El alemán y su esposa, mantenidos aparte en la vida de la estancia,

tenían que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado de

protección, vivía á la sombra del francés, aprovechando toda oportunidad

para abrumarle con sus elogios. Jamás podría agradecer bastante lo que

hacía por él. Era su único defensor. Deseaba una ocasión para mostrarle

su gratitud: morir por él, si era preciso. La esposa admiraba á su

cuñado con grandes extremos de entusiasmo: «El caballero más cumplido de

la tierra.» Y Desnoyers agradecía en silencio esta adhesión,

reconociendo que el alemán era un excelente compañero. Como disponía en

absoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente á Karl sin

que el viejo se enterase. El fué quien tomó la iniciativa para que

pudiesen realizar la mayor de sus ilusiones. El alemán soñaba con una

visita á su país. ¡Tantos años en América!... Desnoyers, por lo mismo

que no sentía deseos de volver á Europa, quiso facilitar este anhelo de

sus cuñados, y dió á Karl los medios para que hiciese el viaje con toda

su familia. El viejo no quiso saber quién costeaba los gastos. «Que se

vayan--dijo con alegría--y que no vuelvan nunca.»

La ausencia no fué larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para un

año. Karl, que había hecho saber á sus parientes la gran fortuna que

significaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario, en

pleno goce de sus riquezas. Elena volvió transfigurada, hablando con

orgullo de sus parientes: del barón, coronel de húsares, del comandante

de la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos los

pueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo.

Hasta tomó cierto aire de protección al alabar á Desnoyers, un hombre

bueno, ciertamente, pero «sin nacimiento», «sin raza», y además francés.

Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesión de antes, permaneciendo

en sumisa modestia detrás de su cuñado. Este tenía las llaves de la caja

y era su única defensa ante el terrible viejo... Había dejado sus dos

hijos mayores en un colegio de Alemania. Años después, fueron saliendo

con igual destino los otros nietos del estanciero, que éste consideraba

antipáticos é inoportunos, «con pelos de zanahoria y ojos de tiburón».

El viejo se veía ahora solo. Le habían arrebatado su segundo «peoncito».

La severa Chicha no podía tolerar que su hija se criase como un

muchacho, cabalgando á todas horas y repitiendo las palabras gruesas del

abuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadoras

tenían que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias de

su bravía alumna.

Al volver á la estancia Julio y Chichí durante las vacaciones, el abuelo

concentraba su predilección en el primero, como si la niña sólo hubiese

sido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tanto

desordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de un

estudiante de familia rica que remedia la parsimonia de sus padres con

toda clase de préstamos imprudentes. Pero Madariaga salía en defensa de

su nieto. «¡Ah, gaucho fino!...» Al verlo en la estancia, admiraba su

gentileza de buen mozo. Le tentaba los brazos para convencerse de su

fuerza; le hacía relatar sus peleas nocturnas, como valeroso campeón de

una de las bandas de muchachos licenciosos, llamados _patotas_ en el

_argot_ de la capital. Sentía deseos de ir á Buenos Aires para admirar

de cerca esta vida alegre. Pero ¡ay! él no tenía diez y seis años como

su nieto. Ya había pasado de los ochenta.

--¡Ven acá, profeta falso! Cuéntame cuántos hijos tienes... ¡Porque tú

debes tener muchos hijos!

--¡Papá!--protestaba Chicha, que siempre andaba cerca, temiendo las

malas enseñanzas del abuelo.

--¡Déjate de moler!--gritaba éste, irritado--. Yo sé lo que me digo.

La paternidad figuraba inevitablemente en todas sus fantasías amorosas.

Estaba casi ciego, y el agonizar de sus ojos iba acompañado de un

creciente desarreglo mental. Su locura senil tomaba un carácter lúbrico,

expresándose con un lenguaje que escandalizaba ó hacía reir á todos los

de la estancia.

--¡Ah, ladrón, y qué lindo eres!--decía mirando al nieto con sus ojos

que sólo veían pálidas sombras--. El vivo retrato de mi pobre finada...

Diviértete, que tu abuelo está aquí con sus pesos. Si sólo hubieses de

contar con lo que te regale tu padre, vivirías como un ermitaño. El

gabacho es de los de puño duro: con él no hay _farra_ posible. Pero yo

pienso en ti, peoncito. Gasta y triunfa, que para eso tu _tatica_ ha

juntado plata.

Cuando los nietos se marchaban de la estancia, entretenía su soledad

yendo de rancho en rancho. Una mestiza ya madura hacía hervir en el

fogón el agua para su mate. El viejo pensaba confusamente que bien podía

ser hija suya. Otra de quince años le ofrecía la calabacita de amargo

líquido, con su canuto de plata para sorber. Una nieta tal vez, aunque

él no estaba seguro. Y así pasaba las tardes, inmóvil y silencioso,

tomando mate tras mate, rodeado de familias que le contemplaban con

admiración y miedo.

Cada vez que subía á caballo para estas correrías, su hija mayor

protestaba. «¡A los ochenta y cuatro años! ¿No era mejor que se quedase

tranquilamente en casa? Cualquier día iban á lamentar una desgracia...»

Y la desgracia vino. El caballo del patrón volvió un anochecer con paso

tardo y sin jinete. El viejo había rodado en una cuesta, y cuando lo

recogieron estaba muerto... Así terminó el centauro, como había vivido

siempre, con el rebenque colgando de la muñeca y las piernas arqueadas

por la curva de la montura.

Su testamento lo guardaba un escribano español de Buenos Aires casi tan

viejo como él. La familia sintió miedo al contemplar el voluminoso

documento. ¿Qué disposiciones terribles habría dictado Madariaga? La

lectura de la primera parte tranquilizó á Karl y Elena. El viejo

mejoraba considerablemente á la esposa de Desnoyers; pero aun así,

quedaba una parte enorme para «la romántica» y los suyos. «Hago

esto--decía--en memoria de mi pobre finada y para que no hablen las

gentes.» Venían á continuación ochenta y seis legados, que formaban

otros tantos capítulos del volumen testamentario. Ochenta y cinco

individuos subidos de color--hombres y mujeres--, que vivían en la

estancia largos años como _puesteros_ y arrendatarios, recibían la

última munificencia paternal del viejo. Al frente de ellos figuraba

Celedonio, que en vida de Madariaga se había enriquecido ya sin otro

trabajo que escucharle, repitiendo: «Así será, patrón.» Más de un millón

de pesos representaban estas mandas en tierras y reses. El que

completaba el número de los beneficiados era Julio Desnoyers. El abuelo

hacía mención especial de él, legándole un campo «para que atendiera á

sus gastos particulares, supliendo lo que no le diese su padre».

--¡Pero eso representa centenares de miles de pesos!--protestó Karl, que

se había hecho más exigente al convencerse de que su esposa no estaba

olvidada en el testamento.

Los días que siguieron á esta lectura resultaron penosos para la

familia. Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen de

despertar, contemplándolo bajo una nueva luz, con aspecto distinto.

Olvidaban lo que iban á recibir, para ver únicamente las mejoras de los

parientes.

Desnoyers, benévolo y conciliador, tenía un plan. Experto en la

administración de estos bienes enormes, sabía que un reparto entre los

herederos iba á duplicar los gastos sin aumentar los productos.

Calculaba además las complicaciones y desembolsos de una partición

judicial de nueve estancias considerables, centenares de miles de reses,

depósitos en los Bancos, casas en las ciudades y deudas por cobrar. ¿No

era mejor seguir como hasta entonces?... ¿No habían vivido en la santa

paz de una familia unida?...

El alemán, al escuchar su proposición, se irguió con orgullo. No; cada

uno á lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El quería

establecerse en Europa, disponiendo libremente de los bienes. Necesitaba

volver á «su mundo».

Desnoyers le miró frente á frente, viendo á un Karl desconocido, un Karl

cuya existencia no había sospechado nunca cuando vivía bajo su

protección, tímido y servil. También el francés creyó contemplar lo que

le rodeaba bajo una nueva luz.

--Está bien--dijo--. Cada uno que se lleve lo suyo. Me parece justo.

III

La familia Desnoyers

La «sucesión Madariaga»--como decían en su lenguaje los hombres de ley

interesados en prolongarla para aumento de su cuenta de

honorarios--quedó dividida en dos grupos separados por el mar. Los

Desnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los Hartrott se trasladaron

á Berlín luego que Karl hubo vendido todos los bienes, para emplear el

producto en empresas industriales y tierras de su país.

Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte años había sido

el jefe de una enorme explotación agrícola y ganadera, mandando á

centenares de hombres en varias estancias. Ahora el radio de su

autoridad se había restringido considerablemente al parcelarse la

fortuna del viejo con la parte de Elena y los numerosos legados. Le

encolerizaba ver establecidos en las tierras inmediatas á varios

extranjeros, casi todos alemanes, que las habían comprado á Karl.

Además, se hacía viejo, la fortuna de su mujer representaba unos veinte

millones de pesos, y su ambicioso cuñado, al trasladarse á Europa,

demostraba tal vez mejor sentido que él.

Arrendó parte de sus tierras, confió la administración de otras á

algunos de los favorecidos por el testamento, que se consideraban de la

familia, viendo siempre en Desnoyers al patrón, y se trasladó á Buenos

Aires. De este modo podía vigilar á su hijo, que seguía llevando una

vida endiablada, sin salir adelante en los estudios preparatorios de

ingeniería... Además, Chichí era ya una mujer, su robustez le daba un

aspecto precoz, superior á sus años, y no era conveniente mantenerla en

el campo para que fuese una señorita rústica como su madre. Doña Luisa

parecía cansada igualmente de la vida de estancia. Los triunfos de su

hermana le producían cierta molestia. Era incapaz de sentir celos; pero,

por ambición maternal, deseaba que sus hijos no se quedasen atrás,

brillando y ascendiendo como los hijos de la otra.

Durante un año llegaron á la casa que Desnoyers había instalado en la

capital las más asombrosas noticias de Alemania. «La tía de

Berlín»--como llamaban á Elena sus sobrinos--enviaba unas cartas

larguísimas, con relatos de bailes, comidas, cacerías y títulos, muchos

títulos nobiliarios y dignidades militares: «nuestro hermano el

coronel», «nuestro primo el barón», «nuestro tío el consejero íntimo»,

«nuestro tío segundo, el consejero verdaderamente íntimo». Todas las

extravagancias del escalafón social alemán, que discurre incesantemente

títulos nuevos para satisfacer la sed de honores de un pueblo dividido

en castas, eran enumeradas con delectación por la antigua «romántica».

Hasta hablaba del secretario de su esposo, que no era un cualquiera,

pues había ganado como escribiente en las oficinas públicas el título de

_Rechnungsrath_ (Consejero de Cálculo). Además, mencionaba con orgullo

al _Oberpedell_ retirado que tenía en su casa, explicando que esto

quería decir: «Portero superior».

Las noticias referentes á sus hijos no resultaban menos gloriosas. El

mayor era el sabio de la familia. Se dedicaba á la filología y las

ciencias históricas; pero su vista resultaba cada vez más deficiente, á

causa de las continuas lecturas. Pronto sería doctor, y antes de los

treinta años _Herr Professor_. La madre lamentaba que no fuese militar,

considerando sus aficiones como algo que torcía los altos destinos de la

familia. El profesorado, las ciencias y la literatura eran refugio de

los judíos, imposibilitados por su origen de obtener un grado en el

ejército. Pero se consolaba pensando que un profesor célebre puede

conseguir con el tiempo una consideración social casi comparable á la de

un coronel.

Sus otros cuatro hijos varones serían oficiales. El padre preparaba el

terreno para que pudiesen entrar en la Guardia ó en algún regimiento

aristocrático sin que los compañeros de cuerpo votasen en contra al

proponer su admisión. Las dos niñas se casarían seguramente, cuando

tuviesen edad para ello, con oficiales de húsares que ostentasen en su

nombre una partícula nobiliaria, altivos y graciosos señores de los que

hablaba con entusiasmo la hija de _Misiá_ Petrona.

La instalación de los Hartrott era digna de sus nuevas amistades. En la

casa de Berlín, la servidumbre iba de calzón corto y peluca blanca en

noches de gran comida. Karl había comprado un castillo viejo, con

torreones puntiagudos, fantasmas en los subterráneos y varias leyendas

de asesinatos, asaltos y violaciones, que amenizaban su historia de un

modo interesante. Un arquitecto condecorado con muchas órdenes

extranjeras, y que además ostentaba el título de «Consejero de

Construcción», era el encargado de modernizar el edificio medioeval sin

que perdiese su aspecto terrorífico. «La romántica» describía por

anticipado las recepciones en el tenebroso salón, á la luz difusa de las

lámparas eléctricas que imitarían antorchas; el crepitar de la blasonada

chimenea, con sus falsos leños erizados de llamas de gas; todo el

esplendor del lujo moderno aliado con los recuerdos de una época de

nobleza omnipotente, la mejor, según ella, de la Historia. Además, las

cacerías, las futuras cacerías en una extensión de tierras arenosas y

movedizas, con bosques de pinos, en nada comparables al rico suelo de la

estancia natal, pero que habían tenido el honor de ser pisadas siglos

antes por los marqueses de Brandeburgo, fundadores de la casa reinante

de Prusia. Y todos estos progresos, esta rápida ascensión de la familia,

¡en solo un año!... Tenían que luchar con otras familias ultramarinas

que habían amasado fortunas enormes en los Estados Unidos, el Brasil ó

las costas del Pacífico. Pero eran alemanes «sin nacimiento», groseros

plebeyos que en vano pugnaban por introducirse en el gran mundo haciendo

donativos á las obras imperiales. Con todos sus millones, á lo más que

podían aspirar era á unir sus hijas con oficiales de infantería de

línea. ¡Mientras que Karl!... ¡Los parientes de Karl!... Y «la

romántica» dejaba correr la pluma glorificando á una familia en cuyo

seno creía haber nacido.

De tarde en tarde, con las epístolas de Elena llegaban otras breves

dirigidas á Desnoyers. El cuñado le daba cuenta de sus operaciones, lo

mismo que cuando vivía en la estancia protegido por él. Pero á esta

deferencia se unía un orgullo mal disimulado, un deseo de desquitarse de

sus épocas de humillación voluntaria. Todo lo que hacía era grande y

glorioso. Había colocado sus millones en empresas industriales de la

moderna Alemania. Era accionista de fábricas de armamento enormes como

pueblos, de Compañías de navegación que lanzaban un navío cada medio

año. El emperador se interesaba en estas obras, mirando con benevolencia

á los que deseaban ayudarle. Además, Karl compraba tierras. Parecía á

primera vista una locura haber vendido los opulentos campos de su

herencia para adquirir arenales prusianos que sólo producían á fuerza de

abonos. Pero siendo terrateniente figuraba en el «partido agrario», el

grupo aristocrático y conservador por excelencia, y así vivía en dos

mundos opuestos é igualmente distinguidos: el de los grandes

industriales, amigos del emperador, y el de los _junkers_, hidalgos del

campo, guardianes de la tradición y abastecedores de oficiales del rey

de Prusia.

Al enterarse Desnoyers de estos progresos, pensó en los sacrificios

pecuniarios que representaban. Conocía el pasado de Karl. Un día, en la

estancia, á impulsos del agradecimiento, había revelado al francés la

causa de su viaje á América. Era un antiguo oficial del ejército de su

país; pero el deseo de vivir ostentosamente, sin otros recursos que el

sueldo, le arrastró á cometer actos reprensibles: sustracción de fondos

pertenecientes al regimiento, deudas sagradas sin pagar, falsificación

de firmas. Estos delitos no habían sido perseguidos oficialmente por

consideración á la memoria de su padre; pero los compañeros de cuerpo le

sometieron á un tribunal de honor. Sus hermanos y amigos le aconsejaron

el pistoletazo como único remedio; pero él amaba la vida, y huyó á

América, donde á costa de humillaciones había acabado por triunfar. La

riqueza borra las manchas del pasado con más rapidez que el tiempo. La

noticia de su fortuna al otro lado del Océano hizo que su familia le

recibiese bien en el primer viaje, introduciéndolo de nuevo en «su

mundo». Nadie podía recordar historias vergonzosas de centenares de

marcos tratándose de un hombre que hablaba de las tierras de su suegro,

más extensas que muchos principados alemanes. Ahora, al instalarse

definitivamente en el país, todo estaba olvidado; pero ¡qué de

contribuciones impuestas á su vanidad!... Desnoyers adivinó los miles de

marcos vertidos á manos llenas para las obras caritativas de la

emperatriz, para las propagandas imperialistas, para las sociedades de

veteranos, para todos los grupos de agresión y expansión constituídos

por las ambiciones germánicas.

El francés, hombre sobrio, parsimonioso en sus gastos y exento de

ambiciones, sonreía ante las grandezas de su cuñado. Tenía á Karl por un

excelente compañero, aunque de un orgullo pueril. Recordaba con

satisfacción los años que habían pasado juntos en el campo. No podía

olvidar al alemán que rondaba en torno de él cariñoso y sumiso como un

hermano menor. Cuando su familia comentaba con una vivacidad algo

envidiosa las glorias de los parientes de Berlín, él decía sonriendo:

«Déjenlos en paz; su dinero les cuesta.»

Pero el entusiasmo que respiraban las cartas de Alemania acabó por crear

en torno de su persona un ambiente de inquietud y rebelión. Chichí fué

la primera en el ataque. ¿Por qué no iban ellos á Europa, como los

otros? Todas sus amigas habían estado allá. Familias de tenderos

italianos y españoles emprendían el viaje, ¡Y ella, que era hija de un

francés, no había visto París!... ¡Oh, París! Los médicos que asistían

á las señoras melancólicas declaraban la existencia de una enfermedad

nueva y temible: «la enfermedad de París». Doña Luisa apoyaba á su hija.

¿Por qué no había de vivir ella en Europa, lo mismo que su hermana,

siendo como era más rica? Hasta Julio declaró gravemente que en el viejo

mundo estudiaría con mayor aprovechamiento. América no es tierra de

sabios.

Y el padre terminó por hacerse la misma pregunta, extrañando que no se

le hubiera ocurrido antes lo de la ida á Europa ¡Treinta y cuatro años

sin salir de aquel país que no era el suyo!... Ya era hora de marcharse.

Vivía demasiado cerca de los negocios. En vano quería guardar su

indiferencia de estanciero retirado. Todos ganaban dinero en torno de

él. En el club, en el teatro, allí donde iba, las gentes hablaban de

compras de tierras, de ventas, de negocios rápidos con el provecho

triplicado, de liquidaciones portentosas. Empezaban á pesarle las sumas

que guardaba inactivas en los Bancos. Acabaría por mezclarse en alguna

especulación, como el jugador que no puede ver la ruleta sin llevar la

mano al bolsillo. Para esto no valía la pena el haber abandonado la

estancia. Su familia tenía razón: «¡A París!...» Porque en el grupo

Desnoyers, ir á Europa significaba ir á París. Podía «la tía de Berlín»

cantar toda clase de grandezas de la tierra de su marido.

«¡Macanas!--exclamaba Julio, que había hecho serias comparaciones

geográficas y étnicas en sus noches de correría--. No hay más que

París.» Chichí saludaba con una mueca irónica la menor duda acerca de

esto: «¿Es que las modas elegantes las inventan acaso en Alemania?» Doña

Luisa apoyó á sus hijos. ¡París!... Jamás se le había ocurrido ir á una

tierra de luteranos para verse protegida por su hermana.

--¡Vaya por París!--dijo el francés, como si le hablasen de una ciudad

desconocida.

Se había acostumbrado á creer que jamás volvería á ella. Durante sus

primeros años de vida en América le era imposible este viaje, por no

haber hecho el servicio militar. Luego tuvo vagas noticias de diversas

amnistías. Además, había transcurrido tiempo sobrado para la

prescripción. Pero una pereza de su voluntad le hacía considerar la

vuelta á la patria como algo absurdo é inútil. Nada conservaba al otro

lado del mar que tirase de él. Hasta había perdido toda relación con

aquellos parientes del campo que albergaron á su madre. En las horas de

tristeza, proyectaba entretener su actividad elevando un mausoleo

enorme, todo de mármol, en la Recoleta, el cementerio de los ricos, para

trasladar á su cripta los restos de Madariaga, como fundador de

dinastía, siguiéndole él, y luego todos los suyos, cuando les llegase la

hora. Empezaba á sentir el peso de su vejez. Estaba próximo á los

sesenta años, y la vida ruda del campo, las cabalgadas bajo la lluvia,

los ríos vadeados sobre el caballo nadador, las noches pasadas al raso,

le habían proporcionado un reuma que amargaba sus mejores días.

Pero la familia acabó por comunicarle su entusiasmo. «¡A París!...»

Creía tener veinte años. Y olvidando la habitual parsimonia, deseó que

los suyos viajasen lo mismo que una familia reinante, en camarotes de

gran lujo y con servidumbre propia. Dos vírgenes cobrizas nacidas en la

estancia y elevadas al rango de doncellas de la señora y su hija les

siguieron en el viaje, sin que sus ojos oblicuos revelasen asombro ante

las mayores novedades.

Una vez en París, Desnoyers se sintió desorientado. Embrollaba los

nombres de las calles y proponía visitas á edificios desaparecidos mucho

antes. Todas sus iniciativas para alardear de buen conocedor iban

acompañadas de fracasos. Sus hijos, guiándose por recientes lecturas,

conocían París mejor que él. Se consideraba un extranjero en su patria.

Al principio, hasta experimentó cierta extrañeza al hacer uso del idioma

natal. Había permanecido en la estancia años enteros sin pronunciar una

palabra en su lengua. Pensaba en español, y al trasladar las ideas al

idioma de sus ascendientes, salpicaba el francés con toda clase de

locuciones criollas.

--Donde un hombre hace su fortuna y constituye su familia, allí está su

verdadera patria--decía sentenciosamente, recordando á Madariaga.

La imagen del lejano país resurgió en él con obsesión dominadora tan

pronto como se amortiguaron las primeras impresiones del viaje. No tenía

amigos franceses, y al salir á la calle, sus pasos le encaminaban

instintivamente hacia los lugares de reunión de los argentinos. A éstos

les ocurría lo mismo. Se habían alejado de su patria, para sentir con

más intensidad el deseo de hablar de ella á todas horas. Leía los

periódicos de allá, comentaba el alza de los campos, la importancia de

la próxima cosecha, la venta de novillos. Al volver hacia su casa le

acompañaba igualmente el recuerdo de la tierra americana, pensando con

delectación en que las dos _chinas_ habrían atropellado la dignidad

profesional de la cocinera francesa, preparando una _mazamorra_, una

_carbonada_ ó un puchero á estilo criollo.

Se había instalado la familia en una casa ostentosa de la avenida Víctor

Hugo: veintiocho mil francos de alquiler. Doña Luisa tuvo que entrar y

salir muchas veces para habituarse al imponente aspecto de los porteros:

él condecorado, vestido de negro y con patillas blancas, como un notario

de comedia; ella majestuosa, con cadena de oro sobre el pecho

exuberante, y recibiendo á los inquilinos en un salón rojo y dorado.

Arriba, en las habitaciones, un lujo ultramoderno, frío y glacial á la

vista, con paredes blancas y vidrieras de pequeños rectángulos,

exasperaba á Desnoyers, que sentía entusiasmo por las tallas complicadas

y los muebles ricos de su juventud. El mismo dirigió el arreglo de las

numerosas piezas, que parecían siempre vacías.

Chichí protestaba de la avaricia de papá al verle comprar lentamente,

con tanteos y vacilaciones.

--Avaro, no--respondía él--. Es que conozco el precio de las cosas.

Los objetos sólo le gustaban, cuando los había adquirido por la tercera

parte de su valor. El engaño del que se desprendía de ellos representaba

un testimonio de superioridad para el que los compraba. París le ofreció

un lugar de placeres como no podía encontrarlo en el resto del mundo: el

Hotel Drouot. Iba á él todas las tardes, cuando no encontraba en los

periódicos el anuncio de otras subastas de importancia. Durante varios

años no hubo naufragio célebre en la vida parisién, con la consiguiente

liquidación de restos, del que no se llevase una parte. La utilidad y

necesidad de las adquisiciones resultaban de interés secundario; lo

importante era adquirir á precios irrisorios. Y las subastas inundaron

aquellas habitaciones que al principio se amueblaban con lentitud

desesperante.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 5 / 33 段