azul; se percibía en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los
pájaros en su última ronda, el zumbido inescrutable de élitros y
murmullos recónditos.
Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozándose en verla
sufrir de celos y de amor lo mismo que él, y seguro de que su único
rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Había temido que el
esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazón;
por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le
convenía fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jesús; que el
riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto más remoto.
Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una
conspiración contra el amigo. La moza le parecía sagrada; un miedo
supersticioso le hubiese impedido extender la mano hacia ella; pero el
instinto y la pasión le inducían a guardarla de otros amores, con un
indefinible anhelo de ventura.
Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar
penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado
por la ancha orilla del río.
--Adiós--dijo Dulce Nombre únicamente; volvió apenas la cara y entró en
su parque, ya cubierto de sombra.
--Adiós--repuso Nicolás, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a
la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante...
Después la vió muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones,
amigos en apariencia, escondiendo de un modo tácito su inexplicable
disgusto.
Hasta que la hora del bautizo les obligó a mayor intimidad y ablandó un
poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven.
Mostrábase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando
con extrañeza y unción a su criatura, la carne inocente, el alma
dormida, la iniciación de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le
parecía inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo
con una gracia pura y reverencial.
Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cándidos y humildes
también para el padrino, que se empeñó en llamar a esta ahijada Dulce
Nombre de María, lo mismo que a la otra.
--Le diremos sólo María para no equivocarnos--propuso Martín.
--O le diremos Dulce--opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su
mujer, radiante de optimismo y de ilusión en aquellos días.
En tanto Nicolás contempló a la amada con embriaguez, encontrándola más
hermosa con su cálida blancura de convaleciente, y su adorable expresión
de sorpresa y beatitud.
[Ilustración]
II
SURCOS Y TREGUAS
Cundía la existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo
cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazón...
Así un año y otro al atisbo del único horizonte, emplazada la ventura,
aguardando los soplos de la muerte como señuelo de la libertad.
Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en
comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor
tenía motivos para ser más feliz que cualquiera otra mujer. Su carácter
reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra
parte, se envidiaban su posición, su belleza, las consideraciones que en
torno suyo ponía la fortuna.
--Siempre ha sido algo orgullosa--solían decir, viéndola esquivar las
amistades del señorío.
--Y algo rebelde, muy amiga de hacer su gusto--añadían, con más
inclinación a la censura que a las alabanzas.
Pero la historia de aquel amor que tanto dió que hablar, había pasado a
la categoría del susurro. De vez en cuando, se insinuaba que Manuel
Jesús podía volver y encontrar viuda a la que fué su novia. Él, por de
pronto, no se casaba, vivía en constante comunicación con el país, y
Malgor estaba desahuciado.
Aquella posibilidad quedábase en el olvido meses enteros, y sólo unas
cuantas personas en la comarca la perseguían con interés.
La madre del viajero una de ellas. Desde la tarde lejana en que anunció
cruelmente a Dulce Nombre la partida del mozo, no olvida el pesar y el
amor sorprendidos en el semblante de la molinera, y sufre agobiada por
un remordimiento y una gratitud que no sabe cómo probar. Colmada por el
hijo de regalos y de favores, cuanto disfruta piensa que es a costa de
la niña engañada, de la pobre niña sin madre, a quien vió padecer un
horrible trastorno, desolada y silenciosa como un ángel mudo.
Después de las revelaciones de Clotilde a la enamorada, procuró
Encarnación acercarse a ella para hacerse perdonar sus antiguas
hostilidades, y al descubrir en los ojos de la moza la pasión latente y
oculta, acabó por fomentársela con promesas y augurios.
--El que te compró no ha de anietar; está comalido... Tú eres una
criatura que empiezas a vivir... Volverá Manuel, rico, poderoso, y os
casaréis... él escribe a su hermana sólo para nombrarte... ¡cuánto te
quería...! Te sigue queriendo, ¡no te puede olvidar!
La muchacha la oyó una vez con silencioso resentimiento, como a una
cómplice de su rebelde esclavitud, halagada, no obstante, con el reclamo
embaucador. Otro día, muy en contra de su altiva reserva, se dejó
atraer por la palabra ruin y maliciosa que le decía:
--No habrás de aguardar mucho...
Y sin saber cómo, nublada la razón por el empuje del instinto, se le
escapó a Dulce Nombre su más hondo y callado pensamiento:
--¡Quince años!--respondió como si hablase a solas en lo interior de su
conciencia turbada.
Encarnación se echó a reír con la ingenua crueldad de los rústicos y de
los niños:
--¡Quince años...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido
fuera pobre no le recetarían ni para quince meses... Pero es viejo y
está picado del arca: no puede tirar mucho.
--Yo no he de procurar que se muera.
--Ni yo tampoco, ¡válgame Dios!
--Le cuido y le preservo del mal.
--Como buena cristiana... pero, ¿le quieres?
--¡Eso, no!--repuso Dulce Nombre con bárbara sinceridad.
Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila,
hizo un arma de aquella ruda confesión, la puso a prueba, y en
premeditados encuentros logró que la muchacha se acostumbrase a sus
expansiones y las tuviese por lícitas y agradables. Varias veces le
enseñó cartas de Manuel Jesús dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo
de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas,
inquietudes y propósitos; las misivas delataban una previa información
de cuanto ocurría en el valle.
También sostenía el viajero correspondencia con Malgor, como alto
empleado de la joyería cubana, relaciones comerciales y ceremonias que
le proporcionaron una nueva comunicación con Dulce Nombre, aunque ella
jamás enviaba un recado definido para el ausente.
--¿Quieres que te escriba, en el mayor secreto?--le llegó a decir
Clotilde.
--No; estoy casada con otro--protestó, adusta, revestida de una
inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y sólo a las
acciones imponía su recato.
Después de algún tiempo Clotilde Ayuso fué hastiándose de aquella
tercería; encontró novio, se consagró a los preparativos de la boda, y
únicamente si le venía rodada la ocasión aventaba con mensajes y
encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre.
Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y año tras año le iba
persiguiendo con una constancia que llegó a convertirse en obsesión.
Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloñera un fondo
de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando reñía y a
desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho
sabían que sus arrebatos no persistían jamás en el encono, sino que se
inclinaban a la benevolencia y la ternura.
Esta propensión generosa, y el pesar de haber dañado anteriormente a la
niña de Rostrío, la mantenían en constante solicitud para vigilarla y
embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos.
Y tal perseverancia, llena de desinterés, algo tocada de una enfermiza
sensibilidad, llegó a producir en la misma Encarnación un extraño fruto:
acabó por creerse con derecho a disponer de aquella moza casada, para
realizar las bodas del hijo.
No había otra en la región que le mereciese; bella y educada, elegante
más que la de Barreda, más que la de Esquivel, era muy cierto que había
nacido para esposa de Manuel Jesús, el buen mozo con estudios y talento,
con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonreía en un
acuerdo tácito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no
acababa de morirse; y aunque ella no sabía escribir, aguijaba a Clotilde
para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba
volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en
la agonía...
Así, la exacerbada vehemencia de la madre, uniéndose al amor y a la
soledad al través del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la
esperanza, culpable, caliente y madura en el corazón.
III
CUALQUIERA TIEMPO PASADO FUÉ MEJOR
En la amenazada existencia del indiano crecía el relieve doloroso como
una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le
parecían casi felices los primeros días de su matrimonio, cuando tenía
salud y esperaba un milagro cerca de su mujer.
Fué en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no
sabía Dulce Nombre los detalles del error que la inclinó a la boda, y
mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le
daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que una noche
le preguntó bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la
voz:
--¿Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona?
No supo de pronto qué contestar.
--¿Es cierto que a Manuel Jesús no le dejasteis verme antes de echarle
de aquí?
Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras:
--Verdad es que yo sólo disponía de mi oro para conseguirte... y lo di a
manos llenas.
--¡Me tendiste un lazo!
--¡No!; te ofrecí la vida... ¿Qué haré de ella si no la quieres tú?
Aguardó palidísimo, extrañamente honda la mirada; pero Dulce Nombre
parecía cubierta por una fuerte lápida de silencio.
--¿Qué haré, di?--repitió anhelante el marido. Y añadió en seguida:
--¿Me perdonas?
La muchacha se encogió de hombros con el altivo gesto que le era
familiar.
--Responde algo: ¿me perdonas?
Ella le abrumó entonces con una sorda y tardía contestación, moviendo
la cabeza negativamente.
--¿Qué...?
--¡No!
El hombre rico sintió que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho
y se le extendía por la garganta y el brazo hasta el dedo meñique. De
pie como estaba en el dormitorio, retrocedió un paso y se sostuvo
inmóvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la
muerte en el semblante.
Se le acercaba la mujer en desolada confusión, y él, con la vista
empañada y angustiosa, parecía decirle: ¡no me toques! Estaba seguro de
que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabaría de aplastarle.
De repente, lo mismo que llegó aquel espantoso mal se le fué quitando de
encima: le dejaba libre el movimiento y la respiración y pudo ir hasta
la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensación de
vivir.
Y como Dulce Nombre seguía inclinada hacia el enfermo con muda
solicitud, volvió él a apoderarse de su primera ansiedad, juntando las
palabras insistentes:
--¿Me perdonas?
Renovó la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el
vidrio turbio de los ojos.
Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de
arrepentimiento y caridad, le apoyó los labios en el oído, como si de
otra manera no pudiese responder:
--¡Sí!
Fué la sílaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de
compasión caída silenciosamente en la álgida tristeza de un espíritu.
Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia,
libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero
sentíase desamado; el perdón no era la correspondencia, ni debía
engañarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y
florecientes las raíces del amor rival.
No obstante, vinieron para el indiano días generosos; esperaba un hijo;
Dulce Nombre, en el ensueño de su maternidad, ocultaba mejor la
desventura y tenía muy recientes sus buenos propósitos de enfermera.
Hasta el valle y los montes se extendía la ponderación de los desvelos
que de su esposa merecía el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que
lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Más de una vez la
copla alusiva clamó, vibrante, allí:
_La mujer en amores
es leña verde,
que llora, se resiste
y al fin se enciende;
luego, encendida,
ni resiste ni llora,
pero suspira..._
Decíase que era Gil quien daba al aire su despecho con el cantar; y a
Malgor le consolaban aquellas ingenuas interpretaciones que le suponían
dichoso.
Pero se le escaparon lentamente las últimas esperanzas; iban haciéndose
frágiles: insostenibles, remotas, perdían hasta el contorno vago de la
ensoñación, y se desvanecieron al fin: el pobre iluso quedó frente a la
realidad.
Era un enfermo que sólo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo
donde él quería el amor y la salud.
En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no
empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se exponía en cada
fuerte emoción, y por evitar la violencia de una sola iba amasándolas
juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se
relajó algunas veces su paciencia; sentía aplomado el corazón; una
desesperada rebeldía, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le
llevó en ocasiones a mostrarse receloso: clavó las pupilas inquiridoras
y desconfiadas donde antes las había posado con extrema reverencia, y
Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no servía siempre
de consolación.
Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carácter recio y
claro y se cumplía a sí misma todas las promesas de silencio y de
lealtad. En ocasiones, el amor le dolía sólo como un mal exquisito que
la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazón
juvenil. Hallábase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del
esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su
vigilancia, vivir en un sueño de olvido y de resignación.
Luego, de súbito, se le convertía la espera en un castigo cruel, lloraba
el malogro de su juventud, sentía irrespirable el aire inerte de la
casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le veía su
triste verdad inmóvil en los ojos.
Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde
la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la
tempestad, y se extendía en el valle como un viento de espanto, un mes y
otro, cuajándose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves.
Si por casualidad cesaba de llover se endurecían los caminos bajo los
cristales de la escarcha mientras el sol ardía sin calentar; y en el
tránsito frío de las noches se congelaba la luna recostada en las
cumbres, extraña y despavorida, con una tristeza insufrible.
Y Dulce Nombre volvía a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor
del llanto de otros días. Lanzábase con intrepidez a las derrotas,
duras, que parecían de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del
hielo, errante por el campo marchito, hasta que abrían los astros sus
flores amarillas.
Entonces regresaba al hogar con un anhelo dañoso, inútilmente desechado:
podía encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la pálida
cabeza.
Se estremecía indignada contra el maligno deseo.--¡No, no!--se
decía--tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no
sospeche... Le quedan muchos años... ¡hasta quince!
Los contaba por los de su hija:--Uno, dos, tres...--llegaba a siete y
gemía:--¡Falta el doble!
Unas lágrimas silenciosas, incesantes, seguían aumentando el agua
profunda de su corazón...
Cuando en el solsticio de diciembre había reinado el Sur, podía suceder
que apareciesen unos días templados y ventosos; y los recibía la
muchacha con pánico, como a los más evocadores de sus penas y sus
presentimientos. Sentíase agitadísima, con necesidad imperiosa de bajar
al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcían igual que
serpientes y el río se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve
derretida de los montes.
En aquella abertura estruendosa de la vega no había un movimiento ni una
resonancia que no sirviesen de conmemoración a la hija de Martín, y
revolvía sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera,
hundiéndose en las voces amadas y temidas; el rugido de los árboles, el
clamor de la corriente, la masticación de las piedras moledoras, le
producían crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza.
Recobraba de improviso las energías sólo con sentir el primer soplo
refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban
una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas,
fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado
gabinete del molino, abierto de par en par a la brisa de los montes,
albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer.
--¡Necesitas menos sueño que un pájaro!--le solían decir los que la
encontraban de víspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la
veían madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando
los caminos de la hierba a lo largo del ansar.
--Sí--respondía, agitada con la palpitación del aire, sonriendo sin
saber por qué.
Y, en la aceña, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con
amistad. No le había perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una
sílaba como aquel susurro que una vez depositó en el oído del esposo:
verdad era que a Martín no se lo hubiera ocurrido jamás pedirle a su
hija perdón. La muchacha dejó de estimarle y de quererle, y consumidos
los primeros tragos de su amargura, tornó a recibirle con afable
costumbre y a observarle con cierta curiosidad.
--No le conozco--seguía diciéndose--; ¡es un extraño para mí!
Le veía ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambición
de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volvía la espalda con
un desprecio triste, algo compasivo: quería olvidar que era su padre
aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario.
Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la
habitación blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde
se henchían los botones y afloraban las hojas tiernas. Padecía y gozaba
allí una confusa turbación latiendo con el sordo ritmo de las semillas,
sintiendo en la médula de su carne la escondida fuerza de las plantas.
Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela
celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes
mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de
libación y desposorio que adquiere la campiña primaveral, enardecía de
un modo intenso a la mujer, que volvía a escuchar imperiosamente, en el
misterio de su alma, la voz siempre oída, la promesa que el amor le
debía cumplir.
Pero sentíase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje
oscuro del cementerio, doliéndose de la sentencia que acobardaba a
Malgor, y se iba junto a él, muy solícita, cada tarde, paseando con
lentitud a la orilla de la mies virginal.
[Ilustración]
IV
EL CABALLERO DE LA GLEBA
Estas alternativas de sentimiento y de carácter no correspondían al
cambio de las estaciones de una manera sistemática, ni mucho menos; eran
volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia,
vivía entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol.
La tierra, nuestra primera madre, había criado como suya a la niña de
Rostrío, enseñándola a sentir y a querer, y pocos discípulos aprendieron
mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los
astros y de las aguas, el murmullo de las simientes y las raíces. Hija
del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una
educación cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba
dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tenía de la virtud
un concepto lógico por instinto de honradez, y rendía a la justicia un
tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes
humanas. La imaginación, despierta bajo el cultivo exótico de Nicolás
Hornedo, contribuía a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la
naturaleza, bravía y sentimental, la inducía a preferir, entre todos los
bienes posibles, el bien del amor: privada de él más le quería y menos
estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuyó el trato con los
señores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de
inferioridad, y seguía comunicándose con la gente de la aldea como antes
de la boda, aunque las especiales circunstancias de su ánimo la
obligasen a un aislamiento un poco arisco.
Así estuvo más sola con las tentaciones, cada año más hondo el puñal en
la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural
inclinación a la ternura y la clemencia, sentíase cruel; no bastaban las
brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para
aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la
tierra se le convertían en fuego y en pasión.
De tal modo un día, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la
triste enamorada, sucedió que el marido la recibió quejoso cuando ella
volvía sonriente de un paseo matinal.
--¡Vives fuera de casa!
--Vengo del molino--replicó en tono de disculpa.
--¿Y qué tienes que hacer allí?
--Nada--confesó.
--Yo estoy abandonado y tu hija también.
--¡No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitándome del sueño
las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas tú, vuelvo
a salir.
--Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la niña la tendré que poner
en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!
El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer,
envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.
Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los
pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado
Malgor con tanta dureza.
Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y
creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y
autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de
expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le
haría una visita.
Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una
herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas
fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero
aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al
solar, y cada primavera se le convertía en pretexto de un viaje, motivo
en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.
Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de
la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con
amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza,
y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.
Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo,
empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de
engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas;
allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a
plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir:
Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su
figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que
interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre
hermosa entre las demás, imposible como ninguna.
Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban
poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva
penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.
Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a
recibirla con una agitación indecible.
--¡No te muevas!--le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no
le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua
cordialidad--. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?