Vivía con su corta familia, dos o tres personas, más aisladas del mundo

que él mismo, porque siquiera él, en los días de fiesta solía llegarse

a caballo hasta la colonia, donde había carreras o jugadas de taba.

Un grimillón de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando

paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus

ladridos apareció el paisano en el patio de tierra dura, y luego su

mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos.

La luna saldría tarde esa noche, e Insúa pasó las horas tomando mates

amargos que le cebaba Alarcón, esperando su salida, para marchar de

nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el

pasto fino, aún verde, que los árboles frondosos habían librado de las

heladas.

El puestero tenía carne abundante de un novillo sacrificado días antes,

y así pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de

aquel rancho de paja.

La noche llegó pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del

Sur. Hacía frío, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada

por un pábilo que ardía en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando

contaban con un rato aún de reposo, sintieron ladrar los perros, señal

de que alguien llegaba, y poco después el rumor de algunos jinetes que

invadieron al galope el pequeño patio frente a la puerta cerrada.

Oyóse ruido de armas.

Insúa y Alarcón se miraron. El caudillo revolucionario vió que su

compañero, rápido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un

mortero de algarrobo, y con el filoso facón, que le servía para cortar

la carne, se ponía a abrir un boquete cortando la paja atada en

"quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado

opuesto a la entrada.

El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban.

--¡Abra, amigo!

--¿Quiénes son?

--Hombres de bien; abra y no tema.

Sentíase rumor de sables que se golpeaban.

--Me ha pillado dormido--decía el paisano entretanto, comprendiendo que

un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sería bastante

para que sus dos huéspedes se escaparan.

Después ya sabría él cómo arreglarse con los soldados.

La mujer temblorosa permanecía en un rincón. Insúa ayudaba a Alarcón

que cortaba sin ruido los quinchos de paja.

De afuera sacudieron la puerta, y se oyó una voz, más baja y melosa,

que decía:

--Abra no más y no salga que hace frío.

--José Golondrina--murmuró Alarcón al oído de su jefe.

Y era él en efecto. Dos días antes había salido de Santa Fe con una

partida a la que servía de baqueano para batir las rutas y llevar

noticias de lo que pudieran observar. Habían pernoctado en el rancho,

construido expresamente sobre el vado, donde vivía un isleño que era

un espía, y se disponían a seguir por la margen del Saladillo hacia el

norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insúa y a su ayudante.

José Golondrina dijo al jefe de la partida:

--Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoretá, y allí han de

parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale

tarde y no se han de ir antes que salga.

Y el jefe, que conocía la astucia del indio, los dejó pasar sin

mostrarse y se preparó para caer sobre ellos cuando estuvieran

"mateando" en el rancho.

Y ocurrió como lo habían previsto.

Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueño les

abriese, seguros de coger a Insúa y a Alarcón en aquella ratonera.

Mas la tardanza en ejecutar la operación tan simple de quitar la

tranca, disgustó al jefe de la partida, el cual sospechó algo.

--¡Abra, canejo!--gritó impaciente; y sin esperar más, volvió su

caballo, poniéndolo de ancas contra la puerta, le pegó un sofrenón

brusco, y el animal dolorido dió tan formidable empellón, que las

maderas crujieron y la puerta cayó con marco y todo.

Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del

rancho, menos José el indio, que se quedó fuera mirando hacia el monte,

que en la densa obscuridad aparecía como una mancha de tinta.

Vió cruzar dos hombres, y gritó:

--No pierda tiempo, mi jefe; ya no están ahí; ¡allá van corriendo, para

ganar el monte!

Un coro de maldiciones respondió, y un grito de dolor rasgó la noche.

El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la

pared, que el puestero había querido en vano disimular, arrojando un

apero.

Comprendió que lo habían burlado.

Era un paisano flaco, pequeño, con ojos crueles.

Miró al puestero que temblaba de miedo, y rápido, como un gato del

monte cayó sobre él, y le enterró el facón en el vientre.

La mujer dió un grito, y el pobre hombre cayó como un buey fulminado,

mientras la gente de la partida corría hacia el monte, donde se habían

refugiado ya Insúa y Alarcón.

Éste llevaba su carabina, mas no convenía hacer frente. En la

obscuridad de la noche, no habría podido apuntar; lo mejor era buscar

los caballos que pastaban por allí, cortar los lazos y saltar sobre

ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo.

Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio

José, y luego sintieron el tropel de los soldados que corrían.

Pero en pocos segundos habían saltado sobre sus caballos, y huían, como

dos centauros, tendidos sobre el cuello, a través del bosque, sufriendo

a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podían

esquivar.

Detrás, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores.

El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y

podían huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban

algún tiro cuya bala se perdía silbando, lejos de ellos.

Y así corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda,

sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno

bajo, donde no había árboles, y que se extendía en un solo pastizal,

ilimitado, suave y fresco.

La luna salía, llenando de luz el bañado, sobre el cual se dibujaban

nítidamente las siluetas de los dos fugitivos.

Insúa temió que viéndoles les hicieran fuego, mas no ocurrió eso; sus

perseguidores, llegados a la vasta planicie, abriéronse en dos alas,

para rodearlos.

--¡Maldición!--dijo Insúa, sintiendo que su caballo cansado, por la

carrera de todo el día, empezaba a aflojar.

--¡No importa, mi capitán!--respondióle su compañero, que empezaba

también a quedarse atrás--si ganamos el garzal, no nos agarrarán en

toda la noche.

Al frente, en la línea que seguían, a la luz de la luna, divisábase

el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi

inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como cañas, anidaban

millares de garzas, tuyangos y ocós, toda la fauna acuática de aquellas

regiones, con la seguridad de que hasta allí el hombre no era capaz de

llegar.

Veíase que la intención de sus perseguidores era impedirles alcanzar

este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien

montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran

su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran

hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron

a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno.

Alarcón marchaba adelante; Insúa le seguía, por la brecha que él

formaba aplastando las cañas. De cuando en cuando torcía bruscamente

el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida

cortina de totoras se alzaba como un murallón. Ni aun de día habrían

podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea

resultaba imposible y expuesta, porque Alarcón, que conservaba su

carabina e Insúa su revólver, los habrían fusilado a mansalva, antes

que ellos pudieran verles.

Por eso, cuando minutos después llegaron los soldados hasta el garzal,

detuviéronse indecisos. Había huellas que podían guiarles, pero ya

entre las cañas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas

direcciones por las haciendas que sabían refugiarse allí, no era

posible en la noche, hallar las verdaderas señales del paso de Insúa.

--Hay que cuidar la parte del Este--dijo el indio José.--Por ese lado

han de salir, buscando el camino de Helvecia, a través del Campo del

Medio.

Toda la partida, en efecto, continuó al galope, por la costa del

inmenso garzal, que parecía un mar de plata, a los rayos de la luna que

fundían todos los perfiles.

De vez en cuando sentíase el vigilante grito de los chajás, que

adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves

nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul,

inundado de luz.

Insúa y Alarcón avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando

llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuáticas tenían

sus refugios, a cada paso que daban, encabritábanseles los caballos,

asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocós y

las garzas, que dormían en sus nidos de cañas dobladas, cimentadas con

barro, a breve distancia del suelo.

Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoño todo el

terreno estaba anegado, hacía más fatigosa la marcha. Los caballos

rendidos, se paraban. Dábanles un resuello, y con las espuelas

ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante

aquellas sombras que surgían del suelo bruscamente, y aquel perpetuo

crujido de las cañas que estallaban al quebrarse.

Así llegaron al centro, donde había una laguna, en que los patos

dormían en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo,

al sentir a los dos hombres.

El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No había

totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, parecía un fresco

tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de

los pastos había un metro de agua.

Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque

barroso y húmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra

para dejar descansar sus caballos.

--Por esta noche no hay peligro--dijo Insúa, desensillando su caballo,

para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado.

Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El frío era

penetrante y parecía caer como una lluvia impalpable y helada, del

cielo limpio, barrido por el viento.

--Se van a pasmar--dijo Alarcón, cortando un puñado de paja seca y

friccionando rudamente la piel humeante de su caballo.

Insúa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tenía ahora para

él más precio, y aún envuelto en la emoción de la lucha, sentía las

ligaduras que ataban su corazón a la Casa de los Cuervos.

--¡Oh! ¡Gabriela, Gabriela!--pensó--¡qué profundamente has entrado en

mi alma!

Alarcón dejó los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la

manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas.

No bien estuvo dispuesta una, Insúa se tendió sobre ella con el aire de

un hombre rendido, y se envolvió en su blanco poncho de vicuña.

Su compañero sonrió adivinando en qué pensaba el caudillo.

--Yo haré la guardia, mi capitán--le dijo.

--Hasta la media noche--respondió Insúa--a esa hora yo te relevaré.

Partiremos antes del alba.

Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza

del lado Sur, llegó una obscura cortina de humo, cálido y acre.

--¡Mi capitán, mi capitán!--gritó Alarcón.

Insúa saltó de su lecho de totoras.

--Han incendiado el garzal.

Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentíanse ya los

gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero aún no llegaba hasta

ellos el chisporroteo de la llama.

La columna de humo envolvía el garzal, sin levantarse mucho, porque

arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por

la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras.

En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las

orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes.

Cuando Insúa iba a saltar, Alarcón dijo:

--Mi capitán, no monte en el suyo, monte en el mío, y deme su poncho.

Así nos confundirán, y podremos escapar con facilidad.

Insúa que fiaba en la sagacidad de su compañero, aceptó el cambio, y

subió en el otro caballo, mientras Alarcón saltaba sobre el tostado

famoso del caudillo.

Entre las rachas de humo que se hacían más espesas, contornearon

la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves,

graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales

de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, más acostumbrados ya a

romper las cañas con el pecho.

De pronto dijo Insúa, deteniéndose:

--Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el

Norte.

--Así ha de ser--contestó Alarcón.

--Entonces es preferible buscar camino al naciente.

--Yo creo, mi capitán, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo

hacia el naciente, aunque ellos vigilen por allí. Si han incendiado el

Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por

todo el poniente.

Y así se apartaron, citándose para el camino de Helvecia. Al

despedirse, Alarcón estiró la mano a su jefe.

--Adiós, mi capitán. Aunque me maten, no se olvide de mí.

En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el

valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas,

agitado por el viento, parecía un caballero de leyenda.

Insúa tuvo miedo al verle, tan fantástica era su figura en el cuadro

aquel, y tembló recordando sus presentimientos de esa mañana.

Le apretó la mano con extraordinaria efusión y se separaron los dos,

Insúa hacia el Norte, Alarcón hacia el Este, donde quedaba el camino

del Campo del Medio.

El jefe sentía el incendio a su izquierda, como si el viento,

remolineando, sin dirección fija, hubiera hecho correr la llama por

el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un

admirable pasto para el fuego.

Corría más la llama que él, y eran como dos brazos de oro fundido

que le perseguían para estrecharlo antes de que saliera de entre los

totorales.

Llegó a pensar que habría sido mejor buscar una salida hacia el

naciente, aun defendiéndose a tiros, porque por allí el incendio no

debía haber llegado todavía.

El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caía,

resbalándose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que

algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos.

Insúa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el

pobre animal, lleno de pavor más que de bríos, soplaba con furia y se

alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla

de pajas crepitantes y lustrosas.

Cuando llegó al borde del garzal, cerca ya del bañado, una racha de

viento desgarró la cortina de humo, que lo envolvía todo, y él pudo ver

hacia el naciente el incendio más pavoroso como si le hubieran dado

contrafuego.

Tembló por su compañero. Fué a volver, en su auxilio, por la brecha que

él mismo había abierto, pero una inmensa columna de humo se alzó de

pronto, a un centenar de pasos, de donde él estaba, entre las totoras

que acababa de cruzar, anunciándole que todo aquello no era más que un

solo brasero.

El cielo que se había cubierto de nubes, se enrojecía con vívidos

lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos

sanguinolentos. Altas, muy altas, veíanse cruzar las garzas

encandiladas, y graznaban las gaviotas que habían acudido al

espectáculo.

En el horizonte hacia el Este, pintábase ya la barra limpia, color de

oro, anunciadora de la mañana.

Un minuto que perdiera, sería su muerte, pensó el revolucionario,

sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su

izquierda, le había visto a la luz del incendio, y se echaba a correr

sobre él.

Espoleó su caballo, y empezó a cruzar el bañado, seco en ese tiempo,

pero difícil por la aspereza de la tierra que la hacienda había

hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como

pequeños cordeles.

Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcón, que podía

haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la

laguna del garzal, donde habría podido librarse del incendio.

La luz se hizo, cuando llegó al linde del bañado con el monte, y los

cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme.

Su perseguidor de la izquierda, lo saludó con un tiro cuya bala sintió

silbar, y vió entonces a la derecha el grupo de los soldados que se

echaban sobre él, a todo lo que daban sus caballos.

Y empezó de nuevo la carrera, a través del monte, lleno de silencio y

de sombra, azotándose con las ramas espinosas que se alargaban sobre

él, como para detenerlo a traición, oyendo el resonante galope que le

perseguía como un trueno lejano, y el alarido de los perros, por donde

comprendía que iba menguando la distancia y que su caballo empezaba

a aflojar. Hasta que, de pronto, parecióle que todo se anegaba en el

silencio invernal del bosque, y volvió la cara no oyendo ya ni a los

perros ni a los hombres, y observó que habían desaparecido.

Comprendió que engañados por el cambio de poncho y de caballo, que le

sugiriera Alarcón, creían haber perseguido a éste, y se volvían para

rodear en el garzal incendiado al jefe de los revolucionarios, seguros

ya de no dejarle escapar.

Alarcón en tanto, quebrando la valla de totoras había marchado hacia el

Este de la lagunita donde pasaron la noche.

Estaba seguro de que por esa parte se encontraría con los soldados, y

ese era su oculto propósito. Se haría perseguir, con su poncho blanco,

iluminado por el alba que clareaba ya, y daría tiempo a su jefe para

escapar.

Mas he aquí que siguiendo su penoso camino, cuando se había internado

profundamente entre aquellos tupidos y recios pajales, una extensa

faja incendiada le cerró el camino con su vaho de infierno. El viento

era contrario a la llama, pero de vez en cuando algún remolino caía

sobre ella y mesándola en todas direcciones la hacía penetrar en rojas

lenguas a través de las cañas secas y sonoras.

Buscó una salida y no hallándola, oblicuó hacia el norte, porque la

gran masa de fuego llegaba del sur, arrastrada por el pampero. Y

después de marchar un rato, un aletazo del viento arrojó sobre él una

obscura cenefa de llamas envueltas en el humo áspero de los pastos

verdes.

Tenía que volver, y con paciencia, comprendiendo que debía esperar en

medio de la laguna que sus perseguidores cayeran sobre él cuando el

incendio hubiera devastado su inexpugnable refugio, volvió riendas y

empezó a desandar su jornada, siguiendo sus propias huellas.

Y de nuevo la llama que había avanzado rodeando la laguna le cortó el

paso.

Ni para el Norte, ni para el Sur; ni para la izquierda, ni para la

derecha. Todo estaba incendiado. Quiso cruzar la napa de fuego que

lo separaba de la laguna donde podía salvarse, y el caballo se le

encabritó y volviendo grupas empezó a patear las llamas que corrían

como millones de culebras de oro.

Debía morir, y se resignó, con ese fatalismo criollo que se allana

mansamente al destino.

Ya él lo había presentido, oyendo graznar a los cuervos, y aunque su

jefe no creía, él tenía ya la muerte en el alma.

Había una isleta libre entre la mar de fuego que avanzaba por todos los

rumbos, se retiró al centro, y se puso a mirar con sus ojos azules,

serenos, la llama que llegaba en su busca. Las cañas se retorcían

gimiendo, y en la parte húmeda y verde que se hundía en la tierra,

estallaban cohetes que asustaban al caballo.

Alarcón lo palmeó en el cuello para aquietarlo. Echó pie a tierra y se

puso a desensillar pensando que era una tristeza que se perdiera aquel

soberbio tostado que se había hecho tan famoso como su dueño. Quitóle

después el freno, lo enderezó hacia el Este, y le dió un lonjazo para

que tratara de salvarse huyendo a través del fuego.

Pero fué en vano; el animal corrió hasta las llamas, tronchando las

totoras; y allí bruscamente, volvió el anca, y se puso a dar coces sin

alejarse del fuego que avanzaba sobre él.

Alarcón agachó la cabeza para no verlo. Sentía los gritos de los

polluelos que se asaban en los nidos, y arriba, sobre su cabeza, la

protesta de miriadas de garzas blancas y gansos rosados, que volaban

sobre las nubes, asistiendo al incendio de su refugio y de su prole.

Un rumor como si centenares de carros volaran sobre la llanura

producían las llamas mesadas por el viento, entre las altas cañas que

podían ocultar un hombre montado.

El humo y el calor de horno que le envolvía empezaban a desvanecerle.

El fuego estaba a cincuenta pasos de él, y envolvía totalmente el sitio

en que su caballo moría pateando siempre al invisible enemigo.

Comenzó a salirle sangre por la nariz, y como de pie no podía respirar,

miró por última vez el cielo, manchado de nubes ahumadas y el sol que

ascendía, haciendo huir la noche en el sombrío bosque, por donde a esa

hora galopaba su jefe, y se echó en tierra pegando la cara con el barro

fresco, que pudo hallar al pie de las totoras, envuelto en el poncho

blanco de Insúa.

* * * * *

Cuando al caer la tarde se extinguía el inmenso brasero del garzal que

había ardido todo el día, José Golondrina, que acechara ansiosamente

para impedir la fuga del que todos creían que se estaba quemando allí

adentro, montó a caballo, y se internó en la llanura cubierta de ceniza

y de matas ennegrecidas que se desmoronaban bajo las pisadas del

caballo.

De algunos montículos, donde habían estado más tupidas las totoras,

surgían aún haces de chispas, que caían como un polvo de oro sobre el

rescoldo tibio.

A tres cuadras de la laguna halló el cadáver del caballo de Insúa, y a

poco más allá, el cuerpo del que creyó su rival, con la cara sobre la

tierra blanca de cenizas, como dormido en el profundo silencio de la

tarde.

Reconoció su poncho blanco de vicuña, quemado en parte, su lujoso

apero, sus armas, y echó pie a tierra, y con el taco de su bota pisó

el cuello del muerto, que envolvía la manta, sintiendo que la carne

calcinada se desmoronaba también como aquellos montículos de que estaba

sembrado el garzal.

Y sus ojos pardos se llenaron de luces, que brillaron un momento, como

los haces de chispas que surgían de entre las matas encendidas aún,

cayendo como una lluvia de oro sobre el rescoldo tibio.

Y pensó que ahora podía reinar sobre su tribu reconstituída por él.

IV

Yo lo maté, pero voy a morir...

Días antes Syra, que rara vez salía desde la muerte de su novio, visitó

a las vecinas, en cuya casa solía verse con él.

Empezaban a encenderse las luces cuando ella terminó su visita, y se

marchó.

En la calle solitaria a esa hora, encontróse con una negra vieja, hija

de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las

paredes, estirando una mano seca a los raros transeúntes.

Conocíala Syra y la socorría en día fijo de la semana.

La vieja se le acercó, y le dijo en voz baja:

--¡Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en interés del hombre que

llora.

--¿Quién te manda?

--José el indio.

--¿Dónde está?

--En el cementerio de San Antonio.

--¿Qué quiere de mí?

--No me lo ha dicho.

Pensó Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a

la cual había llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava

decía la verdad, y que las misteriosas palabras con que había aludido a

su novio muerto, tenían realmente relación con la extraña cita.

Observó si alguien más la había visto, y creyendo que no, se arrebozó

en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada más, y siguió la

calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras

más allá.

El velo ceniciento que el crepúsculo había arrojado sobre la ciudad, se

iba oscureciendo como un denso crespón, y cuando Syra llegó frente a

las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al

borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, parecía llena de

las almas de los muertos, era casi de noche, y no vió la silueta del

indio, acurrucado contra la puerta.

--Niña Syra--le dijo, y ella tembló ante aquella voz que parecía surgir

de la tierra.

Él se paró y le murmuró al oído.

--¿Siempre se acuerda de él?

Syra lo miró, y vió sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra.

--¿Qué te importa?

--¿Lo has olvidado, entonces?

--¿Para eso me has llamado?

--Sí, niña, para eso. Quería saber si después de muerto, iba a seguir

siendo agraviado.

--¿Por quién?

--Si su merced me manda, niña,--dijo con voz sumisa el indio,--yo le

diré; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber

lo que iba a contarle.

La Casa de los Cuervos · 第 13 / 14 段