El río ponía en el ambiente su acorde incansable bajo un cejo de niebla

azul; se percibía en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los

pájaros en su última ronda, el zumbido inescrutable de élitros y

murmullos recónditos.

Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozándose en verla

sufrir de celos y de amor lo mismo que él, y seguro de que su único

rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Había temido que el

esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazón;

por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le

convenía fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jesús; que el

riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto más remoto.

Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una

conspiración contra el amigo. La moza le parecía sagrada; un miedo

supersticioso le hubiese impedido extender la mano hacia ella; pero el

instinto y la pasión le inducían a guardarla de otros amores, con un

indefinible anhelo de ventura.

Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar

penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado

por la ancha orilla del río.

--Adiós--dijo Dulce Nombre únicamente; volvió apenas la cara y entró en

su parque, ya cubierto de sombra.

--Adiós--repuso Nicolás, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a

la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante...

Después la vió muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones,

amigos en apariencia, escondiendo de un modo tácito su inexplicable

disgusto.

Hasta que la hora del bautizo les obligó a mayor intimidad y ablandó un

poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven.

Mostrábase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando

con extrañeza y unción a su criatura, la carne inocente, el alma

dormida, la iniciación de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le

parecía inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo

con una gracia pura y reverencial.

Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cándidos y humildes

también para el padrino, que se empeñó en llamar a esta ahijada Dulce

Nombre de María, lo mismo que a la otra.

--Le diremos sólo María para no equivocarnos--propuso Martín.

--O le diremos Dulce--opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su

mujer, radiante de optimismo y de ilusión en aquellos días.

En tanto Nicolás contempló a la amada con embriaguez, encontrándola más

hermosa con su cálida blancura de convaleciente, y su adorable expresión

de sorpresa y beatitud.

[Ilustración]

II

SURCOS Y TREGUAS

Cundía la existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo

cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazón...

Así un año y otro al atisbo del único horizonte, emplazada la ventura,

aguardando los soplos de la muerte como señuelo de la libertad.

Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en

comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor

tenía motivos para ser más feliz que cualquiera otra mujer. Su carácter

reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra

parte, se envidiaban su posición, su belleza, las consideraciones que en

torno suyo ponía la fortuna.

--Siempre ha sido algo orgullosa--solían decir, viéndola esquivar las

amistades del señorío.

--Y algo rebelde, muy amiga de hacer su gusto--añadían, con más

inclinación a la censura que a las alabanzas.

Pero la historia de aquel amor que tanto dió que hablar, había pasado a

la categoría del susurro. De vez en cuando, se insinuaba que Manuel

Jesús podía volver y encontrar viuda a la que fué su novia. Él, por de

pronto, no se casaba, vivía en constante comunicación con el país, y

Malgor estaba desahuciado.

Aquella posibilidad quedábase en el olvido meses enteros, y sólo unas

cuantas personas en la comarca la perseguían con interés.

La madre del viajero una de ellas. Desde la tarde lejana en que anunció

cruelmente a Dulce Nombre la partida del mozo, no olvida el pesar y el

amor sorprendidos en el semblante de la molinera, y sufre agobiada por

un remordimiento y una gratitud que no sabe cómo probar. Colmada por el

hijo de regalos y de favores, cuanto disfruta piensa que es a costa de

la niña engañada, de la pobre niña sin madre, a quien vió padecer un

horrible trastorno, desolada y silenciosa como un ángel mudo.

Después de las revelaciones de Clotilde a la enamorada, procuró

Encarnación acercarse a ella para hacerse perdonar sus antiguas

hostilidades, y al descubrir en los ojos de la moza la pasión latente y

oculta, acabó por fomentársela con promesas y augurios.

--El que te compró no ha de anietar; está comalido... Tú eres una

criatura que empiezas a vivir... Volverá Manuel, rico, poderoso, y os

casaréis... él escribe a su hermana sólo para nombrarte... ¡cuánto te

quería...! Te sigue queriendo, ¡no te puede olvidar!

La muchacha la oyó una vez con silencioso resentimiento, como a una

cómplice de su rebelde esclavitud, halagada, no obstante, con el reclamo

embaucador. Otro día, muy en contra de su altiva reserva, se dejó

atraer por la palabra ruin y maliciosa que le decía:

--No habrás de aguardar mucho...

Y sin saber cómo, nublada la razón por el empuje del instinto, se le

escapó a Dulce Nombre su más hondo y callado pensamiento:

--¡Quince años!--respondió como si hablase a solas en lo interior de su

conciencia turbada.

Encarnación se echó a reír con la ingenua crueldad de los rústicos y de

los niños:

--¡Quince años...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido

fuera pobre no le recetarían ni para quince meses... Pero es viejo y

está picado del arca: no puede tirar mucho.

--Yo no he de procurar que se muera.

--Ni yo tampoco, ¡válgame Dios!

--Le cuido y le preservo del mal.

--Como buena cristiana... pero, ¿le quieres?

--¡Eso, no!--repuso Dulce Nombre con bárbara sinceridad.

Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila,

hizo un arma de aquella ruda confesión, la puso a prueba, y en

premeditados encuentros logró que la muchacha se acostumbrase a sus

expansiones y las tuviese por lícitas y agradables. Varias veces le

enseñó cartas de Manuel Jesús dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo

de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas,

inquietudes y propósitos; las misivas delataban una previa información

de cuanto ocurría en el valle.

También sostenía el viajero correspondencia con Malgor, como alto

empleado de la joyería cubana, relaciones comerciales y ceremonias que

le proporcionaron una nueva comunicación con Dulce Nombre, aunque ella

jamás enviaba un recado definido para el ausente.

--¿Quieres que te escriba, en el mayor secreto?--le llegó a decir

Clotilde.

--No; estoy casada con otro--protestó, adusta, revestida de una

inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y sólo a las

acciones imponía su recato.

Después de algún tiempo Clotilde Ayuso fué hastiándose de aquella

tercería; encontró novio, se consagró a los preparativos de la boda, y

únicamente si le venía rodada la ocasión aventaba con mensajes y

encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre.

Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y año tras año le iba

persiguiendo con una constancia que llegó a convertirse en obsesión.

Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloñera un fondo

de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando reñía y a

desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho

sabían que sus arrebatos no persistían jamás en el encono, sino que se

inclinaban a la benevolencia y la ternura.

Esta propensión generosa, y el pesar de haber dañado anteriormente a la

niña de Rostrío, la mantenían en constante solicitud para vigilarla y

embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos.

Y tal perseverancia, llena de desinterés, algo tocada de una enfermiza

sensibilidad, llegó a producir en la misma Encarnación un extraño fruto:

acabó por creerse con derecho a disponer de aquella moza casada, para

realizar las bodas del hijo.

No había otra en la región que le mereciese; bella y educada, elegante

más que la de Barreda, más que la de Esquivel, era muy cierto que había

nacido para esposa de Manuel Jesús, el buen mozo con estudios y talento,

con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonreía en un

acuerdo tácito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no

acababa de morirse; y aunque ella no sabía escribir, aguijaba a Clotilde

para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba

volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en

la agonía...

Así, la exacerbada vehemencia de la madre, uniéndose al amor y a la

soledad al través del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la

esperanza, culpable, caliente y madura en el corazón.

III

CUALQUIERA TIEMPO PASADO FUÉ MEJOR

En la amenazada existencia del indiano crecía el relieve doloroso como

una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le

parecían casi felices los primeros días de su matrimonio, cuando tenía

salud y esperaba un milagro cerca de su mujer.

Fué en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no

sabía Dulce Nombre los detalles del error que la inclinó a la boda, y

mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le

daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que una noche

le preguntó bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la

voz:

--¿Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona?

No supo de pronto qué contestar.

--¿Es cierto que a Manuel Jesús no le dejasteis verme antes de echarle

de aquí?

Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras:

--Verdad es que yo sólo disponía de mi oro para conseguirte... y lo di a

manos llenas.

--¡Me tendiste un lazo!

--¡No!; te ofrecí la vida... ¿Qué haré de ella si no la quieres tú?

Aguardó palidísimo, extrañamente honda la mirada; pero Dulce Nombre

parecía cubierta por una fuerte lápida de silencio.

--¿Qué haré, di?--repitió anhelante el marido. Y añadió en seguida:

--¿Me perdonas?

La muchacha se encogió de hombros con el altivo gesto que le era

familiar.

--Responde algo: ¿me perdonas?

Ella le abrumó entonces con una sorda y tardía contestación, moviendo

la cabeza negativamente.

--¿Qué...?

--¡No!

El hombre rico sintió que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho

y se le extendía por la garganta y el brazo hasta el dedo meñique. De

pie como estaba en el dormitorio, retrocedió un paso y se sostuvo

inmóvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la

muerte en el semblante.

Se le acercaba la mujer en desolada confusión, y él, con la vista

empañada y angustiosa, parecía decirle: ¡no me toques! Estaba seguro de

que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabaría de aplastarle.

De repente, lo mismo que llegó aquel espantoso mal se le fué quitando de

encima: le dejaba libre el movimiento y la respiración y pudo ir hasta

la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensación de

vivir.

Y como Dulce Nombre seguía inclinada hacia el enfermo con muda

solicitud, volvió él a apoderarse de su primera ansiedad, juntando las

palabras insistentes:

--¿Me perdonas?

Renovó la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el

vidrio turbio de los ojos.

Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de

arrepentimiento y caridad, le apoyó los labios en el oído, como si de

otra manera no pudiese responder:

--¡Sí!

Fué la sílaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de

compasión caída silenciosamente en la álgida tristeza de un espíritu.

Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia,

libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero

sentíase desamado; el perdón no era la correspondencia, ni debía

engañarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y

florecientes las raíces del amor rival.

No obstante, vinieron para el indiano días generosos; esperaba un hijo;

Dulce Nombre, en el ensueño de su maternidad, ocultaba mejor la

desventura y tenía muy recientes sus buenos propósitos de enfermera.

Hasta el valle y los montes se extendía la ponderación de los desvelos

que de su esposa merecía el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que

lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Más de una vez la

copla alusiva clamó, vibrante, allí:

_La mujer en amores

es leña verde,

que llora, se resiste

y al fin se enciende;

luego, encendida,

ni resiste ni llora,

pero suspira..._

Decíase que era Gil quien daba al aire su despecho con el cantar; y a

Malgor le consolaban aquellas ingenuas interpretaciones que le suponían

dichoso.

Pero se le escaparon lentamente las últimas esperanzas; iban haciéndose

frágiles: insostenibles, remotas, perdían hasta el contorno vago de la

ensoñación, y se desvanecieron al fin: el pobre iluso quedó frente a la

realidad.

Era un enfermo que sólo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo

donde él quería el amor y la salud.

En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no

empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se exponía en cada

fuerte emoción, y por evitar la violencia de una sola iba amasándolas

juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se

relajó algunas veces su paciencia; sentía aplomado el corazón; una

desesperada rebeldía, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le

llevó en ocasiones a mostrarse receloso: clavó las pupilas inquiridoras

y desconfiadas donde antes las había posado con extrema reverencia, y

Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no servía siempre

de consolación.

Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carácter recio y

claro y se cumplía a sí misma todas las promesas de silencio y de

lealtad. En ocasiones, el amor le dolía sólo como un mal exquisito que

la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazón

juvenil. Hallábase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del

esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su

vigilancia, vivir en un sueño de olvido y de resignación.

Luego, de súbito, se le convertía la espera en un castigo cruel, lloraba

el malogro de su juventud, sentía irrespirable el aire inerte de la

casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le veía su

triste verdad inmóvil en los ojos.

Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde

la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la

tempestad, y se extendía en el valle como un viento de espanto, un mes y

otro, cuajándose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves.

Si por casualidad cesaba de llover se endurecían los caminos bajo los

cristales de la escarcha mientras el sol ardía sin calentar; y en el

tránsito frío de las noches se congelaba la luna recostada en las

cumbres, extraña y despavorida, con una tristeza insufrible.

Y Dulce Nombre volvía a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor

del llanto de otros días. Lanzábase con intrepidez a las derrotas,

duras, que parecían de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del

hielo, errante por el campo marchito, hasta que abrían los astros sus

flores amarillas.

Entonces regresaba al hogar con un anhelo dañoso, inútilmente desechado:

podía encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la pálida

cabeza.

Se estremecía indignada contra el maligno deseo.--¡No, no!--se

decía--tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no

sospeche... Le quedan muchos años... ¡hasta quince!

Los contaba por los de su hija:--Uno, dos, tres...--llegaba a siete y

gemía:--¡Falta el doble!

Unas lágrimas silenciosas, incesantes, seguían aumentando el agua

profunda de su corazón...

Cuando en el solsticio de diciembre había reinado el Sur, podía suceder

que apareciesen unos días templados y ventosos; y los recibía la

muchacha con pánico, como a los más evocadores de sus penas y sus

presentimientos. Sentíase agitadísima, con necesidad imperiosa de bajar

al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcían igual que

serpientes y el río se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve

derretida de los montes.

En aquella abertura estruendosa de la vega no había un movimiento ni una

resonancia que no sirviesen de conmemoración a la hija de Martín, y

revolvía sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera,

hundiéndose en las voces amadas y temidas; el rugido de los árboles, el

clamor de la corriente, la masticación de las piedras moledoras, le

producían crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza.

Recobraba de improviso las energías sólo con sentir el primer soplo

refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban

una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas,

fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado

gabinete del molino, abierto de par en par a la brisa de los montes,

albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer.

--¡Necesitas menos sueño que un pájaro!--le solían decir los que la

encontraban de víspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la

veían madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando

los caminos de la hierba a lo largo del ansar.

--Sí--respondía, agitada con la palpitación del aire, sonriendo sin

saber por qué.

Y, en la aceña, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con

amistad. No le había perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una

sílaba como aquel susurro que una vez depositó en el oído del esposo:

verdad era que a Martín no se lo hubiera ocurrido jamás pedirle a su

hija perdón. La muchacha dejó de estimarle y de quererle, y consumidos

los primeros tragos de su amargura, tornó a recibirle con afable

costumbre y a observarle con cierta curiosidad.

--No le conozco--seguía diciéndose--; ¡es un extraño para mí!

Le veía ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambición

de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volvía la espalda con

un desprecio triste, algo compasivo: quería olvidar que era su padre

aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario.

Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la

habitación blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde

se henchían los botones y afloraban las hojas tiernas. Padecía y gozaba

allí una confusa turbación latiendo con el sordo ritmo de las semillas,

sintiendo en la médula de su carne la escondida fuerza de las plantas.

Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela

celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes

mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de

libación y desposorio que adquiere la campiña primaveral, enardecía de

un modo intenso a la mujer, que volvía a escuchar imperiosamente, en el

misterio de su alma, la voz siempre oída, la promesa que el amor le

debía cumplir.

Pero sentíase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje

oscuro del cementerio, doliéndose de la sentencia que acobardaba a

Malgor, y se iba junto a él, muy solícita, cada tarde, paseando con

lentitud a la orilla de la mies virginal.

[Ilustración]

IV

EL CABALLERO DE LA GLEBA

Estas alternativas de sentimiento y de carácter no correspondían al

cambio de las estaciones de una manera sistemática, ni mucho menos; eran

volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia,

vivía entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol.

La tierra, nuestra primera madre, había criado como suya a la niña de

Rostrío, enseñándola a sentir y a querer, y pocos discípulos aprendieron

mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los

astros y de las aguas, el murmullo de las simientes y las raíces. Hija

del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una

educación cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba

dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tenía de la virtud

un concepto lógico por instinto de honradez, y rendía a la justicia un

tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes

humanas. La imaginación, despierta bajo el cultivo exótico de Nicolás

Hornedo, contribuía a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la

naturaleza, bravía y sentimental, la inducía a preferir, entre todos los

bienes posibles, el bien del amor: privada de él más le quería y menos

estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuyó el trato con los

señores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de

inferioridad, y seguía comunicándose con la gente de la aldea como antes

de la boda, aunque las especiales circunstancias de su ánimo la

obligasen a un aislamiento un poco arisco.

Así estuvo más sola con las tentaciones, cada año más hondo el puñal en

la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural

inclinación a la ternura y la clemencia, sentíase cruel; no bastaban las

brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para

aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la

tierra se le convertían en fuego y en pasión.

De tal modo un día, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la

triste enamorada, sucedió que el marido la recibió quejoso cuando ella

volvía sonriente de un paseo matinal.

--¡Vives fuera de casa!

--Vengo del molino--replicó en tono de disculpa.

--¿Y qué tienes que hacer allí?

--Nada--confesó.

--Yo estoy abandonado y tu hija también.

--¡No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitándome del sueño

las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas tú, vuelvo

a salir.

--Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la niña la tendré que poner

en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!

El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer,

envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.

Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los

pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado

Malgor con tanta dureza.

Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y

creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y

autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de

expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le

haría una visita.

Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una

herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas

fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero

aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al

solar, y cada primavera se le convertía en pretexto de un viaje, motivo

en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.

Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de

la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con

amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza,

y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.

Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo,

empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de

engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas;

allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a

plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir:

Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su

figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que

interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre

hermosa entre las demás, imposible como ninguna.

Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban

poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva

penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.

Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a

recibirla con una agitación indecible.

--¡No te muevas!--le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no

le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua

cordialidad--. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?

Dulce Nombre (Novela) · 第 4 / 9 段