Le obligó ella a sentarse y se acomodó en un escabel al lado suyo, como
en días más felices.
El padrino la miraba con avidez oyéndola hablar, esquivando encontrarse
con toda la luz cándida y fuerte de los ojos dorados.
Y entregada al irresistible anhelo confidencial, contó Dulce Nombre sus
cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le pedía cuenta de sus pasos,
de sus acciones... ¡hasta de la íntima esperanza...!
--¡Con tal que algún día la realices...! Pero... ¡Dios sabe!--pronunció
Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascendía desde los abismos de
su pasión--. ¡Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir más que tú,
más que yo..., acaso más que el _otro_!
Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolación.
--Sí--añadió el padrino con una sonrisa de hiel--. Apurará todos los
plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y
saludables se han muerto desde que él «se tenía» que morir...
--¡Es cierto!--murmuró la joven, sin poder reprimir las palabras.
--Y tú lo sientes, ¿verdad?--preguntó el hidalgo con sutileza tenebrosa,
dolido del afán que Dulce Nombre descubría por hallarse libre--. ¿Tú lo
deseas?
--¿Desearlo?--musitó indecisa, en lucha su rebelde candor con la
brutalidad de la única respuesta.
--Sí; le deseas a tu marido la muerte.
--¡No...! ¡ni a él ni a nadie...! Quiero ser feliz: ¡ya es hora...!
Porque está enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo,
aunque vivo sana, me consumo... ¡y no tengo la culpa de querer a otro!
Hornedo se consumía también, embriagado por la gracia madura y esencial
de la moza, admirándose de la ingenua lealtad con que defendía su
derecho a un solo amor. En los años acerbos de su matrimonio, ningún
hombre se atrevió a poner en ella con osadía la mirada: ni la dolencia
del marido, ni la desproporción de las edades, ni aun el silvestre genio
de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la dañase un
antojo malsano.
No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba
comprometida: tenía novio. Si acaso la envolvió Gil, enamoradamente, en
una copla o en un suspiro, fué aquello un homenaje rústico del pastor,
consentido como de limosna al buen camarada que vivía en el monte, solo
con el cielo y la nieve, comiendo pan de maíz y durmiendo en yacijas de
piel.
Sentíase Nicolás atormentado y orgulloso de que hubiera algo suyo en el
carácter firme y transparente de la ahijada; se altivecía pensando que
la víctima de los terrores más absurdos había contribuído a formar un
alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella
reciedumbre que siempre se levantaría inmutable contra él.
Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesándose que en
realidad merecía algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y
humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni sabía corregir tales
flaquezas. El hogar del marido le seguía pareciendo extraño; la niña,
después que la cantó el sueño y la echó a andar con deleite maravilloso,
se le volvió también esquiva, hasta que perdió su influjo sobre ella:
entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinándola a
otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento
horrible de soledad tornó a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a
la quimera de su juventud.
Allí, en el gabinete del padrino, olvidándose de todo para sosegar sus
emociones, se reconocía culpable cerca de Malgor.
--Sí, me estorba; es la verdad... ¡me estorba!--susurraba con áspero
sufrimiento--. ¿Qué le voy a hacer si es así? Ya aguardé años y años...
¡no puedo más!
Se le derramaba la pasión en el oro líquido de las pupilas, y una honda
blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslúcida su
carne: tenía en los labios sedientos el nombre de Manuel Jesús.
--¿Tanto le quieres?--aludió Nicolás, celoso y adivinador.
--¡Mucho!
--¿Siempre lo mismo?
--¡Siempre...! Más no es posible.
--Pues el plazo cada día es más corto... ¡Si él no se cansa de
esperar...! Pero no. ¿Cansarse...? ¡Por una mujer como tú!
Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvió
extrañadamente hacia él.
--¿Qué decías?
--Que tú--disimuló apenas, tembloroso, apagando el acento--eres digna
de que te esperen... no ya muchos años... ¡aunque fueran siglos!
Y alejó la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcón, sobre la
pompa inaugural de la selva.
Se quedó observándole Dulce Nombre con un asombro repentino: ¡Qué triste
estaba y qué solo en el mundo! ¿Nunca se habría inclinado un gran amor
sobre aquella vida callada y enferma...? ¡Nunca!--se respondió con
lástima, recordando las veces que le vió macilento y azaroso, errante
por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fué, acaso,
la única amiga del pobre solariego: evocaba su niñez en la torre, sus
escondites y travesuras aventando las melancolías de Nicolás, el celo
con que él le daba los regalos y las lecciones... No comprendía por qué
se había ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel
tiempo.--Debe ser--pensaba--que nuestro destino se cumple, que estamos
sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Sentía un ímpetu
vehemente de salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir
hacia él con el alma abierta y asequible. Y le seguía el vuelo de los
ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo
de los cielos.
Allí las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol,
desesperándose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia
que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dejó que a la niña de su
corazón la enamorase un hombre decidido; consintió, después, que se la
llevara otro más audaz: la abandonó a una suerte adusta y peligrosa, sin
ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejercía con los más puros
derechos sentimentales.
Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dejó huir...--¡Me
hubiera querido antes de volar!--se decía mil veces en la amargura de
sus exaltaciones. Y le parecía una infamia que la mujer de Malgor no
pudiera vivir en la torre de Luzmela como señora del valle...
Un atractivo doloroso de pensamientos llevó a la muchacha de repente
junto a las ideas tormentosas de Nicolás, rozándolas en una insinuante
aproximación.--Esta casa--se dijo suspirando--sí que parece mía: aquí no
me encuentro forastera como en «la otra»... Las imágenes de su infancia
se levantaron entre los muebles conocidos, se extendían gozosas por los
corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardín.
Dulce Nombre sacudió la cabeza hurtándose a la fascinación de sus
memorias.--Sí; este «era» mi único hogar--se repetía sordamente.
Reconcentró al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmóvil,
muy pálido, sin atreverse a hablar.
--¡Ya no puedo consolarle!--pensó llena de solicitud--. ¡Está solo como
yo... ¡pobre padrino...! ¡Y qué guapo es!--añadió con orgullo,
sorprendiéndole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las
pupilas, la mano aristocrática, el porte señoril.
La conmovía un profundo enternecimiento. Se levantó para despedirse;
doblóse impulsiva y rozó con los labios cariñosos la frente de Nicolás.
--¡Adiós, padrino!
Él la tuvo así tan confiada y devota que tembló intensamente. Había
recibido todo el baño de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca
purpurina...
--¡Adiós!--logró decir con desvaído gesto, a punto de desmayarse.
Y Dulce Nombre, por darle ánimos, ofreció desde la puerta, con la voz
clara y benigna:
--¡Volveré pronto!
Minutos después la vió Nicolás perderse en el esplendor oscuro del
bosque; bajó los párpados, que le estampaban una sombra lívida en el
rostro, y murmuró con infinito desconsuelo:
--Antes que vuelva tengo que huir...
[Ilustración]
V
LOS SENDEROS DE LA MUERTE
Fué cierto que al día siguiente se marchó Nicolás para no volver a
Luzmela en mucho tiempo.
Lo supo Dulce Nombre con un dolor parecido al desengaño; sentíase
desairada en su intento de reconstruir un albergue a la más noble
amistad de su vida. No era posible: alguna razón inquebrantable se
oponía a este propósito. Y la muchacha, quejosa de su padrino, aun se
dolía de la grave tristeza que arrastraba él por el mundo, como una
maldición.
Decíase en el valle que el señor de la torre pensaba ir al extranjero y
vivir muchos años lejos del solar. Hubo desilusiones entre las señoritas
que no perdían la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel
y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor
de una romántica viudez.
Pocos meses más tarde se despedía Dulce Nombre de su hija sin protesta,
con un sentimiento callado y acerbísimo. Decidió Malgor internarla en un
colegio ciudadano, y la misma esposa la fué a llevar en un día de otoño
húmedo y triste.
La niña era ya una mujer de trece años, arrogante y hermosa. Tenía, como
su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa
trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la
expresión, más imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de
caprichos y satisfacciones. María ostentaba en las pupilas mayor
oscuridad, más sombras en el pelo, y carecía de aquel nimbo rubio de la
madre, caído en las sienes como finísima corona.
Estuvo conforme en el colegio porque llegaba allí el oro de su padre
concediéndole preferencia y garantías, y en tres años, sólo durante unas
cortas vacaciones llevó a su casa un poco de bullicio.
Había muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padecía una
repetición frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las
cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitándose en la
virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna.
El quería decirse:--_No tengo sed porque puse mi boca en el cielo_.
Trataba de consolarse a sí mismo, pensando, cómo la existencia del
hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran
en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada
una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traía a
morder la carne de la vida, a prevenirse, como último recurso mundano,
ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en
las orillas de la fosa.
Hizo su testamento mostrándose generoso hacia Dulce Nombre, con el
extremado afán de sobrevivir en el ánimo de ella por medio de la
gratitud: como en vida procuró dejarle independencia y expansión, para
merecer sus favores, pretendía desde la sepultura solicitarlos aún,
seguir viviendo de una manera digna en la amada que jamás logró
enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo más codiciado y adorable en
el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderezó
con frases muy laudatorias a la paciente compañera, y aun llevó su
magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jesús en
los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo
le había prestado en la joyería habanera servicios importantes, y que,
por su honradez y provechosas gestiones, merecía del testador un trato
cariñoso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras
para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despedía con
horrenda incertidumbre.
Porque el hombre mortal no conseguía desinteresarse de los bienes
humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su
transitoria ambición por los dulcísimos goces imposibles.
En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de
moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los días
en espera del «otro», entregada a un acecho irresistible. Un frío
interior le hacía temblar, su palidez se revestía de un tono gris que
daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle,
sin ninguna mala tentación, percibía sobre el enfermo el hálito de la
«gran ciega» como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto
que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visión luminosa de la
dicha.
Así, frente a frente marido y mujer, solos con su irreparable inquietud,
escucharon la transcendencia de cada rumor en las albas tardías del
invierno, en el espacio tenebroso de las noches, y todavía con mayor
ansiedad cuando los hervores de la primavera estallaban silenciosos bajo
el perfume del heno y de los lirios, cuando el verano henchía las venas
del sol y echaba las mariposas a volar como flores enloquecidas.
Y aquellas dos almas en tortura se temían sin odiarse, alejadas por el
corte helado de un pensamiento, juntas en la trágica perturbación de
otear un año y otro los senderos de la muerte...
[Ilustración]
TERCERA PARTE
I
LA HIJA
Ha vuelto a su casa la niña de Malgor. El padre la considera instruída
tal como a una señora corresponde, y se enorgullece mirándola en plena
posesión de un destino feliz. Es hermosa, rica, saludable, inteligente:
sus alegrías pasan floreciendo sobre el hogar oscurecido por un drama
recóndito que ella está muy lejos de comprender.
Algunas veces, cuando era chiquitina, se quedaba suspensa entre sus
padres, tan distanciados por la edad, y les hacía esas cándidas
preguntas de los niños que a menudo provocan un desolado rubor.
Hoy les ve juntos con más extrañeza que antes, porque razona y entiende
como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada
brillante y risueña que no quiere temblar.
Tiene la muchacha un carácter enérgico, algo indómito; no ha sufrido
nunca la disciplina de una severa educación ni el peso de la
contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las
dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y
de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto
duro y la brusca determinación.
Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de
una herencia impetuosa y ardiente, los atenúa la niña a cada paso con su
expresión de inocencia y juventud, con la gracia de su melancolía y el
hechizo de su hermosura. Así el egoísta endiosamiento con que vive para
sí propia, con frecuente exclusión de los demás, se le ablanda en las
pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto
imperioso de las sonrisas y las palabras.
Y aunque es meditativa y soñadora al influjo de la raza y del país, huye
de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el
sereno regocijo de su corazón.
No han faltado lenguas torpes que le cuenten a María el noviazgo de la
antigua molinera y hasta la razón de que el molino pertenezca al abuelo
Martín. La añeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a
la muchacha que su madre ha sido una víctima de la suerte, víctima
voluntaria, puesto que se humilló al sacrificio cuando pudo resistirse a
él con todos los fueros humanos.
Para la niña de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella
juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos
clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se
aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los
beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de
antaño, necesitada de escoger entre el dinero y el amor, se quedó
reflexivamente con el dinero; cambió el hábito miserable por la
categoría señoril y puso el más firme cimiento a una existencia nueva,
encaminada a las materiales ambiciones.
Siéntese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como
resultado de aquella lejana lucha sentimental, y sólo reconoce en su
madre una causa providente de que la hija esté en el mundo, regalada y
dichosa, arrostrando un envidiable porvenir.
Pero las definiciones de María sobre este particular no son demasiado
crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa
en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilación. Los quince años
altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engañoso; todo lo
percibe al través de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos
de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devoción,
vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera:
--Vaya, os haré el favor de consentir que me admiréis un poco más...
Para mayor adorno suyo tiene la niña una madre bella y moza que parece
una hermana, y a la que es fácil suplantar en cuanto significa dar
órdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es María la que
decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplácito
del padre, muy orgulloso de tan buena disposición.
Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejándose
cada vez más de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca
adoración. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se
desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva
opresión, y se encuentra más sola que nunca, perdida en desconsoladas
confusiones ante el cariño sagrado, que también se le resiste, con
enemiga terquedad.
Nada más semejante en apariencia que estas dos mujeres. Viéndolas juntas
se distingue a la madre porque tiene la estatura más elevada, el color
más pálido y moreno, más honda la brasa de las pupilas y los labios más
curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con la fragilidad de
María; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una
en la otra el rechazo de su propia voz.
Están unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstáculo
sombrío; se miran a la entraña de los ojos sin estremecerse bajo la raíz
cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo
de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido
también el corazón...
[Ilustración]
II
EL RETRATO
Desde que la niña ha salido del colegio manifiesta el padre más depurada
y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con más pesadumbre
todas las amarguras del remordimiento.
Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra
niña que él arrastró al matrimonio con inquebrantable resolución llena
de egoísmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que
esta colegiala moderna. ¡Así tuvo de límpidos los ojos, que no saben
olvidar el llanto de aquellos días! Nunca rió con toda la boca, no puso
toda el alma feliz en un cantar, ni el interés en un capricho, ni la
satisfacción en un goce. Habitó silenciosa y triste en la casa opulenta
como si no fuera suya, prestando el oído a los rumores distintos,
clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas,
estimulada por la caridad, y dió al marido el calor de su pecho juvenil
que ardía con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado
turbias, sufrió con el espíritu martirizado y negro: era inocente y
sentía la conciencia nublada por el dolor y el pecado.
Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con
idéntica hermosura, con los mismos años, pero en la plenitud de la
ilusión, entre risas y promesas; domina y triunfa, es dueña de su casa y
de su libertad: pone los ojos sin lágrimas en todos los anhelos.
Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la niña
nueva el tormento de la niña desgraciada, volviéndose hacia su mujer con
el ánimo penitente y el labio trémulo, ansioso de premiarla en
desagravios y recompensas interminables.
Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soñado, que se
retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo
un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoñan en él
con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre
disimuladamente, buscando a la niña como un lenitivo y un refugio que no
siempre consigue.
Porque María se aburre en su casa, y después que dispone en ella alguna
innovación o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de
visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los
mozos de fuste la rondan con admiración.
Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasía el hombre
presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a
otro... y siempre tarda.
Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a María
detenerse en la torre de Luzmela, escudriñar la casa del padrino en los
escondites más curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversación.
La seduce aquel hombre retraído y zahareño que vaga por sus jardines lo
mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta.
Hace un mes que regresó de Madrid, donde estuvo dos años sin decidirse a
ir más lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropía
interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con
alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicolás,
a quien su amor frenético y silencioso empuja a la Montaña. No olvida
que los médicos señalaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude,
a pesar suyo, como las _nétiguas_, oteando la muerte.
Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra,
algo más viejo y cobarde, más desguarnecidas las sienes, más apagado el
acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazón en la hermosura; ha
escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le
recrimina:
--Te marchaste sin decirme adiós y no me has escrito en dos años: ¡ya no
me quieres!
Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo
se ha escondido en su rincón, desesperado y adusto.
Allí le suele buscar María, golosa de la rareza del solitario, atraída a
la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de
los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un
remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando
llega hasta el padrino al través de corredores y gabinetes. Porque no ha
tomado el gusto a la casa desde pequeña, ni la ha descubierto y sentido
con las primitivas imágenes de la niñez como Dulce Nombre, sino que,
extraña a este cariño del solar viejo, irrumpe entre las cosas del
pasado con una sorpresa fascinante, más bien antojo, no exento de cierta
impresión temerosa.
Hay en el palacio de Nicolás una mescolanza de lujo antiguo y de trastos
inútiles, conservados por desidia; aposentos vacíos, con el solado
crujiente, que no atraviesa la colegiala sin correr; ostugos donde en
ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera
con embutidos de nácar y marfil; un herraje valioso; una estofa
deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son
áridos, hostiles, fríos aunque los bañe el sol; algunos constituyen la
torre, y en aquella parte de la casa habita Nicolás, que ahora mismo
recibe a María y la escucha cerrando los ojos.
--¿No quieres mirarme?
--Sí, mujer; es que has abierto el balcón y me estorba la luz.
--Pues le vuelvo a cerrar.
Dirigióse hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibiéndole con
intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo
continuaba adormeciendo las suyas. Entornó las puertas, y por la única
rendija libre al soplo cálido y ligero de la tarde, entró un haz de
chispas animadas.
La niña de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escañil;
refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias
aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una
suave presunción en cuanto dice y en la manera de expresarlo.
Pero Nicolás no atiende a las palabras sino al acento; le percibe
absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con
iguales insinuaciones tónicas, un método inconsciente que abre y cierra
las cláusulas en íntima sonoridad. Y, hambriento de engañarse, el
enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana;
procura hallar en la niña de hoy a la de ayer, compañera inocente
convertida en amor irremediable.
Entretanto María se cansa de hablar sola:
--Qué, ¿no me contestas?--dice.
Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoñación.
--¡Ah, sí...! Te contesto lo que tú quieras.
--¡Vaya! No me haces caso: me voy.
Él la detiene, extremoso, rendido:
--¡Si te escucho con embeleso!
Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta,
nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo:
--Pues cuéntame lo que has hecho en Madrid.