ESCENA II.

Plaza pública en Roma.

Entran en procesión, con música, CÉSAR, ANTONIO, para las carreras,

CALFURNIA, PORCIA, DECIO, CICERÓN, BRUTO, CASIO y CASCA. Síguelos

una gran muchedumbre en la cual está un ADIVINO.

CÉSAR.--Calfurnia.

CASIO.--¡Silencio! César habla.

CÉSAR.--Calfurnia.

CALFURNIA.--Heme aquí, mi señor.

CÉSAR.--Cuando Antonio emprenda la carrera, te colocarás directamente en

su camino. Antonio!

ANTONIO.--César, mi señor.

CÉSAR.--No olvides, Antonio, en la rapidez de tu carrera, el tocar á

Calfurnia; porque al decir de nuestros mayores, las estériles tocadas en

esta santa carrera, se libertan de la maldición de su esterilidad.

ANTONIO.--Tengo de recordarlo. Cuando César dice _Haz esto_, se hace.

ADIVINO.--César.

CÉSAR.--¡Ea! ¿Quién llama?

CASCA.--¡Que cese todo ruido! otra vez, ¡silencio!

CÉSAR.--¿Quién de entre la multitud me ha llamado? Oigo una voz más

vibrante que toda la música, clamar _César_. Habla. César se detiene á

oirte.

ADIVINO.--¡Cuidado con los idus de Marzo!

CÉSAR.--¿Quién es este hombre?

BRUTO.--Un agorero os previene que desconfiéis de los idus de Marzo.

CÉSAR.--Traedle á mi presencia. Quiero ver su rostro.

CASIO.--Mozo, sal de la turba y mira á César.

CÉSAR.--¿Qué me dices ahora? Habla de nuevo.

ADIVINO.--Cuidado con los idus de Marzo.

CÉSAR.--Es un soñador. Dejémoslo. Abrid paso.

(_Salen todos, menos Bruto y Casio._)

CASIO.--¿Iréis á ver el orden de las carreras?

BRUTO.--¿Yo? No.

CASIO.--Id. Os lo ruego.

BRUTO.--No soy aficionado á juegos. Me falta algo de ese vivaz espíritu

que hay en Antonio. Pero no sea yo estorbo á vuestros deseos: me

alejaré.

CASIO.--De poco tiempo acá pongo empeño en observaros, Bruto. No

encuentro en vuestros ojos aquella suavidad, aquella afectuosa

expresión con que yo debía contar. Os mostráis demasiado rígido y

extraño para con este amigo que os ama.

BRUTO.--Casio, no os engañéis. Si mi aspecto se ha hecho sombrío, su

turbación sólo se refiere á mí mismo. Desde hace poco estoy atormentado

por pasiones un tanto desacordes; concepciones que no conciernen sino á

mí propio, y que tal vez dan algún campo á mi proceder. No por esto se

aflijan mis buenos amigos (de cuyo número sed uno, Casio), ni dén á mi

negligencia otra interpretación que la de estar el pobre Bruto en lucha

consigo mismo, olvidando así el dar muestras de afecto á los demás

hombres.

CASIO.--Pues, Bruto, he equivocado mucho vuestra pasión; y por esto

había yo atesorado en este mi pecho, aspiraciones de alto valor, dignas

de ser meditadas. Decidme, buen Bruto, ¿podéis mirar vuestro rostro?

BRUTO.--No, Casio, porque el ojo no se ve á sí propio sino por reflejo,

por algunos otros objetos.

CASIO.--Es exacto. Y deplórase mucho que no tengáis, Bruto, espejos que

os pongan á la vista vuestra oculta valía, para que podáis mirar vuestra

sombra. Allí donde se respetan en Roma á muchos de los mejores (excepto

el inmortal César), he oído hablar de Bruto, y gimiendo bajo el yugo de

esta época, anhelar porque el noble Bruto abriera los ojos.

BRUTO.--¿Á qué peligros querríais arrastrarme, Casio, haciéndome buscar

en mí mismo lo que no existe en mí?

CASIO.--Por tanto, buen Bruto, preparaos á oir: Y pues conocéis que no

podríais miraros de mejor modo que por reflejo, yo, espejo vuestro, os

revelaré modestamente aquella parte de vos mismo que no conocéis aún. Ni

tengáis recelo de mí, gentil Bruto. Si fuera yo un atolondrado vulgar; ó

acostumbrara repetir con manoseados juramentos mi afecto á cada nuevo

pretendiente; ó si supiérais que voy en pos de los hombres, los abrazo

estrechamente, y luégo los hago blanco del escándalo; ó que de banquete

en banquete me prodigo en adhesiones á todos los vencidos, entonces

podríais tenerme por peligroso. (_Preludios y aclamaciones._)

BRUTO.--¿Qué significan estas aclamaciones? Temo que el pueblo elija á

César por su rey.

CASIO.--¿En verdad teméis eso? Luego debo pensar que no lo deseáis así.

BRUTO.--No lo quisiera, Casio. Y, sin embargo, le amo bastante. Pero, ¿á

qué me detenéis aquí tanto tiempo? ¿Qué es lo que deseáis comunicarme?

Si es para el bien general, aunque pusiérais en un ojo los honores y en

el otro la muerte, sería tan indiferente á los unos como á la otra.

Porque, así me amparen los dioses, como es verdad que amo el nombre del

honor más que temo la muerte.

CASIO.--Conozco en vos esa virtud interna, Bruto, como conozco vuestra

fisonomía exterior. Pues bien: el honor es el tema de mi relato. No

sabría decir lo que vos y otros pensáis de esta vida; pero por lo que á

mí toca, á mí solo, preferiría no vivir á vivir en el terror de aquello

que es igual á mí. Nací libre, como César; y así nacísteis también.

Ambos hemos sido igualmente bien alimentados, y podemos resistir tan

bien como él los rigores del invierno. En cierta ocasión, en un día

desapacible y borrascoso, cuando el Tíber agitado rompía contra sus

márgenes, me dijo César: «¿Te atreverías, Casio, á arrojarte ahora

conmigo en estas aguas furiosas, y nadar hasta aquel punto allá arriba?»

Apenas lo hubo dicho cuando, equipado como me hallaba, me arrojé al agua

y le invité á seguirme, lo cual ciertamente hizo. Rugía el torrente, y

luchamos contra él hendiéndole con vigoroso esfuerzo y avanzando con

corazones inflamados por la emulación; pero antes de llegar al término,

clamó César: «Auxíliame, Casio, ó me sumerjo.» Yo, como nuestro grande

antepasado Eneas, que llevó sobre sus hombros al viejo Anquises para

salvarlo de las llamas de Troya, llevé al fatigado César salvándolo de

las aguas del Tíber. ¡Y este hombre ha llegado ahora á ser un dios! Y

Casio es un miserable que se ha de encorvar humildemente si César se

digna enviarle siquiera un negligente saludo! En Iberia tuvo una fiebre,

y observé cómo temblaba durante el acceso. Sus cobardes labios

palidecieron, y esos mismos ojos cuyo ceño intimida hoy al mundo,

perdieron su brillo. Le oía gemir, sí; y esa su lengua que invitó á los

romanos á distinguirlo y escribir en los libros sus discursos, ¡oh

mengua! clamaba como una niña enferma: «¡Dame algo que beber, Ticinio!»

¡Por los dioses! que me confunde el ver á hombre de tan cuitado carácter

ir á la cabeza del majestuoso mundo, y llevar la palma él solo.

(_Aclamación._)

BRUTO.--¡Otra aclamación general! Creo que estos aplausos son por

algunos nuevos honores prodigados á César.

CASIO.--¡Pero, hombre! Él se pasea por el estrecho mundo, como un

coloso. Y nosotros, turba mezquina, caminamos bajo sus piernas de

gigante, y atisbamos por todos lados para ver de encontrar para nosotros

una tumba sin honra. Alguna vez los hombres son dueños de sus destinos.

La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros

mismos, si consentimos en ser inferiores. Bruto y César. ¿Qué habría en

ese César? ¿Por qué habría de ser ese nombre más ruidoso que el vuestro?

Escribidlos juntos: tampoco es menos vuestro nombre, no es menos

simétrico. Pronunciadlos: fácil á la boca. Pesadlos: no pesa menos.

Conjurad con ellos: Bruto conmoverá un espíritu tan pronto como César. Y

ahora, por todos los dioses juntos, ¿de qué vianda se alimenta este

nuestro César para haber llegado á ser tan grande? ¡Vergüenza para

nuestra época! Has perdido ¡oh Roma! la prole de las sangres nobles!

¿Cuándo pasó edad alguna desde el gran diluvio sin que fuese famosa por

más de un hombre? ¿Cuándo pudieron decir antes de ahora los que de Roma

hablaban, que sus vastos muros no contenían sino un hombre? Y existe

ahora en verdad Roma y sobra espacio cuando no hay en ella más que un

solo hombre. ¡Oh! Vos y yo hemos oído decir á nuestros padres que

existió una vez un Bruto que habría sobrellevado en paciencia al mismo

eterno demonio, para mantener su rango en Roma, con tanta facilidad como

un rey.

BRUTO.--De vuestro afecto no abrigo inquietud. De lo que me induciríais

á hacer, no me falta alguna aspiración. Más tarde os diré cómo he

pensado en ello y en las cosas de estos tiempos; mas no deseo hacerlo

por ahora. Os ruego afectuosamente que no queráis hacerme ir más lejos.

Prestaré atención á lo que habéis dicho; escucharé con paciencia lo que

tenéis que decir, y hallaré momento oportuno para oir y responder acerca

de tan altos propósitos. Hasta entonces, noble amigo mío, meditad en

esto: Bruto preferiría ser un aldeano á reputarse hijo de Roma en las

duras condiciones que estos tiempos parecen imponernos. (_Vuelven á

entrar César y su séquito._) Han terminado los juegos y César está de

vuelta.

CASIO.--Cuando pase el cortejo, tirad á Casca por la manga, y él os dirá

con su brusca manera cuánto hoy ha ocurrido digno de nota.

BRUTO.--Así lo haré; pero, Casio, mira. La cólera centellea en el ceño

de César, y los demás parecen un séquito consternado. Las mejillas de

Calfurnia han palidecido; y Cicerón deja ver en sus ojos el mismo fuego

intenso que les hemos visto en el Capitolio cuando le contrariaban

algunos senadores.

CASIO.--Casca nos dirá lo que acontece.

CÉSAR.--¿Antonio?

ANTONIO.--César.

CÉSAR.--Rodéame de hombres gordos; hombres de poca cabeza, que duermen

bien toda la noche. Allí está Casio con su aspecto escuálido y

hambriento.--Piensa demasiado. Hombres así son peligrosos.

ANTONIO.--No le temáis, César. No es peligroso. Es un noble romano, y de

muy buena pasta.

CÉSAR.--Le querría más gordo; pero no le temo. Mas si cupiera temor en

quien se llama César, no sé de hombre alguno á quien evitaría más pronto

que á ese escuálido Casio. Lee mucho, es gran observador, y penetra

perfectamente las acciones de los hombres. No es amigo de juegos como

tú, Antonio, ni oye música. Rara vez sonríe, y si sonríe es de tal modo

que parece burlarse de sí mismo y desdeñar su espíritu por haber sido

capaz de sonreir á cosa alguna. Tales hombres jamás pueden estar

tranquilos á la vista de alguno más grande que ellos, y por eso son muy

peligrosos. Prefiero decirte lo que es de temer, no lo que yo tema;

porque siempre soy César. Ven á mi derecha, pues no puedo oir por esta

oreja, y dime verazmente lo que piensas de él. (_Salen César y su

séquito. Casca se queda atrás._)

CASCA.--Me habéis tirado por la manga. ¿Querríais hablar conmigo?

BRUTO.--Sí, Casca. Decidnos qué ha sucedido hoy para que César parezca

tan melancólico.

CASCA.--¿Pues no estabais con él? Yo así lo creía.

BRUTO.--Entonces no preguntaría á Casca lo que ha sucedido.

CASCA.--Pues sucedió que le ofrecieron una corona y al serle ofrecida la

apartó con el revés de la mano, así. Y entonces el pueblo se puso á

aclamarlo.

BRUTO.--Y el segundo bullicio ¿de qué provino?

CASCA.--De lo mismo.

BRUTO.--Tres veces aclamaron. ¿Por qué la última vez?

CASCA.--Pues, por lo mismo.

BRUTO.--¿Tres veces le fué ofrecida la corona?

CASCA.--Tres veces, á fe mía, y tres veces la apartó--cada vez más

suavemente que la anterior--y en cada vez mis honrados vecinos

vociferaron.

CASIO.--¿Quién le ofreció la corona?

CASCA.--Antonio, por cierto.

BRUTO.--Decidnos de qué manera, amable Casca.

CASCA.--Que me ahorquen si puedo decir el cómo se hizo. No fué mas que

una tontería y apenas me fijé en ello. Ví á Marco Antonio ofrecerle una

corona--no, no era tampoco una corona; era una especie de coronilla--y,

como os he dicho, la apartó una vez; pero á pesar de todo, tengo para

mis adentros que más le habría gustado tenerla. Se la ofreció luégo por

segunda vez, y volvió á apartarla; mas, á lo que barrunto, se le hizo

muy pesado retirar de ella los dedos. Y en seguida se la ofreció por

tercera vez, y por tercera vez la puso aparte. Al verle rehusar todavía,

la turba vitoreó y batió palmas y arrojó por alto sus mugrientos gorros,

y exhaló tal volumen de pestífero aliento porque César había rehusado la

corona, que casi asfixió á César: pues se desmayó y cayó en el acto. Por

mi parte no me atreví á reirme, de miedo de aspirar aquel aire al abrir

los labios.

BRUTO.--Hablad con calma, os lo ruego. ¡Qué! ¿Se desmayó César?

CASCA.--Cayó en la plaza del mercado, arrojando espuma por la boca, y

perdió el habla.

BRUTO.--Es muy verosímil. Padece de vértigos.

CASIO.--No. César no padece de vértigos. Somos vos y yo, y el honrado

Casca quienes sufrimos vértigos.

[Illustration: _Marco Antonio ofreciendo á César la corona._]

CASCA.--No sé lo que queréis decir en ello; pero estoy seguro de que

César cayó. Y si no es verdad que el populacho palmoteó y lo silbó,

según que él le agradaba ó le desagradaba, como suele hacerlo con los

actores en el teatro, decid que no soy hombre de bien.

BRUTO.--¿Qué dijo cuando volvió en sí?

CASCA.--Antes de caer, cuando vió aquel rebaño de populacho alegrarse de

que rehusaba la corona, me pidió abrir su gola, y les ofreció el cuello

para que lo cortasen. Y á fe mía si yo hubiera sido uno de ellos, le

habría tomado la palabra, aunque hubiese tenido que ir al infierno entre

los bribones; y así cayó. Cuando volvió en sí dijo que si había hecho ó

dicho cosa fuera de camino, deseaba que sus señorías lo atribuyesen á su

enfermedad. Tres o cuatro perdidos, exclamaron: «¡Ay! ¡qué alma tan

buena!» y lo perdonaron de todo corazón; pero de estos no se puede hacer

caso. No habrían dicho menos si César hubiese acuchillado á sus madres.

BRUTO.--Y después de esto se alejó así, lleno de tristeza?

CASCA.--Sí.

CASIO.--¿Dijo algo Cicerón?

CASCA.--Sí. Habló en griego.

CASIO.--¿Con qué objeto?

CASCA.--Pues si yo os lo dijera, nunca volvería á veros la cara. Pero

los que le entendían se sonreían uno al otro y meneaban la cabeza. En

cuanto á mí... aquello estaba en griego. También puedo daros más nuevas.

Marulo y Flavio han sido reducidos á silencio por haber arrancado

adornos de las imágenes de César. Adios. Más tonterías hubo, pero no

podría acordarme de todas.

CASIO.--¿Queréis cenar conmigo esta noche, Casca?

CASCA.--No. Ya he dado palabra á otro.

CASIO.--¿Queréis comer conmigo mañana?

CASCA.--Sí, si estoy vivo, si no cambiáis de idea, y si la comida vale

la pena.

CASIO.--Bueno. Os aguardaré.

Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4] · 第 17 / 181 题