estaban en contacto. Tomaba una de sus manos, acariciándola,
introduciendo un dedo por la abertura del guante. ¡Aquel maldito jardín,
que no permitía mayores intimidades y les obligaba á hablar en voz baja
después de tres meses de ausencia!... A pesar de su discreción, el
señor que leía el periódico levantó la cabeza para mirarles irritado por
encima de sus gafas, como si una mosca le distrajera con sus zumbidos...
¡Venir á hablar tonterías de amor en un jardín público, cuando toda
Europa estaba amenazada de una catástrofe!
Margarita, repeliendo la mano audaz, habló tranquilamente de su
existencia durante los últimos meses.
--He entretenido mi vida como he podido, aburriéndome mucho. Ya sabes
que me fuí á vivir con mamá, y mamá es una señora á la antigua, que no
comprende nuestros gustos. He ido al teatro con mi hermano; he hecho
visitas al abogado para enterarme de la marcha de mi divorcio y darle
prisa... Y nada más.
--¿Y tu marido?...
--No hablemos de él, ¿quieres? El pobre me da lástima. Tan bueno... tan
correcto. El abogado asegura que pasa por todo y no quiere oponer
obstáculos. Me dicen que no viene á París, que vive en su fábrica.
Nuestra antigua casa está cerrada. Hay veces que siento remordimiento al
pensar que he sido mala con él.
--¿Y yo?--dijo Julio retirando su mano.
--Tienes razón--contestó ella sonriendo--. Tú eres la vida. Resulta
cruel, pero es humano. Debemos vivir nuestra existencia, sin fijarnos en
si molestamos á los demás. Hay que ser egoístas para ser felices.
Los dos quedaron en silencio. El recuerdo del marido había pasado entre
ellos como un soplo glacial. Julio fué el primero en reanimarse.
--¿Y no has bailado en todo este tiempo?
--No; ¿cómo era posible? Fíjate, ¡una señora que está en gestiones de
divorcio!... No he ido á ninguna reunión _chic_ desde que te marchaste.
He querido guardar cierto luto por tu ausencia. Un día tangueamos en una
fiesta de familia. ¡Qué horror!... Faltabas tú, maestro.
Habían vuelto á estrecharse las manos y sonreían. Desfilaban ante sus
ojos los recuerdos de algunos meses antes, cuando se había iniciado su
amor, de cinco á siete de la tarde, bailando en los hoteles de los
Campos Elíseos que realizaban la unión indisoluble del tango con la taza
de té.
Ella pareció arrancarse de estos recuerdos á impulsos de una obsesión
tenaz que sólo había olvidado en los primeros instantes del encuentro.
--Tú que sabes mucho, di: ¿crees que habrá guerra? ¡La gente habla
tanto!... ¿No te parece que todo acabará por arreglarse?
Desnoyers la apoyó con su optimismo. No creía en la posibilidad de una
guerra. Era algo absurdo.
--Lo mismo digo yo. Nuestra época no es de salvajes. Yo he conocido
alemanes, personas _chic_ y bien educadas, que seguramente piensan igual
que nosotros. Un profesor viejo que va á casa explicaba ayer á mamá que
las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto. A los dos
meses, apenas quedarían hombres; á los tres, el mundo se vería sin
dinero para continuar la lucha. No recuerdo cómo era esto, pero él lo
explicaba palpablemente, de un modo que daba gusto oirle.
Reflexionó en silencio, queriendo coordinar sus recuerdos confusos; pero
asustada ante el esfuerzo que esto suponía, añadió por su cuenta:
--Imagínate una guerra. ¡Qué horror! La vida social paralizada. Se
acabarían las reuniones, los trajes, los teatros. Hasta es posible que
no se inventasen modas. Todas las mujeres de luto. ¿Concibes eso?... Y
París desierto... ¡Tan bonito que lo encontraba yo esta tarde cuando
venía en tu busca!... No, no puede ser. Figúrate que el mes próximo nos
vamos á Vichy: mamá necesita las aguas; luego á Biarritz. Después iré á
un castillo del Loire. Y además, hay nuestro asunto, mi divorcio,
nuestro casamiento, que puede realizarse el año que viene... ¡Y todo
esto vendría á estorbarlo y cortarlo una guerra! No, no es posible. Son
cosas de mi hermano y de otros como él, que sueñan con el peligro de
Alemania. Estoy segura de que mi marido, que sólo gusta de ocuparse en
cosas serias y enojosas, también es de los que creen próxima la guerra y
se preparan para hacerla. ¡Qué disparate! Di conmigo que es un
disparate. Necesito que tú me lo digas.
Y tranquilizada por las afirmaciones de su amante, cambió el rumbo de la
conversación. La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella
evocó en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No
habían tenido tiempo para escribirse durante la corta separación.
--¿Conseguiste dinero? Con la alegría de verte he olvidado tantas
cosas...
El habló adoptando el aire de un hombre experto en negocios. Traía menos
de lo que esperaba. Había encontrado al país en una de sus crisis
periódicas. Pero aun así, había conseguido reunir cuatrocientos mil
francos. En la cartera guardaba un cheque por esta cantidad. Más
adelante le harían nuevos envíos. Un señor del campo, algo pariente
suyo, cuidaba de sus asuntos. Margarita parecía satisfecha. También
adoptó ella un aire de mujer grave, á pesar de su frivolidad.
--El dinero es el dinero--dijo sentenciosamente--, y sin él no hay dicha
segura. Con tus cuatrocientos mil y lo que yo tengo podremos ir
adelante... Te advierto que mi marido desea entregar mi dote. Así lo ha
dicho á mi hermano. Pero el estado de sus negocios, la marcha de su
fábrica, no le permiten restituir con tanta prisa como él quisiera
hacerlo. El pobre me da lástima... Tan honrado y recto en todas sus
cosas. ¡Si no fuese tan vulgar!...
Otra vez pareció arrepentirse Margarita de estos elogios espontáneos y
tardíos que enfriaban su entrevista. Julio parecía molesto al
escucharlos. Y de nuevo cambió ella el objeto de su charla.
--¿Y tu familia? ¿La has visto?...
Desnoyers había estado en casa de sus padres antes de dirigirse á la
Capilla Expiatoria. Una entrada furtiva en el gran edificio de la
avenida Víctor Hugo. Había subido al primer piso por la escalera de
servicio, como un proveedor. Luego se había deslizado en la cocina lo
mismo que un soldado amante de una de las criadas. Allí había venido á
abrazarle su madre, la pobre doña Luisa, llorando, cubriéndolo de besos
frenéticos, como si hubiese creído perderle para siempre. Luego había
aparecido Luisita, la llamada Chichí, que le contemplaba siempre con
simpática curiosidad, como si quisiera enterarse bien de cómo es un
hermano malo y adorable que aparta á las mujeres decentes del camino de
la virtud y vive haciendo locuras. A continuación, una gran sorpresa
para Desnoyers, pues vió entrar en la cocina, con aires de actriz
solemne, de madre noble de tragedia, á su tía Elena, la casada con el
alemán, la que vivía en Berlín rodeada de innumerables hijos.
--Está en París hace un mes. Va á pasar una temporada en nuestro
castillo. Y también parece que anda por aquí su hijo mayor, mi primo «el
sabio», al que no he visto hace años.
La entrevista había sido cortada repetidas veces por el miedo. «El viejo
está en casa; ten cuidado», le decía su madre cada vez que levantaba la
voz. Y su tía Elena iba hacia la puerta con paso dramático, lo mismo que
una heroína resuelta á dar de puñaladas al tirano si pasa el umbral de
su cámara. Toda la familia continuaba sometida á la rígida autoridad de
don Marcelo Desnoyers.
--¡Ay, ese viejo!--exclamó Julio, refiriéndose á su padre--. Que viva
muchos años, pero ¡cómo pesa sobre todos nosotros!
Su madre, que no se cansaba de contemplarle, había tenido que acelerar
el final de la entrevista, asustada por ciertos ruidos. «Márchate;
podría sorprendernos, y el disgusto sería enorme.» Y él había huído de
la casa paterna saludado por las lágrimas de las dos señoras y las
miradas admirativas de Chichí, ruborosa y satisfecha á la vez de un
hermano que provocaba entre sus amigas escándalo y entusiasmo.
Margarita habló también del señor Desnoyers. Un viejo terrible, un
hombre á la antigua, con el que no llegarían nunca á entenderse.
Quedaron en silencio los dos, mirándose fijamente. Ya se habían dicho lo
de mayor urgencia, lo que interesaba á su porvenir. Pero otras cosas más
inmediatas quedaban en su interior y parecían asomar á los ojos, tímidas
y vacilantes, antes de escaparse en forma de palabras. No se atrevían á
hablar como enamorados. Cada vez era mayor en torno de ellos el número
de testigos. La señora de los perros y la peluca roja pasaba con más
frecuencia, acortando sus vueltas por el _square_ para saludarlos con
una sonrisa de complicidad. El lector de periódicos contaba ahora con un
vecino de banco para hablar de las posibilidades de la guerra. El
jardín se convertía en una calle. Las modistillas, al salir de los
obradores, y las señoras, de vuelta de los almacenes, lo atravesaban
para ganar terreno. La corta avenida era un atajo cada vez más
frecuentado, y todos los transeuntes lanzaban al pasar una mirada
curiosa sobre la señora elegante y su compañero, sentados al amparo de
un grupo de vegetación, con el aspecto encogido y falsamente natural de
las personas que desean ocultarse y fingen al mismo tiempo una actitud
despreocupada.
--¡Qué fastidio!--gimió Margarita--. Nos van á sorprender.
Una muchacha la miró fijamente, y ella creyó reconocer á una empleada de
un modisto célebre. Además, podían atravesar el jardín algunas de las
personas amigas que una hora antes había entrevisto en la muchedumbre
que llenaba los grandes almacenes próximos.
--Vámonos--continuó--. ¡Si nos viesen juntos! Figúrate lo que
hablarían... Y ahora precisamente que la gente nos tiene algo olvidados.
Desnoyers protestó con mal humor. ¿Marcharse?... París era pequeño para
ellos por culpa de Margarita, que se negaba á volver al único sitio
donde estarían al abrigo de toda sorpresa. En otro paseo, en un
restorán, allí donde fuesen, corrían igual riesgo de ser conocidos. Ella
sólo aceptaba entrevistas en lugares públicos, y al mismo tiempo sentía
miedo á la curiosidad de la gente. ¡Si Margarita quisiera ir á su
estudio, de tan dulces recuerdos!...
--- No; á tu casa no--repuso ella con apresuramiento--. No puedo olvidar
el último día que estuve allí.
Pero Julio insistió, adivinando en su firme negativa el agrietamiento de
una primera vacilación. ¿Dónde estarían mejor? Además, ¿no iban á
casarse tan pronto como les fuese posible?...
--Te digo que no--repitió ella--. ¡Quién sabe si mi marido me vigila!
¡Qué complicación para mi divorcio si nos sorprendiesen en tu casa!
Ahora fué él quien hizo el elogio del marido, esforzándose por demostrar
que esta vigilancia era incompatible con su carácter. El ingeniero había
aceptado los hechos, juzgándolos irreparables, y en aquel momento sólo
pensaba en rehacer su vida.
--No; mejor es separarse--continuó ella--. Mañana nos veremos. Tú
buscarás otro sitio más discreto. Piensa; tú encontrarás solución á
todo.
Pero él deseaba la solución inmediata. Habían abandonado sus asientos,
dirigiéndose lentamente hacia la _rue des Mathurins_. Julio hablaba con
una elocuencia temblorosa y persuasiva. Mañana, no: ahora. No tenían mas
que llamar á un «auto» de alquiler; unos minutos de carrera, y luego el
aislamiento, el misterio, la vuelta al dulce pasado, la intimidad en
aquel estudio que había visto sus mejores horas. Creerían que no había
transcurrido el tiempo, que estaban aún en sus primeras entrevistas.
--No--dijo ella con acento desfallecido, buscando una última
resistencia--. Además, estará allí tu secretario, ese español que te
acompaña. ¡Qué vergüenza encontrarme con él!...
Julio rió... ¡Argensola! ¿Podía ser un obstáculo este camarada que
conocía todo su pasado? Si lo encontraban en la casa, saldría
inmediatamente. Más de una vez lo había obligado á abandonar el estudio
para que no estorbase. Su discreción era tal, que le hacía presentir los
sucesos. De seguro que había salido, adivinando una visita próxima que
no podía ser más lógica. Andaría por las calles en busca de noticias.
Calló Margarita, como si se declarase vencida al ver agotados sus
pretextos. Desnoyers calló también, aceptando favorablemente su
silencio. Habían salido del jardín, y ella miraba en torno con
inquietud, asustada de verse en plena calle al lado de su amante y
buscando un refugio. De pronto vió ante ella una portezuela roja de
automóvil abierta por la mano de su compañero.
--Sube--ordenó Julio.
Y ella subió apresuradamente, con el ansia de ocultarse cuanto antes. El
vehículo se puso en marcha á gran velocidad. Margarita bajó
inmediatamente la cortinilla de la ventana próxima á su asiento. Pero
antes de que terminase la operación y pudiera volver la cabeza, sintió
una boca ávida que acariciaba su nuca.
--No; aquí no--dijo con tono suplicante--. Seamos serios.
Y mientras él, rebelde á estas exhortaciones, insistía en sus
apasionados avances, la voz de Margarita volvió á sonar sobre el
estrépito de ferretería vieja que lanzaba el automóvil saltando sobre el
pavimento.
--¿Crees realmente que no habrá guerra? ¿Crees que podremos casarnos?...
Dímelo otra vez. Necesito que me tranquilices... Quiero oirlo de tu
boca.
II
El centauro Madariaga
En 1870, Marcelo Desnoyers tenía diez y nueve años. Había nacido en los
alrededores de París. Era hijo único, y su padre, dedicado á pequeñas
especulaciones de construcción, mantenía á la familia, en un modesto
bienestar. El albañil quiso hacer de su hijo un arquitecto, y Marcelo
empezaba los estudios preparatorios, cuando murió el padre
repentinamente, dejando sus negocios embrollados. En pocos meses, él y
su madre descendieron la pendiente de la ruina, viéndose obligados á
renunciar sus comodidades burguesas para vivir como los obreros.
Cuando á los catorce años tuvo que escoger un oficio, se hizo tallista.
Este oficio era un arte y estaba en relación con las aficiones
despertadas en Marcelo por sus estudios forzosamente abandonados. La
madre se retiró al campo buscando el amparo de unos parientes. El avanzó
con rapidez en el taller, ayudando á su maestro en todos los trabajos
importantes que realizaba en provincias. Las primeras noticias de la
guerra con Prusia le sorprendieron en Marsella trabajando en el
decorado de un teatro.
Marcelo era enemigo del Imperio, como todos los jóvenes de su
generación. Además estaba influenciado por los obreros viejos, que
habían intervenido en la República del 48 y guardaban vivo el recuerdo
del golpe de Estado del 2 de Diciembre. Un día vió en las calles de
Marsella una manifestación popular en favor de la paz, que equivalía á
una protesta contra el gobierno. Los viejos republicanos en lucha
implacable con el emperador, los compañeros de la Internacional que
acababa de organizarse, y gran número de españoles é italianos huídos de
sus países por recientes insurrecciones, componían el cortejo. Un
estudiante melenudo y tísico llevaba la bandera, «Es la paz lo que
deseamos; una paz que una á todos los hombres», cantaban los
manifestantes. Pero en la tierra, los más nobles propósitos rara vez son
oídos, pues el destino se divierte en torcerlos y desviarlos. Apenas
entraron en la Cannebière los amigos de la paz con su himno y su
estandarte, fué la guerra lo que les salió al paso, teniendo que apelar
al puño y al garrote. El día antes habían desembarcado unos batallones
de zuavos de Argelia que iban á reforzar el ejército de la frontera, y
estos veteranos, acostumbrados á la existencia colonial, poco
escrupulosa en materia de atropellos, creyeron oportuno intervenir en la
manifestación, unos con las bayonetas, otros con los cinturones
desceñidos. «¡Viva la guerra!» Y una lluvia de zurriagazos y golpes cayó
sobre los cantores. Marcelo pudo ver cómo el cándido estudiante que
hacía llamamientos á la paz con una gravedad sacerdotal rodaba envuelto
en su estandarte bajo el regocijado pateo de los zuavos. Y no se enteró
de más, pues le alcanzaron varios correazos, una cuchillada leve en un
hombro, y tuvo que correr lo mismo que los otros.
Aquel día se reveló por primera vez su carácter tenaz, soberbio,
irritable ante la contradicción, hasta el punto de adoptar las más
extremas resoluciones. El recuerdo de los golpes recibidos le enfureció
como algo que pedía venganza. «¡Abajo la guerra!» Ya que no le era
posible protestar de otro modo, abandonaría su país. La lucha iba á ser
larga, desastrosa, según los enemigos del Imperio. El entraba en quinta
dentro de unos meses. Podía el emperador arreglar sus asuntos como mejor
le pareciese. Desnoyers renunciaba al honor de servirle. Vaciló un poco
al acordarse de su madre. Pero sus parientes del campo no la
abandonarían y él tenía el propósito de trabajar mucho para enviarle
dinero. ¡Quién sabe si le esperaba la riqueza al otro lado del mar!...
¡Adiós, Francia!
Gracias á sus ahorros, un corredor del puerto le ofreció el embarque sin
papeles en tres buques. Uno iba á Egipto, otro á Australia, otro á
Montevideo y Buenos Aires; ¿cuál le parecía mejor?... Desnoyers,
recordando sus lecturas, quiso consultar el viento y seguir el rumbo que
le marcase, como lo había visto hacer á varios héroes de novelas. Pero
aquel día el viento soplaba de la parte del mar, internándose en
Francia. También quiso echar una moneda en alto para que indicase su
destino. Al fin se decidió por el buque que saliese antes. Sólo cuando
estuvo con su magro equipaje sobre la cubierta de un vapor próximo á
zarpar tuvo interés en conocer su rumbo: «Para el río de la Plata...» Y
acogió estas palabras con un gesto de fatalista. «¡Vaya por la América
del Sur!» No le desagradaba el país. Lo conocía por ciertas
publicaciones de viajes, cuyas láminas representaban tropeles de
caballos en libertad, indios desnudos y emplumados, gauchos hirsutos
volteando sobre sus cabezas lazos serpenteantes y correas con bolas.
El millonario Desnoyers se acordaba siempre de su viaje á América:
cuarenta y tres días de navegación en un vapor pequeño y desvencijado,
que sonaba á hierro viejo, gemía por todas sus junturas al menor golpe
de mar, y se detuvo cuatro veces por fatiga de la máquina, quedando á
merced de olas y corrientes. En Montevideo pudo enterarse de los reveses
sufridos por su patria y de que el Imperio ya no existía. Sintió
vergüenza al saber que la nación se gobernaba por sí misma,
defendiéndose tenazmente detrás de las murallas de París. ¡Y él había
huído!... Meses después, los sucesos de la Commune le consolaron de su
fuga. De quedarse allá, la cólera por los fracasos nacionales, sus
relaciones de compañerismo, el ambiente en que vivía, todo le hubiese
arrastrado á la revuelta. A aquellas horas estaría fusilado ó viviría en
un presidio colonial, como tantos de sus antiguos camaradas. Alabó su
resolución y dejó de pensar en los asuntos de su patria. La necesidad de
ganarse la subsistencia en un país extranjero, cuya lengua empezaba á
conocer, hizo que sólo se ocupase de su persona. La vida agitada y
aventurera de los pueblos nuevos le arrastró á través de los más
diversos oficios y las más disparatadas improvisaciones. Se sintió
fuerte, con una audacia y un aplomo que nunca había tenido en el viejo
mundo. «Yo sirvo para todo--decía--, si me dan tiempo para ejercitarme.»
Hasta fué soldado--él, que había huído de su patria por no tomar un
fusil--, y recibió una herida en uno de los muchos combates entre
«blancos» y «colorados» de la Ribera Oriental.
En Buenos Aires volvió á trabajar de tallista. La ciudad empezaba á
transformarse, rompiendo su envoltura de gran aldea. Desnoyers pasó
varios años ornando salones y fachadas. Fué una existencia laboriosa,
sedentaria, y remuneradora. Pero un día se cansó de este ahorro lento
que sólo podía proporcionarle á la larga una fortuna mediocre. El había
ido al nuevo mundo para hacerse rico como tantos otros. Y á los
veintisiete años se lanzó de nuevo en plena aventura, huyendo de las
ciudades, queriendo arrancar el dinero de las entrañas de una Naturaleza
virgen. Intentó cultivos en las selvas del Norte, pero la langosta los
arrasó en unas horas. Fue comerciante de ganado, arreando con solo dos
peones tropas de novillos y mulas, que hacía pasar á Chile ó Bolivia por
las soledades nevadas de los Andes. Perdió en esta vida la exacta noción
del tiempo y el espacio, emprendiendo travesías que duraban meses por
llanuras interminables. Tan pronto se consideraba próximo á la fortuna,
como lo perdía todo de golpe por una especulación desgraciada. Y en uno
de estos momentos de ruina y desaliento, teniendo ya treinta años, fué
cuando se puso al servicio del rico estanciero Julio Madariaga.
Conocía á este millonario rústico por sus compras de reses. Era un
español que había llegado muy joven al país, plegándose con gusto á sus
costumbres y viviendo como un gaucho, después de adquirir enormes
propiedades. Generalmente, lo apodaban el _gallego_ Madariaga, á causa
de su nacionalidad, aunque había nacido en Castilla. Las gentes del
campo trasladaban al apellido el título de respeto que precede al
nombre, llamándole _don_ Madariaga.
--Compañero--dijo á Desnoyers un día que estaba de buen humor, lo que en
él era raro--, pasa usted muchos apuros. La falta de plata se huele de
lejos. ¿Por qué sigue en esa perra vida?... Créame, gabacho, y quédese
aquí. Yo voy haciéndome viejo y necesito un hombre.
Al concertarse el francés con Madariaga, los propietarios de las
inmediaciones, que vivían á quince ó veinte leguas de la estancia,
detenían al nuevo empleado en los caminos para augurarle toda clase de
infortunios.
--No durará usted mucho. A don Madariaga no hay quien lo resista. Hemos
perdido la cuenta de sus administradores. Es un hombre que hay que
matarlo ó abandonarlo. Pronto se marchará usted.
Desnoyers no tardó en convencerse de que había algo de cierto en tales
murmuraciones. Madariaga era de un carácter insufrible; pero tocado de
cierta simpatía por el francés, procuraba no molestarlo con su
irritabilidad.
--Es una perla ese gabacho--decía, como excusando sus muestras de
consideración--. Yo lo quiero porque es muy serio.... Así me gustan á mí
los hombres.
No sabía con certeza el mismo Desnoyers en qué podía consistir esta
seriedad tan admirada por su patrón, pero experimentó un secreto orgullo
al verle agresivo con todos, hasta con su familia, mientras tomaba al
hablar con él un tono de rudeza paternal.
La familia la constituían su esposa _Misiá_ Petrona, á la que él llamaba
la _china_, y dos hijas, ya mujeres, que habían pasado por un colegio de
Buenos Aires, pero al volver á la estancia recobraron en parte la
rusticidad originaria. La fortuna de Madariaga era enorme. Había vivido
en el campo desde su llegada á América, cuando la gente blanca no se
atrevía á establecerse fuera de las poblaciones por miedo á los indios
bravos. Su primer dinero lo ganó como heroico comerciante, llevando
mercancías en una carreta de fortín en fortín. Mató indios, fué herido
dos veces por ellos, vivió cautivo una temporada y acabó por hacerse
amigo de un cacique. Con sus ganancias compró tierra, mucha tierra, poco
deseada por lo insegura, dedicándose á la cría de novillos, que había de
defender carabina en mano de los piratas de las praderas. Luego se casó
con su _china_, joven mestiza que iba descalza, pero tenía varios campos
de sus padres. Estos habían vivido en una pobreza casi salvaje sobre
tierras de su propiedad que exigían varias jornadas de trote para ser
recorridas. Después, cuando el gobierno fué empujando los indios hacia
las fronteras y puso en venta los territorios sin dueño--apreciando como
una abnegación patriótica que alguien quisiera adquirirlos--, Madariaga
compró y compró á precios insignificantes y con larguísimos plazos.
Adquirir tierra y poblarla de animales fué la misión de su vida. A
veces, galopando en compañía de Desnoyers por sus campos interminables,
no podía reprimir un sentimiento de orgullo:
--Diga, gabacho. Según cuentan, más arriba de su país parece que hay
naciones poco más ó menos del tamaño de mis estancias. ¿No es así?...
El francés aprobaba... Las tierras de Madariaga eran superiores á muchos
principados. Esto ponía de buen humor al estanciero.
--Entonces no sería un disparate que un día me proclamase yo rey.
Figúrese, gabacho. ¡Don Madariaga _primero_!... Lo malo es que también
sería el último, porque la _china_ no quiere darme un hijo... Es una
vaca floja.