Había aproximado su silla á la de ella todo lo posible. Sus rodillas

estaban en contacto. Tomaba una de sus manos, acariciándola,

introduciendo un dedo por la abertura del guante. ¡Aquel maldito jardín,

que no permitía mayores intimidades y les obligaba á hablar en voz baja

después de tres meses de ausencia!... A pesar de su discreción, el

señor que leía el periódico levantó la cabeza para mirarles irritado por

encima de sus gafas, como si una mosca le distrajera con sus zumbidos...

¡Venir á hablar tonterías de amor en un jardín público, cuando toda

Europa estaba amenazada de una catástrofe!

Margarita, repeliendo la mano audaz, habló tranquilamente de su

existencia durante los últimos meses.

--He entretenido mi vida como he podido, aburriéndome mucho. Ya sabes

que me fuí á vivir con mamá, y mamá es una señora á la antigua, que no

comprende nuestros gustos. He ido al teatro con mi hermano; he hecho

visitas al abogado para enterarme de la marcha de mi divorcio y darle

prisa... Y nada más.

--¿Y tu marido?...

--No hablemos de él, ¿quieres? El pobre me da lástima. Tan bueno... tan

correcto. El abogado asegura que pasa por todo y no quiere oponer

obstáculos. Me dicen que no viene á París, que vive en su fábrica.

Nuestra antigua casa está cerrada. Hay veces que siento remordimiento al

pensar que he sido mala con él.

--¿Y yo?--dijo Julio retirando su mano.

--Tienes razón--contestó ella sonriendo--. Tú eres la vida. Resulta

cruel, pero es humano. Debemos vivir nuestra existencia, sin fijarnos en

si molestamos á los demás. Hay que ser egoístas para ser felices.

Los dos quedaron en silencio. El recuerdo del marido había pasado entre

ellos como un soplo glacial. Julio fué el primero en reanimarse.

--¿Y no has bailado en todo este tiempo?

--No; ¿cómo era posible? Fíjate, ¡una señora que está en gestiones de

divorcio!... No he ido á ninguna reunión _chic_ desde que te marchaste.

He querido guardar cierto luto por tu ausencia. Un día tangueamos en una

fiesta de familia. ¡Qué horror!... Faltabas tú, maestro.

Habían vuelto á estrecharse las manos y sonreían. Desfilaban ante sus

ojos los recuerdos de algunos meses antes, cuando se había iniciado su

amor, de cinco á siete de la tarde, bailando en los hoteles de los

Campos Elíseos que realizaban la unión indisoluble del tango con la taza

de té.

Ella pareció arrancarse de estos recuerdos á impulsos de una obsesión

tenaz que sólo había olvidado en los primeros instantes del encuentro.

--Tú que sabes mucho, di: ¿crees que habrá guerra? ¡La gente habla

tanto!... ¿No te parece que todo acabará por arreglarse?

Desnoyers la apoyó con su optimismo. No creía en la posibilidad de una

guerra. Era algo absurdo.

--Lo mismo digo yo. Nuestra época no es de salvajes. Yo he conocido

alemanes, personas _chic_ y bien educadas, que seguramente piensan igual

que nosotros. Un profesor viejo que va á casa explicaba ayer á mamá que

las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto. A los dos

meses, apenas quedarían hombres; á los tres, el mundo se vería sin

dinero para continuar la lucha. No recuerdo cómo era esto, pero él lo

explicaba palpablemente, de un modo que daba gusto oirle.

Reflexionó en silencio, queriendo coordinar sus recuerdos confusos; pero

asustada ante el esfuerzo que esto suponía, añadió por su cuenta:

--Imagínate una guerra. ¡Qué horror! La vida social paralizada. Se

acabarían las reuniones, los trajes, los teatros. Hasta es posible que

no se inventasen modas. Todas las mujeres de luto. ¿Concibes eso?... Y

París desierto... ¡Tan bonito que lo encontraba yo esta tarde cuando

venía en tu busca!... No, no puede ser. Figúrate que el mes próximo nos

vamos á Vichy: mamá necesita las aguas; luego á Biarritz. Después iré á

un castillo del Loire. Y además, hay nuestro asunto, mi divorcio,

nuestro casamiento, que puede realizarse el año que viene... ¡Y todo

esto vendría á estorbarlo y cortarlo una guerra! No, no es posible. Son

cosas de mi hermano y de otros como él, que sueñan con el peligro de

Alemania. Estoy segura de que mi marido, que sólo gusta de ocuparse en

cosas serias y enojosas, también es de los que creen próxima la guerra y

se preparan para hacerla. ¡Qué disparate! Di conmigo que es un

disparate. Necesito que tú me lo digas.

Y tranquilizada por las afirmaciones de su amante, cambió el rumbo de la

conversación. La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella

evocó en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No

habían tenido tiempo para escribirse durante la corta separación.

--¿Conseguiste dinero? Con la alegría de verte he olvidado tantas

cosas...

El habló adoptando el aire de un hombre experto en negocios. Traía menos

de lo que esperaba. Había encontrado al país en una de sus crisis

periódicas. Pero aun así, había conseguido reunir cuatrocientos mil

francos. En la cartera guardaba un cheque por esta cantidad. Más

adelante le harían nuevos envíos. Un señor del campo, algo pariente

suyo, cuidaba de sus asuntos. Margarita parecía satisfecha. También

adoptó ella un aire de mujer grave, á pesar de su frivolidad.

--El dinero es el dinero--dijo sentenciosamente--, y sin él no hay dicha

segura. Con tus cuatrocientos mil y lo que yo tengo podremos ir

adelante... Te advierto que mi marido desea entregar mi dote. Así lo ha

dicho á mi hermano. Pero el estado de sus negocios, la marcha de su

fábrica, no le permiten restituir con tanta prisa como él quisiera

hacerlo. El pobre me da lástima... Tan honrado y recto en todas sus

cosas. ¡Si no fuese tan vulgar!...

Otra vez pareció arrepentirse Margarita de estos elogios espontáneos y

tardíos que enfriaban su entrevista. Julio parecía molesto al

escucharlos. Y de nuevo cambió ella el objeto de su charla.

--¿Y tu familia? ¿La has visto?...

Desnoyers había estado en casa de sus padres antes de dirigirse á la

Capilla Expiatoria. Una entrada furtiva en el gran edificio de la

avenida Víctor Hugo. Había subido al primer piso por la escalera de

servicio, como un proveedor. Luego se había deslizado en la cocina lo

mismo que un soldado amante de una de las criadas. Allí había venido á

abrazarle su madre, la pobre doña Luisa, llorando, cubriéndolo de besos

frenéticos, como si hubiese creído perderle para siempre. Luego había

aparecido Luisita, la llamada Chichí, que le contemplaba siempre con

simpática curiosidad, como si quisiera enterarse bien de cómo es un

hermano malo y adorable que aparta á las mujeres decentes del camino de

la virtud y vive haciendo locuras. A continuación, una gran sorpresa

para Desnoyers, pues vió entrar en la cocina, con aires de actriz

solemne, de madre noble de tragedia, á su tía Elena, la casada con el

alemán, la que vivía en Berlín rodeada de innumerables hijos.

--Está en París hace un mes. Va á pasar una temporada en nuestro

castillo. Y también parece que anda por aquí su hijo mayor, mi primo «el

sabio», al que no he visto hace años.

La entrevista había sido cortada repetidas veces por el miedo. «El viejo

está en casa; ten cuidado», le decía su madre cada vez que levantaba la

voz. Y su tía Elena iba hacia la puerta con paso dramático, lo mismo que

una heroína resuelta á dar de puñaladas al tirano si pasa el umbral de

su cámara. Toda la familia continuaba sometida á la rígida autoridad de

don Marcelo Desnoyers.

--¡Ay, ese viejo!--exclamó Julio, refiriéndose á su padre--. Que viva

muchos años, pero ¡cómo pesa sobre todos nosotros!

Su madre, que no se cansaba de contemplarle, había tenido que acelerar

el final de la entrevista, asustada por ciertos ruidos. «Márchate;

podría sorprendernos, y el disgusto sería enorme.» Y él había huído de

la casa paterna saludado por las lágrimas de las dos señoras y las

miradas admirativas de Chichí, ruborosa y satisfecha á la vez de un

hermano que provocaba entre sus amigas escándalo y entusiasmo.

Margarita habló también del señor Desnoyers. Un viejo terrible, un

hombre á la antigua, con el que no llegarían nunca á entenderse.

Quedaron en silencio los dos, mirándose fijamente. Ya se habían dicho lo

de mayor urgencia, lo que interesaba á su porvenir. Pero otras cosas más

inmediatas quedaban en su interior y parecían asomar á los ojos, tímidas

y vacilantes, antes de escaparse en forma de palabras. No se atrevían á

hablar como enamorados. Cada vez era mayor en torno de ellos el número

de testigos. La señora de los perros y la peluca roja pasaba con más

frecuencia, acortando sus vueltas por el _square_ para saludarlos con

una sonrisa de complicidad. El lector de periódicos contaba ahora con un

vecino de banco para hablar de las posibilidades de la guerra. El

jardín se convertía en una calle. Las modistillas, al salir de los

obradores, y las señoras, de vuelta de los almacenes, lo atravesaban

para ganar terreno. La corta avenida era un atajo cada vez más

frecuentado, y todos los transeuntes lanzaban al pasar una mirada

curiosa sobre la señora elegante y su compañero, sentados al amparo de

un grupo de vegetación, con el aspecto encogido y falsamente natural de

las personas que desean ocultarse y fingen al mismo tiempo una actitud

despreocupada.

--¡Qué fastidio!--gimió Margarita--. Nos van á sorprender.

Una muchacha la miró fijamente, y ella creyó reconocer á una empleada de

un modisto célebre. Además, podían atravesar el jardín algunas de las

personas amigas que una hora antes había entrevisto en la muchedumbre

que llenaba los grandes almacenes próximos.

--Vámonos--continuó--. ¡Si nos viesen juntos! Figúrate lo que

hablarían... Y ahora precisamente que la gente nos tiene algo olvidados.

Desnoyers protestó con mal humor. ¿Marcharse?... París era pequeño para

ellos por culpa de Margarita, que se negaba á volver al único sitio

donde estarían al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un

restorán, allí donde fuesen, corrían igual riesgo de ser conocidos. Ella

sólo aceptaba entrevistas en lugares públicos, y al mismo tiempo sentía

miedo á la curiosidad de la gente. ¡Si Margarita quisiera ir á su

estudio, de tan dulces recuerdos!...

--- No; á tu casa no--repuso ella con apresuramiento--. No puedo olvidar

el último día que estuve allí.

Pero Julio insistió, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de

una primera vacilación. ¿Dónde estarían mejor? Además, ¿no iban á

casarse tan pronto como les fuese posible?...

--Te digo que no--repitió ella--. ¡Quién sabe si mi marido me vigila!

¡Qué complicación para mi divorcio si nos sorprendiesen en tu casa!

Ahora fué él quien hizo el elogio del marido, esforzándose por demostrar

que esta vigilancia era incompatible con su carácter. El ingeniero había

aceptado los hechos, juzgándolos irreparables, y en aquel momento sólo

pensaba en rehacer su vida.

--No; mejor es separarse--continuó ella--. Mañana nos veremos. Tú

buscarás otro sitio más discreto. Piensa; tú encontrarás solución á

todo.

Pero él deseaba la solución inmediata. Habían abandonado sus asientos,

dirigiéndose lentamente hacia la _rue des Mathurins_. Julio hablaba con

una elocuencia temblorosa y persuasiva. Mañana, no: ahora. No tenían mas

que llamar á un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el

aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad en

aquel estudio que había visto sus mejores horas. Creerían que no había

transcurrido el tiempo, que estaban aún en sus primeras entrevistas.

--No--dijo ella con acento desfallecido, buscando una última

resistencia--. Además, estará allí tu secretario, ese español que te

acompaña. ¡Qué vergüenza encontrarme con él!...

Julio rió... ¡Argensola! ¿Podía ser un obstáculo este camarada que

conocía todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldría

inmediatamente. Más de una vez lo había obligado á abandonar el estudio

para que no estorbase. Su discreción era tal, que le hacía presentir los

sucesos. De seguro que había salido, adivinando una visita próxima que

no podía ser más lógica. Andaría por las calles en busca de noticias.

Calló Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus

pretextos. Desnoyers calló también, aceptando favorablemente su

silencio. Habían salido del jardín, y ella miraba en torno con

inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y

buscando un refugio. De pronto vió ante ella una portezuela roja de

automóvil abierta por la mano de su compañero.

--Sube--ordenó Julio.

Y ella subió apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El

vehículo se puso en marcha á gran velocidad. Margarita bajó

inmediatamente la cortinilla de la ventana próxima á su asiento. Pero

antes de que terminase la operación y pudiera volver la cabeza, sintió

una boca ávida que acariciaba su nuca.

--No; aquí no--dijo con tono suplicante--. Seamos serios.

Y mientras él, rebelde á estas exhortaciones, insistía en sus

apasionados avances, la voz de Margarita volvió á sonar sobre el

estrépito de ferretería vieja que lanzaba el automóvil saltando sobre el

pavimento.

--¿Crees realmente que no habrá guerra? ¿Crees que podremos casarnos?...

Dímelo otra vez. Necesito que me tranquilices... Quiero oirlo de tu

boca.

II

El centauro Madariaga

En 1870, Marcelo Desnoyers tenía diez y nueve años. Había nacido en los

alrededores de París. Era hijo único, y su padre, dedicado á pequeñas

especulaciones de construcción, mantenía á la familia, en un modesto

bienestar. El albañil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo

empezaba los estudios preparatorios, cuando murió el padre

repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, él y

su madre descendieron la pendiente de la ruina, viéndose obligados á

renunciar sus comodidades burguesas para vivir como los obreros.

Cuando á los catorce años tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista.

Este oficio era un arte y estaba en relación con las aficiones

despertadas en Marcelo por sus estudios forzosamente abandonados. La

madre se retiró al campo buscando el amparo de unos parientes. El avanzó

con rapidez en el taller, ayudando á su maestro en todos los trabajos

importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias de la

guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella trabajando en el

decorado de un teatro.

Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jóvenes de su

generación. Además estaba influenciado por los obreros viejos, que

habían intervenido en la República del 48 y guardaban vivo el recuerdo

del golpe de Estado del 2 de Diciembre. Un día vió en las calles de

Marsella una manifestación popular en favor de la paz, que equivalía á

una protesta contra el gobierno. Los viejos republicanos en lucha

implacable con el emperador, los compañeros de la Internacional que

acababa de organizarse, y gran número de españoles é italianos huídos de

sus países por recientes insurrecciones, componían el cortejo. Un

estudiante melenudo y tísico llevaba la bandera, «Es la paz lo que

deseamos; una paz que una á todos los hombres», cantaban los

manifestantes. Pero en la tierra, los más nobles propósitos rara vez son

oídos, pues el destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas

entraron en la Cannebière los amigos de la paz con su himno y su

estandarte, fué la guerra lo que les salió al paso, teniendo que apelar

al puño y al garrote. El día antes habían desembarcado unos batallones

de zuavos de Argelia que iban á reforzar el ejército de la frontera, y

estos veteranos, acostumbrados á la existencia colonial, poco

escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la

manifestación, unos con las bayonetas, otros con los cinturones

desceñidos. «¡Viva la guerra!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayó

sobre los cantores. Marcelo pudo ver cómo el cándido estudiante que

hacía llamamientos á la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto

en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se enteró

de más, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un

hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros.

Aquel día se reveló por primera vez su carácter tenaz, soberbio,

irritable ante la contradicción, hasta el punto de adoptar las más

extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfureció

como algo que pedía venganza. «¡Abajo la guerra!» Ya que no le era

posible protestar de otro modo, abandonaría su país. La lucha iba á ser

larga, desastrosa, según los enemigos del Imperio. El entraba en quinta

dentro de unos meses. Podía el emperador arreglar sus asuntos como mejor

le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vaciló un poco

al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no la

abandonarían y él tenía el propósito de trabajar mucho para enviarle

dinero. ¡Quién sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!...

¡Adiós, Francia!

Gracias á sus ahorros, un corredor del puerto le ofreció el embarque sin

papeles en tres buques. Uno iba á Egipto, otro á Australia, otro á

Montevideo y Buenos Aires; ¿cuál le parecía mejor?... Desnoyers,

recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que

le marcase, como lo había visto hacer á varios héroes de novelas. Pero

aquel día el viento soplaba de la parte del mar, internándose en

Francia. También quiso echar una moneda en alto para que indicase su

destino. Al fin se decidió por el buque que saliese antes. Sólo cuando

estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor próximo á

zarpar tuvo interés en conocer su rumbo: «Para el río de la Plata...» Y

acogió estas palabras con un gesto de fatalista. «¡Vaya por la América

del Sur!» No le desagradaba el país. Lo conocía por ciertas

publicaciones de viajes, cuyas láminas representaban tropeles de

caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos

volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas.

El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje á América:

cuarenta y tres días de navegación en un vapor pequeño y desvencijado,

que sonaba á hierro viejo, gemía por todas sus junturas al menor golpe

de mar, y se detuvo cuatro veces por fatiga de la máquina, quedando á

merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses

sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existía. Sintió

vergüenza al saber que la nación se gobernaba por sí misma,

defendiéndose tenazmente detrás de las murallas de París. ¡Y él había

huído!... Meses después, los sucesos de la Commune le consolaron de su

fuga. De quedarse allá, la cólera por los fracasos nacionales, sus

relaciones de compañerismo, el ambiente en que vivía, todo le hubiese

arrastrado á la revuelta. A aquellas horas estaría fusilado ó viviría en

un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabó su

resolución y dejó de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de

ganarse la subsistencia en un país extranjero, cuya lengua empezaba á

conocer, hizo que sólo se ocupase de su persona. La vida agitada y

aventurera de los pueblos nuevos le arrastró á través de los más

diversos oficios y las más disparatadas improvisaciones. Se sintió

fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca había tenido en el viejo

mundo. «Yo sirvo para todo--decía--, si me dan tiempo para ejercitarme.»

Hasta fué soldado--él, que había huído de su patria por no tomar un

fusil--, y recibió una herida en uno de los muchos combates entre

«blancos» y «colorados» de la Ribera Oriental.

En Buenos Aires volvió á trabajar de tallista. La ciudad empezaba á

transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers pasó

varios años ornando salones y fachadas. Fué una existencia laboriosa,

sedentaria, y remuneradora. Pero un día se cansó de este ahorro lento

que sólo podía proporcionarle á la larga una fortuna mediocre. El había

ido al nuevo mundo para hacerse rico como tantos otros. Y á los

veintisiete años se lanzó de nuevo en plena aventura, huyendo de las

ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entrañas de una Naturaleza

virgen. Intentó cultivos en las selvas del Norte, pero la langosta los

arrasó en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con solo dos

peones tropas de novillos y mulas, que hacía pasar á Chile ó Bolivia por

las soledades nevadas de los Andes. Perdió en esta vida la exacta noción

del tiempo y el espacio, emprendiendo travesías que duraban meses por

llanuras interminables. Tan pronto se consideraba próximo á la fortuna,

como lo perdía todo de golpe por una especulación desgraciada. Y en uno

de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta años, fué

cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga.

Conocía á este millonario rústico por sus compras de reses. Era un

español que había llegado muy joven al país, plegándose con gusto á sus

costumbres y viviendo como un gaucho, después de adquirir enormes

propiedades. Generalmente, lo apodaban el _gallego_ Madariaga, á causa

de su nacionalidad, aunque había nacido en Castilla. Las gentes del

campo trasladaban al apellido el título de respeto que precede al

nombre, llamándole _don_ Madariaga.

--Compañero--dijo á Desnoyers un día que estaba de buen humor, lo que en

él era raro--, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de

lejos. ¿Por qué sigue en esa perra vida?... Créame, gabacho, y quédese

aquí. Yo voy haciéndome viejo y necesito un hombre.

Al concertarse el francés con Madariaga, los propietarios de las

inmediaciones, que vivían á quince ó veinte leguas de la estancia,

detenían al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de

infortunios.

--No durará usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos

perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que

matarlo ó abandonarlo. Pronto se marchará usted.

Desnoyers no tardó en convencerse de que había algo de cierto en tales

murmuraciones. Madariaga era de un carácter insufrible; pero tocado de

cierta simpatía por el francés, procuraba no molestarlo con su

irritabilidad.

--Es una perla ese gabacho--decía, como excusando sus muestras de

consideración--. Yo lo quiero porque es muy serio.... Así me gustan á mí

los hombres.

No sabía con certeza el mismo Desnoyers en qué podía consistir esta

seriedad tan admirada por su patrón, pero experimentó un secreto orgullo

al verle agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba al

hablar con él un tono de rudeza paternal.

La familia la constituían su esposa _Misiá_ Petrona, á la que él llamaba

la _china_, y dos hijas, ya mujeres, que habían pasado por un colegio de

Buenos Aires, pero al volver á la estancia recobraron en parte la

rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga era enorme. Había vivido

en el campo desde su llegada á América, cuando la gente blanca no se

atrevía á establecerse fuera de las poblaciones por miedo á los indios

bravos. Su primer dinero lo ganó como heroico comerciante, llevando

mercancías en una carreta de fortín en fortín. Mató indios, fué herido

dos veces por ellos, vivió cautivo una temporada y acabó por hacerse

amigo de un cacique. Con sus ganancias compró tierra, mucha tierra, poco

deseada por lo insegura, dedicándose á la cría de novillos, que había de

defender carabina en mano de los piratas de las praderas. Luego se casó

con su _china_, joven mestiza que iba descalza, pero tenía varios campos

de sus padres. Estos habían vivido en una pobreza casi salvaje sobre

tierras de su propiedad que exigían varias jornadas de trote para ser

recorridas. Después, cuando el gobierno fué empujando los indios hacia

las fronteras y puso en venta los territorios sin dueño--apreciando como

una abnegación patriótica que alguien quisiera adquirirlos--, Madariaga

compró y compró á precios insignificantes y con larguísimos plazos.

Adquirir tierra y poblarla de animales fué la misión de su vida. A

veces, galopando en compañía de Desnoyers por sus campos interminables,

no podía reprimir un sentimiento de orgullo:

--Diga, gabacho. Según cuentan, más arriba de su país parece que hay

naciones poco más ó menos del tamaño de mis estancias. ¿No es así?...

El francés aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores á muchos

principados. Esto ponía de buen humor al estanciero.

--Entonces no sería un disparate que un día me proclamase yo rey.

Figúrese, gabacho. ¡Don Madariaga _primero_!... Lo malo es que también

sería el último, porque la _china_ no quiere darme un hijo... Es una

vaca floja.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 2 / 33 段