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MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR
* * * * * *
OBRAS PUBLICADAS
PÍO BAROJA
PARADOX, REY, 3,00 ptas. LA FERIA DE LOS DISCRETOS, 3,50. LA BUSCA,
3,50. NUEVO TABLADO DE ARLEQUÍN, 3,00. JUVENTUD, EGOLATRÍA, 3,50. EL
ÁRBOL DE LA CIENCIA, 3,50. LA VELETA DE GASTIZAR, 4,00. LOS CAUDILLOS
DE 1830, 4,00.
JULIO VALLÉS
EL NIÑO (vida de Jaime Vingtras), 4,00 ptas.
ENRIQUE BARBUSSE
EL FUEGO EN LAS TRINCHERAS, 4,00 ptas.
CARLOS RIVET
EL ÚLTIMO ROMANOF (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.
JUAN GUALBERTO NESSI
AVENTURAS DEL SUBMARINO ALEMÁN U..., 2,00 ptas.
JULIÁN SOREL
LOS HOMBRES DEL 98. UNAMUNO, 2,00 ptas.
LORENZO GALLEGO CARRANZA
LECCIONES DE TOPOGRAFÍA. Obra adaptada al nuevo programa de esta
asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto
definitivo para la misma por R. O. de 25 de Junio de 1917, 9,00
pesetas. Contiene 32 láminas en colores.
* * * * * *
OBRAS DE PÍO BAROJA
VIDAS SOMBRÍAS (agotada). IDILIOS VASCOS (agotada). EL TABLADO DE
ARLEQUÍN, 1,00 pta. NUEVO TABLADO DE ARLEQUÍN, 3,00. JUVENTUD,
EGOLATRÍA, 3,50.
LAS TRILOGÍAS
TIERRA VASCA
LA CASA DE AIZGORRI, 1,00 pta. EL MAYORAZGO DE LABRAZ, 3,00. ZALACAIN
EL AVENTURERO, 1,00.
LA VIDA FANTÁSTICA
CAMINO DE PERFECCIÓN, 1,00. INVENTOS, AVENTURAS Y MIXTIFICACIONES DE
SILVESTRE PARADOX, 1,00. PARADOX, REY, 3,00.
LA RAZA
LA DAMA ERRANTE, 3,00. LA CIUDAD DE LA NIEBLA, 3,00. EL ÁRBOL DE LA
CIENCIA, 3,50.
LA LUCHA POR LA VIDA
LA BUSCA, 3,50. MALA HIERBA, 3,50. AURORA ROJA, 3,50.
EL PASADO
LA FERIA DE LOS DISCRETOS, 3,50. LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS, 3,00. LAS
TRAGEDIAS GROTESCAS, 3,00
LAS CIUDADES
CÉSAR O NADA, 4,00. EL MUNDO ES ANSÍ, 3,50
EL MAR
LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA, 3,50
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR, 3,50. EL ESCUADRÓN DEL BRIGANTE, 3,50.
LOS CAMINOS DEL MUNDO, 3,50. CON LA PLUMA Y CON EL SABLE, 3,50. LOS
RECURSOS DE LA ASTUCIA, 3,50. LA RUTA DEL AVENTURERO, 3,50. LA VELETA
DE GASTIZAR, 4,00. LOS CAUDILLOS DE 1830, 4,00.
* * * * * *
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR
Copyright by Rafael Caro Raggio--1918.
Es propiedad.
Prohibida la reproducción._
Imp. de ALREDEDOR DEL MUNDO, Martín de los Heros, 65.
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR
Novela
[Ilustración]
Rafael Caro Raggio: Editor
Calle de Ventura Rodríguez, 18
1918
PRÓLOGO
ERA un dragón, una sierpe, una salamandra, un monstruo hórrido, difícil
de clasificar, con una corona de tres picos en la cabeza y un dedo de
su mano derecha en los labios como para imponer silencio. ¿A quién? No
lo sabemos.
Este dragón se hallaba encaramado sobre el mundo, una bola de hierro
negra, sujeta en un vástago y tenía la humorada de señalar el Norte
y el Sur, el Este y el Oeste, cosa no difícil de comprender si se
añade que el grifo, basilisco o dragón, formaba parte de un pequeño y
simpático artefacto que llamamos veleta.
Esta veleta coronaba la torre de la casa solariega de un pueblo
labortano.
Era un monstruo rabioso, aquel monstruo indefinido que dominaba su
mundo, un monstruo rechinador, malhumorado, que giraba desde hacía
muchos años, no se sabía cuantos, en la vieja torre de Ustariz que
tenía Gastizar por nombre.
Sus garras amenazaban alternativamente a los cuatro puntos cardinales,
de su boca salían llamas que por arte mágico se convertían en una
flecha, sus orejas estaban atentas a todo cuanto se hablaba y se
murmuraba en el pueblo.
Para neutralizar la perversidad y la iracundia de aquella furia
super-terrestre, para dulcificar su pérfida malicia, el artífice que
le dió forma mortal le fijó para siempre en la cola el anagrama de
Jesús-Cristo: J. H. S.
Así este dragón tosco y quimérico representaba el dualismo de las cosas
humanas y divinas: por la cabeza al diablo y por la cola a Dios; por
delante la ciencia, el materialismo, la duda; por detrás el misticismo,
y la piedad; por un lado todo malicia, ironía y desprecio para los
mortales por el otro todo benevolencia y resignación cristiana.
En aquella peligrosa altura, en aquella posición incómodamente ambigua,
Ormuz y Ariman en una misma pieza, tenía que girar a todas horas el
pobre y lastimero dragón de Gastizar. No era extraño que su genio se
hubiese agriado y que rechinase con tanta frecuencia.
La soledad le había hecho melancólico. Las alturas aislan. Aquel viejo
basilisco no tenía amigos; únicamente una lechuza parda se posaba en el
remate de la veleta y solía estar largo tiempo contemplando desde allí
arriba el pueblo.
¿El dragón roñoso y la lechuza de plumas suaves y de ojos redondos
se entendían? ¿Quién podía saberlo? ¿Venía ella--el pájaro sabio del
crepúsculo--a recibir órdenes de aquel basilisco chirriante e infernal
agobiado por su apéndice cristiano? ¿O era el basilisco el que recibía
las órdenes de la lechuza?
Si alguien traía órdenes era indudablemente la lechuza. ¿De donde? Lo
ignoramos.
El viejo dragón velaba sobre el pueblo. El dirigía los fantasmas de
la noche, él hacía avanzar las nubes obscuras que pasaban delante de
la Luna, él irritaba y calmaba los ábregos y los aquilones con sus
movimientos bruscos y sus chirridos agudos.
En los días de tempestad mientras el vendaval soplaba con fuerza, el
dragón mugía y chillaba escandalosamente; en las tormentas, a la luz
de los relámpagos, se presentaba terrible e iracundo, en cambio en los
días de sol, cuando la claridad dorada se esparcía por las colinas
verdes del Labourt, ¡qué humilde! ¡qué domesticado! ¡Qué buenazo
aparecía el dragón de Gastizar vencido por el anagrama cristiano de su
cola!
Aun en estos días tranquilos miraba con cierta sorna a la gente que,
sin duda, desde su altura le parecía pequeña, a veces se volvía
despacio como para dirigir al espectador una cortesía amable, a veces
le daba la espalda con un marcado desprecio.
A pesar de su maldad, de su energía y de su furia, el dragón de
Gastizar desde hacía algunos años se movía con dificultad para dar sus
órdenes.
¿Era que su aditamento cristiano le iba dominando y adormeciendo?
¿Era que sus articulaciones se entorpecían con el reumatismo y la gota?
¿Era solamente la edad?
Fuese lo que fuese era lo cierto que durante largas temporadas el
dragón quedaba inmóvil, sin poder inclinarse ni a la derecha ni a la
izquierda, furioso, amenazando con un ademán de cómica impotencia al
universo.
A veces una ráfaga de aire le infundía un momento de vida y sus garras
se agitaban estremecidas en el aire y su lengua de llamas vibraba con
saña, pero al poco tiempo volvía a su inmovilidad con el aspecto triste
de un paralítico.
Alguien, probablemente algún burlón había echado a volar la especie
de que la anquilosis de la veleta coincidía con la tranquilidad de la
villa y en cambio sus movimientos bruscos con los conflictos, con las
guerras, con las pestes, con las revoluciones...
LIBRO PRIMERO
LA FAMILIA DE ARISTY
I.
LOS VIAJEROS
HABÍAN salido los tres viajeros de Bayona, a caballo, por la puerta de
Mousserolles, una tarde de otoño. Uno de los jinetes, ya viejo, con el
pelo gris, tenía un aplomo al caer en la silla, propio de un militar;
el otro, un joven rubio, montaba como el que ha tomado lecciones de
equitación en un picadero, y el último, un muchacho moreno y de ojos
negros brillantes, apenas sabía más que sostenerse sin caer sobre su
cabalgadura. Afortunadamente para él llevaba una yegua blanca vieja y
pacífica que a duras penas salía del paso.
Los tres jinetes eran españoles. Tomaron poco después de salir de
Bayona por la carretera que corre al lado del río Nive y fueron
charlando.
El tiempo estaba hermoso, la tarde tranquila y apacible; las hojas iban
amarilleando en los árboles de ambos lados del camino y el follaje de
los robledales en la falda de los montes comenzaba a enrojecer.
Había nubarrones en el cielo en la dirección de la costa.
Al pasar los jinetes por delante de Villefranque les sorprendió una
turbonada; las nubes comenzaron a invadir rápidamente el cielo y lo
encapotaron en poco tiempo; unos minutos después gruesas gotas redondas
como monedas cayeron en la carretera.
El chaparrón fué arreciando y los jinetes tuvieron que picar la espuela
a sus caballos, cosa un tanto comprometida para el joven moreno de los
ojos brillantes, a quien se vió inclinarse a derecha e izquierda como
un saco mal atado, a los movimientos del trote brusco de su yegua.
Llegaron los viajeros en el instante en que más arreciaba la lluvia a
las proximidades de Ustariz, y se detuvieron enfrente de una gran cruz
pintada de rojo con los instrumentos de suplicio.
--¿Qué hacemos?--preguntó el viejo.--¿Estamos ya en el pueblo?
--Ahí se ve la iglesia--advirtió el joven rubio.
Efectivamente, por encima de un grupo de árboles se destacaba el
campanario de la iglesia en medio de la bruma.
--El pueblo creo que está desparramado por el valle--indicó el muchacho
moreno;--voy a preguntar en una de estas casas por la posada.
--Yo voy contigo--dijo el joven rubio y bajó del caballo.
El moreno hizo lo mismo, y los dos llevando los caballos de las riendas
pasaron un portillo y se acercaron a una casa que se veía a unos
doscientos pasos de la carretera.
El muchacho moreno dió las riendas a su compañero y entró en el
caserío. Un campesino viejo y flaco que fumaba una pipa de barro se le
acercó.
--¿Esto es Ustariz?--le preguntó en vascuence el muchacho moreno.
--Sí, señor.
--¿Está lejos una casa que se llama Chimista?
--Sí, bastante lejos.
--¿Y la posada está también lejos?
--No, ahí cerca. Sigan ustedes por el camino, pasen ustedes la iglesia
y pregunten por la Veleta.
El campesino salió al portal de la casa a indicar el sitio aproximado
en donde estaba la posada.
Los dos jóvenes volvieron a salir a la carretera y se unieron con el
viejo compañero. Pasaron por delante de la iglesia y se detuvieron al
par de una casa que tenía una muestra recién pintada con la bandera
tricolor, en donde podía leerse:
A LA VELETA DE USTARIZ
CAFÉ. POSADA
El jinete viejo saltó de la silla rápidamente, le siguieron los dos
jóvenes y entraron todos en el gran zaguán de la posada. Había allí un
tilburí y dentro un señor esperando el paso de la tormenta.
--¿Qué hacemos?--preguntó el viejo español.
--Nos quedaremos aquí--contestó el muchacho moreno.
--Sí, si no van ustedes a ponerse perdidos--advirtió el posadero que se
presentó para llevar los caballos a la cuadra.
--Yo me voy--dijo el caballero del tilburí al posadero,--porque hay
lluvia para rato;--y saliendo del portal a la carretera hizo tomar el
trote largo a su caballo.
El viejo y los dos jóvenes españoles quedaron en el zaguán. Al volver
el posadero el viejo español le preguntó:
--¿Hay mucho de aquí a un caserío que se llama Chimista?
--Más de una hora.
--¿Buen camino?
--No muy malo. Ahora no pueden ustedes ir. Suban ustedes.
Los viajeros subieron hasta una sala del piso principal, donde se
sentaron.
--¿Quieren ustedes algo?--preguntó el posadero.
--Tomaremos sidra--dijo el muchacho moreno.
--¿Van ustedes a cenar?
--Si escampa seguiremos la marcha--advirtió el viejo.
--Ya me parece que no escampa--replicó el joven rubio.
--Entonces lo dejaremos para mañana.
--Y yo mandaré hacer la cena--dijo el posadero.
--Bueno.
Los viajeros se sentaron a la mesa y esperaron a que el posadero
viniera con unos vasos y dos botellas. Era el posadero hombre de
treinta a cuarenta años, corpulento, de cara redonda y expresión
tranquila y burlona. Vestía grandes botas con polainas, pantalones
anchos de pana azul, faja encarnada, blusa negra adornada con bordados
y boina muy grande.
Estando sirviendo la sidra le llamó la muchacha y el posadero salió de
prisa del cuarto.
Poco después se oyó que hablaba con unas señoras.
Los dos españoles jóvenes salieron, movidos por la curiosidad, a la
puerta de la sala y vieron en el pasillo a una señora ya de edad, con
el pelo blanco, y a otra de unos treinta años, las dos muy elegantes.
A juzgar por sus palabras habían entrado en la posada huyendo de la
lluvia, y el posadero iba a mandar inmediatamente a la criada a casa
de estas damas por dos paraguas. Las señoras fueron a descansar al
comedor, que estaba en el extremo opuesto del pasillo adonde daba la
sala en que se encontraban los españoles.
La muchacha volvió pronto con los paraguas y las señoras se dispusieron
a salir.
El joven moreno, como si tuviera algo que hacer, salió de la sala y se
cruzó con ellas. La más joven le echó una mirada viva y sonrió.
Al volver el posadero a la sala el muchacho le preguntó:
--¿Éstas señoras son de aquí?
--No; son españolas como ustedes.
--¡Españolas! ¿Cómo se llaman?
--Son la condesa de Vejer y su hija.
--¿Y viven aquí?
--Sí; viven en el chalet de las Hiedras, que les alquila madama de
Aristy, la dueña de la casa de Gastizar. Madama de Aristy es la madre
de este caballero que estaba antes en el portal con un tilburí.
El joven se asomó a la ventana y vió alejarse por la carretera a las
dos damas.
II.
LA POSADA DE LA VELETA
DOS establecimientos de Ustariz rivalizaban en la obra de misericordia
de dar posada al peregrino: uno la Veleta, el otro el Caballo Blanco.
Los dos representaban épocas distintas y enemigas; los dos simbolizaban
un régimen político y social diferente: la Veleta de Ustariz era la
posada de la monarquía de Julio; el Caballo Blanco había sido la de la
Restauración Borbónica. Las posadas del Imperio y las anteriores no
habían llegado en el pueblo al alto honor de tener nombre y enseña.
El Caballo Blanco había sido el primero que disfrutó estas mercedes en
Ustariz. El Caballo Blanco, como casi todas las posadas y tabernas de
Francia que tenían este nombre, intentó transformarse después de la
Revolución de 1830 en la posada del Héroe de ambos mundos en honor del
general Lafayette; pero esta transformación la llevó a cabo el posadero
de Ustariz con tan poca fe y tan poca pintura, que el letrero antiguo
se transparentaba por debajo del nuevo.
En los pueblos en donde el entusiasmo republicano era grande, y en
vista de que Lafayette parecía aburguesarse y consideraba a Luis
Felipe como la mejor de las Repúblicas, los Caballos Blancos tuvieron
una segunda transformación y quedaron convertidos en los Caballos
Tricolores. Para que los Caballos Blancos se convirtieran en Tricolores
se añadía a los hipógrifos pintados en la muestra una escarapela o una
bandera francesa.
El Caballo Blanco de Ustariz no era un caballo de pura sangre ni un
caballo revolucionario; le faltó la energía para esta nueva carrera; no
pudo transmigrar a su tercer avatar y se quedó durante algún tiempo en
un Caballo Blanco vergonzante, hasta que, hostigado y mareado por su
enemiga la Veleta, desapareció años después yendo probablemente a parar
su muestra al cielo de los caballos pintados y de los demás animales
fabulosos y reales de las enseñas de las tabernas.
La Veleta de Ustariz rivalizó durante mucho tiempo con el Caballo
Blanco y acabó por vencerlo; fué para el Caballo Blanco lo que Luis
Felipe para la rama mayor de los Borbones.
En esta época de 1830 la Veleta no había conseguido aún su triunfo
definitivo; no había conseguido que la diligencia se detuviera delante
de su puerta, y por una tradición que a Esteban Irisarri, el posadero
de la Veleta, le parecía irritante el coche correo seguía hasta el
Caballo Blanco.
Había entonces en el pueblo dos servicios de coches públicos; la
diligencia que se llamaba La Bayonesa y el Cuco, que tenía por nombre
La Nivelle. La Bayonesa con sus carteras del correo paraba en el
Caballo Blanco y el Cuco en la Veleta.
La Veleta de Ustariz se hallaba establecida en la carretera, en una
casa grande de dos pisos, oculta en el verano, por la parte de atrás,
por una parra.
Esta posada tenía en el piso bajo una tienda, mitad café y mitad
taberna, con las paredes recién pintadas de color de sangre de toro muy
brillantes.
En una esquina, el dueño había mandado poner un banderín de madera con
los tres colores nacionales y en medio el letrero: A la Veleta de
Ustariz.
En la planta baja había café, taberna, la bodega, la cuadra y una
cocina espaciosa con chimenea de gran campana, dos mesas largas con
bancos y el techo lleno de jamones y chorizos colgados y de quesos
puestos sobre estantes de madera.
Desde el zaguán, enlosado con grandes piedras, partía una escalera de
castaño carcomida y recompuesta hasta el rellano del primer piso.
De aquí se pasaba, por una puerta de cristales, a un corredor algo
oscuro que tenía alcobas a un lado y a otro. En uno de los extremos del
pasillo, hacia la carretera, estaba la sala, y en el otro lado, hacia
la huerta, el comedor.
En la sala, tapizada con un papel verde aceituna, casi siempre con las
ventanas entornadas, se veían algunos muebles descabalados de estilo
Imperio, un espejo sin brillo y lleno de puntitos blancos y varias
litografías de colores detonantes con las hazañas de Mazzepa y del
príncipe Poniatowski.
Este salón de la Veleta de Ustariz pasaba en el pueblo por un salón
elegante y confortable, digno de un hotel de Bayona.
Hacia el lado de la huerta el comedor de la posada daba a un balcón,
en verano siempre en sombra por el follaje de una parra que hacia de
cortina verde y tupida.
El comedor tenía un papel nuevo que Esteban Irisarri, el posadero
de la Veleta, consideraba uno de los mayores atractivos de la casa.
Representaba la catarata del Niágara, al natural, como decía él. Cerca
de la catarata paseaban caballeros elegantes en briosos corceles, y
señoras reclinadas en fastuosos landós con lacayos negros y perros de
aguas.
Rompiendo una parte de la catarata había un ventanillo que comunicaba
con un cuarto por el que se bajaba a la cocina, y por este ventanillo
la mujer de Esteban, la Juana Mari, sacaba la comida para que la
sirviera la criada. En el centro del comedor había una mesa ovalada
donde podían sentarse quince o veinte personas. En este comedor de la
Veleta de Ustariz se servía únicamente a los forasteros distinguidos
por un módico sobreprecio. La gente del pueblo y los campesinos iban
siempre a comer a la cocina.
Esteban Irisarri, el dueño de la Veleta, era hombre reformador y
progresivo. Había sido sargento de Artillería y se había casado con
la hija de un tratante de lana de Ustariz. Por entonces regentaba la
posada y seguía con los negocios de lana.
Los tres viajeros que acababan de entrar en la Veleta de Ustariz eran
constitucionales españoles; el viejo con aire de militar se llamaba
don Juan López Campillo, había sido guerrillero en la guerra de la
Independencia y estaba emigrado desde 1823; de los jóvenes, el rubio
con aspecto enfermizo era Eusebio Lacy, hijo del general Lacy, fusilado
en Bellver, y el moreno, un muchacho navarro ex seminarista llamado
Manuel Ochoa.
Campillo había interrogado a Esteban el posadero en un mal francés
pidiéndole informes acerca de las familias de aquel pueblo, y sobre
todo del militar español que vivía en la casa llamada Chimista.
El posadero había soslayado la cuestión con el maquiavelismo espontáneo
de un vasco; pero al dirigirle claramente la pregunta no tuvo más
remedio que hablar.
--No tenga usted cuidado, hombre--le dijo Ochoa, el joven de los ojos
negros, en vascuence--, no somos de la Policía; todo lo contrario.
Esteban el posadero valoró aquel _todo lo contrario_ con una sonrisa
significativa, y dió los datos que sabía acerca del viejo militar por
quien le interrogaban. Después invitó a los huéspedes a pasar al
comedor.
Precediéndolos fué por el pasillo, encendió la lámpara, y aunque no
estaba del todo oscuro cerró las maderas del balcón. Los tres españoles
se sentaron alrededor de la mesa.
--Se ha colocado usted en medio de la catarata del Niágara, mi
coronel--dijo Ochoa a Campillo señalando el papel del comedor--. Se va
usted a mojar.
--Sí--dijo el viejo sonriendo--. En cambio usted ha buscado buen sitio
en ese bosquecillo.
--Lacy se nos ha ido con las damas--indicó Ochoa mostrando un grupo de
damiselas pintado en el papel--. Este siempre tan galante.
El posadero explicó dónde había comprado aquel papel, que era una de
las grandes atracciones de la casa, y como tenía que ocuparse de sus
menesteres posaderiles, dijo:
--Si no desean ustedes otra cosa, me marcho. Si tienen que llamar, den
ustedes una patada en el suelo. Así.
--Está bien--indicó Ochoa--; conocemos el procedimiento.
Lacy había abierto las maderas del balcón del comedor que daba a la
galería de la parra.
El tiempo estaba desecho. El cielo violáceo se deshacía a torrentes
y la lluvia caía en rayas negras y oblicuas. Un canalón del tejado
vomitaba agua, formando un gran chorro en arco que iba a caer sobre
unas coles.
--Cierra, que viene viento--exclamó Ochoa.
--Me gusta ver el temporal--dijo Lacy, y saliendo del comedor y
recorriendo el pasillo bajó al zaguán y se asomó a la puerta.
La tarde estaba tibia; el aire, blando.
Un olor de raíces y de tierra húmeda venía del suelo. A veces había
ráfagas de viento huracanado. El follaje amarillo y rojizo de los
árboles se desprendía dejando las ramas desnudas; algunas hojas grandes
al volar por el aire parecían murciélagos de vuelo tortuoso o nubes de
mariposas que al agitarse daban el vértigo.
La hojarasca seca del camino corría de aquí para allí como en un sábado
de brujas, galopando en frenéticos escuadrones, volando por encima de
las copas de los árboles, aplastándose sobre los troncos y quedando
inmóviles en los charcos.
--Dejan la vida en la inmovilidad para irse a la libertad y a la
muerte--se dijo Lacy a sí mismo--. Así hacemos nosotros los hombres;
unos para caer en el fango como ellas, otros para quedar olvidados en
la cuneta del camino.
Largo tiempo estuvo el joven Lacy embebido en pensamientos
melancólicos, mirando las nubes que marchaban rápidamente por el cielo.
En esto la muchacha de la posada se acercó al joven absorto, y le dijo
que iba a subir la cena.
Volvió Lacy al comedor y se sentó a la mesa.
Esteban el posadero, de pie, apoyado en el respaldo de una silla,
amenizó la velada hablando.
Se había internado de lleno en una de las narraciones que a él le
parecían más interesantes; la lucha de la Veleta de Ustariz con el
Caballo Blanco.
Preguntó Ochoa, mientras mondaba el hueso de una chuleta, por qué le
había dado este nombre a su establecimiento, y el posadero charló por
los codos.
Se trataba, según dijo, de una veleta vieja que había en Gastizar,
una de las mejores casas de Ustariz, propiedad de los señores de
Aristy. Gastizar era una de las curiosidades de la villa y competía
con Urdains, la finca del convencional Garat, el hombre ilustre del
pueblo que todavía vivía en otoño de 1830, época en que comienza esta
historia.
Al decir de Esteban el pasadero, la villa entera había dado en decir
que la veleta de Gastizar era una veleta misteriosa y simbólica, que
anunciaba o por lo menos coincidía con los grandes trastornos políticos
y con las convulsiones que agitaban el país.
Esta veleta de la torrecilla de Gastizar se hallaba desde hacía
tiempo mohosa y no giraba con el viento; sin embargo, cuando los
acontecimientos políticos eran grandes, sin duda la fuerza de la
historia le hacía girar, quieras que no.
Así, la veleta de Gastizar se había movido en la época del Terror,
después de las matanzas de Septiembre, cuando Domingo Garat fué
designado por Danton para ministro de Justicia; también se había movido
el día del suplicio de los Girondinos, día en que el mismo Garat era
ministro del Interior; luego la veleta misteriosa cambió de rumbo el
18 de Brumario, y volvió a cambiar cuando las tropas de Wellington
pasaron por Ustariz y el lord Duque se alojó en casa de Garat. Las dos
últimas agitaciones de la veleta habían coincidido con Waterloo y con
la restauración Borbónica.
La revolución de Julio no había conseguido conmover la veleta de
Gastizar, quizás no consideraba a Luis Felipe y a sus ministros de
bastante importancia, quizás los vientos del verano no habían sido lo
suficientemente fuertes para sacarla de su inercia.
La Veleta de Gastizar dependía de la política francesa, que a su vez en
Ustariz dependía de Garat.
Garat, la veleta y la Revolución eran la trinidad política de Ustariz.
Esteban el posadero, como hombre partidario de las reformas, había
tenido la idea feliz de bautizar su posada con el nombre de la Veleta,
dando a entender que el establecimiento y su amo patrocinaban los más
atrevidos cambios y las más radicales modificaciones sociales.
Muchos aseguraban, según dijo Esteban el posadero, que no había
de tardar la veleta en moverse. No era la revolución de Julio un
acontecimiento tan insignificante para que una veleta, por muy alta que
estuviera, lo despreciara.
Esteban al explicar la cuestión con detalles se reía; pero estaba
inclinado a creer que algún misterio existía en la veleta de Gastizar,
aunque no fuera más que para amenizar la vida, algo insípida, del
pueblo.
Mientras Esteban charlaba animadamente, los viajeros cenaban y la
muchacha de la posada iba y venía mirando al joven Lacy con el rabillo
del ojo.
Después de la cena Esteban se retiró y los viajeros se enfrascaron en
una larga conversación política.
Estaban los tres metidos en la gran aventura que los constitucionales
españoles iban a emprender por aquellos días. Campillo era amigo del
coronel Valdés, y pensaba acompañarle; Ochoa se decía partidario
de Mina, y el joven Lacy se hallaba dispuesto a seguir a cualquier
caudillo que marchase adelante, a la victoria o a la muerte.
Después de una larga conversación en la que se discutieron ideas y
personas, Campillo dijo:
--Bueno, vamos a la cama, que mañana tendremos que levantarnos temprano.
Ochoa llamó con el procedimiento de la patada en el suelo, y se
presentó Esteban, que condujo a cada uno a su cuarto.
--Me parece que la veleta de Gastizar esta noche se va a mover--dijo el
posadero frotándose las manos.
Lacy entró en su cuarto, dejó la palmatoria en la mesilla de noche y se
sentó en una vieja butaca. La alcoba tenía en el techo grandes vigas
pintadas de azul. En medio estaba la cama de madera, grande, ancha,
con cuatro o cinco colchones y del techo colgaban cortinas pesadas que
la envolvían. Más que una cama, aquello parecía un altar.
Sobre una cómoda, brillante y ventruda, se veía en un fanal un
ramillete hecho con conchas. Lacy estuvo un momento pensativo; luego se
acercó a la ventana. Se había levantado un viento terrible, huracanado.
Las ráfagas de aire daban alaridos, mugidos, silbidos; zarandeaban los
árboles, cuyo follaje seco se estremecía y producían un rumor como el
del mar en un robledal lejano. Algunas ramas golpeaban el cristal de la
ventana como si fueran manos que llamaran.
Los relámpagos aclaraban el campo con su luz cárdena y resonaban los
truenos largos en todas las concavidades del valle. Un momento la
lluvia se convirtió en granizo y quedó todo el campo cubierto de perlas
brillantes. Caía el granizo con un repiqueteo como el de un tambor.
Lacy, después de un largo rato de contemplación, se desnudó, apagó la
luz y se metió en la cama...
En las primeras horas de la noche la violencia del viento aumentó;
después comenzó a caer una lluvia mansa, tranquila; cesó el viento y
no se oyó en el silencio del campo más que el ladrido lastimero de un
perro...
Al levantarse los viajeros albergados aquella noche en la Veleta de
Ustariz, el sol brillaba en el cielo y el campo tenía un aspecto
plácido e idílico.
--Saben ustedes--les dijo Esteban el posadero al saludar a sus
huéspedes.
--¿Qué hay?
--La veleta de Gastizar se ha movido esta noche. Vamos a tener
acontecimientos.
III.
USTARIZ Y SU GRANDE HOMBRE
USTARIZ es una aldea vasco-francesa que está a dos leguas o dos leguas
y media de Bayona en la orilla izquierda del Nive. Es uno de esos
pueblos cuyo caserío esparcido por el campo y agrupado en barrios tiene
una gran extensión.
Los barrios de Ustariz, muy lejanos unos de otros, llevan los nombres
de Arrauntz, Eroritz, Erribere y Purgonia. De estos grupos de casas,
el de Erribere, el pueblo bajo, núcleo principal de la villa, conservó
hasta la Revolución ciertas prerrogativas.
Entre dos de estas barriadas, que ofrecen a las miradas del viajero
casas muy típicas de aire vasco, está la iglesia moderna y sin carácter.
Ustariz se encuentra rodeado de robledales. Según algunos sabios del
lugar, su nombre significa en vasco círculo de robles.
Ustariz es pueblo de horizonte despejado y de hermosas vistas. Desde
los altos se divisa al Sur, el monte Larrun, a la derecha, y el pico de
Mondarrain a la izquierda; hacia el Norte se extiende la gran llanura
francesa hasta que se pierde de vista. Las cercanías de Ustariz son
frondosas; colinas verdes con prados y bosques.
Ustariz forma parte de la antigua comarca vasca llamada Labourt. Toda
la tierra que lleva este nombre es poética soñolienta, soleada. El río
Nive la cruza de un extremo a otro.
El Nive es un río de rápida corriente, con cascadas y presas que mueven
los molinos en la parte alta, y muy lento en su parte baja.
Mientras cruza la comarca de Suberoa es un río claro, alegre, saltarín,
lleno de espumas; un riachuelo vasco, pequeño y alborotador, que corre
por entre desfiladeros y gargantas poblados de hayas y de robles.
En su parte baja al entrar en el Labourt, sobre todo después de
Ustariz, el Nive es profundo, oscuro, verde; espejo inmóvil donde se
reflejan los árboles de las orillas y por donde se deslizan las barcas
planas que en el país llaman _chalantas_.
Todo el estrépito de este río cuando es niño y navarro, se convierte
en silencio y modestia al hacerse labortano y adulto. Entonces se
esconde como avergonzado entre las colinas pobladas de árboles, pasa
sin ruido y sin espumas por debajo de los puentes y marcha a reunirse
con repugnancia en Bayona con el Adour, que es un río lento y turbio
que viene de pueblos de lengua de oc, pueblos encalados y rodeados de
tierras blancas y arenosas.
Ustariz era antiguamente la capital administrativa del Labourt y
celebraba una asamblea todos los años casi tan famosa en el país vasco
como la de Guernica. Esta asamblea, el _Bilzaar_ donde se reunían
los viejos labortanos para resolver los asuntos de la comarca, se
congregaba en el bosque de Haitzea sobre una eminencia poblada de
robles a la que se llamaba Capitolo-erri (lugar del Capitolio).
En 1830 Ustariz estaba en decadencia; muchas de sus casas se hallaban
en ruinas; su pequeña industria no progresaba. Ya no se celebraba el
_Bilzaar_ como en los buenos tiempos; ya los sabios del país no acudían
al bosque de Haitzea.
Ustariz había perdido su capitalidad administrativa, y las tres
comarcas vasco-francesas: el Labourt, Soule y Suberoa no formaban un
departamento como habían pedido los Garat y otros regionalistas del
país al Gobierno revolucionario.
Los vascos de Francia entraban en el mismo montón que los bearneses
y gascones, cosa que desagradaba profundamente a Garat el menor,
vascófilo impenitente, a pesar de llamarse así mismo ciudadano del
mundo.
Muchos de estos regionalistas vasco-franceses hubieran querido llegar
a una aproximación con los españoles y formar una confederación vasca
para defenderse de la presión niveladora de París y conservar el
espíritu de la región; pero no encontraban, ni entonces ni después,
colaboradores en los vascos españoles, tercos y cerrados para todo
cuanto no fuera un estúpido absolutismo y un más estúpido fanatismo
religioso. Por otra parte, la política natural de las grandes
nacionalidades tenía que separar a los vascos de un lado y otro del
Pirineo, cortando poco a poco las fibras sentimentales comunes. En esta
época de decadencia de Ustariz quedaban en el pueblo dos curiosidades:
la casa del convencional Domingo José Garat, que todavía vivía en
Urdains y la veleta misteriosa de Gastizar.
Urdains estaba cerca del barrio de Arrauntz y de la colina de Santa
Bárbara, desde donde se divisaba un magnífico panorama; Gastizar se
hallaba dentro de Erribere.
Entre Garat y la veleta de Gastizar había grande semejanza. Los dos
eran ornamentales, los dos versátiles; pero Garat había cambiado con
los vientos reinantes mejor que la veleta de Gastizar, que se hallaba
desde hacía tiempo enmohecida. Garat se movía también a impulsos de la
bondad y del reconocimiento.
Los Garat habían tenido el sino de figurar en el mundo.
Garat el mayor, había sido diputado en los Estados generales durante
la Revolución; Garat el menor, el célebre, fué ministro en plena
efervescencia revolucionaria, y otro hermano más joven había sido uno
de los tenores de más fama de la época.
Las mujeres de la familia también se habían distinguido, y la hermana
de Garat, superiora del convento de la Visitación, de Bayona, llamaba
la atención por su inteligencia y por su belleza extraordinaria.
Garat, el tenor, alcanzó el máximo de su popularidad en tiempo del
Directorio; había dado antes lecciones de canto a la reina María
Antonieta; fué el ídolo de los salones, y puso en boga en París una
canción vasca que comenzaba así:
_Mendian zori eder
Eper zango gorri._
(¡Qué bonita es la perdiz de patas rojas en el monte!)
Domingo Garat, el menor, hombre débil, brillante y versátil, había
pasado por los momentos más terribles de la Revolución francesa,
intentando dejar una amable sonrisa allí donde los demás dejaban una
mueca de furor y de amenaza.
No le valió su amabilidad, y en los momentos trágicos tomó un carácter
sombrío. Estuvo también preso y a punto de ser guillotinado. Garat
cumplió la triste misión, siendo ministro de Justicia, de comunicar a
Luis XVI su sentencia de muerte.
El sino del vasco Garat fué parecido al del bearnés Barere de Vieuzac;
las circunstancias hicieron de estos ruiseñores meridionales tipos
odiosos y odiados por la mayoría.
Los periodistas monárquicos que redactaban el periódico _Las
Actas de los Apóstoles_ agrupaban tres nombres como sinónimos:
Carra-Garat-Marat, uniendo por la fuerza del consonante a hombres tan
distintos como Marat el sanguinario, Carra el jacobino sospechoso, y
Garat el ideólogo de las frases brillantes.
_Garat toujours rempli de frayeur et d'espoir
A toujours le secret de dire blanc et noir.
S'exprimer franchement lui semble par trop bête
Et sauvent son pays il veut sauver sa tête._
(Garat, siempre lleno de miedo y de esperanza, tiene siempre el
secreto de decir blanco y negro; expresarse francamente le parece muy
tonto, y salvando el país quiere salvar su cabeza). Garat, a quien
los monárquicos intentaban pintar como uno de tantos ogros de la
Revolución, no era más que un hombre que había errado el camino. Garat
era un hombre ligero y versátil, retórico y conceptista. Amaba a su
pueblo y a su país, era vascófilo, meridionalista e hispanófilo, y
firmaba a veces sus trabajos con el seudónimo de José de Ustariz.
Era Garat hombre amigo de novedades, y fué uno de los primeros
franceses que antes de la Revolución quiso hacer trabajos para propagar
en Francia la filosofía de Kant. El poeta danés Baggesen durante
su estancia en París le comunicó el entusiasmo por el filósofo de
Koenigsberg.
A medida que la Revolución francesa evolucionaba, Garat evolucionó con
ella; fué alternativamente dantoniano, thermidoriano, bonapartista,
imperialista, después abandonó la barca de la Revolución, que
naufragaba, y se hizo partidario de los Borbones y devoto.
_Messieurs, n'acusez pas Garat
De changer de doctrine._
(Señores, no acuséis a Garat de cambiar de doctrina) así comenzaba una
poesía satírica dedicada a él.
En el Diccionario de las Veletas, publicado en París en 1814, Garat
estaba en el número de las primeras veletas de Francia.
Hasta en Ustariz, su pueblo, donde todo el mundo le quería, se le
motejaba de versátil, y durante la Restauración uno de los versolaris
labortanos le dirigió estos versos:
_Gastizarco veleta
Ez du ibiltzen aicea
Ez ifarra, ez igoa
Ez da Garat bezala
Uztaritzco lagun zarra
Bere borondatez eramana
Beti turnatzen al da
Alde guztiyetara_
(A la veleta de Gastizar ya no la mueve el viento, ni el Norte ni el
Mediodía. No se parece a Garat, nuestro viejo amigo de Ustariz, que
llevado por su buena intención siempre anda dando vueltas en todos
sentidos.)
Como el abate Swift gritaba en sus ratos de alegría: ¡Viva la
bagatela!, Garat podía decir: ¡Viva la versatilidad!
Su versatilidad le había conservado joven y de buen corazón y tenía
derecho a vitorearla.
Como se ve por estas explicaciones, Ustariz era un pueblo en 1830 que
podía vanagloriarse de sus veletas. La de Gastizar y la de Urdains
tenían fama en muchas leguas a la redonda.
IV.
GASTIZAR Y CHIMISTA
SI van ustedes a Chimista--dijo Esteban el posadero a sus
huéspedes--irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la
carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con
la lluvia de esta noche.
--Nos vamos a poner perdidos--dijo Campillo.
--Si usted quiere ir a caballo--observó Ochoa--nosotros le seguiremos a
pie.
--No; iré también a pie.
--Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de Chimista--indicó
Esteban.
Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de la posada y
marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la
misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.
Era Gastizar un caserón grande colocado entre la carretera y el río,
con las paredes de un color amarillento negruzco, las persianas verdes
y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso. Una de sus fachadas
laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada, centinela en
guardia que vigilaba la carretera.
En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran sus paredes de
mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de la
torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.
Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de arenisca blanca.
Las persianas y puertas verdes estaban ya muy desteñidas; el alero,
artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba pintado de
manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y los
entablamentos amarillos.
Un camino transversal que partía de la carretera pasaba por delante de
Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia Chimista. A este
camino daba la fachada principal del palacio.
Tenía ésta un jardín delante circundado por una tapia baja, con dos
grandes tilos y unos macizos de hierba.
Pasando la avenida se entraba por una portalada por encima de la cual
avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo barandado
estaba sujeto a la pared por arcos de hierro.
Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.
En el segundo piso había cinco balcones sin saliente con los cristales
pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando el alero una
mansarda.
Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.
Entre la casa y el río se extendía la huerta orientada al levante con
dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la India que hacía
poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos días de
Octubre estaban aún en todo su esplendor.
Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado desde donde se le
mirase.
Por la fachada, orientada al Norte, tenía un aire sombrío; los musgos
verdosos nacían entre sus piedras y los hierbajos crecían sobre la
cornisa de los balcones y en el alero.
Los otros tres lados eran más sonrientes y alegres y estaban rodeados
de jardines; la parte que daba a la carretera con su torrecilla
cuadrada se perfilaba con cierto aire feudal. Esta torrecilla tenía
dos miradores y un tejado plano sobre el cual se erguía la misteriosa
veleta de Gastizar con su dragón con la boca abierta, sujeto en un
vástago de ocho o diez pies de alto terminado en una punta de lanza.
Esteban el posadero que mostró a sus huéspedes Gastizar y sus
curiosidades dijo que algunos que se tenían por inteligentes aseguraban
que esta veleta debió haber sido traída de otra parte porque parecía
del siglo XV y la construcción de la casa databa del siglo XVI. Esteban
añadió que un viejo del pueblo aseguraba que esta veleta la había
visto él en un torreón de Larresore antes de la época revolucionaria y
agregó que un señor condecorado que había estado en el pueblo dijo que
antiguamente la importancia y nobleza de un castillo se podía medir
por el número de veletas. Cuantas más tenía más noble y más importante
era. Durante mucho tiempo los plebeyos no podían tener estos pequeños
aparatos sobre el tejado de sus casas lo que a Esteban, que era un buen
liberal, le parecía el colmo del abuso y una de las más abominables
señales del despotismo del Antiguo Régimen.
Después de hacer gala de sus conocimientos, el posadero, indicando uno
de los dos caminos en que se dividía el que iban siguiendo, dijo:
--Por ahí en media hora estarán ustedes en Chimista.
Marcharon los viajeros adelante, preguntaron en dos caseríos hasta
detenerse en una casita pequeña y blanca que aparecía en medio de un
robledal, rodeada de campos y a poca distancia del río. Era Chimista.
Tenía la casa que llevaba este nombre dos pisos con entramado de
madera. Era del tipo clásico del país, el primer piso avanzaba un poco
sobre el bajo y el segundo sobre el primero. Se abrían a un lado dos
ventanas góticas del gótico conopial y una puerta en arco apuntado.
La puerta estaba abierta. Entraron en el zaguán y llamaron dando
palmadas. No apareció nadie.
--Ahí al lado había unas mujeres. Voy a preguntarles si hay alguien en
la casa--dijo Ochoa.
Acababa de salir el muchacho navarro cuando se presentó en el portal
una mujer joven con un niño en brazos.
--¿Está don Valentín Malpica?--preguntó Campillo en castellano.
--¡Mi padre!... Sí...--balbuceó la mujer.--¿Qué le querían ustedes?
--Queríamos hablarle. Somos amigos suyos.
--Ah, entonces... pasen ustedes, está en la huerta.
Campillo y Lacy cruzaron el zaguán y un establo y salieron a la huerta.
Contemplando unos árboles frutales había dos hombres; un viejo canoso
y un señor de unos cuarenta años, tipo entre ciudadano y campesino que
llevaba una boina grande. Este señor era el mismo que habían visto en
el zaguán de la fonda de la Veleta al llegar a Ustariz en un tilburí.
Campillo se acercó al viejo.
--¡Malpica!--exclamó.
El viejo se volvió rápidamente y puso la mano derecha sobre los ojos
como pantalla y preguntó en francés a su compañero:
--¿Quién es?
--No sé, no le conozco--dijo el de la boina.
--Soy Campillo, tu camarada. ¿No te acuerdas de mí?
Malpica se acercó al forastero y le estrechó la mano.
Era don Valentín Malpica un viejo derecho con la cara sonrosada y los
ojos grises. Tenía la tiesura y la rigidez de un militar.
--Venimos a hablarte--dijo Campillo.--Este muchacho que me acompaña es
Eusebio de Lacy, hijo del general.
--¡Es el hijo de Lacy! perdone usted joven que le abrace.--Malpica le
estrechó entre sus brazos.--Le conocí mucho a su padre de usted, y
peleé con él--siguió diciendo.--Era un militar valiente y un liberal de
verdad. Espérenme ustedes un momento. Les presentaré a ustedes... mi
hija..., Miguel Aristy..., el coronel Campillo... Lacy.
Se dieron la mano. Miguel Aristy era el señor de la boina grande que
acompañaba a Malpica.
La hija del coronel invitó a sentarse a los forasteros en el jardín
en un cenador cubierto de enredaderas, entre las que se destacaban
clemátides blancas y azules, campanillas rojizas y rosas tardías.
Un niño de tres a cuatro años salió corriendo de la casa y se echó en
brazos de la hija de Malpica.
--¿Es hijo de usted?--le preguntó Lacy señalando al niño.
--Sí.
--¡Qué guapo es!
--Lo que es, es muy desobediente.
--¡No!--dijo el chico levantando el dedo en el aire.
--Sí, sí. Su hermanita es mucho mejor que él.
--¿Vive usted todo el año aquí en el campo?--preguntó Lacy.
--Sí, todo el año, con mi padre y mi marido.
--¿Su marido de usted es este señor?--dijo indicando al de la boina.
--No, este señor es mi cuñado. Yo estoy casada con su hermano.
--¡Qué casa más simpática tiene usted!--exclamó Lacy--aquí parece que
debe ser muy fácil ser feliz.
--Yo creo que en todas partes se puede ser feliz si se contenta uno con
poco.
--Sí, quizás sea cierto, pero eso no lo puede saber usted por
experiencia.
--¿Por qué?
--Porque lo tiene usted todo: unos niños tan bonitos, su padre, el
marido, el buen carácter...
--Usted también lo tendrá...
--Será difícil.
--¿No tiene usted familia?
--Sí, mi madre. Mi padre fué el general Lacy fusilado en Mallorca por
liberal.
--He oído hablar mucho de él.
--Mi padre estaba reñido con mi madre. Yo he sido educado en colegios,
siempre separado de la familia.
--¡Qué pena!
--Sí, mi infancia ha sido bastante triste. Mi juventud tampoco es muy
alegre. Estoy enfermo.
--Curará usted.
--No sé; ya veremos.
--Buenos señores--dijo Malpica acercándose al cenador.--Puesto que
tenemos que hablar de asuntos reservados vamos a mi cuarto.
Campillo y Lacy se dispusieron a marcharse de la huerta y se
despidieron del señor de la boina.
--Adiós, señor de Lacy--dijo la hija de Malpica dando la mano al
joven--y no arrastren ustedes a mi padre a ninguna empresa peligrosa.
Abandonaron los dos españoles la huerta y por la cuadra pasaron al
zaguán en donde vieron a Ochoa que hablaba en vascuence con unas
muchachas que al oirle se reían a carcajadas.
Ochoa se unió con sus amigos y los tres subieron por una escalera al
rellano del primer piso. Malpica, que les esperaba, les condujo a un
cuartito pequeño empapelado, adornado con unas estampas de generales y
de guerrilleros de la Independencia puestos en marcos en las paredes,
una mesa, un estante con una docena de libros y dos sillones.
--Aquí que nadie nos oye--dijo Malpica dirigiéndose a Campillo.--Puedes
hablar a tus anchas.
Campillo que no era hombre de buenas explicaderas comenzó a
embarullarse y a perderse en comentarios y en detalles de tal modo, que
dijo dirigiéndose al joven Lacy:
--Hable usted, porque yo no sé explicarme rápidamente.
Eusebio Lacy tomó la palabra.
--Ya le ha indicado el coronel Campillo--dijo--que los liberales
españoles han pensado hacer un intento serio para establecer la
Constitución en España. Supongo que estará usted enterado de la marcha
en general de este asunto.
--No, no lo estoy. Vivo aquí apartado y sin enterarme de nada.
--Entonces haré un resumen de lo que ocurre. Después de la Revolución
de Julio de París, todos los caudillos españoles liberales se han
reunido para hacer un intento en la frontera. El gobierno francés
favorece la empresa y el mismo Luis Felipe ha dado dinero para ella.
Entre los jefes están Mina, Gurrea, Chapalangarra, Méndez Vigo,
Jáuregui, López Baños, San Miguel, Milans del Bosch, Valdés... En fin,
todos.
--Los conozco--dijo Malpica.--A unos personalmente, a otros de nombre.
--Por desgracia--añadió Lacy--hay diferencias entre los nuestros y se
han formado varios bandos capitaneados por Mina, Valdés, Chapalangarra,
Méndez Vigo y Gurrea.
--¡Mal negocio!
--Sí, es defecto de nosotros los españoles, pero en fin, yo creo que
las diferencias se borrarán con el éxito.
--Es de esperar.
--Pues bien, en esto nuestro amigo el coronel Campillo que es uno de
los jefes de la fuerza constitucional, supo por conducto de algunos
agentes liberales que su compañero don Valentín Malpica vivía ignorado
en Ustariz. El coronel Campillo puso la noticia en conocimiento de la
Junta y la Junta comprendiendo la importancia que tendría su valioso
concurso nos designó a nosotros tres para visitarle a usted y para
proponerle tomar parte en la expedición militar que vamos a hacer sobre
la frontera española. Este es nuestro objeto al visitarle.
--Le he oído a usted atentamente, señor de Lacy--contestó Malpica--me
honra mucho que se hayan acordado de mí y estoy dispuesto a dar mi vida
por la libertad y por la patria. No tengo más que decir con relación a
este punto; estaré allí donde me manden: en el sitio del peligro.
--Lo esperábamos de usted--dijo Lacy.
--Gracias. Ahora sí, tengo que advertir que soy el coronel más viejo de
mi cuerpo y que no aceptaría un destino subalterno.
--Ni nosotros hemos pensado en tal cosa--repuso Lacy.
Campillo replicó con disimulada acritud que él como todos ocuparía el
lugar que le correspondiera en la escala según su antigüedad y como
todos ascendería un grado en el caso de triunfar. Puestos de acuerdo
en este punto, Campillo dijo que avisaría a Malpica cuándo debía
presentarse en Bayona.