El joven Desnoyers reanudó su existencia parisién, viviendo siempre en

el estudio y presentándose de tarde en tarde en la casa paterna. Doña

Luisa empezó á hablar de un tal Argensola, joven español de gran

sabiduría, reconociendo que sus consejos podían ser de mucha utilidad

para su hijo. Este no sabía con certeza si el nuevo compañero era un

amigo, un maestro ó un sirviente. Otra duda sufrían los visitantes. Los

aficionados á las letras hablaban de Argensola como de un pintor; los

pintores sólo le reconocían superioridad como literato. Nunca pudo

recordar exactamente dónde le había visto la primera vez. Era de los que

subían á su estudio en las tardes de invierno, atraídos por la caricia

roja de la estufa y los vinos facilitados ocultamente por la madre.

Tronaba el español ante la botella liberalmente renovada y la caja de

cigarrillos abierta sobre la mesa, hablando de todo con autoridad. Una

noche se quedó á dormir en un diván. No tenía domicilio fijo. Y después

de esta primera noche, las pasó todas en el estudio.

Julio acabó por admirarle como un reflejo de su personalidad. ¡Lo que

sabía aquel Argensola, venido de Madrid en tercera clase y con veinte

francos en el bolsillo para «violar á la gloria», según sus propias

palabras! Al ver que pintaba con tanta dureza como él, empleando el

mismo dibujo pueril y torpe, se enterneció. Sólo los falsos artistas,

los hombres «de oficio», los ejecutantes sin pensamiento, se preocupan

del colorido y otras ranciedades. Argensola era un artista psicológico,

un pintor de almas. Y el discípulo sintió asombro y despecho al

enterarse de lo sencillo que era pintar un alma. Sobre un rostro

exangüe, con el mentón agudo como un puñal, el español trazaba unos ojos

casi redondos y á cada pupila le asestaba una pincelada blanca, un punto

de luz... el alma. Luego, plantándose ante el lienzo, clasificaba esta

alma con su facundia inagotable, atribuyéndola toda clase de conflictos

y crisis. Y tal era su poder de obsesión, que Julio veía lo que el otro

se imaginaba haber puesto en los ojos de redondez buhesca. El también

pintaría almas... almas de mujeres.

Con ser tan fácil este trabajo de engendramiento psíquico, Argensola

gustaba más de charlar recostado en un diván ó leer al amor de la estufa

mientras el amigo y protector estaba fuera. Otra ventaja esta afición á

la lectura para el joven Desnoyers, que al abrir un volumen iba

directamente á las últimas páginas ó al índice, queriendo «hacerse una

idea», como él decía. Algunas veces, en los salones, había preguntado

con aplomo á un autor cuál era su mejor libro. Y su sonrisa de hombre

listo daba á entender que era una precaución para no perder el tiempo

con los otros volúmenes. Ahora ya no necesitaba cometer estas torpezas.

Argensola leería por él. Cuando le adivinaba interesado por un volumen,

exigía inmediata participación: «Cuéntame el argumento». Y el

«secretario» no sólo hacía la síntesis de comedias y novelas, sino que

le comunicaba el «argumento» de Schopenhauer ó el «argumento» de

Nietzsche... Luego, doña Luisa casi vertía lágrimas al oir que las

visitas se ocupaban de su hijo con la benevolencia que inspira la

riqueza: «Un poco diablo el mozo, pero ¡qué bien preparado!...»

A cambio de sus lecciones, Argensola recibía el mismo trato que un

esclavo griego de los que enseñaban retórica á los patricios jóvenes de

la Roma decadente. En mitad de una explicación, su señor y amigo le

interrumpía:

--Prepárame una camisa de frac. Estoy invitado esta noche.

Otras veces, cuando el maestro experimentaba una sensación de bienestar

animal con un libro en la mano junto á la estufa roncadora, viendo á

través de la vidriera la tarde gris y lluviosa, se presentaba de repente

el discípulo:

--¡Pronto... á la calle! Va á venir una mujer.

Y Argensola, con el gesto de un perro que sacude sus lanas, marchaba á

continuar la lectura en algún cafetucho incómodo de las cercanías.

Su influencia descendió de las cimas de la intelectualidad para

intervenir en las vulgaridades de la vida material. Era el intendente

del patrono; el mediador entre su dinero y los que se presentaban á

reclamarlo factura en mano. «Dinero», decía lacónicamente á fines de

mes. Y Desnoyers prorrumpía en quejas y maldiciones. ¿De dónde iba á

sacarlo? El viejo era de una dureza reglamentaria y no toleraba el menor

avance sobre el mes siguiente. Le tenía sometido á un régimen de

miseria. Tres mil francos mensuales: ¿qué podía hacer con esto una

persona decente?... Deseoso de reducirle, estrechaba el cerco,

interviniendo directamente en la administración de su casa para que doña

Luisa no pudiera hacer donativos al hijo. En vano se había puesto en

contacto con varios usureros de París, hablándoles de su propiedad más

allá del Océano. Estos señores tenían á mano la juventud del país y no

necesitaban exponer sus capitales en el otro mundo. Igual fracaso le

acompañaba cuando, con repentinas muestras de cariño, quería convencer á

don Marcelo de que tres mil francos al mes son una miseria. El

millonario rugía de indignación. ¡Tres mil francos una miseria! ¡Y

además las deudas del hijo que había tenido que pagar en varias

ocasiones!...

--Cuando yo era de tu edad...--empezaba diciendo.

Pero Julio cortaba la conversación. Había oído muchas veces la historia

de su padre. ¡Ah, viejo avariento! Lo que le daba todos los meses no era

mas que la renta del legado de su abuelo... Y por consejo de Argensola,

se atrevió á reclamar el campo. La administración de esa tierra pensaba

confiarla á Celedonio, el antiguo capataz, que era ahora un personaje en

su país, y al que él llamaba irónicamente «mi tío». Desnoyers acogió su

rebeldía fríamente. «Me parece justo. Ya eres mayor de edad.» Y luego de

entregarle el legado, extremó su vigilancia en los gastos de la casa,

evitando á doña Luisa todo manejo de dinero. En adelante, miró á su hijo

como un adversario que necesitaba vencer, tratándolo durante sus rápidas

apariciones en la avenida Víctor Hugo con glacial cortesía, lo mismo que

á un extraño.

Una opulencia transitoria animó por algún tiempo el estudio. Julio había

aumentado sus gastos, considerándose rico. Pero las cartas del tío de

América disiparon estas ilusiones. Primeramente, las remesas de dinero

excedieron en muy poco á la cantidad mensual que le entregaba su padre.

Luego disminuyeron de un modo alarmante. Todas las calamidades de la

tierra parecían haber caído juntas sobre el campo, según Celedonio. Los

pastos escaseaban: unas veces era por falta de lluvia, otras por las

inundaciones, y las reses perecían á centenares. Julio necesitaba

mayores ingresos, y el mestizo marrullero le enviaba lo que pedía, pero

como simple préstamo, reservando el cobro para cuando ajustasen cuentas.

A pesar de tales auxilios, el joven Desnoyers sufría apuros. Jugaba

ahora en un Círculo elegante, creyendo compensar de tal modo sus

periódicas escaseces, y esto servía para que desaparecieran con mayor

rapidez las cantidades recibidas de América... ¡Que un hombre como él se

viese atormentado por la falta de unos miles de francos! ¿De qué le

servía tener un padre con tantos millones?

Si los acreedores se mostraban amenazantes, recurría al «secretario».

Debía ver á mamá inmediatamente: él quería evitarse sus lágrimas y

reconvenciones. Y Argensola se deslizaba como un ratero por la escalera

de servicio del caserón de la avenida Víctor Hugo. El local de sus

embajadas era siempre la cocina, con gran peligro de que el terrible

Desnoyers llegase hasta allí en una de sus evoluciones de hombre

laborioso, sorprendiendo al intruso. Doña Luisa lloraba, conmovida por

las dramáticas palabras del mensajero. ¡Qué podía hacer! Era más pobre

que sus criadas; joyas, muchas joyas, pero ni un franco. Fué Argensola

quien propuso una solución, digna de su experiencia. El salvaría á la

buena madre llevando al Monte de Piedad algunas de sus alhajas. Conocía

el camino. Y la señora aceptó el consejo; pero sólo le entregaba joyas

de mediano valor, sospechando que no las vería más. Tardíos escrúpulos

la hacían prorrumpir á veces en rotundas negativas. Podía saberlo su

Marcelo: ¡qué horror!... Pero el español consideraba denigrante salir de

allí sin llevarse algo, y á falta de dinero, cargaba con un cesto de

botellas de la rica bodega de Desnoyers.

Todas las mañanas entraba doña Luisa en Saint-Honorée d'Eylau para rogar

por su hijo. Apreciaba esta iglesia como algo propio. Era un islote

hospitalario y familiar en el océano inexplorado de París. Cruzaba

discretos saludos con los fieles habituales, gentes del barrio

procedentes de las diversas repúblicas del nuevo mundo. Le parecía estar

más cerca de Dios y de los santos al oir en el atrio conversaciones en

su idioma. Además, era á modo de un salón por donde transcurrían los

grandes sucesos de la colonia sudamericana. Un día era una boda, con

flores, orquesta y cánticos. Ella, con su Chichí al lado, saludaba á las

personas conocidas, cumplimentando luego á los novios. Otro día eran los

funerales de un ex presidente de República ó cualquier otro personaje

ultramarino que terminaba en París su existencia tormentosa. ¡Pobre

presidente! ¡Pobre general!... Doña Luisa recordaba al muerto. Lo había

visto en aquella iglesia muchas veces oyendo su misa devotamente, y se

indignaba contra las malas lenguas que, á guisa de oración fúnebre,

hacían memoria de fusilamientos y Bancos liquidados allá en su país. ¡Un

señor tan bueno y tan religioso! ¡Que Dios lo tenga en su gloria!... Y

al salir á la plaza contemplaba con ojos tiernos los jinetes y amazonas

que se dirigían al Bosque, los lujosos automóviles, la mañana radiante

de sol, toda la fresca puerilidad de las primeras horas del día,

reconociendo que es muy hermoso vivir.

Su mirada de gratitud para lo existente acababa por acariciar el

monumento del centro de la plaza, todo erizado de alas, como si fuese á

desprenderse del suelo. ¡Víctor Hugo!... Le bastaba haber oído este

nombre en boca de su hijo, para contemplar la estatua con un interés de

familia. Lo único que sabía del poeta era que había muerto. De eso casi

estaba segura. Pero se lo imaginaba en vida gran amigo de Julio, en

vista de la frecuencia con que repetía su nombre.

¡Ay, su hijo!... Todos sus pensamientos, sus conjeturas, sus deseos,

convergían en él y en su irreductible marido. Ansiaba que los dos

hombres se entendiesen, terminando una lucha en la que ella era la única

víctima. ¿No haría Dios el milagro?... Como un enfermo que cambia de

sanatorio, persiguiendo á la salud, abandonaba la iglesia de su calle

para frecuentar la Capilla Española de la avenida Friedland. Aquí aún se

consideraba más entre los suyos. A través de las sudamericanas, finas y

elegantes, como si se hubiesen escapado de una lámina de periódico de

modas, sus ojos buscaban con admiración á otras damas peor trajeadas,

gordas, con armiños teatrales y joyas antiguas. Al encontrarse estas

señoras en el atrio, hablaban con voces fuertes y manoteos expresivos,

recortando enérgicamente las palabras. La hija del estanciero se atrevía

á saludarlas, por haberse suscrito á todas sus obras de beneficencia, y

al ver devuelto el saludo experimentaba una satisfacción que la hacía

olvidar momentáneamente sus penas. Eran de aquellas familias que

admiraba su padre sin saber por qué; procedían de lo que llamaban al

otro lado del mar «la madre patria», todas _excelentísimas_ y

_altísimas_ para la buena doña Chicha, y emparentadas con reyes. No

sabía si darles la mano ó doblar una rodilla, como había oído vagamente

que es de uso en las cortes. Pero de pronto recordaba sus

preocupaciones, y seguía adelante para dirigir sus ruegos á Dios. ¡Ay,

que se acordase de ella! ¡Que no olvidase á su lujo por mucho tiempo!...

Fué la gloria la que se acordó de Julio, estrechándolo en sus brazos de

luz. Se vió repentinamente con todos los honores y ventajas de la

celebridad. La fama sorprende cautelosamente por los caminos más

tortuosos é ignorados. Ni la pintura de almas ni una existencia

accidentada llena de amoríos costosos y duelos complicados

proporcionaron al joven Desnoyers su renombre. La gloria le tomó por los

pies.

Un nuevo placer había venido del otro lado de los mares, para felicidad

de los humanos. Las gentes se interrogaban en los salones con el tono

misterioso de los iniciados que buscan reconocerse: «¿Sabe usted

_tanguear_?...» El tango se había apoderado del mundo. Era el himno

heroico de una humanidad que concentraba de pronto sus aspiraciones en

el armónico contoneo de las caderas, midiendo la inteligencia por la

agilidad de los pies. Una música incoherente y monótona, de inspiración

africana, satisfacía el ideal artístico de una sociedad que no

necesitaba de más. El mundo danzaba... danzaba... danzaba. Un baile de

negros de Cuba introducido cargan tasajo para las Antillas conquistaba

la tierra entera en pocos meses, daba la vuelta á su redondez, saltando

victorioso de nación en nación... lo mismo que la _Marsellesa_.

Penetraba hasta en las cortes más ceremoniosas, derrumbando las

tradiciones del recato y la etiqueta, como un canto de revolución: la

revolución de la frivolidad. El Papa tenía que convertirse en maestro de

baile, recomendando la «furlana» contra el «tango», ya que todo el mundo

cristiano, sin distinción de sectas, se unía en el deseo común de agitar

los pies con un frenesí tan incansable como el de los poseídos de la

Edad Media.

Julio Desnoyers, al encontrar esta danza de su adolescencia, soberana y

triunfadora en pleno París, se entregó á ella con la confianza que

inspira una amante vieja. ¡Quién le hubiese anunciado, cuando era

estudiante y frecuentaba los bailes más abyectos de Buenos Aires,

vigilados por la policía, que estaba haciendo el aprendizaje de la

gloria!...

De cinco á siete, centenares de ojos le siguieron con admiración en los

salones de los Campos Elíseos, donde costaba cinco francos una taza de

té con derecho á intervenir en la danza sagrada. «Tiene la línea»,

decían las damas apreciando su cuerpo esbelto, de mediana estatura y

fuertes resortes. Y él, con el chaqué ceñido de talle y abombado de

pecho, los pies de femenil pequeñez enfundados en charol y cañas blancas

sobre altos tacones, bailaba grave, reflexivo, silencioso, como un

matemático en pleno problema, mientras las luces azuleaban las dos

cortinas obscuras, apretadas y brillantes de sus guedejas. Las mujeres

solicitaban ser presentadas á él, con la dulce esperanza de que sus

amigas las envidiasen viéndolas en los brazos del maestro. Las

invitaciones llovían sobre Julio. Se abrían á su paso los salones más

inaccesibles. Todas las tardes adquiría una docena de amistades. La moda

había traído profesores del otro lado del mar, _compadritos_ de los

arrabales de Buenos Aires, orgullosos y confusos al verse aclamados lo

mismo que un tenor de fama ó un conferencista. Pero sobre estos

bailarines de una vulgaridad originaria y que se hacían pagar,

triunfaba Julio Desnoyers. Los incidentes de su vida anterior eran

comentados por las mujeres como hazañas de galán novelesco.

--Te estás matando--decía Argensola--. Bailas demasiado.

La gloria de su amigo representaba nuevas molestias para él. Sus

plácidas lecturas ante la estufa se veían ahora interrumpidas

diariamente. Imposible leer más de un capítulo. El hombre célebre le

apremiaba con sus órdenes para que se marchase á la calle. «Una nueva

lección» decía el parásito. Y cuando estaba solo, numerosas visitas,

todas de mujeres, unas preguntonas y agresivas, otras melancólicas, con

aire de abandono, venían á interrumpirle en su reflexivo

entretenimiento. Una de éstas aterraba con su insistencia á los

habitantes del estudio. Era una americana del Norte, de edad

problemática, entre los treinta y dos y los cincuenta y nueve años,

siempre con faldas cortas, que al sentarse se recogían indiscretas, como

movidas por un resorte. Varios bailes con Desnoyers y una visita á la

_rue de la Pompe_ representaban para ella sagrados derechos adquiridos,

y perseguía al maestro con la desesperación de una creyente abandonada.

Julio había escapado al saber que esta beldad, de esbeltez juvenil vista

por el dorso, tenía dos nietos. «_Máster_ Desnoyers ha salido», decía

invariablemente Argensola al recibirla. Y la abuela lloraba,

prorrumpiendo en amenazas. Quería suicidarse allí mismo, para que su

cadáver espantase á las otras mujeres que venían á quitarle lo que

consideraba suyo. Ahora era Argensola el que despedía á su compañero

cuando deseaba verse solo. «Creo que la yanqui va á venir», decía con

indiferencia. Y el grande hombre huía, valiéndose muchas veces de la

escalera de servicio.

En esta época empezó á desarrollarse el suceso más importante de su

existencia. La familia Desnoyers iba á unirse con la del senador Lacour.

René, el hijo único de éste, había acabado por inspirar á Chichí cierto

interés que casi era amor. El personaje deseaba para su descendiente los

campos sin límites, los rebaños inmensos, cuya descripción le conmovía

como un relato maravilloso y banquetes. Toda celebridad nueva le

sugería inmediatamente el plan de un almuerzo. No había personaje de

paso en París, viajero polar ó cantante famoso que escapase sin ser

exhibido en el comedor de Lacour. El hijo de Desnoyers--en el que apenas

se había fijado hasta entonces--le inspiró una simpatía repentina. El

senador era un hombre moderno, y no clasificaba la gloria ni distinguía

las reputaciones. Le bastaba que un apellido sonase, para aceptarlo con

entusiasmo. Al visitarle Julio, lo presentaba con orgullo á sus amigos,

faltando poco para que le llamase «querido maestro». El tango acaparaba

todas las conversaciones. Hasta en la Academia se habían ocupado de él,

para demostrar elocuentemente que la juventud de la antigua Atenas se

divertía con algo semejante... Y Lacour había soñado toda su vida con

una república ateniense para su país.

El joven Desnoyers conoció en estas reuniones al matrimonio Laurier. El

era un ingeniero que poseía una fábrica de motores para automóviles en

las inmediaciones de París: un hombre de treinta y cinco años, grande,

algo pesado, silencioso, que posaba en torno de su persona una mirada

lenta, como si quisiera penetrar más profundamente en los hombres y los

objetos. Madama Laurier tenía diez años menos que su marido, y parecía

despegarse de él por la fuerza de un rudo contraste. Era de carácter

ligero, elegante, frívola, y amaba la vida por los placeres y

satisfacciones que proporciona. Parecía aceptar con sonriente

conformidad la adoración silenciosa y grave de su esposo. No podía hacer

menos por una criatura de sus méritos. Además, había aportado al

matrimonio una dote de trescientos mil francos, capital que sirvió al

ingeniero para ensanchar sus negocios. El senador había intervenido en

el arreglo de esta sociedad matrimonial. Laurier le interesaba por ser

hijo de un compañero de su juventud.

La presencia de Julio fué para Margarita Laurier un rayo de sol en el

aburrido salón de Lacour. Ella bailaba la danza de moda, frecuentando

los «té-tango» donde era admirado Desnoyers. ¡Verse de pronto al lado

de este hombre célebre é interesante que se disputaban las mujeres!...

Para que no la creyese una burguesa igual á las otras contertulias del

senador, habló de sus costureros, todos de la _rue de la Paix_,

declarando gravemente que una mujer que se respeta no puede salir á la

calle con un vestido de menos de ochocientos francos, y que el sombrero

de mil, objeto de asombro hace pocos años, era ahora una vulgaridad.

Este conocimiento sirvió para que «la pequeña Laurier»--como la llamaban

las amigas, á pesar de su buena estatura--se viese buscada por el

maestro en los bailes, saliendo á danzar con él entre miradas de

despecho y envidia. ¡Qué triunfo para la esposa de un simple ingeniero,

que iba á todas partes en el automóvil de su madre!... Julio sintió al

principio la atracción de la novedad. La había creído igual á todas las

que languidecían en sus brazos siguiendo el ritmo complicado de la

danza. Después la encontró distinta. Las resistencias de ella á

continuación de las primeras intimidades verbales exaltaron su deseo. En

realidad, nunca había tratado á una mujer de su clase. Las de su primera

época eran parroquianas de los restoranes nocturnos, que acababan por

hacerse pagar. Ahora, la celebridad traía á sus brazos damas de alta

posición, pero con un pasado inconfesable, ansiosas de novedades y

excesivamente maduras. Esta burguesa que marchaba hacia él y en el

momento del abandono retrocedía con bruscos renacimientos de pudor

representaba algo extraordinario.

Los salones de tango experimentaron una gran pérdida. Desnoyers se dejó

ver con menos frecuencia, abandonando su gloria á los profesionales.

Transcurrían semanas enteras sin que las devotas pudiesen admirar de

cinco á siete sus crenchas negras y sus piececitos charolados brillando

bajo las luces al compás de graciosos movimientos.

Margarita Laurier también huyó de estos lugares. Las entrevistas de los

dos se desarrollaron con arreglo á lo que ella había leído en las

novelas amorosas que tienen por escenario á París. Iba en busca de Julio

temiendo ser reconocida, trémula de emoción, escogiendo los trajes más

sombríos, cubriéndose el rostro con un velo tupido, «el velo de

adulterio», como decían sus amigas. Se daban cita en los _squares_ de

barrio menos frecuentados, cambiando de lugar como los pájaros miedosos,

que á la más leve inquietud levantan el vuelo para ir á posarse á gran

distancia. Unas veces se juntaban en las Buttes Chaumont, otras

preferían los jardines de la orilla izquierda del Sena, el Luxemburgo y

hasta el remoto Parque de Montsouris. Ella sentía escalofríos de terror

al pensar que su marido podía sorprenderla, mientras el laborioso

ingeniero estaba en la fábrica, á una distancia enorme de la realidad.

Su aspecto azorado, sus excesivas precauciones para deslizarse

inadvertida, acababan por llamar la atención de los transeuntes.

Julio se impacientó con las molestias de este amor errante, sin otro

resultado que algunos besos furtivos. Pero callaba al fin, dominado por

las palabras suplicantes de Margarita. No quería ser suya como una de

tantas: necesitaba convencerse de que este amor iba á durar siempre. Era

su primera falta y deseaba que fuese la última. ¡Ay! ¡Su reputación

intacta hasta entonces!... ¡El miedo á lo que podía decir la gente!...

Los dos retrocedieron hasta la adolescencia; se amaron con la pasión

confiada y pueril de los quince años, que nunca habían conocido. Julio

había saltado de la niñez á los placeres del libertinaje, recorriendo de

un golpe toda la iniciación de la vida. Ella había deseado el matrimonio

por hacer como las demás, por adquirir el respeto y la libertad de una

mujer casada, sintiendo únicamente hacia su esposo un vago

agradecimiento. «Terminamos por donde otros empiezan», decía Desnoyers.

Su pasión tomaba todas las formas de un amor intenso, creyente y vulgar.

Se enternecían con un sentimentalismo de romanza al estrecharse las

manos y cambiar un beso en un banco de jardín á la hora del crepúsculo.

El guardaba un mechón de pelo de Margarita, aunque dudando de su

autenticidad, con la vaga sospecha de que bien podía ser de los añadidos

impuestos por la moda. Ella abandonaba su cabeza en uno de sus hombros,

se apelotonaba, como si implorase su dominación; pero siempre al aire

libre. Apenas intentaba carruaje, madama le repelía vigorosamente. Una

dualidad contradictoria parecía inspirar sus actos. Todas las mañanas

despertaba dispuesta al vencimiento final. Pero luego, al verse junto á

él, reaparecía la pequeña burguesa, celosa de su reputación, fiel á las

enseñanzas de su madre.

Un día accedió á visitar el estudio, con el interés que inspiran los

lugares habitados por la persona amada. «Júrame que me respetarás.» El

tenía el juramento fácil, y juró por todo lo que Margarita quiso... Y

desde este día ya no se vieron en los jardines ni vagaron perseguidos

por el viento del invierno. Se quedaron en el estudio, y Argensola tuvo

que modificar su existencia, buscando la estufa de algún pintor amigo

para continuar sus lecturas.

Esta situación se prolongó dos meses. No supieron nunca qué fuerza

secreta derrumbó de pronto su tranquila felicidad. Tal vez fué una amiga

de ella, que, adivinando los hechos, los hizo saber al marido por medio

de un anónimo; tal vez se delató la misma esposa inconscientemente, con

sus alegrías inexplicables, sus regresos tardíos á la casa, cuando la

comida estaba ya en la mesa, y la repentina aversión que mostraba al

ingeniero en las horas de intimidad matrimonial, para mantenerse fiel al

recuerdo del otro. El compartirse entre el compañero legal y el hombre

amado era un tormento que no podía soportar su entusiasmo simple y

vehemente.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 7 / 33 段