Terminada la conferencia los tres viajeros bajaron al portal y se

despidieron de Malpica. Ya iban a salir cuando se presentó la hija del

coronel con sus dos niños. Lacy le dió la mano y ella murmuró en voz

baja:

--Dios quiera que no me traigan ustedes alguna desgracia.

--Por Dios, señora... no..., balbuceó Lacy.

Unas horas después, los tres viajeros llegaban a la Veleta de Ustariz,

almorzaban, montaban a caballo y se dirigían al trote largo camino de

Bayona.

V.

LA TERTULIA DE GASTIZAR

EL mismo día en que Lacy, Campillo y Ochoa visitaban al coronel

Malpica, estaban de tertulia al anochecer, varias personas en el salón

de Gastizar.

Una gran lámpara de aceite, con una pantalla verde, colgada del centro

de la habitación difundía una luz fija y clara, y seis velas ardían en

el piano sobre arandelas de cristal tallado.

El salón de Gastizar era grande y decorativo, con vigas en el techo

negras sobre fondo rojo, suelo de nogal muy oscuro y lustroso y las

paredes tapizadas de terciopelo escarlata.

Este salón tenía dos balcones muy espaciados y una ventana, ocultos en

aquel momento por cortinas espesas, en frente de uno de los balcones

había una gran chimenea en cuyo hogar ardían unos gruesos troncos de

roble.

Los muebles de este salón eran antiguos; arcas vascas talladas, espejos

biselados, sillones estilo Luis XV. Un reloj alto, negro, de estos

ingleses, de esfera de cobre, colocado entre los dos balcones parecía

presidir la sala.

En algunos espejos, cuadros y en el respaldo de los sillones se veía

esculpido y pintado un escudo con cuatro cuarteles, en los dos de

arriba dos vacas rojas y un roble y en el de abajo otras dos vacas

rojas y una hidra de tres cabezas.

Este escudo era de la casa vasco-francesa de los Belsunce, familia

ilustre en el país, que tenía en Mearin un antiguo castillo cubierto de

hiedras.

Entre los Belsunces había habido un obispo de Marsella que se hizo

célebre en la peste que desoló esta ciudad a principio del siglo XVIII,

un general que se distinguió en el sitio de Maestrich, y el mayor

Belsunce que en tiempo de la Revolución fué muerto en Caen por la plebe

y luego destrozado y despedazado de una manera trágica, llegando una

mujer a arrancarle el corazón y a comérselo.

Cuando Carlota Corday mató a Marat se aseguró por algunos que la

heroica homicida había sido la novia del mayor Belsunce y que había

querido vengarle.

Además de estos Belsunces conocidos en la historia había otro personaje

legendario del mismo apellido: Gastón de Belsunce que a principios del

siglo XV peleó con un monstruo que se escondía en una cueva de San

Pedro de Irube y murió en la lucha después de matar a la fiera. De aquí

procedía en el escudo de la familia la hidra de las tres cabezas.

Entre los vascos, que no ha habido nunca grandes propietarios ni

aristocracia cortesana, la familia de Belsunce era la excepción por su

riqueza.

La dueña de la casa de Gastizar era de la familia de Belsunce y tenía

este apellido del cual estaba orgullosa, así que le agradaba que le

escribieran madame d'Aristy (neé Belsunce).

En la sala de Gastizar había en aquel momento varias personas;

alrededor del velador del centro estaban tres señoras, madama de

Aristy, su prima la vieja señorita de Belsunce y madama de Luxe viuda

de un coronel del Imperio.

Madama Aristy era una señora alta, de nariz corva y ojos claros, el

pelo blanco. Madama de Aristy hacía media y tenía entre ella y el

fuego un pequeño biombo porque no le gustaba el calor de la lumbre.

A su lado leía un número de _La Moda_, la vieja señorita de Belsunce.

La señorita de Belsunce estaba empeñada en parecer joven a fuerza de

afeites y su sistema pictórico daba a su rostro un aspecto lamentable.

Su única discreción era buscar los sitios que estuvieran a la sombra o

en la penumbra donde no se le pudiese ver a la luz plena.

A pesar de su manía de pintarse y de pintarse mal que parecía denotar

cierta falta de sentido, en otras cuestiones la señorita de Belsunce

discurría con una gran claridad.

Esta vieja señorita era romántica, no del romanticismo entronizado

por los escritores y poetas del año 1830 sino del anterior. Tenía una

traducción de Ossian que leía con tanto entusiasmo como Napoleón,

tocaba el arpa y libaba el monarquismo y la melancolía en las obras

llenas de catacumbas y de pompas fúnebres del Vizconde de Chateaubriand.

La otra señora que estaba en el salón, madama Luxe, viuda de un coronel

del Imperio, era una mujer rubia, corpulenta, de unos treinta y cinco

a cuarenta años, de ojos claros, vestida de una manera vistosa.

Madama Luxe había sido poco feliz en su matrimonio y como todavía

se consideraba joven esperaba casarse en segundas nupcias. Algunos

pensaban que no le hubiera disgustado Miguel Aristy como marido.

Al lado del piano había dos muchachas y un joven.

De ellas, la mayor era Alicia de Belsunce, la otra Fernanda Luxe.

Alicia tendría unos diez y ocho años, el pelo rubio y unos colores de

manzana. Fernanda era pálida, morena y melancólica y estaba todavía de

corto.

Alicia, en aquel momento sentada al piano tocaba y cantaba mientras

un joven, Luis Larralde-Mauleón, pasaba las hojas de la partitura del

"Barbero de Sevilla".

Al lado del fuego, dentro de la campana de la chimenea se encontraban

Miguel de Aristy, el hijo mayor de la casa, hundido en una butaca, el

caballero de Larresore, anciano muy estirado y peripuesto, y el ex

intendente Darracq, pariente del marido de madama Aristy.

Miguel y Larresore hablaban en aquel momento de don Valentín Malpica,

Darracq escuchaba y arreglaba a cada paso el fuego con las tenazas.

--Es un hombre tosco, sin formas corteses--decía Larresore--la primera

vez que me vió me dijo: nosotros los viejos...

--Ja... ja...--rió Miguel--la verdad es que no podrán ustedes hacer

buenas migas los dos.

El señor Darracq rió también aunque silenciosamente.

--Otro día--siguió diciendo Larresore--le vi llevando un haz de leña al

hombro. Coronel, le dije: ¡Por Dios! ya le enviaremos a usted un mozo

para que le acarree la leña.

--¿Y qué le contestó a usted?

--Me dijo que el soldado debe bastarse a sí mismo.

--Sí, es una de sus grandes razones. Don Valentín es un buen hombre

sencillo y honrado. Es el militar sin cultura. Como fanático que es,

ha exagerado los beneficios de la disciplina y cree que el hombre debe

ser una máquina que marche al paso. Para don Valentín las dos normas

superiores de la vida son la disciplina y el honor. La disciplina tiene

sus ordenanzas militares, respecto al honor él supone que sus leyes son

tan exactas como las de la gravedad. Yo no creo en nada de esto, pero

reconozco que es un excelente corazón franco y noble.

--Cierto, cierto--repuso Larresore--pero es de una insociabilidad

horrible. Estando en su compañía yo no puedo encontrar un motivo de

conversación. Le pregunté una vez por su familia y sus antepasados

y me dijo que él no había conocido más que a su padre, y añadió que

había encontrado en su casa un árbol genealógico en pergamino pero que

lo había echado al fuego porque el soldado no debe de pensar en estas

tonterías; para él todo lo que es lujoso es inútil. ¡Qué espíritu más

lamentable!

--Sí, hay esa misma idea en todos estos militares españoles que andan

por aquí. Son gentes sencillas.

--Es falta de civilización--exclamó Larresore--poca sensibilidad. ¿Y

estos tres españoles que han estado a ver al coronel Malpica, quiénes

son? ¿Algunos revolucionarios?

--Sí.

--¿Y a qué han venido? ¿Quizás a proponerle que se una a ellos?

--Sí.

--¿Y él habrá aceptado?

--Seguramente.

--¿Es tan liberal?

--No, liberal no es; pero las circunstancias le han puesto más cerca

del campo de los liberales y con poco que halaguen su amor propio irá.

--¿Tú conoces bien su historia, Miguel?

--Sí.

--¿Qué hay de cierto en eso que se ha dicho de que mató al amante de su

mujer?

--Lo que hay de cierto es que tuvo un duelo con un amigo suyo y que le

mató.

--¿Y no era el amante de su mujer?

--No, no. Parece que había otra mujer entre ellos.

En esto Alicia se levantó y dirigiéndose a madama de Aristy dijo:

--Tía, no tocaré más. Miguel y el caballero de Larresore están hablando

entretenidos y no hacen caso de mi música.

--No, hija mía--dijo Larresore siempre amable--estábamos haciendo

comentarios sobre tu música.

--¡Bah, bah!, no me engaña usted, siempre están ustedes hablando.

--Tienes razón, hija mía--saltó madama de Aristy con enfado--yo no sé

de qué hablan. Esta noche pasada--y se dirigió a madama Luxe--han

estado hasta las dos dale que dale hablando. ¡No se cansarán! pensaba

yo.

--Los hombres...--comenzó a decir madama Luxe, pero sin duda no se le

ocurrió nada y se calló.

--Es que tienes un hijo muy inteligente, prima mía--repuso Larresore--y

a mí me gusta oir sus opiniones.

--Miguel es inteligente para todo menos para mi música--saltó

Alicia.--Ayer que no estaba el señor de Larresore para hablar con él se

sentó en la butaca y se quedó dormido.

--No, no; estaba soñando.

--Ya, ya. Bueno, ¿y de qué estaban ustedes hablando?--dijo Alicia

tomando una silla pequeña y sentándose con los piececitos al fuego.

--Estábamos hablando de estos españoles que han venido al pueblo a

visitar al suegro de mi hermano León--dijo Miguel.

--Los he visto--agregó Alicia--uno de ellos un joven moreno con un aire

muy enérgico. Muy buen tipo.

--A mí me ha parecido mejor el rubio--saltó Fernanda.

--Yo no les he encontrado nada de particular a ninguno de los dos--dijo

el joven Larralde-Mauleón despechado.

--Ya tenemos la eterna discrepancia--exclamó Miguel con su seriedad

burlona.--Alicia dice que el moreno, Fernanda que el rubio y el joven

Larralde que ninguno de los dos. ¿Quién tiene razón?

--Déjese usted de bromas. ¿Quiénes son?--preguntó Alicia.

--El viejo es un guerrillero español...

--¿Y los jóvenes?

--El rubio es el hijo del general español Lacy que fué fusilado en la

isla de Mallorca por liberal. El otro es un muchacho que se llama Ochoa.

--¿Y qué venían a hacer aquí?

--Venían, sin duda, a invitar a este viejo coronel, suegro de mi

hermano, a alguna empresa revolucionaria.

--Y ese Ochoa, ¿quién es?--dijo Alicia.

--No sé de él más que lo que tú sabes, que es un muchacho guapo y al

parecer revolucionario, pero si te interesa tomaremos informes.

--Entonces tome usted también informes del rubio--dijo Fernanda.

--_Vous êtes mon lion superbe et genereux_--recitó Alicia con énfasis.

Esta frase de doña Sol de "Hernani" en aquel momento produjo marcada

molestia en el joven Larralde-Mauleón que se acercó a las señoras y se

puso a hablar con ellas.

Poco después, madama de Luxe se levantó y se despidió de madama de

Aristy y de la señorita de Belsunce, el joven Larralde-Mauleón saludó

inclinándose ceremoniosamente y besó la mano a las señoras.

Madama de Aristy llamó a la campanilla y preguntó si estaba la cena, la

criada que apareció en la puerta dijo que sí, y las tres señoras y los

tres caballeros pasaron al comedor.

Después de cenar charlaron un rato, las señoras se retiraron, y Miguel

y el caballero de Larresore volvieron a la chimenea al lado del fuego,

apagaron la luz y estuvieron largo tiempo hablando.

VI.

DON VALENTIN DE MALPICA

AL quedarse solos Larresore y Miguel, el anciano caballero pidió a su

sobrino le contara con detalles la historia del viejo coronel español

que vivía en Chimista. Miguel la contó pero como no era el Mayorazgo

de Gastizar hombre a quien interesaran sólo los hechos, sino que le

gustaba bucear en la psicología de los tipos, investigar el origen de

los motivos y las características del temperamento, se hundió en un mar

de comentarios y de consideraciones filosóficas.

La historia escueta que contó Miguel a su tío fué la siguiente:

Don Valentín de Malpica nació en un pueblo de la Rioja.

Escapado de su casa sentó plaza y comenzó a servir de soldado en la

guerra de España con la República francesa en 1793. Estuvo en Navarra a

las órdenes de don Juan Ventura Caro y del conde de Colomera, y después

fué trasladado a Cataluña donde ascendió a sargento.

En la primavera de 1807, Malpica con el grado de teniente en el

regimiento de Asturias, salió de España con la división del marqués de

la Romana camino de Hamburgo.

Malpica asistió con su regimiento al sitio de Stralsund que se terminó

felizmente y donde fué ascendido a capitán.

Poco después Napoleón al entrar en España temiendo que las tropas

españolas del marqués de la Romana se le sublevasen al tener

conocimiento de la invasión de la península Ibérica, las acantonó en

las islas de Fionia, Langeland y en Jutlandia donde quedaron vigiladas

por las fuerzas de Bernardotte.

De los regimientos mandados por la Romana, los de Asturias y

Guadalajara intentaron la fuga antes que los demás, y en varios barcos

pesqueros se embarcaron, tomaron por el estrecho del Gran Belt, dieron

la vuelta a Dinamarca y desembarcaron en las islas de Holanda. Al

bajar a tierra amotinados dieron los gritos de ¡Viva España! y ¡Muera

Napoleón! Algunos oficiales franceses marcharon a contenerlos y fué

muerto un ayudante del general Fririon. Las tropas danesas rodearon a

los amotinados y les hicieron rendirse.

Malpica que estaba reunido con los oficiales de su regimiento no quiso

quedarse en la isla de Walcheren y en una lancha pesquera pasó a

Inglaterra desde donde le trasladaron a la Península. Destinado a la

guarnición de Zaragoza tomó parte en el segundo sitio de esta ciudad.

Luchó con su amigo el coronel Renovales, y rivalizó con él en valor

y en audacia. Renovales y Malpica, éste herido gravemente, cayeron

prisioneros de los franceses. Renovales se escapó y Malpica fué llevado

al castillo Viejo de Bayona. En esta ciudad estuvo recomendado a una

familia vasco-francesa, acomodada, los Doyambere y acabó casándose con

la hija de la casa.

Al terminar la guerra, Malpica con su mujer entró en España. Como los

militares que volvían de la emigración, en vez de ser considerados en

su país eran por el contrario mal mirados y tenidos por levantiscos,

Malpica, que había heredado algún dinero, compró una finca a orillas

del Ebro y se fué a vivir allí con su mujer y su hija. Pronto se cansó

de la vida del campo y dijo a su mujer que iba a solicitar la entrada

en el servicio activo e ir a América. La mujer quiso convencerle de que

no fuera, pero Malpica no era de los que se avienen a razones.

Malpica recomendó a uno de sus amigos, a un tal Ramón Lanuza a su mujer

y a su hija, y él pasó siete años en América luchando a las órdenes del

general Morillo y alcanzó el grado de coronel.

En 1822 Malpica volvió a España y a su finca. Le dijeron al llegar

y notó también él que su amigo Ramón tenía mucha confianza con su

mujer, cosa nada rara, pues que el amigo llevaba siete años visitando

asiduamente la casa.

El coronel que había traído costumbres y hábitos de factoría de su vida

americana, estaba fuera de su centro en el círculo de su mujer y de sus

amistades, y para encontrarse entre los suyos iba de caza, andaba entre

los jayanes, y se enamoró de una muchacha zafia hija de un labrador.

Las relaciones fueron públicas y produjeron la indignación de la mujer

de Malpica que reprochó a su marido su conducta.

--No hay que hacer caso de lo que hablan las malas lenguas--parece que

dijo Malpica sentenciosamente a su mujer--también dicen de ti que estás

enredada con mi amigo Ramón y yo no lo creo.

La mujer contó esto a Lanuza quien pidió cuentas a Malpica.

Riñeron los dos violentamente y Lanuza le dijo:

--Todo el mundo sabe que yo no tengo nada que ver con tu mujer. Es una

calumnia que repites de una manera innoble, en cambio todo el mundo

sabe que tú tienes relaciones con esa muchacha hija de un aperador.

--Es falso también.

--No, no es falso--y Lanuza añadió con sorna.--Esa muchacha es la

querida de tu asistente y el dinero que tú le das a ella, ella se lo

entrega a él.

--¡Mientes!

--Esta noche lo podremos ver si quieres. Ella irá a buscar al asistente

al cuarto próximo a la cuadra donde duerme él como todas las noches.

Se apostó Malpica para ver si era verdad lo dicho por su amigo y pudo

comprobar que la cosa era cierta.

Lanuza le acompañaba.

Malpica exasperado y loco de furor dijo a su amigo que uno de los dos

sobraba.

--Nos batiremos cuando quieras--le contestó Lanuza con frialdad.

Malpica entró furtivamente en su casa, tomó dos pistolas, una botella

con pólvora y balas y salió al campo.

--¿Adónde vamos?

--Vamos a la isla del río.

En el río había una isla de arena que tendría treinta o cuarenta varas

de largo. Llegaron a la orilla, entraron en la barca y bajaron en la

isla. Era al amanecer.

Cargaron las pistolas y jugaron a cara y cruz la pistola que

correspondería a cada uno y quién daría la voz de mando. Le tocó a

Lanuza. Se colocaron en sus puestos, en los dos extremos de la isla al

borde del río. En este momento Malpica gritó:

--¡Lanuza!

--¿Qué?

--Confieso que no tengo razón.

Lanuza contestó con una carcajada irónica.

--¿Eres cobarde también? No lo creía.

--No, no soy cobarde, pero comprendo que te he ofendido sin razón. Te

daré las explicaciones que quieras.

--No hay explicaciones que valgan. ¡Prepárate! Sino disparo.

--¿Qué más pretendes de mí?--gritó Malpica. ¿No te confieso que no

tengo razón?

--No me basta. Quiero tu sangre. Quiero verte ahí muerto.

--¡Ah, quieres matarme! ¿Quieres quitarme de en medio para casarte con

mi mujer?

--Tú lo has dicho.

--Bien. Veremos si lo consigues. De todas maneras ten en cuenta que te

he ofrecido la paz.

--No hay paz. ¿Estás en guardia?

--Sí.

--Una... dos... tres.

Una bala pasó silbando por encima de la cabeza de Malpica.

Lanuza cayó. Malpica se acercó de prisa al otro extremo de la isla. La

pistola estaba en el suelo al borde mismo del agua cerca de un reguero

de sangre.

Lanuza había desaparecido. Malpica entró en la barca y fué por el río

mirando por sí aparecía el cuerpo de su amigo. Sin duda había caído

para atrás y la corriente le había arrastrado.

Malpica volvió a la orilla, entró en su casa, montó a caballo y unos

días después llegaba a Barcelona.

En tanto los franceses de Angulema habían entrado en Cataluña. Malpica

se incorporó a las fuerzas de Mina.

Peleó con gran valor durante tres meses y poco antes de la capitulación

de Mina, cayó herido de un tiro en el pecho cerca de Figueras.

Los franceses le dejaron por muerto en el campo.

De noche un merodeador fué a quitarle la ropa y al moverle, Malpica

comenzó a quejarse. El ladrón iba a huir, Malpica le dijo que tenía

dinero guardado y que se lo daría si le salvaba.

El merodeador le llevó al hombro a una cueva y el coronel pasó días

entre la vida y la muerte hasta que se curó.

Cuando ya se encontró bueno y con fuerzas para andar se dirigió a la

frontera, la atravesó y entró en Francia.

En Perpiñán pidió informes del coronel Malpica de quien dijo era amigo

y le mostraron un boletín francés en donde se citaba su muerte.

No podía decir que era él Malpica a trueque de ser tomado por un

falsario.

Decidió cambiar de nombre y trabajar. Al principio su vida fué

miserable, tenía que dedicarse a faenas humildes, pero como era duro y

fuerte no le molestaban.

Lo que sí le preocupaba era encontrarse con antiguos compañeros que le

conocían.

Decidido a abandonar esta parte de Francia escribió a un hermano suyo

diciéndole lo que le había ocurrido, cómo pasaba por muerto, pidiéndole

una pequeña suma y encargándole que no dijera a nadie que vivía. El

hermano le contestó enviándole la cantidad, le decía cómo se había

encontrado a Lanuza muerto en una presa y que unos suponían que se

había suicidado y otros que había sido víctima de un crimen.

El hermano de Malpica comunicó la noticia de que el coronel vivía a su

mujer y a su hija.

La mujer vendió la finca próxima al Ebro y vino a establecerse a

Bayona. La hija de Malpica, Dolores, trajo a su padre a vivir a

Ustariz...

* * * * *

Al acabar de contar Miguel Aristy la historia del coronel, el caballero

de Larresore movió la cabeza de un lado a otro.

--¡Qué mentalidad!--exclamó.--¡Qué cabeza! Ir así arrastrado por los

acontecimientos sin pararse a reflexionar... es lastimoso.

--¿Qué quiere usted? Los hombres que han nacido para la acción son así.

Cuando se comprende demasiado se ejecuta poco. Nosotros, usted y yo

somos razonadores. El es un impulsivo, un español a la antigua. El se

cree liberal y no lo es, se cree el colmo de la inteligencia y ya ve

usted lo que da de sí.

--Es de una incomprensión y de una suficiencia cómicas.

--Pues se figura ser el hombre más discreto y más juicioso del mundo;

en cambio no se tiene por valiente, y es valiente como un león.

--Es la barbarie.

--Todo lo que le sale de la cabeza le parece maravilloso. Lo que no

comprende para él no existe, y si de una cosa comprende una parte

supone que la parte que no comprende sobra. Al hombre le gustaría

recortar todas las ideas hasta que entraran bien en las casillas de su

cabeza.

--Tendría mucho que recortar.

--Sí; probablemente Malpica se cree infalible. Lo que ha juzgado ya no

quiere volver a juzgarlo. Si se equivoca son las cosas las que se han

equivocado, al no estar conformes con lo que él ha dicho de antemano.

--¡Oh! ¡Qué estupidez!

--El se considera el definidor de todo. El prototipo de todo. Cuando

dice: El honor es lo primero después la patria, ya no hay necesidad de

volver sobre esto.

--¡Lamentable, lamentable!--murmuró Larresore.

--Lleva la cabeza rapada, como habrá usted notado, y le parece que un

melenudo es un insulto a sus ideas. Es uno de los motivos de odio que

tiene contra su yerno, mi hermano León.

--¿De verdad?

--Sí. Los pelos largos le irritan. El soldado no necesita esos tufos,

suele decir. No hay manera de convencerle de que un escritor o un

artista no tiene la aspiración de ser soldado. Muchas veces a mi

cuñada, su hija, le dice despóticamente: El soldado debe levantarse más

temprano. Pero yo no soy soldado, papá, le contesta ella con gracia. No

importa, replica él. En la vida todo es como el ejército.

--¡Qué vulgaridad! ¡Qué horror!--exclamaba el caballero de

Larresore.--El soldadismo se ha metido por todas partes. ¡Esa

Revolución! ¡Esa Revolución! ¡Qué pena! Destruir tan bellas cosas para

dejar el mundo convertido en un cuartel.

VII.

RETRATOS DE FAMILIA

LA familia de Aristy estaba formada en Ustariz por la madre y sus dos

hijos Miguel y León. Madama Aristy tenía también una hija casada con un

rico propietario de Bayona.

El marido de madama Aristy no había sido conocido en Ustariz ni vivido

en Gastizar. Se decía de él que era un gascón que en tiempo del Terror

tomó parte en las jornadas revolucionarias, y que después, deportado a

Cayena, desapareció.

Madama Aristy era una señora de más de sesenta años, mujer enérgica,

autoritaria y despótica; creía que todo el mundo tenía que pensar

como ella, y no aceptaba otras opiniones. En su casa mandaba como un

coronel.

Madama de Aristy era la severidad más completa; pensaba que todo lo que

hacía lo hacía bien y que discurría con una cordura sin ejemplo.

Se creía el prototipo del buen sentido; pensaba que cuando a ella se le

había ocurrido una cosa, el mundo entero debía aceptarla casi como un

descubrimiento científico.

A veces levantaba la voz cuando se discutía algo, como diciendo: No

admito la posibilidad de que nadie me contradiga.

Madama de Aristy estaba muy en desacuerdo en ideas con su hijo. Ella

era aristócrata, él un demagogo.

A pesar de esto, la señora de Aristy trataba a Miguel de potencia a

potencia, porque éste era el que dirigía en Gastizar las siembras, las

podas, las demás labores campestres, y ella creía que en tales asuntos

entendía mucho.

Miguel era un caballero de cuarenta años, solterón, escéptico, que

estaba dispuesto a vivir oscuramente en Ustariz cultivando sus tierras

sin ambiciones ni cuidados. Su madre le había querido casar con la

señorita Angelina Girodot, la hija de un notario de Bayona, una

señorita de alguna edad, rica y poco agraciada; pero Miguel dijo:

--No, no; prefiero no casarme. Estoy tan convencido de mis

imperfecciones, que no me decido a buscar una compañera.

Algunos aseguraban que estaba enamorado de Alicia Belsunce, su prima,

que podía ser hija suya; pero si lo estaba no se le notaba gran cosa.

Miguel era una buena persona; inteligente, amable, muy comprensivo;

había pasado los cuarenta años y llegado a un período en que, por

escepticismo no quería colocarse en ninguna cuestión en primera fila.

La Veleta de Gastizar · 第 2 / 8 段