ESCENA II.

Esplanada delante del palacio del duque.

Entran ROSALINDA y CELIA.

CELIA.--Te suplico, mi dulce prima, que estés alegre.

ROSALINDA.--Más alegría demuestro, querida Celia, que la que hay en

mí.--¿Y querríais verme más alegre aún? Á menos que me enseñéis á

olvidar á un padre desterrado, no debéis enseñarme á recordar ningún

placer extraordinario.

CELIA.--En esto veo que no me amas con tanta consagración como yo á ti.

Si mi tío, tu desterrado padre, hubiese desterrado á tu tío, el duque mi

padre, con tal de que hubieses permanecido á mi lado, yo habría podido

enseñar á mi afecto á tomar á tu padre por mío; y así lo harías si la

realidad de tu amor hacia mí fuera tan bien templada como la de mi amor

por ti.

ROSALINDA.--Bien. Olvidaré las circunstancias de mi posición, para

regocijarme en la tuya.

CELIA.--Sabes que mi padre no ha tenido ni es probable que tenga otros

hijos que yo; y ciertamente, á su muerte, serás su heredera; porque lo

que él tomó de tu padre por fuerza, te lo devolveré por afecto.--Te

prometo por mi honor que lo haré, y sea yo convertida en un monstruo si

quebranto mi juramento. Así, pues, mi dulce Rosalinda, mi querida

Rosalinda, alégrate!

ROSALINDA.--Lo haré en adelante, prima, é idearé pasatiempos. Veamos

¿qué pensaríais de improvisar unos amores?

CELIA.--Excelente, y te ruego lo hagas para divertirte; pero no ames con

todas veras á hombre alguno, ni te dejes llevar de ese juego tan allá

que no puedas salir de él libre y con honra á costa de un honesto

sonrojo.

ROSALINDA.--Pues entonces ¿cuál ha de ser nuestro pasatiempo?

CELIA.--Sentémonos, y con nuestras burlas echemos de su rueda á la buena

matrona Fortuna, para que en adelante sus dones sean igualmente

repartidos.

ROSALINDA.--Desearía que así pudiera ser; porque sus favores están harto

mal colocados; y la pródiga ciega se equivoca más á menudo en sus

dádivas á mujeres.

CELIA.--Es verdad; porque rara vez da la honestidad á aquellas á quienes

dota con la hermosura; y da muy pobre apariencia á aquellas á quienes

hace honestas.

ROSALINDA.--No. En esto equivocas la tarea de la Fortuna con la de la

naturaleza. La Fortuna impera en los dones del mundo, no en los rasgos

de la naturaleza.

(_Entra Piedra-de-toque._)

CELIA.--¿No? ¿Pues no puede la Fortuna hacer que caiga en el fuego una

criatura á quien ha hecho hermosa la naturaleza?--Y aunque esta nos ha

dado ingenio para burlarnos de la Fortuna: ¿no es esta quien envía á

este necio para dar al traste con el argumento?

ROSALINDA.--En verdad que es la Fortuna demasiado dura para con la

naturaleza, cuando se sirve de un natural idiota para imponer silencio

al natural ingenio.

CELIA.--Quizás tampoco sea esto obra de la Fortuna, sino de la

naturaleza; la cual advirtiendo que nuestro ingenio es demasiado obtuso

para discurrir sobre semejante diosa, ha enviado á este idiota para

estimularnos; ya que siempre la estupidez del necio es aguijón del

discreto. Hola! Prodigio ¿adónde bueno?

PIEDRA.--Señora: debéis venir á donde vuestro padre.

CELIA.--¿Os tomó de mensajero?

PIEDRA.--No, por mi honor; pero se me encargó llamaros.

CELIA.--¿Dónde aprendiste ese juramento, bufón?

PIEDRA.--De cierto caballero que juró por su honor ser buenas las tortas

y juró por su honor ser mala la mostaza. Ahora bien; yo sostengo que

eran malas las tortas y buena la mostaza; y, sin embargo, el caballero

no perjuró.

CELIA.--¿Y cómo lo pruebas, lumbrera de ciencia?

ROSALINDA.--Sí, sí. Quita el bozal á tu ingenio.

PIEDRA.--Adelantad ahora las dos: tocaos las caras y jurad por vuestras

barbas que soy un bribón.

CELIA.--Sí que lo sois, por nuestras barbas si las tuviéramos.

[Illustration]

PIEDRA.--Sí, que lo soy, por mi bribonada si la tuviera. Pero si juráis

por lo que no tenéis, no perjuráis; ni más perjuró ese caballero jurando

por su honor, pues jamás lo tuvo; ó si lo tuvo lo había perdido á fuerza

de jurar antes de haber visto nunca aquella mostaza, ni aquellas tortas.

CELIA.--¿Y te dignarás decirme á quién aludes?

PIEDRA.--Á uno á quien ama el viejo Federico, vuestro padre.

CELIA.--Para honrarle basta el amor de mi padre. Silencio! no hables

más de él. No tardará mucho el que te azoten por maldiciente.

PIEDRA.--Tanto más lastimoso, que los necios no hablen discretamente de

las necedades de los discretos.

CELIA.--Á fe que dices verdad: porque al haberse impuesto silencio al

poco ingenio que tienen los necios, la poca necedad que tienen los

discretos ha tomado mucho vuelo.--Aquí viene Monsieur Le Beau.

(_Entra Le Beau._)

ROSALINDA.--Con la boca llena de noticias.

CELIA.--Que nos administrará como las palomas dan el sustento á sus

pequeñuelos.

ROSALINDA.--Así quedaremos cebadas con noticias.

CELIA.--Tanto mejor: seremos más negociables.--Buenos días, monsieur Le

Beau, ¿qué nuevas?

LE BEAU.--Hermosa princesa, habéis perdido muchos juegos interesantes.

CELIA.--¿Juegos? ¿De qué color?

LE BEAU.--¿De qué color, señora? ¿Cómo habré de responderos?

ROSALINDA.--Como lo quieren el ingenio y la fortuna.

PIEDRA.--Ó como lo mande el destino.

CELIA.--Bien dicho. Eso se ha aplicado con llana.

PIEDRA.--Y aún más. Si no mantengo mi rango....

ROSALINDA.--Estás perdiendo tu antiguo olfato.

LE BEAU.--Me admiráis, señoras. Habría querido contaros una buena lucha,

cuyo espectáculo habéis perdido.

ROSALINDA.--Con todo, decidnos cómo fué.

LE BEAU.--Os contaré el principio, y si os place, podréis ver vosotras

mismas el fin, porque aún falta lo mejor; y vienen aquí, donde os

halláis, para ejecutarlo.

CELIA.--Bien. Sepamos el principio, que ya está muerto y sepultado.

LE BEAU.--Ahí viene un anciano con sus tres hijos.

CELIA.--Yo podría referir un cuento añejo que principia de ese modo.

LE BEAU.--Tres jóvenes apuestos, de excelente vigor y presencia.

ROSALINDA.--Con carteles en el pescuezo: «Sepan cuantos las presentes

vieren.»

LE BEAU.--El hermano mayor luchó con Carlos, el luchador del duque, y en

un momento fué aquel derribado y sacó tres costillas rotas, con lo cual

pocas esperanzas le quedan de vida. Y otro tanto hizo con el segundo y

con el tercero. Allí yacen, y el pobre anciano su padre se lamenta de

tan lastimosa manera, que cuantos le ven simpatizan sollozando con él.

ROSALINDA.--¡Ay, desdichado!

PIEDRA.--Pero, señor, ¿cuál es la diversión que han perdido las señoras?

LE BEAU.--Pues es claro; la que acabo de decir.

PIEDRA.--De este modo los hombres podrán crecer en sensatez de día en

día. Es la primera vez que oigo decir que romper costillas es una

diversión propia de señoras.

CELIA.--Como que sí; te lo aseguro.

ROSALINDA.--¿Pero hay alguien más que tenga comezón porque le apliquen

ese solfeo en los costados? ¿Hay algún otro tan apasionado al

rompe-costillas? ¿Veremos esta lucha, prima?

LE BEAU.--Tendréis que verla si os quedáis; porque, he ahí el sitio

destinado para la lucha, y ya están prontos los que deben tomar parte en

ella.

CELIA.--Allí vienen, por cierto. Quedémosnos y veámosla. (_Preludio.

Entran el duque Federico, Lores, Orlando, Carlos y séquito._)

DUQUE.--Venid. Pues el mancebo no da oído á súplicas, que su audacia

responda de su peligro.

ROSALINDA.--¿Es aquél el antagonista?

LE BEAU.--Él mismo, señora.

CELIA.--¡Ay, qué joven es! Sin embargo, parece como si hubiera de

vencer.

DUQUE.--¿Qué es esto, hija y sobrina? ¿Os habéis escurrido hasta aquí

para ver la lucha?

ROSALINDA.--Sí, mi señor, si os place darnos permiso.

DUQUE.--Poca diversión tendréis en ella, os lo aseguro, siendo tan

desiguales los luchadores. Por compasión á la temprana edad del joven,

intentaría disuadirle, pero no quiere oir consejo. Habládle, niñas; ved

si podéis influir sobre él.

CELIA.--Hacedle venir, monsieur Le Beau.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4] · 第 64 / 181 题