ESCENA III.

Cuarto en casa de Ford.

Entran la señora FORD y la señora PAGE.

SRA. FORD.--¡Hola, Juan! ¡Hola, Roberto!

SRA. PAGE.--Pronto, pronto. Es en la canasta...

SRA. FORD.--Por vida mía. ¡Hola, Robin, ¿oyes?

(_Entran criados con una canasta._)

SRA. PAGE.--Venid, venid.

SRA. FORD.--Ponedla aquí.

SRA. PAGE.--Dad la orden á vuestras gentes. No tenemos tiempo que

perder.

SRA. FORD.--Entended, como os tengo dicho, Juan y Roberto, que debéis

estar listos aquí cerca, en la cervecería; y en el mismo instante en que

yo os llame, venid, sin dilación ni tropiezo, y tomad esta canasta en

vuestros hombros. Con ella iréis á toda prisa hacia los lavaderos de la

ciénaga de Datchet, y la vaciaréis en la zanja cenagosa que está junto a

la margen del Támesis.

SRA. PAGE.--¿Lo haréis así?

SRA. FORD.--Les he hecho el encargo una y otra vez. No son instrucciones

lo que les falta. Idos, y acudid en el momento en que os llame.

(_Salen los criados._)

SRA. PAGE.--Aquí viene el rapazuelo Robin.

(_Entra Robin._)

SRA. FORD.--¿Qué tal, chiquitín mío? ¿Qué nuevas traes?

ROBIN.--Mi amo sir Juan, ha venido á la puerta falsa, señora, y solicita

vuestra compañía.

SRA. PAGE.--Y tú, rapazuelo prestado, ¿no nos has hecho alguna mala

partida?

ROBIN.--Puedo jurar que no. Mi señor no sabe que estais aquí, y me ha

amenazado con despedirme si os digo la menor palabra, pues jura que me

pondría á la puerta.

SRA. PAGE.--Eres un buen muchacho, y tu sigilo te servirá de sastre;

como que le deberás un vestido nuevo. Voy á esconderme.

SRA. FORD.--Hacedlo. Vé á decir á tu señor que estoy sola. Señora Page,

no os olvidéis de la señal.

(_Sale Robin._)

SRA. PAGE.--Te lo garantizo. Si no desempeño mi papel, sílvame.

(_Sale la Sra. Page._)

SRA. FORD.--Pues á ello. Nos serviremos de esta pestilente humedad, de

esta grosera calabaza, y le enseñaremos á distinguir las flores de los

guijarros.

(_Entra Falstaff._)

FALSTAFF.--¿Te he alcanzado al fin, celeste joya mía? Pues ahora debería

yo morir, ya que he vivido bastante tiempo para ver coronada mi

ambición. ¡Oh! ¡Bendita hora!

SRA. FORD.--¡Oh simpático sir Juan!

FALSTAFF.--Señora Ford, no puedo lisonjear, no puedo charlar, señora

Ford. Ahora mi deseo es pecaminoso: quisiera que estuviese muerto

vuestro marido. En presencia del más encumbrado lord lo diría: te haría

mi esposa.

SRA. FORD.--¡Yo, esposa vuestra, sir Juan! Sería una muy pobre esposa

para vos.

FALSTAFF.--No la hay igual en toda la corte de Francia! Veo cómo tu

mirada rivaliza con el brillo del diamante; tienes en las cejas el arco

armonioso que corresponde á un modelo veneciano ricamente adornado.

SRA. FORD.--Un modesto pañuelo es todo lo que puede venirles bien. Y aun

eso, lo dudo.

FALSTAFF.--Es una traición lo que te haces hablando así. Harías en todo

rigor una excelente dama de corte; y tu paso firme y elástico, daría á

tu talle la más seductora oscilación bajo los semicírculos de la

crinolina. Bien veo lo que serías si no te fuera adversa la fortuna;

pero la naturaleza te ha favorecido, y esto no puedes ocultarlo.

SRA. FORD.--Creedme, no tengo tales atractivos.

FALSTAFF.--¿Pues por qué te he amado? Esto solo basta para convencerte

de que hay en ti algo de extraordinario. Vamos, yo no puedo adular y

decir que eres esto y aquello, como tantos de esos remilgados pisaverdes

que se presentan como mujeres disfrazadas de hombre y perfumados de piés

á cabeza. No, no puedo hacerlo, pero te amo, á ti, á ti sola, y lo

mereces.

SRA. FORD.--Pero no me traicionéis. Mucho me temo que amáis á la Sra.

Page.

FALSTAFF.--Tanto valdría que dijeras que me gusta ir á parar á la

cárcel; cosa que me halaga tanto como el vapor de cal viva.

SRA. FORD.--Bueno. El cielo sabe cuánto os amo, y algún día os

convenceréis de ello.

FALSTAFF.--No varíes de pensamiento, que yo mereceré tu amor.

SRA. FORD.--Nunca, debo decíroslo, si no variáis vos mismo; pues

entonces no podría pensar del mismo modo.

ROBIN.--(_Adentro._) ¡Señora Ford! ¡Señora Ford! La señora Page está á

la puerta, toda sudando y jadeando y con la cara despavorida, y dice que

tiene que hablaros inmediatamente.

FALSTAFF.--Es necesario que no me vea. Me ocultaré aquí detrás de este

tapiz.

SRA. FORD.--Hacedlo. Es una mujer muy chismosa. (_Falstaff se

oculta._--_Entran la señora Page y Robin._) ¿Qué ocurre? ¿Qué hay de

nuevo?

SRA. PAGE.--¡Oh señora Ford! ¿Qué habéis hecho? Estáis cubierta de

afrenta, estáis arruinada, estáis perdida para siempre!

SRA. FORD--Pero ¿qué acontece, buena señora Page?

SRA. PAGE.--¡Pues no es nada, señora Ford! Teniendo por marido á un

hombre honrado, darle semejante motivo de sospecha!

SRA. FORD--¿Qué motivo de sospecha?

SRA. PAGE.--¿Qué motivo de sospecha? ¡Vergüenza para vos! ¿Cómo he

podido equivocarme sobre vos?

SRA. FORD--Pero ¡por Dios! ¿de qué se trata?

SRA. PAGE.--Se trata, mujer, de que vuestro marido viene en este momento

con todos los oficiales de Windsor, á sorprender á un caballero que dice

está ahora aquí en su casa, de acuerdo con vos, para aprovechar

deshonrosamente su ausencia. Estáis perdida!

SRA. FORD--(_Aparte._) Hablad más alto.--Espero que no es así.

SRA. PAGE.--Plegue á Dios que no sea así el que tengáis aquí á tal

hombre; pero es indudable que vuestro esposo viene con la mitad de

Windsor tras de él, para buscarle aquí. Me he adelantado á ellos por

daros aviso. Si os encontráis inocente, me alegro en el alma; pero si

ocultáis aquí algún amigo, hacedle salir al instante, al instante. No os

atolondréis; apelad á toda vuestra lucidez, defended vuestra reputación

ó despedíos para siempre de la buena vida que habíais disfrutado.

SRA. FORD--¡Ay Dios mío! ¿Qué haré? Allí está un caballero, amiga

querida; y no es tanto mi vergüenza lo que tomo como el peligro que él

corre. Daría mil libras por verle sano y salvo fuera de la casa.

SRA. PAGE.--¡Qué disparate! Este no es tiempo de «daría esto» ni «daría

aquello.» Vuestro marido llegará dentro de pocos instantes. Pensad en

algún medio de transportar á vuestro amigo. Ocultarlo en la casa es

imposible. ¡Oh! ¡Cómo me habéis engañado! Mirad. Aquí hay un canasto. Si

él no es de una estatura desmedida, podrá agazaparse aquí. Lo cubriréis

con ropas sucias como para enviar al lavado; ó si aún hay tiempo,

enviadlo con vuestros criados á los lavaderos de la ciénaga de Datchet.

SRA. FORD.--Es demasiado corpulento para caber ahí.

(_Vuelve á entrar Falstaff._)

FALSTAFF.--Dejadme ver! Dejadme ver! Probaré entrar. Sí. Entraré,

entraré!

SRA. PAGE.--¡Qué! ¡Señor Juan Falstaff! ¿En esto han venido á parar las

cartas que me habéis escrito, caballero?

FALSTAFF.--Es á ti á quien amo; a nadie sino á ti. Ayúdame á escapar.

Déjame meterme aquí dentro. Jamás en mi vida....

(_Se mete en el canasto y lo cubren con ropa sucia._)

SRA. PAGE.--Ayuda á tapar á tu amo, muchacho. Señora Ford, llamad á

vuestros criados. ¡Desleal caballero!

SRA. FORD.--¡Hola! Juan! Roberto! ¡Juan! (_Sale Robin.--Vuelven á entrar

los criados._) Ea! Levantad ese canasto de ropas. Pronto! ¿Dónde está la

vara en que se cuelga para llevarlo? Vamos! No hay que andar

bamboleándose. Llevadlo á la lavandera en la ciénaga de Datchet.

¡Listos, listos!

(_Entran Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans._)

FORD.--Acercaos, os lo suplico. Si mis sospechas carecen de fundamento,

pues bien, burlaos de mí, hacedme vuestro hazme-reir. Lo tendré bien

merecido. Hola! ¿Á dónde lleváis eso?

CRIADO.--Á donde la lavandera, por cierto.

SRA. FORD.--Pues está bien! ¿Qué tenéis que hacer con que lleven eso acá

ó allá? Sería mejor que os encargaseis del lavado y de apuntar la ropa.

FORD.--¿Apuntar, eh? Ya quisiera yo que lavándome se me quitara lo que

me puede apuntar! Punta! Punta! Punta! Sí; punta, punta, os lo

garantizo. Y de la estación, como se verá luégo. (_Salen los criados con

la canasta._) Señores; he tenido anoche un sueño y os le he de contar.

He aquí mis llaves; aquí, aquí las tenéis. Subid á mis habitaciones,

buscad, registrad, descubrid. Os aseguro que atraparemos el zorro.

Dejadme primero que obstruya esta salida. Ahora, principiad la caza.

PAGE.--Buen señor Ford, tranquilizaos. Vos mismo os hacéis grave

injusticia.

FORD.--¿De veras? Adelante, caballeros, que vais á tener diversión.

Seguidme, señores.

(_Sale._)

EVANS.--Fantasías de celoso.

CAIUS.--Por vida de...! que no es así la moda en Francia. Nadie tiene

celos en Francia.

PAGE.--No. Seguidle, señores, y ved el resultado de su investigación.

(_Salen Evans, Page y Caius._)

SRA. PAGE.--¿No hay en esto un doble mérito?

SRA. FORD.--No sé qué me deleita más; si ver que mi marido se engaña, ó

ver la burla hecha á sir Juan.

SRA. PAGE.--¡Qué bien atrapado debió verse cuando vuestro esposo

preguntó lo que iba en el canasto!

SRA. FORD.--Temblando estoy de que necesite un baño para lavarse: de

manera que echarlo al agua, será hacerle un beneficio.

SRA. PAGE.--Que el diablo cargue con ese bribón sin vergüenza! De buena

gana vería yo en igual trance á todos los de su jaez!

SRA. FORD.--Me parece que mi marido tenía una sospecha particular de que

Falstaff estaba aquí; porque nunca le he visto tan rudo en su celo,

como ahora.

SRA. PAGE.--Voy á urdir una trama, para que tengamos algunas tretas más

contra Falstaff. Su mal crónico de corrupción, difícilmente cederá á

este medicamento.

SRA. FORD.--¿Os parece bien enviar á esa mala peste de la señora Aprisa,

para ofrecerle excusas por haberle echado al agua, y darle una nueva

esperanza que le haga caer en un nuevo castigo?

SRA. PAGE.--Sí; hagámoslo. Que venga mañana á las ocho para recibir

satisfacciones. (_Vuelven á entrar Ford, Page, Caius y sir Hugh Evans._)

FORD.--No he podido encontrarle. Quizás el bribón se jactaba de lo que

no podía alcanzar.

SRA. PAGE.--¿Habéis oído eso?

SRA. FORD.--Sí, sí, basta. Me tratáis bien, señor Ford, ¿no os parece

así?

FORD.--Sí, así lo hago.

SRA. FORD.--Que Dios os haga mejor que vuestros pensamientos.

FORD.--Amen.

SRA. PAGE.--Os causáis un gran mal vos mismo, señor Page.

FORD.--Sí, sí. Debo sobrellevar todo esto.

EVANS.--Así Dios me perdone el día del juicio final, como es verdad que

no hay nadie en los dormitorios, ni en los cofres, ni en los armarios.

CAIUS.--Por vida de..! yo digo lo mismo. No hay nadie, nadie.

PAGE.--¡Por Dios! ¿No os avergonzáis, señor Ford? ¿Qué espíritu, qué

demonio os sugiere tal imaginación? No quisiera tener en estos asuntos

vuestra vehemencia, ni por todas las riquezas de Windsor.

FORD.--Confieso que es culpa mía, señor Page, y sufro por ello.

EVANS.--Sufrís por una mala conciencia. Vuestra esposa es una mujer tan

honesta como podría desearla yo entre cinco mil y quinientas más.

CAIUS.--Voto á..! que veo claro su honradez.

FORD.--Bien. Os prometí una comida. Venid á dar un paseo por el parque.

Os ruego que me perdonéis. Más tarde os diré por qué hice esto. Ven,

esposa mía. Venid, señora Page. Os suplico que me perdonéis: lo suplico

sinceramente.

PAGE.--Vamos con él, señores; pero, creedme, que le haremos blanco de

nuestra jovialidad. Os invito á almorzar mañana temprano en mi casa.

Después iremos á cazar pájaros; tengo un buen halcón. ¿Os acomoda?

FORD.--Lo que queráis.

EVANS.--Si hay uno, yo seré el segundo de la partida.

CAIUS.--Y si hay uno ó dos, yo seré el tercero.

EVANS.--Os ruego ahora que os acordéis mañana de aquel sucio bribón de

posadero.

CAIUS.--Perfectamente. ¡Por vida de..! que lo haré con todo mi corazón.

EVANS.--¡Sarnoso bribón! Que se permite bromas y burlas!

(_Salen._)

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4] · 第 159 / 181 题