siento hermano de la glicina de Gastizar, me he enredado aquí, en estas
piedras viejas, y aquí estoy viviendo como una col.
Aquella vida del campo, inmóvil, sin estímulo para la ambición que a
muchos embrutece, a él le había convertido en un filósofo.
Miguel se consolaba leyendo y tocando el violonchelo. Se recordaba que
una vez una señora de Bayona, que había venido a Gastizar con su hija
con un plan matrimonial, al ver a Miguel poco admirado ante las gracias
de la niña y más bien distraído y aburrido, había dicho a madama de
Aristy en un momento de mal humor: Señora, su hijo de usted es un
idiota. Este recuerdo regocijaba a Miguel y le hacía reir con malicia.
Miguel reconocía ingenuamente sus defectos; pero con la misma
ingenuidad aseguraba que no tenía el menor deseo de corregirlos.
El caballero de Larresore reprochaba a Miguel lo poco que se cuidaba de
la sociedad.
--Te abandonas, Miguel--le decía;--estás hecho un rústico.
--¡Pse! ¿Para qué preocuparse de la sociedad?--exclamaba él;--con la
gente casi siempre sale uno perdiendo. Si a fuerza de molestias y
preocupaciones llega uno a saber una cosa y la comunica a los demás, le
contestan con un lugar común.
--La sociedad no puede estar regida por un libro de cuentas--decía
Larresore, que era un hombre que nunca había dado nada a nadie.
--Sí, es cierto--contestaba Miguel sonriendo, porque tenía la idea de
que su tío era uno de los hombres más egoistas del mundo;--pero no es
cosa de perder siempre.
El segundo hijo de madama Aristy, León, estaba casado con Dolores, la
hija de Malpica. León era pintor y se hallaba por entonces en París.
Su matrimonio, su profesión y su estancia en París se había llevado a
cabo en contra de la voluntad de su madre.
Al ir a vivir a Bayona la mujer de Malpica y su hija, ésta en aquella
época una muchachita de catorce a quince años, había impulsado al
coronel su padre a que se instalase cerca de ella, y Malpica fué a
parar a la casa de un guardabosque de Ustariz conocido por el tío Juan,
viejo revolucionario recomendado por Garat y que vivía allí olvidado.
Dolores iba siempre que podía a visitar a su padre. La mujer del
coronel Malpica sabía que su marido estaba oculto en Ustariz y que su
hija le veía con frecuencia.
En uno de estos viajes Dolores conoció a León de Aristy, joven pintor,
que se había hecho amigo de Malpica en sus excursiones de paisajista.
León habló varias veces a Dolores, y a poco de conocerla la hizo una
fogosa declaración de amor.
Dolores era una mujer afectuosa, tierna, muy religiosa y de no mucha
energía, que tenía siempre las lágrimas a punto.
León, muy romántico en sus ideas era de un egoismo perfecto; no pensaba
más que en sí mismo y se preocupaba poco de la conveniencia de los
demás.
León riñó con su madre para casarse con Dolores; fueron los casados a
vivir a Chimista, y al año Dolores tuvo un niño.
El coronel Malpica al ver a su nietecillo se sintió emocionado y se
trasladó también a Chimista. El trabajaría en la huerta para no ser
gravoso a nadie, dijo.
El matrimonio hubiera podido ser feliz; pero pronto León se cansó del
sosiego de la casita campestre y de los paisajes de los contornos, y
decidió ir a pasar temporadas a París. Todos los años hacía un viaje a
la capital, cada vez más largo, y volvía huraño y fosco lamentándose
de que no se le considerase, creyéndose siempre postergado por las
intrigas de los demás artistas.
Dolores no sabía qué hacer para contentar a su marido; el pintor era
un hombre vanidoso y de poco carácter; había vivido dominado por la
energía de su madre, y al dirigir él su vida se encontraba perdido.
Dolores era una mujer poco enérgica, pero buena y resignada. No
comprendía lo que le pasaba a su marido. Veía que vivía con el espíritu
en otra parte. Ella se consolaba jugando con sus hijos, arreglando sus
flores. Iba también con frecuencia a ver a su madre a Bayona, y dejaba
a sus hijos al cuidado de una vecina recién casada a quien llamaban
Fanchon.
Dolores tenía amor por su padre y lo comprendía, a pesar de la
tosquedad y de la rigidez del coronel. Malpica trabajaba por ella y
la proporcionaba todas las comodidades posibles, fingiendo siempre
estar malhumorado. Para el viejo militar, las mujeres eran como niños
caprichosos que había que vigilar y atender.
Respecto a Julia de Aristy, la hermana de León y Miguel, casada con un
propietario rico de Bayona, intentaba convencer a sus hermanos de que
debían salir de aquel rincón de Ustariz.
León estaba camino de hacerlo, no así su madre ni su hermano mayor.
Ambos vivían entusiasmados en Gastizar.
Esta casa la había comprado el abuelo materno de madama de Aristy, que
era un bearnés, en tiempo de la Revolución. No se sabrá de quién era
primitivamente ni se conocía su historia; únicamente le quedaba el
nombre de Gastizar que en vascuence quiere decir castillo viejo.
Madama de Aristy y sus hijos habían ido a vivir a Gastizar al finalizar
el Imperio.
El propietario anterior debía de haber sido hombre de cierta fantasía.
En un extremo de la huerta había pretendido instalar un jardín con
plantas tropicales, tentativa que indicaba en él un entusiasmo por la
Botánica, puesto en boga por Juan Jacobo Rouseau y por Bernardino de
Saint Pierre. En medio del jardín tropical había un chalet rústico
oculto entre árboles. Este chalet rústico, al que llamaban el chalet
de las hiedras porque se hallaba tapizado y cubierto por ellas, estaba
alquilado a dos señoras españolas.
Madama de Aristy al ocupar la casa mandó quitar las plantaciones
tropicales y dejó los campos al modo del país.
Hubiera derribado el chalet de las hiedras, pero su hijo León lo quería
para estudio y lo respetó.
Durante todo el año madama Aristy y su hijo mayor vivían en Ustariz.
Algunas veces solían ir a Bayona, y el rigor del verano pasaban algunos
días en Biarritz. Tenían un landó para sus viajes y Miguel solía usar
un tilburí que él mismo dirigía.
Madama de Aristy era de estas personas que trabajan y hacen trabajar a
los demás sin descanso.
Tenía a sus órdenes dos criadas, un muchacho y un hortelano.
Además de las dos criadas había un ama de llaves, algo pariente de
madama Aristy, que era una solterona fea, desgarbada y torpe. Se
llamaba Benedicta. La Benedicta siempre estaba distraída y hacía las
cosas mal, pero si la reñían las hacía peor.
--Dejadle--decía Miguel,--no la riñáis.
Madama de Aristy no podía dejar el placer de refunfuñar y de echar
largos discursos agrios a Benedicta. Las señoritas de Belsunce solían
ir acompañadas de una doncella.
Un elemento importante de Gastizar era el criado y hortelano Ichteben,
un tipo curioso; Ichteben tenía muchas ocupaciones, pero ninguna
cumplía bien; poseía una nariz como un pico, roja, una expresión
suspicaz; llevaba pantalones azules, blusa negra y un chaleco de Bayona
en invierno como en verano.
Ichteben hacía lo que le encargaban bastante mal y además era un poco
borracho, pero tenía una fidelidad a Gastizar a toda prueba.
Madama de Aristy decía muchas veces que lo iba a despachar, pero esto
parecía tan difícil como cambiar el orden de los planetas.
Ichteben era muy malicioso, muy ladino; únicamente Miguel le inspiraba
confianza para contarle sus cuitas. Miguel le escuchaba muy serio y
después celebraba a carcajadas su malicia.
VIII.
LOS PARIENTES Y LOS AMIGOS DE LA CASA
CASI siempre había en Gastizar parientes de madama de Aristy que iban a
Ustariz a pasar una temporada.
De los más constantes eran la señorita de Belsunce y su sobrina Alicia.
La señorita de Belsunce, una dama mustia que había tenido en su
juventud amores contrariados y falta de ácido en el estómago, hubiera
querido ser, como la mariscala de Luxemburgo, una autoridad en materias
de elegancia y dar el _placet_ a la gente con un ¡oh! o con un ¡ah!
colocado a tiempo, como dió la mariscala a monsieur de Talleyrand.
La señorita de Belsunce se cansaba de la soledad de Gastizar, y muchas
veces decía a su sobrina:
--No sé para qué estamos en este desierto.
Alicia tenía cariño por Gastizar. Era Alicia una linda muchacha, un
poco pequeña de estatura, rubia, tirando a roja, con la boca chiquita,
los ojos verdosos y la nariz un poco corva. Estaba orgullosa de su
figura y de su familia.
Alicia era efusiva, cariñosa, muy económica y algo egoista. A pesar de
esto sabía hermanar su egoismo con su tendencia romántica. Era de estas
vírgenes prudentes que miran a su alrededor estudiando el hombre que
les conviene.
Alicia adulaba un tanto a su tía madama Aristy, y esta señora
consideraba mucho a su sobrina. Estaban siempre de acuerdo. Se creían
las dos de distinta pasta que los demás y que lo hacían todo bien. Se
consideraban casi siempre en el fiel de la balanza.
Alicia tenía un poco de desdén por su primo Miguel, a quien suponía que
ella agradaba y que, sin embargo, no le hacía la menor indicación en
este sentido considerándose sin duda como viejo.
Alicia vivía el invierno en Pau y hablaba el _patois_, cosa cómica para
un vasco.
--No comprendo cómo se habla el _patois_--decía Miguel a su prima.
--¿Por qué no?
--Es como tener dos trajes para la ciudad. Nosotros los vascos no,
tenemos el traje de pastor, de la aldea: el vascuence, y el de la
ciudad, el francés.
--Nosotros no tenemos nada de pastores--replicaba ella;--somos más
civilizados.
--Un idioma latino. ¡Pse! ¡Qué cosa más ridícula!--exclama Miguel.
--Ustedes han resuelto que hay una superioridad de los vascos sobre los
bearneses y los gascones, y ya basta.
--¡Ah, claro! Es una superioridad que no necesita explicación.
--¿Es que han hecho más cosas los vascos?
--No.
--¿Es que han tenido más grandes hombres?
--No, tampoco. Nosotros los vascos formamos un pueblo pequeño,
misterioso, con un concepto de la vida especial. ¿Cómo nos van a
comparar con un provenzal o con un gascón?
--Pero los provenzales y los gascones tienen más historia, hay entre
ellos familias más antiguas.
--Respecto a eso te diré, prima mía, lo que un vasco dijo al duque de
Guisa. Discutían los dos acerca de su respectiva nobleza, y el duque
de Guisa dijo: Sabed que los Guisas datan del siglo X, y el vasco le
contestó: Nosotros los vascos no datamos.
--No comprendo, la verdad, este orgullo.
--No es orgullo. Cada cual tiene sus condiciones y desea conservarlas.
¿Por qué no? Yo no quiero vivir en comunidad con el vecino, aunque sea
más fuerte o más rico que yo. Que estas comarcas que nos rodean, que
han hablado dialectos latinos, tienen más cultura que nosotros por el
uso de un idioma más civilizado que el nuestro. ¿Y eso qué importa?
Nosotros queremos vivir en nuestro país, sin tener gran cosa que ver
con los que hablan esas jergas latinas.
--¿Y por qué no?
--Nosotros somos otra clase de gentes; no nos parecemos en nada a ellos.
--¿Más serios?
--Claro.
--¿Más constantes?
--Sin duda alguna.
--Ahí está el grande hombre del pueblo, Garat, prodigio de
consecuencia...; no ha sido más que de todos los partidos...
--Bueno; es posible que en la política...--decía Miguel riendo.
--Y en todo. Ustariz es un pueblo de veletas; ¿cuántas novias ha tenido
usted, primo mío?
--¿Yo? De verdad... ninguna.
--¿No ha tenido usted bastante tiempo para enamorarse de ellas?
Alicia y Miguel solían discutir y pelear con frecuencia; ella terminaba
sus reyertas con un gesto de altivez y desdén, y él se reía.
Otro de los huéspedes de Gastizar era Víctor Darracq, ex intendente
del ejército de Napoleón y primo del marido de madama de Aristy.
Víctor Darracq había sido de la Administración militar durante el
Imperio y había llegado a general de brigada. Darracq no tenía espíritu
militarista; en cambio era de estos hombres curiosos que allí por donde
van recogen algo. No conservaba de la guerra más que un recuerdo de
crímenes, de robos y de bestialidades.
El ex intendente había llegado hacía años a Gastizar con el objeto de
pasar una temporada, y se había quedado allí.
El ex intendente era solterón, hombre servicial capaz de sacrificarse
por sus amigos.
Tenía su centro de operaciones en la biblioteca de Gastizar.
Era de estos hombres ordenados y clasificadores, y todo lo que había
reunido en su vida de intendente lo guardaba catalogado en sus
armarios; tenía mucha afición a los pájaros y una canariera que cuidaba
con todas las reglas del arte.
Al instalarse en Gastizar, el ex intendente vió que la biblioteca era
bastante buena. El antiguo propietario había querido sin duda rivalizar
con Garat, sobre todo en conocimientos vascos, y desde Oihenart a
Astarloa, y desde Larramendi a Zamacola, no faltaba autor que se
ocupara del país.
El ex intendente tenía mucho cariño por sus sobrinos, sobre todo por
León el pintor.
No se explicaba la gente cómo madama de Aristy le había aceptado
definitivamente en su casa, con la poca amistad que tenía por los
parientes de su marido.
El tío Víctor era un hombre moreno de aspecto un poco sombrío, una
cara de esas cetrinas y atormentadas; vestía redingot abotonado hasta
arriba de aire militar y color oscuro, polainas y cuello de camisa alto
y tieso, que dibujaba sobre la mejilla atezada un triángulo de tela
blanca y almidonada que salía de la corbata.
Darracq vivía en el cuarto de la torrecilla que daba a la carretera,
y solía allí trabajar haciendo barcos o esferas armilares. Estaba
suscrito a varios periódicos extranjeros, y las noticias interesantes
que encontraba en ellos las recortaba y las pegaba en un libro.
El tío Víctor tenía como asistente a un vasco aventurero que había
rodado por el mundo, a quien llamaba Ali.
Ali había estado durante algunos años alistado entre los mamelucos de
Egipto y había sido corsario. Ali al llegar a Ustariz tenía todas las
trazas de un turco; usaba unos bigotes largos, gorra roja y pantalones
bombachos.
Al querer instalarse Darracq en Gastizar madama de Aristy puso el veto
a Ali; dijo que mientras usara aquellos bigotes y aquella indumentaria
no estaría en su casa.
Ali, suspirando, se afeitó y se puso una blusa azul y pareció un
aldeano como otro cualquiera, más moreno.
Ali era hombre con éxito en el pueblo; cuando contaba sus aventuras en
Egipto y en Grecia tenía a todos pendientes de sus labios.
Otro de los huéspedes que solía pasar largas temporadas en Gastizar era
el caballero de Larresore, constante compañero de charlas de Miguel.
Larresore era soltero, de más de sesenta años, muy atildado y elegante;
tenía las mejillas sonrosadas, las melenas largas y bien peinadas, las
patillas cortas. Vestía a la inglesa. Su traje ordinario era casaca de
color pardo claro, chaleco blanco bordado, pantalón corto de piel de
seda y polainas negras.
En el chaleco llevaba dos cadenas de reloj con algunos dijes.
Larresore vivía en invierno en Bayona, y cuando llegaba el buen tiempo
iba a pasar temporadas a las casas de sus parientes y amigos.
Larresore era muy egoista, con una gran perfección maquiavélica en su
egoismo. Preparaba las cosas que le convenían muy de antemano con todo
detalle y daba mil rodeos para conseguir lo que se proponía.
Larresore había estado en Inglaterra durante la Revolución.
La Revolución vino a cogerle en un momento en que pensaba hacer un buen
matrimonio y un buen negocio. Al caballero le quedó siempre el odio
por este movimiento inoportuno que vino a estropear su porvenir.
Larresore se pintaba así mismo como un realista arruinado por la
Revolución, cosa que a juzgar por los que le conocían no era cierta,
porque, según éstos, el caballero nunca había tenido fortuna.
Larresore cultivaba su personalidad de realista; hacía valer sus
amistades y escribía cartas a los hombres ilustres del partido, y si le
contestaban exhibía sus respuestas por todo el pueblo.
Larresore en Inglaterra se había aficionado a las costumbres inglesas,
al té y a los vinos de España.
En Londres conoció al vizconde de Chateaubriand, a quien consideró
como un fatuo hasta que vió que se hacía célebre, y entonces hablaba
constantemente del vizconde como de un amigo íntimo a quien había
adivinado.
El caballero de Larresore encontraba la sociedad del siglo XIX egoista
y desprovista en absoluto de sensibilidad.
Es necesario tener el espíritu saturado de egoismo para reconocerlo al
momento en los demás y en sus más pequeñas partículas. Larresore lo
reconocía en seguida, lo olfateaba.
El tenía la costumbre de decir cuatro o cinco frases de cajón cuando
ocurría una desgracia; creía a la gente dura y seca de espíritu sin
efusiones ni poesías.
Ya no se sabía ser galante con las damas; no se amaba el campo. El
caballero de Larresore no había sido muy platónico, ni era capaz de
mirar un paisaje un momento.
Larresore se lamentaba de las transformaciones de la época. Contaba su
vida de cuando había ido a París antes de la Revolución recomendado a
Garat.
--¡Qué sociedad aquella!--exclamaba.--Alegre, social, cortés. Como ha
dicho mi ilustre amigo monsieur de Talleyrand, el que no ha vivido
antes de la Revolución no sabe lo que es la dulzura de vivir.
Y contaba anécdotas de su tiempo parecidas a las de todos los tiempos,
y recitaba los madrigales enviados por él a las cómicas, que firmaba
con notas musicales La... re... sol... re.
El caballero creía que estos rasgos de ingenio no podían volver a darse.
Larresore hablaba de Garat el menor, su amigo, con mucha lástima, por
haber tenido que convivir con los tigres de la Revolución.
--Hoy, el hombre en Francia--decía el caballero--está descontento de
sí mismo y de la sociedad. He aquí a mis dos sobrinos León y Miguel.
León quiere ser pintor, pero no se contenta con ser un pintor como
hubiera sido un gentil hombre de mi tiempo, pintor para mostrar sus
cuadros entre sus amigos, no; quiere ser un gran pintor, y que hablen
de él los periódicos. El papel impreso... ¡Qué cosa más lamentable!
Respecto a Miguel, está perdiendo en absoluto sus condiciones físicas
de caballero; se ha dejado la barba, se corta el pelo al rape.
--Es más cómodo, tío. Va uno siendo viejo.
--¡Viejo a los cuarenta años! En mi tiempo no había viejos.
--¿Habían encontrado ustedes la fuente de Juvencio?
--No; es que nadie se retiraba voluntariamente. Se vivía para la
sociedad. Entonces había verdadera fraternidad.
--Sí, entre ustedes; pero no entre ustedes y la gente pobre.
--¿Y ahora la hay de esa?
--No, es verdad; ahora tampoco la hay.
--Entonces reinaban las mujeres. El hombre estaba educado por ellas. Se
sabía ser amable, galante. La Revolución ha acabado con todo esto.
Madama de Aristy y las dos señoritas de Belsunce cuando le oían daban
la razón a Larresore; el ex intendente Darracq movía la cabeza como
indicando que habría que pesar el pro y el contra de la cuestión, y
Miguel se reía.
Todas las formas de vivir exclusivamente sociales hacen del hombre un
cómico que representa un papel, y Larresore era un comediante completo.
Eso sí. El quería el teatro adornado y los actores caracterizados con
perfección.
Muchas veces en confianza decía de la vieja señorita de Belsunce: Yo
comprendo que se pinte, pero que se pinte bien.
Además de los parientes solían ir amigos a pasar temporadas a Gastizar.
De los contertulios del pueblo, los más asiduos eran madama Luxe con su
hija, las señoras de Darneguy, el vicario Dostabat y el organista de la
iglesia, Harismendy.
Algunos suponían que a madama de Aristy no le hubiese disgustado casar
a su hijo con madama Luxe, que era rica; otros decían que era la viuda
la que miraba con buenos ojos a Miguel, y otros que era a Miguel a
quien le gustaba la viuda.
También solían ir a Gastizar con frecuencia la señora Darneguy y su
sobrina. Madama de Aristy las estimaba mucho. La señora Darneguy
vivía con una pequeña pensión, y era muy severa; la sobrina Carolina,
ya de cierta edad y con algunos cabellos de plata, trabajaba haciendo
bordados. Madama de Aristy las enviaba con frecuencia regalos; pollos y
frutos de la huerta.
El vicario Dostabat iba a Gastizar todas las semanas un día. Era
Dostabat un hombre alto, de vientre abultado, la cara roja, los ojos
pequeños y claros y la nariz larga. Tenía de cincuenta a sesenta años.
Era tipo de cura del antiguo régimen; muy aficionado a las buenas
comidas y a los vinos excelentes.
Los vinos de mesa eran su especialidad; los miraba, los olía, los
cataba como un verdadero conocedor. También le gustaban las cartas y
era maestro en todos los juegos. El padre Dostabat era cura de manga
ancha, y creía que la mayoría eran pecadillos que Dios perdona sin
esfuerzo.
El organista de la iglesia, el abate Harismendy era un hombre de unos
cuarenta años, moreno, los ojos negros, muy vivos. Harismendy tenía
gran afición a la música y enseñaba solfeo a los chicos del pueblo.
En Gastizar solía acompañar a Alicia al piano.
A veces había concierto; Alicia cantaba, el joven Larralde-Mauleón
tocaba el violín. Harismendy el piano y Miguel el violonchelo.
Larresore, que no era muy aficionado a la música, intentaba siempre
monopolizar a Miguel y llevarlo al campo de sus discusiones. Los dos
rompían la frialdad y el aire ceremonioso de la tertulia de Gastizar
con sus observaciones, a veces de un atrevimiento chocante.
IX.
CHORIBIDE EL VERSÁTIL
AL contemplar el paisaje de Ustariz, al ver sus casitas blancas con
sus enredaderas y sus parras, el río con sus meandros bordeados por
arboledas, se pensaba involuntariamente en la vida idílica y pastoril.
Parecía que los habitantes del pueblo debían vivir al estilo de los
héroes de Teócrito y de Virgilio; pero por debajo de esta bucólica
apariencia aparecía, como no podía menos, el fondo de pasiones y
deformidades de todo núcleo de población humana.
Ustariz estaba dividido en pequeños grupos; unos indiferentes, otros
enemigos. Era el primer grupo el de Garat.
Garat había hecho muchos favores en el pueblo y tenía grandes amigos.
En sus últimos años el viejo convencional enfermo, y retirado no quería
intervenir en los asuntos de la villa, aunque la Revolución de Julio
le dejaba en condiciones para tomar parte en la política. Garat estaba
cansado y tenía bastante con sus recuerdos.
Otro grupo se reunía en el barrio de Eroritz en la casa de los Darralde
llamada Jaureguia. La tertulia de Gastizar no era enemiga de la de
Jaureguia aunque había entre ellas cierta disimulada hostilidad.
Los Darraldes eran ricos, pero tenían aire de advenedizos.
Su riqueza trascendía a especulaciones recientes. Darralde, el viejo,
había comenzado a enriquecerse en tiempo de la Revolución. Guardaba en
su casa muebles, tapices y alfombras que había comprado por casi nada
en Dax, Auch y Bayona a los agentes de Barere, Cavaignac y Dartigoite.
Darralde, después de negociar durante el Imperio por toda Francia,
había formado parte de una sociedad que compraba las grandes
propiedades de los castillos antiguos para venderlas en parcelas y
derribar las ruinas.
Esta _banda negra_, como la llamaban los arqueólogos, los artistas y
los poetas, había operado en el mediodía a la par que otras hacían sus
negocios en el centro y en el norte.
Uno de los Darraldes había casado con una señorita de la familia de
Mauleón, lo que le había hecho subir en categoría social.
Otro punto de cita menos distinguido que las casas de los Aristy y de
los Darralde era el Bazar de París, tienda que tenían dos hermanas, las
señoritas de La Bastide con su abuela. Estas dos hermanas, Delfina y
Martina, daban mucho que hablar al pueblo por sus amores.
--Las señoritas de La Bastide no llevan una vida honorable--decía
madama de Aristy de una manera dogmática.
La abuela, por lo que aseguraban algunos viejos había sido igual.
Después de dar varios escándalos en el pueblo, marchó a Bayona y
luego a Auch en la época del Terror, donde fué una de las favoritas
de Dartigoite, este dictador que predicaba la inmoralidad por las
calles y terminaba sus discursos poniéndose desnudo ante el público. Se
aseguraba que se le había visto a la abuela del Bazar de París, en su
juventud, vestida de Diosa Razón, y algunos la llamaban así en broma.
La Diosa Razón del Bazar de París tenía una cara del siglo XVIII,
una cara de enciclopedista, la frente despejada, la nariz respingona
y corta que sostenía unas antiparras, los ojos claros. Un señor del
pueblo afirmaba que la hubiera tomado por el mismo Diderot.