LE BEAU.--Señor desafiador: las princesas quieren hablaros.
ORLANDO.--Estoy á sus órdenes con todo respeto y humildad.
ROSALINDA.--Mancebo, ¿habéis desafiado á Carlos el luchador?
ORLANDO.--No, hermosa princesa. Es él quien hace un reto general. Yo no
vengo sino como uno de tantos, para probar en él la fuerza de mi
juventud.
CELIA.--Vuestro valor ¡oh joven! sobrepuja con exceso á vuestros años.
Crueles pruebas habéis visto del vigor de ese hombre. Si pudiérais veros
con nuestros ojos, ó juzgaros con nuestro discernimiento, el recelo de
vuestra aventura os aconsejaría una empresa más proporcionada. Os
rogamos, por vuestro bien, que penséis en vuestra seguridad y abandonéis
esta tentativa.
ROSALINDA.--Hacedlo, buen joven; que no por ello será rebajada vuestra
reputación. Solicitaremos del duque que haga suspender la lucha.
ORLANDO.--Os suplico no me impongáis el castigo de pensar mal de mí,
aunque me reconozco culpable de negar cosa alguna á tan bellas y
eminentes señoras. Pero acompáñenme en la lucha vuestras hermosas
miradas y benévolos deseos; que si he de ser vencido, no tendrá que
avergonzarse sino uno que jamás fué favorecido; y si recibo la muerte,
sólo sucumbirá uno que ya sobrado la desea. Ni causaré pesadumbre á mis
amigos, desde que no tengo uno para deplorarme; ni mal alguno al mundo,
en el cual nada poseo; y el lugar que en él ocupo, será ocupado mejor
cuando yo lo deje vacío.
ROSALINDA.--Quisiera añadir á vuestra fuerza la muy poca que hay en mí.
CELIA.--Y yo la mía para aumentar la suya.
ROSALINDA.--Adios. Ruego al cielo estar equivocada en cuanto á vos.
CELIA.--¡Ojalá se cumplan vuestros deseos!
CARLOS.--¡Ea! ¿Dónde está ese valeroso joven que tanto afán tiene por
yacer en su madre tierra?
ORLANDO.--Presto, señor; pero sus deseos son más modestos.
DUQUE.--Sólo probaréis una suerte.
CARLOS.--Aseguro á vuestra alteza que no tendrá ocasión de rogarle para
la segunda, después de haber intentado con tanto empeño disuadirle de la
primera.
ORLANDO.--Pensáis burlaros de mí después. No deberíais burlaros antes.
Pero probad como gustéis.
ROSALINDA.--Que Hércules os asista, ¡oh joven!
CELIA.--Quisiera ser invisible para atrapar por una pierna á aquel
hombronazo. (_Carlos y Orlando luchan_).
ROSALINDA.--¡Oh extraordinario joven!
CELIA.--Si pudiera lanzar de mis ojos un rayo, ya sé quién había de
caer.
(_Carlos es derribado.--Aclamación_).
DUQUE.--Basta, basta.
ORLANDO.--Suplico á Vuestra Alteza que nos deje continuar. Aún no estoy
bastante alentado.
DUQUE.--¿Cómo te encuentras, Carlos?
LE BEAU.--Ha quedado sin habla, señor.
DUQUE.--Llevadlo fuera. (_Llevan á Carlos_).--¿Cómo te llamas, mancebo?
ORLANDO.--Orlando, señor, el hijo menor de sir Rowland de Bois.
DUQUE.--Habría preferido que fueses hijo de otro. Las gentes tenían á tu
padre por honorable; pero, sin embargo, encontré en él un enemigo. Más
me habría agradado tu proeza si hubieses descendido de otro linaje. Pero
Dios te guarde. Eres un mancebo valiente. Me habría alegrado de que
hubieses mencionado otro padre. (_Salen el Duque, Federico, el séquito y
Le Beau_).
CELIA.--Á estar yo en lugar de mi padre, ¿haría esto, prima?
ORLANDO.--Á orgullo tengo ser hijo de sir Rowland, siquiera su hijo
menor, y no cambiaría de condición así me adoptara el duque por heredero
suyo.
ROSALINDA.--Mi padre amaba con toda su alma á sir Rowland, y todo el
mundo era del mismo modo de sentir. Si hubiese yo conocido antes á este
joven, hijo suyo, le habría suplicado con lágrimas que no se aventurase
de ese modo.
CELIA.--Vamos, querida prima, á darle las gracias y á animarlo. La
índole áspera y envidiosa de mi padre me lastima el corazón. Sois digno
de aplauso, joven. Si tan bien cumplís vuestras promesas de amor, como
la que ahora habéis excedido, vuestra amante deberá ser muy feliz.
ROSALINDA. (_Dándole una cadena de su cuello_).--Caballero, llevad esto
en recuerdo mío; que por contraria fortuna no tengo en la mano los
medios de ofrecer todo lo que quisiera. ¿Nos iremos, prima?
CELIA.--Sí. Adios, gentil caballero.
[Illustration:--_Caballero, llevad esto en recuerdo mío._]
ORLANDO.--¿No puedo daros las gracias? Me habéis abrumado en lo que hay
de mejor en mí, y sólo quedo en vuestra presencia como un poste, como un
mármol inerte.
ROSALINDA.--Nos llama. Mi orgullo ha desaparecido junto con mi
prosperidad. Le preguntaré lo que desea. ¿Nos llamasteis, caballero?
Habéis luchado bien, y vencido aún más que á vuestros adversarios.
CELIA.--¿Nos vamos, prima?
ROSALINDA.--Soy con vos. Quedad con Dios.
(_Salen Rosalinda y Celia_).
ORLANDO.--¿Qué pasión me ata la lengua? Ha querido que le hable y no he
podido hablar.--(_Vuelve á entrar Le Beau_).--¡Oh pobre Orlando! Estás
derribado. No Carlos, algo más débil te domina.
LE BEAU.--Amistosamente os aconsejo, buen señor, que abandonéis este
lugar. Aunque habéis merecido altos elogios, aplausos y afecto, la
índole del duque es tal que da mal sentido á cuanto habéis hecho. El
duque es caprichoso; y lo que es él en toda verdad sería mejor que lo
presumiéseis vos que el que yo os lo dijera.
ORLANDO.--Os doy las gracias, señor. Dignaos decirme ¿cuál de las dos
damas que presenciaron la lucha es la hija del duque?
LE BEAU.--Ninguna, á juzgar por los modales; pero en realidad es su hija
la menor en estatura. La otra es hija del duque desterrado, y la detiene
aquí su tío el usurpador para que acompañe á su hija; y las liga un
afecto más estrecho que el natural vínculo de las hermanas. Pero puedo
aseguraros que de poco tiempo acá el duque ve con desagrado á su gentil
sobrina, sin más motivo que el de alabar el pueblo las virtudes de ésta
y compadecerla por amor á su buen padre. Y á fe mía, la mala voluntad
del duque hacia ella estallará de repente. Quedad con Dios, señor.
Desearía conoceros mejor y gozar de vuestro afecto en el porvenir en un
mundo mejor que este.
ORLANDO.--Os quedo sumamente agradecido.--(_Sale Le Beau_).--¿Es decir
que tengo que salir de las brasas para caer en las llamas? Del duque
tirano al hermano tirano. ¡Pero, divina Rosalinda!
(_Sale_).