París y presenció los acontecimientos de Julio.
En Agosto comenzaron a pasar el Canal de la Mancha los emigrados. El
11 bajaron en Calais, Bertrand de Lys, Mendizábal, Olegario Cueto, el
brigadier Palarea y Juan Llupius. Pocos días después el coronel Valdés
desembarcó en el Havre.
En París se reunieron Valdés, Leguía, Aldaz el secretario de Mina,
Mendizábal y Chapalangarra. Habían pasado de Inglaterra a Francia
con la idea de ejercer una acción común y no había manera de que se
pusieran de acuerdo.
Leguía, Aldaz y Chapalangarra, los tres navarros estuvieron a punto
de reñir y de pegarse. Chapalangarra se había separado de Mina, Leguía
había hecho lo mismo y ambos creían tener motivos de queja contra el
general. Leguía se creía olvidado y estaba ofendido. Aldaz defendía a
su jefe viniera o no a cuento.
La reunión de los liberales en París no demostró más que sus
divisiones. Se decidió formar una junta en Inglaterra, otra en Francia
y para secundar los trabajos de esta última, los radicales franceses
constituyeron una segunda junta con el nombre de Comité Español.
Se abrió una suscripción y las listas engrosaron rápidamente. Los
banqueros Ardouin, Calvo y Bertrand de Lys aseguraron que pronto
tendrían dinero. La Junta de Francia formada por españoles y dirigida
por Mendizábal escribió a Mina y le preguntó si podía contar con él.
Mina contestó que sí, y desde este momento la Junta se trasladó a
Bayona.
Con los primeros fondos del empréstito comenzaron a comprarse armas y
empezó el alistamiento de los emigrados.
El Comité Español de París, formado por franceses, buscó el apoyo del
Gobierno de Luis Felipe y del mismo rey.
Luis Viardot, uno de los miembros de aquel Comité, fué a visitar a
Guizot y Guizot le dijo:
--Decid a los que os envían que Francia ha cometido en España un crimen
político en 1823 y que le debe una reparación y que esta reparación se
llevará a cabo.
Dupont, Marchais y Loëwe-Weimar, del mismo Comité, fueron a ver a Luis
Felipe. Luis Felipe dijo que Fernando VII era el mayor bribón que había
existido. El rey de los franceses indicó que la tentativa contra el
Gobierno de Fernando le parecía muy bien y dió dinero de su bolsillo.
Algunos amigos de la familia de Orleans aconsejaron que se ayudara a
destronar a Fernando VII y en ese caso se ofreciera la corona de España
al duque de Nemours, hijo de Luis Felipe, a quien se casaría con la
reina doña María de la Gloria de Portugal, con lo cual se reunirían en
su cabeza las coronas de los dos reinos peninsulares.
El rey de los franceses comprendía muy bien que estas combinaciones
no se hacen cuando se quieren y vió en el asunto de los emigrados
españoles únicamente una manera de imponerse al Gobierno de Calomarde
para que le reconociera como rey de Francia.
Con la protección de Luis Felipe y del Gobierno, los españoles creyeron
que el triunfo estaba asegurado. Todos los días grupos de treinta, de
cuarenta, de cincuenta hombres iban hacia la frontera. Hojas de ruta
autorizadas por el prefecto de policía favorecían los viajes. Había
depósitos de armas con el consentimiento expreso de Montalivet y de
Guizot.
La imperial de las diligencias de Burdeos a Bayona estaban siempre
retenidas por los agentes españoles para los emigrados. Estos subían a
sus asientos y hablaban, reían y a veces gritaban:
--¡Viva España! ¡Viva la libertad!
--Pronuncian _Biba_--decía algún francés con asombro.
Y el señor culto y erudito recordaba la frase de Escaligero sobre los
españoles que parece de algún gran aficionado al vino: Felices populi
quibus vivere est bibere.
VII.
UNA CARTA DE TILLY
ESTABA Lacy olvidado de Tilly cuando de la fonda de San Esteban donde
vivía la inglesa Lady Russell le enviaron una carta de Lacy con
anotaciones y entre paréntesis puestos después con otra letra. Era la
carta de una ingeniosidad un tanto pueril como muchas de las cosas
pensadas por Tilly. Estaba redactada en estos términos:
"Querido Lacy: Te escribo como te prometí para darte noticias de
lo que pasa en la corte celestial. Mis informes son malos para
vosotros. Ahí no lo creerán, pero yo veo que en esta comedia el
Matemático (_Luis Felipe_) se entiende con Calígula (_Fernando
VII_) que se ha asustado con los preparativos de los ilusos
(_los liberales_). Era lo que buscaba la gente del Palacio Real
de Babilonia (_París_). El Gobierno babilónico (_el Gobierno
francés_) va a prohibir de un momento a otro la salida de los
ilusos (_liberales_) de sus puntos de acantonamiento, impedirá las
reuniones y decomisará los instrumentos de trabajo (_las armas_).
Los agentes del Matemático (_Luis Felipe_) hacen creer a los ilusos
(_liberales_) que estas medidas son para cubrir el expediente, pero
no hay nada de eso.
Calígula y su Caballo (_Fernando VII y Calomarde_) al saber por sus
hurones (_espías_) que se estaban organizando grandes mascaradas
(_juntas de insurrección_) en Babilonia y en Nínive (_en París y
en Londres_) reunieron el Consejo de familia (_Consejo de Estado_)
para deliberar con los familiares (_los ministros_).
Hubo grandes disentimientos en la opinión de los consejeros.
Un partido aconsejó reunir el Agora de Esparta (_las Cortes
de España_) publicar una amnistía y dar una carta biagórica
(_constitución de dos Cámaras_) para neutralizar la acción de los
ilusos (_liberales_), el otro quería la represión a todo trance
aumentando el efectivo de los mamelucos (_voluntarios realistas_) y
dejando Esparta (_España_) como hace siete años.
El Caballo de Calígula (_Calomarde_) tiene hurones (_espías_)
entre los ilusos (_liberales_) y sabe día por día lo que ocurre
entre ellos.
De estos hurones (_espías_) uno es el comandante don Antonio Oro.
No es oro todo lo que reluce. Los otros son el francés que andaba
conmigo, Husson de Jour, que no sé si seguirá aún en Villa-aburrida
(_Bayona_) y un español, don Manuel Ruiz, que ha recorrido con
fines de lince (_de policía_) la frontera babilónico-espartana
(_franco-española_).
El Caballo de Calígula (_Calomarde_) tiene hormigas leones
(_agentes procuradores_) en el campo iluso (_liberal_).
Los tres bajás de la frontera babilónico-espartana (_los capitanes
generales de la frontera_) han remitido órdenes de vigilarla
estrechamente.
Los jefes de los perros de presa (_los tercios_) y los mamelucos
(_voluntarios realistas_) quedarán a las órdenes de los bajás
(_capitanes generales_).
Va a publicarse un Iradé (_Real decreto_) poniendo en vigor otro de
1825 contra los ilusos (_liberales_) cogidos con los instrumentos
entre los dedos (_las armas en la mano_) y contra los que les
presten socorro, un asilo, o tenga con ellos correspondencia.
La pena de empalamiento (_muerte_) alcanzará por la menor cosa,
la sospecha de complicidad bastará para gozar de la hospitalidad
económica (_ir a presidio_).
Al mismo tiempo que el Caballo (_Calomarde_) toma estas medidas,
hace reclamaciones enérgicas al Matemático (_Luis Felipe_), a quien
no quiere reconocer, amenazándole con represalias y con formar
cuerpos de camellos babilónicos (_realistas franceses_) que ataquen
a Babel (_Francia_) por el mediodía.
El bajá general de la Marca (_el capitán general de Cataluña_) y el
de Vardulia (_Guipúzcoa_), los dos babilónicos (_franceses_) y los
dos elefantinos (_absolutistas_) trabajan en el reclutamiento de
los emigrados babilónicos (_franceses_).
Estas medidas según se dice han hecho mella en el Gobierno
babilónico (_francés_) que os empezará a poner trabas dentro de
poco.
El acuerdo debe estar hecho. Esparta (_España_) reconocerá al
Matemático (_Luis Felipe_) y no favorecerá a los elefantinos
babilónicos (_absolutistas franceses_) y Babel (_Francia_)
dificultará en cambio los trabajos de los ilusos espartanos
(_liberales españoles_).
Tu amigo
EL ESQUELETO"
Eusebio Lacy quedó asombrado al leer esta carta que tenía entre
ingeniosidades infantiles datos que parecían ciertos. La copió,
poniendo los verdaderos nombres y fué a leérsela a sus amigos entre
ellos a Valdés y a Milans del Bosch.
Las noticias de la carta alarmaron a los liberales. Se buscó al
comandante Oro para pedirle explicaciones, pero Oro había desaparecido.
Husson de Jour había salido también de Bayona.
Los de Valdés dijeron que respecto de Oro no les chocaba nada que fuese
traidor, porque era amigo de Mina. Los ministas, en cambio, dijeron que
hacía tiempo que Oro no se trataba con su jefe.
VIII.
LOS JEFES
CON motivo de la carta de Tilly y de sus denuncias, Lacy habló con
los principales jefes de la emigración largamente y tuvo ocasión de
conocerlos.
Los encontró muy distintos de lo que él suponía.
Eran todos ellos gente de una ambición fuerte y exaltada, poco
inteligentes, nada razonadores, fanáticos, arbitrarios y devorados por
la ambición del mando; tenían en general la actitud orgullosa de los
virreyes de América.
La mayoría eran hombres de poca lectura y de menos reflexión, aceptaban
la ideología liberal porque era la del momento y la del posible éxito,
quizás no la sentían fuertemente ni les importaba gran cosa el fondo
humano encerrado en ella. En su vida eran austeros; no había entre
ellos epicúreos, ni comilones, ni borrachos, su mayor vicio era el
juego. No tenían tampoco efusiones, ni recuerdos sentimentales, ni
recitaban versos, ni cantaban canciones patrióticas.
Había entre esta gente pocas amistades sinceras, porque cada uno lo
quería todo para sí, de ahí las rivalidades, los odios, la envidia y la
eterna suspicacia.
Tenían todos ellos con la fraseología de la Revolución el instinto del
soldado español del siglo XVI. En ellos lo nuevo con relación a los
militares españoles antiguos era el anhelo de pasar a la historia, de
quedar erguidos ante la posteridad. En los antiguos soldados, el summun
era el mandar y el enriquecerse, en éstos el ideal era el mandar y el
pasar a la Historia, pero como buenos españoles no querían pasar a la
Historia por un trabajo largo y persistente, sino por un golpe de mano,
por una aventura de suerte en que se ganase la gloria o se perdiera la
vida. El ejemplo de la fortuna de Napoleón, el teniente de artillería
transformado en Emperador había trastornado el juicio a los militares
de la época.
Con la esperanza del momento de fortuna estaban todos llenos de ansia;
la presencia del rival que se encontraba en la misma actitud les
molestaba.
Eran casi todos ellos gente orgullosa, individualista, que en vez de
ir arrastrados por el pueblo tenían que suponer que éste les buscaba,
lo que no pasaba de ser una ilusión. Eran conspiradores más que
revolucionarios muchos de gustos aristocráticos. Se hubieran reunido
mejor con Catilina que con Danton. No veían posible en España más que
el pronunciamiento y cada uno quería hacer el papel de Riego en 1820
aunque tuvieran que sufrir el de Riego en 1823.
Como casi toda la gente que toma parte en movimientos revolucionarios,
procedían de distintos campos, venían de los cuatro puntos cardinales.
En una época en que se viajaba poco, el que más y el que menos había
estado en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América, en Africa y
en Oceanía.
Las mujeres de estos militares no intervenían jamás en las cuestiones
políticas; en general la casa de cada uno estaba cerrada para los
amigos de la calle y del café.
Las amistades no eran muy profundas. El exceso de personalismo les
hacía con facilidad hostiles unos para otros. Suponían quizás que
había una cantidad de gloria común y que si uno cogía mucha a los
demás les debía quedar poca o nada.
No había posibilidad entre ellos de diálogos, sino de una serie de
monólogos, cada cual recitaba el suyo con un aire desafiador, con la
mano puesta en el puño de la espada y no quería oir ni enterarse de lo
que los otros decían. De aquí que la Revolución española tuviera tan
poco seso. Era una Revolución de Don Juanes y de Don Juanes sin éxito.
Al irlos tratando a cada uno de ellos, Lacy quedó un poco asombrado
y desencantado. ¿Qué esperan estos hombres?--se preguntó él--. ¿Qué
quieren?
La mayoría eran soldados de la guerra de la Independencia y soñaban
con triunfos de espada y aventuras. Algunos habían absorbido las ideas
liberales de Francia y de Inglaterra que no les habían modificado los
instintos ancestrales, en general aceptaban como un dogma el valor del
papel impreso.
Para ellos lo escrito con letras de molde tenía siempre una virtualidad
misteriosa y estaban dispuestos a escribir en los periódicos protestas,
contra-protestas, rectificaciones y vindicaciones.
Ninguno se manifestaba verdaderamente liberal capaz de benevolencia,
de transigencia, todos eran militaristas y ordenancistas.
El mismo Espoz y Mina, valiente como un león y prudente como un zorro
en sus empresas políticas, hombre que sabía disimular la violencia
de su carácter con frases ambiguas, era, tratándose de cuestiones
personales, de un arrebato impulsivo; a la menor ofensa ardía su alma
con una cólera desesperada y furiosa.
Gaspar de Jáuregui, el Pastor, otro de los jefes, era un guipuzcoano
que unía el valor con la astucia. Zumalacárregui, segundo de su
partida en la guerra de la Independencia, le había enseñado a leer y
a escribir. Jáuregui consciente de su ignorancia no había pretendido
salir de ella y su conformidad de campesino con su incultura le había
dejado siempre en un segundo plano.
Chapalangarra era un solitario, un místico que tenía la fiebre de la
fama y del martirio; San Miguel un retórico, un escritor mediocre y
difuso.
Respecto a López Campillo y a Leguía, los dos valientes guerrilleros,
no tenían condiciones para ser primeras figuras.
Los únicos hombres que podían ponerse frente a Mina, por su influencia
entre los demás, eran don Manuel Gurrea y don Francisco Valdés.
Méndez Vigo, que pretendía ser jefe, no arrastraba a nadie y era un
motivo de discordia por su radicalismo inoportuno.
Don Pedro Méndez Vigo estaba acusado de haber mandado dar muerte a los
prisioneros realistas de la Coruña en 1823, haciéndolos naufragar por
un procedimiento a lo Carrier. Méndez Vigo era de ideas audaces y de
muchas pretensiones. No servía ni para mandar ni para obedecer.
Gurrea, el otro rival de Mina, no le había declarado la guerra y
esperaba el momento. No así don Francisco Valdés. El coronel Valdés
había roto las hostilidades con Mina y lo trataba como a un enemigo.
Valdés pretendía haber tenido la prioridad en la idea de la expedición
a la frontera después de la Revolución de Julio y consideraba la
intervención de Mina como una usurpación.
Valdés era hombre altivo, soberbio, con una exaltación personal grande,
ambicioso, poco inteligente y lleno de desconfianza.
Valdés era castellano, de Móstoles. En su juventud había estado en
Dinamarca con el marqués de la Romana, había hecho la guerra de la
Independencia y la campaña de 1823 y dirigido el golpe de mano de
Tarifa de 1824.
La hostilidad de Valdés contra Mina y de Mina contra Valdés, procedía
de una porción de causas y principalmente de los respectivos
caracteres. Como militar de carrera, Valdés era poco amigo de los
guerrilleros, como hombre que se había distinguido en el Mediodía
nada afecto a la gente del Norte. A Mina le pasaba lo contrario, era
guerrillero y nordista.
En los dos caudillos existía un fondo de patriotismo y un deseo de
mando. La comunidad sola de estos sentimientos y el afán subsiguiente
de defender y realzar su figura histórica en Mina y de buscar el medio
de destacarla en Valdés debía hacerlos enemigos y ponerlos frente a
frente.
Tanto el uno como el otro eran valientes, atrevidos y ambiciosos, pero
Mina tenía el valor lleno de audacia y de prudencia; en cambio Valdés
era más rectilíneo y de menos recursos. Mina sabía a las veces ser
soldado y diplomático, Valdés no sabía más que ser soldado y soldado
de filas. Mina tenía un conocimiento innato de la psicología de los
hombres, sobre todo de los suyos, sabía por lo tanto arrastrar y
convencer, Valdés no sabía ni lo uno ni lo otro.
Además de estos motivos hondos y personales existían otros políticos e
ideológicos para el divorcio de ambos jefes.
Mina tenía el entusiasmo por la Constitución de Cádiz y por los hombres
de aquella época, era anglómano, partidario de guardar las formas y
consideraba necesario que hubiera en España una clase directora. Le
quedaba también respeto por Fernando que al fin y al cabo era el Rey y
no quería oir hablar ni en broma de la República.
Valdés creía que el liberalismo de Cádiz había pasado ya, que era
necesario sustituirlo por otro más activo; tenía admiración por la
Francia revolucionaria, era militarista y demagogo, odiaba a Fernando
VII y creía que debía prepararse la posibilidad de la República. Valdés
había llegado tarde a la lucha. Se encontraba entre soldados que
representaban más que él y quería ponerse a su altura.
Los dos jefes, ásperos y orgullosos, no podían venir a un acuerdo.
Valdés veía en Mina un caudillo a la antigua que mandaba despóticamente
como un pater familias romano, le molestaba también verle en la
práctica regionalista, siempre con sus navarros y sus vascos.
Valdés era castellano y por lo tanto más universal, menos regionalista.
Le indignaba y le sorprendía la suerte de Mina y el éxito que éste
había conseguido en Inglaterra. Valdés era un radical, todos los
radicales se unían a él encontrando tibio a Mina. Algunos de los
antiguos ministas como Fermín Leguía se habían pasado a su bando.
El caso de Chapalangarra y su enemistad contra Mina era de otra clase.
Chapalangarra discurría y sentía como Mina, pero creía vivamente que
tenía motivos serios personales de odio contra el general.
Al lado de los militares y oscurecidos ante ellos estaban los paisanos
adictos a la Revolución. Sin tribuna donde perorar y en el extranjero
no tenían prestigio alguno.
Eran en su mayoría literatos, jurisconsultos, oradores, no bastante
fuertes para ser conocidos fuera de España. Entre ellos había algunos
hombres de mérito como Flores Estrada y algunos políticos de talento
como Mendizábal, pero la mayoría era gente sólo brillante, incapaz de
una obra profunda e incapaz también de dominar y de arrastrar a los
hombres.
IX.
GESTIONES DE LACY
UNOS días después de recibir la carta de Tilly y de leerla a los amigos
y jefes, iba Lacy enviado por la Junta de Francia a Cambó a ver a
Chapalangarra.
Se quería que Chapalangarra se aviniera a razones y no intentara hacer
un movimiento solo y sin contar con los demás jefes. Se había escogido
a Lacy para esta comisión por su juventud y por el prestigio de su
apellido entre los liberales.
Lacy salió de la posada de Iturri y fué a la parada de la diligencia La
Bayonesa que salía para San Juan Pie de Puerto y pasaba por Ustariz y
Cambó.
--El interior está lleno--le dijo el empleado--la berlina ídem. Tiene
usted un puesto en la imperial.
--Bueno.
Lacy subió en la imperial de la diligencia en donde iban una mujer
gruesa, un campesino y dos emigrados españoles. La baca estaba llena de
fardos, de bultos y de cestas.
Pasó el coche por la puerta de Mousserolles, y comenzó a marchar por la
carretera.
El tiempo era de otoño, con un sol claro y brillante.
El mayoral de La Bayonesa iba magnífico de seguridad y de petulancia.
Era corpulento, rojo, de patillas grises.
Manejaba sus cuatro caballos con una seguridad y un aplomo dignos del
mismo Nerón. Vestía irreprochablemente gran redingot gris, corbata roja
y guantes amarillos.
--¡Eh, Lajeunesse!--le decían. Se llamaba así.--A ver esa caja, esa
sombrerera. Y Lajeunesse cogía los paquetes de la baca, los lanzaba a
los mozos, agarraba los que le enviaban al aire, silbaba, hablaba a
sus caballos, cruzaba las aldeas por callejuelas estrechas, torciendo
rápidamente, siempre grave y solemne hasta detenerse en la posta. Allí
hablaba, bebía y decía: Eh, señores, arriba y se lanzaba de nuevo a la
carretera a correr al compás del estrépito de las campanillas.
Cuando Lacy, después de contemplar el campo, miró a sus compañeros
de viaje de la imperial vió que uno de ellos era un señor grueso que
acababa de conocer días antes y llegaba de Bruselas. Se llamaba don
Juan Olavarría. El otro español Eusebio Lacy sabía que era emigrado,
pero no lo conocía de nombre.
Olavarría entabló conversación con Lacy y se manifestó muy pesimista
acerca de la empresa liberal.
--Para mí no cabe duda--dijo--que hay un acuerdo entre el Gobierno
francés y el español. Por eso nuestra situación empeora.
--Yo no lo veo así--dijo Lacy.
--Pues no cabe duda. Luego nuestros recursos van mal. El empréstito
negociado por las casas Ardouin y Calvo que había comenzado tan
brillantemente se agota. Los reclutamientos, los envíos de armas y de
municiones se dificultan y son detenidos por la policía francesa, las
hojas de ruta y los pasaportes que se habían acordado a los refugiados
españoles y a los voluntarios extranjeros se han suprimido. Muchos al
verse así abandonados por unos y vigilados por el Gobierno comienzan a
maldecir de Francia y a volverse a sus casas.
--Yo no veo que esto vaya tan mal--dijo Lacy.
--No le quepa a usted duda. Va muy mal--replicó Olavarría--la unión que
produjo entre los emigrados el entusiasmo y la esperanza se ha roto.
Esto toma ya mal aspecto, el aspecto de la descomposición.
Después de exponer las mil dudas que le sugería la expedición liberal,
el señor Olavarría habló de sus proyectos. Era el buen señor un
arbitrista; quería transformar el comercio, la economía, la raza
y hasta la geografía de España. Para todas sus utopías tenía un
precedente.
--No crea usted que esto es un absurdo. Esto se ha intentado en
Escocia, en el Canadá, en Bélgica y en Australia, y lo han preconizado
hombres tan ilustres como tal, cual (y aquí citaba ocho o diez nombres
extranjeros).
El español desconocido que al principio de la conversación iba muy
fosco, miraba después sonriendo al arbitrista.
Al llegar la diligencia a una venta del camino de Villefranque, el
señor Olavarría y el campesino francés bajaron a tierra.
El coche echó a andar y quedaron en la imperial el emigrado desconocido
y Lacy.
--Conserve usted el entusiasmo con gente así--exclamó el emigrado y
soltó después un par de ternos.
--¿Es usted de los nuestros?--le preguntó Lacy.
--Yo soy Fermín Leguía.
--¡Ah! Le conozco a usted de nombre. Yo soy Lacy.
Se dieron la mano.
--¿Va usted a Cambó?--preguntó Lacy.
--No; voy a San Juan Pie de Puerto, a ver a Jáuregui y a Fermín
Sarasa que están allá. A la vuelta me detendré en Cambó a hablar con
Chapalangarra.
--¿Tiene usted buenas impresiones, señor Leguía?
--Buenas, sí. Hay que seguir adelante. De otra manera no se puede hacer
nada. Lo malo es la vacilación. Hay que elegir un plan, y a él con los
ojos cerrados.
Esto lo dijo Leguía asociándolo con toda clase de ternos y de
interjecciones.
--¿Usted no es ahora amigo de Mina, don Fermín?
--No. Me ha abandonado de mala manera. A pesar de eso, yo le
tengo cariño al general; pero es demasiado absolutista. ¿Que riñe
con Chapalangarra o con Valdés? Pues ya no se puede hablar de
Chapalangarra o de Valdés. Son unos necios, soberbios y ridículos. No
tanto. Todos tenemos un poco de culpa en lo que pasa.
--Mina debe ser muy exclusivista...
--Sí, mucho; pero aquí lo malo no es que sea exclusivista, sino que no
se decide. Hay unos que dicen que basta acercarse a la frontera para
que todos los españoles de nuestras ideas se levanten; otros dicen
que no, que es necesario tener apoyo en la península. De éstos es
Mina. Pero si lo creía así, ¿para qué ha aceptado el proyecto de la
expedición si no le gustaba? Valdés, Gurrea, Chapalangarra, Jáuregui y
yo con ellos, tomamos en París la iniciativa esta. Si no le gustaba a
Mina, ¿para qué tomó parte en ella? Podía habernos dejado a nosotros la
responsabilidad y la dirección.
--Es que le escribieron, le instaron...
--Ya lo sé; pero podía no haber aceptado.
--Hubieran dicho que era una cobardía.
--Sí, es verdad. En fin, veremos a ver qué sale de esto.
Al llegar a Cambó, Lacy se despidió de Leguía y bajó de la imperial.
Chapalangarra vivía en una posada del barrio bajo de Cambó. El bajo
Cambó era entonces una pequeña aldea escondida entre árboles, al pie de
una colina poblada de robles; sus casas, antiguas y negras, estaban en
parte ocultas por emparrados verdes.