--Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su
arañazo.
Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que
observaba silenciosa, desde los pies de la cama.
La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había
roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para
salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.
El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido
lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del
enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a
Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía.
De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la
bala.
--Ahora se curará, señor capitán--dijo después de lavarle prolijamente
con infusiones de hierbas y vendarle bien.
Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía
delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave
infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado.
El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado
siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla
del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más
lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque
el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo,
que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la
embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba
al galope el camino de San Pedro.
Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.
Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la
comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con
él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora
presente.
Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario.
La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los
muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido
que le faltara la voz.
Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo:
--Yo soy su madre, y no me lamento así.
La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su
manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.
Un día Gabriela dijo en la mesa:
--Hoy ha amanecido sin fiebre.
La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada.
--Sin fiebre y con hambre--agregó sonriendo un poco Gabriela,
íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus
cuidados.
Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás,
desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta
distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía,
velándole.
No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y
se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora
en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa
contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una
página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la
observaba, quizás hacía un largo rato.
--Hoy no ha venido don Julián;--le dijo, cerrando el libro--ayer lo
encontró ya bastante bien...
--¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?--dijo él avergonzado de
que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:--¡ah,
el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.
--Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos.
--Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo...
--¿A quién entonces?--interrogó ella involuntariamente.
--A usted, señorita...
--Señora,--corrigió ella suavemente.
--¡Ah!--dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa
de los Cuervos, le refirió el capataz.
Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la
revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro
fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño.
Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros,
porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras.
Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué
recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se
acercó a la ventana, y luego dijo:
--No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a
preguntarle a mama--y salió.
El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía
aún, como un apacible zumbido de dulces abejas.
Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa
hubiera sido su enfermera en los largos días de fiebre, en que no era
dueño de sí mismo.
¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un
dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no
gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa.
¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una
mujer o un niño?
Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que
el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo:
--Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela.
Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a
los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella.
Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se
hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer
el rostro y lucir los ojos garzos.
--Usted me mima--le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué
dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado.
Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería
contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo.
Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla
secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un
estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así
al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama.
Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente
y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala
suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas
a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le
replicó:
--No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.
Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente,
con lo que él se aquietó.
--Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don
Julián.
Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a
que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no
puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.
Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque
lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido,
volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras
curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.
Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le
dijo:
--Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dice don Julián que su
herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.
Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche
se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas
las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de
los Cuervos.
IV
La yerra
¿Era eso el amor?
Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el
letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles
circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre.
Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a
vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada,
porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca,
y ella debía sustituirla.
Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema
elegancia, hija de una larga costumbre.
Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús,
cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y
aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente.
Se le acercó y le dijo:
--¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me
ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi
oficio?
Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un
caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia
el campo.
No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino,
la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos,
sintió una llamarada de indignación subirle al rostro.
--¡Oh, Dios mío!--clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió,
sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella
fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los
Cuervos, donde se había ganado las voluntades.
El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos,
dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura.
¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir:
--Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su
huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el
gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar.
--En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca.
--Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a
Alarcón. No crea, Gabriela, que es mi gusto... ¿sabe? siento alejarme
de esta casa, que ha sido un puerto para mí.
--Habíamos quedado--murmuró Gabriela--en que no se acordaría más de eso.
--No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo
recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida...
--¿Qué es?--preguntó involuntariamente la joven, notando que él se
había callado.
--Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el
valor de la vida, que también le debo...
El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera
desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban
sobre el campo verde.
Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba
quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta
de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas
escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la
hermosa mañana.
De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y
estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas
lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo.
--¿Le hace mal galopar?--preguntó Gabriela, siendo esa su primera
palabra, después de lo que él le dijera.
--No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con
usted; y me parece que el galope los acorta.
Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y
había una vaga tristeza en el timbre de su voz.
Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz.
Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear
que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir
hubieran de ser fatalmente tristes.
Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio
que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía
enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía
en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor
inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.
Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del
cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la
sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de
la revolución?
Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa,
y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus
razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía
rechazar.
El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días
enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su
cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales
con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas,
y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido
de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja
que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí
pudiera estar el que buscaban.
Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con
él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad.
Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la
mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse,
parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle.
Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible
secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la
madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija?
--He mandado un chasque a Alarcón--volvió a decirle Insúa, mientras
cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus
caballos;--es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente,
además...
Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas
palabras, en que a través de las ideas indiferentes se traslucía el
amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba:
Insúa preparaba una nueva revolución.
Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal
como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza.
--Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta?
Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha
habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en
alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo
que acompañarles...
Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por
aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran
tristeza.
--¿Qué le pasa, Gabriela?
Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que
partió al galope, seguido por el de Insúa.
--¡Nada! no me pasa nada--respondió sin mirarlo.--Usted no tiene otro
pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa
alguna vez en los muertos?
Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta.
¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le
roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían,
¿no era ya un secreto?
¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse,
envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado?
Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos
en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo
del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y
desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas
apelotonadas como un montón de caracoles rosados.
Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón
pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.
Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el
frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando
se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún
terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las
pajas brillantes de rocío.
Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por
Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella
temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho.
Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi
dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones
descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su
alma como una sospecha.
No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera
leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de
los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su
reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle,
su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que
murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si
tuviera horror a su memoria.
Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable
esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él.
¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma.
Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda
era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en
que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los
sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa,
porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de
los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña.
Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin
poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la
envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un
golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la
misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antaño. Y su
sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que
tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?...
Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente,
los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra,
entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda
que venían arreando los peones.
Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba
todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las
estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.
La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año
con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o
quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o
carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación
era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones
del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia
que caracterizaba esas ruidosas jornadas.
Reunían la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de
ñandubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros
podían disparar, cuando quedaban dentro, y allí uno por uno iban
sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera.
Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insúa caminó
algunos pasos y se detuvo también; estaba irritado consigo mismo, con
su propio destino, que parecía burlarse de él.
La joven esperó que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de
su madre, y después cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los
peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se
doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrás de todos.
Los mugidos de los toros coléricos, por ir mezclados con sus rivales,
el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera,
contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los
peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montón, los
ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y
les sirvió de pretexto para no hablar.
Cuando llegaron a las casas no habían cruzado una palabra.
Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres
marcas de hierro con un pequeño mango de hueso en el extremo de la
barra, se estaban calentando.
Don Julián, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se había puesto
una sotana vieja, color tabaco en el pecho y en los codos. Quería
estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena.
--Vamos a marcar terneros, no más, porque no hay hacienda grande
orejana--le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le dió un vigoroso
apretón de manos.
--Lo siento, porque tenía ganas de desherrumbrarme las coyunturas.
Abrió los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilató, absorbiendo una
gran bocanada de aire frío, cargado del viscoso relente de las islas,
que la brisa empezaba a barrer.
Insúa que llegaba en ese instante, lo saludó sin bajarse del caballo, y
los dos se quedaron allí, mirando los preliminares de la operación.
Antes de encerrar la hacienda en la ensenada--nombre que daban al
extenso corral--era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban
confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia.
Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los
animales que le pertenecían y los peones entraban dando gritos, en
el montón, para apartarlos de allí, arreando o pechándolos con el
encuentro de sus caballos.
Insúa silencioso, con el ceño fruncido, pensando a ratos en otras
cosas, miraba la escena que no lograba interesarle.
Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeños grupos en
la ensenada. Había más de quince hombres, que corrían revoleando los
taleros, y gritando: ¡huajá! ¡huajá!, alarido de guerra que enardecía a
los perros.
El capataz conversaba con el cura, vigilando la operación; de cuando
en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso,
mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo.
El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de árboles,
para que la gente pudiera correr sin riesgo, roída la hierba en el
sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra
negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuñas. El contorno era
verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche había ennegrecido a
trechos. A poca distancia, la punta del bañado, cubierta de camalotes,
parecía continuar el campo terso y firme, pero cuando algún peón
siguiendo un animal fugado del rodeo, se metía hasta allí al galope, de
cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un
chorro de plata a la luz del sol.
En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el
capricho del animal que perseguían, los caballos en su impetuoso galope
se tendían como si fueran a caer de costado.
En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doña Carmen de
Borja huyó dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron
tras ella, para volverla al corral. A la distancia en la llanura, sin
términos de comparación, sus siluetas comenzaron a achicarse.
De pronto el animal fugitivo, fatigado quizás, se detuvo en seco, y uno
de los peones, sin tiempo para desviar su montura cayó como una tromba
sobre él, y rodaron por tierra.
--¡Huajá!--gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oyó la
contestación del paisano que respondía de lejos, levantándose y
volviendo a montar:
--¡No es nada, hermanos! ¡Siga la farra!
Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyéndose
apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante,
y detrás de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos
al lado de las madres.
Más allá era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio
la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal.
Insúa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos
años había vivido, dejándose penetrar por su belleza tranquila, con
la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo había arrojado el
destino.
¿Quién hubiera creído de él aquella repentina pasión que empezaba a
morderle como un can rabioso?
¿Y ella? ¿No era ella la misma la verdadera culpable de que él se
sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una
burla trágica a todas las nociones de honor que imponían y aceptaban
las gentes?
La vió llegar al rodeo, acompañando a su madre, que le saludó con la
inexplicable esquivez de siempre, poniéndose a hablar con el capataz
sobre la yerra que iba a comenzar.
Gabriela tenía los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el
rostro llevaba la marca del horror, por lo que había adivinado. Insúa
esperó, la cabeza agachada, mirando al suelo, que parecía temblar con
el tropel de la hacienda. La joven llegó hasta él, y sencillamente le
dijo:
--Ha llegado Alarcón. El que usted esperaba para irse.
Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazón como una
sentencia. Debía partir; ella se lo decía.
V
El secreto