En aquel momento sentía por su novia una pasión a la vez dulce y

terrible.

Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir,

huyendo de sí mismo.

Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se

cubrieron con el manto de la sombra.

Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque,

vió palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las

cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a

dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del

monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.

Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro

muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.

Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el

amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la

temblorosa penumbra.

[Ilustración]

VII

CADA CUAL CON SU CRUZ

La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte

y el río, al acoso del arbolado.

Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre

triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco

años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea

directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la

comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los

apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno

sobre las fincas.

Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y

al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante

de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.

Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente,

por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una

sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la

muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel:

éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan

mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de

abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.

No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de

aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por

encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de

mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.

Algo morboso existe en la hurañía de este hombre, que se enternece por

cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado

al desahogo de la pena ignorada que le consume.

Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza;

siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo

tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu

visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de

pasiones y ansiedades ajenas.

De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo,

señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina

soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le

hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció

en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia.

Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la

desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se

la conocía con el nombre dulce y significativo de _la niña de Luzmela_

y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero

señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que

si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos,

la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando

un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido

todavía.

Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles,

con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los

protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su

memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices,

seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los

tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se

conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un

libro una flor.

Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de

Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y

persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.

Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa,

apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de

amor: el delito supuesto no parece.

Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida,

obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su

torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.

A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco

bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere

bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones,

aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los

remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.

Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada

vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y

por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen;

si le abandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su

tragedia y se lastima la salud.

Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.

Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que

la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y

alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.

Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices,

de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un

bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un

consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron

a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de

su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí,

regalada por Nicolás.

Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura

propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y

permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para

una pobre molinera.

Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un

hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse

de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la

sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones

poéticas.

Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar,

tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce

Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la

historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre y _la niña de

Luzmela_...

[Ilustración]

VIII

LAS CUMBRES DEL DESEO

El señorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa

pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle,

entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una

misma libertad.

Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen,

escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente

aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.

Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por

Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación a los

libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le

prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el

niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada

enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el

pizarrín.

Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos

galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo,

asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos

tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.

Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el

futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para

Cuba.

Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:

--En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le

arriendas a mí.

«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el

viajero repuso, con una certidumbre serena:

--Dentro de diez años.

Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que

las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.

Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le

diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la

codicia:

--¡Para entonces seré yo campanero!

Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de

cara al porvenir.

Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y

Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de

Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su

niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar

las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...

En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la

torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la

hija de Martín.

Le miró Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa

interrogación:

--¿También...?

--¿Cómo también?

--Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!

--Pero, ¿la quieres tú?

--¿No lo ves?

Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:

--Ahora lo veo...

--¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!

--¡Ah!--el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las

exaltaciones frecuentes de Nicolás--. Siendo así--acabó--, bien puedo

hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.

--¡No! ¡Me la quitas!

--Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?

--Es una niña.

--Es una moza.

--Y si tiene novio--gritó Hornedo, crespa la voz y la actitud--, ¿cómo

se ha de casar contigo?

--¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?

--¡Que haga su gusto!

--Se casaría entonces con él.

--¿Qué dices?

--No me quiere; la compro.

-¿Qué...?

Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una

hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.

Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el

solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin

levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera

superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde

necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce

Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su

única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera en

situación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien

protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las

piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para

tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces,

medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras

del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud

del esposo...

Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.

Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un

acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que

hacer.

Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la

mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.

Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído

alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo,

atónito, mientras salía Malgor al través de salones desmantelados y

pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de

comer.

Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se

levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se

echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído

sobrecielo...

Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el

hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los

sollozos.

[Ilustración]

X

LAS ALAS DE LA PALOMA

Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el

refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el

corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo

de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente

hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue

menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata

por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el

río.

Se le agudiza así la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe

todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una

manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y

oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las

semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su

alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas

terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.

Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele

madrugar, todavía no se ha levantado.

--Esperaré que despierte--responde, y pregunta: ¿desde cuando está

enfermo...? porque anteayer le vi.

--Pero ayer--arguye Rosaura intrigante y curiosa--le marearon los

amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre:

vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...

--Puede ser--murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.

Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer

el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus

graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras

Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos

años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se

le nubla la frente arrugada por la edad.

Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo

el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le

rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia

densidad.

Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo

el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la

alteración aguda del enfermo.

--Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?

--Sí.

--¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?

--También.

--¿Qué has contestado?

Nicolás apenas se puede sostener.--Entra--murmura, y va a sentarse en un

sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él

en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le

acaricia al repetir:

--¿Qué respondiste?

--¡Que están locos!

--¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden

embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido...

¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero

lo indecible!

Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del

padrino con mimosa persuasión.

El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la

moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color

trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la

cabellera oscura, la tez dorada.

--¡Déjame!--grita de improviso, alzándose también, con señales de

incomprensible terror.

Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una

desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de

semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su

autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.

--Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?

Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y

el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad

lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para

recibir a la muchacha.

Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.

--Sí, estás malo; tienes calentura.

Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez

que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.

Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura

de la voz que le compadece, y acaba por balbucir:

--Estuve mal anoche: ya me siento mejor...

--Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:

--¿Qué me pides?

--¡Ayúdame!

--¿Cómo?

--Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin

duda, y yo me voy a morir...

--¿Tanto le quieres?

--Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y

que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!

Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce

Nombre y pronuncia con torva lentitud:

--¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú

debes casarte con Malgor.

--¡Padrino!

--Es un hombre formal y está enamorado de ti.

--¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú

también!

Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con

que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.

--¡Estoy sola, sola...!--repite con aflicción, mientras Nicolás cierra

los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena

alborotada.

Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a

sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.

Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si

nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y

tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece

un muerto.

Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa

compasión, no sabe de qué.

--Adiós--dice con la despedida llena de lágrimas.

--Adiós--murmura como un eco el hombre inasequible.

La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que había entrado,

y allí se para indecisa sin saber qué rumbo tomar, con el triste

azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas.

[Ilustración]

XI

LA CAUTIVA

El viento del otoño ha segado ya todas las flores; Manuel Jesús está muy

lejos.

La molinera llora, pero oculta sus lágrimas y permite que en la ciudad

le confeccionen los atavíos nupciales.

Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa,

al cabo, por merecer la predilección del rumboso pretendiente.

Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engañar a los

observadores, no muy perspicaces. Sólo algunos ojos, los de Tomasa, por

ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad

y hunden su averiguación hasta la pena viva de la abandonada.

En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por

su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, después la

dignidad.

No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengaño sin

comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazón.

Su espíritu, cándido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fué

traicionada es preciso que olvide al traidor.

Ningún medio más práctico, a su parecer, que el de casarse con otro:

quiere hacerlo en desquite y venganza. Está pronta a dejarse llevar por

el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son

cómplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambición del

padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento

con demasiada violencia.

Siente humillado el señorío de su persona, cautiva su alma en una red de

pasiones oscuras.

Otras fuerzas laten a su alrededor unidas también contra la infeliz en

sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las

cumbres, el sudor helado de las noches.

Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la

agitación de un vuelo monstruoso: las últimas hojas corren locamente por

los caminos.

Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos

interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas:

así, entregada a los propios estímulos, se abandona al tiempo sin

defensa, reduce su aspiración a que pasen los días, y escuda su pesar

con morboso egoísmo en la coraza de los montes.

Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes

tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una

humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los

senderos.

Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre;

ya no sale a la tertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío

por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa

los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión,

ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los

ojos igual que el de los cielos.

Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y

acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su

habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda,

incapaz de fingimientos y subterfugios.

Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en

franca desnudez, sin recelo ni crueldad.

No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de

su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y

considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace

infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel

hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en

sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola

disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le

adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con

los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.

Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de

Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe

allí un inesperado sostén.

Atribuye el pretendiente a inconstancias del carácter este cambio de

Nicolás, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner

mucha atención en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta

a menudo:

--¿Olvida al otro...? ¿Consigues que te quiera a ti?

--¡No olvida, no!--tiene que lamentar Ignacio, tan distraído en graves

inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente.

El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la mañana

inolvidable en que la niña desconoció al hidalgo y salió de la torre sin

esperanzas ni designios.

XII

LA MANO DE NIEVE

No volvieron a encontrarse hasta el día de la boda.

Parecióle a Nicolás que los encantos de su ahijada habían crecido de

manera increíble, y admiraba en ella, con extrañísimo temor, la bruma de

los ojos, el rocío de las pestañas, la niebla de la sonrisa, todo el

conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascendía al vaho de

un corazón lleno de pena.

Sentía el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado

en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes, mezcla de

venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoña de la sangre junto al

propósito noble del espíritu.

Dulce Nombre (Novela) · 第 2 / 9 段