Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento,

obtenían una explicación rotunda a la claridad repentina de la

sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espíritu cada memoria con

punzante lucidez llena de admiración. Sentía una lástima aguda y tierna

por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso.

Otra canción de Gil, más distante, desvaída en la sombra, punza en la

sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se ciñe a

su carne ardorosamente como una inmensa caricia.

Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la

rumia con desesperación, lastimado por el hechizo de esta hora bella y

dulce, tan propicia a la felicidad.

Está el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y

de lerón florece a las orillas de los árboles, cultivada con blanduras

de jardín. Se deslíe en el suelo la sangre de las rosas que languidecen,

mareadas por su propio perfume: llega del río un suave murmullo; tiembla

en el viento el alma vegetal de las plantas; un hálito de vida estalla

silencioso a cada instante.

Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro

hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, pálido y

siniestro, para dirigirse a su casa.

--¿Te quieres acostar?--le pregunta su mujer con distraída solicitud.

Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puñado de

arcilla.

[Ilustración]

VI

EL PAPEL AZUL

Entre la servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar,

acogida por Dulce Nombre con más benevolencia que afecto.

No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca halló un

novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna.

Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando

los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del

mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la víctima es una

mujer lozana y bella como la de Malgor.

Esta noche ha sorprendido el aire extraño de los esposos, y mientras

ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardín, se desliza la

intrigante como una alimaña en las habitaciones de abajo, próximas a la

cuadra y al corral, para desde allí recoger el soplo de los caminos

escuchando a la gente que va por la carretera.

Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnación había llegado

al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura

conmovió a Dulce Nombre de un modo extraordinario.

Otros detalles se añadían y se relacionaban con el anunciado viaje de

Manuel Jesús.

Ahora Tomasuca intenta saber más: asocia aquellos rumores con la

turbación que ha notado en los dueños de la casa, y pone atento el oído

a lo que se diga en el establo o en el cortil, a las frases nuevas que

lleguen con el oreo de la noche.

Y no tarda en satisfacer la curiosidad, como si al conjuro de su

perverso instinto se movieran en la sombra las voluntades para

servirla. Es la propia Encarnación la que aparece en el camino real, y

se acerca a la casa muy despacio: lleva sin duda un oculto propósito.

--¡Chis... oye...! ¿Querías alguna cosa?

--Acertaste.

--Pues aquí me tienes--dice Tomasa desde un antepecho al nivel del

portal.

--No es el mensaje para ti.

--Lo supongo.

--¿Entonces?

--Se le daré al ama.

--Deseo hablar con ella.

--Es imposible: el señor está hoy más adusto que un juez, y al subir del

parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio.

Encarnación sonríe con sabiduría maliciosa:

--¡Vaya, a ese le pican los celos!

--Sabrá que viene tu hijo.

--No lo digo por tanto... ¿Quién se acuerda ya de aquellos

amores?--soslaya la madre con raro disimulo.

--Se acuerda la interesada.

--¿Qué sabes tú?

--Se lo conozco. ¿Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las

mujeres?

--¡Sí que eres sutil!

--No te burles; de sobra comprendes la verdad.

--¿De qué?

--De esa afición.

--¡Ni que fuera bruja!

--Y te entiendes con la enamorada--pronuncia la chismosa, implacable,

sin ofenderse por el retintín de las alusiones. Le reluce el tono claro

y frío de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva

enseña el pálido color de su envidia--. Hay hombres--añade

acerbamente--que no se cansan nunca de querer.

Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada

prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere

castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde:

--Uno de esos que dices es Manuel.

--¿Y es cierto que viene?

--Ha venido.

--¿Cómo...? ¿De veras?

--Ha desembarcado en Torremar.

--¿Cuándo?

--Esta tarde; mañana estará aquí.

--¿Tan pronto?--murmura la envidiosa, temiendo que se realicen los

anhelos de Dulce Nombre.

--¿Pronto...? Diez y seis años lleva en Cuba... _sin cansarse de

querer_--subraya Encarnación.

--¿Ese recado traías para «ella»?

--Ese mismo.

--Se le daré... ¡Cuánto se va a alegrar!

La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la

enternece.

--Mira--decide--no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que

a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama--y toma de su

bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad.

Tomasa desaparece muda y presurosa, empuñando la misiva como un arma

siniestra, en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un

poco descontenta de su resolución.

Instantes después una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre

la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia.

--¿Qué quieres?

--Este parte ha traído Encarnación la de Ayuso.

--¿Para mí?--dice temblando la joven.

--¡Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y mañana

viene a Cintul.

En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz

alta y dura. Ya están clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canapé

donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento

ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y

detenerle sin recibir su daño.

--¡Trae!--balbuce.

Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malévolo impulso

de la sirviente; pero ésta consigue entregar el telegrama.

Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presión terrible en el pecho,

la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante

de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el

papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre.

Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el

brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama

afanosa; no quiere que perezca así, empujado por una mala intención,

padeciendo la última desconfianza.

--¡Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...!

Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una

hirviente espuma de color de rosa y queda rígido, inmóvil.

--¡Está muerto!--gruñe Tomasa con aspereza que no descubre ni un átomo

de caridad.

Se propuso únicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas

para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estúpido la dejaba

libre cuando la venía a buscar el amor, cuando ya podía ser a un tiempo

honrada y feliz; ¡aquel hombre la había jugado una mala partida a su

humilde servidora!

Miróle con desdén, y extendió su despreciativa injuria a Dulce Nombre,

que permanecía quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la

magnitud de las crudas palabras: ¡está muerto!

Mas, de súbito, se incorporó cautelosa, enconada por los ojos crueles de

la víbora; fuese hacia ella, dominándola con el brío y la estatura, y la

obligó a salir del aposento:

--¡Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... ¡fuera de aquí!

La dejó evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerró la

puerta, acercóse al cadáver y le puso en la frente un beso lento y

dulce, el único espontáneo y cariñoso de su vida conyugal.

Después, con una flexión cauta y ligera de la cintura, levantó de la

alfombra el papel azul, leyólo ávidamente y le ocultó en el pecho, entre

los frunces del vestido...

VII

LA LIBERTAD

Toda la noche velaron a Malgor sus íntimos camaradas de la niñez: Martín

Rostrío, Antón el campanero y el señor de Luzmela.

Acudió este último, como los demás, a la grave noticia de la desgracia,

y permaneció allí, atado por el deber, cohibido por diversas

repulsiones.

Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cariño infantil que le unió

al compañero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no

obstante, servido para tolerar con estimación al hombre que le

arrebataba el patrimonio: debía humillarse a la suerte; y nunca fué el

indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna.

Pero Nicolás, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al

amigo que se hubiera apoderado también del alma de la torre, la niña

prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al

muerto, sólo sentía la náusea y el terror que produce la carne agostada,

a punto de corromperse.

Tenía el cadáver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el

contorno de las órbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostenía un

rosarito de coral, la última prenda entre los dedos siempre blandos,

suaves como el algodón en los estuches de las joyas. Vestido según le

sorprendió la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho más

expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que

poco antes vivía y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se

deshacía insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival.

Mirábale Hornedo muy absorto, acallando su invencible rencor para

evocar el espíritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de

la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo

sabe y averiguar si el hálito incorruptible de Malgor seguía ardiendo

por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba próximo a

desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungían sensibles sus más hondas

tribulaciones, porque sentía muy cerca los pasos de la amada, que no

quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en él,

solícita y respetuosa.

Cuando llegó el padrino entre varias personas serviciales, procuró

decirle ella lo que había pasado con el telegrama fatal.

En un extremo del pasillo le habló reservadamente, bajo una turbación

nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retraída a la

vez; quería contárselo todo a la claridad de su genio translúcido, y

refería la vileza de Tomasa con mucha indignación, mientras delataba un

descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento

hipócrita en la voz ni en el ademán: Dulce Nombre descubría, como

siempre, su condición intrépida, instintiva, afrontando los caminos

libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes

abrió el pecho a los sinsabores revelando su acidez.

Pero sus frases diáfanas se envolvían en un recato especial y su actitud

en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba él confuso,

imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresión obedecía

a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quizá al prurito de

celar un poco la interna ventura.

--Ya se cumplió tu plazo--le dijo, crudamente, viendo huir sus

propósitos de renunciamiento. La tenía a su alcance, hermosísima y

tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que había malogrado

en las crisis de su pasión, le pedía una cuenta apremiante al choque

violento de aquella hora.

Estaban junto a una ventana que transcendía a la esencia resinosa de los

pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el

parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante

como una lira de cristal.

La viuda del indiano escondía los ojos trigueños sin responder a su

padrino, que volvió a decir, honda y fuerte la entonación:

--Ya se cumplió tu plazo, ¿no me oyes?

--Sí.

--Y el destino te devuelve a Manuel Jesús.

Era la voz tan dolida y entrañable, que la joven alzó la mirada, y allí

mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenció del trágico secreto

en las pupilas hambrientas de Nicolás.

--Ya hablaremos--silabeó, azoradísima--. Tengo ahora mucho que hacer y

no es buena ocasión...

Antes de terminar esta vaga respuesta había desaparecido en la sombra

del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo

consolándola, hasta que se durmió cansada de llorar.

No se oyeron más gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atendía a las

necesidades póstumas de su esposo, preparando las galas del entierro,

la cuantía de los sufragios espirituales y otras cosas lúgubres y

precisas.

Aunque tenía ayuda, quería intervenir en cada gestión, y su vestido

blanco, el mismo que lucía por la tarde, rozaba a menudo las distintas

habitaciones con aire volandero y fugaz.

La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto,

comentaban en voz chita, o en lo recóndito de la conciencia, su

observación de que la viuda tuviese los párpados enjutos, y que en el

rostro, hermético y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar.

--¡No llora!--se decía Martín, contrariado.

--¡No grita!--pensaba Antón, con mucho asombro.

Una vecina cuidadosa se acercó a decir a la interesada:

--¿Quieres que te busque un traje de luto?

--Mañana me lo pondré--contestó--, corre más prisa lo que estoy

haciendo.

Y siguió trajinando, activa y perseverante.

La veía Nicolás de través en los espejos, atisbándola detrás de las

puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue

de los «escuchos»; su andar rítmico y gentil, su figura armoniosa.

Pasaba junto al dormitorio que había compartido con Malgor, sin entrar

en él, celándole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para

volver más tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraña

fascinación...

* * * * *

Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron

todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los

balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el

remusgo del amanecer.

En el triste camarín unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la

llegada de Manuel Jesús. Saben que ha desembarcado, y no faltan

alusiones a la situación de su antigua novia.

--Ahí la tiene, linda y fresca lo mismo que la dejó al marchar.

--Más en sazón; que entonces era demasiado rapaza.

--Y con buenos miles que hereda hoy.

--Ese muchacho nació de pie, como sea cierto que viene rico y gasta

cabal salud.

--Si les acuden a los dos todos los beneficios--dice Alfonsa la de

Paresúa, persignándose al acabar un responso--, ella bien lo merece: ha

usado la humildad y la prudencia donde otras hubieran puesto la ufanía y

el abuso.

--También el amo era buena persona.

--Nadie lo niega.

--Honrado y dadivoso...

--Y amigo de los pobres...

--Pero con la enfermedad y los años ha sacrificado a esta criatura, ¡la

mejor del mundo!--vuelve a insistir Alfonsa, ponderativa.

--El padre tuvo la culpa.

--Es el sino de cada cual.

--Aun le queda a la moza tiempo de ser feliz.

--Dios lo quiera.

--No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre.

--¡No!

--Le gusta que la llamen señorita y se da mucho tono...

Olvidados los padrenuestros, se critica, también, la ingratitud de

Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha

recibido tantos favores.

--No tuvo ley ni a su propia madre.

--Es descastada como ella sola.

--Y medio hechicera: había dicho que el cárabo rondaba por aquí en

barruntos de muerte.

--Como tiene la sangre traidora no adivina más que pesadumbres.

--¡Así medrará...!

Los hombres de la velación han salido de la estancia para tomar café y

marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto

para retirarse.

En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho

dominando el ansar. Desde allí, cuando la selva está desnuda, se

distingue el molino, albo y lueñe, constante imán de los recuerdos que

solicitan exaltados a la enamorada.

Hoy no se descubre por este balcón más que la gasa oscura del follaje,

la silueta algariva de los montes, la curva pálida de las nubes donde

resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror

naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el

cielo al río con la primera luz.

Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una canción

inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los

confines: está hecha con trinos de los pájaros y balbuceos de las aguas.

Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de

cuanto renace a su lado. Ve cómo unos ampos de claridad rubia se posan

en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le

enciende toda la esperanza con el sol.

De pronto una posa fúnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de

aquellos minutos. Es que Antón, el campanero, cumple en la parroquia su

deber.

Las comadres que charlaban entre rezos junto a Malgor, han dicho en

doliente despedida:

--El Señor le tenga en la gloria...

--Descanse en paz...

Nicolás se ha marchado; Martín se ha dormido en una cómoda butaca del

comedor.

Y el muerto está solo con las flores que la viuda ha cortado en el

jardín, mientras ella, vívida y fuerte, sin atender a los toques

lamentables del campanario, sigue en el balcón, entregada a un radiante

abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el día de su libertad.

[Ilustración]

VIII

EN LOS NIDOS DE ANTAÑO

Después del entierro, casi al anochecer, María le dice a su madre,

aprovechando una tregua en los saludos de pésame:

--Voy un rato al molino.

--¿Ahora?

--Sí... ¿por qué no?

--Parecerá mal.

--¿Y qué me importa a mí? Aquella es nuestra casa igual que ésta. Salgo

por el bosque y llego cuando han acabado de moler: no habrá gente.

--Se te hará de noche para la vuelta.

--Me acompaña el abuelo.

Sin aguardar una aprobación definitiva, parte la muchacha, ansiosa ya de

moverse y recobrar el amable señorío de sus deseos, como si hubiera

tolerado en aquel solo día una larga esclavitud. Se resiste al primer

quebranto de la vida, que le arde en los ojos con físico disgusto; le

duele la cabeza: necesita huir de la casa silenciosa, hacer un poco de

ejercicio, tomar el aire, secar el llanto.

Va de luto; su elegancia nativa se amolda a todos los vestidos con un

garbo especial.

--¡Qué bonita es!--dice la madre, sonriente, recordando que en el espejo

se ha visto muy parecida a la muchacha, esbeltísima con la ropa negra,

interesante como nunca bajo la zarpa del insomnio y del amor.

Piensa que la niña es ahora más suya que antes; vivirán en comunicación

estrecha y la podrá atraer a sus aficiones, crecida siempre la ternura

entre ambas... El espíritu se le engrandece imaginando un porvenir

caudaloso en goces, sin atreverse a definirlos, derritiéndose en

gratitudes a Malgor, como si voluntariamente hubiera muerto para

libertarla. Y reza por él, lastimosa y enternecida, rindiéndole un

callado tributo cada vez que se persuade de estar viuda, muy cerca de

Manuel Jesús, con un derecho indiscutible a la felicidad...

Llegó el flamante indiano por la mañana, en el mismo tren que conducía

el ataúd lujoso de Malgor, pedido por telégrafo a la capital.

Pasa el ferrocarril a dos kilómetros del valle, y aquel trozo de

carretera, extendido desde la última estación hasta los pueblos de la

serranía, le emprendió el viajero también en el mismo coche público que

llevaba en el cupé, entre maletas y baúles, el esquife pavoroso.

Pero al saber a quién pertenecía se apeó Manuel Jesús casi

violentamente, anduvo a pie el camino real y subió por los atajos a

Cintul.

La familia, que le esperaba más tarde, recibió una sorpresa jubilosa.

Hubo en casa de Encarnación muchas bienvenidas, bullicio y convite,

expansiones amenizadas con mil conjeturas sobre la coincidencia rarísima

de que volviese el mozo, al cabo de tantos años, con el féretro de su

antiguo rival.

Y la desazón medrosa de esta circunstancia le amargó el ansiado viaje:

acudir como los cuervos al olor de la carne muerta, le producía una

impresión de maleficio y pesadumbre.

Se retrajo de asistir al entierro del jefe y protector, alegando como

disculpa el cansancio y las emociones. Pensaba con trastorno en lo que

haría para no emular por completo a las aves siniestras, cebándose en

los despojos mortales. Era preciso considerar el luto de Dulce Nombre,

dejar correr los días con paciencia cautelosa, vivir a salvo de las

censuras aldeanas.

A las insinuaciones poco reflexivas de su madre, repuso:

--Me he de portar como un caballero, aunque me cueste el mayor

sacrificio.

--Es que ella te está esperando--apoyó Encarnación alarmada.

--Yo la espero también.

En el fondo prudente de esta actitud existía una secreta repugnancia a

heredar la mujer del bienhechor, rica y viuda, cuando había renunciado a

ella soltera y pobre: de lejos no le parecía difícil ni reprochable lo

que de cerca hallaba casi monstruoso.

Cuestión de perspectiva. Allá, la distancia agrandó unos motivos

ciegamente inventados para sustituir a Malgor en cuanto fuera posible,

con premura que a veces tomaba el aspecto de una conminación: cartas

hubo entre la madre y el hijo henchidas de las más implacables

urgencias, colmadas de suposiciones diabólicas.

Aquí, frente a la ocasión, se achicaban las razones de Manuel Jesús: la

estrechez del valle, la cercanía de todas las cosas, la misma

posibilidad de realizarlas, causaron a este hombre, súbitamente, una

opresión de angustia y de remordimiento. Su llegada había sido

inoportuna y cruel: un comporte gallardo haría que se olvidase la mala

fortuna de aquel arribo.

Y la mujer querida se esfumaba un poco bajo la nube de esta

consideración; perdía las proporciones grandiosas del ídolo para

convertirse en una realidad algo trágica, en una novia fácil y sombría.

Regresaba el joyero adinerado y joven; era buen mozo, apenas si unas

canas prematuras le daban cierta respetable seriedad. Podía escoger

compañera entre las señoritas del valle y emparentar con los blasones

más ilustres del terruño.

Pero nunca había pensado en una boda de conveniencia. Romántico,

independiente como buen montañés, supo vivir sin demasiados sacrificios,

conociendo los placeres y las diversiones, defendiéndose de los grandes

compromisos amorosos con el recuerdo de la que le aguardaba constante y

fiel, cautiva en una dolorosa cadena que él mismo había forjado, al

impulso de una exaltación sentimental.

Porque fué Dulce Nombre la estrella de su destino, le dolía como un

sacrilegio aquel inexplicable desagrado con que ahora, de repente, veía

la proximidad de cuantas ilusiones le estimulaban durante años seguidos.

Quería suponer que sólo por el bien de ella juzgaba necesarios los

temperamentos y las prórrogas; pero una interna comezón le avisaba de

otro disgusto supersticioso, indefinible, una resistencia, muy vaga

todavía, al casamiento deseado con malévolos apuros: la gota de hiel

caía inesperadamente en una afición tan probada y madura.

Todo ello es indeciso, alucinante, y lo atribuye Manuel Jesús a la mala

hora de su regreso bajo el toque funeral de las campanas: padece la

obsesión de que ha llegado horrendo y vengativo con la guadaña al hombro

y un ataúd a cuestas.

Y sufre extrañamente en el día esperado con inquietudes ardorosas, en

este día luminoso y evocador, rebosante de membranzas para el viajero.

Ya desde el camino le tomó por suyo con aguda reclamación la memoria de

los goces juveniles, y se le encendieron todas las ansiedades cuando en

la vasta soledad del Cantábrico descubrió los contornos de la tierra

nativa y vió el sol a ras de las aguas, deteniéndose en la clámide roja

del crepúsculo para besar la orilla montañesa. Un pensamiento raudo y

henchido le condujo entonces a su valle, detrás de las montañas

orgullosas por donde a la mañana siguiente le llevaría el tren

apartando los árboles con su carrera... Pasó la noche en un sueño

intranquilo, madrugó, diligente, a buscar el ferrocarril, muy lejos de

suponer que arrastraba consigo el macabro estuche de don Ignacio Malgor:

amaba en aquel instante a su única novia con un denuedo heroico. Y, de

repente, nace solapado el descontento junto a la caja negra, se levanta

oscura una aversión donde parecía natural que surgiese la confianza

victoriosa.

Dulce Nombre (Novela) · 第 7 / 9 段