que su yerno la celebrase igualmente.
--Un mozo muy útil, ¿no es cierto?... Estos _gringos_ de la Alemania
sirven bien, saben muchas cosas y cuestan poco. Luego, ¡tan
disciplinados! ¡tan humilditos!... Yo siento decírtelo, porque eres
gabacho; pero os habéis echado malos enemigos. Son gente dura de pelar.
Desnoyers contestaba con un gesto de indiferencia. Su patria estaba
lejos y también la del alemán. ¡A saber si volverían á ella!... Allí
eran argentinos, y debían pensar en las cosas inmediatas, sin
preocuparse del pasado.
--Además, ¡tienen tan poco orgullo!--continuó Madariaga con tono
irónico--. Cualquier _gringo_ de éstos, cuando es dependiente en la
capital, barre la tienda, hace la comida, lleva la contabilidad, vende á
los parroquianos, escribe á máquina, traduce de cuatro á cinco lenguas,
y acompaña, si es preciso, á la amiga del amo como si fuese una gran
señora... todo por veinticinco pesos al mes. ¡Quién puede luchar con una
gente así! Tú, gabacho, eres como yo... muy serio, y te morirías de
hambre antes de pasar por ciertas cosas. Por eso te digo que resultan
temibles.
El estanciero, después de una corta reflexión, añadió:
--Tal vez no son tan buenos como parecen. Hay que ver cómo tratan á los
que están debajo de ellos. Puede que se hagan los simples sin serlo, y
cuando sonríen al recibir una patada, dicen para sus adentros: «Espera
que llegue la mía, y te devolveré tres.»
Luego pareció arrepentirse de sus palabras.
--De todos modos, este Karl es un pobre mozo, un infeliz, que apenas
digo yo algo, abre la boca como si fuese á tragar moscas. El asegura que
es de gran familia, pero ¡vaya usted á saber de estos _gringos_!...
Todos los muertos de hambre, al venir á América, la echamos de hijos de
príncipes.
A éste lo había tuteado Madariaga desde el primer instante, no por
agradecimiento, como á Desnoyers, sino para hacerle sentir su
inferioridad. Lo había introducido igualmente en su casa, pero
únicamente para que diese lecciones de piano á la hija menor. «La
romántica» ya no se colocaba al atardecer en la puerta contemplando el
sol poniente. Karl, una vez terminado su trabajo en la Administración,
venía á la casa del estanciero, sentándose al lado de Elena, que
tecleaba con una tenacidad digna de mejor suerte. A última hora, el
alemán, acompañándose en el piano, cantaba fragmentos de Wágner, que
hacían dormitar á Madariaga en un sillón con el fuerte cigarro paraguayo
adherido á los labios.
Elena contemplaba mientras tanto con creciente interés al _gringo_
cantor. No era el caballero de los ensueños esperado por la dama blanca.
Era casi un sirviente, un inmigrante rubio tirando á rojo, carnudo, algo
pesado y con ojos bovinos que reflejaban un eterno miedo á desagradar á
sus jefes. Pero, día por día, iba encontrando en él algo que modificaba
sus primeras impresiones: la blancura femenil de Karl más allá de la
cara y las manos tostadas por el sol; la creciente marcialidad de sus
bigotes; la soltura con que montaba á caballo; su aire trovadoresco al
entonar con una voz de tenor algo sorda romanzas voluptuosas con
palabras que ella no podía entender.
Una noche, á la hora de la cena, no pudo contenerse, y habló con la
vehemencia febril del que ha hecho un gran descubrimiento:
--Papá: Karl es noble. Pertenece á una gran familia.
El estanciero hizo un gesto de indiferencia. Otras cosas le preocupaban
en aquellos días. Pero durante la velada sintió la necesidad de
descargar en alguien la cólera interna que le venía royendo desde su
último viaje á Buenos Aires, é interrumpió al cantor.
--Oye, _gringo_: ¿qué es eso de tu nobleza y demás macanas que le has
contado á la niña?
Karl abandonó el piano para erguirse y responder. Bajo la influencia del
canto reciente, había en su actitud algo que recordaba á Lohengrin en el
momento de revelar el secreto de su vida. Su padre había sido el general
von Hartrott, uno de los caudillos secundarios de la guerra del 70. El
emperador lo había recompensado ennobleciéndolo. Uno de sus tíos era
consejero íntimo del rey de Prusia. Sus hermanos mayores figuraban en la
oficialidad de los regimientos privilegiados. El había arrastrado sable
como teniente.
Madariaga le interrumpió, fatigado de tanta grandeza. «Mentiras...
macanas... aire.» ¡Hablarle á él de noblezas de _gringos_!... Había
salido muy joven de Europa para sumirse en las revueltas democracias de
América, y aunque la nobleza le parecía algo anacrónico é
incomprensible, se imaginaba que la única auténtica y respetable era la
de su país. A los _gringos_ les concedía el primer lugar para la
invención de máquinas, para los barcos, para la cría de animales de
precio, pero todos los condes y marqueses de la _gringuería_ le parecían
falsificados.
--Todo farsas--volvió á repetir--. Ni en tu país hay nobleza, ni tenéis
todos juntos cinco pesos. Si los tuvierais, no vendríais aquí á comer ni
enviaríais las mujeres que enviáis, que son... tú sabes lo que son tan
bien como yo.
Con asombro de Desnoyers, el alemán acogió esta rociada humildemente,
asintiendo con movimientos de cabeza á las últimas palabras del patrón.
--Si fuesen verdad--continuó Madariaga implacablemente--todas esas
macanas de títulos, sables y uniformes, ¿por qué has venido aquí? ¿Qué
diablos has hecho en tu tierra para tener que marcharte?
Ahora Karl bajó la frente, confuso y balbuceando. «Papá... papá»,
suplicó Elena. ¡Pobrecito! ¡Cómo le humillaban porque era pobre!... Y
sintió un hondo agradecimiento hacia su cuñado al ver que rompía su
mutismo para defender al alemán.
--¡Pero si yo aprecio á este mozo!--dijo Madariaga excusándose--. Son
los de su tierra los que me dan rabia.
Cuando, pasados algunos días, hizo Desnoyers un viaje á Buenos Aires, se
explicó la cólera del viejo. Durante varios meses había sido el
protector de una tiple de origen alemán olvidada en América por una
compañía de opereta italiana. Ella le recomendó á Karl, compatriota
desgraciado que, luego de rodar por varias naciones de América y ejercer
diversos oficios, vivía al lado suyo en clase de caballero cantor.
Madariaga había gastado alegremente muchos miles de pesos. Un entusiasmo
juvenil le acompañó en esta nueva existencia de placeres urbanos, hasta
que, al descubrir la segunda vida que llevaba la alemana en sus
ausencias y cómo reía de él con los parásitos de su séquito, montó en
cólera, despidiéndose para siempre, con acompañamiento de golpes y
fractura de muebles.
¡La última aventura de su historia!... Desnoyers adivinó esta voluntad
de renunciamiento al oir que por primera vez confesaba sus años. No
pensaba volver á la capital. ¡Todo mentira! La existencia en el campo,
rodeado de la familia y haciendo mucho bien á los pobres, era lo único
cierto. Y el terrible centauro se expresaba con una ternura idílica, con
una firme virtud de sesenta y cinco años, insensibles ya á la tentación.
Después de su escena con Karl, había aumentado el sueldo de éste,
apelando como siempre á la generosidad para reparar sus violencias. Lo
que no podía olvidar era lo de su nobleza, que le daba motivo para
nuevas bromas. Aquel relato glorioso había traído á su memoria los
árboles genealógicos de los reproductores de la estancia. El alemán era
un _pedigrée_, y con este apodo le designó en adelante.
Sentado, en las noches veraniegas, bajo un cobertizo de la casa, se
extasiaba patriarcalmente contemplando á su familia en torno de él. La
calma nocturna se iba poblando de zumbidos de insectos y cloqueos de
ranas. De los lejanos ranchos venían los cantares de los peones que
preparaban su cena. Era la época de la siega, y grandes bandas de
emigrantes se alojaban en la estancia para el trabajo extraordinario.
Madariaga había conocido días tristes de guerras y violencias. Se
acordaba de los últimos años de la tiranía de Rosas, presenciados por él
al llegar al país. Enumeraba las diversas revoluciones nacionales y
provinciales en las que había tomado parte, por no ser menos que sus
vecinos, y á las que designaba con el título de «puebladas». Pero todo
esto había desaparecido y no volvería á repetirse. Los tiempos eran de
paz, de trabajo y abundancia.
--Fíjate, gabacho--decía, espantando con los chorros de humo de su
cigarro á los mosquitos que volteaban en torno de él--. Yo soy español,
tú francés, Karl es alemán, mis niñas argentinas, el cocinero ruso, su
ayudante griego, el peón de cuadra inglés, las _chinas_ de la cocina,
unas son del país, otras gallegas ó italianas, y entre los peones los
hay de todas castas y leyes... ¡Y todos vivimos en paz! En Europa tal
vez nos habríamos golpeado á estas horas; pero aquí todos amigos.
Y se deleitaba escuchando las músicas de los trabajadores: lamentos de
canciones italianas con acompañamiento de acordeón, guitarreos españoles
y criollos apoyando á unas voces bravías que cantaban el amor y la
muerte.
--Esto es el arca de Noé--afirmó el estanciero.
Quería decir la torre de Babel, según pensó Desnoyers, pero para el
viejo era lo mismo.
--Yo creo--continuó--que vivimos así porque en esta parte del mundo no
hay reyes y los ejércitos son pocos, y los hombres sólo piensan en
pasarlo lo mejor posible gracias á su trabajo. Pero también creo que
vivimos en paz porque hay abundancia y á todos les llega su parte... ¡La
que se armaría si las raciones fuesen menos que las personas!
Volvió á quedar en reflexivo silencio, para añadir poco después:
--Sea por lo que sea, hay que reconocer que aquí se vive más tranquilo
que en el otro mundo. Los hombres se aprecían por lo que valen y se
juntan sin pensar en si proceden de una tierra ó de otra. Los mozos no
van en rebaño á matar á otros mozos que no conocen, y cuyo delito es
haber nacido en el pueblo de enfrente... El hombre es una mala bestia en
todas partes, lo reconozco; pero aquí come, tiene tierra de sobra para
tenderse, y es bueno, con la bondad de un perro harto. Allá son
demasiados, viven en montón, estorbándose unos á otros, la pitanza es
escasa y se vuelven rabiosos con facilidad. ¡Viva la paz, gabacho, y la
existencia tranquila! Donde uno se encuentre bien y no corra el peligro
de que lo maten por cosas que no entiende, allí está su verdadera
tierra.
Y como un eco de las reflexiones del rústico personaje, Karl, sentado en
el salón ante el piano, entonaba á media voz un himno de Beethoven.
«Cantemos la alegría de la vida; cantemos la libertad. Nunca mientas y
traiciones á tu semejante, aunque te ofrezcan por ello el mayor trono de
la tierra.»
¡La paz!... A los pocos días se acordó Desnoyers con amargura de estas
ilusiones del viejo. Fué la guerra, una guerra doméstica, lo que estalló
en el idílico escenario de la estancia. «Patroncito, corra, que el
patrón viejo ha pelado cuchillo y quiere matar al alemán.» Y Desnoyers
había corrido fuera de su escritorio, avisado por las voces de un peón.
Madariaga perseguía cuchillo en mano á Karl, atropellando á todos los
que intentaban cerrarle el paso. Únicamente él pudo detenerlo,
arrebatándole el arma.
--¡Ese _pedigrée_ sinvergüenza!--vociferaba el viejo con la boca lívida,
agitándose entre los brazos de su yerno--. Todos los muertos de hambre
creen que no hay mas que llegar á esta casa para llevarse mis hijas y
mis pesos... ¡Suéltame te digo! ¡Suéltame para que lo mate!
Y con el deseo de verse libre, daba sus excusas á Desnoyers. A él lo
había aceptado como yerno porque era de su gusto, modesto, honrado y...
serio. ¡Pero ese _pedigrée_ cantor, con todas sus soberbias!... ¡Un
hombre que él había sacado... no quería decir de dónde! Y el francés,
tan enterado como él de sus primeras relaciones con Karl, fingió no
entenderle.
Como el alemán había huído, el estanciero acabó por dejarse empujar
hasta su casa. Hablaba de dar una paliza á «la romántica» y otra á la
_china_, por no enterarse de las cosas. Había sorprendido á su hija
agarrada de las manos con el _gringo_ en un bosquecillo cercano y
cambiando un beso.
--¡Viene por mis pesos!--aullaba--. Quiere hacer la América pronto á
costa del _gallego_, y para esto, tanta humildad y tanto canto y tanta
nobleza. ¡Embustero!... ¡Músico!
Y repitió con insistencia lo de «¡músico!», como si fuese la concreción
de todos sus desprecios.
Desnoyers, firme y sobrio en palabras, dió un desenlace al conflicto.
«La romántica», abrazada á su madre, se refugió en los altos de la casa.
El cuñado había protegido su retirada, pero á pesar de esto, la sensible
Elena gimió entre lágrimas pensando en el alemán: «¡Pobrecito! ¡Todos
contra él!» Mientras tanto, la esposa de Desnoyers retenía al padre en
su despacho, apelando á toda su influencia de hija juiciosa. El francés
fué en busca de Karl, mal repuesto aún de la terrible sorpresa, y le dió
un caballo para que se trasladase inmediatamente á la estación de
ferrocarril más próxima.
Se alejó de la estancia, pero no permaneció solo mucho tiempo.
Transcurridos unos días, «la romántica» se marchó detrás de él... Iseo
«la de las blancas manos» fué en busca del caballero Tristán.
La desesperación de Madariaga no se mostró violenta y atronadora, como
esperaba su yerno. Por primera vez le vió éste llorar. Su vejez robusta
y alegre desapareció de golpe. En una hora parecía haber vivido diez
años. Como un niño, arrugado y trémulo, se abrazó á Desnoyers, mojándole
el cuello con sus lágrimas.
--¡Se la ha llevado! ¡El hijo de una gran pulga... se la ha llevado!
Esta vez no hizo pesar la responsabilidad sobre su _china_. Lloró junto
á ella, y como si pretendiese consolarla con una confesión pública, dijo
repetidas veces:
--Por mis pecados... Todo ha sido por mis grandísimos pecados.
Empezó para Desnoyers una época de dificultades y conflictos. Los
fugitivos le buscaron en una de sus visitas á la capital, implorando su
protección. «La romántica» lloraba, afirmando que sólo su cuñado, «el
hombre más caballero del mundo», podía salvarla. Karl le miró como un
perro fiel que se confía á su amo. Estas entrevistas se repitieron en
todos sus viajes. Luego, al volver á la estancia, encontraba al viejo
malhumorado, silencioso, mirando con fijeza ante él, como si contemplase
algo invisible para los demás, y diciendo de pronto: «Es un castigo: el
castigo de mis pecados.» El recuerdo de sus primeras relaciones con el
alemán, antes de llevarlo á la estancia, le atormentaba como un
remordimiento. Algunas tardes hacía ensillar un caballo, partiendo á
todo galope hacia el pueblo más próximo. Ya no iba en busca de ranchos
hospitalarios. Necesitaba pasar un rato en la iglesia, hablar á solas
con las imágenes, que estaban allí sólo para él, ya que era él quien
había pagado las facturas de adquisición... «Por mi culpa, por mi
grandísima culpa.»
Pero á pesar de su arrepentimiento, Desnoyers tuvo que esforzarse mucho
para obtener de él un arreglo. Cuando le habló de regularizar la
situación de los fugitivos, facilitando los trámites necesarios para el
matrimonio, no le dejó continuar. «Haz lo que quieras, pero no me hables
de ellos.» Pasaron muchos meses. Un día, el francés se acercó con cierto
misterio. «Elena tiene un hijo, y le llaman Julio como á usted.»
--Y tú, grandísimo inútil--gritó el estanciero--, y la vaca floja de tu
mujer vivís tranquilamente, sin darme un nieto... ¡Ah, gabacho! Por eso
los alemanes acabarán montándose sobre vosotros. Ya ves: ese bandido
tiene un hijo, y tú, después de cuatro años de matrimonio... nada.
Necesito un nieto, ¿lo entiendes?
Y para consolarse de esta falta de niños en su hogar, se iba al rancho
del capataz Celedonio, donde una banda de pequeños mestizos se
agrupaban, temerosos y esperanzados, en torno del patrón viejo.
De pronto murió la _china_. La pobre _Misiá_ Petrona se fué
discretamente, como había vivido, procurando en su última hora evitar
toda contrariedad al esposo, pidiéndole perdón con la mirada por las
molestias que podía causarle su muerte. Elena se presentó en la estancia
para ver el cadáver de su madre, y Desnoyers, que llevaba más de un año
sosteniendo á los fugitivos á espaldas del suegro, aprovechó la ocasión
para vencer el enojo de éste.
--La perdono--dijo el estanciero después de una larga resistencia--. Lo
hago por la pobre finada y por ti. Que se quede en la estancia y que
venga con ella el _gringo_ sinvergüenza.
Nada de trato. El alemán sería un empleado á las órdenes de Desnoyers, y
la pareja viviría en el edificio de la Administración, como si no
perteneciese á la familia. Jamás dirigiría la palabra á Karl.
Pero apenas lo vió llegar, le habló para tratarle de «usted», dándole
órdenes rudamente, lo mismo que á un extraño. Después pasó siempre junto
á él como si no lo conociese. Al encontrar en su casa á Elena
acompañando á la hermana mayor, también seguía adelante. En vano «la
romántica», transfigurada por la maternidad, aprovechaba todas las
ocasiones para colocar delante de él á su pequeño y repetía sonoramente
su nombre: «Julio... Julio.»
--Un hijo del _gringo_ cantor, blanco como cabrito desollado y con pelo
de zanahoria, quieren que sea nieto mío... Prefiero á los de Celedonio.
Y para mayor protesta, entraba en la vivienda del capataz, repartiendo á
la chiquillería puñados de pesos.
A los siete años de efectuado su matrimonio, la esposa de Desnoyers
sintió que iba á ser madre. Su hermana tenía ya tres hijos. Pero ¿qué
valían éstos para Madariaga, comparados con el nieto que iba á llegar?
«Será varón--dijo con firmeza--, porque yo lo necesito así. Se llamará
Julio, y quiero que se parezca á mi pobre finada.» Desde la muerte de su
esposa, que ya no la llamaba «la china», sintió algo semejante á un amor
póstumo por aquella pobre mujer que tanto le había aguantado durante su
existencia, siempre tímida y silenciosa. «Mi pobre finada» surgía á cada
instante en las conversaciones del estanciero, con la obsesión de un
remordimiento.
Sus deseos se cumplieron. Luisa dió á luz un varón, que recibió el
nombre de Julio, y aunque no mostraba en sus rasgos fisonómicos, todavía
abocetados, una gran semejanza con su abuela, tenía el cabello y los
ojos negros y la tez de un moreno pálido. ¡Bien venido!... Este era un
nieto.
Y con la generosidad de la alegría, permitió que el alemán entrase en su
casa para asistir á la fiesta del bautizo.
Cuando Julio Desnoyers tuvo cuatro años, el abuelo lo paseó á caballo
por toda la estancia, colocándolo en el delantero de la silla. Iba de
rancho en rancho para mostrarlo al populacho cobrizo, como un anciano
monarca que presenta á su heredero. Más adelante, cuando el nieto pudo
hablar sueltamente, se entretuvo conversando con él horas enteras á la
sombra de los eucaliptos. Empezaba á marcarse en el viejo cierta
decadencia mental. Aún no chocheaba, pero su agresividad iba tomando un
carácter pueril. Hasta en las mayores expansiones de cariño se valía de
la contradicción, buscando molestar á sus allegados.
--¡Ven aquí, profeta falso!--decía á su nieto--. Tú eres un gabacho.
Julio protestaba como si le insultasen. Su madre le había enseñado que
era argentino, y su padre le recomendaba que añadiese español, para dar
gusto al abuelo.
--Bueno; pues si no eres gabacho--continuaba el estanciero--, grita:
«¡Abajo Napoleón!»
Y miraba en torno de él para ver si estaba cerca Desnoyers, creyendo
causarle con esto una gran molestia. Pero el yerno seguía adelante,
encogiéndose de hombros.
--¡Abajo Napoleón!--decía Julio.
Y presentaba la mano inmediatamente, mientras el abuelo buscaba sus
bolsillos.
Los hijos de Karl, que ya eran cuatro, y se movían en torno del abuelo
como un coro humilde mantenido á distancia, contemplaban con envidia
estas dádivas. Para agradarle, un día en que le vieron solo se acercaron
resueltamente, gritando al unísono: «¡Abajo Napoleón!»
--¡_Gringos_ atrevidos!--bramó el viejo--. Eso se lo habrá enseñado á
ustedes el sinvergüenza de su padre. Si lo vuelven á repetir, los corro
á rebencazos... ¡Insultar así á un grande hombre!
Esta descendencia rubia la toleraba, pero sin permitirle ninguna
intimidad. Desnoyers y su esposa tomaban la defensa de sus sobrinos,
tachándole de injusto. Y para desahogar los comentarios de su antipatía
buscaba á Celedonio, el mejor de los oyentes, pues contestaba á todo:
«Sí, patrón.» «Así será, patrón.»
--Ellos no tienen culpa alguna--decía el viejo--, pero yo no puedo
quererlos. Además, ¡tan semejantes á su padre, tan blancos, con el pelo
de zanahoria deshilachada, y los dos mayores llevando anteojos lo mismo
que si fuesen escribanos!... No parecen gentes con esos vidrios: parecen
tiburones.
Madariaga no había visto nunca tiburones, pero se los imaginaba, sin
saber por qué, con unos ojos redondos de vidrio, como fondos de botella.
A la edad de ocho años, Julio era un jinete. «¡A caballo peoncito!»,
ordenaba el abuelo. Y salían á galope por los campos, pasando como
centellas entre los millares y millares de reses cornudas. El
«peoncito», orgulloso de su título, obedecía en todo al maestro. Y así
aprendió á tirar el lazo á los toros, dejándolos aprisionados y
vencidos, á hacer saltar las vallas de alambre á su pequeño caballo, á
salvar de un bote un hoyo profundo, á deslizarse por las barrancas, no
sin rodar muchas veces debajo de su montura.
--¡Ah, gaucho fino!--decía el abuelo, orgulloso de estas hazañas--. Toma
cinco pesos para que le regales un pañuelo á una _china_.
El viejo, en su creciente embrollamiento mental, no se daba cuenta
exacta de la relación entre las pasiones y los años. Y el infantil
jinete, al guardarse el dinero, se preguntaba qué _china_ era aquella y
por qué razón debía hacerle un regalo.
Desnoyers tuvo que arrancar á su hijo de las enseñanzas del abuelo. Era
inútil que hiciese venir maestros para Julio ó que intentase enviarlo á
la escuela de la estancia. Madariaga raptaba á su nieto, escapándose
juntos á correr el campo. El padre acabó por instalar al niño en un gran
colegio de la capital cuando ya había pasado de los once años. Entonces,
el viejo fijó su atención en la hermana de Julio, que sólo tenía tres
años, llevándola, como al otro, de rancho en rancho sobre el delantero
de su montura. Todos llamaban Chichí á la hija de Chicha, pero el abuelo
le dió el título de «peoncito», como á su hermano. Y Chichí, que se
criaba vigorosa y rústica, desayunándose con carne y hablando en sueños
del asado, siguió fácilmente las aficiones del viejo. Iba vestida como
un muchacho, montaba lo mismo que los hombres, y para merecer el título
de «gaucho fino» conferido por el abuelo, llevaba un cuchillo en la
trasera del cinturón. Los dos corrían el campo de sol á sol. Madariaga
parecía seguir como una bandera la trenza ondulante de la amazona. Esta,
á los nueve años, echaba ya con habilidad su lazo á las reses.
Lo que más irritaba al estanciero era que la familia le recordase su
vejez. Los consejos de Desnoyers para que permaneciese tranquilo en casa
los acogía como insultos. Así como avanzaba en años, era más agresivo y
temerario, extremando su actividad, como si con ella quisiera espantar á
la muerte. Sólo admitía ayuda de su travieso «peoncito». Cuando al ir á
montar acudían los hijos de Karl, que eran ya unos grandullones, para
tenerle el estribo, los repelía con bufidos de indignación.
--¿Creen ustedes que ya no puedo sostenerme?... Aún tengo vida para
rato, y los que aguardan que muera para agarrar mis pesos se llevan
chasco.