Desconcertado por estas novedades, procura Manuel Jesús estar solo y

recoger en el torbellino de tantas sensaciones alguna idea clara; no es

posible que en unas horas haya cambiado su corazón; necesita sondearle,

llegar hasta lo más profundo de sus movimientos, saber si lo que le

enturbia no es más que un poco de cansancio y de sorpresa.

Cuando ya va la tarde muy caída se escabulle de su casa con disimulo y

por los caminos señeros que reconoce y adora se deja conducir, pendiente

abajo, hasta la lera del ansar.

Es misterioso y largo este anochecer. El sol, al hundirse detrás de los

montes, llevó consigo todo el azul del firmamento; queda el celaje

pálido y remoto, se estremece la sombra del arbolado, pesan las flores

con voluptuosa languidez.

A Manuel Jesús no se le escapa ningún ruido, ninguna observación; marcha

despacio, mira y escucha, sintiéndose volver a los tiempos distantes,

embriagado con el rezumo de las memorias felices. Le han salido a

recibir los cantares del Salia, dispersos en regueras y atanores,

apagados en los cadosos de la corriente: una mansedumbre estival se

esparce sigilosa por la Naturaleza.

Está cumplida la luna. Cae la noche sombría en espera del astro. El

caminante cruza un puente, se hunde en el secreto de la algaba, y poco

después toca en la linde viva de un huertecillo. Alguien se mueve allí;

hay en la semioscuridad una silueta de mujer.

--¡Dulce Nombre!

--¿Qué?

--¡Ah...! ¿Eres tú...? ¡Tú!

--Soy María Dulce.

--¿Cómo?

--Sí.

--¿Qué dices?

--Soy la hija de esa que usted nombra.

Manuel está junto a la muchacha atónito y conmovido.

--¡No, no!--repite--. Eres la misma... ¡eres tú!

Ella sonríe, le divierte mucho la equivocación. Comprende que habla con

el antiguo novio de su madre, y observa que es guapo y distinguido.

De pronto se aturde, sacudida por una idea vigorosa que se le arraiga

inmediatamente en la imaginación. Este es el viajero que ha dormido bajo

cielos extraños; conoce los países fabulosos, y arribó por los mares,

con la espuma de las lontananzas.

--Pase usted--balbuce, abriendo el portel, que gime como antaño.

Y entra Manuel Jesús, cada vez más absorto, mirando muy de cerca a la

niña, sin convencerse de que no sea la suya. La voz, la sonrisa, las

facciones...

--¡Es ella!--insiste, obsesionado por el semblante de cuanto reconoce a

su alrededor.

No ha pasado el tiempo. Aquí están crecidas y curiosas las madreselvas,

las odorantes _lámparas de Jerusalén_; aquí reventando el pecho de los

capullos en la altura del rosal; orillando los macizos de legumbres se

esparcen la menta verde y el torongil; por el filo de las paredes medran

las ortigas y los helechos en flor. El aire, los olores, los murmurios,

son «aquellos», también. Suben desde el río partículas consoladoras de

frescura, sones claros y melodiosos, llenos de lejanas alegrías...

Así lo supone Manuel, sin razonarlo, sintiendo que se le nublan los ojos

con el agua del corazón. Registra en la penumbra los perfiles tranquilos

de la aceña, las ventanas inolvidables, los muros blancos. Evoca la

embalsamada habitación donde se llenan de harina los alguarines al

zumbido de las _piedras ardientes_, y se halla envuelto en el polvo

rubio de la faena, en la algidez memorable del noviazgo.

--¡Dulce Nombre!--pronuncia todavía, negándose a creer que no es su

novia la virgen que le escucha.

--Soy María Dulce--vuelve a decir la muchacha, pensando: ¡Se acuerda de

mi madre!

Pero no se le ocurre ni remotamente que la siga queriendo. Cuenta la

niña de Malgor diez y seis años por una vida entera, y en su indocilidad

no concibe que se pueda someter un antojo al tormento de no realizarle.

Ahora mismo quiere ella convencerse de que este hombre es uno que ella

espera, el amador imaginario que viene de muy lejos y sabe muchas cosas.

Clava en él los ojos candentes y expresivos.

--Ha llegado usted hoy a Cintul, ¿verdad?--murmura por decirle algo. Y

añade melindrosa:--¡En un día bien triste para mí!

El mozo se estremece como si despertara.

Aquella mujer no es la misma, no; le hace preguntas inútiles, le mira

con un talante desconocido: es igual que la otra... pero es distinta...

¡Acaso en el huerto se ha renovado todo como _ella_!

--¡Qué lástima!--prorrumpe en alta voz, atisbando con envidia la gracia

de lo inerte, que no se muda: la casa, las piedras, el suelo...

Entretanto yergue el río sobre la noche un eterno murmullo de fugacidad,

y María se duele, interpretando a su modo la frase que acaba de oír:

--Sí, ¡una lástima...! Mi padre no era un viejo... ¡y así, tan de

repente!

Sabe la joven un mohín de quebranto, lleno de coquetería; se lleva el

pañolito a los ojos, y aguarda.

Manuel está viendo la caja fúnebre, pesaroso como si realmente la

hubiese traído él a Luzmela para encerrar a Malgor. Le parece que ha

hecho daño a la niña y le dice con amabilidad:

--No llores; eres muy hermosa; yo te quiero mucho.

--¿Usted?

--Sí.

--¿Desde cuando?

--Desde siempre.

--Entonces, ¿me conocía?

--De nombre... y de fama.

--Pero venía usted preguntando por mamá.

--Porque os llamáis lo mismo.

--Sí; es cierto; ¿lo sabía usted?

--¡Claro...! Aunque me lo negabas tú.

--Creí que se acordaba usted de ella... ¡como han sido novios!

Ahora, asustado de que la muchacha interprete mal su conducta, niega él

sin perfidia, con un desasosiego inquietante.

--¿Quién va a pensar en ilusiones tan lejanas...? Sólo me acuerdo de que

somos amigos... Y siento mucho encontrarla viuda.

--Se lo diré... Aunque usted irá a vernos.

--Debo ir--responde, algo inseguro.

--Porque esto no es una visita.

--No; es una casualidad. Llegué aquí... sin saber cómo--afirma el

paseante, lamentando que el instinto y la costumbre le hayan hecho

traición después de largo tiempo. Agítase azorado como un ave que vuelve

al nido y desconoce la nidada nueva. Hace un ademán para despedirse, y

María le quiere retener.

--¡Quédese un poco...! ¡Estoy tan sola!

--¿No hay nadie en la casa?

--Está Camila... ¿Usted la recuerda?

--Ya lo creo.

--Será usted aquí el amigo de todos, ¿verdad...? ¡Así es que ayer y hoy

se hablaba tanto del regreso de Manuel Jesús...! Yo me figuraba que era

usted así, como es, y quería verle pronto... Cuando me llamó desde la

cerca le reconocí...

El se conmueve al escuchar su nombre pronunciado con el mismo acento de

la amada, en el engarce puro de aquella voz armoniosa y penetrativa.

--¿Me reconociste...? ¿Cómo?

--No lo sé.

Manuel Jesús tiende la mano y recoge la de la muchacha, tembloroso,

apremiante, como si la despedida fuese a evitar un gran peligro.

--¡Adiós!

Una sombra llena de perfumes los envuelve con su roce imperceptible,

mientras arriba, en los espacios sinuosos, la luz de las estrellas hace

más profunda la oscuridad de lo infinito.

--¡No se vaya usted!--ruega María con una insondable mirada de

persuasión.

Manuel siente en la suya el calor de la mano tersa que le oprime. Y una

embriaguez insensata le confunde; quiere vivir el tiempo huído, que esta

niña sea su novia de antes, la misma que dejó inocente y enamorada... No

han transcurrido los días; no tuvo nunca dueño aquella mujer; le

esperaba aquí, segura, inviolable...

--¡Dulce Nombre!

La tiene en sus brazos, la besa en los ojos, en la boca, furiosamente,

le murmura un raudal hervoroso de palabras como un desquite de la

separación y el silencio padecidos.

Ella recibe las caricias y las promesas, excitada por la locura fragante

de la noche, creyendo que ha inspirado una súbita pasión, gozosa de

sentirse prendada, a su vez, del hombre desconocido, el viajero de

leyenda; vive su hora delirante, se convierte en la heroína de un cuento

de hadas.

Hasta que Manuel Jesús recobra un poco la serenidad, liberta a la niña,

y siente más urgente y angustiosa la tentación de huir.

--Adiós--repite, consternado, desfallecido por la inquietud violenta

del deseo, torpe en una confusa sensación de realidades y quimeras.

En el penacho augusto del celaje refulgen, misteriosas, _las siete

llamas_; aquí, en el cíngulo de los planteles, se cierran las flores,

sensibles como pupilas.

Manuel salta la cerca, desatinado igual que un ladrón, cuando sería tan

fácil abrir el portillo. Se hiere un poco las manos con las espinas del

seto; se acoge a la sombra del ansar, y anda a escape, enfebrecido: mira

al cielo por los claros de la espesura y le parece que las estrellas

corren detrás de él.

María, al despedirse, ha dicho crédula y feliz:

--Hasta mañana...

[Ilustración]

IX

LA NOCHE ENCUBRIDORA

Se han marchado las últimas visitas, y Dulce Nombre, cansada,

impaciente, se refugia en su balcón para recibir un poco de aire nuevo y

estar un rato a solas.

Todo el día esperó a Manuel Jesús.--Vendrá ahora; vendrá más

tarde--pensaba. No atinó con las razones de delicadeza que le excusaron

de asistir al entierro; su alma torcaz estaba muy distante a la

complicación de otros espíritus más cultivados y sutiles. Ella guardó al

marido muchos años una fe dolorosa; su liberación coincidía,

milagrosamente, con el regreso del hombre elegido: ya no había que

perder ni un minuto de felicidad.

Sólo algunos reparos de circunstancias se pudieran interponer entre los

dos. Tal vez sería conveniente celebrar la primera entrevista en el

molino, cuando se acaba el trajín y el bosque duerme solitario... Al

viajero, sin duda, le cohibe presentarse en la casa de Malgor, llena hoy

de gente curiosa y parlanchina...

--Sí; algo de esto le retrae--se dice la joven, preocupada.

Y no sabe por qué teme un rigor impreciso, una desventura que se

ocultase para ella bajo la noche encubridora.

Pero oye subir a Encarnación, llamándola, y se le desvanece en seguida

el triste pensamiento.

--Aquí estoy; ven.

Se abrazan las dos mujeres dentro de una franqueza gustosa para Dulce

Nombre, que desembaraza sus impulsos con libre dominio después de larga

cautividad. Ya es dueña de su vida; habla y pregunta lo que quiere:

lleva en la mano el corazón.

La de Cintul explica muchas cosas atropelladamente, empezando su

relación desde la entrega del parte telegráfico a Tomasa, de la cual

desconfía.

--¿Qué hizo con él? ¿Cómo ocurrió la muerte del amo?

No es esto lo que la viuda quiere tratar. Palidece ante el recuerdo

lúgubre, reprime su emoción, y, sin descubrir a la perversa criada,

pronuncia:

--Háblame de Manuel Jesús.

Toma el relato Encarnación desde muy lejos otra vez: el viaje, el

arribo, las visitas...

--Pero, ¿qué dice?--interrumpe la enamorada con vehemencia.

--¡Ah! Que tenía muchísimas ganas de venir... Trae dinero ¡Hay que ver

lo guapo y mozo que está!

--Te pregunto lo que dice de mí.

--Pues... ¡figúrate...! El te quiere de un modo atroz.

La madre asoma una leve perplejidad en sus contestaciones; ella, tan

categórica y ejecutiva, parece algo incierta de lo que asegura.

Sorprende al vuelo Dulce Nombre aquella insignificante desanimación, y

pretende sonreír, embozando su zozobra.

--¿Por qué no ha venido?

--¡Mujer, estábais aquí de entierro...! ¡Llegó tan cansado...! Se acostó

al mediodía...

-¿Sí?

--Ya puedes suponer...

Encarnación ha perdido el aplomo; se embarulla, miente; y la muchacha,

intranquila, anhelosa de seguridades y de arraigo para su amor,

manifiesta con apresuramiento:

--Necesito verle.

--¡Claro... es natural!

--Le dices que mañana le espero en el molino, al anochecer.

--¡Muy buena idea!

--No hables a nadie de ello.

--Ni una palabra... y ahora--concluye la de Cintul, siempre bajo una

encubierta ansiedad--me voy: tengo mucha prisa.

Se despide muy amable, exagerando los adioses, envolviendo en suspiros

un torrente de frases innecesarias.

Y se queda la joven cavilosa, sumergida en un desconcierto rarísimo.

Presiente una amenaza; hunde los ojos con sospechas en la profundidad de

la noche, imaginando que se mueven unos ruidos extraños en el aire... No

es cierto: se adormece la brisa fatigada con su peso de aromas; cunde,

mansamente, el rumor de los azutes que el río consiente a la sed de los

campos; fulgura altísimo el celaje clavado de soles.

De pronto, ligera, vestida de luto como una ráfaga de la oscuridad,

entra María en la habitación, echa los brazos al cuello de su madre y

susurra una confidencia; nada omite en su orgullo de conquistadora: el

encuentro, el entusiasmo, los besos delirantes, las protestas...

--¡Me gusta mucho, mucho...; me quiero casar con él!

Dulce Nombre permanece unos instantes ajena a la realidad, inmóvil y

dura lo mismo que una imagen de piedra. Casi desconoce a su hija; ¡aquel

traje negro..., la espantosa confesión...! ¿quién es aquella criatura y

qué dice...?

Detrás de la niña aparece muy solícito el abuelo Martín, que viene

acompañándola y oyó por el camino las primeras noticias del secreto.

Como no está iluminado el gabinete, se distinguen apenas las figuras,

alumbradas en el balcón por la claridad imprecisa del espacio, un poco

más insinuante según alborea la luna a espaldas de los montes.

Ni la chiquilla ni el viejo perciben el esfuerzo bárbaro con que la

madre procura dominar su estupor, sacudir el asombro infinito que la

anonada; no logra comprender ni menos hablar.

Entonces Martín, disimulando su alegría en consideración al duelo

reciente, expone con mesura:

--En medio de todo hay que dar gracias a Dios; que por los barruntos, ya

tenemos otro indiano en casa...

Una estrella corta el cielo con raudo golpe de luz; María sonríe en una

radiosa abstracción, y Dulce Nombre se desentumece de súbito, lívida,

terrible; da unos pasos hacia su padre y le pone las manos en los

hombros:

--¿Qué estás diciendo?--ruge desafiadora. ¿No sabes que ese hombre me

pertenece?

--¿A ti?

--¿Pero, no lo sabías?

--¿Manuel Jesús?

--Sí; Manuel Jesús; ¡ese, ese...! vivo esperándole.

-¿Tú?

--¡Yo!; hace un siglo... ¿Estás sordo y ciego...? ¿No me ves...? ¿No me

oyes?

--Esta mujer se trastorna--gruñe Martín, asustado, mientras la niña,

intimidada al principio de la escena, se convence de lo que pasa,

recobra los bríos y, con una prontitud alarmante, promulga también en

reto:

--Ese hombre es mi novio.

--¡Mientes!--contesta Dulce Nombre sin mirarla, caídos los brazos, con

gesto de loca.

--Pregúntaselo a él. Ha ido a buscarme; ha jurado que me quiere: de ti

no se acuerda.

--¿Lo ha dicho?

--¡Sí!

El acento de María es afilado y rotundo; su madre, ahora, la mira con

los ojos entenebrecidos, comprendiendo que dice la verdad. Y de una

manera insólita se desprende del drama, recordando aquella noche cuando

en el molino supo la traición de Manuel Jesús; la novia de aquel tiempo

era una niña igual que ésta de hoy: no tenía madre... ¡estaba sola en el

mundo...!

Dulce Nombre ha perdido otra vez la noción de los hechos; se confunde

con su propia hija y le da mucha lástima de ella: no sabe cómo sufrir el

terror y la piedad que la destrozan.

Viéndola quieta y muda, le dice el padre, algo severo y ofendido:

--Vaya, mujer, a ver si te sosiegas. Tú eres viuda, tuviste un buen

esposo y no debes pensar en tonterías: aquello de Manuel fué una broma

de rapaces; lo que te cumple es casar pronto y en condiciones a la

muchacha: Ayuso es una proporción magnífica y no hay que espantar a la

suerte.

Habla el molinero escuchándose, muy ufano de su elocuencia y sensatez;

supone que ha conseguido el propósito de aquietar a su hija y le tiende

la mano, conciliador.

Apenas la toca, se resiste la infeliz y se estremece como si volviera a

despertar; pone la atención en torno suyo, juntando al viejo y a la niña

en una mirada inmensurable, y se dirige hacia la sombra con rapidez. Su

vestido negro se aduna a la tiniebla del gabinete... Ya no se oyen sus

pasos.

* * * * *

Con la ciega necesidad de huir y de correr sale de la casa por el

jardín, hollando las flores, sin reparar en el camino.

Tiene el horizonte un marco de luz, porque ha resbalado sobre las

cumbres la claridad fluída de la luna: se distinguen en el parque las

rosas y los claveles encendidos como llamas.

A Dulce Nombre la obligan tirantes los nervios mientras la querencia y

el hábito la conducen al molino. Cruza desatinada el bosque, sin

tropezar en las raíces vagabundas, sin detenerse en la aspereza de la

gándara ni en el salvajismo de los recodos, herida, apenas, en el traje

con las púas de algún zarzal. Diríase que todo la acompaña y la defiende

allí con un cariño bravo: los palios de las hojas, el alma vegetal de

las plantas, la voz de los cauchiles que surcan el terreno con hilos

rumorosos.

Ella marcha ajena a sí misma, sin percibir la fragancia divina de las

cosas. Sus pensamientos corren a la demencia; pisa con ahinco, en un

empuje rudo y maquinal, y no agradece los aromas refrescados por las

aguas, no sabe que la consuelan un poco la brisa y la noche.

Sólo al llegar junto al molino, en la anchura repentina de los senderos,

recibe una sensación nueva y punzante, como si le doliese en las

entrañas la trabajosa fecundidad de la mies.

Porque viene de pronto hacia la fugitiva, con el oreo de los maíces

granados, una irremediable certeza de que toda maternidad es dolor. Y se

detiene indócil, asaltada por el recuerdo de su hija, con insufrible

congoja.

La racha violenta de lucidez coloca bruscamente a la madre en contacto

con el destino; pero su condición rebelde pide a voces el cumplimiento

de una promesa que no tiene a quién reclamar.

X

EL FARO ROJO

Aquí está el molino; aquí el Salia, generoso, deshaciéndose en regajales

al través de las campiñas.

Va subiendo la luna cimera y ancha por las nubes: toda la serenidad del

cielo desciende benigna hasta la tierra.

Y un aura de pavorosa inquietud conmueve a Dulce Nombre inclinada sobre

el río, viendo rodar a las estrellas en el cauce. Necesita moverse como

las aguas; ir, lo mismo que van, a sumirse en la amargura de un abismo.

Siempre le ha fascinado la corriente que huye y no pasa nunca, que es

la misma y es otra, que se lleva luceros y paisajes sin cesar de

copiarlos: así la transitoria belleza de estas espumas tiene hoy para la

desdichada mujer un hechizo perdurable.

Se arrodilla en el suelo para sentir más cercano el flujo caudaloso de

la vena, tal vez para entregarse al cristal que se desliza y no se

acaba.

Dentro de la carne sanguínea y mórbida, el instinto le asegura a Dulce

Nombre que sin amor no puede vivir, y la siniestra visión del suicidio

está a su lado, como único remedio.

No encuentra la desesperada otro descanso a su fatiga. Para ella es el

río un buen compañero de la niñez, y quisiera dormirse donde crecen los

hervores del caz, sobre los brazos quietos del árbol transmisor, allí,

entre el polvo de diamantes que arroja la presada.

Sumerge las manos en la frescura de las ondas y siente latir el corazón

a la par del río con vínculo fraternal... Pero tiene miedo... ¡Si toda

su tragedia no fuese más que una pesadilla...! La muerte rechaza aquella

juventud saludable y firme, llena de apasionadas virtudes: el propio

vértigo de la desesperación infunde a la mujer un ánimo insumiso.

Y se levanta pujadora, desatada las trenzas, arrebolado el semblante,

asiéndose a la vida en una actitud oscura y temible.

Anda unos pasos ligeros y abre la puerta del molino, franca y débil.

Allá, en el fondo del salón, se rebulle Camila esperando a Martín, con

las ventanas abiertas, dormilona y taciturna.

--¿Qué te pasa? ¿Cómo vienes así?--interroga con asombro al reconocer a

la joven, observando que llega despeinada y transida.

Ella se pone un dedo en los labios.

--No grites; vengo a preguntarte muchas cosas--responde con la voz densa

y extraña--. ¿Estuvo aquí Manuel Jesús, al anochecer, hablando con

María?

--Estuvo.

--¿Dónde?

--En el huerto... La corteja; le habló de amoríos y locuras, abrazándola

y todo, hecho un orate...

--¿Lo has visto?

--Sí; desde el ventano de la cuadra.

--¿Y le oíste?

--Como te oigo ahora.

--¿Estás segura?

--Segurísima: te lo puedo jurar... y te lo pensaba decir...

No se había acostado el viajero al mediodía... Encarnación tuvo motivos

para mostrarse inquieta: existía el drama, insensato, palpitante,

absurdo...

Se revuelve Dulce Nombre por el salón registrando la tosca armadura del

molino, como si no la conociera: los _cimadales_, las taravillas, las

quebrantadoras... Pasa los dedos sobre el polvo claro del maíz, empuja

con el pie los garrotes panzudos, percibe el ronquido del reloj; va y

viene, con inútil solicitud, al reflejo amarillo de la lámpara, hasta

que oye unos pasos en la lendera próxima y se dirige precipitadamente a

la salida del huerto por el corral interior.

--¡Si es tu padre!--clama la vieja, sin comprender aquella fuga--. Te

vendrá a buscar.

--Por eso me voy.

Camila, siguiéndola, susurra muy oficiosa:

--Mira, atiende: aquí mismo se apalabró la chiquilla con Manuel; ella le

dijo al despedirse: Hasta mañana... Talmente parecía que eras tú, en

aquel tiempo...

Dulce Nombre se ha ensombrecido ya bajo los árboles, y Camila, ignorante

y pasmada, cierra el portel, murmurando:

--¡Válgame Dios...! ¡Todos han pisado hoy la mala hierba...!

En efecto; buscando a su hija, acude Martín; escucha contrariado lo que

la anciana le refiere, y sale al ansar llamando a la desaparecida.

Pero ella se oculta ágil y alerta; conoce bien las derrotas y los

confines de todo el lerón, y, agachada entre unos matojos, ve a su padre

seguir un huello equivocado por la orilla del río.

Entonces vuelve a caminar, decidida y valiente, sin más propósito que el

de alejarse y vivir. Una poderosa reacción se verifica en su alma,

campestre y honda como el paisaje, llena, también, de recursos y

misterios.

Después de la suprema apelación de sus dudas, revive Dulce Nombre al

contacto decisivo de la verdad. El testimonio irrecusable de Camila es

una sentencia y una confirmación. Nada puede la moza esperar; y, no

obstante, huye de la sombra y de la espuma que en la ribera cunde

hirviendo de tentaciones: ya no quiere morir. ¿Por qué?

No lo sabe ni se lo pregunta; se recobra a sí misma con ahincado

sentimiento de egoísmo, abandonada y miserable, sin más patrimonio que

sus derechos humanos. Carece de hogar y de afecciones; tenía un corazón

y se lo clavaron en la Cruz: así le lleva en el pecho, encendido de rojo

como la antorcha providente de los faros... ¿Adónde irá con él?

Algo de esto último discurre Dulce Nombre, mientras camina, agitándose

con la túnica de la selva... ¿Adónde irá?

Siente hambre y sed; la rinden el cansancio y el sueño: es preciso

llegar a alguna parte. Con la certidumbre de las cosas, adquiere, de

nuevo, la sensación de sus necesidades físicas, y de un modo lógico

viene a pensar: Necesito que Dios me ayude.

Humilde y obediente a su manera, pronuncia con devoción el ingenuo

fervorín de las niñas aldeanas:

_El ánima sola

que en el campo gime y llora,

me tenga compasión en esta hora._

Padrenuestro...

--¿Vas rezando?--le interrumpe de súbito un hombre, deteniéndola

intrigadísimo.

--¡Gil!

--¡Lo que menos imaginaba yo era encontrarte en este lugar!

La muchacha comprende que va a oír una serie de interrogaciones penosas:

--Nada me preguntes--suplica--; me he perdido... ando... extraviada...

Pero, es inevitable la sorpresa del pastor.

--¿Perderte en el ansar...? ¡vamos...! ¡si es tu casa, mismamente!

--No tengo casa, Gil--dice, al cabo, la moza, obligada a fiarse de aquel

hombre.

La está contemplando él con arrobo y angustia, cada vez más inquieto de

verla sola y amarga, sin aliño ni rumbo, orando como una penitente.

¿No tienes casa?--repite en el colmo de la extrañeza.

--No.

--Pues ¿y la de tu marido, la de tu padre?

--No tengo familia.

--¿Qué...? Temo que padezcas de calentura... A mi ver, estás delirando.

--¿Delirar...? La salud es lo único que me queda... Cuando te encontré

le pedía socorro al cielo... Oye: ¿sigues siendo mi amigo?

--¡Mujer! me ofendes; ¡qué pregunta!

--Llevas razón; tú eres bueno: perdona--murmura Dulce Nombre,

comprensiva. Y añade con la voz tenebrosa:--¡Como nadie en el mundo me

ha sido fiel!

--¿Nadie...?

--Escucha, Gil. Te aseguro que no puedo volver a casa de Malgor ni al

molino; carezco de todo; busco un albergue... Dime, por caridad, ¿adónde

iré?

--¡A la torre!--contesta el pastor, muy resoluto, erguido y

caballeresco.

Y la fugitiva, iluminado de repente un sombrío rincón de su memoria,

balbuce:

--¡Es verdad!

--¡Pues claro, mujer! ¿Adónde mejor has de ir...? Aquel palacio es tuyo:

allí eres tú la reina.

--Vamos, anda...

Dulce Nombre (Novela) · 第 8 / 9 段