--Sí, recomendable para la dirección de un colegio de señoritas. Vamos

a ver la otra. Aquí está: Simona Busquet ha nacido en Perpiñán. Hija

de padre desconocido. A los diez y siete años tuvo un amante de buena

posición y quedó embarazada. Simona se presentó a los padres del amante

dándose de víctima, e hizo que le entregaran dinero para la educación

del niño, y se fué a París. Aquí dejó el niño en la Maternidad y

vivió hoy con uno y mañana con otro. Es mujer áspera, sensual y de

mal carácter. Sus amantes le cansan en seguida, y ella cansa a sus

amantes con su genio violento. Un viejo, rico comerciante de Burdeos,

le instaló en una casa de los alrededores de la ciudad, pero ella harta

de esta vida sacó dinero al viejo con amenazas y se fué a Madrid,

donde conoció a la Carolina. Ha tenido relaciones íntimas con el señor

Regato, que es ahora agente del Rey de España para hacer jugadas de

Bolsa.

Estos eran los antecedentes de aquellas dos mujeres que tenían fama en

Ustariz de aristócratas y de piadosas.

Miguel Aristy pagó la consulta al señor Masson y se fué pensando que su

madre se haría cruces al saber la clase de gente que eran las damas del

chalet de las Hiedras.

Madama Aristy oyó la relación que le contó su hijo con marcado disgusto.

--¿Qué habrá que hacer?--preguntó ella.

--Tendremos que echarlas--dijo Miguel.

--Sí, pero es un escándalo y no conviene. ¡Si la gente se entera! Habrá

que buscar una ocasión.

Miguel notó que su madre se hallaba muy preocupada con este asunto.

Una mañana que estaba Miguel pescando vió que Ichteben iba con una

carta al Chalet de las Hiedras y que volvía al cabo de media hora a

Gastizar con otra carta en la mano.

Al entrar en el portal Aristy vió dos o tres pedacitos de papel rotos,

sin duda de la carta de las damas del Chalet. Los cogió por curiosidad.

En un trozo ponía: No se atreverá usted a echarnos... en el otro: la

mujer de un regicida...

--¡Qué novela habrán inventado estas mujeres!--pensó Miguel.

Pasaron unos días. Las damas del Chalet de las Hiedras no parecían

dispuestas a marcharse.

--¿No se van esas mujeres?--preguntó Miguel a su madre.

--Me han pedido un plazo y habrá que esperar.

IV.

CHORIBIDE EN ACCIÓN

UNA mañana poco antes de la hora de comer, el señor Gastón Choribide se

presentó en el Chalet de las Hiedras. Llamó a la campanilla y al salir

la criada le dijo:

--Señorita, quisiera saludar a la señora condesa de Vejer. Haga usted

el favor de decirle que el caballero Gastón de Choribide pregunta por

ella.

La criada indicó a Choribide que subiese una escalera y le hizo pasar a

un saloncito. Choribide aprovechó el momento para arreglarse la corbata

y echarse una mirada en el espejo y permaneció inmóvil apoyado en el

bastón y con el sombrero de copa en la mano en una actitud estudiada.

Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y apareció la condesa de

Vejer.

--Señora--dijo Choribide juntando los pies para hacer la

reverencia--perdone usted que sin tener el honor de conocerla tenga el

atrevimiento de presentarme en su casa.

--Caballero--replicó la dama con aire altivo--usted dirá lo que le trae

por aquí.

--Voy en seguida.

La condesa de Vejer era una mujer alta, pintada, voluminosa, de ojos

grandes y sombreados. Vestía de negro, con cierto aire de dama de

teatro, llevaba los dedos llenos de sortijas y el pelo empolvado de

blanco.

--Es un poco largo lo que tengo que decir--dijo Choribide.

--Está bien. Le escucho a usted.

--Usted me perdonará que me siente--y Choribide levantó los faldones de

la casaca y se sentó en un sillón que tenía los brazos terminados en

dos cabezas de pato doradas.

La condesa se sentó en un canapé.

--Señora--dijo Choribide con el sombrero de copa en las rodillas--lo

que tengo que decirle a usted es bastante reservado y no quisiera que

nos interrumpieran.

--Cuántos preámbulos, caballero--exclamó la dama impacientada.

--Son necesarios, indispensables. Yo soy un hombre que no me ha gustado

nunca mortificar a nadie. Mi viejo amigo Garat suele decir de mí:

Quizás se pueda acusar a Choribide de tener una moral oscura y todavía

inédita, pero nadie podrá dudar de su sensibilidad. Pues bien, señora

condesa, para facilitar mis explicaciones le contaré a grandes rasgos

mi vida.

--¿Es necesario, caballero?

--Es necesario hasta cierto punto. Yo, señora, de joven he sido una

bala perdida. No he sido de esos hombres fríos, de esos moluscos sin

sangre y sin nervios que pueden vivir en un rincón. Yo necesitaba

dinero, necesitaba mujeres, un poco de lujo y de comodidad, y

tomaba todo esto de donde podía; comprenderá usted que no con los

procedimientos de los caballeros de la Tabla Redonda sino con los

procedimientos de otros caballeros. Así que he sido jugador de ventaja,

he estado asociado con gentes que hacían asignados falsos y he sido de

la policía. Es lo más sucio que he sido en toda mi carrera. ¿Comprende

usted señora condesa de Vejer por qué tiene algún interés que cuente mi

vida?

--No, no lo comprendo--dijo con inquietud madama Carolina.

Choribide hizo un gesto de resignación irónico, dejó el sombrero y el

bastón en un velador y cruzó una pierna sobre otra con abandono.

--Ya que no lo comprende usted fácilmente, voy a contarle la historia

de una tal Carolina y de una tal Simona según aparecen en los registros

de la policía.

--¿Y usted pretende?...

--Yo no pretendo nada. Es la policía que pretende que la tal Carolina

se hace pasar en Ustariz por la condesa de Vejer. Ahora señora--y

Choribide se levantó con aire de joven y tomó su sombrero y su

bastón--le voy a plantear la siguiente disyuntiva: ¿Conoce usted a la

tal Carolina? Espere usted. No me conteste usted todavía. Si me dice

usted: Sí la conozco, habrá entre nosotros paz y será usted para mí la

condesa de Vejer. Si me dice usted no, habrá entre nosotros guerra y yo

me retiraré al momento.

La Carolina azorada por completo vaciló en decidirse.

--¿La conoce usted sí o no?--preguntó de nuevo Choribide con un acento

sarcástico y duro.

--Sí la conozco--murmuró ella humildemente.

--Está bien, señora condesa. Tiene usted desde ahora en mí un servidor

incondicional, un asociado. Conozco el país mejor que ustedes. Sé al

dedillo la historia de las gentes. Mis conocimientos los pongo a la

disposición de usted.

--¿Y qué pretende usted en cambio?

--Yo soy como he tenido el honor de decirle antes, señora condesa, un

hombre de vida borrascosa. Al llegar aquí me casé con una mujer de

algún capital. Dicen que había sido la querida de su tío el vicario. No

sé, es cosa que no me preocupa. Mi mujer tiene un sobrino, el teniente

Rontignon que es ex oficial de la Guardia Real. Rontignon es un hombre

sin energía, un hombre de café, tonto y tímido a pesar de su jactancia;

a mí en su estado actual me estorba y he pensado en casarlo con madama

Luxe.

--Madama Luxe es una mujer riquísima--observó Carolina.

--Sí, es verdad. Mi sobrino no es rico, pero es joven, guapo, y lleva

uniforme. Yo he pensado que usted que tiene buenas relaciones con el

Gobierno español, podría conseguir para mi sobrino a cambio de los

servicios que yo le prestaré, una condecoración, una gran cruz que en

un realista como él vendrá muy bien.

--Sí, sí, se conseguirá. Escribiré a mi amigo el señor de Calomarde

y no tendrá inconveniente en otorgarle una gran cruz. ¿Y a usted,

Choribide, no le gustaría tener una condecoración?

--No, a mí no--dijo Choribide con una claridad irónica en sus ojillos

grises--parecería lógico que yo que he sido un pillo sintiera la

necesidad de tener algún prestigio social, pero no; soy un pillo

filósofo.

--¡Qué bromista!

--No, no es broma, condesa. Lo que digo es el Evangelio.

--Y con la cruz ¿cree usted que su sobrino Rontignon convencerá a

madama Luxe?

--Ya veremos.

--Hum ¡qué sé yo!

--La gran cruz es el adorno. Lo esencial es que Rontignon es joven,

guapo y estúpido. ¿Qué más puede pedir una mujer?

--¡Qué opinión tiene usted de nuestro sexo!--dijo madama Carolina

tomando un aire tierno y sentimental.

Choribide sonrió.

--No es una opinión. Es una convicción--dijo.

--¿Tan mal le han tratado las mujeres?

--Ha habido de todo--contestó el pillo filósofo.

--¿Y sus datos, Choribide?

--Cuando los necesite usted. Usted me manda una nota o un aviso de que

venga, lo que usted prefiera. Para algunas investigaciones quizás se

necesite algún dinero.

--Lo hay. El señor de Calomarde me ha escrito que gastemos el dinero

necesario sin miedo. El asunto es de transcendencia y es indispensable

que de cualquier modo la expedición liberal tenga un fracaso ruidoso.

--Lo tendrá.

--Muy bien. Ahora le voy a presentar a mi sobrina.

La condesa salió del salón seguida de Choribide, bajó hasta un cenador

del huerto donde Simona estaba leyendo.

--Simona--dijo madama Carolina--el señor Choribide; un amigo y un

aliado.

Choribide hizo la reverencia echando un pie hacia atrás a la moda

antigua, una reverencia digna de un pisaverde del Palais Royal del

tiempo de madama Tallien, y después de unas cuantas galanterías se

despidió de las dos aventureras besándoles la mano.

Mientras cruzaba la huerta de la casa sus labios finos sonreían y en

sus ojos había una claridad alegre y burlona.

Al llegar a la puerta del jardín, Choribide echó una mirada a la

torrecilla de Gastizar. El viento andaba revuelto, el viejo dragón

cambiaba de rumbo a cada paso y rechinaba agriamente. Aquel malvado

basilisco, aquella furia super-terrestre estaba en un momento de

inquietud. Sin duda, tenía que anunciar catástrofes y calamidades sin

cuento.

_La Caleta, Noviembre, 1917._

FIN DE LA VELETA DE GASTIZAR

ÍNDICE

Páginas.

PRÓLOGO 9

LIBRO PRIMERO

LA FAMILIA DE ARISTY

I. Los viajeros 17

II. La posada de la Veleta 25

III. Ustariz y su grande hombre 39

IV. Gastizar y Chimista 49

V. La tertulia de Gastizar 63

VI. Don Valentín de Malpica 75

VII. Retratos de familia 87

VIII. Los parientes y los amigos de la casa 97

IX. Choribide el versátil 111

X. Un solitario 127

XI. Los locos del pueblo 131

LIBRO SEGUNDO

LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830

I. Dos amigos 139

II. Estampa de Bayona en 1830 149

III. Las amistades de Lacy 153

IV. Los grupos hostiles 159

V. Las estelas sentimentales 165

VI. Los preparativos 169

VII. Una carta de Tilly 175

VIII. Los jefes 181

IX. Gestiones de Lacy 191

LIBRO TERCERO

LAS DAMAS DEL CHALET DE LAS HIEDRAS

I. Velada en Gastizar 205

II. La policía 219

III. Carolina y Simona 225

IV. Choribide en acción 231

* * * * * *

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

La Veleta de Gastizar · 第 8 / 8 段