Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que venía a coparlos por

la espalda les abrió un fuego mortífero que desmontó a varios jinetes,

sembrando el espanto entre todos. Insúa tuvo apenas tiempo de subir

a caballo sostenido por uno de sus hombres. No podía saber si eran

muchos o pocos los que así atacaban, la revolución estaba perdida.

Ya no debían atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar

tiempos mejores en que la suerte les acompañara.

Gritó:--¡Alto el fuego! ¡Sálvense, muchachos!, ¡será para otra vez!--y

espoleó su caballo, que dió un salto al arrancar, agitándole violenta y

dolorosamente el brazo roto.

Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el río para

embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el

día. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de

Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares.

Más de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la

plaza, que el sol de esa mañana haría brillar manchado de sangre.

La persecución de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente

porque los caballos de la policía no estaban listos.

Insúa corrió entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fué

quedándose rezagado sin que lo observaran.

Dolíale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente

sosteniéndose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de

la marcha.

A los pocos minutos pensó que debía volver a la escuela, donde la hija

del maestro lo vendaría para que así pudiera huir.

Volvió, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias.

Rosarito había visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendió que

la revolución estaba vencida.

¿Quiénes eran los muertos?

Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permanecía en el

hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podían

darle un indicio de lo que ocurría, rezando por los que agonizaban y

temblando de que sus rezos pudieran acompañar el alma del hombre que

amaba, cuando sintió el sordo paso del caballo de Insúa, que llegó

hasta la puerta.

Don Serafín clamaba por su hija desde el rincón en donde se refugió a

los primeros tiros. Pero Rosarito oyó la otra voz que la llamaba desde

la calle, y acudió a ella.

--Todo se ha concluído--le dijo Insúa sencillamente--estoy herido,

¿querés vendarme?

--¡Ay!--exclamó ella juntando las manos--¡madre mía del Rosario!--y

corrió adentro a buscar un gran pañuelo de seda que podría utilizar y

un frasco de árnica.

--¡Rosarito! ¡Hija mía!--gemía el viejo.

--Papá, ¡Francisco viene herido!--Perdió el miedo don Serafín con

aquella noticia y corrió a la puerta. Y allí los dos, a riesgo de

ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los

revolucionarios que no aceptó quedarse en la escuela, refugio harto

sospechoso y huyó de nuevo, en su excelente caballo, dominando el

dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los

cascos de la caballería del gobierno, que ya se había lanzado en su

persecución.

Todavía era de noche, mas el alba no debía estar lejana.

Insúa se encaminó hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse

de la carretera que generalmente seguían para ir a Santa Rosa, y que a

esa hora debía estar ya ocupada por la policía.

Quedaba aislado de sus compañeros, pero eso no le importaba; marcharía

solo, hasta que no pudiera más, y si acaso lo vencía el dolor o la

fiebre, antes de llegar a Santa Rosa, se refugiaría en la estancia

de Cullen cerca de los "Cachos" o se escondería en los impenetrables

sauzales del arroyo de Leyes, donde seguramente encontraría quien lo

ayudara, entre el paisanaje matrero que allí merodeaba.

Llevaba el brazo firmemente vendado y sujeto por un cabestrillo al

cuerpo, lo que le permitía galopar, sin grandes sufrimientos y así

marchó largo rato, mecido por el andar acompasado de su buen caballo.

Los terrones menudos y flojos del camino se quebraban bajo sus cascos

con un leve crujido, y reinaba un gran silencio, pues hasta los grillos

nocturnos habían callado, ante el alba que llegaba.

Empezó a sufrir de sed, pero como había ya pasado el último rancho

de la ciudad, siguió galopando con la esperanza de encontrar alguna

vivienda a donde acudir.

Clareaba ya el día, cuando entre el monte de algarrobos y ñandubays, a

la vera del camino, vió brillar el fogón de un rancho solitario.

A aquella distancia de la ciudad, era arriesgado mostrarse a nadie,

pues denunciaba así el rumbo en que marchaba, pero la sed avivada

por un viento tibio del norte, que empezaba a soplar, causábale una

insoportable angustia, y se resolvió a pedir de beber, sin bajarse del

caballo.

Al acercarse ladráronle los perros, y se asomó el dueño del rancho

que tomaba mate en rueda familiar, a la luz de un candil de sebo. Sin

mayores explicaciones, aquel paisano taciturno y cortés, fué por el

agua que Insúa le pidió, y sobre el caballo mismo inquietado por los

perros, bebió el revolucionario con ansia un agua salobre, pero fresca.

Y siguió galopando a la luz del día que despertaba ya los maravillosos

rumores de la selva.

Prestaba oído a todo ruido sospechoso, deteniéndose a veces, pero no

sentía más que el canto de los pájaros, más numerosos que nunca en el

otoño que reinaba, y de cuando en cuando el zumbido metálico de las

alas de una perdiz, que se levantaba a su paso.

El viento norte se había acentuado, y comenzaba a apretar el calor.

Insúa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se había

alejado con exceso del camino de Santa Rosa, y que a esa hora las

patrullas del gobierno debían haberse replegado a la ciudad, se internó

en el monte.

Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacían al pie de

los ásperos ñandubays, le cerraban el paso a cada instante, obligándolo

a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los

comederos o las aguadas.

Algunos toros salvajes mugían sintiéndole pasar; escarbaban la tierra

con rabia y echaban a andar desdeñosos, buscando no al hombre, sino al

rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra.

Las vacas inquietas y curiosas huían, deteniéndose a trechos y

volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje

aparecía cubierto por ese velo de ensueño con que la fiebre parece

envolver las cosas.

Tenía sed, una sed terrible, que le hacía marchar con la cabeza baja,

la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua fétida en

que se abrevaban las vacas.

Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en

cierta manera deshonrados por la derrota. Sentía impulsos de correr,

lleno de saña contra el hombre invencible, que con un solo gesto había

hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra.

La fiebre que le martillaba el cráneo, nacía más que de su herida,

del dolor y de la vergüenza de haber sido afrentado por él con tanta

gentileza. Sus amigos, al menos, no habían sufrido el latigazo de

aquella voz amable que le decía:

--¿No vé cómo está manchada la pechera de su camisa?

¡Ah! La sangre de los muertos por su mano se había vengado cruelmente

en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre:

--"¿Va a entrar así al salón del baile?"

Apretó los ijares de su caballo y se lanzó a la carrera por entre el

monte, como cuando en su estancia perseguía la hacienda para traerla

al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajábanse a veces y

le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse

el cráneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazón flexible crujía

violentamente, cerrábanse tras él, tironeándole con sus mil uñas el

poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas.

El caballo tenía la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y

empapados en sudor.

Insúa corría, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa

noche, en que su mano había derramado sangre inocente, y en su carrera

desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles

fantásticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba.

Sentía una sed tan terrible que una vez pasó la mano por el ijar

mojado en sudor de su caballo, y fué a beber. Pero era de un sabor

insoportable aquel líquido acre y tibio. ¿Dónde estaban los charcos en

que bebía la hacienda?

Miró el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torció

bruscamente hacia el Este. Quería llegar a la laguna de Setúbal, para

arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas,

aunque allí lo hubieran de prender.

Los revolucionarios, sin duda, habían tomado por el camino de San José

del Rincón. Para reunírseles, él debía seguir la costa, vadear el

Saladillo y la pequeña laguna de San Pedro, en la punta norte de la

de Setúbal, y alcanzar así el arroyo de Leyes, donde no era imposible

que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcón o cualquiera de

sus hombres se habían atrevido a huir por el río, camino que tenía sus

ventajas y sus riesgos.

Galopó como una hora, torturado por la sed, que traía sobre él

infinitas alucinaciones, haciéndole creer en cada revuelta del bosque

en un charco fresco de agua; hasta que raleándose la arboleda, divisó a

lo lejos la cinta azul y plácida de la hermosa laguna.

El caballo, sediento como el amo, relinchó olfateándola, y sus cascos

herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolvía como un

manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del

camino.

Al cruzarlo, no vió Insúa, alucinado como iba por el agua azulada y

brillante, una nube de polvo que ascendía de la carretera, hacia la

parte del Sur, donde estaba la ciudad.

Llegó hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban

las haciendas, y entró en la laguna hasta que el agua llegó al pecho

del caballo.

Se quitó el sombrero, lo llenó de agua y se puso a beber con una

inmensa fruición, sintiendo la frescura del líquido puro que le

aligeraba la sangre en las venas.

El caballo bebía también interminablemente, haciendo sonar las coscojas

del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traía

hasta el hocico, cuando de pronto apareció sobre la barranca, cien

metros más atrás, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables

que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando

alaridos de júbilo.

Insúa miró y comprendió. Estaba perdido; eran los policianos del

gobierno, de cuyas manos no podía escapar, porque antes que él volviera

a trepar la barranca, ellos le cerrarían el paso. Pensó en hacerse

matar, pero la idea de que muerto él, el gobierno quedaría triunfante

y tranquilo para siempre, le encendió un áspero deseo de vivir para

vengar su derrota.

Por un lado la laguna, que se extendía ante él como una inmensa tela

azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la

prisión o la muerte.

Eligió la laguna, castigó a su caballo y se arrojó con la insensata

esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban

en lontananza.

El caballo manoteó algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar,

como si hubiera comprendido que era la salvación de los dos, se dejó

hundir hasta el pescuezo, y empezó a nadar, soplando, con las narices

a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insúa tiró la

carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se

arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarró

a la crín flotante de su caballo.

Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente.

Criado en la estancia de Insúa, había husmeado la querencia del otro

lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos.

Los policianos habían conocido a Insúa, por el poncho y el caballo,

y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les

deparaba, apartáronse de la barranca, se extendieron en una línea

prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos

enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde había bajado Insúa

hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que

quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un

buen trecho de la orilla.

Los policianos que nunca imaginaron que se arrojaría a la laguna, al

ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de él,

que se achicaba cuanto podía, le insultaron con rabia.

Uno de ellos se echó a nado, pero su caballo no aquerenciado en la

otra costa, dió unos cuantos respingos, y se volvió. En vano su dueño

le golpeó el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona sólo

sirvió para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros más, y

sólo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba

en trémulos reflejos a los rayos del sol.

Entonces el jefe de la patrulla echó pie a tierra y le apuntó con su

carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pájaro

o sobre un yacaré, levantó el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el

hombro derecho, para ver mejor, y se había echado atrás el kepí, cuya

visera verde tocaba con el caño reluciente del arma. Era hombre de gran

destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre,

y la excitación de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la

mañana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdió a veinte pasos del

lugar donde se veía a Insúa, avanzando siempre hacia el centro de la

laguna.

Volvió a tirar y fué lo mismo.

--¡Pie a tierra!--gritó a sus hombres--¡y fuego sobre él!

Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de

la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez

picaban más cerca de él, porque la puntería se afinaba. De pronto se le

vió desaparecer, y sólo su caballo siguió nadando.

Los hombres se incorporaron dando un grito.

--¡Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas,

siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel

del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla

hubiera estado a veinte metros.

Insúa había desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de

haberle herido de muerte, cuando surgió de nuevo su cabeza, junto al

cuello del caballo.

--¡Maldición!--rugió el jefe de la patrulla--¡se escondió para que no

le tiráramos!

En ese minuto de expectativa, el revolucionario se había puesto fuera

del alcance de las carabinas.

Siguiéronle mirando hasta que el punto negro se perdió en la lontananza

del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron

riendas hacia la ciudad.

--¡Se ahogará antes de llegar al medio de la laguna!--dijo uno de ellos

y todos creyeron así.

Durante una hora, quizás, resistió el joven caudillo la sensación

violenta que le producía ir a merced de su caballo, con la mano

acalambrada en su larga crín. No podía valerse más que de la derecha,

porque la otra herida, era un miembro absolutamente inútil.

La frescura del agua le había adormecido el dolor, pero se entumecía

poco a poco, y sentía que el sueño se apoderaba de todo el cuerpo, como

un veneno mortal.

Si se dormía, estaba perdido. Se soltaría de su caballo y se iría al

fondo. Pensó que quizás ese término a sus padecimientos valía más que

la lucha por vivir; pero la prodigiosa energía que le hacía ser lo que

era le siguió sosteniendo. Llegó, sin embargo un momento, en que aun

luchando contra la terrible modorra que le invadía con el frío del

agua y la fiebre de la herida, dejó que sus ojos se cerraran, y toda

su fuerza fué impotente para abrirlos, porque se durmió, sintiendo al

principio que su mano seguía agarrada a la crín, y luego, que poco

a poco, suavemente, se dejaba invadir ella también por la deliciosa

sensación de abandonarse y descansar.

* * * * *

Cuando abrió los ojos creyó que soñaba.

Una habitación cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con

tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas ásperas totoras de

los bañados, impenetrables a la lluvia.

Una ventana ancha de vidrios pequeños, por donde mirábanse las copas de

unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba.

Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se veía más

que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada,

y sobre ella, inmóviles, como un símbolo de eternidad, dos enormes

pájaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fúnebre color de

crespón.

Insúa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y

limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sintió que la

sangre se le helaba en las venas.

Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pasó en el

cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que veló

a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra

impresión.

Alguien lo habló. Se volvió para ver quién era y se halló con un

paisano de barba encanecida, que estaba allí a su cabecera, con el

sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja

de un talero.

--¿Qué significa esto? ¿Dónde estoy?

Y el paisano le contestó con una hospitalaria sonrisa que dejó al

descubierto sus dientes amarillentos y fuertes:

--En la estancia de doña Carmen de Borja...

--¿Carmen de Borja?--repitió él.

--Sí, y de la niña Gabriela...

--¿Gabriela?

--Gabriela Borja de Jarque...

--¡Ah!--exclamó Insúa y volvió la cara a la pared, penetrado hasta la

médula de los huesos por el recuerdo de la noche de la revolución.

--Por mal nombre--asentó el paisano--le llaman la Casa de los

Cuervos.

SEGUNDA PARTE

I

¡Por el alma de los muertos!

La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos,

prolongábase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando.

Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus

copas en el agua serena, que corría sin murmullo, royendo suavemente

la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas

acuáticas, en la otra banda donde el campo era bajo.

El sol que trasponía ya el bosque, reflejaba un disco trémulo en la

faja del río, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en

su bote, que la había llevado corriente arriba, gracias a la vela, en

una de sus excursiones de ensueño, descendía aprovechando la corriente

y siguiendo por un capricho la línea indecisa que pintaban en el agua

las copas de los árboles, dormidos ante la vecindad de la noche.

De vez en cuando, con un golpe de timón rectificaba la marcha del bote,

una de cuyas bordas se bañaba en el sol dorado de aquella tarde de

otoño.

La embarcación era pequeña, fina de formas, pintada de blanco, y

llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma".

De lejos, realmente, atracada a la barranca en los días de marejada,

cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote

parecía un copo más danzando en la resaca arrojada por el viento contra

la costa escarpada de la Casa de los Cuervos.

"La Espuma" era la compañera de los sueños de Gabriela.

Cuando se casó, dos años antes, con aquel español que compró el campo

de su padre, éste, que había de morir poco después, le preguntó qué

regalo de boda quería que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba

pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse,

sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le

pidió joyas ni vestidos, le pidió un bote para pasear por el dédalo

de arroyos, bordeados de sauces, que hacían el encanto de aquellos

paisajes.

Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran

distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos

y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada

como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible

chapoteo del agua, rota por la quilla.

Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada

con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía.

Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le

pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo

de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los

Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir,

bastante embrollados.

Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica,

sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el

amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la

mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto

se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir

las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las

cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa.

De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje

a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del

gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a

quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las

cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas,

que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho

de tener tan equilibradas todas sus pasiones.

Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa

escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de

la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas

sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al

pasar sin ruido, como un copo de espuma.

Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del

capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del

río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían

para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces

hasta Santa Fe a buscar provisiones.

Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible

como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos

paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose

en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña

tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un

perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta

la cintura.

Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la

vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para

correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas

amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.

La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o

espiara la caza.

Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en

trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la

vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e

indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo,

pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más

allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban

inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las

olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con

su mano pequeña, abandonada por encima de la borda.

¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota

perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas

sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no

correspondiera con sus ideales de antes.

Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un

ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud,

como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis,

atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus

ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi

rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil,

viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la

curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas

fantasías que la llenaban de ensueños.

Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba

la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída,

desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una

romántica leyenda.

La Casa de los Cuervos · 第 7 / 14 段