ya que Bismarck, por un error de su vejez testaruda, no exigió nada á la
hora del reparto mundial, dejando que Inglaterra y Francia se llevasen
las mejores tierras. Necesitamos que pertenezcan á Alemania todos los
países que tienen sangre germánica y que han sido civilizados por
nuestros ascendientes.
Hartrott enumeraba los países. Holanda y Bélgica eran alemanas. Francia
lo era también por los francos: una tercera parte de su sangre procedía
de los germanos. Italia...--aquí se detenía el profesor, recordando que
esta nación era una aliada, poco segura ciertamente, pero unida todavía
por los compromisos diplomáticos. Sin embargo, mencionaba á los
longobardos y otras razas procedentes del Norte--. España y Portugal
habían sido pobladas por el godo rubio, y pertenecían también á la raza
germánica. Y como la mayoría de las naciones de América eran de origen
hispánico ó portugués, quedaban comprendidas en esta reivindicación.
--Todavía es prematuro pensar en ellas--añadió el doctor modestamente--,
pero algún día sonará la hora de la justicia. Después de nuestro triunfo
continental, tiempo tendremos de pensar en su suerte... La América del
Norte también debe recibir nuestra influencia civilizadora. Existen en
ella millones de alemanes, que han creado su grandeza.
Hablaba de las futuras conquistas como si fuesen muestras de distinción
con que su país iba á favorecer á los demás pueblos. Estos seguirían
viviendo políticamente lo mismo que antes, con sus gobiernos propios,
pero sometidos á la dirección de la raza germánica, como menores que
necesitan la mano dura de un maestro. Formarían los Estados Unidos
mundiales, con un presidente hereditario y todopoderoso, el emperador de
Alemania, recibiendo los beneficios de la cultura germánica, trabajando
disciplinados bajo su dirección industrial... Pero el mundo es ingrato,
y la maldad humana se opone siempre á todos los progresos.
--No nos hacemos ilusiones--dijo el profesor con altiva tristeza--.
Nosotros no tenemos amigos. Todos nos miran con recelo, como á seres
peligrosos, porque somos los más inteligentes, los más activos, y
resultamos superiores á los demás... Pero ya que no nos aman, que nos
teman. Como dice mi amigo Mann, la _Kultur_ es la organización
espiritual del mundo, pero no excluye «el salvajismo sangriento» cuando
éste resulta necesario. La _Kultur_ sublimiza lo demoniaco que llevamos
en nosotros, y está por encima de la moral, la razón y la ciencia.
Nosotros impondremos la _Kultur_ á cañonazos.
Argensola seguía expresando con los ojos su pensamiento: «Están locos,
locos de orgullo... ¡Lo que le espera al mundo con estas gentes!»
Desnoyers intervino, para aclarar con un poco de optimismo el monólogo
sombrío. La guerra aún no se había declarado: la diplomacia negociaba.
Tal vez se arreglase todo pacíficamente en el último instante, como
había ocurrido otras veces. Su primo veía las cosas algo desfiguradas,
por un entusiasmo agresivo.
¡La sonrisa irónica, feroz, cortante del doctor!... Argensola no había
conocido al viejo Madariaga, y sin embargo, se le ocurrió que así debían
sonreir los tiburones, aunque jamás había visto un tiburón.
--Es la guerra--afirmó Hartrott--. Cuando salí de Alemania, hace quince
días, ya sabía yo que la guerra estaba próxima.
La seguridad con que lo dijo disipó todas las esperanzas de Julio.
Además, le inquietaba el viaje de este hombre con pretexto de ver á su
madre, de la que se había separado poco antes... ¿Qué había venido á
hacer en París el doctor Julius von Hartrott?...
--Entonces--preguntó Desnoyers--, ¿para qué tantas entrevistas
diplomáticas? ¿Por qué interviene el gobierno alemán, aunque sea con
tibieza, en el conflicto entre Austria y Servia?... ¿No sería mejor
declarar la guerra francamente?
El profesor contestó con sencillez:
--Nuestro gobierno quiere sin duda que sean los otros los que la
declaren. El papel de agredido es siempre el más grato y justifica todas
las resoluciones ulteriores por extremadas que parezcan. Allá tenemos
gentes que viven bien y no desean la guerra. Es conveniente hacerlas
creer que son los enemigos los que nos la imponen, para que sientan la
necesidad de defenderse. Sólo los espíritus superiores llegan á la
convicción de que los grandes adelantos únicamente se realizan con la
espada, y que la guerra, como decía nuestro gran Treitschke, es la más
alta forma del progreso.
Otra vez sonrió con una expresión feroz. La moral, según él, debía
existir entre los individuos, ya que sirve para hacerlos más obedientes
y disciplinados. Pero la moral estorba á los gobiernos, y debe
suprimirse como un obstáculo inútil. Para un Estado no existe la verdad
ni la mentira: sólo reconoce la conveniencia y la utilidad de las cosas.
El glorioso Bismarck, para conseguir la guerra con Francia, base de la
grandeza alemana, no había vacilado en falsificar un despacho
telegráfico.
--Y reconocerás que es el héroe más grande de nuestros tiempos. La
Historia mira con bondad su hazaña. ¿Quién puede acusar al que
triunfa?... El profesor Hans Delbruck ha escrito con razón: «¡Bendita
sea la mano que falsificó el telegrama de Ems!»
Convenía que la guerra surgiese inmediatamente, ahora que las
circunstancias resultaban favorables para Alemania y sus enemigos vivían
descuidados. Era la guerra preventiva recomendada por el general
Bernhardi y otros compatriotas ilustres. Resultaba peligroso esperar á
que los enemigos estuvieran preparados y fuesen ellos los que la
declarasen. Además, ¿qué obstáculos representaban para los alemanes el
derecho y otras ficciones inventadas por los pueblos débiles para
sostenerse en su miseria?... Tenían la fuerza, y la fuerza crea leyes
nuevas. Si resultaban vencedores, la Historia no les pediría cuentas por
lo que hubiesen hecho. Era Alemania la que pegaba, y los sacerdotes de
todos los cultos acabarían por santificar con sus himnos la guerra
bendita, si es que conducía al triunfo.
--Nosotros no hacemos la guerra por castigar á los servios regicidas, ni
por libertar á los polacos y otros oprimidos de Rusia, descansando luego
en la admiración de nuestra magnanimidad desinteresada. Queremos hacerla
porque somos el primer pueblo de la tierra y debemos extender nuestra
actividad sobre el planeta entero. La hora de Alemania ha sonado. Vamos
á ocupar nuestro sitio de potencia directora del mundo, como la ocupó
España en otros siglos, y Francia después, é Inglaterra actualmente. Lo
que esos pueblos alcanzaron con una preparación de muchos años lo
conseguiremos nosotros en cuatro meses. La bandera de tempestad del
Imperio va á pasearse por mares y naciones: el sol iluminará grandes
matanzas... La vieja Roma, enferma de muerte, apellidó bárbaros á los
germanos que le abrieron la fosa. También huele á muerto el mundo de
ahora, y seguramente nos llamará bárbaros... ¡Sea! Cuando Tánger y
Tolón, Amberes y Calais, estén sometidos á la barbarie germánica, ya
hablaremos de eso más detenidamente... Tenemos la fuerza, y el que la
posee no discute ni hace caso de palabras... ¡La fuerza! Esto es lo
hermoso: la única palabra que suena brillante y clara... ¡La fuerza! Un
puñetazo certero, y todos los argumentos quedan contestados.
--Pero ¿tan seguros estáis de la victoria?--preguntó Desnoyers--. A
veces, el destino ofrece terribles sorpresas. Hay fuerzas ocultas con
las que no contamos y que trastornan los planes mejores.
La sonrisa del doctor fué ahora de soberano menosprecio. Todo estaba
previsto y estudiado de larga fecha, con el minucioso método germánico.
¿Qué tenían enfrente?... El enemigo más temible era Francia, incapaz de
resistir las influencias morales enervantes, los sufrimientos, los
esfuerzos y las privaciones de la guerra; un pueblo debilitado
físicamente, emponzoñado por el espíritu revolucionario, y que había ido
prescindiendo del uso de las armas por un amor exagerado al bienestar.
--Nuestros generales--continuó--van á dejarla en tal estado, que jamás
se atreverá á cruzarse en nuestro camino.
Quedaba Rusia, pero sus masas amorfas eran lentas de reunir y difíciles
de mover. El Estado Mayor de Berlín lo había dispuesto todo
cronométricamente para el aplastamiento de Francia en cuatro semanas,
llevando luego sus fuerzas enormes contra el Imperio ruso, antes de que
éste pudiese iniciar su acción.
--Acabaremos con el oso, luego de haber matado al gallo--afirmó el
profesor victoriosamente.
Pero adivinando una objeción de su primo, se apresuró á continuar:
--Sé lo que vas á decirme. Queda otro enemigo: uno que no ha saltado
todavía á la arena, pero que aguardamos todos los alemanes. Ese nos
inspira más odio que los otros porque es de nuestra sangre, porque es un
traidor á la raza... ¡Ah, cómo lo aborrecemos!
Y en el tono con que dijo estas palabras latían una expresión de odio y
un deseo de venganza que impresionaron á los dos oyentes.
--Aunque Inglaterra nos ataque--prosiguió Hartrott--, no por esto
dejaremos de vencer. Este adversario no es más temible que los otros.
Hace un siglo que reina sobre el mundo. Al caer Napoleón, recogió en el
Congreso de Viena la hegemonía continental, y se batirá por conservarla.
Pero ¿qué vale su energía?... Como dice nuestro Bernhardi, el pueblo
inglés es un pueblo de rentistas y de _sportsmen_. Su ejército está
formado con los detritus de la nación. El país carece de espíritu
militar. Nosotros somos un pueblo de guerreros, y nos será fácil vencer
á los ingleses, debilitados por una falsa concepción de la vida.
El doctor hizo una pausa y añadió:
--Contamos además con la corrupción interna de nuestros enemigos, con su
falta de unidad. Dios nos ayudará sembrando la confusión en estos
pueblos odiosos. No pasarán muchos días sin que se vea su mano. La
revolución va á estallar en Francia al mismo tiempo que la guerra. El
pueblo de París levantará barricadas en las calles: se reproducirá la
anarquía de la Commune. Túnez, Argel y otras posesiones van á sublevarse
contra la metrópoli.
Argensola creyó del caso sonreir con una incredulidad agresiva.
--Repito--insistió Hartrott--que este país va á conocer revoluciones
aquí é insurrecciones en sus colonias. Sé bien lo que digo... Rusia
tendrá igualmente su revolución interior, revolución con bandera roja,
que obligará al zar á pedirnos gracia de rodillas. No hay mas que leer
en los periódicos las recientes huelgas de San Petersburgo, las
manifestaciones de los huelguistas con pretexto de la visita del
presidente Poincaré... Inglaterra verá rechazadas por las colonias sus
peticiones de apoyo. La India va á sublevarse contra ella y Egipto cree
llegado el momento de su emancipación.
Julio parecía impresionado por estas afirmaciones, formuladas con una
seguridad doctoral. Casi se irritó contra el incrédulo Argensola, que
seguía mirando al profesor insolentemente y repetía con los ojos: «Está
loco: loco de orgullo.» Aquel hombre debía tener serios motivos para
formular tales profecías de desgracia. Su presencia en París, por lo
mismo que era inexplicable para Desnoyers, daba á sus palabras una
autoridad misteriosa.
--Pero las naciones se defenderán--arguyó éste á su primo--. No será tan
fácil la victoria como crees.
--Sí, se defenderán. La lucha va á ser ruda. Parece que en los últimos
años Francia se ha preocupado de su ejército. Encontraremos cierta
resistencia; el triunfo resultará más difícil, pero venceremos...
Vosotros no sabéis hasta dónde llega la potencia ofensiva de Alemania.
Nadie lo sabe con certeza más allá de sus fronteras. Si nuestros
enemigos la conociesen en toda su intensidad, caerían de rodillas,
prescindiendo de sacrificios inútiles.
Hubo un largo silencio. Julius von Hartrott parecía abstraído. El
recuerdo de los elementos de fuerza acumulados por su raza le sumía en
una especie de adoración mística.
--La victoria preliminar--dijo de pronto--hace tiempo que la hemos
obtenido. Nuestros enemigos nos aborrecen, y sin embargo nos imitan.
Todo lo que lleva la marca de Alemania es buscado en el mundo. Los
mismos países que intentan resistir á nuestras armas copian nuestros
métodos en sus universidades y admiran nuestras teorías, aun aquellas
que no alcanzaron éxito en Alemania. Muchas veces reímos entre nosotros,
como los augures romanos, al apreciar el servilismo con que nos
siguen... ¡Y luego no quieren reconocer nuestra superioridad!
Por primera vez Argensola aprobó con los ojos y el gesto las palabras de
Hartrott. Exacto lo que decía: el mundo era víctima de la «superstición
alemana». Una cobardía intelectual, el miedo al fuerte, hacía admirar
todo lo de procedencia germánica, sin discernimiento alguno, en bloque,
por la intensidad del brillo: el oro revuelto con el talco. Los llamados
latinos, al entregarse á esta admiración, dudaban de las propias fuerzas
con un pesimismo irracional. Ellos eran los primeros en decretar su
muerte. Y los orgullosos germanos no tenían mas que repetir las palabras
de estos pesimistas para afirmarse en la creencia de su superioridad.
Con el apasionamiento meridional, que salta sin gradación de un extremo
á otro, muchos latinos habían proclamado que en el mundo futuro no
quedaba sitio para las sociedades latinas, en plena agonía, añadiendo
que sólo Alemania conservaba latentes las fuerzas civilizadoras. Los
franceses, que gritan entre ellos, incurriendo en las mayores
exageraciones, sin darse cuenta de que hay quien les escucha al otro
lado de las puertas, habían repetido durante muchos años que Francia
estaba en plena descomposición y marchaba á la muerte. ¡Por qué se
indignaban luego ante el menosprecio de los enemigos!... ¡Cómo no habían
de participar éstos de sus creencias!...
El profesor, interpretando erróneamente la aprobación muda de aquel
joven que hasta entonces le había escuchado con sonrisa hostil, añadió:
--Hora es ya de hacer en Francia el ensayo de la cultura alemana,
implantándola como vencedores.
Aquí le interrumpió Argensola: «¿Y si la cultura alemana no existiese,
como lo afirma un alemán célebre?» Necesitaba contradecir á este pedante
que los abrumaba con su orgullo. Hartrott casi saltó de su asiento al
escuchar tal duda.
--¿Qué alemán es ese?
--¡Nietzsche!
El profesor le miró con lástima. Nietzsche había dicho á los hombres:
«Sed duros», afirmando que «una buena guerra santifica toda causa».
Había alabado á Bismarck; había, tomado parte en la guerra del 70; había
glorificado al alemán cuando hablaba del «león risueño» y de la «fiera
rubia». Pero Argensola le escuchó con la tranquilidad del que pisa un
terreno seguro. ¡Oh tardes de plácida lectura junto á la chimenea del
estudio, oyendo chocar la lluvia en los vidrios del ventanal!...
--El filósofo ha dicho eso--contestó--y ha dicho otras cosas diferentes,
como todos los que piensan mucho. Su doctrina es de orgullo, pero de
orgullo individual, no de orgullo de nación ni de raza. El habló siempre
contra «la mentirosa superchería de las razas».
Argensola recordaba palabra por palabra á su filósofo. Una cultura,
según éste, era «la unidad de estilo en todas las manifestaciones de la
vida». La ciencia no supone cultura. Un gran saber puede ir acompañado
de una gran barbarie, por la ausencia de estilo ó la confusión caótica
de todos los estilos. Alemania, en opinión de Nietzsche, no tenía
cultura propia por su carencia de estilo. «Los franceses--había
dicho--están á la cabeza de una cultura auténtica y fecunda, sea cual
sea su valor, y hasta el presente todos hemos tomado de ella.» Sus odios
se concentraban sobre su propio país. «No puedo soportar la vida en
Alemania. El espíritu de servilismo y mezquinería penetra por todas
partes... Yo no creo mas que en la cultura francesa, y todo lo demás que
se llama Europa culta me parece una equivocación. Los raros casos de
alta cultura que he encontrado en Alemania eran de origen francés.»
--Ya sabe usted--continuó Argensola--que, al pelearse con Wágner por el
exceso de germanismo en su arte, proclamó la necesidad de
_mediterranizar en música_. Su ideal fué una cultura para toda Europa,
pero con base latina.
Julius von Hartrott contestó desdeñosamente, repitiendo las mismas
palabras del español. Los hombres que piensan mucho dicen muchas cosas.
Además, Nietzsche era un poeta que había muerto en plena demencia, y no
figuraba entre los sabios de la Universidad. Su fama la habían labrado
en el extranjero... Y no volvió á ocuparse más de aquel joven, como si
se hubiese evaporado después de sus atrevidas objeciones. Toda su
atención la concentraba ahora en Desnoyers.
--Este país--continuó--lleva la muerte en sus entrañas. ¿Cómo dudar de
que surgirá en él una revolución apenas estalle la guerra?... Tú no has
presenciado las agitaciones del bulevar con motivo del proceso Cailloux.
Reaccionarios y revolucionarios se han insultado hasta hace tres días.
Yo he visto cómo se desafiaban con gritos y cánticos, cómo se golpeaban
en medio de la calle. Y esta división de opiniones aún se acentuará más
cuando nuestras tropas crucen las fronteras. Será la guerra civil. Los
antimilitaristas claman, creyendo que está en manos de su gobierno el
evitar el choque... ¡País degenerado por la democracia y por la
inferioridad de su celtismo triunfante, deseoso de todas las
libertades!... Nosotros somos el único pueblo libre de la tierra, porque
sabemos obedecer.
La paradoja hizo sonreir á Julio. ¡Alemania único pueblo libre!...
--Así es--afirmó con energía von Hartrott--. Tenemos la libertad que
conviene á un gran pueblo: la libertad económica é intelectual.
--¿Y la libertad política?...
El profesor acogió esta pregunta con un gesto de menosprecio.
--¡La libertad política!... Únicamente los pueblos decadentes é
ingobernables, las razas inferiores, ansiosas de igualdad y confusión
democrática, hablan de libertad política. Los alemanes no la
necesitamos. Somos un pueblo de amos, que reconoce las jerarquías y
desea ser mandado por los que nacieron superiores. Nosotros tenemos el
genio de la organización.
Este era, según el doctor, el gran secreto alemán, y la raza germánica,
al apoderarse del mundo, haría partícipes á todos de su descubrimiento.
Los pueblos quedarían organizados de modo que el individuo diese el
máximum de su rendimiento en favor de la sociedad. Los hombres
regimentados para toda clase de producciones, obedeciendo como máquinas
á una dirección superior y dando la mayor cantidad posible de trabajo:
he aquí el estado perfecto. La libertad era una idea puramente negativa
si no iba acompañada de un concepto positivo que la hiciese útil.
Los dos amigos escucharon con asombro la descripción del porvenir que
ofrecía al mundo la superioridad germánica. Cada individuo sometido á
una producción intensiva, lo mismo que un pedazo de huerta del que desea
sacar el dueño el mayor número de verduras... El hombre convertido en un
mecanismo... nada de operaciones inútiles que no proporcionan un
resultado inmediato... ¡Y el pueblo que proclamaba este ideal sombrío
era el mismo de los filósofos y los soñadores, que habían dado á la
contemplación y la reflexión el primer lugar en su existencia!...
Hartrott volvió á insistir en la inferioridad de los enemigos de su
raza. Para luchar se necesitaba fe, una confianza inquebrantable en la
superioridad de las propias fuerzas.
--A estas horas, en Berlín todos aceptan la guerra, todos creen seguro
el triunfo, ¡mientras que aquí!... No digo que los franceses sientan
miedo. Tienen un pasado de bravura que los galvaniza en ciertos
momentos. Pero están tristes, se adivina que harían cualquier sacrificio
por evitar lo que se les viene encima. El pueblo gritará de entusiasmo
en el primer instante, como grita siempre que lo llevan á su perdición.
Las clases superiores no tienen confianza en el porvenir; callan ó
mienten, pero en todos se adivina el presentimiento del desastre. Ayer
hablé con tu padre. Es francés y es rico. Se muestra indignado contra
los gobiernos de su país porque le comprometen en conflictos europeos
por defender á pueblos lejanos y sin interés. Se queja de los patriotas
exaltados, que han mantenido abierto el abismo entre Alemania y Francia,
impidiendo una reconciliación. Dice que Alsacia y Lorena no valen lo que
costará una guerra en hombres y dinero... Reconoce nuestra grandeza:
asegura que hemos progresado tan aprisa, que jamás podrán alcanzarnos
los demás pueblos... Y como tu padre piensan muchos otros: todos los que
se hallan satisfechos de su bienestar y temen perderlo. Créeme: un país
que duda y teme la guerra, está vencido antes de la primera batalla.
Julio mostró cierta inquietud, como si pretendiese cortar la
conversación.
--Deja á mi padre. Hoy dice eso porque la guerra no es todavía un hecho,
y él necesita contradecir, indignarse con todo lo que se halla á su
alcance. Mañana tal vez dirá lo contrario... Mi padre es un latino.
El profesor miró su reloj. Debía marcharse: aún le quedaban muchas cosas
que hacer antes de dirigirse á la estación. Los alemanes establecidos en
París habían huído en grandes bandas, como si circulase entre ellos una
orden secreta. Aquella tarde iban á partir los últimos que aún se
mantenían en la capital ostensiblemente.
--He venido á verte por afecto de familia, porque era mi deber darte un
aviso. Tú eres extranjero y nada te retiene aquí. Si deseas presenciar
un gran acontecimiento histórico, quédate. Pero mejor será que te
marches. La guerra va á ser dura, muy dura, y si París intenta
resistirse como la otra vez, presenciaremos cosas terribles. Los medios
ofensivos han cambiado mucho.
Desnoyers hizo un gesto de indiferencia.
--Lo mismo que tu padre--continuó el profesor--. Anoche, él y tu familia
me contestaron de igual modo. Hasta mi madre prefiere quedarse al lado
de su hermana, diciendo que los alemanes son muy buenos, muy civilizados
y nada puede temerse de ellos cuando triunfen.
Al doctor parecía molestarle esta buena opinión.
--No se dan cuenta de lo que es la guerra moderna, ignoran que nuestros
generales han estudiado el arte de reducir al enemigo rápidamente y que
lo emplearán con un método implacable. El terror es el único medio, ya
que perturba la inteligencia del contrario, paraliza su acción,
pulveriza su resistencia. Cuanto más feroz sea la guerra, más corta
resultará: castigar con dureza es proceder humanamente. Y Alemania va á
ser cruel, con una crueldad nunca vista, para que no se prolongue la
lucha.
Había abandonado su asiento, requiriendo el bastón y el sombrero de
paja. Argensola le miraba con franca hostilidad. El profesor, al pasar
junto á él, sólo hizo un rígido y desdeñoso movimiento de cabeza.
Luego se dirigió hacia la puerta, acompañado por su primo. La despedida
fué breve.
--Te repito mi consejo. Si no amas el peligro, márchate. Puede ser que
me equivoque, y esta gente, convencida de que su defensa resulta inútil,
se entregue buenamente... De todos modos, pronto nos veremos. Tendré el
gusto de volver á París cuando la bandera del Imperio flote sobre la
torre Eiffel. Asunto de tres ó cuatro semanas. A principios de
Septiembre, con seguridad.
Francia iba á desaparecer; para el doctor, era indudable su muerte.
--Quedará París--añadió--, quedarán los franceses, porque un pueblo no
se suprime fácilmente; pero ocuparán el lugar que les corresponde.
Nosotros gobernaremos el mundo: ellos se cuidarán de inventar modas,
harán agradable la vida del extranjero que los visite, y en el terreno
intelectual les estimularemos para que eduquen actrices bonitas,
produzcan novelas entretenidas y discurran comedias graciosas... Nada
más.
Desnoyers rió mientras estrechaba la mano de su primo, fingiendo tomar
sus palabras como paradojas.
--Hablo en serio--continuó Hartrott--. La última hora de la República
francesa como nación importante ha sonado. La he visto de cerca, y no
merece otra suerte. Desorden y falta de confianza arriba; entusiasmo
estéril abajo.
Al volver la cabeza vió otra vez la sonrisa de Argensola.
--Y nosotros entendemos un poco de esto--añadió agresivamente--. Estamos
acostumbrados á examinar los pueblos que fueron, á estudiarlos fibra por
fibra, y podemos conocer con una sola ojeada la psicología de los que
aún viven.