--No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de
usted...
Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su
interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda.
--¡Son calumnias, señor don Manuel!--exclamó con un hilo de voz.--Si no
fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de
hambre ya.
--Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo
hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le
aumenten la subvención.
Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la
pagaran sería bastante...
--¿Me espera un minuto?--díjole de pronto Zavalla, como si acabara de
tener una inspiración.
Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina,
cuya puerta habían cerrado.
Don Serafín miró su magnífico reloj.
--¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza?
Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de
retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba
toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido
como un niño.
Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca
temía borronear.
--Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados.
Don Serafín dió un salto.
--¡Los doce meses!--exclamó, calculando que al día siguiente sería
poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.
--Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda
flojo, pero hice valer un supremo argumento.
El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su
interlocutor que se agachó, murmurándole al oído:
--Le dije que necesitaba plata para el casamiento.
--¿El casamiento? ¿Qué casamiento?
Zavalla lo miró con una benévola sonrisa.
--¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta?
--¡No comprendo!--balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en
todas sus sorpresas.
--Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se
casa..
--¿Que Rosarito se casa?--interrogó en el colmo de la estupefacción el
maestro.--¿Con quién dicen que se casa?
--Con Insúa, con Francisco Insúa, que ha venido a eso, a casarse...
El maestro sonrió con tristeza, deshecha su ilusión.
--No es verdad--dijo sacudiendo la cabeza.--Francisco no ha venido.
Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclamó:
--¿Que no ha venido Francisco? ¿Y entonces dónde está?
Don Serafín recapacitó un segundo, bajo la mirada inquisidora de
Zavalla.
--En lo de doña Carmen de Borja, respondió.
--¿En la Casa de los Cuervos? Allí estuvo, pero ahora...
--Ahora, ahora está allí.
Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su
casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena,
y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y
le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida,
sospechando alguna intriga, juntó las manos:
--¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco?
Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una
hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la
suerte de la revolución.
Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto
en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su
paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el
gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja,
había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil.
El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los
hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía
producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus
montoneros.
Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre.
Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las
vacaciones, Jarque los había llevado a los dos, por una breve
temporada.
Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya
vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza,
que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno
sobre su rostro inteligente.
Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que
ella le sugiriera.
--Tata--le dijo--si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto
preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro
para impedir la revolución.
Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado.
--Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré
para que huya.
Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si
estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.
--¿Vas a ir?--gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija.
--Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún
canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la
laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos.
Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios
me ayuda así lo salvaremos.
Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su
manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un
canoero de confianza.
Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y
aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón,
anunciándole próximas desgracias.
Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a
correr.
II
El aviso
La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas
sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas,
sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el
último día en que aún pudo guardar su ilusión.
Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de
los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes
que nadie, tuvo que ayudar al canoero.
La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un
buen viento que hinchaba alegremente la vela.
De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un
golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces
tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a
veces la pala se hundía toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo
por un rato.
Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando
de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta
napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas
negras contra las bordas de la canoa.
Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento
calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos
sauzales de las orillas.
El canoero dejó la pala y tomó el botador.
--Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa.
Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido
el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál
podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío,
desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero
decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se
descorazonara en la extraña aventura.
No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos
tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse
de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen.
Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de
quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente.
Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la
borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia
húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía
a su contacto.
La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz
de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la
cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel
ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de
los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el
pensamiento de la niña.
Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría
la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta.
--Estoy cansada--dijo, como una disculpa.
--Ya me parecía que así había de ser--contestó el canoero dando un
empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y
no por ella.
Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio.
Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que
le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar,
con el contacto viscoso de una víbora o de un sapo. Una gran ilusión
se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba
el alba...
Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje
descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía
huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría
el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un
caudillo.
¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado
siempre?
Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las
descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir.
¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle
que también él la amaba?
Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la
ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.
El canoero, que conocía el lugar, dijo:
--Aquí es.
Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al
saltar a tierra.
Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío,
mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran
silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.
Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un
freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía
áspera de las gallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol
que empezaba a salir.
Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por
Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado
campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella
vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos,
posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir
al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió
el viento y el tufo que arrojaban sus alas.
No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló,
inmensamente sorprendido de verla.
--¿Qué hay?
Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido,
y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no
estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero
la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su
larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.
Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado
la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado,
estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando.
Mas no la dijo. Le apretó la mano.
--Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán.
Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y
desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de
la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días
después.
Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro
empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante,
que ella perseguía con amor hacía tantos años.
En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón
ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa
apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría
a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus
troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.
No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la
habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un
beso para que le sirviera de talismán en la batalla.
--¿Por qué lloras, Rosarito?--le preguntó él, subiendo a caballo.--No
hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme...
--¡Que Dios te bendiga!--le dijo, como una madre o como una hermana.
Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La
silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara en
la galería, bañada de sol, desapareció como una sombra.
Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron,
haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba
el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la
mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas.
Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se
iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas.
Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero
que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se
entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión.
A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de
una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas
turbado por el melancólico rumor del río.
Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello
de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno.
Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros
espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío
aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en
cada una un poco de su tristeza.
Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una
gaviota dormida.
No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y
en el árbol seco dormían ya los cuervos.
III
El incendio del garzal
Aquella zona de la costa, que el río inunda cuando crece o que
las lluvias anegan, transformándola en un lago inmenso, de escasa
profundidad, debía ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y
el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran.
La tarea no era fácil. Saliéndose del camino de Helvecia, que cruzaba
por allí, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo
lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guarecía la
hacienda matrera, y donde podía esconderse perfectamente un hombre a
caballo.
Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas,
era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible.
A fines de Junio del año 77, los lugares que se inundaron por las
lluvias estaban secos, pues hacía tres meses que no llovía y se habían
transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que
merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapiñas y pernoctando en los
pajales misteriosos, llenos de extraños rumores en los días de viento.
Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el
fácil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos,
a los viajeros que podían pasar por el camino.
Y así fué como Insúa y Alarcón, que vadearon el río buscando el mejor
camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse
con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes
que vigilaban las costas.
Cuando la partida gubernista los vió pasar por el camino limpio, de
lejos reconoció al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de
vicuña flotaba a sus espaldas como un albornoz.
--¡Son ellos!--dijo el jefe.--¡Vamos, muchachos!
Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras
y surgió sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que
componían la partida, vestidos a medias de militares y a medias de
gauchos.
Insúa y su compañero, que se alejaban al trote, resguardados por un
pequeño monte de chañares, que en aquel sitio obligaba al camino a
hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a través de los
árboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos.
El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis
policianos, fué el primer recurso que se le ofreció al revolucionario.
Pero sólo Alarcón tenía su carabina. Él llevaba su revólver, ineficaz
a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus
adversarios, lanzados al galope.
Además, todos ellos, armados de carabinas, habrían podido con más éxito
contestar su agresión.
--¿Es bueno tu caballo?--preguntó a su compañero que montaba un zaino
obscuro.
--Es de "Los Algarrobos"--contestó simplemente Alarcón, haciendo el
elogio, porque don Patricio Cullen tenía en su estancia una cría de
caballos muy acreditada.
--Castigá entonces--díjole Insúa que montaba su famoso tostado.
Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una
carrera frenética que había de durar mientras los otros no cejaran en
su persecución.
El montecito de chañares les salvó del tiroteo que los perseguidores
pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de
rémington; y cuando, más allá, el obstáculo desapareció, la distancia
había aumentado sensiblemente, dificultando la puntería.
Pronto sintieron el silbido de las balas.
Insúa se echó a reír, espoleando su caballo.
--No está fundida la que me ha de matar--dijo repitiendo las palabras
que había dicho a Rosarito.
Tenía fe en su estrella. Alarcón, sin embargo, serio y triste, le
respondió:
--Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia
desgracia.
Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedándose
atrás. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y
hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios
compañeros que corrían sobre la misma línea del camino, detrás de los
dos revolucionarios que huían a quinientos metros de distancia, no los
hubieran defendido cubriéndolos con sus cuerpos.
--¡Que Dios los ayude!--dijo uno, dejando el fusil y poniéndose a
arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.--Van bien
montados y no los alcanzaremos.
La persecución duró algunos minutos más. Sobre el camino blanco
brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que señalaba el paso de
los hombres. No había viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo
de los pajales verdes.
El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a
aflojar, y viendo cada vez más distantes a los dos fugitivos, soltó una
maldición y se detuvo.
--¡Alto!--dijo--¡a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos
de la marca de Cullen.
--O de la de Insúa--respondió uno de los soldados--el tostado del
capitán es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser
el mejor parejero de estos pagos...
Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista
el pequeño grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta
que desapareció entre el polvo del camino y los pajales.
--Los cuervos han mentido--dijo Insúa a Alarcón, conteniendo su
caballo, al notar que sus perseguidores habían renunciado a alcanzarlos.
--Falta mucho para que se entre el sol--observó Alarcón.--Además, lo
que no sucede hoy, sucede mañana.
--¿Estás con miedo?
--No, mi capitán.
--No hablés entonces de cosas tristes.
Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella
media hora de fuga frenética.
Insúa pensaba que la partida que lo había sorprendido no debía ser la
única apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguiéndolo
corrían el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran
evadirse con tanta fortuna.
Los caballos hacia el mediodía necesitaban descansar.
Estaban a la altura de Mocoretá, lugar aislado, entre el Saladillo
y los bañados de la costa del río San Javier. Llegándose hasta allí
podrían tomar un camino menos peligroso, a través del Campo del Medio,
tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insúa
contaba con el mejor núcleo de gente para la revolución, los colonos
suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a
Insúa, cuando don Patricio Cullen les diera la señal que aguardaban
hacía tiempo.
Insúa y su compañero seguían a lo largo del Saladillo tortuoso,
cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques
enmarañados, de algarrobos y ñandubays. Galopaban buscando "los
limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los árboles
reinaba como un tácito gesto del invierno, no se oía, aparte de las
sordas pisadas de los caballos, más que el crujido de alguna rama
demasiado seca, desgajándose sobre la tierra cubierta de musgo.
De pronto gritó una lechuza, y Alarcón, que sabía interpretar los mil
indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja:
--Debe de haber algún rancho por aquí.
Insúa asintió y comenzaron a marchar al tranco, prestando oído a cuanto
rumor sospechoso llegaba hasta ellos.
La lechuza gritó de nuevo, y Alarcón echó pie a tierra, se acostó y
miró en la dirección de su grito por debajo de los árboles.
--Hay un rancho--dijo--como a dos cuadras de aquí.
Volvió a montar. El rancho quedaba entre ellos y el río. Si habían de
cruzar éste para llegar a Mocoretá, les era menester seguir la costa,
buscando un vado.
Aquella habitación humana, que no conocían, se les hizo sospechosa.
--Debe de ser de no ha mucho--murmuró Alarcón.
Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que
los habían sentido.
--Pasemos de largo y al galope--dijo Insúa.
Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que
daba sobre la barranca, a breve trecho del río. En un corralito de
ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asomó a la
puerta, por más que los perros les ladraron hasta que se perdieron de
nuevo entre el monte.
--Es raro--pensaba Insúa--allí había alguien. ¿Por qué no ha salido?
Un momento tuvo intención de volverse, sospechando que el rancho
pudiera servir de refugio a algún espía del gobierno, puesto allí en el
vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a través del Campo del
Medio.
Desechó tal idea, que le habría demorado, y se acercó a la costa,
buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin
desensillar y montados.
No fué difícil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que había pasado,
y enderezaron por allí. Los caballos olían el agua resoplando; la
corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y así, minutos
después galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el
río y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeños montículos de
tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de ásperos
espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo.
No había arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba
hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes.
Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes
de Mocoretá, algarrobos enormes, con uno que otro fresco ñandubay,
abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza.
Faltaba mucho aún para que se entrara el sol, cuando llegaron a las
primeras filas de árboles. De allí el Campo del Medio no distaba más
de cuatro leguas, y habrían podido alcanzarlo antes de la noche. Pero
los caballos estaban cansados por el largo galope y convenía hacerlos
reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada,
disponiendo de todo un día para hablar a la gente de esos contornos.
Insúa conocía a un cuidador de haciendas, que tenía un "puesto" por
aquellos lugares de Mocoretá, y se dirigieron a su rancho.
Ellos mismos, en ayunas aún, sentían ansia de tomar algunos mates, lo
que les sería suficiente, si no había otra cosa, pues en más de una
ocasión habían soportado largas abstinencias, sin otro alimento que
los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos
campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos.
Sobre lo más alto de la suave lomada, en que crecía el monte frondoso y
virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto"
del paisano cuidador de las haciendas de Mocoretá.