Había hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el

motivo de su odio, habíase hecho el eje de la persecución del gobierno

contra Insúa, de cuya existencia tenían ya indicios seguros.

En la noche de la revolución, él, que hiciera fuego sobre su jefe,

debió huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar,

para escapar a la saña de los milicianos vencedores, que pasaban

sableando a los revolucionarios fugitivos.

Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doña Carmen de

Borja, cuando llegó de la estancia para enterrar a su hijo, que allí

se veló.

En el tumulto de la gente que acudió el primer día, pasó el indio

inadvertido, pero después lo apresaron, y entonces aprovechando la

circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por

lo que oyera la noche de la revolución, logró hablar con su madre,

y revelóselo, y en cambio de aquella revelación que había de ser la

pesadilla de la infeliz mujer, le pidió que hablara a Bayo en su

nombre, para que le dejaran libre.

Cuatro días pasó en un calabozo, con las piernas en la barra de

grillos, solo, temblando de frío, cuando una mañana, el gobernador en

persona, llegó hasta su prisión deseoso de hablarle.

Sabíase de la muerte de Insúa, mas no se había dado aún con su cadáver,

por lo cual, José Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la

sospecha de que había escapado vivo de sus perseguidores, para quienes

la noticia de que habían logrado concluir con el temido caudillo fué

ocasión de un premio.

--No debe haber muerto--dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba

de pie, junto a la barra de grillos.--Si el señor quiere, yo daré con

él.

--Si está vivo--contestó Bayo.--¿Y si está muerto?

--Daré lo mismo con su cuerpo.

El aire sombrío e inteligente del preso, interesó a Bayo, que lo mandó

poner en libertad, y le encargó de la pesquisa.

Con una patrulla recorrió José Golondrina el río, la laguna, los

sauzales de las islas, y llegó hasta la Casa de los Cuervos, cuando

Insúa estaba allí, luchando aún con la muerte.

Doña Carmen de Borja habló con el indio, disipando su sospecha, y él

la creyó porque nunca habría imaginado que aquella mujer que tenía los

ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al

matador.

Algunos días después José Golondrina, de quien el gobernador Bayo no

estaba muy satisfecho, entró en la casa de Montarón, como peón para los

servicios pesados, partir leña, traer agua del río, cuidar la huerta.

Nadie sabía allí de dónde venía: contó una historia y le creyeron.

Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y él, poco a poco,

atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que

a nadie confiaba, mientras no llegara la hora.

Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocíase que la

relación era estrecha y cultivada entre Montarón y él. José Golondrina

más de una vez llevó mensajes de éste, que ahorraban una visita.

A ninguno de los dos les había desengañado el fracaso. Por el

contrario, su pasión política se exacerbó ante la derrota, y

aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque

dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insúa vivía,

empezaron a tramar una nueva revolución.

José Golondrina seguía de cerca la conjuración. Así tuvo noticias de

Insúa, aunque no llegó a saber cuál era su paradero.

Y fué entonces cuando la astucia del indio le procuró el más eficaz de

sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba.

Syra permanecía en casa de sus padres, aunque en los primeros días

huyera de ella. Mas no tenía trato con nadie. Aislada, voluntariamente,

en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombría tristeza, llena de

rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya

sangre, en su traje de baile, que solía ponerse a solas, le pedía

venganza.

El indio se enteró de la historia de la joven, y vió que podría hacerla

servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empezó a

rondar en su cercanía para que le tomara apego.

Así estaban las cosas, cuando un día, Cullen en una visita a Montarón,

dejó escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se

acercaba el indio, que les servía el mate. Por el tono de la voz, por

la alarma que pareció causarles el que alguien hubiera oído aquello,

comprendió José Golondrina que doña Carmen de Borja le había engañado

cuando él fué a la Casa de los Cuervos en busca del capitán.

Y resolvió ir otra vez. Salió esa noche de la casa de Montarón, sin ser

visto, y fué a ver a Bayo, y le prometió de nuevo dar con el paradero

del perseguido caudillo, el único de los jefes de la revolución contra

el cual podía hacerse un proceso que cortara para siempre en él la

vocación revolucionaria.

Bayo, que vivía intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no

tenía pruebas, aceptó la propuesta del indio, y mandó con él aquellos

tres hombres que pasaron la noche en las cercanías del rancho de ñor

Basilio.

El sendero que seguían por entre el monte llegó pronto al bañado, que

se extendía a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de

los Cuervos. Cuando llegaron allí, se lanzaron al galope, el alférez y

sus dos hombres adelante, el indio José detrás, mirando con ojo experto

los campos y las haciendas que hallaban al paso.

De pronto dió un grito. En el bañado, entre la caballada que pacía las

hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divisó el

caballo de Insúa, el mismo en que huyó la noche de la revolución, un

tostado magnífico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su

dueño al partir esa noche había dejado en la estancia a fin de tenerlo

cerca de la ciudad, para la próxima campaña.

Creyó que era eso señal evidente de que el capitán estaba allí, y como

los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su

exclamación, no dijo nada, y llegaron así a la Casa de los Cuervos.

La irrupción de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los

eucaliptus, provocó grande alarma. Ladraron violentamente los perros,

los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que salió al rato,

cuando ya el alférez había echado pie a tierra ahuyentando los canes a

rebencazos, como dueño y señor de la morada.

El gesto severo de doña Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habló,

no obstante, con altanería:

--Veníamos en busca de Francisco Insúa.

--Aquí no está--respondió secamente la dama.

--El gobierno sabe que aquí se esconde.

--Se equivoca el gobierno.

--Tiene denuncias, señora.

--Lo han engañado.

Apareció Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante

aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podían

aún perseguir y alcanzar en el campo.

--¡Mama! que registren, que pierdan tiempo--dijo hablando al oído a

doña Carmen.

El alférez, al ver a Gabriela, había cambiado de actitud y se

aproximaba almibarado y lleno de disculpas:

--Quizás sea así, señora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en

esta forma, y yo no podría evitarlo.

Había llegado hasta la galería, donde estaban ambas mujeres, de pie,

cuando José Golondrina, que estudiaba ávidamente la cara ansiosa de

Gabriela, se acercó bruscamente, y dijo con sonrisa maligna:

--Mi alférez, diga usted que hemos visto el caballo del capitán

comiendo en el bañado.

La joven juntó las manos llena de angustia, creyendo que Insúa se

hubiera detenido en el monte con algún propósito que no sospechaba, y

hubiera soltado su caballo.

Pero el indio explicó, mirándola siempre con una mirada que le entraba

en el alma como una hoja fría:

--El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien.

El indio vió animarse las facciones de Gabriela, y pensó que aquella

hermosa mujer habría sido una reina digna para su tribu, si algún día

se cumplía la palabra de la adivina.

--Mama, que registren--dijo Gabriela.

--Vos, José Golondrina--observó duramente doña Carmen--ya has venido a

mi casa en busca de lo mismo: ¿qué hallaste?

--Su merced disculpe--respondió el indio, bajando al suelo sus ojos

obscuros y maliciosos;--yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que

busque y busco.

Echó pie a tierra, sonándole el sable y las espuelas de anchas rodajas

de plata. Un poncho de lana gruesa le cubría, arrastrando los flecos.

El alférez habría deseado quedar bien con aquella familia por merecer

de Gabriela una buena palabra que algún día le sirviera para tornar a

la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, podía perderle, y se resolvió

a ordenar el registro.

--Es un nuevo agravio que se me hace--protestó doña Carmen de Borja--y

yo me quejaré a mi primo el Gobernador.

--Él lo ha ordenado--observó el indio.

--¡Miserable!--contestóle ella en secreto, de modo que sólo él la

oyera--yo te salvé de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi

casa, por denuncias tuyas.

El indio sonrió y pasó la puerta que le abrían para comenzar el

registro.

En el cuarto, frente al árbol de los cuervos donde hasta el día

antes estuviera Insúa, halló a Gabriela, que huía del alférez cuyas

insinuantes miradas le sublevaban.

--No lo hallarán--dijo la joven con ira--porque no está aquí.

José Golondrina que registraba los rincones, se volvió a ella, y le

dijo espiando su actitud:

--¡Mejor para él!

--¿Por qué? Yo no lo conozco, pero sé que sabría defenderse, porque es

un hombre valiente.

--Peor para él, entonces, porque tendríamos que matarle.

Gabriela se inmutó.

--Esa es la orden--dijo el indio observando aquella impresión.

--¡Oh!--exclamó la joven intensamente pálida:--¿Es posible que se den

esas órdenes?

José Golondrina sonrió y Gabriela comprendió, por la malevolencia de

su sonrisa, que había adivinado el secreto de su alma. Se quedaron

silenciosos un instante: ella sentía crecer la angustia de su corazón,

ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atrevía a

alejarse, por miedo de provocar su encono. Habría deseado, por el

contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que

ella amaba.

--¿Por qué lo persiguen?--se animó a decir.

El indio no respondió, siguió sonriendo, con amarga ironía.

--¿Le ha hecho a usted algún mal?--insistió la joven.

Él contestó que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre.

--Entonces, ¿por qué lo odia y quiere matarle?

El indio habló despacio, con indefinible tristeza en la voz:

--¿Por qué si no lo conoce lo defiende? ¿No comprende que los hombres

que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a él, sólo porque usted

parece enamorada?

Gabriela tembló. ¿Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos

extraños adivinaban su amor?

José Golondrina se acercó a ella:

--¿No ve, niña, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner

celoso de que usted lo defienda?

Había desaparecido de sus torvas facciones el gesto que hacía

desconfiar de él, y sólo se notaba la emoción con que decía algo que

era como una confesión de amor.

Gabriela, que temía al indio, por Insúa más que por ella, aún

aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oyó al indio que

le dijo:

--Es la tercera ocasión que me llego a esta casa, y no es la primera

vez que la veo. ¿No sabe, niña, que un hombre puede llegar a querer con

sólo una vez que encuentre a una mujer?

--No hable así--respondióle Gabriela acercándose a la puerta;--le diré

al alférez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a

conquistar a una mujer.

José Golondrina volvió a sonreír.

--También él hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo

pidiendo perdón por un hombre que no es su marido...

--¡Yo no he pedido perdón!

--Ni su hermano...

--Yo no he pedido perdón para él que es valiente--protestó Gabriela,

temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera

hacerle saber que conocía quién les había dado muerte. Se sintieron

pasos en la pieza vecina.

El indio se le acercó; ella fué a abrir la puerta; pero él con un gesto

la detuvo y le dijo:

--No tenga miedo de mí.

--No, no tengo,--respondió ella con orgullo--¡no tengo miedo de nadie!

--Ni por usted ni por él...

Oyó apenas la palabra, mas se inflamó la esperanza de que si ganaba el

corazón de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insúa en

peligro.

--Ni por él--repitió el indio mirándola fijamente, como si con la

respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones,

pendiera toda su suerte.

Y cuando ella, sin hablar, mostró en sus ojos cuánto le complacía

la seguridad que él le brindaba, y cuánto amaba al caudillo

revolucionario, el indio se echó a reír con amargura, como si al

adueñarse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alargó

la mano obscura y nerviosa y la cogió con fuerza de un brazo.

Ella gritó. Él cerró con violencia la puerta que ella abriera, y le

dijo al oído, quemándola con su aliento:

--¡Está enamorada, enamorada de él! ¡Qué miseria! ¿No sabe que él...?

Llena de miedo y de horror Gabriela se echó atrás a tiempo que se abría

la puerta y entraba don Julián, el cura, como un ventarrón atraído por

el grito de ella.

Sonaron dos bofetadas.

--¡Miserable!--rugió el cura.

El indio, doblegado por aquel brazo hercúleo que se abatía sobre él,

soltó a Gabriela, y se incorporó, con el odio pintado en el rostro

cárdeno como un verdugón.

Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y sólo cuando

salió de la pieza, logró dominar su cólera salvaje, y dijo sordamente

volviéndose al cura, que atendía a Gabriela, desmayada en el suelo:

--¡Ah, la mala mujer! Yo seré la venganza de ellos, y ella será mi

esclava... Nadie le oyó; por toda la casa circulaban los soldados

registrando minuciosamente los últimos rincones para dar con el

caudillo.

En el patio, doña Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas

del alférez.

Un instante le azotó el alma el recuerdo de su hijo muerto por el

hombre sobre cuyos pasos podía ella poner a la justicia que lo

perseguía. Pero fué un aletazo negro, como el que en la noche

siniestra de la revolución, le anunció su desgracia.

Cuando los soldados partieron desengañados, después de registrar la

casa, la silueta severa de la dama quedó un rato en el mismo sitio,

mirándolos alejarse.

--¡Dios mío, qué horror!--exclamó entrándose.--¡Yo lo perdono y ella lo

ama!

TERCERA PARTE

I

En la casa de Bayo

Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín

Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución

de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el

maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que

le hacía vivir.

Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del

año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el

mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán.

Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente

a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a

domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de

maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar

al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su

Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de

"mazamorra" hasta que Dios quisiera.

Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para

el inocente maestro de escuela.

El Café del Plata era el nidal de los opositores.

En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas,

sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional

que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había

adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que

buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los

hombres del Cabildo.

La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se

notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo,

había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno

de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres

de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que

justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha

política.

El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo,

donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica.

Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no

le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata. Más,

parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las

dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada

a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.

De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me

pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me

pagan?

Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba

con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía

comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo

problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo,

resignado a su confusión.

Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente,

sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a

Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas.

¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela

amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué

podía hacer él para hacerla feliz.

Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.

Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa.

¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada,

en dirección a la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron,

pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.

Cuando volvió, ella le dijo:

--Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.

--¿Quién te lo ha dicho?

--Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo.

Su padre movió la cabeza.

--Todos lo dicen, sin embargo,--murmuró tristemente, deseoso de no

desengañarla ni de halagar su ilusión.

Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija

estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el

ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único

medio de asegurar el porvenir de su hija.

Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni

resolución de confiarlo a nadie.

Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción

de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su

sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les

mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido.

Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos

sabían, que Insúa no había muerto.

Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su

lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días

de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero

viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección

opuesta a la de su casa.

Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta

figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de

alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el

mezquino farol del café.

--¡Ilustrísimo doctor Zavalla!

--No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo.

--¡Señor Canónigo!

--¡No soy canónigo!

--¡Señor...!

Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba

a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en

cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres

más poderosos de la situación.

Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y

los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán.

Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un

vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la

ciudad, dábasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde

en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el

foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento.

El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que

rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes

revolucionarios.

Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno

que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba

una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a

Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.

Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se

tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o

lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía,

y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma

ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando

inminente la revolución.

Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en

la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del

gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio,

se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de

policía, don Manuel Echagüe.

Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba

presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo,

debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que

apareciera la contera de una espada.

Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus

arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la

vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar

algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de

sus adversarios.

Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro

faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de

una noche sin estrellas.

Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico

chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas,

cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole

interesante el inofensivo personaje.

Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado

buscando la ocasión de encontrarle.

--Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín.

El maestro alzó los brazos, clamando al cielo.

Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia

abajo. Zavalla se echó a reír, porque le vino a la mente el recuerdo

de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la

acusación que le enrostraban.

Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a

su brazo.

--Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro,

véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que

hablarle del subsidio de su escuela...

--¡Oh, señor don Manuel María!

--Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada?

--En efecto, señor don Manuel...

Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres

escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a

una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un

gran farol de hierro, pendiente del techo.

La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose

los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente

arrebujado.

Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en

el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.

En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba

acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse

desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al

notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde

acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín.

Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.

Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese

una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de

pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz,

más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios

los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían

desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le

iba diciendo Zavalla.

--¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno

le adeuda algunos meses...

--¡Doce!...--suspiró el pedagogo.

La Casa de los Cuervos · 第 11 / 14 段