terrible.
Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir,
huyendo de sí mismo.
Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se
cubrieron con el manto de la sombra.
Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque,
vió palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las
cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a
dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del
monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.
Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro
muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.
Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el
amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la
temblorosa penumbra.
[Ilustración]
VII
CADA CUAL CON SU CRUZ
La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte
y el río, al acoso del arbolado.
Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre
triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco
años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea
directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la
comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los
apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno
sobre las fincas.
Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y
al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante
de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.
Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente,
por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una
sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la
muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel:
éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan
mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de
abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.
No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de
aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por
encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de
mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.
Algo morboso existe en la hurañía de este hombre, que se enternece por
cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado
al desahogo de la pena ignorada que le consume.
Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza;
siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo
tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu
visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de
pasiones y ansiedades ajenas.
De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo,
señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina
soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le
hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció
en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia.
Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la
desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se
la conocía con el nombre dulce y significativo de _la niña de Luzmela_
y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero
señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que
si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos,
la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando
un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido
todavía.
Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles,
con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los
protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su
memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices,
seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los
tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se
conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un
libro una flor.
Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de
Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y
persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.
Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa,
apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de
amor: el delito supuesto no parece.
Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida,
obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su
torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.
A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco
bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere
bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones,
aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los
remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.
Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada
vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y
por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen;
si le abandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su
tragedia y se lastima la salud.
Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.
Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que
la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y
alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.
Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices,
de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un
bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un
consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron
a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de
su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí,
regalada por Nicolás.
Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura
propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y
permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para
una pobre molinera.
Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un
hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse
de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la
sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones
poéticas.
Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar,
tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce
Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la
historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre y _la niña de
Luzmela_...
[Ilustración]
VIII
LAS CUMBRES DEL DESEO
El señorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa
pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle,
entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una
misma libertad.
Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen,
escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente
aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.
Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por
Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación a los
libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le
prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el
niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada
enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el
pizarrín.
Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos
galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo,
asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos
tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.
Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el
futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para
Cuba.
Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:
--En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le
arriendas a mí.
«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el
viajero repuso, con una certidumbre serena:
--Dentro de diez años.
Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que
las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.
Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le
diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la
codicia:
--¡Para entonces seré yo campanero!
Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de
cara al porvenir.
Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y
Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de
Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su
niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar
las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...
En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la
torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la
hija de Martín.
Le miró Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa
interrogación:
--¿También...?
--¿Cómo también?
--Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!
--Pero, ¿la quieres tú?
--¿No lo ves?
Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:
--Ahora lo veo...
--¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!
--¡Ah!--el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las
exaltaciones frecuentes de Nicolás--. Siendo así--acabó--, bien puedo
hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.
--¡No! ¡Me la quitas!
--Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?
--Es una niña.
--Es una moza.
--Y si tiene novio--gritó Hornedo, crespa la voz y la actitud--, ¿cómo
se ha de casar contigo?
--¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?
--¡Que haga su gusto!
--Se casaría entonces con él.
--¿Qué dices?
--No me quiere; la compro.
-¿Qué...?
Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una
hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.
Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el
solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin
levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera
superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde
necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce
Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su
única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera en
situación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien
protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las
piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para
tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces,
medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras
del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud
del esposo...
Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.
Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un
acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que
hacer.
Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la
mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.
Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído
alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo,
atónito, mientras salía Malgor al través de salones desmantelados y
pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de
comer.
Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se
levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se
echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído
sobrecielo...
Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el
hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los
sollozos.
[Ilustración]
X
LAS ALAS DE LA PALOMA
Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el
refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el
corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo
de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente
hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue
menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata
por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el
río.
Se le agudiza así la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe
todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una
manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y
oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las
semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su
alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas
terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.
Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele
madrugar, todavía no se ha levantado.
--Esperaré que despierte--responde, y pregunta: ¿desde cuando está
enfermo...? porque anteayer le vi.
--Pero ayer--arguye Rosaura intrigante y curiosa--le marearon los
amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre:
vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...
--Puede ser--murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.
Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer
el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus
graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras
Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos
años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se
le nubla la frente arrugada por la edad.
Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo
el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le
rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia
densidad.
Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo
el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la
alteración aguda del enfermo.
--Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?
--Sí.
--¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?
--También.
--¿Qué has contestado?
Nicolás apenas se puede sostener.--Entra--murmura, y va a sentarse en un
sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él
en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le
acaricia al repetir:
--¿Qué respondiste?
--¡Que están locos!
--¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden
embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido...
¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero
lo indecible!
Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del
padrino con mimosa persuasión.
El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la
moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color
trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la
cabellera oscura, la tez dorada.
--¡Déjame!--grita de improviso, alzándose también, con señales de
incomprensible terror.
Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una
desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de
semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su
autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.
--Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?
Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y
el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad
lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para
recibir a la muchacha.
Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.
--Sí, estás malo; tienes calentura.
Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez
que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.
Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura
de la voz que le compadece, y acaba por balbucir:
--Estuve mal anoche: ya me siento mejor...
--Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:
--¿Qué me pides?
--¡Ayúdame!
--¿Cómo?
--Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin
duda, y yo me voy a morir...
--¿Tanto le quieres?
--Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y
que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!
Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce
Nombre y pronuncia con torva lentitud:
--¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú
debes casarte con Malgor.
--¡Padrino!
--Es un hombre formal y está enamorado de ti.
--¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú
también!
Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con
que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.
--¡Estoy sola, sola...!--repite con aflicción, mientras Nicolás cierra
los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena
alborotada.
Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a
sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.
Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si
nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y
tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece
un muerto.
Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa
compasión, no sabe de qué.
--Adiós--dice con la despedida llena de lágrimas.
--Adiós--murmura como un eco el hombre inasequible.
La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que había entrado,
y allí se para indecisa sin saber qué rumbo tomar, con el triste
azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas.
[Ilustración]
XI
LA CAUTIVA
El viento del otoño ha segado ya todas las flores; Manuel Jesús está muy
lejos.
La molinera llora, pero oculta sus lágrimas y permite que en la ciudad
le confeccionen los atavíos nupciales.
Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa,
al cabo, por merecer la predilección del rumboso pretendiente.
Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engañar a los
observadores, no muy perspicaces. Sólo algunos ojos, los de Tomasa, por
ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad
y hunden su averiguación hasta la pena viva de la abandonada.
En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por
su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, después la
dignidad.
No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengaño sin
comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazón.
Su espíritu, cándido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fué
traicionada es preciso que olvide al traidor.
Ningún medio más práctico, a su parecer, que el de casarse con otro:
quiere hacerlo en desquite y venganza. Está pronta a dejarse llevar por
el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son
cómplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambición del
padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento
con demasiada violencia.
Siente humillado el señorío de su persona, cautiva su alma en una red de
pasiones oscuras.
Otras fuerzas laten a su alrededor unidas también contra la infeliz en
sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las
cumbres, el sudor helado de las noches.
Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la
agitación de un vuelo monstruoso: las últimas hojas corren locamente por
los caminos.
Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos
interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas:
así, entregada a los propios estímulos, se abandona al tiempo sin
defensa, reduce su aspiración a que pasen los días, y escuda su pesar
con morboso egoísmo en la coraza de los montes.
Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes
tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una
humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los
senderos.
Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre;
ya no sale a la tertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío
por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa
los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión,
ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los
ojos igual que el de los cielos.
Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y
acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su
habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda,
incapaz de fingimientos y subterfugios.
Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en
franca desnudez, sin recelo ni crueldad.
No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de
su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y
considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace
infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel
hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en
sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola
disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le
adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con
los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.
Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de
Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe
allí un inesperado sostén.
Atribuye el pretendiente a inconstancias del carácter este cambio de
Nicolás, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner
mucha atención en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta
a menudo:
--¿Olvida al otro...? ¿Consigues que te quiera a ti?
--¡No olvida, no!--tiene que lamentar Ignacio, tan distraído en graves
inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente.
El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la mañana
inolvidable en que la niña desconoció al hidalgo y salió de la torre sin
esperanzas ni designios.
XII
LA MANO DE NIEVE
No volvieron a encontrarse hasta el día de la boda.
Parecióle a Nicolás que los encantos de su ahijada habían crecido de
manera increíble, y admiraba en ella, con extrañísimo temor, la bruma de
los ojos, el rocío de las pestañas, la niebla de la sonrisa, todo el
conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascendía al vaho de
un corazón lleno de pena.
Sentía el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado
en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes, mezcla de
venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoña de la sangre junto al
propósito noble del espíritu.