el estudio y presentándose de tarde en tarde en la casa paterna. Doña
Luisa empezó á hablar de un tal Argensola, joven español de gran
sabiduría, reconociendo que sus consejos podían ser de mucha utilidad
para su hijo. Este no sabía con certeza si el nuevo compañero era un
amigo, un maestro ó un sirviente. Otra duda sufrían los visitantes. Los
aficionados á las letras hablaban de Argensola como de un pintor; los
pintores sólo le reconocían superioridad como literato. Nunca pudo
recordar exactamente dónde le había visto la primera vez. Era de los que
subían á su estudio en las tardes de invierno, atraídos por la caricia
roja de la estufa y los vinos facilitados ocultamente por la madre.
Tronaba el español ante la botella liberalmente renovada y la caja de
cigarrillos abierta sobre la mesa, hablando de todo con autoridad. Una
noche se quedó á dormir en un diván. No tenía domicilio fijo. Y después
de esta primera noche, las pasó todas en el estudio.
Julio acabó por admirarle como un reflejo de su personalidad. ¡Lo que
sabía aquel Argensola, venido de Madrid en tercera clase y con veinte
francos en el bolsillo para «violar á la gloria», según sus propias
palabras! Al ver que pintaba con tanta dureza como él, empleando el
mismo dibujo pueril y torpe, se enterneció. Sólo los falsos artistas,
los hombres «de oficio», los ejecutantes sin pensamiento, se preocupan
del colorido y otras ranciedades. Argensola era un artista psicológico,
un pintor de almas. Y el discípulo sintió asombro y despecho al
enterarse de lo sencillo que era pintar un alma. Sobre un rostro
exangüe, con el mentón agudo como un puñal, el español trazaba unos ojos
casi redondos y á cada pupila le asestaba una pincelada blanca, un punto
de luz... el alma. Luego, plantándose ante el lienzo, clasificaba esta
alma con su facundia inagotable, atribuyéndola toda clase de conflictos
y crisis. Y tal era su poder de obsesión, que Julio veía lo que el otro
se imaginaba haber puesto en los ojos de redondez buhesca. El también
pintaría almas... almas de mujeres.
Con ser tan fácil este trabajo de engendramiento psíquico, Argensola
gustaba más de charlar recostado en un diván ó leer al amor de la estufa
mientras el amigo y protector estaba fuera. Otra ventaja esta afición á
la lectura para el joven Desnoyers, que al abrir un volumen iba
directamente á las últimas páginas ó al índice, queriendo «hacerse una
idea», como él decía. Algunas veces, en los salones, había preguntado
con aplomo á un autor cuál era su mejor libro. Y su sonrisa de hombre
listo daba á entender que era una precaución para no perder el tiempo
con los otros volúmenes. Ahora ya no necesitaba cometer estas torpezas.
Argensola leería por él. Cuando le adivinaba interesado por un volumen,
exigía inmediata participación: «Cuéntame el argumento». Y el
«secretario» no sólo hacía la síntesis de comedias y novelas, sino que
le comunicaba el «argumento» de Schopenhauer ó el «argumento» de
Nietzsche... Luego, doña Luisa casi vertía lágrimas al oir que las
visitas se ocupaban de su hijo con la benevolencia que inspira la
riqueza: «Un poco diablo el mozo, pero ¡qué bien preparado!...»
A cambio de sus lecciones, Argensola recibía el mismo trato que un
esclavo griego de los que enseñaban retórica á los patricios jóvenes de
la Roma decadente. En mitad de una explicación, su señor y amigo le
interrumpía:
--Prepárame una camisa de frac. Estoy invitado esta noche.
Otras veces, cuando el maestro experimentaba una sensación de bienestar
animal con un libro en la mano junto á la estufa roncadora, viendo á
través de la vidriera la tarde gris y lluviosa, se presentaba de repente
el discípulo:
--¡Pronto... á la calle! Va á venir una mujer.
Y Argensola, con el gesto de un perro que sacude sus lanas, marchaba á
continuar la lectura en algún cafetucho incómodo de las cercanías.
Su influencia descendió de las cimas de la intelectualidad para
intervenir en las vulgaridades de la vida material. Era el intendente
del patrono; el mediador entre su dinero y los que se presentaban á
reclamarlo factura en mano. «Dinero», decía lacónicamente á fines de
mes. Y Desnoyers prorrumpía en quejas y maldiciones. ¿De dónde iba á
sacarlo? El viejo era de una dureza reglamentaria y no toleraba el menor
avance sobre el mes siguiente. Le tenía sometido á un régimen de
miseria. Tres mil francos mensuales: ¿qué podía hacer con esto una
persona decente?... Deseoso de reducirle, estrechaba el cerco,
interviniendo directamente en la administración de su casa para que doña
Luisa no pudiera hacer donativos al hijo. En vano se había puesto en
contacto con varios usureros de París, hablándoles de su propiedad más
allá del Océano. Estos señores tenían á mano la juventud del país y no
necesitaban exponer sus capitales en el otro mundo. Igual fracaso le
acompañaba cuando, con repentinas muestras de cariño, quería convencer á
don Marcelo de que tres mil francos al mes son una miseria. El
millonario rugía de indignación. ¡Tres mil francos una miseria! ¡Y
además las deudas del hijo que había tenido que pagar en varias
ocasiones!...
--Cuando yo era de tu edad...--empezaba diciendo.
Pero Julio cortaba la conversación. Había oído muchas veces la historia
de su padre. ¡Ah, viejo avariento! Lo que le daba todos los meses no era
mas que la renta del legado de su abuelo... Y por consejo de Argensola,
se atrevió á reclamar el campo. La administración de esa tierra pensaba
confiarla á Celedonio, el antiguo capataz, que era ahora un personaje en
su país, y al que él llamaba irónicamente «mi tío». Desnoyers acogió su
rebeldía fríamente. «Me parece justo. Ya eres mayor de edad.» Y luego de
entregarle el legado, extremó su vigilancia en los gastos de la casa,
evitando á doña Luisa todo manejo de dinero. En adelante, miró á su hijo
como un adversario que necesitaba vencer, tratándolo durante sus rápidas
apariciones en la avenida Víctor Hugo con glacial cortesía, lo mismo que
á un extraño.
Una opulencia transitoria animó por algún tiempo el estudio. Julio había
aumentado sus gastos, considerándose rico. Pero las cartas del tío de
América disiparon estas ilusiones. Primeramente, las remesas de dinero
excedieron en muy poco á la cantidad mensual que le entregaba su padre.
Luego disminuyeron de un modo alarmante. Todas las calamidades de la
tierra parecían haber caído juntas sobre el campo, según Celedonio. Los
pastos escaseaban: unas veces era por falta de lluvia, otras por las
inundaciones, y las reses perecían á centenares. Julio necesitaba
mayores ingresos, y el mestizo marrullero le enviaba lo que pedía, pero
como simple préstamo, reservando el cobro para cuando ajustasen cuentas.
A pesar de tales auxilios, el joven Desnoyers sufría apuros. Jugaba
ahora en un Círculo elegante, creyendo compensar de tal modo sus
periódicas escaseces, y esto servía para que desaparecieran con mayor
rapidez las cantidades recibidas de América... ¡Que un hombre como él se
viese atormentado por la falta de unos miles de francos! ¿De qué le
servía tener un padre con tantos millones?
Si los acreedores se mostraban amenazantes, recurría al «secretario».
Debía ver á mamá inmediatamente: él quería evitarse sus lágrimas y
reconvenciones. Y Argensola se deslizaba como un ratero por la escalera
de servicio del caserón de la avenida Víctor Hugo. El local de sus
embajadas era siempre la cocina, con gran peligro de que el terrible
Desnoyers llegase hasta allí en una de sus evoluciones de hombre
laborioso, sorprendiendo al intruso. Doña Luisa lloraba, conmovida por
las dramáticas palabras del mensajero. ¡Qué podía hacer! Era más pobre
que sus criadas; joyas, muchas joyas, pero ni un franco. Fué Argensola
quien propuso una solución, digna de su experiencia. El salvaría á la
buena madre llevando al Monte de Piedad algunas de sus alhajas. Conocía
el camino. Y la señora aceptó el consejo; pero sólo le entregaba joyas
de mediano valor, sospechando que no las vería más. Tardíos escrúpulos
la hacían prorrumpir á veces en rotundas negativas. Podía saberlo su
Marcelo: ¡qué horror!... Pero el español consideraba denigrante salir de
allí sin llevarse algo, y á falta de dinero, cargaba con un cesto de
botellas de la rica bodega de Desnoyers.
Todas las mañanas entraba doña Luisa en Saint-Honorée d'Eylau para rogar
por su hijo. Apreciaba esta iglesia como algo propio. Era un islote
hospitalario y familiar en el océano inexplorado de París. Cruzaba
discretos saludos con los fieles habituales, gentes del barrio
procedentes de las diversas repúblicas del nuevo mundo. Le parecía estar
más cerca de Dios y de los santos al oir en el atrio conversaciones en
su idioma. Además, era á modo de un salón por donde transcurrían los
grandes sucesos de la colonia sudamericana. Un día era una boda, con
flores, orquesta y cánticos. Ella, con su Chichí al lado, saludaba á las
personas conocidas, cumplimentando luego á los novios. Otro día eran los
funerales de un ex presidente de República ó cualquier otro personaje
ultramarino que terminaba en París su existencia tormentosa. ¡Pobre
presidente! ¡Pobre general!... Doña Luisa recordaba al muerto. Lo había
visto en aquella iglesia muchas veces oyendo su misa devotamente, y se
indignaba contra las malas lenguas que, á guisa de oración fúnebre,
hacían memoria de fusilamientos y Bancos liquidados allá en su país. ¡Un
señor tan bueno y tan religioso! ¡Que Dios lo tenga en su gloria!... Y
al salir á la plaza contemplaba con ojos tiernos los jinetes y amazonas
que se dirigían al Bosque, los lujosos automóviles, la mañana radiante
de sol, toda la fresca puerilidad de las primeras horas del día,
reconociendo que es muy hermoso vivir.
Su mirada de gratitud para lo existente acababa por acariciar el
monumento del centro de la plaza, todo erizado de alas, como si fuese á
desprenderse del suelo. ¡Víctor Hugo!... Le bastaba haber oído este
nombre en boca de su hijo, para contemplar la estatua con un interés de
familia. Lo único que sabía del poeta era que había muerto. De eso casi
estaba segura. Pero se lo imaginaba en vida gran amigo de Julio, en
vista de la frecuencia con que repetía su nombre.
¡Ay, su hijo!... Todos sus pensamientos, sus conjeturas, sus deseos,
convergían en él y en su irreductible marido. Ansiaba que los dos
hombres se entendiesen, terminando una lucha en la que ella era la única
víctima. ¿No haría Dios el milagro?... Como un enfermo que cambia de
sanatorio, persiguiendo á la salud, abandonaba la iglesia de su calle
para frecuentar la Capilla Española de la avenida Friedland. Aquí aún se
consideraba más entre los suyos. A través de las sudamericanas, finas y
elegantes, como si se hubiesen escapado de una lámina de periódico de
modas, sus ojos buscaban con admiración á otras damas peor trajeadas,
gordas, con armiños teatrales y joyas antiguas. Al encontrarse estas
señoras en el atrio, hablaban con voces fuertes y manoteos expresivos,
recortando enérgicamente las palabras. La hija del estanciero se atrevía
á saludarlas, por haberse suscrito á todas sus obras de beneficencia, y
al ver devuelto el saludo experimentaba una satisfacción que la hacía
olvidar momentáneamente sus penas. Eran de aquellas familias que
admiraba su padre sin saber por qué; procedían de lo que llamaban al
otro lado del mar «la madre patria», todas _excelentísimas_ y
_altísimas_ para la buena doña Chicha, y emparentadas con reyes. No
sabía si darles la mano ó doblar una rodilla, como había oído vagamente
que es de uso en las cortes. Pero de pronto recordaba sus
preocupaciones, y seguía adelante para dirigir sus ruegos á Dios. ¡Ay,
que se acordase de ella! ¡Que no olvidase á su lujo por mucho tiempo!...
Fué la gloria la que se acordó de Julio, estrechándolo en sus brazos de
luz. Se vió repentinamente con todos los honores y ventajas de la
celebridad. La fama sorprende cautelosamente por los caminos más
tortuosos é ignorados. Ni la pintura de almas ni una existencia
accidentada llena de amoríos costosos y duelos complicados
proporcionaron al joven Desnoyers su renombre. La gloria le tomó por los
pies.
Un nuevo placer había venido del otro lado de los mares, para felicidad
de los humanos. Las gentes se interrogaban en los salones con el tono
misterioso de los iniciados que buscan reconocerse: «¿Sabe usted
_tanguear_?...» El tango se había apoderado del mundo. Era el himno
heroico de una humanidad que concentraba de pronto sus aspiraciones en
el armónico contoneo de las caderas, midiendo la inteligencia por la
agilidad de los pies. Una música incoherente y monótona, de inspiración
africana, satisfacía el ideal artístico de una sociedad que no
necesitaba de más. El mundo danzaba... danzaba... danzaba. Un baile de
negros de Cuba introducido cargan tasajo para las Antillas conquistaba
la tierra entera en pocos meses, daba la vuelta á su redondez, saltando
victorioso de nación en nación... lo mismo que la _Marsellesa_.
Penetraba hasta en las cortes más ceremoniosas, derrumbando las
tradiciones del recato y la etiqueta, como un canto de revolución: la
revolución de la frivolidad. El Papa tenía que convertirse en maestro de
baile, recomendando la «furlana» contra el «tango», ya que todo el mundo
cristiano, sin distinción de sectas, se unía en el deseo común de agitar
los pies con un frenesí tan incansable como el de los poseídos de la
Edad Media.
Julio Desnoyers, al encontrar esta danza de su adolescencia, soberana y
triunfadora en pleno París, se entregó á ella con la confianza que
inspira una amante vieja. ¡Quién le hubiese anunciado, cuando era
estudiante y frecuentaba los bailes más abyectos de Buenos Aires,
vigilados por la policía, que estaba haciendo el aprendizaje de la
gloria!...
De cinco á siete, centenares de ojos le siguieron con admiración en los
salones de los Campos Elíseos, donde costaba cinco francos una taza de
té con derecho á intervenir en la danza sagrada. «Tiene la línea»,
decían las damas apreciando su cuerpo esbelto, de mediana estatura y
fuertes resortes. Y él, con el chaqué ceñido de talle y abombado de
pecho, los pies de femenil pequeñez enfundados en charol y cañas blancas
sobre altos tacones, bailaba grave, reflexivo, silencioso, como un
matemático en pleno problema, mientras las luces azuleaban las dos
cortinas obscuras, apretadas y brillantes de sus guedejas. Las mujeres
solicitaban ser presentadas á él, con la dulce esperanza de que sus
amigas las envidiasen viéndolas en los brazos del maestro. Las
invitaciones llovían sobre Julio. Se abrían á su paso los salones más
inaccesibles. Todas las tardes adquiría una docena de amistades. La moda
había traído profesores del otro lado del mar, _compadritos_ de los
arrabales de Buenos Aires, orgullosos y confusos al verse aclamados lo
mismo que un tenor de fama ó un conferencista. Pero sobre estos
bailarines de una vulgaridad originaria y que se hacían pagar,
triunfaba Julio Desnoyers. Los incidentes de su vida anterior eran
comentados por las mujeres como hazañas de galán novelesco.
--Te estás matando--decía Argensola--. Bailas demasiado.
La gloria de su amigo representaba nuevas molestias para él. Sus
plácidas lecturas ante la estufa se veían ahora interrumpidas
diariamente. Imposible leer más de un capítulo. El hombre célebre le
apremiaba con sus órdenes para que se marchase á la calle. «Una nueva
lección» decía el parásito. Y cuando estaba solo, numerosas visitas,
todas de mujeres, unas preguntonas y agresivas, otras melancólicas, con
aire de abandono, venían á interrumpirle en su reflexivo
entretenimiento. Una de éstas aterraba con su insistencia á los
habitantes del estudio. Era una americana del Norte, de edad
problemática, entre los treinta y dos y los cincuenta y nueve años,
siempre con faldas cortas, que al sentarse se recogían indiscretas, como
movidas por un resorte. Varios bailes con Desnoyers y una visita á la
_rue de la Pompe_ representaban para ella sagrados derechos adquiridos,
y perseguía al maestro con la desesperación de una creyente abandonada.
Julio había escapado al saber que esta beldad, de esbeltez juvenil vista
por el dorso, tenía dos nietos. «_Máster_ Desnoyers ha salido», decía
invariablemente Argensola al recibirla. Y la abuela lloraba,
prorrumpiendo en amenazas. Quería suicidarse allí mismo, para que su
cadáver espantase á las otras mujeres que venían á quitarle lo que
consideraba suyo. Ahora era Argensola el que despedía á su compañero
cuando deseaba verse solo. «Creo que la yanqui va á venir», decía con
indiferencia. Y el grande hombre huía, valiéndose muchas veces de la
escalera de servicio.
En esta época empezó á desarrollarse el suceso más importante de su
existencia. La familia Desnoyers iba á unirse con la del senador Lacour.
René, el hijo único de éste, había acabado por inspirar á Chichí cierto
interés que casi era amor. El personaje deseaba para su descendiente los
campos sin límites, los rebaños inmensos, cuya descripción le conmovía
como un relato maravilloso y banquetes. Toda celebridad nueva le
sugería inmediatamente el plan de un almuerzo. No había personaje de
paso en París, viajero polar ó cantante famoso que escapase sin ser
exhibido en el comedor de Lacour. El hijo de Desnoyers--en el que apenas
se había fijado hasta entonces--le inspiró una simpatía repentina. El
senador era un hombre moderno, y no clasificaba la gloria ni distinguía
las reputaciones. Le bastaba que un apellido sonase, para aceptarlo con
entusiasmo. Al visitarle Julio, lo presentaba con orgullo á sus amigos,
faltando poco para que le llamase «querido maestro». El tango acaparaba
todas las conversaciones. Hasta en la Academia se habían ocupado de él,
para demostrar elocuentemente que la juventud de la antigua Atenas se
divertía con algo semejante... Y Lacour había soñado toda su vida con
una república ateniense para su país.
El joven Desnoyers conoció en estas reuniones al matrimonio Laurier. El
era un ingeniero que poseía una fábrica de motores para automóviles en
las inmediaciones de París: un hombre de treinta y cinco años, grande,
algo pesado, silencioso, que posaba en torno de su persona una mirada
lenta, como si quisiera penetrar más profundamente en los hombres y los
objetos. Madama Laurier tenía diez años menos que su marido, y parecía
despegarse de él por la fuerza de un rudo contraste. Era de carácter
ligero, elegante, frívola, y amaba la vida por los placeres y
satisfacciones que proporciona. Parecía aceptar con sonriente
conformidad la adoración silenciosa y grave de su esposo. No podía hacer
menos por una criatura de sus méritos. Además, había aportado al
matrimonio una dote de trescientos mil francos, capital que sirvió al
ingeniero para ensanchar sus negocios. El senador había intervenido en
el arreglo de esta sociedad matrimonial. Laurier le interesaba por ser
hijo de un compañero de su juventud.
La presencia de Julio fué para Margarita Laurier un rayo de sol en el
aburrido salón de Lacour. Ella bailaba la danza de moda, frecuentando
los «té-tango» donde era admirado Desnoyers. ¡Verse de pronto al lado
de este hombre célebre é interesante que se disputaban las mujeres!...
Para que no la creyese una burguesa igual á las otras contertulias del
senador, habló de sus costureros, todos de la _rue de la Paix_,
declarando gravemente que una mujer que se respeta no puede salir á la
calle con un vestido de menos de ochocientos francos, y que el sombrero
de mil, objeto de asombro hace pocos años, era ahora una vulgaridad.
Este conocimiento sirvió para que «la pequeña Laurier»--como la llamaban
las amigas, á pesar de su buena estatura--se viese buscada por el
maestro en los bailes, saliendo á danzar con él entre miradas de
despecho y envidia. ¡Qué triunfo para la esposa de un simple ingeniero,
que iba á todas partes en el automóvil de su madre!... Julio sintió al
principio la atracción de la novedad. La había creído igual á todas las
que languidecían en sus brazos siguiendo el ritmo complicado de la
danza. Después la encontró distinta. Las resistencias de ella á
continuación de las primeras intimidades verbales exaltaron su deseo. En
realidad, nunca había tratado á una mujer de su clase. Las de su primera
época eran parroquianas de los restoranes nocturnos, que acababan por
hacerse pagar. Ahora, la celebridad traía á sus brazos damas de alta
posición, pero con un pasado inconfesable, ansiosas de novedades y
excesivamente maduras. Esta burguesa que marchaba hacia él y en el
momento del abandono retrocedía con bruscos renacimientos de pudor
representaba algo extraordinario.
Los salones de tango experimentaron una gran pérdida. Desnoyers se dejó
ver con menos frecuencia, abandonando su gloria á los profesionales.
Transcurrían semanas enteras sin que las devotas pudiesen admirar de
cinco á siete sus crenchas negras y sus piececitos charolados brillando
bajo las luces al compás de graciosos movimientos.
Margarita Laurier también huyó de estos lugares. Las entrevistas de los
dos se desarrollaron con arreglo á lo que ella había leído en las
novelas amorosas que tienen por escenario á París. Iba en busca de Julio
temiendo ser reconocida, trémula de emoción, escogiendo los trajes más
sombríos, cubriéndose el rostro con un velo tupido, «el velo de
adulterio», como decían sus amigas. Se daban cita en los _squares_ de
barrio menos frecuentados, cambiando de lugar como los pájaros miedosos,
que á la más leve inquietud levantan el vuelo para ir á posarse á gran
distancia. Unas veces se juntaban en las Buttes Chaumont, otras
preferían los jardines de la orilla izquierda del Sena, el Luxemburgo y
hasta el remoto Parque de Montsouris. Ella sentía escalofríos de terror
al pensar que su marido podía sorprenderla, mientras el laborioso
ingeniero estaba en la fábrica, á una distancia enorme de la realidad.
Su aspecto azorado, sus excesivas precauciones para deslizarse
inadvertida, acababan por llamar la atención de los transeuntes.
Julio se impacientó con las molestias de este amor errante, sin otro
resultado que algunos besos furtivos. Pero callaba al fin, dominado por
las palabras suplicantes de Margarita. No quería ser suya como una de
tantas: necesitaba convencerse de que este amor iba á durar siempre. Era
su primera falta y deseaba que fuese la última. ¡Ay! ¡Su reputación
intacta hasta entonces!... ¡El miedo á lo que podía decir la gente!...
Los dos retrocedieron hasta la adolescencia; se amaron con la pasión
confiada y pueril de los quince años, que nunca habían conocido. Julio
había saltado de la niñez á los placeres del libertinaje, recorriendo de
un golpe toda la iniciación de la vida. Ella había deseado el matrimonio
por hacer como las demás, por adquirir el respeto y la libertad de una
mujer casada, sintiendo únicamente hacia su esposo un vago
agradecimiento. «Terminamos por donde otros empiezan», decía Desnoyers.
Su pasión tomaba todas las formas de un amor intenso, creyente y vulgar.
Se enternecían con un sentimentalismo de romanza al estrecharse las
manos y cambiar un beso en un banco de jardín á la hora del crepúsculo.
El guardaba un mechón de pelo de Margarita, aunque dudando de su
autenticidad, con la vaga sospecha de que bien podía ser de los añadidos
impuestos por la moda. Ella abandonaba su cabeza en uno de sus hombros,
se apelotonaba, como si implorase su dominación; pero siempre al aire
libre. Apenas intentaba carruaje, madama le repelía vigorosamente. Una
dualidad contradictoria parecía inspirar sus actos. Todas las mañanas
despertaba dispuesta al vencimiento final. Pero luego, al verse junto á
él, reaparecía la pequeña burguesa, celosa de su reputación, fiel á las
enseñanzas de su madre.
Un día accedió á visitar el estudio, con el interés que inspiran los
lugares habitados por la persona amada. «Júrame que me respetarás.» El
tenía el juramento fácil, y juró por todo lo que Margarita quiso... Y
desde este día ya no se vieron en los jardines ni vagaron perseguidos
por el viento del invierno. Se quedaron en el estudio, y Argensola tuvo
que modificar su existencia, buscando la estufa de algún pintor amigo
para continuar sus lecturas.
Esta situación se prolongó dos meses. No supieron nunca qué fuerza
secreta derrumbó de pronto su tranquila felicidad. Tal vez fué una amiga
de ella, que, adivinando los hechos, los hizo saber al marido por medio
de un anónimo; tal vez se delató la misma esposa inconscientemente, con
sus alegrías inexplicables, sus regresos tardíos á la casa, cuando la
comida estaba ya en la mesa, y la repentina aversión que mostraba al
ingeniero en las horas de intimidad matrimonial, para mantenerse fiel al
recuerdo del otro. El compartirse entre el compañero legal y el hombre
amado era un tormento que no podía soportar su entusiasmo simple y
vehemente.