venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma
apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella
hermosa noche de fiesta.
Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot.
Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a
su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida
cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas.
Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once.
Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz
de Jarque, hablando a su hija.
--Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano.
El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos,
en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones
románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.
Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había
oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento,
escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se
transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.
Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos
los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero
gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por
fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.
Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano,
Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos
que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de
la mano de Dios.
Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y
por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que
sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para
derrocar el gobierno que execraban.
Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su
casa, hallaría manera de salvarlo.
Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver.
Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa
confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección.
Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez
paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la
casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el
grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya
por las galerías.
En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa
salió del salón.
Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en
lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por
la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de
guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada.
Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:
Si por mi tumba pasas un día
y amante evocas el alma mía,
verás un ave sobre un ciprés;
habla con ella, que mi alma es.
De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño
escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre
el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el
corazón de su novio.
Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella
sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba?
Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado
sería de otro.
La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como
nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra.
Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si
alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa.
Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían
absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de
los saloncitos.
Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los
concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota
de la triste canción:
Si tú me nombras, si tú me llamas,
Si allí repites que aún me amas,...
Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a
su gente.
Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla,
ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia.
Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los
fúnebres versos, y le tocó en el hombro.
Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo
correr sus dedos sobre el armonioso teclado.
Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el
final de la canción.
Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él,
después del último verso, el joven teniente le dijo:
--Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios
que la blanca luna..."
Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella
misma.
Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja
aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa,
indicio grave, sin duda.
Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer.
--Te vienes tú conmigo, sin decir palabra.
Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de
la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del
salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle.
En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de
policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y
fumaban para matar el tiempo.
--¿No habéis visto a nadie?
--No, señor jefe.
--¿Nadie ha salido del baile?
--Nadie, señor.
--Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido.
Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:
--Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse
escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.
Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina
estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que
cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre
los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién
blanqueada.
Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener
a aquel transeúnte trasnochador.
Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto.
Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo
desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo.
De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado,
cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie.
Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad
de lebrel que persigue su presa.
Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa
el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si
lo hubiera tragado la tierra.
Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín
Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía
hacer Montarón.
Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños,
sin mancharse apenas el frac.
Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse
él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella
sospechosa de aquella correría quedara en su traje.
Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur,
divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en
la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.
--¿Sos vos, Francisco?--le dijo la niña acercándosele;--habría tenido
miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios.
La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a
sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que
se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez.
Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre
las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.
--¿Ha concluído ya el baile?
--No; si hubieras ido...
--Esas cosas no son para mí--observó ella, y agregó, deseosa de entrar
en el secreto de aquella vida que amaba--¿por qué has salido?
Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos
de la niña, le contestó al oído:
--¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo.
Piensa en nosotros, Rosarito...
Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin
embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.
--¡Dios mío!--exclamó apretando con sus manos las del joven
revolucionario--¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más?
--Volveré--respondió él, que tenía fe en su estrella.
Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba,
pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la
humilde existencia de ella.
Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la
victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima
de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules
anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura
que lo acercaba a ella.
Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó
contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a
través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el
alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta.
IX
El pañuelo rojo
La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que
se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza.
La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco.
Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se
las esperó con temor de que no llegaran a tiempo.
Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya
lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.
Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla
del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían
desaparecido.
Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran
tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el
horizonte por todos lados.
Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más
altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de
curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco
de agua quieta y negra.
Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía:
--Aquí está el gringo Moor.
De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja
como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia.
Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la
hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero
conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de
las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era
abundante en pescados.
Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de
caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado
opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que
nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas.
Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el
río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor
a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.
Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser
visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado.
La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que
era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la
laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda
intentona por allí.
Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba
lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver
adonde había dejado las chalanas.
A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa,
cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol
poniente.
En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con
los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de
la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en
alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una
bahía.
Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del
arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos
chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en
un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor
calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno
de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones.
Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había
salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con
sus hombres, habría podido vencer a los otros.
Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo
incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre
la ciudad.
El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar
teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar,
porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado.
Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha
probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para
entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la
revolución.
Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas
de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile,
fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz
doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo.
En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron
refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien,
y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta
que ninguno dudaba del triunfo.
A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el
ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para
los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan.
Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la
barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él
regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a
Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.
Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre
aquellos sucesos que presentía.
No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara.
Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito,
dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo
que él.
Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos
hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para
despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el
costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia
el norte por la calle del Comercio.
Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra
impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.
De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás
de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes
acomodadas y miraba si alguien le seguía.
Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido
de un cielo sin estrellas.
Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile.
Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más
raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los
suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal.
Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía,
destiñendo el azul intenso del horizonte.
Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le
aguardaban impacientes y listos para el combate.
Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció
sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea.
Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas
dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo
perseguían y habían dado ya con su pista.
Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el
pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran.
Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del
sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno
porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una
espada asomar por debajo de la capa.
--¡El novio de Syra!--pensó el revolucionario, recordando con qué
empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en
la lucha.
Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de
luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse
ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y
matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores.
No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su
alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de
nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle.
Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los
matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos.
Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se
habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la
mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.
Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el
escondrijo de los revolucionarios.
¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia
vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era
alguna inofensiva manía del hombre viejo?
Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del
vetusto caserón.
--¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!--dijo con fastidio y
entre dientes.
Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete
con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando
plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía.
Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les
revelaba lo que querían saber.
De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El
fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver
que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía
la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el
cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se
echaba sobre él.
--¡Ah! ¡misera...!--exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes
apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido
ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada.
Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta
penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus
hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.
--Ríndase, no quiero matarlo--dijo con su voz breve y tranquila
apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de
nuevo sobre su adversario.
A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se
desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca
pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia
el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven
teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad,
que parecía atarle los brazos.
En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora
señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria
inquietud.
Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes
montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y
Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que
tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el
hocico y ladraba.
Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor
de la espada cortando el humo del segundo disparo.
Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de
un grupo de hombres.
Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando
la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había
saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que
brillaba en tierra a dos pasos de allí.
--No se mueva o lo mato--y añadió con dulzura, sin dejar de
apuntarle,--quiero que viva para su novia.
El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión.
--¡Cobarde!--gritó--¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a
vengar!--y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que
atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con
ágiles movimientos.
En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y
antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma
del suelo.
Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra.
--¡Oh, Dios!--exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas.
La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era
de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran
mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie.
Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les
señaló el cuadro y les dijo:
--No quería matarlo, pero él se empeñó.
Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué
a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo
aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella.
Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar
el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de
Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos.
Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos
cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible.
Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó
Insúa casi corriendo.
Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos
hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los
planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que
estuvo a punto de desbaratar todo el complot.
Llegó a la esquina de la calle del Cabildo.
Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa
de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a
muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o
en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para
acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus
servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite.
Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de
cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la
sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca.
En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su
capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por
el brazo.
No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se
volvió con ira para ver quién era.
Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había
visto.
Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por
primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su
poder.
Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a
retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva
brusquedad.
--Hay allí--le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón--una niña
que pregunta por su novio, que salió con usted.
La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y
la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos
hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.
Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo
una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a
perder:
--Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo.
--¿Ha salido solo?
--Solo.