dormía en su cuarto y que en un principio había aparecido intranquila,
se levantó sin ruido, fatigada de esa cama en que no podía conciliar el
sueño, y arrebozada en un manto, se llegó hasta el comedor.
Las tinieblas que reinaban allí, el silencio temeroso de su soledad,
roto bruscamente por el crujido de las maderas de algún mueble, la
atmósfera impregnada aún con el vaho de la cena, todo le inspiró el
deseo de respirar el aire frío y puro de la galería.
Corrió los pasadores de la puerta y salió.
No había luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el
discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de
los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo.
Todo reposaba; en los árboles, los raros pájaros que desafiaban el
invierno; las bestias en el campo; las ovejas en el corral; los
perros, alerta el oído para sorprender los rumores sospechosos, que se
agrandaban con el vasto silencio, dormían amontonados, en la cocina; un
cuzquito lanudo, se había trepado sobre el fogón y roncaba suavemente,
con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo.
Y en la rama de siempre dormían los cuervos que la dama no podía ver,
pues quedaban del otro lado de las casas.
Aquella calma apaciguó sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la
memoria con más nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a
quien esa tarde llamó al oratorio, para confiarle su tremenda angustia.
--¡Padre!--le había dicho, arrodillada a los pies de él, que la
escuchaba sentado en un viejo sillón de cuero, la cabeza apoyada en la
mano.--¡Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por él; Jarque también,
y él, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible
secreto, que me pesa como una lápida. Yo habría querido equivocarme,
pero cada día estoy más segura de que ella también lo ama. ¿Por qué, él
que sabe cuál es su crimen, ha venido hasta aquí, y ha turbado la paz
de mi casa con ese amor que es otro crimen?
Doña Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de
maestro que indica la senda, le dijo:
--El amor puede adueñarse del hombre, sin que esté en su mano
libertarse.
--Así es; también lo pienso yo,--respondió la dama.
--¿Sabía él que aquí vivía la viuda de Jarque?
--No, padre. Mi hija lo salvó, cuando se estaba ahogando y lo trajo
en su bote. Volvió al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no
supe quién era el que así recibíamos como un huésped, digno de nuestra
caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos días
pasé en la ciudad, preguntando cómo fué la muerte de mi Carmelo; para
algunos era un misterio, pero no faltó quien me hiciera el relato.
Cuando volví a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que veía
ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egoísta y abandoné la
tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pensé en lo que jamás
debí descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida;
ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio
no llenaba su corazón. Y libre, por la muerte de su marido, aquel
hombre a quien había salvado, que era cortés y hermoso, que tenía el
prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo
supiera, no podía menos de entrar en el alma de mi hija. Y así fué; yo
he comprendido que si él la quiere, sinceramente, como creo, ella está
embriagada por un amor que es lo que había soñado.
--¿Y ella? ¿Ella... puede saber?--preguntó el cura con un ligero
temblor en la voz, porque recordó que esa mañana, en el rodeo, algo
extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acercó a
Insúa.
--Ella no puede saber--respondió la madre;--si lo hubiera sabido en un
principio, no habría llegado a enamorarse de ese hombre. Y ésa es mi
culpa no habérselo dicho. El crimen es de él, que sabiéndolo se llegó
a ella y la amó. ¡Santo Dios! me tiembla el corazón y me parece oír,
cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que así
hayamos vengado su sangre.
--La venganza--murmuró el cura--es miseria nuestra. Las almas de los
muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla.
--Y ahora--prosiguió doña Carmen--me aflige el presentimiento de las
cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que está enamorada, llega a
saber qué abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo
ahora una dicha que antes por motivos egoístas no le dí. Su padre
quiso casarla, ella consintió, porque era buena y sumisa; y yo, que
debía oponerme, pues conocía su alma, y sabía sus sueños, no me opuse,
y también consentí. Fué su desgracia, quizás por culpa mía. Ahora no
tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar
para mí el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche.
Con sus manos finas y largas, se tapó el rostro descompuesto por el
dolor y murmuró sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella:
--¡Oh, mi Carmelo, mi Carmelo!
Don Julián tenía, no obstante su aparente simplicidad, una larga
experiencia que le hacía discreto y sagaz en sus consejos, y humano
por encima de todo, en cuanto se lo permitían sus rígidos principios
religiosos y morales.
Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para él, que
había husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez,
y en la sombría reserva de Insúa, cuando se comentaba la noche de la
revolución, en que lo hirieron.
Conocía también los sueños de Gabriela, rotos por aquel matrimonio
sin amor, que fraguó su padre, y alguna vez había temido que la
desesperación entrara en el espíritu romántico de la joven, confinada
en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos.
Pensó también que Insúa no era en realidad un criminal, sino un
combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin más propósito que
la victoria para un ideal, y que habría sido injusto equiparar su culpa
a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la
viuda.
--¿Cómo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su
yerno? ¿Quién le contó? ¿Hay muchos que lo sepan?--interrogó el cura a
doña Carmen.
Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de
una parienta, un indio se acercó a contarle con toda reserva lo que sus
ojos habían visto. Nadie más--le dijo--sabía nada de aquello, y nadie
debía saberlo, era el nombre del que había quitado la vida a Carmelo
Borja y a Braulio Jarque.
--¿Y ese indio quién era, y qué interés tenía en decírselo a usted y en
callarlo a los otros?
--Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos había
pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que
yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a
prenderle.
No quería huir, porque había desertado y los compañeros se vengarían;
conocía los secretos de la revolución; había presenciado la lucha de
Insúa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitán no lo castigara
si algún día se sabía por él el horrendo secreto.
La madre siguió acumulando los detalles del relato que el indio le
hiciera, mientras don Julián pesaba en su conciencia el bien y el
mal que podía haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la
providencia ponía en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin
violencia su curso natural.
Cuando la dama se alzó del reclinatorio en que había hecho aquella
confesión que revolvía todos sus dolores, su corazón estaba sometido a
lo que pudiera ser la voluntad de Dios.
Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolvía la casa dormida,
despertó de nuevo en ella la rebelión que la palabra del cura había
apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen
que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella
había de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su
sueño.
Se levantó, por eso, y buscó la calma de sus nervios paseándose en la
galería, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el
rumor del agua del río, volvió la paz a su espíritu.
Y mientras ella paseaba, temblando de frío, creyendo a su hija dormida,
ésta incorporada en su lecho, llena de espanto, veía por el postigo
abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre.
La había sentido salir, y tuvo vergüenza de hablarla, porque también
su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor,
con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella
venganza que ella debía ejercer para acallar la voz de los muertos.
¡Oh, si su madre supiera--pensaba--que ella estaba a punto de doblarse
como una caña ante el huracán de la pasión!
Y volvía a hostigarla aquella duda:
¿Ignoraba su madre lo que ella adivinó esa mañana? Si ignoraba, ¿por
qué huía de su huésped como si le horrorizara su vista? Y si sabía,
¿por qué había callado, por qué no se llegó hasta ella, para detenerla
al borde de este amor que era un crimen?
Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las
cobijas, estuvo un largo rato dudando si debía saltar de la cama, para
ir hacia su madre y pintarle su tortura.
A esa misma hora, otro pensamiento hacía su misma dolorosa jornada.
Insúa se había acostado temprano, con el pretexto de su partida que
sería al alba, pero en realidad por no encontrarse más con Gabriela,
cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcón le quitaron toda
esperanza.
Antes pensaba con pena en el momento en que abandonaría la Casa de los
Cuervos, para acompañar a sus amigos en la nueva campaña que se iba a
emprender. Y ahora, lo veía llegar como un alivio, y su partida era una
fuga, de aquellos lugares en que se había encendido la primera ilusión
de su vida.
Se estremecía de horror ante la evidencia de que ella esa mañana leyó
en sus ojos la verdad que fué su pesadilla en sus horas de fiebre.
¿Cómo había llegado a comprender ella la maldición que pesaba sobre él?
¿Pero había comprendido en efecto? ¿Sabía que era viuda por él, que no
tenía hermano por él?
Revolvía en su memoria todos los detalles de ese día, y serenábase
como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, después de
la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban,
balbuceando la despedida, ella lo envolvió en una profunda mirada
dolorida, que fué su primera confesión de amor.
En la insomne noche, parecíale que los ojos luminosos dejaban caer
sobre él una apacible luz de perdón, porque habían comprendido que
era su destino, y no su voluntad, el que había tejido aquella intriga
siniestra.
¡Ay! ¡pero a esa intriga debía ella su libertad de amarle!
Alarcón hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja,
las circunstancias en que se preparaba la revolución.
El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias
que curasen de raíz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a
vivir.
Con la muerte inopinada de Jarque había perdido todas las pruebas
con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen,
ni contra Montarón, ni contra ninguno de los conjurados que en la
noche del baile debían apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar
nada en concreto. Ellos mismos, al ver cómo Iriondo escapó de las
manos de Insúa, invirtiéndose los papeles y teniendo éste que huir,
permanecieron quietos, en una actitud que podía ser sospechosa para
los que poseían los hilos de la conjuración, pero que no tenía nada de
hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de
Montarón, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la
plaza.
La muerte de Jarque, el adversario más temible que tenían los
opositores, alentóles a vengar cuanto antes aquella derrota, y
sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto
recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron los preparativos de
la nueva revolución que había de terminar sangrientamente en la batalla
de los Cachos.
Oyendo a Alarcón, Insúa podía medir el cambio profundo que en esos días
se había producido en él. Ya esas cosas parecíanle sin sentido.
¿Qué le importaba a él quién gobernara, si el poder se le presentaba
como la más estéril de las vanidades?
Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no podía prever y sentía
deseos de entrar en la acción, buscando en la lucha el reposo de su
corazón y de su conciencia atormentada.
Cuando Alarcón se durmió, comparó la serenidad de aquel sueño, con
el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo,
los ojos de ella, que no podían haberle mentido, le habían hablado de
perdón.
Faltaba mucho aún para el alba, cuando despertó a su compañero para que
fuera a ensillar los caballos, que habían dejado en el corral de las
vacas a fin de tenerlos cerca.
Alarcón había dormido sobre un apero de montar, y comenzó sin ruido a
juntar las caronas, mientras Insúa se vestía, precipitadamente, sin
decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de
aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche.
Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba más que en sus
amigos, en su deber, en la lucha.
Su pequeña maleta pronta, abrió la puerta que daba a la galería, y
salió antes que Alarcón. Encandilado por la luz de adentro, no vió la
sombra huraña de doña Carmen de Borja, que aún se paseaba por allí,
escabulléndose hacia el comedor.
Llegó hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el rocío, y
sintió en la avenida de los eucaliptus el áspero graznar de los gansos
que advertían su presencia.
Hacía un frío intenso, mas no fué ese frío el que le hizo temblar,
corriéndole por la médula de los huesos. En la sombra siniestra de la
arboleda, a donde había llegado, ansioso de movimiento, percibió el
susurro de las alas de uno de los cuervos, que pasó rozando su cabeza.
Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no podía
jugarse más que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus
nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcón se echó a reír,
dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo.
Se volvió, y oyó la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde
apenas se veía su grácil figura.
--¿Se vá?
--¡Oh, Gabriela! ¿por qué ha venido?--respondió él, como un reproche,
estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma.
--No le había dicho adiós--dijo ella con dulzura--y era de mal augurio
dejarlo partir así, como si huyera de la casa.
Insúa se le acercó y le tomó la pequeña mano temblorosa.
--Es como una huída, en verdad...
--¿Y por qué?--interrogó ella, vencida en su largo insomnio por el
amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que él no
supiera que ella sabía de aquel abismo de sangre que les separaba, ¿por
qué no había de amarlo? ¿Cómo podía él nunca sospechar que ella fingía?
Él le contestaba:
--¿Para qué había de quedarme? Ayer le dije que a usted le debía la
primera ilusión de mi vida. Ahora...
--¿Ahora qué?--preguntó ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que
temblaban sus manos.
--Ahora esa ilusión se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya;
usted misma ayer me lo dijo, anunciándome la llegada de Alarcón. "Ha
venido el que esperaba para irse". ¿No fué así?
--Ayer sí, ayer fué así;--dijo con reprimida vehemencia la joven.--¡Hoy
no! ¡hoy no! ¿Por qué se ha de ir?
--¿Y por qué había de quedarme?
Y ella en un relámpago de voluntad, sintiendo que él no hablaría nunca,
desconfiando quizás de que ella hubiese penetrado su secreto:
--¿Si yo se lo pidiera...?
--¡Oh, Gabriela!
--¿Se quedaría?
De nuevo sintióse pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento
cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo.
Ella dijo simplemente:
--Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca.
Después hablaron, y la confesión del escondido amor brotó con fuerza,
como una llama que disipó en sus corazones el frío y la niebla de las
angustiosas horas pasadas.
Cuando volvió Alarcón trayendo los caballos, Jesús había llegado con un
farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insúa hablaba con
Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que la luz rojiza del farol
alumbraba como una de las estampas del oratorio.
Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirmó lo
que anunciara uno de los cuervos. Sintióse la voz de un hombre que
decía:
--Manso, Batallón, Cuzco, ¡soy yo, ¡soy yo!--aplacando a los perros que
conociéndole dejaron de ladrar.
Llegóse él hasta el grupo, y Gabriela dijo:
--Es el ovejero.
Era un viejito descarnado, pequeño, ágil aún, vestido miserablemente,
con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la
cintura con una huasca.
Saludó con voz apagada y acercándose al capataz, que en ese momento
aparecía, le contó en voz baja que esa noche había llegado al rancho
donde él vivía, a una legua de distancia, un hombre que parecía andaba
sobre el rastro del capitán Insúa.
--¿Cómo es ese hombre?--preguntó Insúa oyendo aquello.
--Aindiado, capitán; quizás indio de veras.
--José Golondrina--murmuró Alarcón.
--Entonces habrá que hacerle venir--dijo Insúa.
Alarcón que cinchaba su caballo, dejó el correón y se volvió hacia el
capitán.
--Será mejor que no sepa donde estamos.
Lo dijo como para que Insúa no más lo oyera.
El ovejero continuó:
--Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios,
más bien del gobierno. Entró en mi rancho, al anochecer; me pidió
carne y le dí media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compró
un costillar. Salió para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las
alforjas. Yo creo que no era así, y que alguien, que no quería dejarse
ver, lo esperaba allí. Tal vez son varios los compañeros; el perro que
tengo ladró toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando
lo ví dormido, me salí, y aquí estoy avisándoles y para lo que gusten
mandarme.
Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos
chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del
paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible.
Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa
de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y
averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su
hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba
sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin
duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su
gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió
al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando
la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella había
encendido en su corazón.
Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que
Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta
el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún,
partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida
por la helada.
Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se
perdieron en la sombra.
Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol
al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la
madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las
alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.
VI
Sobre las huellas de Insúa
A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del
alba, llegó ñor Basilio, el ovejero, al rancho en que vivía solo, desde
hacía veinte años.
De lejos vió la llama del hogar, encendido por su huésped de esa noche.
Cuando entró, hallólo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca,
atizando el fuego que ardía sobre el suelo de tierra en medio del
rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el hollín, empezaba a
calentarse el agua para el mate.
--¡Buenos días!--se dijeron sin mucha efusión.
Ñor Basilio sacó de un rincón una especie de morral de cuero, donde
guardaba la yerba y el azúcar, tomó el mate, vaciado de la yerba
vieja, y empezó a cebar, tasando con escrúpulo, los ingredientes del
rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto
por ciento en las crías, y sólo cuando vendía la lana de la esquila,
hacíase de algún dinerillo para yerba y azúcar. Tabaco no compraba;
cultivábalo él mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo
de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el día
que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho.
José Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir
al ovejero que preparaba el mate. Lo vió ponerse en cluquillas al lado
del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y
brindarle enseguida el primer mate.
--¡Sírvase!
El indio, callado siempre, sorbió el contenido del mate, y al devolver
la pequeña vasija, lustrada por los años de uso, dijo a ñor Basilio con
una leve intención:
--Yo soy madrugador, pero usté me gana.
--Así parece,--contestó el otro.
--Esa sendita que se ve entre las pajas, ¿va a la Casa de los
Cuervos?--y señalaba una raya clara trazada en el pastizal.
--¿Tiene viaje para allá?--interrogó el viejo.
El indio movió la cabeza sin decir nada.
--Si quiere lo acompaño para que no se pierda en el monte.
--No he de perderme--respondió José Golondrina.--Yo soy baqueano de
estos campos, aunque hace años no vengo.
--Nunca lo vide por aquí--observó el ovejero, dándole otro mate.
El indio se puso de pie y salió del rancho. Afuera ya el alba iluminaba
el paisaje con su luz cenicienta.
Una bandada de patos "siririses", pasó silbando por encima del rancho,
y José Golondrina se estremeció, porque era un buen cazador al vuelo.
--Qué tiro se ha perdido--dijo; mas no oyó que ñor Basilio le
contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno
desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeños ojuelos
interrogadores del dueño del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se
le hubiera caído.
--Voy a ensillar--dijo, concluyendo el tercer mate, que tomó arrimado a
la puerta.
En ese momento, sobre la nítida raya del horizonte, sobre la infinita
llanura de la isla de enfrente, apareció el disco rojo del sol, y el
inmenso paisaje pareció vibrar herido por su luz.
El gallo cantó batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra
dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho.
Ñor Basilio salió con el mate en la mano, para espiar las andanzas de
su huésped. Por lo que había oído esa noche, el personaje no era de
mucha confianza.
Lo vió cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados.
A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se veía el
caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su
gusto en la noche, alerta, relinchando al dueño que se le acercaba.
José Golondrina lo enfrenó, quitóle la manea, y montó en pelo, para ir
hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvió de cama. Antes,
sin embargo, se internó en el monte, obscuro aún con la sombra alargada
de los árboles.
--Va a avisar a los compañeros--pensó el viejo.--Este hombre anda en
malas andanzas. Que Dios lo ayude.
Y se metió de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a
constatar que el indio no andaba solo.
Media hora después, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido
algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por
el paso de hacienda, en dirección a la Casa de los Cuervos.
Uno de ellos, José Golondrina, marchaba adelante de los otros,
sirviéndoles de guía.
Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y
carabina, y un alférez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado
en una capa de paño azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos
bordes aparecía la extremidad de la espada.
--Dicen que es bonita la viuda de Jarque--díjole sonriendo uno de los
hombres que marchaba a su lado.
El alférez, que venía pensando en ello, alzó la voz dirigiéndose a José
Golondrina, que apenas se volvió:
--¿Quién la conoce? ¿Vos, indio?
--No, mi alférez.
--Es lástima; podrías darme datos.
Siguieron al trote, distinguiéndose del ruido sordo de los cascos en la
hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables
que se golpeaban.
José Golondrina revolvía sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en
su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar
moría.