Cuando trotaba una noche por la _rue de la Pompe_ mirando su reloj y

temblando de impaciencia al no encontrar un automóvil ó un simple

fiacre, le cortó el paso un hombre... ¡Esteban Laurier! Aún se

estremecía de miedo al recordar esta hora trágica. Por un momento creyó

que iba á matarla. Los hombres serios, tímidos y sumisos son terribles

en sus explosiones de cólera. El marido lo sabía todo. Con la misma

paciencia que empleaba en la solución de sus problemas industriales, la

había estudiado día tras día, sin que pudiese adivinar esta vigilancia

en su rostro impasible. Luego la había seguido, hasta adquirir la

completa evidencia de su infortunio.

Margarita no se lo había imaginado nunca tan vulgar y ruidoso en sus

pasiones. Esperaba que aceptase los hechos fríamente, con un ligero

tinte de ironía filosófica, como lo hacen los hombres verdaderamente

distinguidos, como lo habían hecho los maridos de muchas de sus amigas.

Pero el pobre ingeniero, que más allá de su trabajo sólo veía á su

esposa, amándola como mujer y admirándola como un ser delicado y

superior, resumen de todas las gracias y elegancias, no podía

resignarse, y gritó y amenazó sin recato alguno, haciendo que el

escándalo se esparciese por todo el círculo de sus amistades. El senador

experimentaba una gran molestia al recordar que era en su respetable

vivienda donde se habían conocido los culpables. Pero su cólera la

dirigió contra el esposo. ¡Qué falta de saber vivir!... Las mujeres son

las mujeres, y todo tiene arreglo. Pero después de las imprudencias de

este energúmeno no era posible una solución elegante, y había que

entablar el divorcio.

El viejo Desnoyers se irritó al conocer la última hazaña de su hijo.

Laurier le inspiraba un gran afecto. La solidaridad instintiva que

existe entre los hombres de trabajo, pacientes y silenciosos, les había

hecho buscarse. En las tertulias del senador pedía noticias al ingeniero

de la marcha de sus negocios, interesándose por el desarrollo de aquella

fábrica, de la que hablaba con ternuras de padre. El millonario, que

gozaba fama de avariento, había llegado á ofrecerle un apoyo

desinteresado, por si algún día necesitaba ensanchar su acción

laboriosa. ¡Y á este hombre bueno venía á robarle la felicidad su hijo,

un bailarín frívolo é inútil!...

Laurier, en los primeros momentos, habló de batirse. Su cólera fué la

del caballo de labor que rompe los tirantes de la máquina de trabajo,

eriza su pelaje con relinchos de locura y muerde. El padre se indignó

ante su determinación... ¡Un escándalo más! Julio había dedicado la

mejor parte de su existencia al manejo de las armas.

--Lo matará--decía el senador--. Estoy seguro de que lo matará. Es la

lógica de la vida: el inútil mata siempre al que sirve para algo.

Pero no hubo muerte alguna. El padre de la República supo manejar á

unos y á otros con la misma habilidad que mostraba en los pasillos del

Senado al surgir una crisis ministerial. Se acalló el escándalo.

Margarita fué á vivir con su madre, y empezaron las primeras gestiones

para el divorcio.

Algunas tardes, cuando en el reloj del estudio daban las siete, ella

había dicho tristemente, entre los desperezos de su cansancio amoroso:

--Marcharme... Marcharme cuando ésta es mi verdadera casa... ¡Ay, por

qué no somos casados!...

Y él, que sentía florecer en su alma todo un jardín de virtudes

burguesas ignoradas hasta entonces, repetía convencido:

--Es verdad, ¡por qué no somos casados!

Sus deseos podían realizarse. El marido les facilitaba el paso con su

inesperada intervención. Y el joven Desnoyers se marchó á América para

reunir dinero y casarse con Margarita.

IV

El primo de Berlín

El estudio de Julio Desnoyers ocupaba el último piso sobre la calle. El

ascensor y la escalera principal terminaban ante su puerta. A sus

espaldas, dos pequeños departamentos recibían la luz de un patio

interior, teniendo como único medio de comunicación la escalera de

servicio, que ascendía hasta las buhardillas.

Argensola, al quedarse en el estudio durante el viaje de su compañero,

había buscado la amistad de estos vecinos de piso. La más grande de las

habitaciones se hallaba desocupada durante el día. Sus dueños sólo

volvían después de comer en el restorán. Era un matrimonio de

empleados, que únicamente permanecía en casa los días festivos. El

hombre, vigoroso y de aspecto marcial, prestaba servicio de inspector en

un gran almacén. Había sido militar en África, ostentaba una

condecoración y tenía el grado de subteniente en el ejército de reserva.

Ella era una rubia, abultada y algo anémica, de ojos claros y gesto

sentimental. En los días de fiesta pasaba largas horas ante el piano,

evocando sus recuerdos musicales, siempre los mismos. Otras veces la

veía Argensola por una ventana interior trabajando en la cocina, ayudada

por su compañero, riendo los dos de sus torpezas é inexperiencias al

improvisar la comida del domingo.

La portera tenía á esta mujer por alemana, pero ella hacía constar su

condición de suiza. Desempeñaba el empleo de cajera en un almacén que no

era el de su compañero. Por las mañanas salían juntos, para separarse en

la plaza de la Estrella, siguiendo cada uno distinta dirección. A las

siete de la tarde se saludaban con un beso en plena calle, como

enamorados que se encuentran por primera vez, y luego de su comida

volvían al nido de la _rue de la Pompe_. Argensola se vió rechazado, en

todos sus intentos de amistad, por el egoísmo de esta pareja. Le

contestaban con una cortesía glacial: vivían únicamente para ellos.

El otro departamento, compuesto de dos piezas, estaba ocupado por un

hombre solo. Era un ruso ó polaco, que volvía casi siempre con paquetes

de libros y pasaba largas horas escribiendo junto á una ventana del

patio. El español le tuvo desde el primer momento por un hombre

misterioso que ocultaba tal vez enormes méritos: un verdadero personaje

de novela. Le impresionaba el aspecto exótico de Tchernoff: su barba

revuelta, sus melenas aceitosas, sus gafas sobre una nariz amplia que

parecía deformada por un puñetazo. Como un nimbo invisible le circundaba

cierto hedor compuesto de vino barato y emanaciones de ropas trasudadas;

Argensola lo percibía á través de la puerta de servicio: «El amigo

Tchernoff que vuelve.» Y salía á la escalera interior para hablar con su

vecino. Este defendió por mucho tiempo el acceso á su vivienda. El

español llegó á creer que se dedicaba á la alquimia y otras operaciones

misteriosas. Cuando al fin pudo entrar, vió libros, muchos libros,

libros por todas partes, esparcidos en el suelo, alineados sobre tablas,

apilados en los rincones, invadiendo sillas desvencijadas, mesas viejas,

y una cama que sólo era rehecha de tarde en tarde, cuando el dueño,

alarmado por la creciente invasión de polvo y telarañas, reclamaba el

auxilio de una amiga de la portera.

Argensola reconoció al fin con cierto desencanto que no había nada

misterioso en la vida de este hombre. Lo que escribía junto á la ventana

eran traducciones: unas hechas de encargo, otras voluntariamente para

los periódicos socialistas. Lo único asombroso en él era la cantidad de

idiomas que conocía.

--Todos los sabe--dijo á Desnoyers al describirle este vecino--. Le

basta oir uno nuevo, para dominarlo á los pocos días. Posee la clave, el

secreto de las lenguas vivas y muertas. Habla el castellano como

nosotros y no ha estado jamás en un país de habla española.

La sensación del misterio volvió á experimentarla Argensola al leer los

títulos de muchos de los volúmenes amontonados. Eran libros antiguos en

su mayor parte, muchos de ellos en idiomas que él no podía descifrar,

recolectados á precios bajos en librerías de lance y en las cajas de los

_bouquinistes_ instaladas sobre los parapetos del Sena. Sólo aquel

hombre, que tenía «la clave de las lenguas», podía adquirir tales

volúmenes. Una atmósfera de misticismo, de iniciaciones sobrehumanas, de

secretos intactos á través de los siglos, parecía desprenderse de estos

montones de volúmenes polvorientos, algunos con las hojas roídas. Y

confundidos con los libros vetustos aparecían otros de cubierta flamante

y roja, cuadernos de propaganda socialista, folletos en todos los

idiomas de Europa, y periódicos, muchos periódicos, con títulos que

evocaban la revolución.

Tchernoff no parecía gustar de visitas y conversaciones. Sonreía

enigmáticamente á través de su barba de ogro, ahorrando palabras para

terminar pronto la entrevista. Pero Argensola poseía el medio de vencer

á este personaje huraño. Le bastaba guiñar un ojo con expresiva

invitación. «¿Vamos?» Y se instalaban los dos en un diván de Desnoyers ó

en la cocina del estudio, frente á una botella procedente de la avenida

Víctor Hugo. Los vinos preciosos de don Marcelo enternecían al ruso,

haciéndolo más comunicativo. Pero aun valiéndose de este auxilio, el

español sabía poca cosa de su existencia. Algunas veces nombraba á

Jaurés y á otros oradores socialistas. Su medio de vida más seguro era

traducir para los periódicos del partido. En varias ocasiones se le

escapó el nombre de Siberia, declarando que había estado allá mucho

tiempo. Pero no quería hablar del lejano país visitado contra su

voluntad. Sonreía modestamente, sin prestarse á mayores revelaciones.

Al día siguiente de la llegada de Julio Desnoyers estaba Argensola, por

la mañana, hablando con Tchernoff en el rellano de la escalera de

servicio, cuando sonó el timbre de la puerta del estudio que comunicaba

con la escalera principal. Una gran contrariedad. El ruso, que conocía á

los políticos avanzados, le estaba dando cuenta de las gestiones

realizadas por Jaurés para mantener la paz. Aún había muchos que sentían

esperanzas. Él, Tchernoff, comentaba estas ilusiones con su sonrisa de

esfinge achatada. Tenía sus motivos para dudar... Pero sonó el timbre

otra vez, y el español corrió á abrir, abandonando á su amigo.

Un señor deseaba ver á Julio. Hablaba el francés correctamente, pero su

acento fué una revelación para Argensola. Al entrar en el dormitorio en

busca de su compañero, que acababa de levantarse, dijo con seguridad:

--Es tu primo de Berlín que viene á despedirse. No puede ser otro.

Los tres hombres se juntaron en el estudio. Desnoyers presentó á su

camarada, para que el recién llegado no se equivocase acerca de su

condición social.

--He oído hablar de él. El señor es Argensola, un joven de grandes

méritos.

Y el doctor Julius von Hartrott dijo esto con la suficiencia de un

hombre que lo sabe todo y desea agradar á un inferior, concediéndole la

limosna de su atención.

Los dos primos se contemplaron con una curiosidad no exenta de recelo.

Les ligaba un parentesco íntimo, pero se conocían muy poco, presintiendo

mutuamente una completa divergencia de opiniones y gustos.

Al examinar Argensola á este sabio, le encontró cierto aspecto de

oficial vestido de paisano. Se notaba en su persona un deseo de imitar á

las gentes de espada cuando de tarde en tarde adoptan el hábito civil;

la aspiración de todo burgués alemán á que lo confundan con los de clase

superior. Sus pantalones eran estrechos, como si estuvieran destinados á

enfundarse en botas de montar. La chaqueta, con dos filas de botones,

tenía el talle recogido, amplio y largo el faldón y muy subidas las

solapas, imitando vagamente una levita de militar. El bigote rojizo

sobre una mandíbula fuerte y el pelo cortado á rape completaban esta

simulación guerrera. Pero sus ojos, unos ojos de estudio, con la pupila

mate, grandes, asombrados y miopes, se refugiaban detrás de unas gafas

de gruesos cristales, dándole un aspecto de hombre pacífico.

Desnoyers sabía de él que era profesor auxiliar de Universidad, que

había publicado algunos volúmenes, gruesos y pesados como ladrillos, y

figuraba entre los colaboradores de un «Seminario histórico», asociación

para la rebusca de documentos, dirigida por un historiador famoso. En

una solapa ostentaba la roseta de una Orden extranjera.

Su respeto por el sabio de la familia iba acompañado de cierto

menosprecio. El y su hermana Chichí habían sentido desde pequeños una

hostilidad instintiva hacia los primos de Berlín. Le molestaba además

ver citado por su familia como ejemplo digno de imitación á este

pedante, que sólo conocía la vida á través de los libros y pasaba su

existencia averiguando lo que habían hecho los hombres en otras épocas,

para sacar consecuencias con arreglo á sus opiniones de alemán. Julio

tenía gran facilidad para la admiración y reverenciaba á todos los

escritores cuyos «argumentos» le había contado Argensola, pero no podía

aceptar la grandeza intelectual del ilustre pariente.

Durante su permanencia en Berlín, una palabra alemana de invención

vulgar le había servido para clasificarlo. Los libros de investigación

minuciosa y pesada se publicaban á docenas todos los meses. No había

profesor que dejase de levantar sobre la base de un simple detalle su

volumen enorme, escrito de un modo torpe y confuso. Y la gente, al

apreciar á estos autores miopes, incapaces de una visión genial de

conjunto, los llamaba _Sitzfleisch haben_ (con mucha carne en las

posaderas), aludiendo á las larguísimas asentadas que representaban sus

obras. Esto era su primo para él: un _Sitzfleisch haben_.

El doctor von Hartrott, al explicar su visita, habló en español. Se

valía de este idioma por haber sido el de la familia durante su niñez y

al mismo tiempo por precaución, pues miró en torno repetidas veces, como

si temiese ser oído. Venía á despedirse de Julio. Su madre le había

hablado de su llegada, y no quería marcharse sin verle. Iba á salir de

París dentro de unas horas; las circunstancias eran apremiantes.

--Pero ¿tú crees que habrá guerra?--preguntó Desnoyers.

--La guerra será mañana ó pasado. No hay quien la evite. Es un hecho

necesario para la salud de la humanidad.

Se hizo un silencio. Julio y Argensola miraron con asombro á este hombre

de aspecto pacífico que acababa de hablar con arrogancia belicosa. Los

dos adivinaron que el doctor hacía su visita por la necesidad de

comunicar á alguien sus opiniones y sus entusiasmos. Al mismo tiempo,

tal vez deseaba conocer lo que ellos pensaban y sabían, como una de

tantas manifestaciones de la muchedumbre de París.

--Tú no eres francés--añadió dirigiéndose á su primo--; tú has nacido en

Argentina, y delante de ti puede decirse la verdad.

--¿Y tú no has nacido allá?--preguntó Julio, sonriendo.

El doctor hizo un movimiento de protesta, como si acabase de oir algo

insultante.

--No; yo soy alemán. Nazca donde nazca uno de nosotros, pertenece

siempre á la madre Alemania.

Luego continuó, dirigiéndose á Argensola:

--También el señor es extranjero. Procede de la noble España, que nos

debe á nosotros lo mejor que tiene: el culto del honor, el espíritu

caballeresco.

El español quiso protestar, pero el sabio no le dejó, añadiendo con tono

doctoral:

--Ustedes eran celtas miserables, sumidos en la vileza de una raza

inferior y mestizados por el latinismo de Roma, lo que hacía aún más

triste su situación. Afortunadamente, fueron conquistados por los godos

y otros pueblos de nuestra raza, que les infundieron la dignidad de

personas. No olvide usted, joven, que los vándalos fueron los abuelos de

los prusianos actuales.

De nuevo intentó hablar Argensola, pero su amigo le hizo un signo para

que no interrumpiese al profesor. Este parecía haber olvidado la reserva

de poco antes, entusiasmándose con sus propias palabras.

--Vamos á presenciar grandes sucesos--continuó--. Dichosos los que hemos

nacido en la época presente, la más interesante de la Historia. La

humanidad cambia de rumbo en estos momentos. Ahora, empieza la verdadera

civilización.

La guerra próxima iba á ser, según él, de una brevedad nunca vista.

Alemania se había preparado para realizar el hecho decisivo sin que la

vida económica del mundo sufriese una larga perturbación. Un mes le

bastaba para aplastar á Francia, el más temible de sus adversarios.

Luego marcharía contra Rusia, que, lenta en sus movimientos, no podía

oponer una defensa inmediata. Finalmente, atacaría á la orgullosa

Inglaterra, aislándola en su archipiélago, para que no estorbase más con

su preponderancia el progreso germánico. Esta serie de rápidos golpes y

victorias fulminantes sólo necesitaban para desarrollarse el curso de un

verano. La caída de las hojas saludaría en el próximo otoño el triunfo

definitivo de Alemania.

Con la seguridad de un catedrático que no espera ser refutado por sus

oyentes, explicó la superioridad de la raza germánica. Los hombres

estaban divididos en dos grupos: dolicocéfalos y braquicéfalos, según la

conformación de su cráneo. Otra distinción científica los repartía en

hombres de cabellos rubios ó de cabellos negros. Los dolicocéfalos

representaban pureza de raza, mentalidad superior. Los braquicéfalos

eran mestizos, con todos los estigmas de la degeneración. El germano,

dolicocéfalo por excelencia, era el único heredero de los primitivos

arios. Todos los otros pueblos, especialmente los del Sur de Europa,

llamados «latinos», pertenecían á una humanidad degenerada.

El español no pudo contenerse más. ¡Pero si estas teorías del racismo

eran antiguallas en las que no creía ya ninguna persona medianamente

ilustrada! ¡Si no existía un pueblo puro, ya que todos ellos tenían, mil

mezclas en su sangre después de tanto cruzamiento histórico!... Muchos

alemanes presentaban los mismos signos étnicos que el profesor atribuía

á las razas inferiores.

--Hay algo de eso--dijo Hartrott--. Pero aunque la raza germánica no sea

pura, es la menos impura de todas, y á ella le corresponde el gobierno

del mundo.

Su voz tomaba una agudeza irónica y cortante al hablar de los celtas,

pobladores de las tierras del Sur. Habían retrasado el progreso de la

humanidad, lanzándola por un falso derrotero. El celta es

individualista, y por consecuencia, un revolucionario ingobernable que

tiende al igualitarismo. Además, es humanitario y hace de la piedad una

virtud, defendiendo la existencia de los débiles que no sirven para

nada.

El nobilísimo germano pone por encima de todo el orden y la fuerza.

Elegido por la Naturaleza para mandar á las razas eunucas, posee todas

las virtudes que distinguen á los jefes. La Revolución francesa había

sido simplemente un choque entre germanos y celtas. Los nobles de

Francia descendían de los guerreros alemanes instalados en el país

después de la invasión llamada de los bárbaros. La burguesía y el pueblo

representaban el elemento galo-celta. La raza inferior había vencido á

la superior, desorganizando al país y perturbando al mundo. El celtismo

era el inventor de la democracia, de la doctrina socialista, de la

anarquía. Pero iba á sonar la hora del desquite germánico, y la raza

nórtica volvería á restablecer el orden, ya que para esto la había

favorecido Dios conservando su indiscutible superioridad.

--Un pueblo--añadió--sólo puede aspirar á grandes destinos si es

fundamentalmente germánico. Cuanto menos germánico sea, menor resultará

su civilización. Nosotros representamos la aristocracia de la humanidad,

«la sal de la tierra», como dijo nuestro Guillermo.

Argensola escuchaba con asombro estas afirmaciones orgullosas. Todos los

grandes pueblos habían pasado por la fiebre del imperialismo. Los

griegos aspiraban á la hegemonía, por ser los más civilizados y creerse

los más aptos para dar la civilización á los otros hombres. Los romanos,

al conquistar las tierras, implantaban el derecho y las reglas de la

justicia. Los franceses de la Revolución y del Imperio justificaban sus

invasiones con el deseo de libertar á los hombres y sembrar nuevas

ideas. Hasta los españoles del siglo XVI, al batallar con media Europa

por la unidad religiosa y el exterminio de la herejía, trabajaban por un

ideal erróneo, obscuro, pero desinteresado.

Todos se movían en la Historia por algo que consideraban generoso y

estaba por encima de sus intereses. Sólo la Alemania de aquel profesor

intentaba imponerse al mundo en nombre de la superioridad de su raza,

superioridad que nadie le había reconocido, que ella misma se atribuía,

dando á sus afirmaciones un barniz de falsa ciencia.

--Hasta ahora, las guerras han sido de soldados--continuó Hartrott--. La

que ahora va á empezar será de soldados y de profesores. En su

preparación ha tomado la Universidad tanta parte como el Estado Mayor.

La ciencia germánica, la primera de todas, está unida para siempre á lo

que los revolucionarios latinos llaman desdeñosamente el militarismo. La

fuerza, señora del mundo, es la que crea el derecho, la que impondrá

nuestra civilización, única verdadera. Nuestros ejércitos son los

representantes de nuestra cultura, y en unas cuantas semanas librarán al

mundo de su decadencia céltica, rejuveneciéndolo.

El porvenir inmenso de su raza le hacía expresarse con un entusiasmo

lírico. Guillermo I, Bismarck, todos los héroes de las victorias

pasadas, le inspiraban veneración, pero hablaba de ellos como de dioses

moribundos, cuya hora había pasado. Eran gloriosos abuelos, de

pretensiones modestas, que se limitaron á ensanchar las fronteras, á

realizar la unidad del Imperio, oponiéndose luego con una prudencia de

valetudinarios á todos los atrevimientos de la nueva generación. Sus

ambiciones no iban más allá de una hegemonía continental... Pero luego

surgía Guillermo II, el héroe complejo que necesitaba el país.

--Mi maestro Lamprecht--dijo Hartrott--ha hecho el retrato de su

grandeza. Es la tradición y el porvenir, el orden y la audacia. Tiene la

convicción de que representa la monarquía por la gracia de Dios, lo

mismo que su abuelo. Pero su inteligencia viva y brillante reconoce y

acepta las novedades modernas. Al mismo tiempo que romántico, feudal y

sostenedor de los conservadores agrarios, es un hombre del día: busca

las soluciones prácticas y muestra un espíritu utilitario, á la

americana. En él se equilibran el instinto y la razón.

Alemania, guiada por este héroe, había ido agrupando sus fuerzas y

reconociendo su verdadero camino. La Universidad lo aclamaba con más

entusiasmo aún que sus ejércitos. ¿Para qué almacenar tanta fuerza de

agresión y mantenerla sin empleo?... El imperio del mundo correspondía

al pueblo germánico. Los historiadores y filósofos discípulos de

Treitschke iban á encargarse de forjar los derechos que justificasen

esta dominación mundial. Y Lamprecht, el historiador psicológico,

lanzaba, como los otros profesores, el credo de la superioridad absoluta

de la raza germánica. Era justo que dominase al mundo, ya que ella sola

dispone de la fuerza. Esta «germanización telúrica» resultaría de

inmensos beneficios para los hombres. La tierra iba á ser feliz bajo la

dominación de un pueblo nacido para amo. El Estado alemán, potencia

«tentacular», eclipsaría con su gloria á los más ilustres Imperios del

pasado y del presente. _Gott mit uns_ (Dios está con nosotros).

--¿Quién podrá negar que, como dice mi maestro, existe un Dios cristiano

germánico, el «Gran Aliado», que se manifiesta á nuestros enemigos los

extranjeros como una divinidad fuerte y celosa?...

Desnoyers escuchaba con asombro á su primo, mirando al mismo tiempo á

Argensola. Este, con el movimiento de sus ojos, parecía hablarle. «Está

loco--decía--. Estos alemanes están locos de orgullo.»

Mientras tanto, el profesor, incapaz de contener su entusiasmo, seguía

exponiendo las grandezas de su raza.

La fe sufre eclipses hasta en los espíritus más superiores. Por esto el

kaiser providencial había mostrado inexplicables desfallecimientos. Era

demasiado bueno y bondadoso. «_Deliciæ generis humani_», como decía el

profesor Lasson, también maestro de Hartrott. Pudiendo con su inmenso

poderío aniquilarlo todo, se limitaba á mantener la paz. Pero la nación

no quería detenerse, y empujaba al conductor que la había puesto en

movimiento. Inútil apretar los frenos. «Quien no avanza, retrocede»: tal

era el grito del pangermanismo al emperador. Había que ir adelante,

hasta conquistar la tierra entera.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 8 / 33 段