizo salir á los tres hombres de su

contemplación admirativa; algo extraordinario, indefinible: un gran

estrépito que pareció entrar directamente en su cerebro sin pasar por

los oídos; un choque en su corazón. El instinto les advirtió que algo

grave acababa de ocurrir.

Quedaron en silencio, mirándose: un silencio de segundos que fué

interminable.

Por las puertas abiertas llegó un ruido de alarma procedente del patio:

persianas que se abrían, pasos atropellados en los diversos pisos,

gritos de sorpresa y de terror.

Los tres corrieron instintivamente hacia las ventanas interiores. Antes

de llegar á ellas, el ruso tuvo un presentimiento.

--Mi vecina... Debe ser mi vecina. Tal vez se ha matado.

Al asomarse vieron luces en el fondo; gentes que se agitaban en torno de

un bulto tendido sobre las baldosas. La alarma había poblado

instantáneamente todas las ventanas. Era una noche sin sueño, una noche

de nerviosidad, que mantenía á todos en dolorosa vigilia.

--Se ha matado--dijo una voz que parecía surgir de un pozo--. Es la

alemana, que se ha matado.

La explicación de la portera saltó de ventana en ventana hasta el último

piso.

El ruso movió la cabeza con expresión fatal. La infeliz no había dado

sola el salto de muerte. Alguien presenciaba su desesperación: alguien

la había empujado... ¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del

Apocalipsis!... Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope

implacable, arrollador.

Las fuerzas ciegas del mal iban á correr libres por el mundo.

Empezaba el suplicio de la humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus

cuatro enemigos.

SEGUNDA PARTE

I

Las envidias de don Marcelo

El primer movimiento del viejo Desnoyers fué de asombro al convencerse

de que la guerra resultaba inevitable. La humanidad se había vuelto

loca. ¿Era posible una guerra con tantos ferrocarriles, tantos buques de

comercio, tantas máquinas, tanta actividad desarrollada en la costra de

la tierra y sus entrañas?... Las naciones se arruinarían para siempre.

Estaban acostumbradas á necesidades y gastos que no conocieron los

pueblos de hace un siglo. El capital era dueño del mundo, y la guerra

iba á matarlo; pero á su vez moriría ella á los pocos meses, falta de

dinero para sostenerse. Su alma de hombre de negocios se indignó ante

los centenares de miles de millones que la loca aventura iba á invertir

en humo y matanzas.

Como su indignación necesitaba fijarse en algo inmediato, hizo

responsables de la gran locura á sus mismos compatriotas. ¡Tanto hablar

de la _revancha_! ¡Preocuparse durante cuarenta y cuatro años de dos

provincias perdidas, cuando la nación era dueña de tierras enormes é

inútiles en otros continentes!... Iban á tocar los resultados de tanta

insensatez exasperada y ruidosa.

La guerra significaba para él un desastre á breve plazo. No tenía fe en

su país: la época de Francia había pasado. Ahora los triunfadores eran

los pueblos del Norte, y sobre todos, aquella Alemania que él había

visto de cerca, admirando con cierto pavor su disciplina, su dura

organización. El antiguo obrero sentía el instinto conservador y egoísta

de todos los que llegan á amasar millones. Despreciaba los ideales

políticos, pero por solidaridad de clase había aceptado en los últimos

años todas las declamaciones contra los escándalos del régimen. ¿Qué

podía hacer una República corrompida y desorganizada ante el Imperio más

sólido y fuerte de la tierra?...

«Vamos á la muerte--se decía á solas--. ¡Peor que en el 70!... Nos

tocará ver cosas horribles.»

El orden y el entusiasmo con que acudían los franceses al llamamiento de

la nación, convirtiéndose en soldados, produjeron en él una extrañeza

inmensa. A impulsos de esta sacudida moral, empezó á creer en algo. La

gran masa de su país era buena: el pueblo valía como en otros tiempos.

Cuarenta y cuatro años de alarma y angustia habían hecho florecer las

antiguas virtudes. Pero ¿y los jefes? ¿Dónde estaban los jefes para

marchar á la victoria?...

Su pregunta la repetían muchos. El anonimato del régimen democrático y

de la paz mantenía al país en una ignorancia completa acerca de sus

futuros caudillos. Todos veían cómo se formaban hora por hora los

ejércitos; muy pocos conocían á los generales. Un nombre empezó á sonar

de boca en boca: «Joffre... Joffre.» Sus primeros retratos hicieron

agolparse á la muchedumbre curiosa. Desnoyers lo contempló atentamente:

«Tiene aspecto de buena persona.» Sus instintos de hombre de orden se

sintieron halagados por el aire grave y sereno del general de la

República. Experimentó de pronto una gran confianza, semejante á la que

le inspiraban los gerentes de Banco de buena presencia. A este señor se

le podían confiar los intereses, sin miedo á que hiciese locuras.

La avalancha de entusiasmo y emociones acabó por arrastrar á Desnoyers.

Como todos los que le rodeaban, vivió minutos que eran horas y horas

que parecían años. Los sucesos se atropellaban; el mundo parecía

resarcirse en una semana del largo quietismo de la paz.

El viejo vivió en la calle, atraído por el espectáculo que ofrecía la

muchedumbre civil saludando á la otra muchedumbre uniformada que partía

para la guerra.

Por la noche presenció en los bulevares el paso de las manifestaciones.

La bandera tricolor aleteaba sus colores bajo los faros eléctricos. Los

cafés, desbordantes de público, lanzaban por las bocas inflamadas de sus

puertas y ventanas el rugido musical de las canciones patrióticas. De

pronto se abría el gentío en el centro de la calle entre aplausos y

vivas. Toda Europa pasaba por allí; toda Europa--menos los dos Imperios

enemigos--saludaba espontáneamente con sus aclamaciones á la Francia en

peligro. Iban desfilando las banderas de los diversos pueblos con todas

las tintas del iris, y detrás de ellas los rusos, de ojos claros y

místicos; los ingleses, con la cabeza descubierta, entonando cánticos de

religiosa gravedad; los griegos y rumanos, de perfil aquilino; los

escandinavos, blancos y rojos; los americanos del Norte, con la

ruidosidad de un entusiasmo algo pueril; los hebreos sin patria, amigos

del país de las revoluciones igualitarias; los italianos, arrogantes

como un coro de tenores heroicos; los españoles y sudamericanos,

incansables en sus vítores. Eran estudiantes y obreros que

perfeccionaban sus conocimientos en escuelas y talleres, refugiados que

se habían acogido á la hospitalaria playa de París como náufragos de

guerras y revoluciones. Sus gritos no tenían significación oficial.

Todos estos hombres se movían con espontáneo impulso, deseosos de

manifestar su amor á la República. Y Desnoyers, conmovido por el

espectáculo, pensaba que Francia era todavía algo en el mundo, que aún

ejercía una fuerza moral sobre los pueblos, y sus alegrías ó sus

desgracias interesaban á la humanidad.

«En Berlín y en Viena--se dijo--también gritarán de entusiasmo en este

momento... Pero los del país nada más. De seguro que ningún extranjero

se une ostensiblemente á sus manifestaciones.»

El pueblo de la Revolución legisladora de los Derechos del Hombre

recolectaba la gratitud de las muchedumbres. Empezó á sentir cierto

remordimiento ante el entusiasmo de los extranjeros que ofrecían su

sangre á Francia. Muchos se lamentaban de que el gobierno retardase

veinte días la admisión de voluntarios, hasta que hubiesen terminado las

operaciones de la movilización. ¡Y él, que había nacido francés, dudaba

horas antes de su país!...

De día, la corriente popular le llevaba á la estación del Este. Una masa

humana se aglomeraba contra la verja, desbordándose en tentáculos por

las calles inmediatas. La estación, que iba adquiriendo la importancia

de un lugar histórico, parecía un túnel estrecho por el que intentaba

deslizarse todo un río, con grandes choques y rebullimientos contra sus

paredes. Una parte de la Francia en armas se lanzaba por esta salida de

París hacia los campos de batalla de la frontera.

Desnoyers sólo había estado dos veces allí, á la ida y al regreso de su

viaje á Alemania. Otros emprendían ahora el mismo camino. Las

muchedumbres populares iban acudiendo de los extremos de la ciudad para

ver cómo desaparecían en el interior de la estación masas humanas de

contornos geométricos, uniformemente vestidas, con relámpagos de acero y

cadencioso acompañamiento de choques metálicos. Los medios puntos de

cristales, que brillaban al sol como bocas ígneas, tragaban y tragaban

gente. Por la noche continuaba el desfile á la luz de los focos

eléctricos. A través de las verjas pasaban miles y miles de corceles;

hombres con el pecho forrado de hierro y cabelleras pendientes del

casco, lo mismo que los paladines de remotos siglos; cajas enormes que

servían de jaula á los cóndores de la aeronáutica; rosarios de cañones

estrechos y largos, pintados de gris, protegidos por mamparas de acero,

más semejantes á instrumentos astronómicos que á bocas de muerte; masas

y masas de kepis rojos moviéndose con el ritmo de la marcha, y filas de

fusiles, unos negros y escuetos, formando lúgubres cañaverales, otros

rematados por bayonetas que parecían espigas luminosas. Y sobre estos

campos inquietos de mieses de acero, las banderas de los regimientos se

estremecían en el aire como pájaros de colores: el cuerpo blanco, un

ala azul, la otra roja, una corbata de oro en el cuello y en lo alto el

pico de bronce, el hierro de la lanza que apuntaba á las nubes.

De estas despedidas volvía don Marcelo á su casa vibrante y con los

nervios fatigados, como el que acaba de presenciar un espectáculo de

ruda emoción. A pesar de su carácter tenaz, que se resistía siempre á

reconocer el propio error, el viejo empezó á sentir vergüenza por sus

dudas anteriores. La nación vivía, Francia era un gran pueblo; las

apariencias le habían engañado como á otros muchos. Tal vez los más de

sus compatriotas fuesen de carácter ligero y olvidadizo, entregados con

exceso á los sensualismos de la vida; pero cuando llegaba la hora del

peligro, cumplían su deber simplemente, sin necesitar la dura imposición

que sufren los pueblos sometidos á férreas organizaciones.

En la mañana del cuarto día de movilización, al salir de su casa, en vez

de encaminarse al centro de la ciudad marchó con rumbo opuesto, hacia la

_rue de la Pompe_. Algunas palabras imprudentes de Chichí y las miradas

inquietas de su esposa y su cuñada le hicieron sospechar que Julio había

regresado de su viaje. Sintió necesidad de ver de lejos las ventanas del

estudio, como si esto pudiese proporcionarle noticias. Y para justificar

ante su propia conciencia una exploración que contrastaba con sus

propósitos de olvido, se acordó de que su carpintero habitaba en dicha

calle.

--Vamos á ver á Roberto. Hace una semana que me prometió venir.

Este Roberto era un mocetón que se había «emancipado de la tiranía

patronal», según sus propias palabras, trabajando solo en su casa. Una

pieza casi subterránea le servía de habitación y de taller. La

compañera, á la que llamaba «mi asociada», corría con el cuidado de su

persona y del hogar, mientras un niño iba creciendo agarrado á sus

faldas. Desnoyers consentía á Roberto sus declamaciones contra los

burgueses, porque se prestaba á todos sus caprichos de incesante

arreglador de muebles. En la lujosa vivienda de la avenida Víctor Hugo,

el carpintero cantaba la _Internacional_ mientras movía la sierra ó el

martillo. Esto y sus grandes atrevimientos de lenguaje lo perdonaba el

señor, teniendo en cuenta la baratura de su trabajo.

Al llegar al pequeño taller le vió con la gorra sobre una oreja, anchos

pantalones de pana á la mameluca, borceguíes claveteados y varias

banderitas y escarapelas tricolores en las solapas de la chaqueta.

--Llega tarde, patrón--dijo alegremente--. Va á cerrarse la fábrica. El

dueño ha sido movilizado y dentro de unas horas se incorporará á su

regimiento.

Y señalaba un papel manuscrito fijo en la puerta de su tugurio, á

semejanza de los carteles impresos que figuraban en todos los

establecimientos de París para indicar que patronos y dependientes

habían obedecido la orden de movilización.

Nunca se le había ocurrido á Desnoyers que su carpintero pudiera

convertirse en soldado. Era rebelde á toda imposición de autoridad.

Odiaba á los _flics_, los policías de París, con los que había cambiado

puñetazos y palos en todas las revueltas. El militarismo era su

preocupación. En los mítines contra la tiranía del cuartel había

figurado como uno de los manifestantes más ruidosos. ¿Y este

revolucionario iba á la guerra con la mejor voluntad, sin esfuerzo

alguno?...

Roberto habló con entusiasmo del regimiento, de la vida entre camaradas,

teniendo la muerte á cuatro pasos.

--Creo en mis ideas lo mismo que antes, patrón--continuó, como si

adivinase lo que pensaba el otro--; pero la guerra es la guerra, y

enseña muchas cosas; entre ellas, que la libertad debe ir acompañada de

orden y de mando. Es preciso que alguien dirija y que los demás sigan,

por voluntad, por consentimiento... pero que sigan. Cuando llega la

guerra se ven las cosas de distinto modo que cuando uno está en su casa

haciendo lo que quiere.

La noche que asesinaron á Jaurés rugió de cólera, anunciando que la

mañana siguiente sería de venganza. Había buscado á los compañeros de su

sección para enterarse de lo que proyectaban contra los burgueses. Pero

la guerra iba á estallar. Algo había en el aire que se oponía á la lucha

civil, que dejaba en momentáneo olvido los agravios particulares,

concentrando todas las almas en una aspiración común.

--Hace una semana--continuó--era antimilitarista. ¡Qué lejos me parece

eso! Como si hubiese transcurrido un año... Sigo pensando como antes:

amo la paz, odio la guerra; y como yo, todos los camaradas. Pero los

franceses no hemos provocado á nadie y nos amenazan, quieren

esclavizarnos... Seamos fieras, ya que nos obligan á serlo; y para

defendernos bien, que nadie salga de la fila, que todos obedezcan. La

disciplina no está reñida con la revolución. Acuérdese de los ejércitos

de la primera República: todos ciudadanos, lo mismo los generales que

los soldados; pero Hoche, Kleber y los otros eran rudos compadres que

sabían mandar é imponer la obediencia.

El carpintero tenía sus letras. Además de los periódicos y folletos de

«la idea» había leído en cuadernos sueltos á Michelet y otros artistas

de la historia.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 12 / 33 段