Para absolverse pensaba que había contribuído a darle un buen esposo,

honrado, opulento y cabal, y se quería esconder a sí mismo la intención

de su influencia triste y oscura, hirviente de codicias y tentaciones,

nebulosa como un sueño heredado. Un fatalismo imperioso le inducía a

proteger la solicitud del rechazado pretendiente contra el mozo

preferido, el temible rival. No premedita emboscada ninguna para dañar

al matrimonio que favorece; se contenta con impedir que la mujer deseada

realice la plena dicha de otro hombre. Al quererla Malgor enceló con su

reclamo a un cariño que dormía engañoso, disfrazado de paternidad, y que

despertaba asustadizo y clarividente a la vez. La sorpresa del

descubrimiento y la cobardía innata de Nicolás ahogaron las voces de

aquella revelación: no tuvo el solariego ánimos ni arrogancia más que

para huir de su propia conciencia y un ciego instinto para negar a Dulce

Nombre los brazos de Manuel Jesús. Procuró ardorosamente el viaje del

mozo; él mismo le condujo a Torremar y le dejó en el buque, valido de su

ascendiente con la pobre familia de Cintul, embriagando al viajero con

razones de altruísmo y sensatez, gastando a manos llenas el dinero de

Malgor.

Después de aquella pugna febril cayó en una silenciosa pasividad y

estuvo muchos días sin salir de su aposento, con el rostro huraño y la

mirada calenturienta, hasta que hoy la boda le pone frente a la

desposada.

Y se le parte el corazón bajo el aura de inquietud que los envuelve a

todos en la sombra de una mañana decembrina, empeñada en no amanecer.

Se celebra el casamiento muy temprano y sin ninguna ostentación; asisten

Camila y Martín; la madre del novio, anciana y desapacible, mal conforme

con la alianza de su hijo; Hornedo y el delegado del juez; Antón, que

sirve de sacristán.

Aunque se ha ocultado con sigilo la fecha del acontecimiento, por

reiterada voluntad de la novia, algunos curiosos bullen alrededor del

grupo, avisados por esas oficiosidades aldeanas que ningún secreto las

evita.

Da principio la ceremonia en el atrio de la Iglesia, abierto a las

ráfagas del aire, y culmina en el presbiterio, opacamente; las luces no

logran romper toda la penumbra del altar; un soplo frío y lúgubre corre

por las naves anchas y vacías; los rezos del cura suenan como un zumbido

arrinconado en la noche; callan a veces los latines y queda el silencio

erguido igual que un ser inevitable.

Nicolás está dando diente con diente; los dolores de su vida, solitaria

y medrosa, le penetran de pronto con angustia indecible; un profundo

anonadamiento le invade. Y cuando el acto concluye, sigue la comitiva

con el paso torpe, llega al molino con un esfuerzo maquinal.

Todavía está la mañana oscura lo mismo que una cueva; plañe el viento;

la masa del paisaje se esfuma sin contornos en las derrotas.

Malgor quiere llevarse a su mujer en cuanto cambie de vestido; pero

ella permanece inmóvil con su traje negro, envuelta en una mantilla que

a Nicolás le parece de luto.

Una gran indecisión reina en cuanto sucede; ni el padre ni el marido

saben ejercer su autoridad. Tratan a la muchacha compasivamente, igual

que a una víctima a quien nada se niega en el momento aciago del

sacrificio; y Dulce Nombre, aquí lo mismo que en la parroquia, habla

como en tinieblas; diríase que no entiende las preguntas que le hacen ni

las contestaciones que da; tiene el aire de olvidar en un segundo las

palabras que oye y las que pronuncia.

Al fin se abre el día, tardío y helado, perezoso.

Con la luz desciende sobre la fábrica un poco de actividad. La joven se

ha cambiado el vestido: luce uno elegante y señoril que pertenece a su

nuevo estado de novia rica, y está dispuesta a seguir al esposo, desde

cuya casa, después de una comida familiar, saldrá el matrimonio de

viaje.

En vano intenta Hornedo sustraerse al suplicio de la invitación: el

indiano recobra su energía y decide que el padrino les acompañe. Se deja

llevar, inseguro y macilento, siempre a remolque de la voluntad ajena,

atado con mordiente hechizo a la ventura de su camarada.

Ya cunden por el lugar noticias indudables del suceso, y los alrededores

de la aceña se van llenando de vecinos; algunos disimulan su curiosidad

con el pretexto de moler; otros se detienen en las veredas, con un rumbo

imaginario; los mozalbetes y la chiquillería se asoman sin rodeos a las

ventanas del salón.

Pero las ruedas están dormidas; Martín, muy solemne, con un semblante de

tristeza orgullosa, despide a los importunos, mientras el novio, ya

dueño de sí, procura dominar la incómoda situación hablando a la gente

con mucho agrado, dentro y fuera del molino, y Dulce Nombre lo mira todo

con los ojos atentos, curiosa, al parecer, como los demás, en una

actitud repentina de observación.

No puede esperarse que arribe un coche a los dominios de Martín, y la

boda se resigna a llevar su cortejo creciente hasta Luzmela.

Va por una ruta corva y delgada sobre la humedad del mantillo: el ramaje

seco levanta sus brazos a la altura como si pidiera misericordia; cubre

el Salia todos los rumores con su voz torrencial...

La casa del indiano, restaurada y lujosa, con más esplendidez que buen

gusto, linda también con el bosque, señor de medio valle, y tiene una

entrada por él; más arriba, sin sustraerse al acoso del arbolado, se

yergue solitaria la torre de Nicolás...

Esta es la primera vez que Dulce Nombre pisa las estancias que ahora son

suyas; las contempla distraída, indolente; no consigue un poco de

interés para cuanto la espera allí. Y mientras resbala el día en un

violento sinsabor, habla sólo cuando la interrogan; huye de su padrino

con involuntaria enemistad, sonríe al esposo de una manera inquietante,

como si no le conociese.

El acaba por sentir el influjo de aquella extrañeza, vuelve a perder el

aplomo, sufre una lástima incurable cuando la niña deja oír la

aterciopelada dulzura de su acento.

Le acompañaba Nicolás tácitamente en sus compasiones, dolido del rencor

de la moza, ansioso de consolarla, desesperado de perderla.

Se le aproxima cuando puede y le dice una frase cariñosa; ella le clava

los ojos dorados y altivos, le detiene con una sonrisa hostil; después

se acerca al balcón y mira al campo a la altura fría de las montañas, al

cielo crepuscular; todo la cohibe dentro de las habitaciones

desconocidas; todo la requiere en el paisaje amigo. Le parece que la

selva corre hasta allí tendiéndole los brazos, y que se agita luego con

un gran ruido de alas, como si echase a volar por encima del monte. Y

presta una atención supersticiosa a cuanto se mueve al otro lado de los

cristales, a la blancura lejana del molino, al oropel inquieto de las

nubes.

Anochece, declina la tarde a los precarios fulgores de un sol invernal.

Ha llegado el momento de partir: ya está el coche a la puerta con los

equipajes cargados. Malgor no sabe cómo arrancar a su mujer de la

incomprensible quietud, y él mismo la prolonga con pretextos pueriles,

como si temiese que Dulce Nombre se resistiera a acompañarle.

Adolece Martín de parecida intranquilidad y hasta la suegra se preocupa

de la tardanza, mientras Camila gime por los rincones y Nicolás

comprende que la despedida no da treguas: es imposible detener al tiempo

y han sonado los fatales minutos.

--¿Vamos?--dice el marido vacilante, como si pidiese perdón.

Tiene que repetir la pregunta junto a la esposa, que sigue con el rostro

pegado a los vidrios.

Se vuelve entonces sorprendida, y percibe toda la oscuridad de la

habitación.

--¡Ya es de noche!--pronuncia. Se le ha entrado en el alma toda la

esencia alarmante de la sombra.

Dulce Nombre no es inocente como las pastoras idílicas de los libros. La

naturaleza salvaje de los campos le ha hecho sus revelaciones, sin

perfidias, con esa clara brutalidad que no estorba al íntimo candor de

los espíritus, y desde que la joven tuvo novio soñó estremecida con la

hora misteriosa y tierna de las desposadas.

--¿Vamos?--repite aún el marido.

La suegra enciende luces y empuja a la muchacha hacia un dormitorio

donde ella recoge alguna cosa.

Cuando sale de allí, con un velo sobre la cabeza, está blanca igual que

un lirio, le chocan los pensamientos unos con otros, sordamente, y se le

deslíe la inquietud en el zumo claro de las pupilas.

Bajan todos la escalera muy despacio, en silencio.

Entra en el portal con la agitación del aire el hálito de las hojas

muertas y el bramido remoto de las olas. Alguien dice:

--¡Cómo suena la mar!

Es Gil, que a la puerta del indiano habla con el cochero y sonríe de una

manera absurda.

En torno al carruaje hay un círculo de curiosos. Algunas mujeres abrazan

a la novia, que se deja acariciar y despedir hasta que le llega el turno

al padrino. Entonces, con un gesto mudo, le alarga la mano, fría como la

nieve; él la recoge entre las suyas, devorando con los ojos a la moza,

hambriento de su belleza intacta, y algo se le derrite en las venas que

le hiela el corazón, cuando el esposo desde el coche pide aquella mano y

la atrae hacia sí.

Pero ha subido la muchacha; se asoma a la ventanilla, habla trémulamente

con su padre y con Gil, lleva con lentitud la mirada a los cielos donde

riela la luna como un escalofrío del paisaje.

El rostro pálido luce todavía un segundo el resplandor triste de su

gracia; cruje un fustazo, se mueve el coche y la novia desaparece en las

negruras del valle, como una estrella que se hunde en su caída...

XIII

CENTELLA DE AMOR

Al volver el matrimonio a la montaña, ya trasciende en los huertos con

íntima dulzura el perfume suplicante de las violetas; han crecido los

días y los caminos de la mies; un vaho primaveral sube de las campiñas a

los montes y gana las cumbres como si buscase el cielo acogedor.

Dulce Nombre mira las cosas con asombro incesante, sorprendida de

encontrarlas en idéntico lugar: allá arriba las cabañas orlando los

abismos; aquí el bosque en la hondura del valle, corriendo detrás del

Salia, perdiéndose de vista con el río por la hoz. Y los mismos

horizontes estrechos, las mismas caras familiares en las personas y la

Naturaleza, en las campanas iguales voces que claman y huyen como aves

de paso: la vida rural atenta y sorda, hoy lo mismo que ayer.

El propio semblante de la muchacha está retratado en el espejo con su

aire de siempre, luminoso y juvenil. Y a ella le extraña mucho esta

inmovilidad. No ha contado bien el tiempo de su ausencia: esperaba

encontrar envejecidos a su padre y a Camila, variado el rostro de los

parajes y las criaturas.

En cambio practica sus nuevas costumbres sin gran extrañeza: vestirse de

señora, gustar manjares finos, pasearse en coche, son ventajas que no la

sorprenden. Tuvo ella nativas inclinaciones de elegancia, afición a lo

bello y esmerado, noticia de todas estas comodidades que hoy disfruta

con naturalidad algo desdeñosa, como quien las merece y las paga. Su

carácter, altivo por ser cántabro, la induce a no demostrar codicia ni

admiración hacia estas cosas que antes fueron ajenas a su vida.

Ya la moda, con visos de cultura, ha nivelado mucho aquí el indumento de

las clases, sobre todo en la mujer: las aldeanas cortan su traje festivo

por un patrón de señorita y, salvo el coste de los géneros, la esposa

del indiano se distingue muy poco de la antigua molinera.

Pero en las intimidades del hogar teme Dulce Nombre no conseguir nunca

la disciplina de su corazón: vive con los pensamientos desatados en una

esperanza que a cada instante agoniza y torna a renacer; sufre y

disimula; sonríe con una tristeza rebelde; calla en un silencio

orgulloso, y cobra todos los días nueva gratitud al marido que cumple

fiel su propósito de tratarla delicadamente, con aquella blandura que

tuvo para las gargantillas y las pulseras, los zarcillos y los broches.

Verdadera mano de joyero es la suya, en las caricias y las solicitudes,

mano temerosa del roce brutal, obediente a la resignación, abierta a la

dádiva y al homenaje: el hombre rico aspira a merecer, no a lograr, y

tiene para su esposa todas las generosidades y las benevolencias.

Ninguna traba, ningún reproche descubren en Malgor sus celos incurables,

el calvario de un cariño que sólo consigue la recompensa del

agradecimiento. Fué aplazando la hora de amar, se contuvo a la orilla de

las pasiones con una sensatez indefinible, mezcla de incertidumbre y de

pavor, y hoy, que desde la altura de su camino elige resueltamente una

compañera, conoce que es tarde: se le ha ido la juventud. Ya toda la

prisa, la decisión, la voluntad, son armas inútiles frente al deseo de

que una niña le adore.

Pero aun confía vagamente en el milagro; piensa que a costa de muchos

méritos pudiera la gratitud convertirse en pasión: quiere dejar a la

muchacha en una absoluta libertad, que haga en todo su gusto, que

triunfe en los caudales y en la casa como dueña y señora de cuanto el

marido tiene.

No ha pensado nunca Malgor en abandonar a su madre: junto a él vive,

estimada y con fueros propios, mas en distintas habitaciones, con

servidumbre independiente y sin ninguna intervención en el dominio de la

nuera. Y gruñe un poco, escandalizada de las prerrogativas de la

mocedad, a punto de rendirse bajo el encanto de la Intrusa, mientras

ella hace uso de aquellos privilegios con una sobriedad tranquila y los

aprovecha casi únicamente para irse al molino sola y a menudo.

Allí reconstruye su existencia anterior embriagada en las memorias

habituales, contando los minutos que se han muerto y empeñada en no oír

cómo las horas nuevas desvanecen en el aire su melodía. El fragor del

trabajo apaga todos los ruidos exteriores, y si callan las piedras,

yergue el río la frescura de su voz aturdiendo a la muchacha.

Eso es lo que ella quiere: aislarse del tiempo, ensordecer la vida y

mirar lo pasado como única lontananza.

Pocas veces se asoma Dulce Nombre a la sala molinera; sólo de paso se

detiene si alguien la saluda, habla un instante y se dirige a su querida

habitación, solitaria y evocadora, abiertas sobre el huerto y el río las

ventanas inolvidables.

Cualquiera de las dos la seducen, porque desde ellas domina los

recuerdos con un poco de serenidad. Abajo, al borde de la presa, siente

una fascinación dolorosa que la espanta, y en el humilde vergel sufre

demasiado con una ternura inexplicable hacia todo lo que allí se nutre y

palpita.

Nunca ha mirado así las primaveras, con esta compasión rara y ardiente

que hoy la impide coger una rosa, pisar el trébol, rozar con los

vestidos el cáliz campanudo del arándano. Las azucenas le parecen de

cristal: no se atreve a tocarlas por no herirlas, ni a sacudir, como

otros años, en la hiedra la flor azul, los haces verdosos en el espino

cerval.

En cambio, desde la altura de su habitación todas las cosas le dan una

respuesta más lejana y apacible: el filo de los senderos, las espumas

del río, la cresta de las montañas, los árboles del bosque. Y se está

allí horas enteras, con el corazón entreabierto, devota y muda, estática

como el paisaje...

En este mismo anochecer se despide la joven del molino con su

acostumbrada pesadumbre. Camila sale hasta el umbral; Martín ha tirado

de la paleta suspendiendo la trituración, y se dispone a ensacar la

harina: desde que la fábrica es suya se ha vuelto muy avaricioso y

vigila con creciente solicitud la hacienda y el provecho.

Ignora Dulce Nombre que su padre se haya convertido en propietario a

expensas de ella, y no obstante le mira con menguada estimación; a su

lado se encuentra sola.--¡Está lejos de mí!--se dice interiormente, y se

extraña pensando:--¡Ser hija de un hombre se reduce a una casualidad!

Ahora mismo él se queda allí preocupado de su negocio, sin ver la

angustia con que la muchacha afronta el camino del nuevo hogar.

Marcha presurosa, con el paso a la medida del pensamiento, esquiva al

roce de cuanto la rodea, como si temiese el contacto de las emociones. Y

en un recodo del ansar alcanza a las últimas veceras del molino, Tomasa

y Clotilde, muy calmosas aquella tarde, con sus canastos de harina

apoyados en la cintura.

Es la primera vez que Dulce Nombre encuentra a la hermana de Manuel

Jesús, después del casamiento: tampoco ha visto a su padrino, obstinada

en rehuir las visitas y las curiosidades de la vecindad.

Pero aquí Tomasa la obliga a la conversación.

--¿Qué, no quieres nada con nosotras...? Llevamos el mismo rumbo: te

acompañaré.

--Y yo hasta la pontezuela--añade Clotilde con alguna cobardía.

--Sí, sí; me alegro mucho.

--¿De verdad?

--Ya lo creo.

--¿Por qué no ha de alegrarse?--aduce Tomasa, aprovechando la ocasión--.

Después de todo, bien quiso a tu hermano, hasta el otro día, como quien

dice.

--¡Pobre Manuel!--pronuncia con lástima la niña de Cintul. Y baja la

cabeza, que en la sombra, ya difusa, le brilla con un color dorado de

trigal.

--¿Pobre?--balbuce la de Rostrío.

--Pobre, sí--confirma Tomasa con mucha indignación: le engañaron con

embustes y sermones; te le quitaron entre Malgor y tu padre.

--Él se quiso ir.

--No es cierto; miente quien lo diga: pregúntaselo a ésta.

Clotilde, ante el reclamo, se crece y asegura:

--Le dijeron que si no se marchaba serías tú siempre una infeliz, una

miserable como las demás... Y se fué para darte la suerte; pero estuvo

llorando toda la noche... Creímos que se volvía loco, ¡si vieras...!

Corría a tientas por este lerón, subía y bajaba a Cintul sin poderse

detener... ¡Daba miedo!

--¡Ay!--dice solamente Dulce Nombre.

Tomasa, viéndola sufrir, insiste, maligna y gozosa:

--Te le quitaron entre tu padre y Malgor.

--¿Mi padre también?

--¡Vaya...! Para cobrar la aceña, que ya es suya.

--¡No, por Dios!

--Que te lo jure tu marido...

--¡Calla!

--Todo el mundo lo sabe.

--¡Es imposible!

--Y hasta don Nicolás anduvo en el negocio con las pesetas del tu

hombre: ¡parece mentira!

--¡Ay!--repite la engañada, con otro suspiro, más largo, más profundo;

siente viva la centella de la pasión, aventada entre los escombros de la

felicidad, y se olvida de las traiciones, de las miserias, de las

realidades que la conducen lejos de su ventura... No desconoce los

deberes de su nuevo destino porque ya le han temblado las entrañas; pero

se acuerda de un solo amor, del único libérrimo y consciente. Y le

saluda con beatitud en la oscuridad: está allí bajo la noche que llega

cargada de aromas finos y penetrantes; está en el aire húmedo y tibio,

en el fuerte arrullo del Salia, crecido con los manantiales de abril.

Dulce Nombre, que ya no escucha a sus compañeras, se ha vuelto de

repente muy asequible a todos los ruidos misteriosos, a todos los

movimientos callados de la vida, y descubre el oculto latido de las

plantas, oye cómo la raíz de los árboles escarba por el suelo; atiende a

la fuerza sonora del propio corazón, al vuelo claro de la luna que se

levanta en las nubes con las alas abiertas...

SEGUNDA PARTE

I

EL PUÑAL EN LA HERIDA

Muchas horas tristes había contado Dulce Nombre desde aquella de

revelación para su alma.

Y cada año saludó impaciente a la lluvia ágil y presurosa de abril, al

campo reverdecido, a la nueva flor.

Tenía un presentimiento de libertad; confiaba en que el destino le

cumpliría sus promesas. Porque Manuel Jesús no la había olvidado; se

relacionaba continuamente con Malgor y permanecía soltero, juicioso, muy

solícito para su familia y sus memorias, expresando por cartas,

emisarios y otras señales elocuentes, su deseo de volver a Cintul, sus

íntimos propósitos de conseguir algún día la realización de una sola

esperanza.

Y Malgor vivía muy enfermo, andaba tímido por la tierra, calmoso y

vacilante, sin atreverse nunca a correr, ni a reír, ni a llorar; huyendo

del dolor y llevándolo en sí mismo, agazapado en el pecho con amenazas

de muerte.

A los pocos meses de casado padeció un ataque anginoso con la terrible

contricción retro esternal y la angustia suprema de la agonía. El médico

del distrito, Mariano Esquivel, primo de Nicolás Hornedo, llamó en

consulta a las eminencias de la región, que diagnosticaron aciagamente

como él.

Oyó Dulce Nombre muy sorprendida la sentencia de su marido: tenía una

angina de pecho, una lesión mortal de la que podría defenderse algunos

años si evitaba las emociones intensas, los cambios bruscos de

temperatura, los ejercicios violentos.

--¡Lo evitará!--prometió la muchacha seria y firme.

--De esta suerte... ¡quién sabe!--añadió Esquivel--podrá ir viviendo...

cinco..., diez..., hasta quince años... Aunque es imposible precisar...

--¡Quince años!--pensó Dulce Nombre muy adentro; y sin poderlo eludir,

echó a volar la imaginación por ignorados caminos, dudosa entre el gozo

y la pesadumbre, anhelando saber si era preferible aguardar siempre en

el cruce de los recuerdos, o sentarse a la orilla de una fecha con un

poco de silencio en el corazón.

Le tembló una sombra en los ojos, y una sonrisa en los labios. Iba a ser

madre; un torrente nuevo circulaba por sus venas, una gracia desconocida

entrañaba su carne grávida del misterio: sintióse valerosa y se juró una

inviolable fidelidad al hombre sentenciado... Después, a lo largo del

tiempo, ¡cuántas inquietudes y vacilaciones!

Nació la criatura esperada, una niña graciosa y fuerte que llenó la casa

de alboroto y movimiento. El padre olvidó su enfermedad, mostróse la

abuela enternecida, un poco envidiosa, y allá abajo, en el molino,

robusteció Martín el orgullo de su alianza con la opulencia del valle,

mientras Camila andaba más cavilosa que nunca, suspirando sin cesar.

Fué preciso que Hornedo saliera de su torre para sostener en los brazos

a la nueva ahijada. No lo hizo sin resistencias ni disculpas; estaba

secretamente reñido con Dulce Nombre desde que ella le echó en cara su

intervención en la marcha violenta de Manuel Jesús. En vano trató de

defenderse:

--Lo hice por ti, por tu bien.

--No; eso está muy oscuro: primero me habías dicho que casarme con

Malgor era una locura.

--Así, de repente, me lo pareció, porque te lleva mucha edad; luego

pensé que te convenía. No es un viejo; está en la plenitud de los años;

es agradable, excelente, rico...

--Yo te contesté que quería al otro.

--¿Y ahora?--preguntó Nicolás ciego de impaciencia.

--¡Ahora, también!

Una ráfaga de alegría iluminó el semblante de aquel hombre tortuoso.

--Este--aludió con aparente censura--es tu marido.

--¿Qué más da...? Yo no le elegí... El molinero es mi padre y le he

dejado de querer.

--¿A tu padre?

--¡Me vendió!--repuso Dulce Nombre, áspera y triste--. Tú le ayudaste,

sin duda para servir a tu amigo... el menos culpable de la infamia que

habéis cometido con nosotros.

--Si hubo culpa--dijo Hornedo muy alterado--la menor es la mía, que nada

gané... y todo lo perdí.

--¿Perdiste...?

El hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, escondió los ojos

delatores, apagó la voz.

--Perdí tu amistad.

Callaba la joven, a punto de conmoverse bajo aquel acento pesaroso lleno

del antiguo cariño; pero el hidalgo quería insistir en acusar a Malgor,

y volvió a aludirle, entre dientes, añadiendo:

--El que puso en ti la codicia ha causado todo el mal; no le defiendas:

corrompió a tu padre; me obligó a ser injusto con Manuel Jesús; levantó

la tempestad en tu vida...

Quedóse la moza desconcertada; ¿por qué el padrino se volvía ahora de

pronto contra Malgor...? Era incomprensible.

Le miró con insistencia sin conseguir hallarle claras las pupilas, sin

recobrar junto a él la confianza y el aplomo de otras veces: algo

desconocido y amargo se interponía entre los dos. Sentía el padecimiento

de él como una cosa tangible y dura que la desazonaba, y no se decidía a

consolarle. Acabó por encogerse de hombros, todavía rencorosa, distante,

a pesar suyo, de aquel único amigo de su niñez.

Pero Nicolás no quería alarmarla con sospechas, y murmuró, cauteloso el

acento:

--También Manuel Jesús ganó algo al perderte: mejoró de fortuna, cambió

el arado y el dalle por las piedras preciosas...

--Le hicisteis creer que con eso me hacía feliz.

--Todos nos equivocamos; yo solo padezco el castigo.

--Y él se fué inconsolable; le habéis echado; le impedisteis que me

viera y me hablara...

--¡Cómo te duelen sus cuitas!

--Y me dolerán siempre. Desde que las supe estoy contenta, porque sé que

le puedo querer, que sigue siendo mi novio.

--¡Estás casada!

--¿Qué importa? Nos separasteis con engaños, pero no podéis separar

nuestros corazones.

Nicolás palideció aún: se abrasaba de envidia por el ausente.

--¡Mucho confías en él--exclamó sombrío y hosco.

Entonces palideció ella.

Atravesaban el ansar, donde el señor se había hecho el encontradizo

cuando volvía Dulce Nombre a su casa en un lento crepúsculo de mayo,

sola y pensativa. La duda solapada del padrino la obligó a detenerse

llena de zozobra:

--Confío en mí--dijo con ardor--y por mi seguridad juzgo la suya.

Estaba inmóvil; se le estremecía en los ojos el candor del paisaje.

De pronto siguió andando, muda y rápida, en el silencio campesino del

anochecer, traspasado de rumores leves, saturado de perfumes indómitos.

Dulce Nombre (Novela) · 第 3 / 9 段