La escena pasa en la casa de Antífolo de Éfeso.
ADRIANA y LUCIANA.
ADRIANA.--¿Cómo, Luciana, te ha tentado hasta este punto? ¿Has podido
leer cuidadosamente en sus ojos si sus exigencias eran serias ó no?
¿Estaba colorado ó pálido, triste ó alegre? ¿Qué observaciones has hecho
en ese instante sobre los meteoros de su corazón que chispeaban en su
rostro?
LUCIANA.--Desde luégo, ha negado que tuviéseis derecho alguno sobre él.
ADRIANA.--Quería decir que él obraba como si yo no tuviera ninguno. Por
esto mismo estoy aún más indignada.
LUCIANA.--En seguida me ha jurado que era extranjero aquí.
ADRIANA.--Y ha jurado la verdad, pues ha perjurado de su hogar.
LUCIANA.--Entonces he intercedido por vos.
ADRIANA.--¡Y bien! ¿Qué ha dicho él?
LUCIANA.--El amor que yo reclamaba para vos, lo ha implorado de mí para
él.
ADRIANA.--¿Con qué persuasiones ha solicitado tu ternura?
LUCIANA.--En términos que hubiesen podido conmover, tratándose de una
pretensión honrada. Primero ha elogiado mi belleza, en seguida mi
inteligencia.
ADRIANA.--¿Le has respondido como debías?
LUCIANA.--Tened paciencia, os conjuro.
ADRIANA.--No puedo, ni quiero tenerme tranquila. Es necesario que se
satisfaga mi lengua, si no mi corazón. Es deforme, contrahecho, viejo y
marchito, feo de cara, peor configurado de cuerpo, de todo punto
deforme; vicioso, rudo, extravagante, tonto y bruto; detestable en los
hechos, y más detestable aún en los propósitos.
LUCIANA.--¿Y quién podría estar celosa de semejante hombre? Nunca se
llora un mal perdido.
ADRIANA.--¡Ah! Pero pienso mejor de él que lo que hablo. Y, no obstante,
quisiera que fuese aún más deforme á los ojos de los otros. El Avefría
grita lejos de su nido, para que se alejen de él. Mientras mi lengua le
maldice, mi corazón ruega por él.
(_Entra Dromio._)
DROMIO.--Ea! venid. El pupitre, la bolsa: mis caras señoras, apresuraos.
LUCIANA.--¿Por qué estás tan fuera de aliento?
DROMIO.--Á fuerza de correr.
ADRIANA.--¿Dónde está tu amo, Dromio? ¿Está bien?
DROMIO.--No; está en los limbos del Tártaro, peor que en el infierno; un
diablo de eterno uniforme lo ha cogido; un diablo cuyo corazón está
revestido de acero, un malvado, un genio brutal é implacable; un lobo,
peor que lobo, un mozo vestido de piel de búfalo, un enemigo secreto que
os pone la mano sobre la espalda, y que os cierra el paso de avenidas,
esquinas y calles; en fin, alguien que arrastra las pobres almas al
infierno antes del juicio.
ADRIANA.--¡Hombre de Dios! ¿De qué se trata?
DROMIO.--No sé de qué se trata; pero le han prendido.
ADRIANA.--¡Qué! ¿Está preso? ¿Y por demanda de quién?
DROMIO.--No sé bien por demanda de quién está preso; todo lo que puedo
decir, es que el que lo ha prendido está vestido con uniforme de piel de
búfalo. ¿Queréis, señora, mandarle para rescatarse, el dinero que está
en el pupitre?
ADRIANA.--Vé á buscarlo, hermana mía. (_Luciana sale._) Me extraña que
tenga deudas que yo ignore. Dime ¿le han prendido por un pagaré?
DROMIO.--No por un pagaré, sino á propósito de algo mas fuerte; una
cadena, una cadena: ¿no oís sonar?
ADRIANA.--¡Qué! ¿La cadena?
DROMIO.--No, no; la campana. Ya debía haberme marchado; eran las dos
cuando me separé de él; y he aquí que el reloj da la una.
ADRIANA.--¿Las horas retroceden pues? Jamás he oído tal cosa.
DROMIO.--¡Oh! sí, verdaderamente; cuando una de las dos horas encuentra
á un sargento, retrocede de miedo.
ADRIANA.--¡Como si el tiempo tuviera deudas! Razonas como un loco
rematado.
DROMIO.--El tiempo es un verdadero quebrado, y debe á la estación más de
lo que él vale. Y es un ladrón también; ¿no habéis oído decir que el
tiempo adelanta á paso de lobo, como un ladrón? Si el tiempo está
adeudado y es ladrón, y encuentra en el camino á un sargento, ¿no tiene
razón de retroceder una hora en un día?
ADRIANA.--Corre, Dromio, he aquí el dinero (_Luciana vuelve con la
bolsa_); llévalo pronto y trae á tu amo á casa inmediatamente. Venid,
hermana mía, estoy abatida por mis conjeturas que ya me animan, ya me
desalientan.
(_Salen._)