Buenos Aires. Todos conocían á Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo
habían visto. Cuando iba á la capital, pasaba inadvertido por su aspecto
rústico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho
arrollado como una bufanda y asomando sobre éste las puntas agresivas de
una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano
arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad.
Un día había entrado en el despacho del negociante más rico de la
capital.
--Señor, sé que necesita usted novillos para Europa, y vengo á venderle
una _puntita_.
El negociante miró con altivez al gaucho pobre. Podía entenderse con uno
de sus empleados; él no perdía el tiempo en asuntos pequeños. Pero ante
la sonrisa maliciosa del rústico, sintió curiosidad.
--¿Y cuántos novillos puede usted vender, buen hombre?
--Unos treinta mil, señor.
No necesitó oir más el personaje. Se levantó de su mesa y le ofreció
obsequiosamente un sillón.
--Usted no puede ser otro que el señor Madariaga.
--Para servir á Dios y á usted.
Aquel instante fué el más glorioso de su existencia.
En el antedespacho de los gerentes de Banco, los ordenanzas le ofrecían
asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al
otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro
su nombre, el mismo gerente corría á abrir. Y el pobre empleado quedaba
estupefacto al escuchar cómo el gaucho decía, á guisa de saludo: «Vengo
á que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante, y quisiera
comprar una _puntita de hacienda_ para engordarla.»
Su carácter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de
sus tierras con una tiranía cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por
la estancia que no fuese acogido por él rudamente desde sus primeras
palabras.
--Déjese de historias, amigo--gritaba, como si fuese á pegarle--. Bajo
el sombraje hay una res desollada. Corte y coma lo que quiera, y
remédiese con esto para seguir su viaje... ¡Pero nada de cuentos!
Y le volvía la espalda luego de entregarle unos pesos.
Un día se mostraba enfurecido porque un peón clavaba con demasiada
lentitud los postes de una cerca de alambre. ¡Todos le robaban! Al día
siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que
debería pagar por haber garantizado con su firma á un «conocido», en
completa insolvencia: «¡Pobre! ¡Peor es su suerte que la mía!»
Al encontrar en un camino la osamenta de una oveja recién descarnada,
parecía enloquecer de rabia. No era por la carne. «El hambre no tiene
ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres.» ¡Pero
al menos que dejasen la piel!... Y comentaba tanta maldad repitiendo
siempre: «Falta de religión y buenas costumbres.» Otras veces, los
merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles
bien á la vista; y el estanciero decía sonriendo: «Así me gusta á mí la
gente: honrada y que no haga mal.»
Su vigor de incansable centauro le había servido poderosamente en la
empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despótico y de grandes
facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes,
al dominar el nuevo mundo, clarificaron la sangre indígena. Tenía los
mismos gustos de los conquistadores castellanos por la belleza cobriza,
de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veía apartarse
con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho
cercano, se decía sonriendo: «Va en busca de un nuevo peón que trabajará
sus tierras dentro de quince años.»
El personal de la estancia comentaba el parecido fisonómico de ciertos
jóvenes que trabajaban lo mismo que los demás, galopando desde el alba
para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era
objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de
treinta años, generalmente detestado por su carácter duro y avariento,
también ofrecía una lejana semejanza con el patrón.
Casi todos los años se presentaba con aire de misterio alguna mujer que
venía de muy lejos, _china_ sucia y mal encarada, de relieves colgantes,
llevando de la mano á un mesticillo de ojos de brasa. Pedía hablar á
solas con el dueño; y al verse frente á él, le recordaba un viaje
realizado diez ó doce años antes para comprar una _punta_ de reses.
--¿Se acuerda, patrón, que pasó la noche en mi rancho porque el río iba
crecido?
El patrón no se acordaba de nada. Únicamente un vago instinto parecía
indicarle que la mujer decía verdad. «Bueno, ¿y qué?»
--Patrón, aquí lo tiene... Más vale que se haga hombre á su lado que en
otra parte.
Y le presentaba el pequeño mestizo. ¡Uno más y ofrecido con esta
sencillez!... «Falta de religión y buenas costumbres.» Con repentina
modestia, dudaba de la veracidad de la mujer. ¿Por qué había de ser
precisamente suyo?... La vacilación no era, sin embargo, muy larga.
--Por si es, ponlo con los otros.
La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del
pequeño; porque aquel hombre pródigo en violencias también lo era en
generosidades. Al final no le faltaría á su hijo un pedazo de tierra y
un buen hato de ovejas.
Estas adopciones provocaron al principio una rebeldía de _Misiá_
Petrona, la única que se permitió en toda su existencia. Pero el
centauro la impuso un silencio de terror.
--¿Y aún te atreves á hablar, vaca floja?... ¡Una mujer que sólo ha
sabido darme hembras! Vergüenza debías tener.
La misma mano que extraía negligentemente de un bolsillo los billetes
hechos una bola, dándolos á capricho, sin reparar en cantidades, llevaba
colgando de la muñeca un rebenque. Era para golpear al caballo, pero lo
levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurría en su
cólera.
--Te pego porque puedo--decía como excusa al serenarse.
Un día, el golpeado hizo un paso atrás, buscando el cuchillo en el
cinto.
--A mí no me pega usted, patrón. Yo no he nacido en estos pagos... Yo
soy de Corrientes.
El patrón quedó con el látigo en alto.
--¿De verdad que no has nacido aquí?... Entonces tienes razón; no puedo
pegarte. Toma cinco pesos.
Cuando Desnoyers entró en la estancia, Madariaga empezaba á perder la
cuenta de los que estaban bajo su potestad á uso latino antiguo y podían
recibir sus golpes. Eran tantos, que incurría en frecuentes
confusiones. El francés admiró el ojo experto de su patrón para los
negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebaño de miles de
reses para saber su número con exactitud. Galopaba con aire indiferente
en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacía
apartar varios animales. Había descubierto que estaban enfermos. Con un
comprador como Madariaga, las marrullerías y artificios de los
vendedores resultaban inútiles.
Su serenidad ante la desgracia era también admirable. Una sequía
sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecía
un campo de batalla abandonado. Por todas partes bultos negros; en el
aire grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas á la
redonda. Otras veces era el frío: un inesperado descenso del termómetro
cubría el suelo de cadáveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez
más, se habían perdido...
--¡Qué hacer!--decía Madariaga con resignación--. Sin tales desgracias,
esta tierra sería un paraíso... Ahora lo que importa es saber salvar los
cueros.
Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las
nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponía de bastantes
brazos para desollar á las víctimas en poco tiempo y miles de pieles se
perdían al corromperse unidas á la carne. Los huesos blanqueaban la
tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los
postes del alambrado cráneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno
rústico que evocaba la imagen de un desfile de liras helénicas.
--Por suerte, queda la tierra--añadía el estanciero. Galopaba por sus
campos inmensos, que empezaban á verdear bajo las nuevas lluvias. Había
sido de los primeros en convertir las tierras vírgenes en praderas,
sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivía un
novillo colocaba ahora tres. «La mesa está puesta--decía alegremente--.
Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba á precios irrisorios el
ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevándolo á un
rápido engordamiento en sus tierras opulentas.
Una mañana, Desnoyers le salvó la vida. Había levantado su rebenque
sobre un peón recién entrado en la estancia, y éste le acometió cuchillo
en mano. Madariaga se defendía á latigazos, convencido de que iba á
recibir de un momento á otro la cuchillada mortal, cuando llegó el
francés y sacando su revólver dominó y desarmó al adversario.
--¡Gracias, gabacho!--dijo el estanciero, emocionado--. Eres todo un
hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablaré de tú.
Desnoyers no llegó á comprender qué recompensa podía significar este
tuteo. ¡Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales
vinieron, sin embargo, á mejorar su estado. No comió más en el edificio
donde estaba instalada la administración. El dueño exigió
imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y
así entró Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga.
La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se
levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la
distribución de la galleta, el hervor de las marmitas de café ó mate
cocido. Arreaba á las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdían
con facilidad en las arboledas próximas á la casa. Hacía sentir en la
cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas
sonaba la voz del marido, parecía encogerse en un silencio de respeto y
temor. Al sentarse la _china_ á la mesa le contemplaba con sus ojos
redondos, fijos como los de un buho, revelando una sumisión devota.
Desnoyers llegó á pensar que en esta muda admiración había mucho de
asombro por la energía con que el estanciero--cerca ya de los sesenta
años--seguía improvisando nuevos pobladores para sus tierras.
Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que
venía á animar sus monótonas conversaciones del comedor, cortadas muchas
veces por las cóleras del padre. Además, era de París. «¡París!»,
suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se
veía consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que
encargaban algo á los almacenes de ropas hechas de Buenos Aires.
El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos
generaciones. Las niñas tenían un salón con muebles ricos--apoyados en
paredes agrietadas--y lámparas ostentosas que nunca se encendían. El
padre perturbaba con su rudeza esta habitación cuidada y admirada por
las dos hermanas. Las alfombras parecían entristecerse y palidecer bajo
las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa
dorada aparecía el rebenque. Las muestras de maíz esparcían sus granos
sobre la seda de un sofá que sólo ocupaban las señoritas con cierto
recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto á la entrada del comedor
había una báscula, y Madariaga se enfureció cuando sus hijas le pidieron
que la llevase á las dependencias. El no iba á molestarse con un viaje
cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un
piano entró en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones
con una buena fe desesperante. «¡Ira de Dios! ¡Si al menos tocase la
jota ó el pericón!» Y el padre, á la hora de la siesta, se iba á dormir
sobre su poncho entre los eucaliptos cercanos.
Esta hija menor, á la que apodaba «la romántica», era el objeto de sus
cóleras y sus burlas. ¿De dónde había salido, con unos gustos que nunca
sintieron él y su pobre _china_? Sobre el piano se amontonaban cuadernos
de música. En un ángulo del disparatado salón, varias cajas de
conservas, arregladas á guisa de biblioteca por el carpintero de la
estancia, contenían libros.
--Mira, gabacho--decía Madariaga--. Todo versos y novelas. ¡Puros
embustes!... ¡Aire!
El tenía su biblioteca, más importante y gloriosa, y que ocupaba menos
lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas
chapeadas de plata, un pequeño armario contenía los títulos de propiedad
y varios legajos, que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo.
--Pon atención y oirás maravillas--anunciaba á Desnoyers tirando de uno
de los cuadernos.
Era la historia de las bestias famosas que habían entrado en la estancia
para la reproducción y mejoramiento de sus ganados; el árbol
genealógico, las cartas de nobleza de todos los animales «pedigrée».
Había de ser él quien leyese los papeles, pues no permitía que los
tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la
historia de cada héroe pecuario. «_Diamond III_, nieto de _Diamond I_,
que fué propiedad del rey de Inglaterra, é hijo de _Diamond II_,
triunfador en todos los concursos.» Su _Diamond_ le había costado muchos
miles; pero los caballos más gallardos de la estancia, que se vendían á
precios magníficos, eran sus descendientes.
--Tenía más talento que algunas personas. Sólo le faltaba hablar. Es el
mismo que está embalsamado junto á la puerta del salón. Las niñas
quieren que lo eche de allí... ¡Que se atrevan á tocarlo! ¡Primero las
echo á ellas!
Luego continuaba leyendo la historia de una dinastía de toros, todos con
nombre propio y un número romano á continuación, lo mismo que los reyes;
animales adquiridos en las grandes ferias de Inglaterra por el testarudo
estanciero. Nunca había estado allá, pero empleaba el cable para batirse
á libras esterlinas con los propietarios británicos deseosos de
conservar á su patria tales portentos. Gracias á estos reproductores,
que atravesaron el Océano con iguales comodidades que un pasajero
millonario, había podido hacer desfilar en los concursos de Buenos Aires
sus novillos, que eran torreones de carne; elefantes comestibles, con el
lomo cuadrado y liso lo mismo que una mesa.
--Esto representa algo, ¿no te parece, gabacho? Esto vale más que todas
las estampas con lunas, lagos, amantes y otras macanas que mi
«romántica» pone en las paredes para que críen polvo.
Y señalaba los diplomas honoríficos que adornaban el escritorio, las
copas de bronce y demás bisutería gloriosa conquistada en los concursos
por los hijos de su _pedigrée_.
Luisa, la hija mayor--llamada Chicha, á uso americano--, merecía más
respeto de su padre. «Es mi pobre _china_--decía--; la misma bondad y el
mismo empuje para el trabajo, pero con más señorío.» Lo del señorío lo
aceptaba Desnoyers inmediatamente, y aun le parecía una expresión
incompleta y débil. Lo que no podía admitir era que aquella muchacha
pálida, modesta, con grandes ojos negros y sonrisa de pueril malicia,
tuviese el menor parecido físico con la respetable matrona que le había
dado la existencia.
La gran fiesta para Chicha era la misa del domingo. Representaba un
viaje de tres leguas al pueblo más cercano, un contacto semanal con
gentes que no eran las mismas de la estancia. Un carruaje tirado por
cuatro caballos se llevaba á la señora y las señoritas con los últimos
trajes y sombreros llegados de Europa á través de las tiendas de Buenos
Aires. Por indicación de Chicha, iba Desnoyers con ellas, tomando las
riendas al cochero. El padre se quedaba para recorrer sus campos en la
soledad del domingo, enterándose mejor de los descuidos de su gente. El
era muy religioso: «Religión y buenas costumbres.» Pero había dado miles
de pesos para la construcción de la vecina iglesia, y un hombre de su
fortuna no iba á estar sometido á las mismas obligaciones de los
pelagatos.
Durante el almuerzo dominical, las dos señoritas hacían comentarios
sobre las personas y méritos de varios jóvenes del pueblo y de las
estancias próximas que se detenían en la puerta de la iglesia para
verlas.
--¡Háganse ilusiones, niñas!--decía el padre--. ¿Ustedes creen que las
quieren por su lindura?... Lo que buscan esos sinvergüenzas son los
pesos del viejo Madariaga; y así que los tuviesen, tal vez les soltarían
á ustedes una paliza diaria.
La estancia recibía numerosos visitantes. Unos eran jóvenes de los
alrededores, que llegaban sobre briosos caballos haciendo suertes de
equitación. Deseaban ver á don Julio con los más inverosímiles
pretextos, y aprovechaban la oportunidad para hablar con Chicha y Elena.
Otras veces eran señoritos de Buenos Aires, que pedían alojamiento en la
estancia, diciendo que iban de paso. _Don_ Madariaga gruñía:
--¡Otro hijo de _tal_ que viene en busca de los pesos del _gallego_! Si
no se va pronto, lo... corro á patadas.
Pero el pretendiente no tardaba en irse, intimidado por la mudez hostil
del patrón. Esta mudez se prolongó de un modo alarmante, á pesar de que
la estancia ya no recibía visitas. Madariaga parecía abstraído; y todos
los de la familia, incluso Desnoyers, respetaban y temían su silencio.
Comía enfurruñado, con la cabeza baja. De pronto levantaba los ojos para
mirar á Chicha, luego á Desnoyers, y fijarlos últimamente en su esposa,
como si fuese á pedirle cuentas.
«La romántica» no existía para él. Cuando más, le dedicaba un bufido
irónico al verla erguida en la puerta á la hora del atardecer
contemplando el horizonte, ensangrentado por la muerte del sol, con un
codo en el quicio y una mejilla en una mano, imitando la actitud de
cierta dama blanca que había visto en un cromo esperando la llegada del
caballero de los ensueños.
Cinco años llevaba Desnoyers en la casa, cuando un día entró en el
escritorio del amo con el aire brusco de los tímidos que adoptan una
resolución.
--Don Julio, me marcho, y deseo que ajustemos cuentas.
Madariaga le miró socarronamente. ¿Irse?... ¿por qué? Pero en vano
repitió sus preguntas. El francés se atascaba en una serie de
explicaciones incoherentes. «Me voy; debo irme.»
--¡Ah ladrón, profeta falso!--gritó el estanciero con voz estentórea.
Pero Desnoyers no se inmutó ante el insulto. Había oído muchas veces á
su patrón las mismas palabras cuando comentaba algo gracioso ó al
regatear con los compradores de bestias.
--¡Ah ladrón, profeta falso! ¿Crees que no sé por qué te vas? ¿Te
imaginas que el viejo Madariaga no ha visto tus miraditas y las
miraditas de la mosca muerta de su hija, y cuando os paseabais tú y ella
agarrados de la mano, en presencia de la pobre _china_, que está ciega
del entendimiento?... No está mal el golpe, gabacho. Con él te apoderas
de la mitad de los pesos del _gallego_, y ya puedes decir que has hecho
la América.
Y mientras gritaba esto, ó más bien, lo aullaba, había empuñado el
rebenque, dando golpecitos de punta en el estómago de su administrador
con una insistencia que lo mismo podía ser afectuosa que hostil.
--Por eso vengo á despedirme--dijo Desnoyers con altivez--. Sé que es
una pasión absurda, y quiero marcharme.
--¡El señor se va!--siguió gritando el estanciero--. ¡El señor cree que
aquí puede hacer lo que quiera! No, señor; aquí no manda nadie mas que
el viejo Madariaga, y yo ordeno que te quedes... ¡Ay, las mujeres!
Únicamente sirven para enemistar á los hombres. ¡Y que no podamos vivir
sin ellas!...
Dió varios paseos silenciosos por la habitación, como si las últimas
palabras le hiciesen pensar en cosas lejanas, muy distintas de lo que
hasta entonces había dicho. Desnoyers miró con inquietud el látigo que
aún empuñaba su diestra. ¿Si intentaría pegarle como á los peones?...
Estaba dudando entre hacer frente á un hombre que siempre le había
tratado con benevolencia ó apelar á una fuga discreta, aprovechando una
de sus vueltas, cuando el estanciero se plantó ante él.
--¿Tú la quieres de veras... de veras?--preguntó--. ¿Estás seguro de que
ella te quiere á ti? Fíjate bien en lo que dices, que en eso del amor
hay mucho de engaño y ceguera. También yo, cuando me casé, estaba loco
por mi _china_. ¿De verdad que os queréis?... Pues bien; llévatela,
gabacho del demonio, ya que alguien se la ha de llevar, y que no te
salga una vaca floja como la madre... A ver si me llenas la estancia de
nietos.
Reaparecía el gran productor de hombres y de bestias al formular este
deseo. Y como si considerase necesario explicar su actitud, añadió:
--Todo esto lo hago porque te quiero; y te quiero porque eres serio.
Otra vez quedó absorto el francés, no sabiendo en qué consistía la tan
apreciada seriedad.
Desnoyers, al casarse, pensó en su madre. ¡Si la pobre vieja pudiese ver
este salto extraordinario de su fortuna! Pero mamá había muerto un año
antes, creyendo á su hijo enormemente rico porque le enviaba todos los
meses ciento cincuenta pesos, algo más de trescientos francos, extraídos
del sueldo que cobraba en la estancia.
Su ingreso en la familia de Madariaga sirvió para que éste atendiese con
menos interés á sus negocios.
Tiraba de él la ciudad, con la atracción de los encantos no conocidos.
Hablaba con desprecio de las mujeres del campo, _chinas_ mal lavadas,
que le inspiraban ahora repugnancia. Había abandonado sus ropas de
jinete campestre y exhibía con satisfacción pueril los trajes con que le
disfrazaba un sastre de la capital. Cuando Elena quería acompañarle á
Buenos Aires, se defendía pretextando negocios enojosos. «No, ya irás
con tu madre.»
La suerte de campos y ganados no le inspiraba inquietudes. Su fortuna,
dirigida por Desnoyers, estaba en buenas manos.
--Este es muy serio--decía en el comedor ante la familia reunida--. Tan
serio como yo... De éste no se ríe nadie.
Y al fin pudo adivinar el francés que su suegro, al hablar de seriedad,
aludía á la entereza de carácter. Según declaración espontánea de
Madariaga, desde los primeros días que trató á Desnoyers pudo adivinar
un genio igual al suyo, tal vez más duro y firme, pero sin alaridos ni
excentricidades. Por esto le había tratado con benevolencia
extraordinaria, presintiendo que un choque entre los dos no tendría
arreglo. Sus únicas desavenencias fueron á causa de los gastos
establecidos por Madariaga en tiempos anteriores. Desde que el yerno
dirigía las estancias, los trabajos costaban menos y la gente mostraba
mayor actividad. Y esto sin gritos, sin palabras fuertes, con sólo su
presencia y sus órdenes breves.
El viejo era el único que le hacía frente para mantener el caprichoso
sistema del palo seguido de la dádiva. Le sublevaba el orden minucioso y
mecánico, siempre igual, sin algo de arbitrariedad extravagante, de
tiranía bonachona. Con frecuencia, se presentaban á Desnoyers algunos de
los peones mestizos á los que suponía la malicia pública en íntimo
parentesco con el estanciero. «Patroncito: dice el patrón viejo que me
dé cinco pesos.» El patroncito respondía negativamente, y poco después
se presentaba Madariaga, iracundo de gesto, pero midiendo las palabras,
en consideración á que su yerno era tan serio como él.
--Mucho te quiero, hijo, pero aquí nadie manda mas que yo... ¡Ah,
gabacho! Eres igual á todos los de tu tierra: centavo que pilláis va á
la media, y no ve más la luz del sol aunque os crucifiquen... ¿Dije
cinco pesos? Le darás diez. Lo mando yo, y basta.
El francés pagaba, encogiéndose de hombros, mientras su suegro,
satisfecho del triunfo, huía á Buenos Aires. Era bueno hacer constar que
la estancia pertenecía aún al _gallego_ Madariaga.
De uno de sus viajes volvió con un acompañante: un joven alemán, que,
según él, lo sabía todo y servía para todo. Su yerno trabajaba
demasiado. Karl Hartrott le ayudaría en la contabilidad. Y Desnoyers lo
aceptó, sintiendo á los pocos días una naciente estimación por el nuevo
empleado.
Que perteneciesen á dos naciones enemigas nada significaba. En todas
partes hay buenas gentes, y este Karl era un subordinado digno de
aprecio. Se mantenía á distancia de sus iguales y era inflexible y duro
con los inferiores. Todas sus facultades parecía concentrarlas en el
servicio y la admiración de los que estaban por encima de él. Apenas
desplegaba los labios Madariaga, el alemán movía la cabeza apoyando por
adelantado sus palabras. Si decía algo gracioso, su risa era de una
escandalosa sonoridad. Con Desnoyers se mostraba taciturno y aplicado,
trabajando sin reparar en horas. Apenas le veía entrar en la
Administración, saltaba de su asiento irguiéndose con militar rigidez.
Todo estaba dispuesto á hacerlo. Por cuenta propia, espiaba al personal,
delatando sus descuidos y defectos. Este servicio no entusiasmaba á su
jefe inmediato, pero lo agradecía como una muestra de interés por el
establecimiento.