de la amada, que le fatiga el corazón. Quiere a la niña con morbosa
ternura. Cuando la mira directamente le hace daño verla, un daño
traducido en doloroso rencor, en odio a la dicha que tuvo el hombre
rival. Pero si la contempla al través de los deseos, bajo la sombra de
las evocaciones, descubre a la criatura siempre adorada, y revive el
calvario de su pasión entre las nieblas del encanto y del martirio, con
un trastorno que le enloquece y abate. De estas escapadas a la quimera
retorna Hornedo hasta la realidad más enamorado cada día; para él Dulce
Nombre continúa siendo la mujer incomparable, con todos los prestigios
de la belleza y el candor, con la aureola del sufrimiento y la honradez,
y aún con las gracias de la maternidad y el hechizo supremo de lo
imposible... Podría elegir una esposa entre damas de alcurnia, y se da
cuenta del misterioso cautiverio que padece; supone que el atavismo
familiar, la infusión de sangre plebeya en sus antecesores, le obliga
al culto de la moza ruda y selvática lo mismo que el país, recia en el
amor y en el deber, subyugada a la tribulación como la inolvidable _niña
de Luzmela_. Y siente que se cumplen en él los augurios de un destino
dramático, con desgarradora fatalidad: es el heredero de una culpa, de
una desgracia, de una pasión...
--¿No sabes--dice María cuando se distrae Nicolás--que me pretende tu
sobrino, el hijo de Esquivel?
--¿El mayor?
--Sí... ¿Qué te parece?
--Muy bien. ¿Y a ti?
--Me gusta poco... No es mi tipo.
El hidalgo sonríe a la petulancia de la chiquilla, tan diferente a la
sencillez de su madre, y, por no malograr la confidencia, pronuncia:
--Mariano es buen mozo y lleva muy adelantada su carrera de médico.
--¡Ya, ya¡, pero... no es mi tipo.
--Y tu tipo, ¿cuál es?
--¡Qué sé yo...! Es otro: el de un hombre que sepa más del mundo, que no
sea estudiante y que haya corrido muchas aventuras.
Los ojos visionarios de María resplandecen de curiosidad. Está esperando
al viajero que llegue con el polvo de las lontananzas, cabalgando en la
bruma del porvenir. Y como si ya tardara en recibirle, se levanta
nerviosa; presenta la frente al padrino, y sale cruzando la casa con el
rumor ligero y menudo de sus tacones.
[Ilustración]
III
FRATERNIDAD
Cansado Gil de las asperezas del monte, ha venido a ser criado de
Nicolás, hortelano y ganadero más que sirviente fino de la casa.
Permanece soltero el pastor, acaso porque no hubo en la vega una mujer
resignada al yugo del matrimonio y a la separación del marido, capaz de
vivir triste y pobre frente a la montaña que le roba al compañero.
Y cuando el montañés ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco
tarde para buscar novia; está receloso y torpe, no atinaría con las
blanduras del cortejo y los cuidados de la elección.
--Me quedaré así--gruñe con pereza, contemplando la vida desde lejos,
como si aún remontase las alturas de la serranía, a una distancia
forzosa del hogar y del amor.
Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancolía que no
le impide cantar a los sones del clásico rabel, durante las fiestas
aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido,
los romances pastoriles de envejecida memoria.
La desazón de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada
de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignoró
siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la niña de
Rostrío. Y aquella devoción, apenas consentida por quien la profesa,
devorada al través de la juventud, persiste aún, como el perfume de una
rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor
alumbra todavía.
Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicolás; pero tal vez,
con ayuda del propio sentimiento, lo adivina el señor y sorprende la
esencia y la luz del sosegado cariño, que era un día el sueño más
hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cómo el padrino adora a su ahijada
y cuánto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado
el casamiento. No comprende qué clase de adoración es la del hidalgo y
la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera.
A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque
vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martín
que no repara en los sinsabores de su hija.
Y el pastor va recogiendo estas lástimas, las comenta y las glosa con
indefinible semblante.
--Yo creí que «ella» se había acostumbrado al marido.
--Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama.
--Pensé que a fuerza de tiempo...
--Es peor.
--Como tienen una chiquilla...
--No es bastante.
--La pobre se acordará del otro... ¡le quería tanto...! No se me puede
olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se
marchaba.
--Sí; ¡se acuerda de él!--murmura Nicolás con acerbo tono.
Así, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un
motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus
conversaciones sin nombrarla, aludiéndola de un modo tácito, indudable,
y la sienten al lado suyo cuando están callados y solos en la intimidad
hospitalaria de la casona.
Esto sucedía muchas veces antes del viaje del señor y se repite ahora
mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las
honduras de la torre.
El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicolás se
detiene junto a él cuando regresa del jardín, mediada la tarde calurosa
y florida.
Se abre el porche montañés en la fachada principal, bajo el carasol
ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de
dos curvas magníficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en
uno de sus extremos salpicado con el ripio.
Allí azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones más importantes;
la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de
las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor
de los buenos linajes es donde suele adquirir más privilegios el señorío
del trabajo.
A la vera del picadero hay un sillón desvencijado, amplio y noble, que
sostiene bien a Nicolás cuando gasta un rato de palique al son del
taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones
democráticas respondan únicamente a la levadura mezquina del instinto, y
se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si
obedeciese a un maleficio. En cada labrantín de Luzmela ve un pariente
abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de
él la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su
extraño carácter, como a éste, a quien llaman todavía «el pastor».
Juntos están, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y
aparece en el umbral Encarnación la de Cintul, ligera y radiante, con
una carta en la mano.
--Vengo a decirle al señorito que ya salió Manuel de la Habana, según lo
que aquí me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae.
Gil da un respingo y se queda mirando al señor, que recoge la carta,
forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsión violenta de los
pensamientos, sin leer ni razonar.
--Ya lo sabe Dulce Nombre--pronuncia muy despreocupada la madre feliz--;
estaba ahora en el molino y se lo conté... ¡Quedóse más blanca...!
¡Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo
yo que siendo socios allá entre sí, le habrá escrito dándole la noticia.
¿Y de qué vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...?
¿No le parece, señorito?
--Sí, claro; es inútil--balbuce Hornedo, atormentando la carta, que al
fin devuelve a su dueña.
--¡Ay, Dios mío, quién lo había de decir...! ¡Mire que volver el mozo
hecho un señor, con posibles y salud, y no _encontrarla_ viuda todavía!
--¡Mujer!
--Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es
por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico.
--Se lo debe a Malgor.
--Por causa de ella...
--Y de él.
--Bueno, sí; pero un individuo tan enfermo ¿qué hace en el mundo?
--Vivir.
--Desengáñese, don Nicolás, que usted mismo habrá pensado más de cuatro
veces en lo mucho que se consume la esposa de un tísico viejo, cuando
ella es joven... y la están esperando.
--Hoy la quieres porque es rica; niña y enamorada la despreciaste...
--La quiero porque me hizo un gran bien y se lo debo pagar... La quiero
porque la hice sufrir...
Encarnación reblandece su acento con unas lágrimas que pudieran
convertirse en sollozos.
--¡Ay!--alude siempre lastimosa--. Procura la infeliz que su marido no
se altere; dice que le haría daño esa impresión...
--Es la verdad.
--¡Pues de algo nos tenemos que morir!
--Cuando Dios quiera...
--Si esto le mata... ¡será porque lo quiere Dios!
Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la
contradigan. Y se despide con acritud al través del corral, desplegando
la carta como una bandera victoriosa.
Sigue inmóvil el barreno de Gil. Nicolás hunde el bastón en la doladura
de las abarcas; tose, muy agitado; está palidísimo y se le acentúan las
estrías morenas de la piel.
También se acentúa el color angélico de las nubes por encima de las
montañas. La bóveda suprema luce una santidad mística y azul,
evocadora: desde el porche no se ve más paisaje que el de las cumbres y
el cielo.
El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sañuda, en el tronco de
nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice
sombríamente, con la voz un poco temblorosa:
--Voy a dar una vuelta por ahí...
[Ilustración]
IV
RENUNCIAMIENTO
Sale irresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su
inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada
del cortil, siente la caricia tónica del bosque, embravecido al acoso de
la nueva vegetación.
Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja
Nicolás prender en la maraña de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene
luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los
claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos, poniendo en
el césped unas medallas de estremecida claridad.
El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecución, y no
oye más que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas,
susurro de hojas, derrame de simientes y de pétalos: el roce de la
maravilla en los oídos humanos.
Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del
secreto de los árboles y de la espesura de los toldos; pero Nicolás
prefiere la reserva de estas entrañas donde todo es abismo, como en su
corazón. Tiene aquí la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme
al espíritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la
serenidad de la serranía y el calor de los horizontes: la tarde en el
campo está callada bajo el inexorable azul.
Y el eterno diálogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar
irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles.
Hay una más fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del
Salia, desfallecido en el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en
el bosque de Luzmela.
Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia
la frescura cercana del río, por el hilo frágil de los senderos. Ya no
se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla
mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abriéndose paso con el
bastón; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin
perder el rumbo ni moderar la marcha. El río le saluda y recibe en cada
melodía, rápido y voluble, siempre nuevo y extraño, recogiendo toda la
gracia y la expresión de la tarde. Y el hombre siente aquella vida
agitada en sus venas como una misteriosa trasfusión de eternidad.
De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino,
sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados
para extender la finca de Martín. Pasa el río debajo de la aceña, toca
el huerto y las brañas sativas, hoy tendidas de sábanas de flores, y se
vuelve a meter entre los árboles a lo largo de la hoz.
Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la
anchura y la luz, y después de un instante de vacilación, sigue el vero
del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio.
Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y
ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrépito de los saetines.
--¿Adónde vas?
El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzándose en
aparecer sereno:
--«Iba»... paseando.
--¿No entras?
--Si tú quieres...
La muchacha no descubre la insinuación inevitable de aquella actitud.
Está preocupadísima. Reflexiona un poco y decide:
--No: aguarda: voy a salir.
Se asoma a la puerta despidiéndose de Camila con una urgente
recomendación, y no saluda a Nicolás, se acerca a él como si acabara de
hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como
si no hiciera muchos años que vivían distantes y afligidos por una
desconfianza irreductible.
Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de
antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono
filial, y le pregunta:
--¿Viste a Encarnación la de Cintul?
Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo
como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene
el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza
y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasión. Y se le aproxima
ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite:
--¿La has visto?
--Sí.
--¿Te enseñó la carta?
--Sí.
--¿Y qué dices?
--¿Qué voy a decir?
--Me tienes que ayudar.
--¿A qué?
--A portarme como debo.
--Eso, tú...
--¡Ah...! ¿me huyes otra vez?
--¡Niña...!
Llevan el mismo derrotero que trajo Nicolás, sin que él lo note. La
muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no
busca la trocha bárbara junto al río, sino que se dirige a los senderos
más dóciles y frecuentados por la gente, duros también, henchidos con el
crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campiña
ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martín les mira
Alfonsa la de Paresúa, présbita y curiosa, muy vencida por los achaques
de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la
pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo
y la carta de Encarnación, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y
les aturde el soplo del adivinado secreto.
--No sé nada--responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en
realidad se haya enterado de lo que sucede.
Allá fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de
los árboles.
Dulce Nombre ya no guía al padrino ni se estrecha contra él. Sofocada,
ceñuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y
repite, briosa, la última palabra que Nicolás había pronunciado en son
de protesta:
--¿Niña...? No soy una niña; soy una mujer, muy infeliz, sola en el
mundo: contaba con tu apoyo... ¡y me le niegas!
--No estás sola: tienes padre.
--¿Un hombre que me vende, que ni me acompaña ni me ayuda?
--Tienes marido.
--¡El que me disteis!
--Y una hija.
--¡Tampoco!
--¿Eh?
--Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo único firme y seguro de mi
vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido él de todas partes... no sé
por dónde...
Señalaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como
si abarcase en su ademán toda la mies engrandecida por los frutos; los
montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos.
--Tenía--dijo después con torvo reproche--una amistad: la tuya... Me la
has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada.
Echó a andar por el bosque sollozando.
--Si te basta ese amor, ¿de qué te quejas...? ¡Yo no tengo
ninguno!--murmuró Nicolás tan dolorido que la muchacha se volvió a
mirarle.
Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la
selva, pujante, sacudida como un inmenso corazón iba hacia ellos
acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el
peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de
Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena
del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro.
--No me basta el amor--pronuncia Dulce Nombre compasiva y
humilde--puesto que necesito la amistad. ¿Por qué no me tratas como
antes, cuando no podías vivir sin mí?
--¡Ni puedo ahora!--dice el hidalgo con lúgubre tristeza.
Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable,
robustece de nuevo su fe en el padrino.
--Mira--le dice--no hablemos nunca más de nosotros. Nos queremos como
siempre, ¿verdad? Tú me enseñas y me riñes lo mismo que si aún fuera
chiquitina... Oye, por Dios, atiende: ¿Qué hago al llegar Manuel Jesús?
Quiero ser buena; que nadie sufra por mí; que tú prepares a Malgor para
que la noticia no le perjudique... ¿lo harás?
--¡Pero, mujer!
--Sí; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que
no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mío.
--¿Cuál?--pregunta Hornedo estremeciéndose.
--¡El mío!--repite ella; la voz, encruelecida, se le queda súbitamente
rota. Y después de un silencio penoso, exclama--: ¡Ni quiero que se
cumpla!... No, yo no deseo nada malo...
Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la
dañosa tentación.
Nicolás no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le
ahogan en el sufrimiento. Asiste como único testigo a los combates de
aquella mujer, impulsiva y cándida, sin defensa contra su pasión. El
abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos,
con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola
en la pendiente, al borde de las malas ocasiones.
La recuerda niña y curiosa, asomada con él a los misterios del espíritu,
llevada por su mano varonil al través de los campos, en traza de
exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora,
desde el alba a la estrella, en los ágiles caminos del monte y en las
sendas entrañables de la mies. Así aprendió la criatura a vivir alerta y
sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque;
la dilatación de las raíces en la tierra; el estallido de los capullos
en el rosal. Se hizo clarividente; resonó como un arpa en las manos
campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se
convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el
maestro no supo abrir a su discípula otro rumbo tramontano y redentor.
Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una
misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propósito el mayor
esfuerzo de su vida: porque si él la defiende honrada y pura, será para
que la despose Manuel Jesús en cuanto a Malgor le baste con un lecho de
tierra.
Ya está Dulce Nombre a la orilla de su casa.
Con un sacrificio heroico de que se creía incapaz le promete Hornedo
cuanto ella suplica.
--Sí; mañana vendré a visitar a tu marido y a decirle con precauciones
que llega ese muchacho.
--Y cuando se presente, estarás aquí.
--Estaré.
--Dios te lo pague.
Le tiende las dos manos, efusiva y él corresponde lo mejor que puede al
saludo.
--Adiós.
--Hasta mañana.
Como en otra ocasión inolvidable la ve Nicolás hundirse en la arboleda y
permanece allí extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardín.
Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un
matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las
altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha
puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con
bastante arrogancia el abnegado camino.
En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas
cristalinas desde la copa metálica del campanario.
Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres
adelante, como Dios manda.
Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento
y la soledad.
V
ALBA DE LUNA
Pleno mes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna.
Goza Cantabria los mejores días de su belleza, en que se lucen todos los
prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta
plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde
sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol.
Dulce Nombre acompaña a su esposo en el jardín, arrepentida de haberle
dejado por la tarde mientras estuvo en el molino.
Precisamente hoy la busca él con obstinada cautela, y la vigila de un
modo tenaz; juraría que le ha visto los ojos más impacientes que nunca,
la expresión más enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo
que esconde su cuidado:
--¿Qué te sucede?
--¿A mí...? Nada... ¿Qué me va a suceder?
--Temí que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa.
--No, no.
Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. Él pone los
ojos allá arriba donde mueren los astros que nadie sabe cuándo han
nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro,
y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de
caerse, de apagarse, de extinguirse...
Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginación
de unas a otras, como si pretendiera así llegar muy lejos, detenerse
encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar.
Cuando fué al puerto a recoger a la niña halló crecidas la marea y la
luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cóleras y
un inmenso quejido recorría el Cantábrico. Anduvo la joven por la playa
recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento
amenazador que retoza en las arenas.
Ya se decía en el valle que estaba Manuel Jesús a punto de regresar, y
Dulce Nombre se volvió a su casa bajo la excitación de un nuevo
suplicio, desconfiando también de los temporales. Muchos días se agitó
alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteció el arribo
que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realizó sus anuncios.
Y apenas la moza conseguía un respiro en tales ansias, la iba a
sorprender Encarnación con la noticia indudable, comunicada a veces
entre el ruido encubridor de la aceña, con un secreto lleno de mímica y
de claridad: la carta en la mano, la alegría y el orgullo en el
semblante; la mirada y la sonrisa escapándose por el salón, reveladoras
y enigmáticas a la vez.
Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre
la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle
amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una
marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el
sable rubio en un tapiz de honor.
Se amortiguan como en un ensueño las tribulaciones de la moza: ya no
desconfía del mar, aquel vecino indómito y gigante a quien oye a menudo
rugir; todo es bonanza bajo la fantasía que en el viajero aguarda al
novio, y en la luna recibe una joya de esponsales.
Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo
maligna y alterada, quiebra el silencio:
_Es amor en la ausencia
como la sombra,
que cuanto más se aleja
más cuerpo toma;
amor es aire
que apaga el fuego chico
y aviva el grande._
El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta.
Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueño esplendoroso, y
ve a su marido acechándola, lívido y callado.
Ella adivina en el cantor al antiguo rabadán, el habitante de la sierra
vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco
enamorado de la niña de Rostrío.
La constancia de aquella adhesión, que aun vive y se duele de las coplas
nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que
por la tarde tuvo, sugerente y extraño, indeciso igual que un fantasma.
¿Nicolás Hornedo la había querido siempre como un padre o como un
hermano?
Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca
sospechó de aquel hondo cariño. No obstante, hoy se le ofrece la duda
con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones.