tenían que sufrir en silencio estas alusiones. Karl, necesitado de
protección, vivía á la sombra del francés, aprovechando toda oportunidad
para abrumarle con sus elogios. Jamás podría agradecer bastante lo que
hacía por él. Era su único defensor. Deseaba una ocasión para mostrarle
su gratitud: morir por él, si era preciso. La esposa admiraba á su
cuñado con grandes extremos de entusiasmo: «El caballero más cumplido de
la tierra.» Y Desnoyers agradecía en silencio esta adhesión,
reconociendo que el alemán era un excelente compañero. Como disponía en
absoluto de la fortuna de la familia, ayudaba generosamente á Karl sin
que el viejo se enterase. El fué quien tomó la iniciativa para que
pudiesen realizar la mayor de sus ilusiones. El alemán soñaba con una
visita á su país. ¡Tantos años en América!... Desnoyers, por lo mismo
que no sentía deseos de volver á Europa, quiso facilitar este anhelo de
sus cuñados, y dió á Karl los medios para que hiciese el viaje con toda
su familia. El viejo no quiso saber quién costeaba los gastos. «Que se
vayan--dijo con alegría--y que no vuelvan nunca.»
La ausencia no fué larga. Gastaron en tres meses lo que llevaban para un
año. Karl, que había hecho saber á sus parientes la gran fortuna que
significaba su matrimonio, quiso presentarse como un millonario, en
pleno goce de sus riquezas. Elena volvió transfigurada, hablando con
orgullo de sus parientes: del barón, coronel de húsares, del comandante
de la Guardia, del consejero de la corte, declarando que todos los
pueblos resultaban despreciables al lado de la patria de su esposo.
Hasta tomó cierto aire de protección al alabar á Desnoyers, un hombre
bueno, ciertamente, pero «sin nacimiento», «sin raza», y además francés.
Karl, en cambio, manifestaba la misma adhesión de antes, permaneciendo
en sumisa modestia detrás de su cuñado. Este tenía las llaves de la caja
y era su única defensa ante el terrible viejo... Había dejado sus dos
hijos mayores en un colegio de Alemania. Años después, fueron saliendo
con igual destino los otros nietos del estanciero, que éste consideraba
antipáticos é inoportunos, «con pelos de zanahoria y ojos de tiburón».
El viejo se veía ahora solo. Le habían arrebatado su segundo «peoncito».
La severa Chicha no podía tolerar que su hija se criase como un
muchacho, cabalgando á todas horas y repitiendo las palabras gruesas del
abuelo. Estaba en un colegio de la capital, y las monjas educadoras
tenían que batallar grandemente para vencer las rebeliones y malicias de
su bravía alumna.
Al volver á la estancia Julio y Chichí durante las vacaciones, el abuelo
concentraba su predilección en el primero, como si la niña sólo hubiese
sido un sustituto. Desnoyers se quejaba de la conducta un tanto
desordenada de su hijo. Ya no estaba en el colegio. Su vida era la de un
estudiante de familia rica que remedia la parsimonia de sus padres con
toda clase de préstamos imprudentes. Pero Madariaga salía en defensa de
su nieto. «¡Ah, gaucho fino!...» Al verlo en la estancia, admiraba su
gentileza de buen mozo. Le tentaba los brazos para convencerse de su
fuerza; le hacía relatar sus peleas nocturnas, como valeroso campeón de
una de las bandas de muchachos licenciosos, llamados _patotas_ en el
_argot_ de la capital. Sentía deseos de ir á Buenos Aires para admirar
de cerca esta vida alegre. Pero ¡ay! él no tenía diez y seis años como
su nieto. Ya había pasado de los ochenta.
--¡Ven acá, profeta falso! Cuéntame cuántos hijos tienes... ¡Porque tú
debes tener muchos hijos!
--¡Papá!--protestaba Chicha, que siempre andaba cerca, temiendo las
malas enseñanzas del abuelo.
--¡Déjate de moler!--gritaba éste, irritado--. Yo sé lo que me digo.
La paternidad figuraba inevitablemente en todas sus fantasías amorosas.
Estaba casi ciego, y el agonizar de sus ojos iba acompañado de un
creciente desarreglo mental. Su locura senil tomaba un carácter lúbrico,
expresándose con un lenguaje que escandalizaba ó hacía reir á todos los
de la estancia.
--¡Ah, ladrón, y qué lindo eres!--decía mirando al nieto con sus ojos
que sólo veían pálidas sombras--. El vivo retrato de mi pobre finada...
Diviértete, que tu abuelo está aquí con sus pesos. Si sólo hubieses de
contar con lo que te regale tu padre, vivirías como un ermitaño. El
gabacho es de los de puño duro: con él no hay _farra_ posible. Pero yo
pienso en ti, peoncito. Gasta y triunfa, que para eso tu _tatica_ ha
juntado plata.
Cuando los nietos se marchaban de la estancia, entretenía su soledad
yendo de rancho en rancho. Una mestiza ya madura hacía hervir en el
fogón el agua para su mate. El viejo pensaba confusamente que bien podía
ser hija suya. Otra de quince años le ofrecía la calabacita de amargo
líquido, con su canuto de plata para sorber. Una nieta tal vez, aunque
él no estaba seguro. Y así pasaba las tardes, inmóvil y silencioso,
tomando mate tras mate, rodeado de familias que le contemplaban con
admiración y miedo.
Cada vez que subía á caballo para estas correrías, su hija mayor
protestaba. «¡A los ochenta y cuatro años! ¿No era mejor que se quedase
tranquilamente en casa? Cualquier día iban á lamentar una desgracia...»
Y la desgracia vino. El caballo del patrón volvió un anochecer con paso
tardo y sin jinete. El viejo había rodado en una cuesta, y cuando lo
recogieron estaba muerto... Así terminó el centauro, como había vivido
siempre, con el rebenque colgando de la muñeca y las piernas arqueadas
por la curva de la montura.
Su testamento lo guardaba un escribano español de Buenos Aires casi tan
viejo como él. La familia sintió miedo al contemplar el voluminoso
documento. ¿Qué disposiciones terribles habría dictado Madariaga? La
lectura de la primera parte tranquilizó á Karl y Elena. El viejo
mejoraba considerablemente á la esposa de Desnoyers; pero aun así,
quedaba una parte enorme para «la romántica» y los suyos. «Hago
esto--decía--en memoria de mi pobre finada y para que no hablen las
gentes.» Venían á continuación ochenta y seis legados, que formaban
otros tantos capítulos del volumen testamentario. Ochenta y cinco
individuos subidos de color--hombres y mujeres--, que vivían en la
estancia largos años como _puesteros_ y arrendatarios, recibían la
última munificencia paternal del viejo. Al frente de ellos figuraba
Celedonio, que en vida de Madariaga se había enriquecido ya sin otro
trabajo que escucharle, repitiendo: «Así será, patrón.» Más de un millón
de pesos representaban estas mandas en tierras y reses. El que
completaba el número de los beneficiados era Julio Desnoyers. El abuelo
hacía mención especial de él, legándole un campo «para que atendiera á
sus gastos particulares, supliendo lo que no le diese su padre».
--¡Pero eso representa centenares de miles de pesos!--protestó Karl, que
se había hecho más exigente al convencerse de que su esposa no estaba
olvidada en el testamento.
Los días que siguieron á esta lectura resultaron penosos para la
familia. Elena y los suyos miraban al otro grupo como si acabasen de
despertar, contemplándolo bajo una nueva luz, con aspecto distinto.
Olvidaban lo que iban á recibir, para ver únicamente las mejoras de los
parientes.
Desnoyers, benévolo y conciliador, tenía un plan. Experto en la
administración de estos bienes enormes, sabía que un reparto entre los
herederos iba á duplicar los gastos sin aumentar los productos.
Calculaba además las complicaciones y desembolsos de una partición
judicial de nueve estancias considerables, centenares de miles de reses,
depósitos en los Bancos, casas en las ciudades y deudas por cobrar. ¿No
era mejor seguir como hasta entonces?... ¿No habían vivido en la santa
paz de una familia unida?...
El alemán, al escuchar su proposición, se irguió con orgullo. No; cada
uno á lo suyo. Cada cual que viviese en su esfera. El quería
establecerse en Europa, disponiendo libremente de los bienes. Necesitaba
volver á «su mundo».
Desnoyers le miró frente á frente, viendo á un Karl desconocido, un Karl
cuya existencia no había sospechado nunca cuando vivía bajo su
protección, tímido y servil. También el francés creyó contemplar lo que
le rodeaba bajo una nueva luz.
--Está bien--dijo--. Cada uno que se lleve lo suyo. Me parece justo.
III
La familia Desnoyers
La «sucesión Madariaga»--como decían en su lenguaje los hombres de ley
interesados en prolongarla para aumento de su cuenta de
honorarios--quedó dividida en dos grupos separados por el mar. Los
Desnoyers se establecieron en Buenos Aires. Los Hartrott se trasladaron
á Berlín luego que Karl hubo vendido todos los bienes, para emplear el
producto en empresas industriales y tierras de su país.
Desnoyers no quiso seguir viviendo en el campo. Veinte años había sido
el jefe de una enorme explotación agrícola y ganadera, mandando á
centenares de hombres en varias estancias. Ahora el radio de su
autoridad se había restringido considerablemente al parcelarse la
fortuna del viejo con la parte de Elena y los numerosos legados. Le
encolerizaba ver establecidos en las tierras inmediatas á varios
extranjeros, casi todos alemanes, que las habían comprado á Karl.
Además, se hacía viejo, la fortuna de su mujer representaba unos veinte
millones de pesos, y su ambicioso cuñado, al trasladarse á Europa,
demostraba tal vez mejor sentido que él.
Arrendó parte de sus tierras, confió la administración de otras á
algunos de los favorecidos por el testamento, que se consideraban de la
familia, viendo siempre en Desnoyers al patrón, y se trasladó á Buenos
Aires. De este modo podía vigilar á su hijo, que seguía llevando una
vida endiablada, sin salir adelante en los estudios preparatorios de
ingeniería... Además, Chichí era ya una mujer, su robustez le daba un
aspecto precoz, superior á sus años, y no era conveniente mantenerla en
el campo para que fuese una señorita rústica como su madre. Doña Luisa
parecía cansada igualmente de la vida de estancia. Los triunfos de su
hermana le producían cierta molestia. Era incapaz de sentir celos; pero,
por ambición maternal, deseaba que sus hijos no se quedasen atrás,
brillando y ascendiendo como los hijos de la otra.
Durante un año llegaron á la casa que Desnoyers había instalado en la
capital las más asombrosas noticias de Alemania. «La tía de
Berlín»--como llamaban á Elena sus sobrinos--enviaba unas cartas
larguísimas, con relatos de bailes, comidas, cacerías y títulos, muchos
títulos nobiliarios y dignidades militares: «nuestro hermano el
coronel», «nuestro primo el barón», «nuestro tío el consejero íntimo»,
«nuestro tío segundo, el consejero verdaderamente íntimo». Todas las
extravagancias del escalafón social alemán, que discurre incesantemente
títulos nuevos para satisfacer la sed de honores de un pueblo dividido
en castas, eran enumeradas con delectación por la antigua «romántica».
Hasta hablaba del secretario de su esposo, que no era un cualquiera,
pues había ganado como escribiente en las oficinas públicas el título de
_Rechnungsrath_ (Consejero de Cálculo). Además, mencionaba con orgullo
al _Oberpedell_ retirado que tenía en su casa, explicando que esto
quería decir: «Portero superior».
Las noticias referentes á sus hijos no resultaban menos gloriosas. El
mayor era el sabio de la familia. Se dedicaba á la filología y las
ciencias históricas; pero su vista resultaba cada vez más deficiente, á
causa de las continuas lecturas. Pronto sería doctor, y antes de los
treinta años _Herr Professor_. La madre lamentaba que no fuese militar,
considerando sus aficiones como algo que torcía los altos destinos de la
familia. El profesorado, las ciencias y la literatura eran refugio de
los judíos, imposibilitados por su origen de obtener un grado en el
ejército. Pero se consolaba pensando que un profesor célebre puede
conseguir con el tiempo una consideración social casi comparable á la de
un coronel.
Sus otros cuatro hijos varones serían oficiales. El padre preparaba el
terreno para que pudiesen entrar en la Guardia ó en algún regimiento
aristocrático sin que los compañeros de cuerpo votasen en contra al
proponer su admisión. Las dos niñas se casarían seguramente, cuando
tuviesen edad para ello, con oficiales de húsares que ostentasen en su
nombre una partícula nobiliaria, altivos y graciosos señores de los que
hablaba con entusiasmo la hija de _Misiá_ Petrona.
La instalación de los Hartrott era digna de sus nuevas amistades. En la
casa de Berlín, la servidumbre iba de calzón corto y peluca blanca en
noches de gran comida. Karl había comprado un castillo viejo, con
torreones puntiagudos, fantasmas en los subterráneos y varias leyendas
de asesinatos, asaltos y violaciones, que amenizaban su historia de un
modo interesante. Un arquitecto condecorado con muchas órdenes
extranjeras, y que además ostentaba el título de «Consejero de
Construcción», era el encargado de modernizar el edificio medioeval sin
que perdiese su aspecto terrorífico. «La romántica» describía por
anticipado las recepciones en el tenebroso salón, á la luz difusa de las
lámparas eléctricas que imitarían antorchas; el crepitar de la blasonada
chimenea, con sus falsos leños erizados de llamas de gas; todo el
esplendor del lujo moderno aliado con los recuerdos de una época de
nobleza omnipotente, la mejor, según ella, de la Historia. Además, las
cacerías, las futuras cacerías en una extensión de tierras arenosas y
movedizas, con bosques de pinos, en nada comparables al rico suelo de la
estancia natal, pero que habían tenido el honor de ser pisadas siglos
antes por los marqueses de Brandeburgo, fundadores de la casa reinante
de Prusia. Y todos estos progresos, esta rápida ascensión de la familia,
¡en solo un año!... Tenían que luchar con otras familias ultramarinas
que habían amasado fortunas enormes en los Estados Unidos, el Brasil ó
las costas del Pacífico. Pero eran alemanes «sin nacimiento», groseros
plebeyos que en vano pugnaban por introducirse en el gran mundo haciendo
donativos á las obras imperiales. Con todos sus millones, á lo más que
podían aspirar era á unir sus hijas con oficiales de infantería de
línea. ¡Mientras que Karl!... ¡Los parientes de Karl!... Y «la
romántica» dejaba correr la pluma glorificando á una familia en cuyo
seno creía haber nacido.
De tarde en tarde, con las epístolas de Elena llegaban otras breves
dirigidas á Desnoyers. El cuñado le daba cuenta de sus operaciones, lo
mismo que cuando vivía en la estancia protegido por él. Pero á esta
deferencia se unía un orgullo mal disimulado, un deseo de desquitarse de
sus épocas de humillación voluntaria. Todo lo que hacía era grande y
glorioso. Había colocado sus millones en empresas industriales de la
moderna Alemania. Era accionista de fábricas de armamento enormes como
pueblos, de Compañías de navegación que lanzaban un navío cada medio
año. El emperador se interesaba en estas obras, mirando con benevolencia
á los que deseaban ayudarle. Además, Karl compraba tierras. Parecía á
primera vista una locura haber vendido los opulentos campos de su
herencia para adquirir arenales prusianos que sólo producían á fuerza de
abonos. Pero siendo terrateniente figuraba en el «partido agrario», el
grupo aristocrático y conservador por excelencia, y así vivía en dos
mundos opuestos é igualmente distinguidos: el de los grandes
industriales, amigos del emperador, y el de los _junkers_, hidalgos del
campo, guardianes de la tradición y abastecedores de oficiales del rey
de Prusia.
Al enterarse Desnoyers de estos progresos, pensó en los sacrificios
pecuniarios que representaban. Conocía el pasado de Karl. Un día, en la
estancia, á impulsos del agradecimiento, había revelado al francés la
causa de su viaje á América. Era un antiguo oficial del ejército de su
país; pero el deseo de vivir ostentosamente, sin otros recursos que el
sueldo, le arrastró á cometer actos reprensibles: sustracción de fondos
pertenecientes al regimiento, deudas sagradas sin pagar, falsificación
de firmas. Estos delitos no habían sido perseguidos oficialmente por
consideración á la memoria de su padre; pero los compañeros de cuerpo le
sometieron á un tribunal de honor. Sus hermanos y amigos le aconsejaron
el pistoletazo como único remedio; pero él amaba la vida, y huyó á
América, donde á costa de humillaciones había acabado por triunfar. La
riqueza borra las manchas del pasado con más rapidez que el tiempo. La
noticia de su fortuna al otro lado del Océano hizo que su familia le
recibiese bien en el primer viaje, introduciéndolo de nuevo en «su
mundo». Nadie podía recordar historias vergonzosas de centenares de
marcos tratándose de un hombre que hablaba de las tierras de su suegro,
más extensas que muchos principados alemanes. Ahora, al instalarse
definitivamente en el país, todo estaba olvidado; pero ¡qué de
contribuciones impuestas á su vanidad!... Desnoyers adivinó los miles de
marcos vertidos á manos llenas para las obras caritativas de la
emperatriz, para las propagandas imperialistas, para las sociedades de
veteranos, para todos los grupos de agresión y expansión constituídos
por las ambiciones germánicas.
El francés, hombre sobrio, parsimonioso en sus gastos y exento de
ambiciones, sonreía ante las grandezas de su cuñado. Tenía á Karl por un
excelente compañero, aunque de un orgullo pueril. Recordaba con
satisfacción los años que habían pasado juntos en el campo. No podía
olvidar al alemán que rondaba en torno de él cariñoso y sumiso como un
hermano menor. Cuando su familia comentaba con una vivacidad algo
envidiosa las glorias de los parientes de Berlín, él decía sonriendo:
«Déjenlos en paz; su dinero les cuesta.»
Pero el entusiasmo que respiraban las cartas de Alemania acabó por crear
en torno de su persona un ambiente de inquietud y rebelión. Chichí fué
la primera en el ataque. ¿Por qué no iban ellos á Europa, como los
otros? Todas sus amigas habían estado allá. Familias de tenderos
italianos y españoles emprendían el viaje, ¡Y ella, que era hija de un
francés, no había visto París!... ¡Oh, París! Los médicos que asistían
á las señoras melancólicas declaraban la existencia de una enfermedad
nueva y temible: «la enfermedad de París». Doña Luisa apoyaba á su hija.
¿Por qué no había de vivir ella en Europa, lo mismo que su hermana,
siendo como era más rica? Hasta Julio declaró gravemente que en el viejo
mundo estudiaría con mayor aprovechamiento. América no es tierra de
sabios.
Y el padre terminó por hacerse la misma pregunta, extrañando que no se
le hubiera ocurrido antes lo de la ida á Europa ¡Treinta y cuatro años
sin salir de aquel país que no era el suyo!... Ya era hora de marcharse.
Vivía demasiado cerca de los negocios. En vano quería guardar su
indiferencia de estanciero retirado. Todos ganaban dinero en torno de
él. En el club, en el teatro, allí donde iba, las gentes hablaban de
compras de tierras, de ventas, de negocios rápidos con el provecho
triplicado, de liquidaciones portentosas. Empezaban á pesarle las sumas
que guardaba inactivas en los Bancos. Acabaría por mezclarse en alguna
especulación, como el jugador que no puede ver la ruleta sin llevar la
mano al bolsillo. Para esto no valía la pena el haber abandonado la
estancia. Su familia tenía razón: «¡A París!...» Porque en el grupo
Desnoyers, ir á Europa significaba ir á París. Podía «la tía de Berlín»
cantar toda clase de grandezas de la tierra de su marido.
«¡Macanas!--exclamaba Julio, que había hecho serias comparaciones
geográficas y étnicas en sus noches de correría--. No hay más que
París.» Chichí saludaba con una mueca irónica la menor duda acerca de
esto: «¿Es que las modas elegantes las inventan acaso en Alemania?» Doña
Luisa apoyó á sus hijos. ¡París!... Jamás se le había ocurrido ir á una
tierra de luteranos para verse protegida por su hermana.
--¡Vaya por París!--dijo el francés, como si le hablasen de una ciudad
desconocida.
Se había acostumbrado á creer que jamás volvería á ella. Durante sus
primeros años de vida en América le era imposible este viaje, por no
haber hecho el servicio militar. Luego tuvo vagas noticias de diversas
amnistías. Además, había transcurrido tiempo sobrado para la
prescripción. Pero una pereza de su voluntad le hacía considerar la
vuelta á la patria como algo absurdo é inútil. Nada conservaba al otro
lado del mar que tirase de él. Hasta había perdido toda relación con
aquellos parientes del campo que albergaron á su madre. En las horas de
tristeza, proyectaba entretener su actividad elevando un mausoleo
enorme, todo de mármol, en la Recoleta, el cementerio de los ricos, para
trasladar á su cripta los restos de Madariaga, como fundador de
dinastía, siguiéndole él, y luego todos los suyos, cuando les llegase la
hora. Empezaba á sentir el peso de su vejez. Estaba próximo á los
sesenta años, y la vida ruda del campo, las cabalgadas bajo la lluvia,
los ríos vadeados sobre el caballo nadador, las noches pasadas al raso,
le habían proporcionado un reuma que amargaba sus mejores días.
Pero la familia acabó por comunicarle su entusiasmo. «¡A París!...»
Creía tener veinte años. Y olvidando la habitual parsimonia, deseó que
los suyos viajasen lo mismo que una familia reinante, en camarotes de
gran lujo y con servidumbre propia. Dos vírgenes cobrizas nacidas en la
estancia y elevadas al rango de doncellas de la señora y su hija les
siguieron en el viaje, sin que sus ojos oblicuos revelasen asombro ante
las mayores novedades.
Una vez en París, Desnoyers se sintió desorientado. Embrollaba los
nombres de las calles y proponía visitas á edificios desaparecidos mucho
antes. Todas sus iniciativas para alardear de buen conocedor iban
acompañadas de fracasos. Sus hijos, guiándose por recientes lecturas,
conocían París mejor que él. Se consideraba un extranjero en su patria.
Al principio, hasta experimentó cierta extrañeza al hacer uso del idioma
natal. Había permanecido en la estancia años enteros sin pronunciar una
palabra en su lengua. Pensaba en español, y al trasladar las ideas al
idioma de sus ascendientes, salpicaba el francés con toda clase de
locuciones criollas.
--Donde un hombre hace su fortuna y constituye su familia, allí está su
verdadera patria--decía sentenciosamente, recordando á Madariaga.
La imagen del lejano país resurgió en él con obsesión dominadora tan
pronto como se amortiguaron las primeras impresiones del viaje. No tenía
amigos franceses, y al salir á la calle, sus pasos le encaminaban
instintivamente hacia los lugares de reunión de los argentinos. A éstos
les ocurría lo mismo. Se habían alejado de su patria, para sentir con
más intensidad el deseo de hablar de ella á todas horas. Leía los
periódicos de allá, comentaba el alza de los campos, la importancia de
la próxima cosecha, la venta de novillos. Al volver hacia su casa le
acompañaba igualmente el recuerdo de la tierra americana, pensando con
delectación en que las dos _chinas_ habrían atropellado la dignidad
profesional de la cocinera francesa, preparando una _mazamorra_, una
_carbonada_ ó un puchero á estilo criollo.
Se había instalado la familia en una casa ostentosa de la avenida Víctor
Hugo: veintiocho mil francos de alquiler. Doña Luisa tuvo que entrar y
salir muchas veces para habituarse al imponente aspecto de los porteros:
él condecorado, vestido de negro y con patillas blancas, como un notario
de comedia; ella majestuosa, con cadena de oro sobre el pecho
exuberante, y recibiendo á los inquilinos en un salón rojo y dorado.
Arriba, en las habitaciones, un lujo ultramoderno, frío y glacial á la
vista, con paredes blancas y vidrieras de pequeños rectángulos,
exasperaba á Desnoyers, que sentía entusiasmo por las tallas complicadas
y los muebles ricos de su juventud. El mismo dirigió el arreglo de las
numerosas piezas, que parecían siempre vacías.
Chichí protestaba de la avaricia de papá al verle comprar lentamente,
con tanteos y vacilaciones.
--Avaro, no--respondía él--. Es que conozco el precio de las cosas.
Los objetos sólo le gustaban, cuando los había adquirido por la tercera
parte de su valor. El engaño del que se desprendía de ellos representaba
un testimonio de superioridad para el que los compraba. París le ofreció
un lugar de placeres como no podía encontrarlo en el resto del mundo: el
Hotel Drouot. Iba á él todas las tardes, cuando no encontraba en los
periódicos el anuncio de otras subastas de importancia. Durante varios
años no hubo naufragio célebre en la vida parisién, con la consiguiente
liquidación de restos, del que no se llevase una parte. La utilidad y
necesidad de las adquisiciones resultaban de interés secundario; lo
importante era adquirir á precios irrisorios. Y las subastas inundaron
aquellas habitaciones que al principio se amueblaban con lentitud
desesperante.