DECIO.--Aquí está el Este. ¿No es aquí por donde despunta el día?
CASCA.--No.
CINNA.--¡Oh! Perdonad, que sí; y aquellas líneas pardas que orlan las
nubes son mensajeras del día.
CASCA.--Habréis de confesar que uno y otro estáis equivocados. El sol se
levanta allí adonde apunto con mi espada, que es buen trecho hacia el
Sur, considerando la temprana estación del año. Dentro de unos dos
meses, presentará su fulgor más hacia el Norte; y el alto Oriente está,
como el Capitolio, directamente aquí.
BRUTO.--Dadme todos vuestra mano, uno por uno.
CASIO.--Y juremos nuestra resolución.
BRUTO.--No, nada de juramento.--Si las miradas de los hombres, si el
sufrimiento de nuestras almas, si los abusos del tiempo, no son motivos
bastante poderosos, dispersémonos, y que cada cual vuelva al ocioso
descanso de su lecho. Así dejaremos á la tiranía previsora que escoja la
mira, hasta que caiga á su turno el último hombre. Pero si estos tienen,
como estoy seguro de ello, sobrado fuego para inflamar á los cobardes y
para revestir de valor el ánimo desfalleciente de las mujeres; entonces,
compatriotas, ¿qué habemos menester de más estímulo que nuestra propia
causa para impulsarnos á hacer justicia? ¿Qué mejor lazo que el de
secretos romanos que han dado su palabra y que no la burlarán? ¿Ni qué
otro juramento que el compromiso de la honradez con la honradez, para
realizar esto ó sucumbir por ello? Juren los sacerdotes y los cobardes,
y los hombres recelosos, decrépitos, corrompidos, y las almas que en sus
padecimientos buscan sendas torcidas.--Juren en pró de las malas causas
aquellos miserables que inspiran dudas á los hombres; pero no manchéis
la clara virtud de nuestra empresa, ni la inquebrantable altivez de
nuestros ánimos, con el pensamiento de que ó nuestra causa ó su
ejecución necesitaban ser juradas; siendo así que cada gota de la sangre
que cada romano lleva, y lleva noblemente, sería culpable de bastardía
si él quebrantara la más mínima parte de promesa alguna que hubiese
hecho.
CASIO.--¿Pero qué hacer respecto de Cicerón? ¿Le sondearemos? Pienso que
estará resueltamente con nosotros.
CASCA.--No lo dejemos fuera.
CINNA.--No: de ningún modo.
METELIO.--¡Oh! Tengámosle; porque sus cabellos canos nos harán adquirir
buena opinión, y conseguirán que se levanten voces para encomiar
nuestros hechos. Se dirá que nuestras manos han sido dirigidas por sus
sentencias, y lejos de aparecer en lo menor nuestra juventud y
fogosidad, desaparecerán por completo en su gravedad.
BRUTO.--¡Oh! No mencionéis su nombre; pero no rompamos con él. Jamás
seguirá cosa alguna principiada por otros.
CASIO.--Entonces, dejadle fuera.
CASCA.--En verdad no es hombre á propósito.
DECIO.--¿No habrá de tocarse á hombre alguno, excepto César?
CASIO.--Bien pensado, Decio. No juzgo oportuno que Marco Antonio, tan
amado por César, le sobreviva. En él hallaríamos un astuto contendiente;
y bien sabéis que si perfeccionase sus recursos, serían suficientes para
fastidiarnos á todos. Pues para evitar esto, que César y Antonio caigan
juntos.
BRUTO.--Parecería demasiado sangriento nuestro plan, caro Casio, al
cortar la cabeza y mutilar además los miembros. Sería algo como la ira
en la muerte y la envidia después. Porque Antonio no es sino un miembro
de César. Casio, seamos sacrificadores, no carniceros. Todos nos
erguimos contra el espíritu de César; pero el espíritu de los hombres no
tiene sangre. ¡Oh! si pudiésemos por ello dominar el espíritu de César,
y no desmembrar á César! Pero ¡ay! César tiene por eso que derramar su
sangre! Y, benévolos amigos, matémosle audazmente pero sin ira.
Tratémosle como la vianda que se corta para los dioses, no como la
osamenta que se arroja á los perros. Y hagan nuestros corazones lo que
los amos astutos: excitar á sus sirvientes á un acto de furor, y después
aparentar que se les reprueba. Así nuestro propósito aparecerá
necesario, no envidioso. Y con tal apariencia á los ojos de las gentes,
se nos llamará redentores, no asesinos.--Y en cuanto á Marco Antonio, no
penséis en él, porque no tendrá más poder que el brazo de César cuando
la cabeza de César esté cortada.
CASIO.--Y sin embargo, le temo, á causa del profundo amor que tiene á
César.
BRUTO.--¡Ah, buen Casio! no penséis en él. Si ama á César, lo más que
podrá hacer será reflexionar dentro de sí mismo, y morir por César.--Y
harto sería que lo hiciera; porque es hombre dado á juegos y disipación
y á muchos camaradas.
TREBONIO.--No ofrece peligro. No hay para que muera, desde que gusta de
vivir y ha de reirse de esto después.
(_Suena el reloj._)
BRUTO.--Silencio: contad la hora.
CASIO.--Han dado las tres.
TREBONIO.--Es tiempo de partir.
CASIO.--Pero es de dudar, si vendrá hoy César, ó no, porque de algún
tiempo á esta parte se ha vuelto supersticioso. Alguna vez tuvo sobre la
fantasía, los sueños y las ceremonias, una opinión del todo diferente de
la del vulgo; pero quizás estos prodigios aparentes, el extraño terror
de esta noche y la persuasión de sus augures le hagan abstenerse de
venir hoy al Capitolio.
DECIO.--Perded cuidado. Si tal resolviera, yo prevalecería sobre él;
porque se deleita en oir que se triunfa de los unicornios por medio de
los árboles, de los osos por los espejos, de los elefantes por los
fosos, y de los hombres por la adulación. Y cuando digo que él detesta á
los aduladores, afirma que sí, porque esto le lisonjea más. Dejadme
hacer; que ya daré á su humor la disposición conveniente, y le traeré al
Capitolio.
CASIO.--Allí estaremos todos para recibirlo.
BRUTO.--Á la hora octava. ¿Es ese el último término?
CINNA.--Sea el último, y no faltéis entonces.
METELIO.--Cayo Ligario tiene mala voluntad á César, que lo reprendió por
haber hablado bien de Pompeyo. Me admira que ninguno de vosotros se haya
acordado de él.
BRUTO.--Id en seguida á encontrarlo, buen Metelio. Me profesa un afecto
verdadero y ya me he explicado con él. Enviadle aquí, que yo le
apercibiré.
CASIO.--La mañana se nos viene encima, y os dejaremos, Bruto. Amigos,
dispersaos; pero recordad todos lo que habéis dicho, y haced ver que
sois verdaderos romanos.
BRUTO.--Buenos caballeros, poned risueños y alegres los semblantes, sin
dejar que el aspecto revele los propósitos; antes bien llevadlos, como
nuestros actores romanos, con entero aliento y con seria constancia. Y
con esto os deseo buen día á cada uno. (_Salen todos, menos uno._)
¡Muchacho! ¡Lucio! ¿Dormido como una piedra?--No importa. Goza el dulce
y pesado rocío del sueño.--No tienes ni los cálculos ni las fantasías
que el afanoso cuidado hace surgir en el cerebro de los hombres, y por
eso tienes el sueño tan profundo.
(_Entra Porcia._)
PORCIA.--Bruto, mi señor.
BRUTO.--Porcia ¿qué intentáis? ¿Y para qué os levantáis ahora? No es
bueno para vuestra salud exponer vuestra delicada constitución al frío
severo de la madrugada.
[Illustration]
PORCIA.--Tampoco lo es para la vuestra. Os habéis deslizado friamente de
mi lecho; anoche durante la cena os levantasteis de repente y os
pusisteis á pasear con los brazos cruzados, meditando y suspirando. Y
cuando os pregunté lo que teníais, me mirasteis fijamente, con
severidad. Insistí y os frotasteis la cabeza, y en un extremo de
impaciencia golpeásteis el suelo con el pié. Volví á insistir de nuevo,
y no me respondisteis, sino que con ademán encolerizado me hicisteis
seña con la mano para que os dejara. Así lo hice, temiendo aumentar esa
impaciencia que me parecía ya demasiado irritada; pero esperando á pesar
de todo que no sería sino efecto del mal humor que á veces se apodera de
todo hombre. Mas no os dejará comer, ni hablar, ni dormir; y si hubiera
de hacer en vuestro semblante el mismo estrago que en vuestro ánimo, yo
no podría conoceros. Bruto, señor y amado mío, dejadme saber la causa
de vuestro pesar.
BRUTO.--No estoy bien de salud: no es nada más.
PORCIA.--Bruto es sensato, y á estar falto de salud, emplearía los
medios de recobrarla.
BRUTO.--Así lo hago. Buena Porcia, id á vuestra cama.
PORCIA.--¿Bruto está enfermo? ¿Y es medicinal pasearse descubierto y
absorber las emanaciones de la húmeda mañana? ¡Qué! ¿Está enfermo Bruto,
y abandona su saludable lecho para afrontar los miasmas de la noche,
exponerse al aire vaporoso é impuro, y agravar su enfermedad? No, Bruto
mío. Es en vuestra alma donde hay alguna amarga dolencia, y yo por el
derecho y virtud de mi puesto debo conocerla. Y os imploro de rodillas,
en nombre de la belleza que algún día se elogiaba en mí; en nombre de
vuestras protestas de amor y de aquel gran juramento que nos reunió
haciendo de ambos uno solo; os imploro para que descubráis ante mí, pues
soy vuestra mitad, pues soy vos mismo, el por qué estáis tan adusto; y
qué hombres se han dirigido á vos esta noche, puesto que había seis ó
siete de ellos que ocultaban sus rostros aun en medio de la oscuridad.
BRUTO.--No os arrodilleis, gentil Porcia.
PORCIA.--No lo necesitaría si Bruto fuera afable.--Decidme, Bruto:
Dentro del vínculo del matrimonio ¿es de esperar que yo ignore secretos
que os pertenecen? ¿Ó no soy parte de vos mismo sino de una manera
limitada; sólo para acompañaros á la mesa, confortar vuestro lecho, y
hablaros de vez en cuando? ¿No hay sitio para mí sino en los confines de
vuestra condescendencia? Si no es más que esto, Porcia es la manceba de
Bruto, no su esposa.
BRUTO.--Sois mi verdadera y honorable esposa, tan querida para mí como
las gotas de sangre que afluyen á mi triste corazón.
PORCIA.--Si esto fuera verdad, sabría yo entonces este secreto. Mujer
soy, es cierto; pero mujer á quien Bruto tomó por esposa. Soy mujer, es
cierto; pero mujer bien conocida: hija de un Catón. ¿Pensáis que no seré
más fuerte que mi sexo, teniendo tal padre y tal esposo? Decidme
vuestros designios: no los revelaré. Harta prueba he dado de mi
constancia, haciéndome voluntariamente una herida aquí en el muslo.
¿Puedo sobrellevar esto con paciencia, y no los secretos de mi esposo?
BRUTO.--¡Oh dioses! ¡Hacedme digno de esta noble esposa! (_Se oye
golpear adentro._) Escucha, escucha; alguien llama. Retírate, Porcia,
por un rato, y pronto compartirá mi corazón con el tuyo sus secretos. Te
explicaré mis compromisos y todo el significado de mi tristeza. Vete
aprisa. (_Sale Porcia._--_Entran Lucio y Ligario._)--Lucio: ¿quién
llama?
LUCIO.--Hay aquí un hombre enfermo que desea hablaros.
BRUTO.--(_Aparte._) Es Cayo Ligario, de quien habló Metelio. Muchacho,
apártate. (_Sale Lucio._) Cayo Ligario?
LIGARIO.--Recibid el saludo matinal de una lengua débil.
BRUTO.--¡Oh! ¡Qué tiempo habéis escogido, valeroso Ligario, para llevar
pañuelo!--¡Cuánto desearía que no estuviéseis enfermo!
LIGARIO.--No estoy enfermo, si Bruto tiene en mano alguna proeza digna
del nombre del honor.
BRUTO.--La tengo, Ligario, si queréis oirla con sana disposición.
LIGARIO.--¡Por todos los dioses ante quienes se inclinan los romanos,
aquí olvido mi dolencia! ¡Alma de Roma! ¡Valeroso hijo, nacido de dignos
progenitores! Tú, como los exorcistas, has conjurado mi pesaroso
espíritu. Pídeme ahora que éntre en acción, y procuraré lo imposible:
más; lo venceré. ¿Qué debo hacer?
BRUTO.--Una faena que tornará en hombres sanos á los enfermos.
LIGARIO.--Pero ¿no hay algunos sanos á quienes debemos tornar enfermos?
BRUTO.--También tendremos que hacerlo. Os revelaré esto, Cayo mío,
mientras vamos hacia aquel en quien se deba realizar.
LIGARIO.--Avanzad audazmente; que yo con el corazón de nuevo inflamado,
os seguiré para hacer no sé qué; pero me basta estar guiado por Bruto.
BRUTO.--Entonces, seguidme.
(_Salen._)