Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había

tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la

indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante

juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre

tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que

desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su

hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.

Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que

enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una

abadesa.

Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban

perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios;

incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre

alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las

potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería

de sus hijos.

Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en

todas sus palabras.

Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los

Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que

no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que

lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la

hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor.

¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen

de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a

pedir su mano.

Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de

Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la

íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido

y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la

evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes.

Esa tarde--la tarde del baile--Gabriela llegó en su bote hasta la

barranca, poco antes de entrarse el sol.

Venía sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar

su embarcación al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca

no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el

río golpeaba sus olas en los días de viento. El terreno subía aún

más al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a

cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las

crecientes.

El primitivo dueño de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente,

había formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente

plantados en hileras.

Los árboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melancólico

rumor de hojas, en las noches serenas en que sólo soplaba la tenue

brisa de la laguna.

Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de

eucaliptus, los más gruesos, porque fueron los plantados primeros, que

corrían paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos

dorados del sol que se entraba, parecía una vieja pintura.

Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimándose a uno de

los troncos, mondados por el otoño, que les arrancaba la corteza en

largos girones. En el fondo vió la alta figura enlutada de su madre,

que se alejaba, a pasos medidos, achicándose su silueta. Luego la vió

volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra,

alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombrías que

se cruzaban en lo alto.

Veía, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras,

que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el

fondo claro del cielo. La luz del crepúsculo suavizaba sus perfiles,

y ponía en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la

penetrante tristeza de los bosques muertos.

Había en el ambiente una gran calma. Sólo se oía el grito de las vacas

lecheras que salían del corral, con sus terneros, que a la noche serían

recogidos en los chiqueros.

Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre

llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas.

Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su

traje negro.

--Vamos a rezar--le dijo.

A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos

amos y peones.

Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía

de rogarse.

--Por las almas del purgatorio.

--Por los caminantes y navegantes.

--Por los príncipes cristianos.

--Por los parientes difuntos.

Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía

de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos,

presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen

del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto

silencio, la voz de la dama que decía:

--Recemos por el alma de los que hoy han de morir.

Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que

acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír

aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había

impresionado.

Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y

las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas,

estremecidas por la brisa que despertaba.

La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los

cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que

pasaban la noche.

Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario.

Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas.

Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde

a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un

signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía,

se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura

corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio.

Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana,

pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el

suelo acolchado con su pollera.

Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones

endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba

devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el

ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que

bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz.

No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer,

de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña

Floriana sirvió de nodriza.

Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del

capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.

Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se

moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón.

Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores.

Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al

rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.

En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al

alba.

Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada.

Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque

muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a

rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos,

en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo,

mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que

salmodiaba.

Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños,

el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un

esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos.

Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse

en la cama.

--¡Jesús, mamá!--exclamó, conociendo que era ella.

Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído.

Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a

uno de los vidrios miraba al campo.

La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le

dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos:

--¡Mirá, Gabriela!

La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía

horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.

¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas?

Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor,

ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un

error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía

la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más

delicados perfiles de las cosas cercanas.

Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que

revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo

temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana.

Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza.

Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la

cortina de eucaliptus.

--Recemos, Gabriela--le dijo su madre.--Esta es la noche del baile en

Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.

Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y

la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los

eucaliptus que gemían al viento como almas en pena.

II

La mala nueva

Al otro día el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores

de hojas caducas. La mañana era tibia y el cielo puro aún, por lo cual

Gabriela se decidió a realizar una excursión, que hacía mucho ansiaba,

llegar hasta la laguna.

Esa noche se durmió tarde, después de la medrosa visión de los cuervos,

y cuando se despertó supo que su madre había salido a recorrer el

campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma.

Llamó entonces a Jesús y lo mandó que preparara el bote, para ir lejos.

Se vistió a prisa; metió en una canasta algunas provisiones, agitado ya

su espíritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella

aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corrió al bote, cuya blanca

vela se agitaba alegremente a lo largo del mástil, acariciada por el

viento.

En cuanto amarró la escota, y se hinchó el trapo, "La Espuma" partió

como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de

babor.

El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de

los Cuervos, de tal manera que corría durante un buen trecho de Oeste a

Este, para rectificar más adelante la curva, y llegar hasta la laguna

en un cajón derecho de Norte a Sur.

Gabriela conocía bien el curso del riacho, y sabía acortar su camino,

atravesando las cañadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero

y dócil al timón o al remo.

Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento

que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas

bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza.

La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores

blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos

desnudos, impedía ver más allá de la costa.

Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las

altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba

el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre

con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo.

Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía

perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más

lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tres

leguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía

hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río

arriba, y viento en contra quizás.

Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los

pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los

carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa

impresión de un sueño.

En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba,

formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las

ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas

que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se

condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote

cortaba con su proa.

El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús

tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la

corriente que llevaba el esquife a la deriva.

Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia

el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se

divisaba detrás la pincelada roja de la barranca.

Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se

abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de

los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte,

que batía sonoramente sus costados.

--¡Niña Gabriela!--exclamó de pronto Jesús, que había parado de

remar.--¡Mire allá!

--¿Qué hay?

--¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna.

Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para

defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua.

Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del

muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba

con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él.

--Es extraño--pensó la joven que conocía el instinto de los

animales--¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el

río?

El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo

observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba

lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la

otra costa.

De repente Jesús volvió a gritar:

--¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina!

Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó

al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera,

pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba

la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo,

un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos

tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa.

Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza.

Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la

crín y se hundió.

Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse

del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que

acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar.

--¡Bravo, Jesús!--exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta

se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su

propia hazaña.

Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para

sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron

izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba

frío, los dos se pusieron lívidos de espanto:

--¡Está muerto!

¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que

habían rescatado, con riesgo de irse a pique!

Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que

temblaban como si respirara.

--¡Está vivo!--gritó--¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo

respira!

Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo

joven y robusto.

Gabriela empuñó valientemente los remos.

--¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se

está muriendo de frío, y que ha perdido sangre!

El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua,

agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando

de nieblas el día.

Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo

ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas,

por la greda del fondo.

Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para

saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la

neblina.

Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús,

en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía

reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se

acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que

todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su

canasta.

Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre

el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y

su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la

respiración.

La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar

de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la

laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla.

Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo

de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de

cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.

--¡Jesús, no puedo más!--dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y

ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de

Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho.

Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones

varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba

negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.

¿Quién era? ¿Quién podía ser?

De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz

en su memoria.

--¡Insúa, Insúa!--pensó, asociando el recuerdo de algunas

conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió

que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña,

era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se

temía, y lo habían vencido.

¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en

la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos

sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un

augurio? ¿Fué un episodio sin sentido?

Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que

el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así,

remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga

percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote,

cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús,

apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se

hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno,

una vez que Jesús se rindiera de fatiga.

--¿Estás cansado, Jesús?

--¡No, niña!

Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con

más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba.

--Dame los remos, Jesús.

--No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato.

Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba

inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que

estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera

parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los

remos.

--¡No puedo más, niña!--dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó

a remar.--La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber

pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado

en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una

desesperación que se transmitía a sus remos.

--Se va a cansar--le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena

brillaba sudorosa.

Y así hicieron toda la jornada.

Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde

estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el

sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo

a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero:

--Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está

llorando.

Gabriela saltó a tierra.

--¡Qué hay!--preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de

las casas.

--¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?--y se echó en tierra

gimiendo como un perro castigado.

--¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?--y como aquella masa humana,

tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia

las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la

vez sostenido en su ruda jornada.

Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la

ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que

le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de

traerle.

Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en

la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en

la profunda sombra.

Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y

aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe

de esa revolución que enlutaba la casa.

--¿Y ese hombre?--preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela

terminó su relato--¿está en el bote?

--Sí.

Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la

ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los

contornos de las cosas.

III

La mano suave

La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos parecía en la

noche un inmenso crespón.

Doña Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde había dado el último

adiós a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se sabía de

su muerte.

Habían pasado tres días ya, y sus labios permanecían plegados; ni

una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecación contra los que

troncharon aquella vida que era el sol de su vejez.

Al llegar a las casas ladráronla los perros, sin conocerla. Bajóse

del caballo que montaba, con gran maestría, y entró al comedor, pieza

vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. Allí estaba su hija que la

esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia

caída sobre ellas. Pero la madre no habló, y la hija se encerró a

llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado

huésped la mejor de la casa.

En la cena, que fué silenciosa y lúgubre, oyéndose afuera el medroso

rumor del monte y del río, y en la cocina el llanto inacabable de

Floriana, doña Carmen interrogó a Gabriela por el herido.

--Tuvo mucha fiebre, y pasó sin conocimiento el primer día. Le lavé la

herida con agua de cepacaballo, y Jesús lo veló por la noche. Ayer de

mañana ya conoció y el día fué bueno. A la tarde le volvió la fiebre

que no lo ha abandonado en todo el día de hoy.

--Es un hombre fuerte--murmuró la dama--y es joven. Yo lo conocí

niño--y después de una pausa:--hay que seguir lavándolo con lo mismo.

¿Cómo es la herida?

Gabriela describió el balazo de Insúa, a la altura del hombro izquierdo.

--¿Tiene adentro la bala?

--Son cosas que no sé--respondió Gabriela pensativa.

Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo:

--Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de

heridas, y creo que ha sido médico en su tierra.

Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar

el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la

policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la

negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura.

Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido,

atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con

la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que

podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las

ocho de la siguiente mañana.

Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que

blanqueaba ya, con un chambergo negro.

Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza,

era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si

temiera el exceso de las palabras.

Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco,

en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba

mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.

A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con

una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su

sueño, mandado por Gabriela.

Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una

dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella.

Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero

esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma

entraba con el cura.

Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un

grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos.

--El dolor es más fuerte que yo--murmuró sonriendo.

La Casa de los Cuervos · 第 8 / 14 段