Chilló una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial

entró en el alma de la joven como un escalofrío. ¿Qué podía ser aquello

que el indio le iba a contar? Ella sentía pasar los días cargados de

odio, porque en su corazón apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo

de vengar aquella sangre que manchó su traje de baile y de novia.

--¿Qué me vas a contar?--dijo simplemente--yo no lo he olvidado.

--Pero en su casa sí--respondió el indio--en la Casa de los Cuervos, ya

ni su madre lo recuerda, y su hermana está para casarse con el que lo

mató.

Dijo estas palabras en voz baja, no más fuertes que el susurro del

áspero ciprés que había al lado de la capilla, mas parecióle a Syra que

la voz retumbó como un trueno, y miró a su alrededor, por si alguien

había que pudiera escucharle.

El camposanto, sembrado de cruces negras, parecía un vasto sudario

arrojado sobre millares de muertos que yacían juntos, marcando con sus

cuerpos el pequeño relieve de los túmulos blancos.

Ni una luz se veía en ese barrio, de tapias roídas por el tiempo, y de

pencales verdes y espinosos, señalando el linde de las heredades.

Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no había

temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a

los perros sin amo.

Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el

enorme silencio pesaba allí durante horas, como una lámina de plomo,

hasta que al toque de ánimas, que llegaba de todas las torres de la

ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombría capilla,

cuya puerta solía abrir el viento.

--¿No has mentido?

--No, niña.

--¿Vas a jurar?

--Sí, por la tierra donde duerme mi madre--dijo él, y Syra creyó en su

palabra.

Esa misma noche habló a Montarón, y le anunció que se iría a la Casa de

los Cuervos a pasar una temporada de campo.

El repentino capricho pareció explicable y sus padres accedieron a

mandarla en una volanta, que salió dos días después, cuando ya Rosarito

estaba de vuelta y José Golondrina perseguía en el garzal a los dos

fugitivos.

Syra llegó a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su

amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le habían

confiado.

Doña Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que compartía

su dolor, pero que la miraba con ojos extraños que buscaban su

pensamiento, sintió miedo, temiendo por el secreto de aquel perdón que

había dado a Insúa en el fondo de su alma y que nadie comprendería, si

llegaba a saberse todo lo que ella sabía de la muerte de su hijo.

Y Gabriela tembló por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra

hubiera leído una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran

puesto de acuerdo, jamás nombraban al ausente en quien vivían pensando.

No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecían haberse

olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra había venido a

avivar, como una cicatriz que duele y se abre.

A la siesta se reunían las tres mujeres en la galería bañada por el

dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los

labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio.

Los peones se acercaban a pedir órdenes a la dama, que solía

levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra.

Gabriela sentía los ojos de la hija de Montarón clavados sobre ella.

Sugestionada por aquella persecución alzaba la frente, y la miraba.

Syra, enlutada como una viuda, le sonreía, sin hablarle, mas su sonrisa

no era amistosa.

Cuando algún incidente imponía la conversación, los espíritus parecían

alejados y las palabras surgían sin cordialidad.

A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba

aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo.

Gabriela pensaba que ña Floriana había adivinado su secreto, porque

jamás mencionaba a Insúa, como si tal nombre le amargara los labios; y

si era así, la astucia de aquella mujer podría haber comprendido los

sombríos proyectos de Syra, que compartía con ella sola el deseo de

vengar a los muertos.

Pasaban los días y aún Syra ignoraba si en verdad doña Carmen y su hija

conocían que el hombre que albergaran en su casa era el matador de

Carmelo y de Jarque.

Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surgía la terrible

sospecha de que ambas lo sabían y callaban para no romper el encanto

del amor que nacía.

Una tarde llegó ñor Basilio el ovejero, y dijo a doña Carmen:

--En el campo de Mocoretá han quemado vivo al capitán Insúa. Uno de los

que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y

me lo ha contado.

Doña Carmen guardó el secreto. Nadie habría podido sospechar la

tormenta de encontradas pasiones que se levantó en su alma, porque su

rostro permaneció inmutable.

Un poco más de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el

pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las

expresiones de rencor satisfecho que querían desbordar.

Pero esa noche todo cambió. A la hora de la cena sintieron llegar un

caballo, que se acercó entre el ladrar de los perros hasta el árbol en

que los cuervos dormían.

Gabriela corrió a mirar y dijo:

--¡Insúa!

La madre fué a desengañarla, contándole la historia que le habían

referido, cuando entró el capataz y lo anunció, y luego el mismo

capitán, que llegó con aire de fiesta.

Sin que nadie lo advirtiera, Syra corrió a su cuarto, cuya puerta daba

sobre el corredor y se encerró por no verle.

Insúa se sentó a la mesa, y alejados los sirvientes, habló a la madre y

a la hija.

Había mandado un chasque a don Julián, a fin de que esa misma noche

llegara a casa de doña Carmen y debía estar al caer.

Era extraño lo que iba a decir, pero en su vida todo era así, extraño.

Doña Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el

plato y las manos tiesas sobre el mantel. También en la vida de ella

todo era extraño.

Insúa prosiguió:

--Quiero llevarme, señora, el talismán que ha de darme suerte. La

revolución va a estallar en el plazo de tres días. Todo está pronto, y

yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la

batalla.

Gabriela había dado un grito. Insúa se puso de pie y esperó la

respuesta. Doña Carmen bajó la cabeza asintiendo, mas no habló.

Sintióse rumor en el patio y todos salieron de la galería. Era don

Julián que llegaba.

--¿Será esta noche?--preguntó la dama a Insúa.

--Sí, señora--contestó él, inclinándose.

Doña Carmen llamó a la mujer del capataz y le dijo lo que había, a fin

de que preparase el oratorio donde debía de ser la ceremonia.

En la obscuridad del patio no vió el gesto de horror con que la mujer

se apretó la cabeza.

Insúa y Gabriela se paseaban en la galería del lado en que estaban los

cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentían el áspero roce

de su pico en el negro plumaje.

En el cuarto de los huéspedes doña Carmen atendía a don Julián.

El comedor había quedado a obscuras, y nadie vió por eso entrar a

Floriana, que se acercó hasta la pieza donde Syra se había refugiado y

la llamó suavemente.

No le abrieron; quizá no oyeron la señal, que repitió dos veces, sin

resultado. La joven, sin embargo, no dormía; sentíanse sus pasos y el

rumor de su ropa.

Floriana miró por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela,

vió algo cuyo significado no comprendió. ¿Quién estaba allí? ¿Syra o

Gabriela? ¿Quién era la novia que había venido a buscar el capitán

Insúa? ¿Por qué si era Gabriela, Syra se vestía de blanco como si ella

fuese?

Corrió al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le

llenaba el alma de rencores y a poco sintió la voz de don Julián que

entraba con una maleta, en que traía un roquete, una estola y un libro.

Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba;

Insúa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doña

Carmen de Borja, pálida, como una muerta, plegados los labios para no

quejarse, y los peones, que habían de servir de testigos.

Se cerró la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardían

en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada

de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer

las preces.

--Falta la niña Syra--dijo Floriana.

Doña Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julián no la había

oído, y llamó a Insúa y a Gabriela, y comenzó a leer aquella augusta

alocución, que esa noche ponía un horror de tragedia en el corazón de

todos.

De pronto sonó una carcajada en el patio, que a Insúa le heló la

sangre; se oyó el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la

puerta del oratorio se abrió con violencia, y entró Syra, vestida de

blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparición, con el

cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la

frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada.

Apartó con fuerza a los que le cerraban el paso y corrió al altar y

tomó a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de

sangre que tenía sobre el pecho, en el albo traje de baile:

--¡Yo era su novia, y él lo mató!

Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido,

sin que ella dijera más, lo que significaba aquella sangre, quién era

el muerto y quién era el matador.

Se abrió de nuevo la puerta, y una racha fría de viento apagó las

luces, y sintióse en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran

pájaro que había entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por

hallar la salida.

Se oyó entonces la voz de Insúa:

--¡Es cierto, es cierto! ¡Yo lo maté!

Se le vió, en la sombra, acercarse a Gabriela que había caído desmayada

en brazos de su madre, no se oyó el ruido de su beso en la frente de

la joven, pero sí la voz de él más tranquila, hablando desde el umbral

de la puerta, como un adiós a la Casa de los Cuervos.

--Yo lo maté, pero voy a morir.

No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendió una mano amiga

para detenerle.

Salió; se oyó el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un

caballo, que se alejaba por la calle sombría de los eucaliptus.

V

La batalla de los Cachos

Una mañana, el catorce de Junio, Rosarito entró despavorida en el

salón donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos

adormilados.

--¡Tata!--dijo simplemente--¡la revolución!--a Francisco anoche lo han

muerto, según dicen.

Y cayó arrodillada en el suelo, llorando y escondiéndose la cara entre

las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el

maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela.

Desde tres días antes vivía la gente en Santa Fe aguardando la hora de

la revolución. Sabían, los que estaban en el secreto, que don Patricio

Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad,

sublevando las campañas con ardorosas proclamas.

Sus montoneros a caballo, mal armados, no habrían podido resistir el

empuje de las fuerzas del gobierno, que contaba, como núcleo principal

de su defensa, con el histórico batallón "7 de Abril" al mando del

coronel Raimundo Oroño. Pero sabían que Francisco Insúa bajaba

simultáneamente a encontrarse con Cullen, al frente de los "Suizos",

colonos de Helvecia, y de más al Norte aún, de la Colonia Galense,

de Romang, de Alejandra, donde la causa de los revolucionarios había

reclutado sus mejores tropas.

Aquellos extranjeros, tiradores de primer orden, bien armados con

fusiles de precisión, valían mucho más que las revueltas montoneras que

traía Cullen.

La revolución debía estallar en la ciudad, no bien se supiera que

Cullen o Insúa llegaban, y hubo un momento en que su triunfo pareció

seguro a los dirigentes de la conspiración, porque el gobernador Bayo,

ignorante de todo, o confiado en exceso, habíase ausentado de la ciudad

para asistir a las fiestas que en esos días celebraban en el pueblo de

San Carlos.

Montarón con un grupo de revolucionarios se encargó de apresarlo, pero

el gobernador tuvo aviso de que la muerte de Insúa que días antes

le comunicaran en secreto no era verdad, y que se le había visto en

Helvecia, moviendo su gente.

Esto le obligó a regresar, frustrando el plan de Montarón; y como

se supiera que los revolucionarios avanzaban sobre Santa Fe, se

destacó una compañía del batallón "7 de Abril", para que marchara a su

encuentro, dejando el resto de la fuerza para cuidar la ciudad.

Los soldados del gobierno debían procurar unirse con la gente que desde

San José del Rincón llevaba el coronel don Nazario Ocampo, fuerza de

caballería de línea, muy apreciable, no por su número, sino por su

calidad; y con las del coronel don Francisco Romero, que debía cruzar

desde Santa Rosa con quinientos hombres, bien armados, para cortar

la retirada de los revolucionarios, cuando bajasen a lo largo del

Saladillo.

Ocurrió, sin embargo, que el 13 de Junio, al mediodía, el jefe de las

tropas del gobierno que marchaban hacia el Norte, recibió noticias

de que Insúa había llegado al paso de los "Cachos", y se preparaba a

vadear el Saladillo, buscando la margen derecha, para seguir el camino

a Santa Fe.

El coronel Oroño, dudando de aquella nueva, mas deseando prevenir

el ataque si era verdad, destacó una compañía de veinte hombres a

caballo, al mando del alférez don Pedro Viñas, para que efectuara un

reconocimiento hasta el mencionado paso.

Y allí, aquel día, al caer de la tarde, se inició la sangrienta batalla

de los "Cachos".

Insúa bajaba, en efecto, con su gente. La margen izquierda que a causa

de las vueltas del Saladillo, quedaba al Norte, estaba anegada por un

repunte del riacho en los últimos días.

Los altos pajales podían servirles para acercarse sin ser vistos, hasta

el paso que buscaban, donde había dos grandes canoas, en que podían

cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas.

No todos venían a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte

marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus

cartucheras a la cintura.

Insúa triste, buscando la muerte más que la victoria, hacía su jornada

en silencio y sin odio.

Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro

de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno,

parapetada detrás de unas pilas de leña cortada, que algunos canoeros

habían amontonado y que servían de admirable trinchera.

No era fácil saber el número de los enemigos, pero Insúa dió orden de

cruzar el río, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra,

bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril".

Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empezó un vivo

tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el río.

El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes

rifleros, descubría detrás de los montones de leña al enemigo apenas

visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oía un grito:

un hombre se paraba, abría los brazos y caía y los tiradores reían.

La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la

mitad del río se fué a pique acribillada a balazos por los del gobierno

que apuntaban a sus tablas.

Y entonces se vió a Insúa, que en la otra orilla permanecía a caballo,

mandando la maniobra, con un soberbio desdén de la muerte que zumbaba

a sus oídos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra

canoa.

La llevó así hasta que el agua le dió al pecho, y de un poderoso envión

la arrojó hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor

del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir.

Veíase claramente que los soldados del gobierno lo habían conocido,

no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre él, a cuyo

alrededor en el agua, picaban las balas salpicándole el rostro.

Se volvió a la orilla y montó de nuevo en su caballo y esperó el

resultado de aquella maniobra.

Ya algunos de los suyos,--lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus

caballos,--empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa

cargada de rifleros, había pasado de la mitad del río, cuando se vió

a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus

barricadas, abandonando un puesto que no podían sostener.

Cesó el fuego, mas con el último tiro, se vió a Insúa que abría los

brazos y caía del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas.

Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonreía, como si hubiera

visto venir lo que anhelaba.

--Sigan peleando, muchachos--les dijo.

Cruzaron el río, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la

orilla, y lo dejaron allí, porque tuvieron noticia de que la gente

del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convenía

atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa

Rosa.

Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos

había abandonado también aquel punto, y cuando a la mañana siguiente

llegó Cullen con su tropa, se estrelló con las fuerzas del coronel

Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballería con que

contaba, ni de Insúa, del cual no halló quien le diera noticias.

Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y él tuvo que

huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia.

Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y

cuyas condiciones no conocía.

Perseguido de cerca, en los primeros momentos ganó larga distancia,

pero pronto conoció que el caballo se le cansaba.

Su asistente, Juan Félix López, sin apartarse de él, le decía:

--Castigue, don Patricio; castigue su caballo.

El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba

rendido bajo su peso, respondía:

--A mí me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo

que temer. Vos sí; vos debés huir.

Llegaron así al monte, a la isleta de las Estacas, y allí Cullen

comprendió que su caballo no daría más y se detuvo.

Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se echó sobre él.

Saltó del caballo uno de ellos; era José Golondrina, y lo tomó de la

rienda.

--¡Bájese!--le dijo,--y como no obedeciera al instante, le tiró un

lanzazo y lo derribó. En el suelo, uno de los más abyectos secuaces

llamado el "Lechuza", lo tomó de la barba.

--A mi padre--alcanzó a decirle don Patricio--lo degolló Rozas; no me

maten como a él. Mátenme a balazos.

Pero "Lechuza" le cortó la cabeza, mientras la pequeña tropa de gauchos

y de indios se cebaba en su cuerpo cribándolo a lanzazos, lo mismo que

al de su compañero López.

La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni

sus adversarios más encarnizados habían creído que pudiera llegarse a

ese extremo.

Cuando se recibió la noticia, Rosarito, acompañada de su padre, había

salido ya en busca de Insúa, herido la víspera.

La campaña tranquila se bañaba en el sol de la tarde, indiferente a

aquellas pasiones que manchaban su suelo.

Don Serafín, acurrucado en un rincón, envuelto en su capa, iba contando

historias análogas a aquel episodio, que había visto en su vida.

Rosarito llevaba las riendas del tílbury en que viajaban al trote por

el solitario camino blanco. Ella no oía a su padre; pensaba en las

cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tenía en los labios la

amargura de una queja. Pensaba que si él había muerto, lo hallaría

donde le habían dicho, velado por Gabriela; que si aún vivía, él no

volvería a besarla como en la noche de la revolución, porque su rival

estaría presente.

Sabía que no había esperanza de salvarle. El que les llevó la noticia,

enviado por Insúa mismo, les había explicado cómo era la herida y cómo

ni el mismo Insúa pensaba vivir.

Así como mandó avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habría mandado

avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de allí.

Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo

revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado.

Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tenía cerrados los ojos.

Como obscurecía ya, no conoció en la penumbra a los que llegaban, y

Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vió sonreír, y le

habló de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y

él que en nada creía, sintió su alma iluminada por aquella verdad que

bajaba en tal momento sobre él, y lloró con grandes lágrimas cálidas.

--¿La has llamado?--le preguntó Rosarito, y él hizo señas de que no, y

la miró con profunda ternura, como diciéndole que ella refundía en sí

sola todas las mujeres que podía amar: su madre, su hermana y su novia.

Y ella comprendió, y cuando al siguiente día cerró él los ojos para

siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella

pensó que era su viuda, y lloró sobre su cuerpo frío, sintiendo en el

fondo de su dolor, la humilde alegría de saber que por fin él la había

comprendido.

* * * * *

Tip. y Enc. NUEVA ÉPOCA

San Martín 850--SANTA FE

HUGO WAST

La Casa de los Cuervos

PRIMER PREMIO

EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL

NUEVA EDICIÓN

BUENOS AIRES

Agencia General de Librería y Publicaciones

1571--Rivadavia--1573

OBRAS DE HUGO WAST

NOVELAS

=Alegre.=--19.º millar.--Librería Ollendorff, París.

=Pequeñas Grandes Almas.=--11.º millar.--Montaner

y Simón, Barcelona.

=Flor de Durazno.=--27.º millar.--Librería Ollendorff,

París.

=Fuente Sellada.=--17.º millar.--Librería Ollendorff, París.

=Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--4.º millar.--Biblioteca

Patria, Madrid.

=Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.

=La Casa de los Cuervos.=--9.º millar.--Agencia

General de Librería, Buenos Aires.

POESÍAS

=Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).

VARIOS

=¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª

edición.

=El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería

Alfa y Omega, Buenos Aires.

=Un País mal administrado.=--(Estudio económico).--Arnoldo

Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).

EN PREPARACIÓN

=Las bases de la sociología.=

=Un País mal administrado.=--2.ª edición.

* * * * *

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en negritas están indicadas con el =signo igual=.

Algunas reglas de acentuación del castellano cuando esta obra fue

publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se

realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta

transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en

caso de errores evidentes de impresión y/o puntuación, los cuales han

sido corregidos. El Transcriptor también ha respetado ciertos modismos

empleados por el autor, que son típicos del castellano que se habla en

ciertas zonas de Argentina.

El Transcriptor desea aclarar que el autor menciona en el texto un

personaje real de la historia argentina, Rosas, pero en el texto es

mencionado como Rozas. Se ha respetado la ortografía del original.

El ÍNDICE en la obra original se encontraba al final del

libro. El Transcriptor decidió colocarla al principio de la obra.

La cubierta del libro ha sido modificada por el Transcriptor y ha sido

agregada al dominio público.

La Casa de los Cuervos · 第 14 / 14 段