un fonducho solitario, con un comedor en la parte baja y una taberna.
En el comedor de este fonducho paseaba Chapalangarra de arriba a abajo,
mirando al suelo, con las manos en la espalda.
En un rincón de la mesa jugaban a las cartas cuatro muchachos, y un
joven melenudo, el poeta Espronceda, leía sentado en un sofá.
Al presentarse Lacy, Chapalangarra le invitó a salir para hablar
libremente. Tenía miedo de los espías y no confiaba gran cosa en los
jóvenes que le acompañaban.
Chapalangarra era hombre serio, fuerte, grave, de unos cincuenta años;
un tipo oscuro, ceñudo y sombrío. Tenía la piel ennegrecida por el sol,
los ojos grandes, negros; iba afeitado, con tufos sobre las orejas.
Se le hubiera podido tomar por un cura. Hablaba a trompicones y era
desaliñado en el vestir.
Durante más de una hora fué Chapalangarra hablando, accionando,
quejándose de la frialdad y de la falta de entusiasmo de la gente...
La tarde de otoño estaba tan espléndida, el campo tan lleno de aromas,
de colores, de pájaros, que Lacy miraba a veces al guerrillero
preguntándose si no dejaría un momento sus resquemores para echar una
mirada a las maravillas de la Naturaleza; pero Chapalangarra no veía
más que su mundo interior de violencias y de pasiones.
Era el coronel de Pablo, apodado Chapalangarra, de la Ribera de
Navarra, de Lodosa, tierra áspera, fea y caliente.
Había peleado en la guerra de la Independencia a las órdenes de Mina;
después, en los años de 1820 al 1823, concluyó su campaña defendiendo
como gobernador militar, la ciudad de Alicante hasta lo último.
En la época de su emigración en Londres, de Pablo se presentó a Mina,
y en la primera entrevista riñó con él. Chapalangarra quería ir a
España inmediatamente a levantar partidas liberales para restablecer la
Constitución.
Mina intentó convencerle de que era imposible, de que faltaba dinero
y medios de todas clases. Chapalangarra se indignó y acusó a Mina de
tibio y de indiferente.
Ya para aquella época Torrijos había formado su partido radical
entre los emigrados, en contra del de Mina que era más conservador.
Chapalangarra fué invitado por los amigos de Torrijos a entrar en él;
pero no quiso y se decidió a vivir solo, separado de todo el mundo, sin
amigos ni partidarios.
Chapalangarra tenía la preocupación de Mina y hablaba constantemente de
él.
Por entonces, en un periódico inglés, salió un artículo en el que se
acusaba a Chapalangarra de actos de tiranía y de rapiña cometidos en el
año 1823 cuando gobernaba Alicante.
Chapalangarra denunció ante los tribunales al autor del artículo, y
éste, temeroso de ser condenado, propuso retractarse en el periódico y
darle al guerrillero una cantidad como indemnización.
Aceptó Chapalangarra el trato, cogió el dinero e inmediatamente fué a
casa de Mina.
--Ya hay dinero para la Revolución--le dijo, y le entregó todo lo que
le habían dado.
Mina aceptó la cantidad por no defraudar las esperanzas de su paisano;
pero éste al ver que pasaban los días y no le avisaban sintió redoblar
su furor contra el caudillo, a quien acusaba de egoismo, de frialdad y
de falta de entusiasmo.
Chapalangarra entonces pensó formar rancho aparte con Gaspar de
Jáuregui (el Pastor) y que éste rompiera con Mina; pero Jáuregui creía
en la estrella de Mina y no quería abandonarle por ningún motivo.
Era muy monorrima la reconvención de Chapalangarra contra los políticos
para un hombre como Lacy, que creía que en el mundo había algo más
que guerras y revoluciones. Lacy se cansó pronto de las quejas del
guerrillero y pretextó tener prisa.
Volvieron los dos a Cambó, y al llegar cerca del puente Lacy vió que un
señor le saludaba. Era Miguel Aristy que iba a montar en un tilburí.
--¿Quiere usted venir a Ustariz?--le dijo.
--Muchas gracias, señor Aristy.
--Si no ha traído usted coche, tiene usted que esperar hasta mañana.
--¿No le estorbaré a usted?
--No, no; de ninguna manera. Contentísimo en tener compañía.
Lacy se despidió de Chapalangarra y montó en el cochecito de Aristy.
--Me han dado dos horas de política aburridísimas--exclamó Lacy.--Tenía
ganas de mirar el campo. ¡Qué tarde más espléndida!
--Mal político--exclamó Miguel Aristy dando una palmada a Lacy.--¡Un
político que quiere mirar los montes y las flores! No será usted un
Richelieu, ni un Pitt.
--Pse. No me importa.
Y Miguel Aristy y Eusebio Lacy dejaron el bajo Cambó, y al trotecillo
del caballo fueron bordeando el río hasta llegar a Ustariz.
LIBRO TERCERO
LAS DAMAS DEL CHALET DE LAS HIEDRAS
I.
VELADA EN GASTIZAR
¿VA usted a quedarse en Ustariz?--preguntó Miguel.
--Sí, iré a la Veleta.
--No, no; si se queda usted en Ustariz, tiene usted que parar en mi
casa.
--No me gusta molestar.
--¡Molestar! ¡Ya se conoce que no vive usted en el campo! Si viviera
usted aquí, ni en broma diría usted eso.
--¿Por qué?
--Una persona nueva, cualquiera, en uno de estos pueblos vascos, tan
quietos, tan inmóviles, es un acontecimiento; y cuando no se trata de
un cualquiera, sino de un joven distinguido como usted, es un motivo de
conversación para un par de semanas.
--Creo que exagera usted.
--No. Ciertamente que no. Quédese usted esta noche.
--Bueno; me quedaré.
Al parar delante de Gastizar y bajar del tilburí pasaron dos señoras, a
quienes saludaron Aristy y Lacy.
--Son dos damas españolas--dijo Lacy.
--Sí. ¿Las conoce usted?--preguntó Aristy con viveza.
--No. El otro día, cuando vinimos aquí a ver al coronel Malpica, las
encontramos en la posada, que se habían refugiado por la lluvia, y el
posadero nos dijo quiénes eran.
--¡Ah!
Miguel Aristy dejó el coche y el caballo al cuidado de Ichteben, a
quien preguntó:
--¿Dónde están las señoras?
--Ahí, en el prado.
--Bueno. Entonces vamos por aquí, amigo Lacy. Tú desengancha el coche.
--No--replicó Ichteben.
--¿No? ¿Pues qué hay?
--Está la mujer de tu hermano, y la tengo que llevar a Chimista.
--Bien. Está bien.
Miguel y Lacy cruzaron la huerta y subieron a un prado en cuesta con
un manzanal. En lo más alto había un bosquecillo de robles y a su
sombra estaban madama Aristy, madama Luxe y su hija Fernanda, las dos
señoritas de Belsunce y Dolores Malpica, con los chicos.
Dos mozos, con la cabeza cubierta por grandes sombreros de paja,
estaban segando hierba con la guadaña.
Miguel presentó a Lacy, que fué muy bien acogido por las damas. Madama
Aristy le trató con gran amabilidad, y Alicia Belsunce y Fernanda Luxe
quisieron averiguar poco después si el muchacho presentado a ellas
estaba enamorado o no.
Lacy tenía deseos de hablar con la hija de Malpica, y le preguntó por
el coronel. Ella le contestó que le inquietaba su llegada; temía que
viniera a llevarle a su padre.
Miguel, que se había tendido en la hierba, dijo:
--Oiga usted, Lacy; si quiere usted le traerán aquí algo para beber:
vino, sidra o leche.
--Tomaré un vaso de leche.
--¿La quiere usted cocida o recién ordeñada?--preguntó madama Aristy.
--Es igual.
Madama Aristy llamó a uno de los mozos que cortaba la hierba, que
vino al poco tiempo con dos vacas, una de ellas seguida de un ternero
recental que corría dando saltos y enroscando la cola.
Alicia Belsunce se levantó y ordeñó a la vaca en una jarra de madera
que dejó en la hierba.
--¡Oh, Bucólicas de Teócrito! ¡Geórgicas de Virgilio! ¡pastorales de
Longus! ¡Bergeries de Racan!--exclamó Miguel--. Alicia, al mirarte me
figuro a María Antonieta en el Petit Trianon. El mejor día querrán
cortarnos a nosotros la cabeza, y lo más triste es que tendrán razón.
--¡Qué tonterías!--dijo madama de Aristy haciendo un gesto de
impaciencia.--Parece mentira que mi hijo diga estas tonterías.
--Y eso que tiene tanto talento--exclamó Fernanda.
--¡Gracias, hija mía!--exclamó Miguel.
--El talento de Miguel es como los fantasmas, no se presenta más que a
los que los temen--dijo Alicia.
--Alicia se nos va a convertir en la señorita La Rochefoucault.
Alicia hizo un gesto de desdén. Bebieron leche Lacy y Fernanda Luxe.
Miguel dijo que prefería fumar una pipa. Efectivamente, la encendió;
de pronto, señalando el torreón de Gastizar, dijo:
--Nuestra veleta está terrible estos días; se agita con nerviosidad.
¿Sabe usted, Lacy que tenemos una veleta misteriosa?
--Sí; ya he oído hablar de ella.
--¿Ha llegado su fama hasta España?
--No, todavía no.
--¿Pero usted cree que llegará?
--Es posible.
--La verdad es que ese viejo dragón tiene actitudes cómicas. Luego,
como está desnivelado, eso le hace más gracioso.
--Meterá mucho ruido al girar.
--Sí, bastante.
--Van ustedes a llegar a tenerle miedo.
--Sí, sí, es muy posible.
Dolores, la hija de Malpica, tenía que marcharse con sus chicos y se
despidió de todos. Los demás decidieron volver a casa y fueron despacio
hacia Gastizar.
Gastizar en el interior estaba restaurado en tiempo del Imperio. Casi
todas las habitaciones se hallaban tapizadas con papeles con figuras
pseudoclásicas. Los muebles eran de caoba, y se veían en las paredes
cuadros medianos de la escuela de David y de Gerard.
Algunas habitaciones, como el salón, las había arreglado Miguel Aristy,
más severamente, al gusto antiguo, con muebles de su madre y cuadros
oscuros de la escuela de Claudio Lorena. El zaguán amplio de la casa,
enlosado de piedra, tenía unas estatuas toscas que debían de haber
salido de alguna iglesia o convento desmantelado en 1793.
Además de los campos tenía Gastizar una huerta muy grande y un jardín.
Cruzando esta huerta, desde la parte de atrás de la casa iba hacia el
río, una calle de perales en arco que terminaba en un cenador con una
mesa y unos bancos rústicos. De esta plazoleta del cenador se bajaba al
Nive, a cuya orilla había un árbol donde solía estar atado un bote.
La señora de Aristy no quería ir al cenador, porque encontraba que era
sitio húmedo y malsano. Miguel, en cambio, solía pasar muchas horas en
aquel rincón y pescaba barbos y anguilas.
Después de pasear por la huerta fueron al salón, en donde Alicia tocó
el piano. Habían llegado el caballero de Larresore, el padre Dostabat y
el joven Darralde Mauleón, a quienes presentó Miguel a Lacy.
Madama Luxe y su hija, Larresore y el padre Dostabat se quedaron a
cenar y fueron en la mesa diez personas.
Se habló largo rato, y después de las diez se retiraron madama Luxe y
su hija con Darralde Mauleón y el padre Dostabat.
--¿Usted se acuesta temprano, Lacy?--preguntó Miguel.
--No; porque me suelo dormir tarde.
--Entonces quédese usted. Charlaremos al lado del fuego.
Quedaron, cerca de la chimenea, Miguel, Lacy, Darracq y el caballero de
Larresore.
Hicieron Miguel y el caballero varias preguntas acerca del propósito de
los emigrados españoles, y en el curso de la conversación hablaron de
las dos señoras del chalet de las Hiedras, a quien había visto Lacy por
primera vez en la posada de la Veleta.
--Yo tengo mis dudas acerca de estas damas--dijo Miguel--. Sería
desagradable que tuviéramos aquí dos intrigantes.
--¿Qué título llevan esas damas?--preguntó Lacy.
--La tía se hace llamar condesa de Vejer.
--¿Y de dónde es?
--Del mismo Vejer, que debe ser un pueblo de la provincia de Cádiz.
--Yo preguntaré en Bayona a algún gaditano--dijo Lacy.--¿Y qué vida
hacen?
--Las dos son muy devotas; van todos los días a misa con un aire muy
compungido. En su casa tienen muchas imágenes religiosas; pero nada de
esto me convence. Hay en ellas algo sospechoso. Son unas españolas que
no hablan nunca español. Luego, un criado de aquí de casa dice que un
día las oyó discutir a tía y sobrina insultándose con palabrotas. Es un
poco extraño.
--Sí, muy raro es. ¿Y ustedes no las conocían de antes?
--No.
--Estuvisteis bastante torpes en aceptarlas en la casa--indicó
Larresore.
--Yo no estaba aquí--dijo Miguel--cuando mi madre les alquiló el chalet
de las Hiedras. Si yo estoy, no les alquilo. Parece que traían una
recomendación de Bayona. Al principio, mi madre parecía contenta; luego
estuvo diciendo que las iba a echar, que debían ser dos intrigantes, y
después de repente ha cambiado y no quiere oir hablar de despedirlas.
Yo estoy convencido de que es mala gente. La vieja, la que se hace
llamar condesa, tiene todo el aire de una cortesana, aduladora, con
gran tendencia a la tercería; la joven es de mala índole.
--¿Y usted no ha preguntado a nadie quiénes son?--dijo Lacy.
--Sí; he preguntado a los amigos de Bayona, pero no las conocen.
Algunos han oído hablar de ellas como de unas señoras españolas, y nada
más.
--¿Tienen acento español?
--Ninguno. Pero eso no significa nada; usted tampoco tiene acento
español.
--Es que yo me he educado en Bretaña, lo que no es corriente en un
español. ¿Y tienen relaciones esas señoras?
--Aquí tienen las relaciones que han hecho por mediación de mi madre.
Mi madre tiene fama de severa; las ha aceptado a las dos, y todos los
conocidos las han aceptado también.
--¿Y qué vida hacen?
--Muy recogida. La condesa viene aquí algunas veces, y se muestra muy
ceremoniosa y muy aduladora con mi madre. Su sobrina Simona dicen que
es viuda; no sé. Conmigo comenzó a coquetear descaradamente, y supongo
que ha tenido que ver algo con mi hermano.
--¿Y por qué viven en Francia?
--No sé. Esto me parece poco explicado; ellas dan a entender que por
cuestiones políticas.
--¿Son liberales?
--No; por su conversación parecen lo contrario. ¿No hay un partido en
España que se llama apostólico?
--Sí.
--Pues dan a entender que son de ese partido.
--Es posible. ¿Y suele venir alguien a verlas?
--Muy poca gente. Ahora, desde hace un mes o cosa así, viene con
frecuencia un señor del pueblo, un tal Choribide, un cínico. Están
tramando algo, no sé qué.
--¿Y ellas no salen de casa?
--Hasta hace poco, casi nada. Ahora, la sobrina va con frecuencia
al Bazar de París, de dos muchachas del pueblo de una fama un tanto
equívoca.
--¿Y viajan?
--Antes iban muy a menudo a Bayona y tenían mucha correspondencia;
ahora van mucho menos.
--¿Y desde cuándo han dejado de ir?
--Desde Agosto.
--Es decir, desde la Revolución de Julio--dijo Lacy.
--Tiene usted razón. No me había fijado en esa coincidencia.
--El señor de Lacy haría un gran juez--dijo el caballero de Larresore.
--No, no--replicó Lacy--; como siempre ando entre políticos, tengo la
costumbre de relacionarlo todo con la política, y esas señoras dan la
impresión de que tienen algo que ver con la política.
--¡Cierto!--exclamó Miguel.--Es una idea que la llevaba dentro, pero
de una manera oscura. Ahora me parece indudable. Cuando vaya usted a
Bayona, pregunte usted a algún español por ellas. A ver si las conocen.
--Lo haré, no tenga usted cuidado.
Después de la larga charla ya cerca de la una, se levantó Lacy y Miguel
de Aristy le acompañó hasta su cuarto.
--No se preocupe usted de la hora del coche. Si no lo coge usted, yo le
llevaré en el tilburí.
--No, no; preferiría que me llamaran para la hora de la diligencia.
--Bueno, se le llamará. Adiós, querido Lacy--le dijo Miguel
estrechándole la mano.
--Adiós.
Lacy se levantó por la mañana y salió a la carretera. El sol de un
día de otoño comenzaba a dorar la tierra, cantaban los pájaros en las
ramas, murmuraba el río en su cauce. La sierra de la serrería mecánica
comenzaba a rezongar como un moscardón; el herrero martilleaba en
el yunque; algunas mujeres pasaban en sus carruchos, y la panadera
repartía el pan en las casas.
Lacy contempló con simpatía este comienzo de la vida de la aldea. Al
llegar la diligencia subió a ella, que marchó al trote de sus cuatro
caballos camino de Bayona.
Al día siguiente, al llegar Lacy a su fonda, por indicación del patrón,
se dirigió a un italiano, empleado en la subprefectura, amigo de
Iturri. A las primeras palabras el italiano sonrió maliciosamente.
--¿Por qué se sonríe usted?--preguntó Lacy.
--Esas dos mujeres que viven en Ustariz han sido hasta ahora de la
Policía--contestó el italiano.
--¿De verdad?
--Y tan de verdad.
--¿Pero hay mujeres policías?
--Ya lo ve usted. No sólo hay misterios en los folletines y en los
melodramas.
--¿Y éstas están reconocidas?
--Sí; están fichadas y se tienen que presentar todos los meses aquí. Se
las conoce por la _fille_ Carolina y la _fille_ Simona.
--¿Y desde cuándo han dejado de ser de la Policía?
--Desde la Revolución de Julio.
--¿Y ahora qué hacen?
--Ahora creo que trabajan para el Gobierno español.
Lacy inmediatamente escribió a Miguel Aristy lo que le habían dicho, y
contó a sus amigos de la Junta lo que ocurría en Ustariz.
II.
LA POLICÍA
VARIAS veces había corrido por Ustariz la noticia de que la condesa de
Vejer y su sobrina eran dos espías.
De dónde pudo nacer el rumor, no se sabía; pero no cabía duda de que
había algún dato, algún indicio más o menos claro para tal suposición.
Ya desde hacía tiempo se hablaba de mujeres que practicaban el
espionaje en beneficio de los partidos.
La Policía de la Restauración fué la que comenzó a emplear a las
mujeres en sus maquinaciones y sus intrigas. El Gobierno de Carlos X
veía peligros en todas partes.
Por un fenómeno extraño, la Policía de Francia se había reclutado
siempre entre los tránsfugas de los partidos vencidos. Así, el Poder
tenía en la Policía su defensor y su enemigo.
En plena Revolución, gran parte de los jefes de la Policía de París
eran monárquicos. Sometidos en el período del Terror trabajaron con los
thermidorianos en dominar la Revolución. Durante el Imperio la Policía
francesa estaba formada por ex revolucionarios y dirigida por Fouché,
que se impuso a Napoleón como luego se impuso a Luis XVIII amenazándole
con su ejército de agentes ex terroristas y ex bonapartistas.
En el Imperio, todas las autoridades civiles y militares eran
policíacas. El ministro Fouché dió el tono a la política imperial;
Napoleón tenía una policía particular, Fouché otra; al mismo tiempo el
prefecto Dubois contaba con sus agentes especiales y Talleyrand con los
suyos.
Las delaciones eran constantes. Al hundirse el Imperio el mundo
policíaco sobrevivió a la ruina y se pasó al servicio de los
triunfadores. Los gobiernos de la Restauración comprendieron que debajo
de las cenizas quedaba aún fuego revolucionario, y para descubrirlo los
hombres de la policía inventaron algo más perfecto y canallesco que los
delatores del Imperio: los agentes provocadores.
Los agentes provocadores no se contentaban con traficar con las
confidencias sorprendidas a las gentes de buena fe, o con las calumnias
lanzadas contra los hombres proscritos por sus ideas liberales; los
agentes provocadores urdían ellos mismos conspiraciones, excitaban a
los locos, a los ilusos y los empujaban al cadalso o la prisión. Era
llevar a la práctica la máxima jesuítica de que el fin justifica los
medios. Así se hicieron la conspiración de Belfort y las algaradas de
las calles de Saint Denis y de Saint Martín de París en 1827, en donde
la tropa disparó contra la gente pacífica.
La Policía del Gobierno reaccionario de París se correspondía con la de
Madrid, la de Roma, la de Nápoles y la de Viena.
Durante la Restauración, el partido clerical sirvió con su espionaje al
Gobierno.
Las iglesias, los conventos, las Asociaciones jesuíticas eran agencias
de noticias y de informes, que iban de acá para allá y terminaban en
Roma.
Al acentuarse la política clerical con el Gobierno de Luis XVIII,
sucedió al conde de Anglés como prefecto de Policía Mr. Guy Delavau,
magistrado, hombre político que después fué del Consejo de Estado y
que desapareció en la vida privada a raiz de la Revolución de Julio.
Con la dirección de Delavau, la Policía dirigida por gentes de
chanchullo como Freret, Vidocq y otros jefes, algunos salidos de
presidio, comenzó el espionaje en las familias y en los talleres.
Todo se hacía a fuerza de intrigas y de espías. Mucha gente se vengaba
denunciando a la Policía a su amo, a quien odiaba, a un enemigo, o a un
rival por amor.
Cualquier procedimiento era bueno. En 1821 la Policía quiso saber el
paradero del general Bertón. Se intentó corromper hijos, parientes,
amigos. En vista de que no se obtenían resultados se echó mano de otro
recurso. Se averiguó que la hermana del ayudante del general tenía una
criada algo ligera de cascos, y se pidió un agente de policía joven y
guapo y de buen aspecto, para que intentara tener relaciones íntimas
con la criada y arrancarla a ella las noticias que se deseaban.
En esta época de Mr. Delavau, la _fille_ Carolina y la _fille_ Simona,
que se hacían llamar en Ustariz la condesa de Vejer y su sobrina,
habían comenzado a practicar el espionaje. Era un momento en que las
mujeres intervenían activamente en la Policía.
Al mismo tiempo que al Gobierno francés las dos mujeres servían a los
apostólicos de España, con quienes tenían relaciones.
Al estallar la Revolución de Julio, los confidentes y espías del
anterior Gobierno habían quedado la mayoría destituídos y vigilados.
La Carolina y la Simona, metidas en su rincón de Ustariz, sabiendo que
les convenía no mostrarse en público, hicieron durante algún tiempo una
vida muy retirada en su chalet de las Hiedras.
III.
CAROLINA Y SIMONA
MIGUEL Aristy, que había sabido por la carta de Lacy qué clase de
mujeres eran las dos a quienes tenía su madre alquilado el chalet de
las Hiedras, quiso cerciorarse y enterarse con mayores detalles y fué a
Bayona. Se presentó en la fonda de Iturri a ver a Lacy, y éste le llevó
al italiano empleado en la subprefectura.
El italiano no conocía en detalles la vida de las dos damas que vivían
en Ustariz; únicamente sabía lo que había dicho ya, e indicó que el
jefe de la Policía de Bayona podría dar una información más completa.
El jefe de la Policía de Bayona, el señor Fouquier, había llegado a la
ciudad después de la Revolución de Julio y no estaba enterado de los
hechos anteriores a la época de su cargo.
El señor Fouquier le dió a Miguel un buen consejo.
--Vea usted a Masson--le dijo--que ha sido el jefe anterior a mí.
Masson le cobrará a usted la consulta, pero le dará datos.
El señor Masson vivía en una casita de campo a orillas del Adour,
cultivando su huerta y sus frutales. Miguel Aristy lo encontró con una
blusa azul larga y un sombrero de paja, podando frutales. Miguel Aristy
le explicó un caso fingido, le dijo que un amigo suyo estaba enamorado
de una tal Simona que vivía en Ustariz con una señora llamada Carolina,
y que él desconfiando de ellas había tomado informes y que los informes
eran malos.
El señor Masson era un hombre de una cara reluciente y carnosa, de
color cetrino, los ojos chiquitos y brillantes, el pelo rizado y la
cara picada de viruelas. Había sido militar durante el Imperio y un
explotador de su cargo de policía en tiempo de la Restauración.
Masson escuchó las explicaciones de Aristy, y comenzó a reir con una
risa sarcástica.
--¿De manera que la Carolina y la Simona hacen tan bien su papel de
grandes damas que se las tiene por condesas auténticas? Ja... ja...
ja... ¿Y hay un hidalguillo de Ustariz enamorado de una de ellas?...
Ja... ja... ja... Es delicioso. Sí son buenas cómicas.
--¿De modo que son unas aventureras?--preguntó Miguel.
--¿Aventureras?... Dos prostitutas... Voy a ver sus fichas.
Masson cogió un legajo y lo desató.
--Vamos a ver la Carolina--dijo--y leyó luego: Carolina Michu, ha
nacido en París, de familia obrera. Se casó en 1805 con un oficinista
que era alcohólico completo. Cansada de su casa se marchó de ella
con un amigo del marido. Después tuvo varios amantes, militares y
empleados, y ya vieja se enredó con uno de la policía y se fué a
Madrid. Allí se relacionó con la antigua querida del ministro Macanaz
que vendía empleos. Se dedicó a negocios ilícitos de toda clase e
intrigó a favor del general Bessieres. A consecuencia de esto fué
expulsada de España y vino a Bayona empleada en la policía francesa y a
sueldo de Calomarde para espiar a los liberales españoles. La Carolina
Michu se hace pasar por la condesa de Vejer, dice que su marido el
conde, murió de oidor en el Perú. Carolina en Bayona es muy religiosa,
va a todas las fiestas de iglesia y tiene una reunión a la que suelen
ir el abate Miñano y otros tipos igualmente sospechosos.
--¡Buena pieza!--exclamó Aristy.