La fama de sus vastos territorios y sus riquezas pecuarias llegaba hasta

Buenos Aires. Todos conocían á Madariaga de nombre, aunque muy pocos lo

habían visto. Cuando iba á la capital, pasaba inadvertido por su aspecto

rústico, con las mismas polainas que usaba en el campo, el poncho

arrollado como una bufanda y asomando sobre éste las puntas agresivas de

una corbata, adorno de tormento impuesto por las hijas, que en vano

arreglaban con manos amorosas para que guardase cierta regularidad.

Un día había entrado en el despacho del negociante más rico de la

capital.

--Señor, sé que necesita usted novillos para Europa, y vengo á venderle

una _puntita_.

El negociante miró con altivez al gaucho pobre. Podía entenderse con uno

de sus empleados; él no perdía el tiempo en asuntos pequeños. Pero ante

la sonrisa maliciosa del rústico, sintió curiosidad.

--¿Y cuántos novillos puede usted vender, buen hombre?

--Unos treinta mil, señor.

No necesitó oir más el personaje. Se levantó de su mesa y le ofreció

obsequiosamente un sillón.

--Usted no puede ser otro que el señor Madariaga.

--Para servir á Dios y á usted.

Aquel instante fué el más glorioso de su existencia.

En el antedespacho de los gerentes de Banco, los ordenanzas le ofrecían

asiento misericordiosamente, dudando de que el personaje que estaba al

otro lado de la puerta se dignase recibirlo. Pero apenas sonaba adentro

su nombre, el mismo gerente corría á abrir. Y el pobre empleado quedaba

estupefacto al escuchar cómo el gaucho decía, á guisa de saludo: «Vengo

á que me den trescientos mil pesos. Tengo pasto abundante, y quisiera

comprar una _puntita de hacienda_ para engordarla.»

Su carácter desigual y contradictorio gravitaba sobre los pobladores de

sus tierras con una tiranía cruel y bonachona. No pasaba vagabundo por

la estancia que no fuese acogido por él rudamente desde sus primeras

palabras.

--Déjese de historias, amigo--gritaba, como si fuese á pegarle--. Bajo

el sombraje hay una res desollada. Corte y coma lo que quiera, y

remédiese con esto para seguir su viaje... ¡Pero nada de cuentos!

Y le volvía la espalda luego de entregarle unos pesos.

Un día se mostraba enfurecido porque un peón clavaba con demasiada

lentitud los postes de una cerca de alambre. ¡Todos le robaban! Al día

siguiente hablaba con sonrisa bonachona de una importante cantidad que

debería pagar por haber garantizado con su firma á un «conocido», en

completa insolvencia: «¡Pobre! ¡Peor es su suerte que la mía!»

Al encontrar en un camino la osamenta de una oveja recién descarnada,

parecía enloquecer de rabia. No era por la carne. «El hambre no tiene

ley, y la carne la ha hecho Dios para que la coman los hombres.» ¡Pero

al menos que dejasen la piel!... Y comentaba tanta maldad repitiendo

siempre: «Falta de religión y buenas costumbres.» Otras veces, los

merodeadores se llevaban la carne de tres vacas, abandonando las pieles

bien á la vista; y el estanciero decía sonriendo: «Así me gusta á mí la

gente: honrada y que no haga mal.»

Su vigor de incansable centauro le había servido poderosamente en la

empresa de poblar sus tierras. Era caprichoso, despótico y de grandes

facilidades para la paternidad, como sus compatriotas que siglos antes,

al dominar el nuevo mundo, clarificaron la sangre indígena. Tenía los

mismos gustos de los conquistadores castellanos por la belleza cobriza,

de ojos oblicuos y cabello cerdoso. Cuando Desnoyers le veía apartarse

con cualquier pretexto y poner su caballo al galope hacia un rancho

cercano, se decía sonriendo: «Va en busca de un nuevo peón que trabajará

sus tierras dentro de quince años.»

El personal de la estancia comentaba el parecido fisonómico de ciertos

jóvenes que trabajaban lo mismo que los demás, galopando desde el alba

para ejecutar las diversas operaciones del pastoreo. Su origen era

objeto de irrespetuosos comentarios. El capataz Celedonio, mestizo de

treinta años, generalmente detestado por su carácter duro y avariento,

también ofrecía una lejana semejanza con el patrón.

Casi todos los años se presentaba con aire de misterio alguna mujer que

venía de muy lejos, _china_ sucia y mal encarada, de relieves colgantes,

llevando de la mano á un mesticillo de ojos de brasa. Pedía hablar á

solas con el dueño; y al verse frente á él, le recordaba un viaje

realizado diez ó doce años antes para comprar una _punta_ de reses.

--¿Se acuerda, patrón, que pasó la noche en mi rancho porque el río iba

crecido?

El patrón no se acordaba de nada. Únicamente un vago instinto parecía

indicarle que la mujer decía verdad. «Bueno, ¿y qué?»

--Patrón, aquí lo tiene... Más vale que se haga hombre á su lado que en

otra parte.

Y le presentaba el pequeño mestizo. ¡Uno más y ofrecido con esta

sencillez!... «Falta de religión y buenas costumbres.» Con repentina

modestia, dudaba de la veracidad de la mujer. ¿Por qué había de ser

precisamente suyo?... La vacilación no era, sin embargo, muy larga.

--Por si es, ponlo con los otros.

La madre se marchaba tranquila, viendo asegurado el porvenir del

pequeño; porque aquel hombre pródigo en violencias también lo era en

generosidades. Al final no le faltaría á su hijo un pedazo de tierra y

un buen hato de ovejas.

Estas adopciones provocaron al principio una rebeldía de _Misiá_

Petrona, la única que se permitió en toda su existencia. Pero el

centauro la impuso un silencio de terror.

--¿Y aún te atreves á hablar, vaca floja?... ¡Una mujer que sólo ha

sabido darme hembras! Vergüenza debías tener.

La misma mano que extraía negligentemente de un bolsillo los billetes

hechos una bola, dándolos á capricho, sin reparar en cantidades, llevaba

colgando de la muñeca un rebenque. Era para golpear al caballo, pero lo

levantaba con facilidad cuando alguno de los peones incurría en su

cólera.

--Te pego porque puedo--decía como excusa al serenarse.

Un día, el golpeado hizo un paso atrás, buscando el cuchillo en el

cinto.

--A mí no me pega usted, patrón. Yo no he nacido en estos pagos... Yo

soy de Corrientes.

El patrón quedó con el látigo en alto.

--¿De verdad que no has nacido aquí?... Entonces tienes razón; no puedo

pegarte. Toma cinco pesos.

Cuando Desnoyers entró en la estancia, Madariaga empezaba á perder la

cuenta de los que estaban bajo su potestad á uso latino antiguo y podían

recibir sus golpes. Eran tantos, que incurría en frecuentes

confusiones. El francés admiró el ojo experto de su patrón para los

negocios. Le bastaba contemplar por breves minutos un rebaño de miles de

reses para saber su número con exactitud. Galopaba con aire indiferente

en torno del inmenso grupo cornudo y pataleante, y de pronto hacía

apartar varios animales. Había descubierto que estaban enfermos. Con un

comprador como Madariaga, las marrullerías y artificios de los

vendedores resultaban inútiles.

Su serenidad ante la desgracia era también admirable. Una sequía

sembraba repentinamente sus prados de vacas muertas. La llanura parecía

un campo de batalla abandonado. Por todas partes bultos negros; en el

aire grandes espirales de cuervos que llegaban de muchas leguas á la

redonda. Otras veces era el frío: un inesperado descenso del termómetro

cubría el suelo de cadáveres. Diez mil animales, quince mil, tal vez

más, se habían perdido...

--¡Qué hacer!--decía Madariaga con resignación--. Sin tales desgracias,

esta tierra sería un paraíso... Ahora lo que importa es saber salvar los

cueros.

Echaba pestes contra la soberbia de los emigrantes de Europa, contra las

nuevas costumbres de la gente pobre, porque no disponía de bastantes

brazos para desollar á las víctimas en poco tiempo y miles de pieles se

perdían al corromperse unidas á la carne. Los huesos blanqueaban la

tierra como montones de nieve. Los peoncitos iban colocando en los

postes del alambrado cráneos de vaca con los cuernos retorcidos, adorno

rústico que evocaba la imagen de un desfile de liras helénicas.

--Por suerte, queda la tierra--añadía el estanciero. Galopaba por sus

campos inmensos, que empezaban á verdear bajo las nuevas lluvias. Había

sido de los primeros en convertir las tierras vírgenes en praderas,

sustituyendo el pasto natural con la alfalfa. Donde antes vivía un

novillo colocaba ahora tres. «La mesa está puesta--decía alegremente--.

Vamos en busca de nuevos convidados.» Y compraba á precios irrisorios el

ganado desfallecido de hambre en los campos naturales, llevándolo á un

rápido engordamiento en sus tierras opulentas.

Una mañana, Desnoyers le salvó la vida. Había levantado su rebenque

sobre un peón recién entrado en la estancia, y éste le acometió cuchillo

en mano. Madariaga se defendía á latigazos, convencido de que iba á

recibir de un momento á otro la cuchillada mortal, cuando llegó el

francés y sacando su revólver dominó y desarmó al adversario.

--¡Gracias, gabacho!--dijo el estanciero, emocionado--. Eres todo un

hombre y debo recompensarte. Desde hoy... te hablaré de tú.

Desnoyers no llegó á comprender qué recompensa podía significar este

tuteo. ¡Era tan raro aquel hombre!... Algunas consideraciones personales

vinieron, sin embargo, á mejorar su estado. No comió más en el edificio

donde estaba instalada la administración. El dueño exigió

imperativamente que en adelante ocupase un sitio en su propia mesa. Y

así entró Desnoyers en la intimidad de la familia Madariaga.

La esposa era una figura muda cuando el marido estaba presente. Se

levantaba en plena noche para vigilar el desayuno de los peones, la

distribución de la galleta, el hervor de las marmitas de café ó mate

cocido. Arreaba á las criadas, parlanchinas y perezosas, que se perdían

con facilidad en las arboledas próximas á la casa. Hacía sentir en la

cocina y sus anexos una autoridad de verdadera patrona; pero apenas

sonaba la voz del marido, parecía encogerse en un silencio de respeto y

temor. Al sentarse la _china_ á la mesa le contemplaba con sus ojos

redondos, fijos como los de un buho, revelando una sumisión devota.

Desnoyers llegó á pensar que en esta muda admiración había mucho de

asombro por la energía con que el estanciero--cerca ya de los sesenta

años--seguía improvisando nuevos pobladores para sus tierras.

Las dos hijas, Luisa y Elena, aceptaron con entusiasmo al comensal, que

venía á animar sus monótonas conversaciones del comedor, cortadas muchas

veces por las cóleras del padre. Además, era de París. «¡París!»,

suspiraba Elena, la menor, poniendo los ojos en blanco. Y Desnoyers se

veía consultado por ellas en materias de elegancia cada vez que

encargaban algo á los almacenes de ropas hechas de Buenos Aires.

El interior de la casa reflejaba los diversos gustos de las dos

generaciones. Las niñas tenían un salón con muebles ricos--apoyados en

paredes agrietadas--y lámparas ostentosas que nunca se encendían. El

padre perturbaba con su rudeza esta habitación cuidada y admirada por

las dos hermanas. Las alfombras parecían entristecerse y palidecer bajo

las huellas de barro que dejaban las botas del centauro. Sobre una mesa

dorada aparecía el rebenque. Las muestras de maíz esparcían sus granos

sobre la seda de un sofá que sólo ocupaban las señoritas con cierto

recogimiento, como si temiesen romperlo. Junto á la entrada del comedor

había una báscula, y Madariaga se enfureció cuando sus hijas le pidieron

que la llevase á las dependencias. El no iba á molestarse con un viaje

cada vez que se le ocurriese averiguar el peso de un cuero suelto... Un

piano entró en la estancia, y Elena pasaba las horas tecleando lecciones

con una buena fe desesperante. «¡Ira de Dios! ¡Si al menos tocase la

jota ó el pericón!» Y el padre, á la hora de la siesta, se iba á dormir

sobre su poncho entre los eucaliptos cercanos.

Esta hija menor, á la que apodaba «la romántica», era el objeto de sus

cóleras y sus burlas. ¿De dónde había salido, con unos gustos que nunca

sintieron él y su pobre _china_? Sobre el piano se amontonaban cuadernos

de música. En un ángulo del disparatado salón, varias cajas de

conservas, arregladas á guisa de biblioteca por el carpintero de la

estancia, contenían libros.

--Mira, gabacho--decía Madariaga--. Todo versos y novelas. ¡Puros

embustes!... ¡Aire!

El tenía su biblioteca, más importante y gloriosa, y que ocupaba menos

lugar. En su escritorio, adornado con carabinas, lazos y monturas

chapeadas de plata, un pequeño armario contenía los títulos de propiedad

y varios legajos, que el estanciero hojeaba con miradas de orgullo.

--Pon atención y oirás maravillas--anunciaba á Desnoyers tirando de uno

de los cuadernos.

Era la historia de las bestias famosas que habían entrado en la estancia

para la reproducción y mejoramiento de sus ganados; el árbol

genealógico, las cartas de nobleza de todos los animales «pedigrée».

Había de ser él quien leyese los papeles, pues no permitía que los

tocase ni su familia. Y con las gafas caladas iba deletreando la

historia de cada héroe pecuario. «_Diamond III_, nieto de _Diamond I_,

que fué propiedad del rey de Inglaterra, é hijo de _Diamond II_,

triunfador en todos los concursos.» Su _Diamond_ le había costado muchos

miles; pero los caballos más gallardos de la estancia, que se vendían á

precios magníficos, eran sus descendientes.

--Tenía más talento que algunas personas. Sólo le faltaba hablar. Es el

mismo que está embalsamado junto á la puerta del salón. Las niñas

quieren que lo eche de allí... ¡Que se atrevan á tocarlo! ¡Primero las

echo á ellas!

Luego continuaba leyendo la historia de una dinastía de toros, todos con

nombre propio y un número romano á continuación, lo mismo que los reyes;

animales adquiridos en las grandes ferias de Inglaterra por el testarudo

estanciero. Nunca había estado allá, pero empleaba el cable para batirse

á libras esterlinas con los propietarios británicos deseosos de

conservar á su patria tales portentos. Gracias á estos reproductores,

que atravesaron el Océano con iguales comodidades que un pasajero

millonario, había podido hacer desfilar en los concursos de Buenos Aires

sus novillos, que eran torreones de carne; elefantes comestibles, con el

lomo cuadrado y liso lo mismo que una mesa.

--Esto representa algo, ¿no te parece, gabacho? Esto vale más que todas

las estampas con lunas, lagos, amantes y otras macanas que mi

«romántica» pone en las paredes para que críen polvo.

Y señalaba los diplomas honoríficos que adornaban el escritorio, las

copas de bronce y demás bisutería gloriosa conquistada en los concursos

por los hijos de su _pedigrée_.

Luisa, la hija mayor--llamada Chicha, á uso americano--, merecía más

respeto de su padre. «Es mi pobre _china_--decía--; la misma bondad y el

mismo empuje para el trabajo, pero con más señorío.» Lo del señorío lo

aceptaba Desnoyers inmediatamente, y aun le parecía una expresión

incompleta y débil. Lo que no podía admitir era que aquella muchacha

pálida, modesta, con grandes ojos negros y sonrisa de pueril malicia,

tuviese el menor parecido físico con la respetable matrona que le había

dado la existencia.

La gran fiesta para Chicha era la misa del domingo. Representaba un

viaje de tres leguas al pueblo más cercano, un contacto semanal con

gentes que no eran las mismas de la estancia. Un carruaje tirado por

cuatro caballos se llevaba á la señora y las señoritas con los últimos

trajes y sombreros llegados de Europa á través de las tiendas de Buenos

Aires. Por indicación de Chicha, iba Desnoyers con ellas, tomando las

riendas al cochero. El padre se quedaba para recorrer sus campos en la

soledad del domingo, enterándose mejor de los descuidos de su gente. El

era muy religioso: «Religión y buenas costumbres.» Pero había dado miles

de pesos para la construcción de la vecina iglesia, y un hombre de su

fortuna no iba á estar sometido á las mismas obligaciones de los

pelagatos.

Durante el almuerzo dominical, las dos señoritas hacían comentarios

sobre las personas y méritos de varios jóvenes del pueblo y de las

estancias próximas que se detenían en la puerta de la iglesia para

verlas.

--¡Háganse ilusiones, niñas!--decía el padre--. ¿Ustedes creen que las

quieren por su lindura?... Lo que buscan esos sinvergüenzas son los

pesos del viejo Madariaga; y así que los tuviesen, tal vez les soltarían

á ustedes una paliza diaria.

La estancia recibía numerosos visitantes. Unos eran jóvenes de los

alrededores, que llegaban sobre briosos caballos haciendo suertes de

equitación. Deseaban ver á don Julio con los más inverosímiles

pretextos, y aprovechaban la oportunidad para hablar con Chicha y Elena.

Otras veces eran señoritos de Buenos Aires, que pedían alojamiento en la

estancia, diciendo que iban de paso. _Don_ Madariaga gruñía:

--¡Otro hijo de _tal_ que viene en busca de los pesos del _gallego_! Si

no se va pronto, lo... corro á patadas.

Pero el pretendiente no tardaba en irse, intimidado por la mudez hostil

del patrón. Esta mudez se prolongó de un modo alarmante, á pesar de que

la estancia ya no recibía visitas. Madariaga parecía abstraído; y todos

los de la familia, incluso Desnoyers, respetaban y temían su silencio.

Comía enfurruñado, con la cabeza baja. De pronto levantaba los ojos para

mirar á Chicha, luego á Desnoyers, y fijarlos últimamente en su esposa,

como si fuese á pedirle cuentas.

«La romántica» no existía para él. Cuando más, le dedicaba un bufido

irónico al verla erguida en la puerta á la hora del atardecer

contemplando el horizonte, ensangrentado por la muerte del sol, con un

codo en el quicio y una mejilla en una mano, imitando la actitud de

cierta dama blanca que había visto en un cromo esperando la llegada del

caballero de los ensueños.

Cinco años llevaba Desnoyers en la casa, cuando un día entró en el

escritorio del amo con el aire brusco de los tímidos que adoptan una

resolución.

--Don Julio, me marcho, y deseo que ajustemos cuentas.

Madariaga le miró socarronamente. ¿Irse?... ¿por qué? Pero en vano

repitió sus preguntas. El francés se atascaba en una serie de

explicaciones incoherentes. «Me voy; debo irme.»

--¡Ah ladrón, profeta falso!--gritó el estanciero con voz estentórea.

Pero Desnoyers no se inmutó ante el insulto. Había oído muchas veces á

su patrón las mismas palabras cuando comentaba algo gracioso ó al

regatear con los compradores de bestias.

--¡Ah ladrón, profeta falso! ¿Crees que no sé por qué te vas? ¿Te

imaginas que el viejo Madariaga no ha visto tus miraditas y las

miraditas de la mosca muerta de su hija, y cuando os paseabais tú y ella

agarrados de la mano, en presencia de la pobre _china_, que está ciega

del entendimiento?... No está mal el golpe, gabacho. Con él te apoderas

de la mitad de los pesos del _gallego_, y ya puedes decir que has hecho

la América.

Y mientras gritaba esto, ó más bien, lo aullaba, había empuñado el

rebenque, dando golpecitos de punta en el estómago de su administrador

con una insistencia que lo mismo podía ser afectuosa que hostil.

--Por eso vengo á despedirme--dijo Desnoyers con altivez--. Sé que es

una pasión absurda, y quiero marcharme.

--¡El señor se va!--siguió gritando el estanciero--. ¡El señor cree que

aquí puede hacer lo que quiera! No, señor; aquí no manda nadie mas que

el viejo Madariaga, y yo ordeno que te quedes... ¡Ay, las mujeres!

Únicamente sirven para enemistar á los hombres. ¡Y que no podamos vivir

sin ellas!...

Dió varios paseos silenciosos por la habitación, como si las últimas

palabras le hiciesen pensar en cosas lejanas, muy distintas de lo que

hasta entonces había dicho. Desnoyers miró con inquietud el látigo que

aún empuñaba su diestra. ¿Si intentaría pegarle como á los peones?...

Estaba dudando entre hacer frente á un hombre que siempre le había

tratado con benevolencia ó apelar á una fuga discreta, aprovechando una

de sus vueltas, cuando el estanciero se plantó ante él.

--¿Tú la quieres de veras... de veras?--preguntó--. ¿Estás seguro de que

ella te quiere á ti? Fíjate bien en lo que dices, que en eso del amor

hay mucho de engaño y ceguera. También yo, cuando me casé, estaba loco

por mi _china_. ¿De verdad que os queréis?... Pues bien; llévatela,

gabacho del demonio, ya que alguien se la ha de llevar, y que no te

salga una vaca floja como la madre... A ver si me llenas la estancia de

nietos.

Reaparecía el gran productor de hombres y de bestias al formular este

deseo. Y como si considerase necesario explicar su actitud, añadió:

--Todo esto lo hago porque te quiero; y te quiero porque eres serio.

Otra vez quedó absorto el francés, no sabiendo en qué consistía la tan

apreciada seriedad.

Desnoyers, al casarse, pensó en su madre. ¡Si la pobre vieja pudiese ver

este salto extraordinario de su fortuna! Pero mamá había muerto un año

antes, creyendo á su hijo enormemente rico porque le enviaba todos los

meses ciento cincuenta pesos, algo más de trescientos francos, extraídos

del sueldo que cobraba en la estancia.

Su ingreso en la familia de Madariaga sirvió para que éste atendiese con

menos interés á sus negocios.

Tiraba de él la ciudad, con la atracción de los encantos no conocidos.

Hablaba con desprecio de las mujeres del campo, _chinas_ mal lavadas,

que le inspiraban ahora repugnancia. Había abandonado sus ropas de

jinete campestre y exhibía con satisfacción pueril los trajes con que le

disfrazaba un sastre de la capital. Cuando Elena quería acompañarle á

Buenos Aires, se defendía pretextando negocios enojosos. «No, ya irás

con tu madre.»

La suerte de campos y ganados no le inspiraba inquietudes. Su fortuna,

dirigida por Desnoyers, estaba en buenas manos.

--Este es muy serio--decía en el comedor ante la familia reunida--. Tan

serio como yo... De éste no se ríe nadie.

Y al fin pudo adivinar el francés que su suegro, al hablar de seriedad,

aludía á la entereza de carácter. Según declaración espontánea de

Madariaga, desde los primeros días que trató á Desnoyers pudo adivinar

un genio igual al suyo, tal vez más duro y firme, pero sin alaridos ni

excentricidades. Por esto le había tratado con benevolencia

extraordinaria, presintiendo que un choque entre los dos no tendría

arreglo. Sus únicas desavenencias fueron á causa de los gastos

establecidos por Madariaga en tiempos anteriores. Desde que el yerno

dirigía las estancias, los trabajos costaban menos y la gente mostraba

mayor actividad. Y esto sin gritos, sin palabras fuertes, con sólo su

presencia y sus órdenes breves.

El viejo era el único que le hacía frente para mantener el caprichoso

sistema del palo seguido de la dádiva. Le sublevaba el orden minucioso y

mecánico, siempre igual, sin algo de arbitrariedad extravagante, de

tiranía bonachona. Con frecuencia, se presentaban á Desnoyers algunos de

los peones mestizos á los que suponía la malicia pública en íntimo

parentesco con el estanciero. «Patroncito: dice el patrón viejo que me

dé cinco pesos.» El patroncito respondía negativamente, y poco después

se presentaba Madariaga, iracundo de gesto, pero midiendo las palabras,

en consideración á que su yerno era tan serio como él.

--Mucho te quiero, hijo, pero aquí nadie manda mas que yo... ¡Ah,

gabacho! Eres igual á todos los de tu tierra: centavo que pilláis va á

la media, y no ve más la luz del sol aunque os crucifiquen... ¿Dije

cinco pesos? Le darás diez. Lo mando yo, y basta.

El francés pagaba, encogiéndose de hombros, mientras su suegro,

satisfecho del triunfo, huía á Buenos Aires. Era bueno hacer constar que

la estancia pertenecía aún al _gallego_ Madariaga.

De uno de sus viajes volvió con un acompañante: un joven alemán, que,

según él, lo sabía todo y servía para todo. Su yerno trabajaba

demasiado. Karl Hartrott le ayudaría en la contabilidad. Y Desnoyers lo

aceptó, sintiendo á los pocos días una naciente estimación por el nuevo

empleado.

Que perteneciesen á dos naciones enemigas nada significaba. En todas

partes hay buenas gentes, y este Karl era un subordinado digno de

aprecio. Se mantenía á distancia de sus iguales y era inflexible y duro

con los inferiores. Todas sus facultades parecía concentrarlas en el

servicio y la admiración de los que estaban por encima de él. Apenas

desplegaba los labios Madariaga, el alemán movía la cabeza apoyando por

adelantado sus palabras. Si decía algo gracioso, su risa era de una

escandalosa sonoridad. Con Desnoyers se mostraba taciturno y aplicado,

trabajando sin reparar en horas. Apenas le veía entrar en la

Administración, saltaba de su asiento irguiéndose con militar rigidez.

Todo estaba dispuesto á hacerlo. Por cuenta propia, espiaba al personal,

delatando sus descuidos y defectos. Este servicio no entusiasmaba á su

jefe inmediato, pero lo agradecía como una muestra de interés por el

establecimiento.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 3 / 33 段