--La ciencia alemana--continuó Tchernoff--ha dado mucho á la humanidad,

lo reconozco; pero la ciencia de las otras naciones ha dado mucho

igualmente. Sólo un pueblo loco de orgullo puede imaginar que él lo es

todo para la civilización y los demás no son nada... Aparte de sus

sabios especialistas, ¿qué genio ha producido en nuestros tiempos esa

Alemania que se cree universal? Wágner es el último romántico, cierra

una época y pertenece al pasado. Nietzsche tuvo empeño en demostrar su

origen polaco y abominó de Alemania, país, según él, de burgueses

pedantes. Su eslavismo era tan pronunciado, que hasta profetizó el

aplastamiento de los germanos por los eslavos... Y no quedan más.

Nosotros, pueblo salvaje, hemos dado al mundo en los últimos tiempos

artistas de una grandeza moral admirable. Tolstoi y Dostoiewsky son

universales. ¿Qué nombres puede colocar enfrente de ellos la Alemania de

Guillermo II?... Su país fué la patria de la música, pero los músicos

rusos del presente son más originales que los continuadores del

wagnerismo, que se refugían en las exasperaciones de la orquesta para

ocultar su mediocridad... El pueblo alemán tuvo genios en su época de

dolor, cuando aún no había nacido el orgullo pangermanista, cuando no

existía el Imperio. Goethe, Schiller, Beethoven, fueron súbditos de

pequeños principados. Recibieron la influencia de otros países,

contribuyeron á la civilización universal, como ciudadanos del mundo,

sin ocurrírseles que el mundo debía hacerse germánico porque prestaba

atención á sus obras.

El zarismo había cometido atrocidades. Tchernoff lo sabía por

experiencia y no necesitaba que los alemanes vinieran á contárselo. Pero

todas las clases ilustradas de Rusia eran enemigas de la tiranía y se

levantaban contra ella. ¿Dónde estaban en Alemania los intelectuales

enemigos del zarismo prusiano? Callaban ó prorrumpían en adulaciones al

ungido de Dios, músico y comediante como Nerón, de una inteligencia viva

y superficial, que, por tocarlo todo, creía saberlo todo. Ansioso de

alcanzar una postura escénica en la Historia, había acabado por afligir

al mundo con la más grande de las calamidades.

--¿Por qué ha de ser rusa la tiranía que pesa sobre mi país? Los peores

zares fueron imitadores de Prusia. En nuestros tiempos, cada vez que el

pueblo ruso ó polaco ha intentado reivindicar sus derechos, los

reaccionarios emplearon al kaiser como una amenaza, afirmando que

vendría en su auxilio. Una mitad de la aristocracia rusa es alemana;

alemanes los generales que más se han distinguido acuchillando al

pueblo; alemanes los funcionarios que sostienen y aconsejan la tiranía;

alemanes los oficiales que se encargan de castigar con matanzas las

huelgas obreras y la rebelión de los pueblos anexionados. El eslavo

reaccionario es brutal, pero tiene el sentimentalismo de una raza en la

que muchos príncipes se hacen nihilistas. Levanta él látigo con

facilidad, pero luego se arrepiente y á veces llora. Yo he visto á

oficiales rusos suicidarse por no marchar contra el pueblo ó por el

remordimiento de haber ejecutado matanzas. El alemán al servicio del

zarismo no siente escrúpulos ni lamenta su conducta: mata fríamente, con

método minucioso y exacto, como todo lo que ejecuta. El ruso es bárbaro,

pega y se arrepiente; el alemán civilizado fusila sin vacilación.

Nuestro zar, en un ensueño humanitario de eslavo, acarició la utopía

generosa de la paz universal, organizando las conferencias de La Haya.

El kaiser de la cultura ha trabajado años y años en el montaje y

engrasamiento de un organismo destructivo como nunca se conoció, para

aplastar á toda Europa. El ruso es un cristiano humilde, igualitario,

democrático, sediento de justicia; el alemán alardea de cristianismo,

pero es un idólatra como los germanos de otros siglos. Su religión ama

la sangre y mantiene las castas; su verdadero culto es el de Odín, sólo

que ahora el dios de la matanza ha cambiado de nombre, y se llama el

Estado.

Se detuvo un instante Tchernoff, tal vez para apreciar mejor la

extrañeza de sus acompañantes, y dijo luego con simplicidad:

--Yo soy cristiano.

Argensola, que conocía las ideas y la historia del ruso, hizo un

movimiento de asombro. Julio insistió en sus sospechas: «Decididamente,

este Tchernoff está borracho.»

--Es verdad--continuó--que me preocupo poco de Dios y no creo en los

dogmas, pero mi alma es cristiana como la de todos los revolucionarios.

La filosofía de la democracia moderna es un cristianismo laico. Los

socialistas amamos al humilde, al menesteroso, al débil. Defendemos su

derecho á la vida y al bienestar, lo mismo que los grandes exaltados de

la religión, que vieron en todo infeliz á un hermano. Nosotros exigimos

el respeto para el pobre en nombre de la justicia; los otros lo piden en

nombre de la piedad. Esto nos separa únicamente. Pero unos y otros

buscamos que los hombres se pongan de acuerdo para una vida mejor; que

el fuerte se sacrifique por el débil, el poderoso por el humilde y el

mundo se rija por la fraternidad, buscando la mayor igualdad posible.

El eslavo resumía la historia de las aspiraciones humanas. El

pensamiento griego había puesto el bienestar en la tierra, pero sólo

para unos cuantos, para los ciudadanos de sus pequeñas democracias, para

los hombres libres, dejando abandonados á su miseria los esclavos y los

bárbaros, que constituían la mayor parte. El cristianismo, religión de

humildes, había reconocido á todos los seres el derecho á la felicidad,

pero esta felicidad la colocaba en el cielo, lejos de este mundo «valle

de lágrimas». La Revolución y sus herederos los socialistas ponían la

felicidad en las realidades inmediatas de la tierra, lo mismo que los

antiguos, y hacían partícipes de ella á todos los hombres, lo mismo que

los cristianos.

--¿Dónde está el cristianismo de la Alemania presente?... Hay más

espíritu cristiano en el socialismo de la laica República francesa,

defensora de los débiles, que en la religiosidad de los _junkers_

conservadores. Alemania se ha fabricado un Dios á su semejanza, y cuando

cree adorarlo, es su propia imagen lo que adora. El Dios alemán es un

reflejo del Estado alemán, que considera la guerra como la primera

función de un pueblo y la más noble de las ocupaciones. Otros pueblos

cristianos, cuando tienen que guerrear, sienten la contradicción que

existe entre su conducta y el Evangelio, y se excusan alegando la cruel

necesidad de defenderse. Alemania declara que la guerra es agradable á

Dios. Yo conozco sermones alemanes probando que Jesús fué partidario del

militarismo.

El orgullo germánico, la convicción de que su raza está destinada

providencialmente á dominar el mundo, ponía de acuerdo á protestantes,

católicos y judíos.

--Por encima de sus diferencias de dogma está el Dios del Estado, que es

alemán; el Dios guerrero, al que tal vez llama Guillermo á estas horas

«mi respetable aliado». Las religiones tendieron siempre á la

universalidad. Su fin es poner á los hombres en relación con Dios y

sostener las relaciones entre todos los hombres. Prusia ha retrogradado

á la barbarie creando para su uso personal un segundo Jehová, una

divinidad hostil á la mayor parte del género humano, que hace suyos los

rencores y las ambiciones del pueblo alemán.

Luego, Tchernoff explicaba á su modo la creación de este Dios germánico,

ambicioso, cruel, vengativo. Los alemanes eran unos cristianos de la

víspera. Su cristianismo databa de seis siglos nada más, mientras que el

de los otros pueblos de Europa era de diez, de quince, de diez y ocho

siglos. Cuando terminaban ya las Cruzadas, los prusianos vivían aún en

el paganismo. La soberbia de raza, al impulsarlos á la guerra, hacía

revivir á las divinidades muertas. A semejanza del antiguo Dios

germánico, que era un caudillo militar, el Dios del Evangelio se veía

adornado por los alemanes con lanza y escudo.

--El cristianismo en Berlín lleva casco y botas de montar. Dios se ve

movilizado en estos momentos, lo mismo que Otto, Fritz y Franz, para que

castigue á los enemigos del pueblo escogido. Nada importa que haya

ordenado: «No matarás» y que su hijo dijese en la tierra:

«Bienaventurados los pacíficos.» El cristianismo, según los sacerdotes

alemanes de todas las confesiones, sólo puede influir en el mejoramiento

individual de los hombres y no debe inmiscuirse en la vida del Estado.

El Dios del Estado prusiano es el «viejo Dios alemán», un heredero de la

feroz mitología germánica, una amalgama de las divinidades hambrientas

de guerra.

En el silencio de la avenida, el ruso evocó las rojas figuras de los

dioses implacables. Iban á despertar aquella noche al sentir en sus

oídos el amado estrépito de las armas y en su olfato el perfume acre de

la sangre. Thor, el dios brutal de la cabeza pequeña, estiraba sus

bíceps, empuñando el martillo que aplasta ciudades. Wotan afilaba su

lanza, que tiene el relámpago por hierro y el trueno por regatón. Odín,

el del único ojo, bostezaba de gula en lo alto de su montaña, esperando

á los guerreros muertos que se amontonarían alrededor de su trono. Las

desmelenadas walkyrias, vírgenes sudorosas y oliendo á potro, empezaban

á galopar de nube en nube, azuzando á los hombres con aullidos, para

llevarse los cadáveres, doblados como alforjas, sobre las ancas de sus

rocines voladores.

--La religiosidad germánica--continuó el ruso--es la negación del

cristianismo. Para ella, los hombres no son iguales ante Dios. Este

sólo aprecia á los fuertes, y los apoya con su influencia para que se

atrevan á todo. Los que nacieron débiles deben someterse ó desaparecer.

Los pueblos tampoco son iguales: están divididos en pueblos conductores

y pueblos inferiores cuyo destino es verse desmenuzados y asimilados por

aquéllos. Así lo quiere Dios. Y resulta inútil decir que el gran pueblo

conductor es Alemania.

Argensola le interrumpió. El orgullo alemán no se apoyaba únicamente en

su Dios; apelaba igualmente á la ciencia.

--Conozco eso--dijo el ruso sin dejarle terminar--: el determinismo, la

desigualdad, la selección, la lucha por la vida... Los alemanes, tan

orgullosos de su valer, construyen sobre terreno ajeno sus monumentos

intelectuales, piden prestado al extranjero el material de cimentación

cuando hacen obra nueva. Un francés y un inglés, Gobineau y Chamberlain,

les han dado los argumentos para defender la superioridad de su raza.

Con cascote sobrante de Darwin y de Spencer, su anciano Haeckel ha

fabricado el «monismo», doctrina que, aplicada á la política, consagra

científicamente el orgullo alemán y reconoce su derecho á dominar al

mundo, por ser el más fuerte.

--No, mil veces no--continuó con energía después de un breve silencio--.

Todo eso de la lucha por la vida con su cortejo de crueldades puede ser

verdad en las especies inferiores, pero no debe ser verdad entre los

hombres. Somos seres de razón y de progreso, y debemos libertarnos de la

fatalidad del medio, modificándolo á nuestra conveniencia. El animal no

conoce el derecho, la justicia, la compasión; vive esclavo de la

lobreguez de sus instintos. Nosotros pensamos, y el pensamiento

significa libertad. El fuerte, para serlo, no necesita mostrarse cruel;

resulta más grande cuando no abusa de su fuerza y es bueno. Todos tienen

derecho á la vida, ya que nacieron; y del mismo modo que subsisten los

seres orgullosos y humildes, hermosos ó débiles, deben seguir viviendo

las naciones grandes y pequeñas, viejas y jóvenes. La finalidad de

nuestra existencia no es la lucha, no es matar, para que luego nos maten

á nosotros, y que á su vez caiga muerto nuestro matador. Dejemos eso á

la ciega Naturaleza. Los pueblos civilizados, de seguir un pensamiento

común, deben adoptar el de la Europa mediterránea, realizando la

concepción más pacífica y dulce de la vida que sea posible.

Una sonrisa cruel agitó las barbas del ruso.

--Pero existe la _Kultur_, que los germanos quieren imponernos y que

resulta lo más opuesto á la civilización. La civilización es el

afinamiento del espíritu, el respeto al semejante, la tolerancia de la

opinión ajena, la suavidad de las costumbres. La _Kultur_ es la acción

de un Estado que organiza y asimila individuos y colectividades para que

la sirvan en su misión. Y esta misión consiste principalmente en

colocarse por encima de los otros Estados, aplastándolos con su

grandeza, ó lo que es lo mismo, orgullo, ferocidad, violencia.

Habían llegado á la plaza de la Estrella. El Arco de Triunfo destacaba

su mole obscura en el espacio estrellado. Las avenidas esparcían en

todas direcciones una doble fila de luces. Los faroles situados en torno

del monumento iluminaban sus bases gigantescas y los pies de los grupos

escultóricos. Más arriba se cerraban las sombras, dando al claro

monumento la negra densidad del ébano.

Atravesaron la plaza y el Arco. Al verse bajo la bóveda, que repercutía,

agrandado, el eco de sus pasos, se detuvieron. La brisa de la noche

tomaba una frialdad invernal al deslizarse por el interior de la

construcción. La bóveda recortaba las aristas de sus extremos sobre el

difuso azul del espacio. Instintivamente volvieron los tres la cabeza

para lanzar una mirada á los Campos Elíseos, que habían dejado atrás.

Sólo vieron un río de sombra en el que flotaban rosarios de estrellas

rojas entre dos largas escarpaduras negras formadas por los edificios.

Pero estaban familiarizados con el panorama, y creyeron contemplar en la

obscuridad, sin ningún esfuerzo, la majestuosa pendiente de la avenida,

la doble fila de palacios, la plaza de la Concordia en el fondo con su

aguja egipcia, las arboledas de las Tullerías.

--Esto es hermoso--dijo Tchernoff, que veía algo más que sombras--.

Toda una civilización que ama la paz y la dulzura de la vida ha pasado

por aquí.

Un recuerdo enterneció al ruso. Muchas tardes, después del almuerzo,

había encontrado en aquel mismo lugar á un hombre robusto, cuadrado, de

barba rubia y ojos bondadosos. Parecía un gigante detenido en mitad de

su crecimiento. Un perro le acompañaba. Era Jaurés, su amigo Jaurés, que

antes de ir á la Cámara daba un paseo hasta el Arco desde su casa de

Passy.

--Le gustaba situarse donde nos hallamos en este momento. Contemplaba

las avenidas, los jardines lejanos, todo el París que se ofrece á la

admiración desde esta altura. Y me decía conmovido: «Esto es magnífico.

Una de las perspectivas más hermosas que pueden encontrarse en el

mundo...» ¡Pobre Jaurés!

El ruso, por una asociación de ideas, evocaba la imagen de su

compatriota Miguel Bakounine, otro revolucionario, el padre del

anarquismo, llorando de emoción en un concierto luego de oir la sinfonía

con coros de Beethoven, dirigida por un joven amigo suyo que se llamaba

Ricardo Wágner. «Cuando venga nuestra revolución--gritaba estrechando la

mano del maestro--y perezca lo existente, habrá que salvar esto á toda

costa.»

Tchernoff se arrancó á sus recuerdos para mirar en torno y decir con

tristeza:

--Ellos han pasado por aquí.

Cada vez que atravesaba el Arco, la misma imagen surgía en su memoria.

_Ellos_ eran miles de cascos brillando al sol; miles de gruesas botas

levantándose con mecánica rigidez todas á un tiempo; las trompetas

cortas, los pífanos, los tamborcillos planos, conmoviendo el augusto

silencio de la piedra; la marcha guerrera de _Lohengrin_ sonando en las

avenidas desiertas ante las casas cerradas.

El, que era un extranjero, se sentía atraído por este monumento, con la

atracción de los edificios venerables que guardan la gloria de los

ascendientes. No quería saber quién lo había creado. Los hombres

construyen creyendo solidificar una idea inmediata que halaga su

orgullo. Luego sobreviene la humanidad, de más amplia visión, que cambia

el significado de la obra y la engrandece, despojándola de su primitivo

egoísmo. Las estatuas griegas, modelos de suprema belleza, habían sido

en su origen simples imágenes de santuario regaladas por la piedad de

las devotas de aquellos tiempos. Al evocar la grandeza romana, todos

veían con la imaginación el enorme Coliseo, redondel de matanzas, ó los

arcos elevados á la gloria de Césares ineptos. Las obras representativas

de los pueblos tenían dos significados: el interior é inmediato que le

daban sus creadores, y el exterior, de un interés universal, que les

comunicaban luego los siglos, haciendo de ellas un símbolo.

--El Arco--continuó Tehernoff--es francés por dentro, con sus nombres de

batallas y generales que se prestan á la crítica. Exteriormente, es el

monumento del pueblo que hizo la más grande de las revoluciones y de

todos los pueblos que creen en la libertad. La glorificación del hombre

está allá abajo, en la columna de la plaza Vendôme. Aquí no hay nada

individual. Sus constructores la elevaron á la memoria del Gran

Ejército, y ese Gran Ejército fué el pueblo en armas esparciendo por

toda Europa la revolución. Los artistas, que son grandes intuitivos,

presintieron el verdadero significado de esta obra. Los guerreros de

Rude que entonan la _Marsellesa_ en el grupo que tenemos á la izquierda

no son militares de oficio, son ciudadanos armados que marchan á ejercer

su apostolado sublime y violento. Su desnudez me hace ver en ellos unos

_sans-culottes_ con casco griego... Aquí hay algo más que la gloria

estrecha y egoísta de una sola nación. Todos en Europa despertamos á una

nueva vida gracias á estos cruzados de la libertad... Los pueblos evocan

imágenes en mi pensamiento. Si recuerdo á Grecia, veo las columnatas del

Parthenón; Roma señora del mundo es el Coliseo y el Arco de Trajano; la

Francia revolucionaria es el Arco de Triunfo.

Era algo más, según el ruso. Representaba un gran desquite histórico:

los pueblos del Sur, las llamadas razas latinas, contestando después de

muchos siglos á la invasión qué había destruído el poderío romano; los

hombres mediterráneos esparciéndose vencedores por las tierras de los

antiguos bárbaros. Habían barrido el pasado como una ola destructora,

para retirarse inmediatamente. La gran marea depositaba todo lo que

envolvían sus entrañas, como las aguas de ciertos ríos que fecundan

inundando. Y al replegarse los hombres, quedaba el suelo enriquecido por

nuevas y generosas ideas.

--¡Si ellos volviesen!--añadió Tchernoff con un gesto de inquietud--.

¡Si pisasen de nuevo estas losas!... La otra vez eran unas pobres

gentes, asombradas de su rápida fortuna, que pasaron por aquí como un

rústico por un salón. Se contentaron con dinero para el bolsillo y dos

provincias que perpetuasen el recuerdo de su victoria... Pero ahora no

serán soldados únicamente los que marchen contra París. A la cola de los

ejércitos vienen, como iracundas cantineras, los _Herr Professor_,

llevando al costado el tonelito de vino con pólvora que enloquece al

bárbaro, el vino de la _Kultur_. Y en los furgones viene igualmente un

bagaje enorme de salvajismo científico, una filosofía nueva que

glorifica la fuerza como principio y santificación de todo, niega la

libertad, suprime al débil y coloca al mundo entero bajo la dependencia

de una minoría predilecta de Dios, sólo porque dispone de los

procedimientos más rápidos y seguros de dar la muerte. La humanidad debe

temblar por su porvenir si otra vez resuenan bajo esta bóveda las botas

germánicas siguiendo una marcha de Wágner ó de cualquier _Kapellmaister_

de regimiento.

Se alejaron del Arco, siguiendo la avenida Víctor Hugo. Tchernoff

marchaba silencioso, como si le hubiese entristecido la imagen de este

desfile hipotético. De pronto continuó en alta voz el curso de sus

reflexiones:

--Y aunque entrasen, ¿qué importa?... No por esto moriría el Derecho.

Sufre eclipses, pero renace; puede ser desconocido, pisoteado, pero no

por esto dejar de existir, y todas las almas buenas lo reconocen como

única regla de vida. Un pueblo de locos quiere colocar la violencia

sobre el pedestal que los demás han elevado al Derecho. Empeño inútil.

La aspiración de los hombres será eternamente que exista cada vez más

libertad, más fraternidad, más justicia.

Con esta afirmación el ruso pareció tranquilizarse. El y sus

acompañantes hablaron del espectáculo que ofrecía París preparándose

para la guerra. Tchernoff se apiadaba de los grandes dolores provocados

por la catástrofe, de los miles y miles de tragedias domésticas que se

estaban desarrollando en aquel momento. Nada había cambiado

aparentemente. En el centro de la ciudad y en torno de las estaciones se

desarrollaba un movimiento extraordinario, pero el resto de la inmensa

urbe no delataba el gran trastorno de su existencia. La calle solitaria

ofrecía el mismo aspecto de todas las noches. La brisa agitaba

dulcemente las hojas de los árboles. Una paz solemne parecía

desprenderse del espacio. Las casas dormían, pero detrás de las ventanas

cerradas se adivinaba el insomnio de los ojos enrojecidos, la

respiración de los pechos angustiosos por la amenaza próxima, la

agilidad trémula de las manos preparando el equipaje de guerra, tal vez

el último gesto de amor, cambiado sin placer, con besos terminados en

sollozos.

Tchernoff se acordó de sus vecinos, de aquella pareja que ocupaba el

otro departamento interior detrás del estudio. Ya no sonaba el piano de

ella. El ruso había percibido rumor de disputas, choque de puertas

cerradas con violencia y los pasos del hombre, que se iba en plena

noche, huyendo de los llantos femeniles. Había empezado á desarrollarse

un drama al otro lado de los tabiques: un drama vulgar, repetición de

otros y otros que ocurrían al mismo tiempo.

--Ella es alemana--añadió el ruso--. Nuestra portera ha husmeado bien su

nacionalidad. El se habrá marchado á estas horas para incorporarse á su

regimiento. Anoche apenas pude dormir. Escuché los gemidos de ella á

través de la pared; un llanto lento, desesperado, de criatura

abandonada, y la voz del hombre, que en vano intentó hacerla callar...

¡Qué lluvia de tristezas cae sobre el mundo!

Aquella misma tarde, al salir de casa, la había encontrado frente á su

puerta. Parecía otra mujer, con un aire de vejez, como si en unas horas

hubiese vivido quince años. En vano había intentado animarla,

recomendándole que aceptase con serenidad la ausencia de su hombre para

no hacer daño al otro ser que llevaba en sus entrañas.

--Porque esa infeliz va á ser madre. Oculta su estado con cierto pudor,

pero yo la he sorprendido desde mi ventana arreglando ropitas de niño.

La mujer le había escuchado como si no le entendiese. Las palabras eran

impotentes ante su desesperación. Sólo había sabido balbucear, como si

hablase con ella misma: «Yo alemana... El se va; tiene que irse...

Sola... ¡sola para siempre!...»

--Piensa en su nacionalidad, que le separa del otro; piensa en el campo

de concentración, al que la llevarán con sus compatriotas: Le da miedo

el abandono en un país hostil que tiene que defenderse de la agresión de

los suyos... Y todo esto cuando va á ser madre. ¡Qué miserias! ¡Qué

tristezas!

Llegaron á la _rue de la Pompe_, y al entrar en la casa se despidió

Tchernoff de sus acompañantes para subir por la escalera de servicio.

Desnoyers quiso prolongar la conversación. Temía quedarse á solas con su

amigo y que resurgiese su mal humor por las recientes contrariedades. La

conversación con el ruso le interesaba. Subieron los tres por el

ascensor. Argensola habló de la oportunidad de destapar una botella de

las muchas que guardaba en la cocina. Tchernoff podría volver á su casa

por la puerta del estudio que daba á la escalera de servicio.

El amplio ventanal tenía las vidrieras abiertas; los huecos sobre el

patio interior estaban abiertos igualmente; una brisa continua hacía

palpitar las cortinas, balanceando los faroles antiguos, las banderas

apolilladas y otros adornos del estudio romántico. Tomaron asiento en

torno de una mesita, junto al ventanal, lejos de las luces que

iluminaban un extremo de la amplia pieza. Estaban en la penumbra,

vueltos de espaldas al interior. Tenían ante ellos los tejados de

enfrente y un enorme rectángulo de sombra azul perforada por la fría

agudeza de los astros. Las luces de la ciudad coloreaban el espacio

sombrío con un reflejo sangriento.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 11 / 33 段