guapas. La mayor, Martina, era alta, de ojos negros hermosos, de aire
arrogante y un poco desdeñoso. La pequeña era morena, pálida, de una
palidez mate con los ojos lánguidos y tristes, y muchos lunares y
muchos rizos.
Martina, por lo que se decía, tenía como amante al ingeniero de montes;
la Delfina, que siempre caía más bajo, estaba enredada con un perdido
que trabajaba en un molino a quien llamaban Marcos el gascón, pero no
le guardaba fidelidad ninguna y tenía citas con algunos muchachos que
entraban de noche en su casa por la huerta.
Estas dos muchachas, Martina y Delfina, atendían la tienda y llevaban
las cuentas; la una siempre altiva y orgullosa, la otra como una pálida
flor de lujuria viviendo en una somnolencia erótica.
Antigua rival de la Diosa Razón era una vieja a quien llamaban la
Estéfana y que tenía otra tiendecita. La Estéfana era una vieja
sonrosada y sin dientes, con los ojos claros y vivos, que murmuraba de
todo el mundo. Solía estar detrás del mostrador, envuelta en un chal
y ganaba explotando la afición de las viejas borrachas del pueblo al
aguardiente, pues a cambio de la copita les tomaba huevos y maíz a muy
bajo precio.
La Estéfana salía poco de casa y cuando salía se ponía un traje negro
muy elegante, de tafetán, que por la humedad olía como las telas de los
paraguas.
En casa de la Estéfana jugaban a las cartas tres o cuatro viejas y
reñían y se insultaban cuando perdían algunos suses.
Tras de la reunión del Bazar de París y de la tienda de la Estéfana
venían ya las tabernas y reuniones de la gente campesina.
Había un señor que frecuentaba todas las tertulias del pueblo las altas
y las bajas. Este señor era monsieur Choribide a quien llamaban en
Ustariz el Muscadin.
Choribide era un viejecito flaco, canoso, con unos ojillos claros, una
cara afilada, alegre y burlona. Choribide había vivido durante mucho
tiempo entre la canalla de París; tenía el acento del pueblo bajo
parisiense cuando hablaba francés, y cuando hablaba vascuence parecía
un campesino vasco.
Ya el uso de un idioma u otro le daba una personalidad distinta.
Si hablaba el francés era el hombre de la gran ciudad depravado y
corrompido, en cambio si se expresaba en vasco era el campesino de una
malicia inocente.
Choribide, viejo currutaco, vestía como en su juventud. Llevaba casaca
oscura, medias de seda blancas, grandes botas, pantalón de paño de
color de canela, chaleco a lo Robespierre y corbata de muchas vueltas.
Usaba en los días de gala peluca que tiraba a roja, sombrero de copa y
varios dijes en el chaleco.
El nombre de Choribide, en vasco camino de pájaros, se había prestado
entre los vascófilos a algunas disquisiciones y a algunos chistes.
Garat había dicho que el apellido verdadero no era Choribide con b,
sino Chorivide con v, palabra híbrida de chori, en vascuence pájaro,
y de _vide_ en francés vacío, lo que valdría tanto como pájaro vacío,
pero si Choribide tenía algo de pájaro no tenía nada de vacío.
Choribide y Garat solían soltarse pullas. Una vez un amigo común dijo a
Garat:
--Este Choribide es un granuja. Vendería su alma por dos pesetas.
--Claro que sí--contestó Garat--y saldría ganando.
La historia de Choribide el Muscadin era una historia curiosa.
Había salido de un caserío de Ustariz a estudiar para cura en el
seminario de Larresore, pero en el camino se le había pesado y no
atreviéndose a volverse a su casa se fué a Bayona. Allí entró en una
tienda de dependiente, y como el oficio no le gustaba tomó el camino y
se marchó a París a pie.
Choribide que tenía mucha afición al teatro hizo amistades entre
cómicos y cómicas y vivió medio de agente y medio de criado.
Durante algún tiempo fué el parásito del tenor Garat, de este trovador
del Directorio y rey de los Muscadines.
Choribide lo había hecho todo. Había comenzado su carrera histriónica
tomando parte en las representaciones patrióticas de la época del
Terror y había figurado como comparsa en la _Sansculotide_ haciendo de
ciego.
Choribide había vagado por París durante los tumultos y las matanzas
terroristas.
Al iniciarse la reacción de Thermidor se había convertido en Muscadin,
en elegante enemigo de los revolucionarios violentos y astrosos. De
esta época le venía el apodo.
Después fué especialista de muchos oficios innobles, hizo el agiotaje
de los asignados, sirvió de gancho en las casas de juego, y durante
algún tiempo fué agente de la policía diplomática organizada por el
ministro Tondu-Lebrun. En las malas épocas estuvo asociado con una
banda de monederos falsos.
No ocultaba que parte de su vida había vivido haciendo delaciones que
las cobró bien.
Choribide estaba acostumbrado a la caza del político y a la caza del
incauto.
La intriga era uno de sus elementos. Para él no había moral, ni
derecho, ni nada, sólo había necesidades que engendraban combinaciones
en que se salía ganando o perdiendo. La moral no contaba en sus
cálculos.
Ya machucho Choribide llegó a Ustariz con un pequeño retiro a cobrar
una herencia. Allí conoció a una solterona muy religiosa, sobrina del
antiguo párroco y dueña de una finca que se llamaba Archa-baita, y se
casó con ella.
El ex terrorista iba todos los domingos a la iglesia con su mujer.
--¿Es usted religioso?--le preguntaron alguna vez.
--No--replicó él--pero hay que contentar al pueblo. Hago como
su excelencia el duque de Otranto en otro tiempo el ciudadano
Fouché--añadía.--Yo le he visto a Fouché cuando se inauguró el busto de
Lepelletier Saint-Fargeau hablar de que había que destruir las cruces
y signos religiosos y poner en los cementerios un letrero que dijese:
la Muerte es el sueño eterno. Años después pasamos por sus tierras unos
cuantos cómicos en coche y vimos a un señor que se descubría con gran
respeto al pasar delante de unas cruces. ¿Quién es? preguntamos. Es Su
Excelencia el duque de Otranto.
Choribide era un cínico.
--Dicen que mi mujer ha sido durante quince años la querida de su tío
el párroco--solía decir con indiferencia--es posible, pero no es nada
clerical.
Choribide tenía entusiasmo por su versatilidad.
--El pobre Garat y yo--decía frotándose las manos--hemos estado en
todos los partidos. No podemos echarnos nada en cara. Hemos salido un
poco prostitutas.
Añadía también medio en serio, medio en broma que sentía ser viejo y
vivir en una aldea, pues le hubiera gustado probar el sansimonismo.
Choribide tenía influencia y conseguía cosas que otros con más
representación no podían conseguir. A cambio de estos favores aceptaba
lo que le dieran.
--Yo diré como Caillot--decía una vez en la tertulia del Bazar de París.
Como nadie sabía allá quién era Caillot, la gente se encogió de hombros
hasta que uno preguntó: ¿Y qué decía Caillot?
--Pues Caillot--explicó él--era un cómico excelente y muy viejo en mi
tiempo a quien yo no vi representar. Caillot vivía en Saint Germain y
era muy amigo de Juan Jacobo Rousseau. Un día Juan Jacobo vió a Caillot
con un cuchillo de caza admirable y le dijo que le chocaba que se
permitiera gastos tan excesivos.--No, no lo he comprado yo--contestó
Caillot--me lo ha regalado Su Excelencia, el príncipe de Conti.--¿Es
que usted acepta los regalos de los príncipes?--preguntó Rousseau.--¡Y
yo que le tenía a usted por un filósofo!--Lo soy, dijo Caillot.
Usted es un filósofo que rehusa y yo soy un filósofo que acepta.
Yo--terminaba Choribide--soy como Caillot un filósofo que acepta.
Choribide era inagotable contando anécdotas.
El caballero de Larresore que algunas veces lo encontraba en el Bazar
de las señoritas de La Bastide hubiera querido despreciarlo, pero la
verdad era que le admiraba e iba muchas veces a oirle.
Choribide contaba la vida de París durante el Terror, la gente
marchando por las calles con la mirada baja espiándose con el rabillo
del ojo, y por las noches las familias que se encerraban en las casas
temiendo las visitas domiciliarias.
Choribide explicaba cómo funcionaban los garitos del Palais Royal, cómo
se jugaba, quiénes eran los puntos más fuertes y quiénes las cortesanas
más célebres de aquellos lugares. Un día llegaba y decía:
--Hoy hace cuarenta años estaba yo en el teatro en París, viendo
representar una comedia _Los acontecimientos imprevistos_. En aquella
noche estuvo a punto de ser presa madama Dugazon por decir unos versos
entusiastas mirando al palco en donde estaba María Antonieta. ¡A
la cárcel! ¡A la cárcel! gritábamos los jacobinos. La cómica no se
intimidó, se acercó más al palco de la reina y recitó con mayor energía
los mismos versos. ¡A la cárcel! ¡A la cárcel! seguíamos gritando
nosotros mientras otra parte del público aplaudía con entusiasmo.
A este viejo currutaco le gustaba contar horrores vistos por él en
la Revolución y hacía temblar a sus oyentes hablándoles del suplicio
de los reyes, de los girondinos y de los dantonianos que había
presenciado. Sobre todo en los detalles era donde el viejo Choribide
estaba extraordinario; cuando hablaba, por ejemplo, del negro Delorme,
uno de los exterminadores de los presos en las matanzas de Septiembre,
llegaba a lo trágico, Choribide describía a este negrazo medio desnudo,
con el cuerpo manchado de sangre, degollando hombres y mujeres entre
risas y carcajadas.
Después pintaba el contraste del negro velludo teniendo en brazos el
cuerpo decapitado de la princesa de Lamballe, al que pasaba un trapo
húmedo para quitarle la sangre, mientras la cabeza de la infortunada
princesa estaba en una taberna próxima y un peluquero le rizaba el
pelo. ¡Qué blanca es!--decía la gente al ver el cuerpo de la princesa.
Y esta idea de la blancura de la víctima exasperaba a la plebe, y un
bárbaro arrancó al cadáver el corazón y otro el sexo y las entrañas.
--¿Y era una mujer hermosa?--le preguntaron dos o tres a Choribide
cuando contó esta escena.
--No, tenía más de cuarenta años y el vientre arrugado.
--¿Y cómo aceptaban ustedes esto?--decía Larresore.
--¿Y qué íbamos a hacer mi querido caballero? ¿Ibamos a decir que
éramos moderados cuando al peluquero Basset se le guillotinó por haber
hecho pelucas de aristócratas? Había que ser rojo para vivir; si no
estaba uno perdido. No había más remedio. Fué moda ser filósofo,
fuímos filósofos, luego republicanos, fuímos republicanos, después
terroristas, luego thermidorianos, después bonapartistas, hemos sido
realistas y ultramontanos; ahora aparecemos como liberales. Garat y
yo lo hemos sido todo. Nos acusaran de versátiles, ¡qué tontería! De
veletas. Por lo menos no dirán que somos veletas enmohecidas ni roñosas.
Y Choribide se frotaba las manos riendo.
Le gustaba a este viejo contar casos de apostasía y de cambios de
opinión. Le gustaba también explicar las intrigas de su tiempo y
descubrir las causas bajas y ridículas que habían dado origen a
acontecimientos que se tenían por grandes.
El cínico y extraño personaje era hombre de gran instinto social;
entraba en todas las casas de Ustariz y entre ellas en Gastizar. ¿Cómo
le aceptaba madama de Aristy? Era difícil comprenderlo.
Choribide visitaba a lo mejor y a lo peor del pueblo; solía estar en
la cabecera de la cama de Garat haciendo compañía al viejo político y
en el salón de madama de Aristy; otras veces convidaba en la Veleta de
Ustariz a un veterano de la Revolución que estaba en el asilo, a quien
los chicos llamaban Cucú el rojo y cantaban los dos la _Carmañola_,
el _Ça_, _ira_ y otras canciones desvergonzadas y terribles, algunas
dedicadas a la _Sainte guillotinette_.
Choribide de tres en tres años iba a París, solía visitar a sus amigos
realistas y a los republicanos que aún vivían. Visitaba también a los
cómicos y cómicas viejas en sus guardillas y se enteraba de todo y
hasta se enternecía, al parecer, aunque para él todo no era más que un
dato y un motivo de conversación.
Desde las jornadas de Julio, Choribide tenía en su casa un teniente de
infantería de la Guardia real que había sido licenciado y era sobrino
de su mujer.
El teniente Rontignon era un tipo de militar de café, punto fuerte para
jugar al billar y al dominó. Choribide se había propuesto casarle con
alguna rica y había echado el ojo a madama Luxe, pero Rontignon además
de haragán era hombre tímido y no se atrevía a dirigirse a una señorona
tan elegante y tan distinguida.
X.
UN SOLITARIO
ADEMÁS de Garat, de Choribide y de Cucú el rojo, había otro
representante de la Revolución en un guarda del bosque de Ustariz que
vivía completamente aislado en una cabaña rodeada de robles. Llamaban a
este solitario el tío Juan.
El tío Juan era hombre de unos sesenta años, todavía fuerte, calvo, con
la cara inteligente y llena de arrugas y los ojos brillantes. Solía
vérsele rara vez en el pueblo; iba vestido con una casaca de color
castaña, con cuello de terciopelo, medias de lana blancas y zapatones.
Los que le conocían aseguraban que el tío Juan tenía un entusiasmo
fanático por la Revolución, un entusiasmo que huía del análisis y que
prefería en los hombres el odio a sus ideas que la aceptación de ellas
a medias.
Al parecer, el tío Juan era de esos hombres que quieren cuadricular la
vida y someterla a una norma lógica y fiera.
El tío Juan tenía el espíritu del fanático que se da lo mismo en las
ideas religiosas que en las humanitarias. El no podía aceptar lo
irregular, lo laxo, no podía comprender que las sociedades necesitan un
margen de benevolencia y de inmoralidad que es muchas veces el refugio
de la libertad y del buen sentido.
Durante la Restauración la policía vigiló varias veces al tío Juan. Se
aseguraba que había sido uno de los más feroces jacobinos de Burdeos
y que había estado en Cayena con Collot d'Herbois y Billaud Varennes,
pues habló una vez del ex cómico Collot que bebía el ron como si fuera
agua, y del ex congregacionista Billaud que mataba su aburrimiento en
la deportación domesticando loros.
Acogido a un indulto y vuelto a Francia el tío Juan había sido
protegido por Basterreche en Bayona, pero deseando vivir en el campo y
en la soledad se dirigió a Garat y por influencia de éste le hicieron
guardabosque.
Se decía que Garat le puso como condición para estar en Ustariz el que
no se hablara de él.
El guardabosque lo prometió y cumplió su promesa. No tenía amistad ni
relaciones con nadie, y si alguna vez le excitaban a discutir lo rehuía.
El mismo cuidado del tío Juan de no ser advertido hizo en ciertas
épocas de la Restauración el que la policía le siguiera los pasos y el
pueblo se fijara en él.
Se decía que Ali, el asistente de Víctor Darracq iba con frecuencia a
visitarle a su cabaña del bosque y que el solitario se comunicaba con
Garat. Se decía también que algunas veces se habían encontrado de noche
a un jinete que se apeaba cerca de Gastizar y que este jinete era el
guardabosque.
XI.
LOS LOCOS DEL PUEBLO
PARA completar el cuadro de Ustariz, en 1830 habría que hablar de los
locos y de los excéntricos del pueblo, que abundaban allí como en todos
los pueblos vascos.
Uno de ellos, el más curioso era Muchico.
Muchico tenía los ojos brillantes, unas largas barbas y llevaba blusa
negra. A pesar de su aspecto siniestro de su mirada fija no tenía nada
de agresivo. Los chicos se burlaban de él y le gritaban y le tiraban
piedras. El les amenazaba con el puño y tenía que esconderse en los
portales. A Muchico le entusiasmaban los caballos y los coches, y le
asustaban los perros. El viento sur le intranquilizaba y le ponía
exaltado y de mal humor. Cuando la veleta de Gastizar miraba hacia
España era mala señal para Muchico. Este andaba más excitado y nervioso
que de ordinario.
Otro medio loco que aparecía en el pueblo con frecuencia era el hermano
Ventura.
El hermano Ventura era un viejo místico recogido por los jesuítas de
Bayona, que le pasaban una pequeña pensión. El hermano Ventura era
chiquito, vivo, de más de setenta años. Tenía un ojo con una nube,
la boca torcida, las barbas blancas, el cráneo calvo y la frente
deprimida. Vestía un gaban largo y un sombrero de copa. Después de las
jornadas de Julio el hermano Ventura se presentaba más derrotado que en
los años anteriores.
El hermano Ventura echaba largos discursos llenos de fuego, cuando
pronunciaba la palabra Dios se quitaba el sombrero y a veces se
arrodillaba.
En sus discursos hablaba de los castigos del infierno con tal ardor que
asustaba a las mujeres y les quitaba el dinero para misas.
Algunos decían que el hermano Ventura era sólo un pillastre, pero había
en él mucho de perturbado.
Otro de los tipos del pueblo era Cucú el rojo, o Cucú gorro rojo como
le llamaban los chicos.
Cucú el rojo era un soldado de la República, gascón de nacimiento que
había ido a parar de viejo a un asilo de Ustariz.
Cucú había tomado en los años que llevaba recogido, las costumbres y
las frases de las monjas que cuidaban a los asilados, pero en ciertos
días que le dejaban libre y bebía de más, sacaba un gorro frigio sucio
y lleno de agujeros y comenzaba a perorar en las tabernas.
--Ciudadanos--gritaba con la cara inyectada.--La patria está en
peligro. Los aristócratas de Coblentza nos amenazan. Los espías de
Pitt y de Coburgo nos acechan. ¡A las armas! ¡A las armas!--y cogía el
bastón y se ponía como un soldado en guardia.
Después cantaba con voz ronca el Ca, ira y bailaba la Carmagnola.
A los realistas del pueblo, que eran casi todas las personas pudientes,
no les molestaba esto del todo, porque veían en ello una prueba de la
plebeyez y de la grosería de las tendencias revolucionarias.
Para ellos la República con sus glorias no podía servir más que para
hacer vociferar a hombres, como Cucú el rojo en las tabernas o en los
caminos.
Algunas veces Choribide había puesto frente a frente al hermano Ventura
y a Cucú el rojo.
Cucú el rojo decía su repertorio, y el hermano Ventura vociferaba como
si estuviera en un bosque:
--¡Vete a confesar desdichado!--le decía--¡Estás en pecado mortal! El
diablo está detrás de ti, ahora mismo dictándote estas palabras, el
diablo que está lleno de ciencia y de razones. Sí... sí... no hables.
Vete a confesar ahora mismo desdichado.
Choribide se reía a carcajadas. El hermano Ventura quiso llevar un día
a Cucú el rojo y a Muchico a la iglesia, pero al acercarse a la puerta
los dos se le escaparon.
Una loca del pueblo, que andaba por los alrededores y no entraba en las
calles, era Grashi Erua.
Grashi Erua era alta, delgada, rubia, envejecida, con la cara llena
de arrugas. Vestía con andrajos de todos colores y como los chicos la
tiraban piedras no quería ir al pueblo.
Muchas veces se la veía en medio del bosque con el pelo suelto y una
corona de flores silvestres, también se le había visto al lado de un
arroyo que formaba un remanso, sentada con un manojo de harapos y
cantando como si tuviera un niño en brazos.
Se decía que Grashi Erua era la hija de una señorita extranjera que
la abandonó. La habían dejado de niña en un caserío y desde entonces
los dueños del caserío eran ricos. Por lo que se contaba, estas gentes
del caserío habían despojado a la loca en vista de que su madre no
aparecía; y no la habían puesto a trabajar porque era indómita y
salvaje.
LIBRO SEGUNDO
LOS EMIGRADOS DE BAYONA EN 1830
I.
DOS AMIGOS
IGNACIO Iturri, liberal emigrado en Francia desde los sucesos de 1823,
era hijo de un comerciante de buena posición de Pamplona. Se había
visto Iturri al llegar a Bayona sin medios de fortuna, y como estaba
medio enamorado de una muchacha, que servía de cocinera en una casa
rica de la plaza Grammont, se casó con ella y puso una posada en la
calle de los Vascos, a donde fué atrayendo a todos sus paisanos que
iban a Bayona por algún negocio.
La posada de Iturri ocupaba toda una casa de piedra y ladrillo rojo,
con entramado de vigas negras y el tejado de piñón. Esta casa tenía dos
pisos, y en el principal en el balcón muy saliente colgaba una muestra
con un letrero en francés y otro en castellano.
La posada de Iturri era limpia y decente, los cuartos grandes con el
suelo encerado y las ventanas de guillotina, los muebles modernos;
además de esto, tenía el atractivo de ser uno de los sitios en donde se
guisaba mejor en Bayona, pueblo en donde se guisa bien en todas partes.
Un inconveniente tenía la posada de Iturri y era el olor a bacalao que
salía de los almacenes de la calle de los Vascos. A tal perfume había
que acostumbrarse quieras que no; habituándose a ello la posada de
Iturri podía considerarse casi como un lugar de delicias.
Iturri era hombre de unos cincuenta años, fuerte, rechoncho, de
ojos negros, de cara redonda y rasurada de tono azul y expresión
melancólica. Hablaba con mucha calma y circunspección. Cualquiera
le hubiera tomado por un cura o por un exclaustrado, sin embargo, a
pesar de su aire clerical, de su cara dulce y de sus manos blancas y
regordetas era hombre de arrestos.
Su mujer Graciosa, era una vasca de aire de grulla, de nariz afilada
y mejillas sonrosadas, que trabajaba, hablaba y reñía todo al mismo
tiempo sin parar.
Iturri el posadero que no tenía hijos, aceptó en su casa a un sobrino
suyo ex seminarista escapado de Pamplona, llamado Manuel Ochoa.
Manuel Ochoa era un muchacho hijo de unos labradores del valle de
Ulzama. Considerándolo como chico listo sus padres le habían puesto a
estudiar para cura. Al principio Ochoa marchó bien en el Seminario,
pero luego comenzó a averiguarse que cortejaba a las mozas, después se
supo que se manifestaba liberal y al último que había asistido a una
reunión de militares masones. Ochoa buscado por la policía se metió en
Francia y fué a acogerse a la fonda de su tío. Iturri le trató bien, y
como tenía grandes conocimientos entre los emigrados le presentó a Don
Sebastián Miñano que estaba por entonces trabajando en varias obras y
que publicaba desde 1825 la Gaceta de Bayona.
La mujer que vivía con el abate Miñano, y de la que tenía varios hijos,
era algo pariente de Ochoa así que éste fué protegido por el abate.
Ochoa era muchacho violento, capaz de trabajar con entusiasmo. En los
ratos de ocio se dedicaba a jugar a la pelota, lo que era para él como
un sucedáneo de la acción.
Pronto le disgustó a Ochoa la colaboración con Don Sebastián Miñano.
Entre los liberales emigrados se decía que la redacción de la Gaceta de
Bayona que estaba en la calle del Pont Neuf bajo los arcos, en casa de
Barandiaran, era un punto de espionaje de Calomarde.
Manuel Ochoa riñó varias veces con Miñano. Ochoa era de estos hombres
tempestuosos, que saltan al menor roce, que arrastran a la gente y
tienen siempre entusiastas por su valor y su energía.
Una señora de Bayona, casada con un propietario rico, se enamoró de
Ochoa y el seminarista tuvo un momento de éxito y de orgullo. Esta
señora que no tenía mucho miedo ni a la opinión ni a su marido, fué
varias veces a cenar con el estudiante a un gabinete reservado de la
fonda del Comercio.
Iturri el fondista, que temía el escándalo, fué a ver a Miñano y a
contarle lo que pasaba, y entre los dos decidieron mandar a Ochoa
con un pretexto a París. Ochoa copiaría documentos en la Biblioteca
Nacional para el abate.
En aquella época, Ochoa hubiera preferido quedar en Bayona, pero como
no encontraba la menor apariencia de pretexto que oponer tuvo que
marcharse.
Ochoa fué a París, conoció a algunos emigrados españoles y tomó parte
en la sublevación de Julio.
Cuando Leguía y Chacón, comisionados por los liberales de Londres,
llegaron a París, Ochoa se unió a ellos en sus visitas y diligencias.
Luego al ir presentándose los emigrados se hizo definitivamente de su
grupo.
Conoció a Mina, a Chapalangarra, a Jáuregui. Como no tenía ya carrera
ni oficio pensó que lo mejor sería unir su suerte a la de aquellos
hombres. Más culto que estos militares, pudiendo hermanar las letras
y las armas, pensó le sería fácil conseguir un éxito con poco que le
ayudara la suerte.
En París trabó amistad con Eusebio de Lacy, con quien vivió durante
algún tiempo.
Eusebio de Lacy era un joven de ojos azules, pelo rubio y aspecto poco
fuerte, aunque tranquilo y noble.
Eusebio había nacido en Holanda, en la isla de Walcheren, adonde su
madre había seguido a Luis de Lacy, que entonces era capitán en la
legión irlandesa que mandaba Arturo O'Connor y que estaba al servicio
de Napoleón.
Eusebio pasó su infancia en Quimper, pueblo de su madre, que de soltera
se llamó la señorita de Guermeur.