--Yo ando siempre así--observó el jefe de los gubernistas, abandonando

la mano de su adversario--sobre todo cuando me dicen que hay peligro en

andar solo.

Pasó un breve momento de silencio.

Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y

echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en

medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión

que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?

Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a

entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin

violencia, que no podía rechazar.

--¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera?

Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido.

Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el

chaleco.

Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un

pañuelo de seda color escarlata:

--Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha

desteñido...

Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba.

Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para

arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su

fuerza.

Iriondo sonreía.

En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el

cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra.

--¡Ah, Insúa!--exclamó al verle, acercándosele con un apasionado

interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo

sobre su manchada pechera.--¿No salió el teniente Borja con usted?

Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella

hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración.

Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su

respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que

ella no aceptó, volviendo a preguntarle:

--¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted?

El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la

orquesta.

Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de

su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba

preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse

sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un

ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por

la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo:

--Explíqueme qué es eso.

Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha

calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos

pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e

imperiosa:

--Si se mueve, lo mato.

A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se

iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo

acre de la pólvora.

El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso

tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con

violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los

músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que

le amenazaba.

Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible

brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en

momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería,

invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas,

mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de

otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano

por la cintura.

--¡Ah, traidor!--exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y

como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba

a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón

a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera,

atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el

recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas

que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose

hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando

un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate

contra el Cabildo.

X

La noche trágica de Syra

A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos

dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una

gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño

castigado. ¡No había ya remedio!...

Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la

sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por

las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las

atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el

tumulto era indescriptible.

En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por

Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo,

comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una

violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su

prisionero.

Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped

traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba

por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara

escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en

cuando, sin lograr abrirla.

Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la

galería de cristales.

En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los

policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña

del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas.

Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos

se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar

gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde

resonaban de nuevo furiosos golpes.

Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un

solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón.

--¡Hija mía!--exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le

volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de

consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho.

Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor

silencioso en que había anegado a su hija.

Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento

de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.

Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio,

y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos

por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija.

Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había

sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un

relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los

hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde

estaba su novio.

Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos

hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso

seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y

entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del

patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados

ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y

ademanes precisos.

Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante,

eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su

lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus

gestos.

Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de

las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la

calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha.

Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le

agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una

neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar

a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres

que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que

llovían de todas partes.

Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio

de los amigos.

Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por

mirarle la cara.

--¿El teniente Borja?--le preguntó ella juntando las manos.

Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida

escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó

con una torpe sonrisa:

--¡Allá quedó, niña! junto al río.

Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia

el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna

vez.

Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó

tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el

siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su

carrera como una pesadilla.

Se detuvo un momento para organizar sus ideas.

Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que

marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra

cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma.

Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el

relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche

agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente

al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela.

Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas

se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por

sus temibles espinas.

Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor

de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin

salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en

aquella siniestra noche.

La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el

límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de

ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos

prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como

garras sobre la acongojada criatura.

Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las

lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus

gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían

brazos y piernas de muertos ya rígidos.

Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en

su novio:--"¡Allá quedó!"--le habían dicho--"junto al río".

--¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba

muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo

y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y

vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría?

Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las

sienes, el latido de sus arterias.

Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan

brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la

alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y

rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá

quedó!"

¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar?

¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río?

Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas,

entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas

cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el

campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado,

cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes

crecientes lo inundaban.

De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.

Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola,

pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a

donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se

fatigaba.

El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco

pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que

buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su

camino hacia el Sur.

De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una

húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la

realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del

río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés

en las horas de sol.

Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el

paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los

muslos.

¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel

desierto buscando su amor?

Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a

lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin

duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía

que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes

ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un

blanco fantasma.

En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía

que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba

despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba

la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más

pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que

llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.

--Allá quedó, junto al río--le habían dicho riendo.

Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y

encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo

el rocío de la noche.

Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el

Salado.

A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda

barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras

habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca

de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque

sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.

Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha

precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado

preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos

habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron,

sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.

La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que

una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de

arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por

algunas nubes tormentosas.

A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta

apenas entornada se escapaba un hilo de luz.

Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el

descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de

golpe.

Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un

cuadro siniestro.

Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y

la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de

sangre, que parecía negra como la tinta.

Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de

la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente:

--Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza;

los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta

su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han

muerto, niña?

Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por

el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la

terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña,

acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato

en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor.

Syra llorando se arrodilló junto a la viuda.

--¡También a mí, también a mí!--decía en un sollozo que la sacudía

entera, y no podía concluir la frase.--Hace horas que lo busco, muerto

o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la

orilla del río, buscándolo sin encontrarlo.

La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le

dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras.

--¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas

horas. Allá fueron los primeros tiros...

Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su

prematura viudez.

Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna

que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra

llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque...

Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos

barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más

pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que

había quedado la ciudad.

Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si

la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus

casas.

En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas

de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que

quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el

lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio.

Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las

angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón,

dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver

del teniente Borja.

Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.

Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida

de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.

--¡Allí está el que buscan!--les dijo señalando a Jarque, tendido de

costado, y como dormido entre los pliegues de su capa--¡éste es mío y

yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen!

Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en

todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se

echó a reír con una risa desgarradora.

--¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para

vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al

asesino...

XI

La derrota

Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la

calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino.

Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y

salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la

calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como

estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar.

Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos.

Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y

la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había

previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso

a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba

hacia el patio.

Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la

carabina trepó a la balaustrada y desde ella saltó sobre el tejado,

para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas.

Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de

Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y

soltando una maldición se estrelló en la calle.

El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a

aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando

quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de

la casa en cuyo techo andaba.

Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas

en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra

sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo

labrado.

La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tímidos

como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenían por

teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al oír los primeros tiros,

habían atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie.

Insúa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por

sus dueños, le ladró con furia al principio, y corrió luego a lamerle

las manos.

A cada descarga, el jefe revolucionario sentía el vuelco de su corazón.

Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de

la sorpresa con que contaban. Pero aun así, confiaba Insúa llegar a

tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el

Cabildo y entrar en él apoderándose del gobierno de la ciudad.

Reconoció de una ojeada el patio donde había caído.

Era cuadrado y pequeño, lleno de plantas, que en la sombra afectaban

formas fantásticas. Entre unas enredaderas descubrió una puertecilla

que sin duda abría paso a la huerta; la franqueó y atravesó corriendo

un tupido plantío de tártago, donde cacareaban las gallinas alarmadas.

Trepó sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendió que

caminando sobre ella podría llegar hasta la huerta de la escuela, donde

recogería sus armas y se lanzaría a la plaza a ayudar a su gente.

Agazapándose para no ser visto, corrió sobre el filo de la pared que se

desmoronaba al pasar él, y en pocos minutos llegó hasta la escuela.

En un rincón del patio halló a don Serafín enloquecido de terror,

mientras su hija, en el zaguán, no se alejaba de la puerta, lista para

prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que podía ser él.

--¡Hijo mío!--le gritó el anciano al verle llegar, abrazándose a

él--¿qué es lo que ocurre?

Con algunas amables palabras le infundió confianza de que allí no podía

temer nada, y cambiando su incómodo traje de etiqueta por otro más

holgado, se envolvió en un poncho de vicuña, tomó sus armas y corrió

hacia la calle.

En el zaguán se cruzó con la hija del maestro, que nada le dijo por no

demorarle, mas lo siguió con los ojos angustiados hasta que llegó a la

plaza.

Allí le envolvió un tropel de gente en que reconoció a una parte de sus

hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de

los soldados del gobierno, que se batían sin peligro casi, parapetados

en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenían a

raya a los asaltantes.

--¡Muchachos!--gritóles Insúa, dándose a conocer.--¡Al Cabildo! ¡Viva

la revolución!

Y su grito como un toque de clarín, vibrante en el intervalo de dos

descargas, reanimó el entusiasmo ya decaído de los revolucionarios, que

se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo.

Los gubernistas comprendieron por qué reaccionaron sus atacantes, y un

capitán que mandaba la tropa organizó un piquete y lo mandó a rodear

para tomar a los revolucionarios por la espalda.

A la aparición de Insúa, sus hombres enardecidos de nuevo, se

tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrás

de los árboles y arreció el fuego que hacían, mordiendo con rabia los

cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el áspero amargor de la

pólvora en la boca.

Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se

agruparon alrededor de Insúa, detrás del quiosco, que les resguardaba

un tanto de las balas del Cabildo.

Insúa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de

nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas

y retiñían las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella

voz serena, que apagado el trueno de una descarga, seguía explicando

la maniobra, cuando un tiro aislado que parecía venir de la casa de

Iriondo, le cortó la palabra.

Estaba Insúa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar

él iba a ser señal del ataque.

Se llevó la mano al hombro y dijo:

--Estoy herido.

No cayó, empero, mas sintió que se le nublaba la vista.

--¡José, José Golondrina!--había gritado Alarcón al sentir el tiro de

aquella parte, con la sospecha de que él hubiera sido, pues acababa de

verlo correr hacia ese lado.

El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcón se

echó sobre él.

--¿Quién tiró? ¿Vos, miserable?

--¡Allá, allá!--contestó el indio tranquilamente, señalando la esquina

norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.--Viene un

piquete.

La Casa de los Cuervos · 第 6 / 14 段