batía contra los franceses, Eusebio estuvo en un colegio; terminada la
guerra, Lacy, que había sido teniente general del ejército de Galicia y
de Cataluña, fué destituído por Fernando VII, que tenía esta manera de
pagar a los que se sacrificaban por su persona mientras él adulaba de
una manera baja a Napoleón.
Destituído el general Lacy fué a vivir a Vinaroz y desde allí
escribió a su mujer para que viniera con su hijo a reunirse con él,
pero la francesa tenía resentimientos con su marido y no quiso ir
a su encuentro. Entonces se cruzaron entre los dos cartas agrias y
recriminaciones violentas.
El general Lacy era de estos tipos extraños que aparecen en las
naciones en épocas de turbulencia. Su padre era de origen irlandés; su
madre, francesa; él, andaluz de San Roque. Su destino había sido tan
contradictorio y su carácter tan arrebatado, que muchas veces llegaron
a considerarle como loco.
Durante la juventud de Lacy luchó al lado de los franceses, más tarde
peleó contra ellos.
El día 2 de Mayo estuvo a punto de ser muerto por su uniforme de
francés. Lacy era hombre exaltado, atrevido, y pertenecía a la
masonería. Muerto Porlier, todas las esperanzas del partido liberal
estaban puestas en él.
Lacy, con Milans del Bosch, en combinación con La Bisbal y algunos
otros, preparó de una manera aturdida el pronunciamiento que le perdió.
Dejando Vinaroz se presentó en Caldetas con el pretexto de tomar las
aguas y con el fin de ponerse al frente de la sublevación. Al fracasar
ésta, el capitán general de Cataluña, don Francisco Javier Castaños,
que estaba en el secreto de la conspiración y que había dado el permiso
a Lacy para trasladarse de Valencia a Cataluña, sabiendo a lo que iba,
mandó en persecución suya al brigadier Llauder, a Llauder que era masón
y había estado protegido por Lacy.
Tanto Castaños como Llauder eran hombres de pocos escrúpulos, capaces
de unirse a Lacy si vencía y de fusilarlo si fracasaba.
Llauder salió en busca de los sublevados camino de Mataró. Milans
del Bosch alcanzó la frontera; Lacy, no se sabe por qué, en vez de
apresurarse a huir, para lo que tenía tiempo sobrado, se detuvo y cayó
preso.
Una Comisión militar le juzgó y le condenó a muerte; el Gobierno y
Castaños, que en este asunto representó un papel muy ambiguo, ordenaron
que Lacy fuera trasladado a Mallorca; hicieron creer al pueblo que
era con el objeto de encerrarlo solamente y al llegar al castillo de
Bellver lo fusilaron.
Al triunfar el movimiento liberal de 1820, los amigos de Lacy, entre
ellos Milans de Bosch, escribieron a la viuda para que enviara a su
hijo a educarse a España; un ayudante fué a buscar a Eusebio a Quimper
y lo acompañó a Barcelona.
Poco después el muchacho asistió en Palma de Mallorca a la exhumación
del cadáver de su padre enterrado en la iglesia de Santo Domingo, que
fué transportado con gran pompa a Barcelona.
Las Cortes, para honrar su memoria nombraron a Eusebio primer granadero
del Ejército español.
Eusebio siguió en el colegio de Barcelona, siendo un motivo de orgullo
para todos, y estuvo viviendo una temporada en Madrid. Los amigos y
camaradas de su padre le hablaban de él con entusiasmo; le contaban sus
proezas y sus rasgos de energía y de valor.
Eusebio llegó a tener por su padre una adoración ciega, que le llevó a
ver con disgusto el comportamiento de su madre.
Al acabar su existencia de tres años el Gobierno constitucional,
Eusebio volvió a Quimper y vivió soñando con España y con los liberales
amigos de su padre, hombres todos que le parecían de un romanticismo
exaltado, de una generosidad extraordinaria.
Creía que en España todos los hombres eran valientes como el Cid y
todas las mujeres seres poéticos e ideales; en cambio, tenía una
profunda antipatía por los parientes y amigos de su madre, que querían
hacerle comerciante y francés.
A los veinte años Eusebio fué a París y poco después a Londres. Allí
se hizo amigo del hijo de Milans del Bosch, conoció a los emigrados
españoles y fué a las tertulias elegantes, en donde se distinguía por
su belleza Teresa Mancha, la hija del coronel don Epifanio.
Lacy llevaba en Londres una vida muy distinta a la de los demás
emigrados; paseaba, leía, escribía un diario. Eusebio era un joven
de espíritu claro y sereno; quería ver las cosas sin apasionamiento,
empresa difícil, intentando al mismo tiempo conservar el entusiasmo.
Estaba enamorado de las cosas grandes y nobles, y hubiera querido que
éstas se hicieran sin trabajo, sólo con abnegación y sacrificio.
La Revolución de Julio, sorprendió a Lacy en Londres. Como la mayoría
de los liberales, al saber su resultado marchó a París, donde conoció a
Ochoa, de quien se hizo gran amigo.
Al enterarse los dos del proyecto de intervención por la frontera de
los constitucionales se trasladaron a Bayona, y como Lacy no tenía
mucho dinero, fué a vivir con Ochoa a la fonda de Iturri de la calle de
los Vascos.
Mientras llegaba el momento de batirse, Lacy vivía con mucho método;
tenía las horas del día distribuídas y seguía sus costumbres formadas
en el colegio.
En cambio Ochoa se exhibía ante el público, tenía el prestigio de
ser un héroe de la Revolución, había presenciado la muerte de dos
bayoneses en las calles de París, a los cuales se levantó después un
monumento cerca de la Catedral; conocía el francés casi tan bien como
el castellano y hablaba elocuentemente emborrachándose con su oratoria
y con los licores con que le obsequiaban los entusiastas del nuevo
régimen.
II.
ESTAMPA DE BAYONA EN 1830
BAYONA, como siempre que ha habido trastornos en la península, estaba
en 1830 llena de españoles. Era en esta época la ciudad del Adour, un
pueblo variado, pintoresco y un tanto indefinido. Los franceses del
Norte lo consideraban como una ciudad de aspecto español, para los
españoles del mediodía tenía un carácter completamente francés, para
los vascos era un pueblo poco vasco y para los gascones poco gascón.
Las cuatro lenguas, el francés, el español, el vasco y el patois se
oían por las calles de la ciudad constantemente.
Bayona tenía, como ahora, tres barrios separados por sus dos ríos; la
Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit.
Este último barrio era entonces, no solamente un pueblo separado de
Bayona, sino que hasta 1827 formaba parte de otro departamento.
Los tres barrios tenían sus fortificaciones; la Gran Bayona el castillo
Antiguo, la Pequeña Bayona el castillo Nuevo y Saint Esprit la
Ciudadela.
La grande y la pequeña Bayona, separadas por el río Nive, estaban
encerradas por la misma muralla abierta en cuatro puertas, de las
cuales la más monumental era la puerta de Francia, con sus baluartes,
sus fosos y su puente levadizo.
El barrio de Saint Esprit era un pueblo pobre habitado por judíos.
Uniendo Bayona con ese barrio había por entonces un puente de barcas,
que ondulaba, se balanceaba y crugía cuando el mar agitaba las aguas de
la ría o cuando el Adour y el Nive venían hinchados por las lluvias.
Este puente tenía dos andenes para los coches, uno de ida y otro de
vuelta, y otro central para los peatones.
El puente sobre el Adour era la galería de todos los tipos de la vida
bayonesa, la calle más concurrida de la ciudad.
Los aguadores iban a llenar sus cubas a una fuente de Saint Esprit que
se consideraba la mejor de los contornos; filas de judíos de perfil
aguileño y de voces graves o agrias cruzaban el puente para correr sus
géneros; muchachas jóvenes artesanas vascas y gasconas pasaban riendo;
alguna dama con miriñaque y crinolina iba a hacer compras, algún _lion_
lucía su frac y sus melenas, y algún refugiado español marchaba sombrío
embozado en la capa y con el cigarrillo entre los dedos.
Por las tardes con el buen tiempo los bayoneses paseaban en la plaza
de Armas mientras tocaba la banda militar, los jóvenes tenientes
arrastraban su sable con indolencia y las nodrizas hacían bailar a los
niños en sus brazos.
Cuando llovía se paseaba en las Arcadas.
Al llegar el verano la gente salía al campo, iba hacia el mar, visitaba
el lago de Mouriscot y la Chambre d'Amour, y miraba a lo lejos las
crestas agudas del monte Larrun, en el cielo radiante.
III.
LAS AMISTADES DE LACY
VARIAS visitas de amigos suyos y de algunos de su padre tuvo Lacy en
su estancia en Bayona. La que más le extrañó fué la de un antiguo
condiscípulo suyo en un colegio de Rennes, que se llamaba Jorge Tilly.
Tilly llegó con una señora inglesa y un abate y fueron los tres a
hospedarse a la fonda de San Esteban.
Tilly fué a visitar a Lacy y estuvieron los dos charlando largo rato.
Tilly hablaba muy mal el castellano.
Lacy se manifestó en el curso de la conversación como lo que era, un
liberal entusiasta; en cambio Tilly estuvo muy reservado; para él las
teorías no tenían importancia, sino los hechos; él creía que se podía
encontrar una posición en que se elogiara a Felipe II y a Robespierre.
--Dado el papel que un tipo se haya propuesto ver cómo la cumple.--Esta
era la cuestión según Tilly.
--¿Yo cómo voy a medir con la misma medida al que quiere ser fraile y
al que quiere ser un Don Juan?
Como Eusebio Lacy siempre había tenido a Tilly por un extravagante no
quiso discutir con él. Le preguntó por sus proyectos.
Tilly dijo que pensaba ir a España, en viaje de exploración. Desde allí
le comunicaría a Lacy noticias de cómo iba aquello. Tilly era un joven
alto, rubio, de aire cansado, con la cara un poco flácida, el labio
inferior belfo, los ojos claros; tenía un tipo de príncipe degenerado
de la Casa de Austria.
Lacy recordaba a Tilly de su época de colegial, como un chico algo
místico que quería ser fraile. Tilly se mostraba siempre muy misterioso
y no le gustaba hablar de sí mismo y menos de su familia.
--Aquí te tienen por aristócrata--le decía Lacy en el colegio.
--Sí--contestaba él--; dicen que nosotros descendemos de los Tilly
de Normandía que tenían un castillo cerca de Caen; pero los Tilly se
han dividido en tantas ramas, que la mayoría de los que llevan este
apellido no tienen entre sí parentesco. Hoy hay Tillys ricos y pobres.
Yo soy de los pobres y he nacido en Jersey donde vive mi familia. Mi
padre era español y yo lo soy también, por lo tanto.
Tilly, a quien Lacy hacía diez años que no veía, se le reveló en
Bayona como un muchacho cínico y atrevido, cansado de todo y con un
gran desprecio por los hombres. Pretendía ir a España a hacerse una
posición, y como creía que la tendencia liberal había de triunfar más
pronto o más tarde, quería ponerse de acuerdo con los liberales.
Lacy quedó un poco asombrado de la audacia y del cinismo con que su
condiscípulo se explicaba, y prometió relacionarle con los emigrados.
Consultó con Milans del Bosch, con Ochoa y otros amigos, y se tomaron
informes de Tilly.
Tilly se había convertido en un muchacho crapuloso, jugador, de una
moral incomprensible para Lacy. Al parecer tenía éxito con las mujeres,
a las que no trataba bien. Su cara pálida, fría e impasible, su aire
elegante y de aburrimiento le hacían un verdadero _lion_.
Tilly tenía unas tarjetas en donde se llamaba vizconde, en otras
caballero y en otras se anunciaba como viajante de comercio.
A pesar de que quería demostrarlo no tenía seguridad en sus ideas, y
muchas veces caía en unas preguntas candorosas y absurdas.
--¿Tú no crees en las cartas?--le preguntó una vez a Lacy.
--No, hombre, no; eso es una tontería.
Tilly tenía también unos proyectos tan poco lógicos, de una
ingeniosidad tan pueril, que dejaban estupefacto a su amigo.
Tilly, en el tiempo que estuvo en Bayona anduvo en tratos con los
judíos de Saint Esprit, a quienes vendió algunas joyas para jugar o
para vivir.
La señora que le protegía y a quien llamaba su prima en público, era
una señora inglesa de unos cuarenta años, que se hacía llamar Lady
Russell. Tilly se la presentó a Lacy. A Eusebio le pareció que esta
dama, por debajo de su máscara indiferente y sonriente, tenía un gran
entusiasmo amoroso por Tilly y al mismo tiempo una profunda desolación.
A Tilly le acompañaba un abate que parecía ejercer el cargo de capellán
de Lady Russell, pues esta dama era católica. El abate era un hombre
de un aspecto selvático y al mismo tiempo inteligente; tenía el pelo
rojo, la frente tempestuosa, las facciones toscas, groseras, de hombre
de campo; el color encendido y los ojos claros y brillantes.
Tilly y el abate, en los días que estuvieron en Bayona, dejaron un
rastro de desórdenes y de crápula.
Los dos en compañía de un aventurero francés que se las echaba de muy
liberal y se llamaba Husson de Jour frecuentaban todos los lugares de
perdición. Husson se daba por revolucionario y carbonario, que había
peleado con Mina en España en 1823 en compañía de Armando Carrel, y
era un tipo de hombre jactancioso y fanfarrón, de grandes bigotes y de
grandes actitudes.
Al prepararse a marchar a España, Tilly se presentó a Lacy. Este, al
verle pálido y desencajado, le dijo:
--¿Para qué haces esa vida de perdido?
--¡Pse! No sé, la verdad, porque ya me empieza a aburrir.
--Entonces no lo comprendo.
--Yo tampoco. ¿Que quieres? No hay hombre que no sea un enigma para los
demás y para sí mismo. Unicamente los que tienen una tradición muy
fija, como los judíos, saben lo que son y lo que quieren.
--Tú no tienes la tradición de ser un perdido.
--No; soy un perdido, como dices tú, por abandono y algo por
curiosidad. En mi familia ha habido de todo: ricos, pobres,
revolucionarios, realistas. En mí se han debido mezclar estas diversas
tendencias, y me han hecho un tipo mixto y contradictorio.
--Pero en ti está escoger una línea y seguirla.
--Pienso hacerlo más tarde. Ahora me voy a España. Desde allí te
enviaré algunas cartas con clave y cifra, que te las darán aquí
descifradas.
--Bueno.
Tilly se despidió de Lacy y al día siguiente dejó Bayona.
IV.
LOS GRUPOS HOSTILES
EN una ciudad pequeña como Bayona, que no pasaba de los quince a diez y
seis mil habitantes, todo el mundo se conocía, y más, como era natural,
la colonia española y los que estaban relacionados con ella.
Al establecerse Lacy en Bayona e intimar con sus compatriotas, vió con
tristeza que no había entre ellos más que odios, rivalidades y desunión.
Ya durante su estancia en Londres notó las rencillas de los emigrados;
pero, naturalmente, en una ciudad inmensa las divisiones no se notaban
tanto como en un pueblo pequeño, en donde la gente se veía a cada paso.
En Londres, los constitucionales españoles habían formado grupos que
tan pronto crecían como se achicaban, casi siempre por un motivo
personal.
El primer grupo moderado y aristocrático estaba dirigido por hombres
de cierta cultura, como Argüelles, Alava, etc. Este grupo se
caracterizaba por ser eminentemente civil, y había rechazado, cuando se
lo propusieron, las ofertas de militares como Morillo, Ballesteros y
O'Donnell.
El segundo grupo era de los ministas o partidarios de Mina. Los
enemigos les llamaban despectivamente los mineros. Este grupo, el
más extenso y el más fuerte, contaba con elemento civil y militar,
pero predominaban en él los militares. Estaban en él casi todos los
oficiales de mérito refugiados en Inglaterra, Bélgica y América,
excepto los que tenían algún motivo de queja, fundado o no, contra el
caudillo navarro. El Gobierno inglés trataba a este grupo con gran
consideración, y según se decía le proporcionaba fondos para pagar sus
agentes.
En España casi todos los liberales esperaban, más que de ningún otro
jefe, de Mina. Era el que tenía más partidarios incondicionales.
Este entusiasmo ciego por Mina parecía odioso a sus rivales. Mina,
según éstos, quería ser un ídolo, un santón a quien se le obedeciera
ciegamente.
Torrijos, San Miguel, Valdés y otros habían roto con él por este
motivo, porque no querían obedecer con pasividad. Es posible que por
dentro hubiera en ellos un fondo de rivalidad próximo a la envidia.
Mina quería dirigir él, sin dar parte a nadie de lo que hacía, y
afirmaba que gracias a su prudencia y a sus precauciones los espías del
Gobierno español no podían averiguar sus manejos.
Mina, mientras estaba en Inglaterra fechaba sus cartas en Plymouth y
vivía cerca de Londres en una casa de campo.
El general llevaba sus asuntos con una gran cautela; para cada empresa
que se le presentaba buscaba el hombre a propósito. Se había servido
varias veces de Sanz de Mendiondo, otras del teniente coronel Baiges,
un gallardo ex guardia de Corps, que tenía fama de conquistador y
de fatuo, y otras de su secretario Aldaz. Algunas cuestiones muy
reservadas las llevaba dictando a su mujer, y otras más secretas aún
las seguía él mismo, sin comunicárselas a nadie.
El zorro navarro ocultaba muy bien sus maniobras y consideraba el
secreto necesario e imprescindible.
El segundo partido militar, colocado enfrente del de Mina, lo
capitaneaba Torrijos y tenía como lugarteniente al coronel don
Francisco Valdés. Estos no sentían gran entusiasmo por la Constitución
de Cádiz, como los ministas y deseaban algo más radical. Méndez Vigo y
sus partidarios pensaban en la República.
Otra facción liberal era la de los masones, a cuya cabeza estaba don
Evaristo San Miguel, que no ocultaba su aversión por Mina.
Mina nunca había sido un masón entusiasta: todas las mascaradas
simbólicas de esta secta le producían cierta repulsión y se había
afiliado, como Torrijos, al carbonarismo más activo, más eficaz que la
masonería, y al mismo tiempo, por entonces, más internacional.
Mina, además, había puesto el veto a mucha gente; según sus enemigos,
por celos, según sus amigos, por su natural prudencia.
El partido de los masones tenía relaciones continuas con las logias de
la península y empleaba para ello a los capitanes de buques mercantes y
a los comisionistas.
Otro último grupo era el de los ex comuneros. Estos tenían como
prestigio civil a Flores Estrada y como militares a Milans de Bosch y a
López Pinto.
Los ex comuneros no podían ver a los masones, ni éstos a los ex
comuneros; pero ambos grupos tenían como lazo común el odio a Mina.
Milans el viejo lo detestaba. Había tenido el desencanto de salir de
la isla de Jersey, donde estaba confinado, para avistarse con algunos
capitalistas ingleses liberales, pidiéndoles dinero para una expedición
contra la frontera española, y los capitalistas habían dicho que
únicamente si Mina dirigía la expedición prestarían dinero.
El grupo ex comunero sintió el desdén de esta negativa, y el grotesco
y envidioso Romero Alpuente escribió un folleto contra el caudillo
navarro.
Además de estos núcleos formados en Londres había los liberales que no
querían formar grupo alguno y se consideraban independientes; tales
eran Méndez Vigo, Chapalangarra, Bertrand de Lys, el padre Asensio
Nebot y otros varios.
Cada grupo de los constituídos deseaba el fracaso del grupo rival;
cada hombre que se sentía importante hacía lo posible para aplastar al
compañero y para erigirse él; tenían todos ellos, unos para otros, esa
terrible ferocidad de los ambiciosos, para los cuales no hay amistad ni
comunidad de ideas.
A veces se manifestaban, sobre todo en las cartas, un afecto entusiasta
y efusivo que no pasaba de figura retórica.
Entre gente ambiciosa como aquélla, la amistad desinteresada era casi
imposible...
El hombre de acción es el que cree que obra casi exclusivamente por sus
propias inspiraciones, el que afirma más su albedrio, el que escoge
lo que debe hacer y no debe hacer, y, sin embargo, es el que está más
sujeto a la ley de la fatalidad, el que marcha más arrastrado por la
fuerza de los acontecimientos.
V.
LAS ESTELAS SENTIMENTALES
MUCHOS de aquellos hombres sin haber repensado teoría alguna política
o social, tenían no sólo la certidumbre de su realidad, sino el
dogmatismo, el fanatismo y hasta la sed de martirio. ¿Quién podrá
afirmar con más fuerza una cosa que el que no la comprende?
Estos hombres se dejaban llevar por la corriente sentimental del
momento y eran capaces de hacer por ella el sacrificio de su vida.
En nuestro tiempo, más que en ningún otro, después de la Reforma y de
la Revolución se da el caso de los pueblos y de los individuos que
viven con un sentimentalismo distinto y a veces antagónico a sus ideas.
Las generaciones han ido moldeando nuestros instintos, lo consciente
y lo inconsciente, les han dado una forma, un sentido; pero en este
conglomerado de nuestra personalidad, la inteligencia se ha separado de
sus viejos compañeros y ha comenzado a marchar sola.
Así, nuestra época ha dado, más que ninguna otra, santos sin ideas
religiosas, ateos místicos, mujeres honradas con alma de cortesanas, y
cortesanas con aspiraciones de monja.
Ante esta disociación de su personalidad, el hombre, que antes que nada
quiere creer y poner un pie firme sobre la tierra, mira a su alrededor
y cuando encuentra una ruta la va siguiendo.
Sus antepasados no escogían, se dejaban llevar; los hombres actuales
escogen, de ahí su desgracia.
Unos escogen ciega y brutalmente--la mejor manera de escoger--, otros
miran y remiran a derecha e izquierda, quieren pesar el pro y el contra
¡los ilusos!
Y cuando se deciden van como los demás a ciegas y siguen la estela que
dejaron las grandes corrientes sentimentales pasadas.
En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en
la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas
sentimentales durante largas épocas históricas.
¡Cuántos espíritus religiosos, cuya vida ha sido una serie de esfuerzos
heroicos para creer en el dogma que no creyeron, han marchado de
desilusión en desilusión sugestionados por esa mágica estela! ¡Cuántos
grandes revolucionarios marcharon adelante con un ademán gallardo
enardeciendo a las masas, llevando el convencimiento íntimo de que
dentro de sus ideas no había nada!
¡Cuántos millones de soldados muertos sabían únicamente que su patria
era la que llevaba la bandera roja, la blanca o la azul, la que tenía
este himno y nada más! Y, sin embargo, han ido arrastrados por la
corriente sentimental y han hecho ante el caos ciego el sacrificio de
la vida.
En todas las esferas de la actividad humana, en la religión y en
la política, en la literatura y en el arte quedan estas estelas
sentimentales. Todos los grandes hechos de la historia, todas las
grandes corrientes han pasado por la inteligencia y por la sensibilidad
de los pueblos dejando una estela.
Ahora, al notar esa estela que queda en el mar de las ideas; que
es la nuestra, la que hemos escogido, quisiéramos avanzar por ella
rápidamente y llegar a su más puro origen. Ya es tarde, el barco ha
pasado para siempre y ya no volveremos a divisar sus velas.
Los astrónomos nos han hablado de que la distancia de algunos astros
es tan grande, que su luz tarda en llegar a la tierra cincuenta,
sesenta, ochenta años. Así puede muy bien suceder que una estrella haya
desaparecido o se haya desplazado, y sin embargo nosotros la sigamos
viendo en el cielo de las noches espléndidas.
¡Qué triste, qué melancólico resulta pensar que una de esas estrellas
que parece que nos guía y nos contempla puede no existir ya y sin
embargo, estarla viendo!
Así en la vida moral y en la vida sentimental cabe sospechar el
carácter mítico de las ideas y de los dioses, y seguir en la corriente
que produjeron ellos cuando todavía eran dioses e ideas.
VI.
LOS PREPARATIVOS
ESTABA el partido liberal dividido en grupos en la emigración cuando
llegaron los sucesos de Julio de París, con el destronamiento de Carlos
X, y toda la grey constitucional se conmovió y fué llamada a Francia
por intermedio de los agentes de la masonería y el carbonarismo.
El gabinete de Fernando VII publicó contra el Gobierno de Julio un
manifiesto injurioso suscrito por Calomarde.
No pudiendo contestar a Calomarde, que en punto a la legitimidad tenía
razón, el ministro de Luis Felipe, decidió asustar a Fernando VII
ayudando a los liberales españoles.
El auxilio del Gobierno francés permitió a los constitucionales ir y
venir por Francia y acercarse libremente a la frontera.
El primer punto de cita de los emigrados se estableció en París.
Allí fueron acudiendo todos ellos desde Londres, desde Bruselas y de
Suiza. Torrijos y algunos de sus partidarios, que tenían preparada una
expedición por Gibraltar, quedaron en Londres dispuestos a embarcarse
para la Península.
Leguía y Chacón, enviados por Mina antes de las Jornadas de Julio,
habían cruzado el Canal de la Mancha en un falucho. Avanzaron los dos
hasta la frontera española, pero fueron presos y llevados con escolta
de gendarmes hasta Calais.